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jueves, marzo 31, 2022

Testimonio de inquietud

"À la mystérieuse"

 

Lo más verdadero siempre debe aparecer como una suerte de locura—en el mundo del disparate.

—Søren Kierkegaard. El instante.

 

En meses recientes he sentido esa inquietud vaga que es mezcla de emoción y terror, temor y temblor de posibilidad, de estar al borde de un abismo y no saber, pero tener que creer, sí, con fe verdadera, creer que uno puede volar o que no puede volar, creer que ha de precipitarse al vacío o precipitarse al infinito. Te miro todos los días o de vez en vez y me pregunto si hay algún modo auténtico de decir lo que quiero decir, un modo que no lleve a rastras las marcas de toda una cultura y sus perversiones. De encontrar palabras verdaderas o, por lo menos honestas. Acaso no sea sano mezclar pretensiones poéticas con avatares filosóficos y teológicos, pero me atrevo. Porque hay algo que quiero decirte y, conforme pienso en decirlo, menos me parece que valga la pena. No sé, siquiera, si puede ser dicho. Lo que sigue es el testimonio que ofrezco en este caso, ante la corte de la eternidad: testimonio inútil que nada puede probar y acaso precisamente por eso, el único que tiene algún valor, puesto que buscándote a ti con las palabras, me encuentro a mí mismo.


* * *


§1 Lutero/Kierkegaard. Dios no es mercader. Las obras son indiferentes para la salvación. Nos salvamos por la gracia. Tener fe en la gracia es el único mérito. Esto no hace inútiles o sin sentido a las obras. Las obras, en todo caso, son testimonio de la fe. Dar testimonio es decir la verdad con independencia de que el decir cambie la realidad. El testimonio es su propio fin. La fe exige actuar en consecuencia.

 

 —Caravaggio—

 

§2 Wittgenstein. El amor y el dolor como emociones/experiencias subjetivas. Nadie más puede experimentar mi subjetividad. Es preciso creer. Expresar o transmitir el amor o el dolor exige adoptar un comportamiento que pueda ser interpretado como testimonio de esa emoción.  El amor como emoción es una fe, puesto que nadie más puede sentir lo que yo siento. Las acciones que dan testimonio de mi emoción no son garantía de que mi emoción sea verdadera. Además, el amor no puede ser transaccional: el  amor (como experiencia subjetiva) ajeno no se gana ni provoca con acciones, sólo se testimonia con ellas. En consecuencia, los actos de amor son inútiles. Uno actúa para dar testimonio del amor que siente a sabiendas de que el testimonio no demuestra nada. Actuar para provocar en otro la sensación, la palabra, la acción, es suponer que las obras tienen mérito. Es un intercambio y por lo tanto excluye la posibilidad de emociones. Si se actúa con expectativa, la acción no es testimonio de amor, sino ambición egoísta. La obra de amor debe emprenderse como testimonio, es decir, inútil, carente de expectativa.


§3 Kierkegaard. Mirarte al espejo y verte a ti mismo, no al espejo. El otro es siempre el espejo que está ante nosotros. El amado es espejo del amante. Cuando se actúa amorosamente, el énfasis no debe ser en el efecto que se produce en el otro, eso sería mirar al espejo. El amor exige actuar introspectivamente: puesto que amo, actúo en consecuencia, con independencia de que tú modifiques en cualquier sentido tu actitud o apreciación de mi persona. Actúo para dar testimonio de mi amor, no para ganar el tuyo. Actuar con la conciencia de ser un siervo inútil. Lo que hago no cambia nada, no produce nada, pero necesito hacerlo, porque mi fe/amor me obliga a hacerlo. Lo que hago por ti/para ti, podría hacerlo cualquier otro tan bien como yo desde el punto de vista externo y práctico. Mi amor no cambia tu vida, ni la mejora, ni la determina. Mi amor es la determinación existencial bajo la cual emprendo esta vida y de la cual doy testimonio. El amor ideal sería entonces el que existe entre dos personas que se aman y viven actuando constantemente en testimonio del amor que se tienen. Te abrazo no porque quiera un abrazo para mí, sino porque el abrazo es testimonio de que te amo. En sincronía actuarán siempre de la mejor forma. Reconociendo que el otro es el espejo por el que se conocen a sí mismos. No se trata de cambiar al espejo, sino cambiar aquello que se ve reflejado por el espejo; es decir, a uno mismo. El amor es introspección.

 

—Caravaggio—


§4 La fe es algo inquietante. El amor es algo inquietante. Propone una tarea enorme, una infinitud de responsabilidades y acciones que se deben acometer en bajo el sino de la inutilidad. Actuar porque se tiene fe, porque se ama. Quien actúa sin finalidad y sin expectativa parece estar loco. Quien actúa así, empeña la vida a sabiendas de que no hay ni puede haber recompensa. Exige todo y promete nada. Entregas para no recibir. El amor es inquietante. Por eso el amor se sublima, se excusa y falsifica, lo mismo que la fe, en las promesas abstractas y eternas, es decir, vacías. Toda promesa sobre el mañana y lo indeterminado es falsedad. Dice Kierkegaard: "Un jugador dice: mañana no volveré a la mesa de juego, ese está perdido. Otro dice, jugaré el resto de mi vida, pero no en este momento, ese se salva". Prometer amor para toda la vida o por la eternidad es, en el mismo sentido, extravío y perdición. La promesa válida, auténtica sería: te amaré ahora mismo. Toda la vida en el instante, en cada instante. Como un siervo inútil que no busca ni merece recompensa. Las promesas, las palabras, el lenguaje entero es abstracción, por lo tanto, anula al amor. El amor es inquietante porque exige silencio. Quien dice mucho está perdido. Tener fe no consiste en decir que se tiene fe. Tener fe es vivir cada instante como si aquello en que se tiene fe fuese verdad, con independencia de que lo sea o no; bajo la certeza de que no puede saberse si es verdad o no. La palabra es cobarde y es excusa, revela la propia incredulidad. El acto es testimonio fiel, pero se trata de un testimonio inútil pues aquello que proclama no puede probarse. Amar implica actuar aquí y ahora conforme al amor, con independencia de que el amor sea o no. Amor y fe: inquietud. No puedo saber si te amo, no puedo saber si me amas. Sólo sé que no puedo saberlo. El siervo puede ser sustituido, nunca es indispensable, pero sus actos dan testimonio de lo que es. Ni tú ni yo somos indispensables y cualquier otro podría hacer exactamente lo mismo por nosotros. Las obras no importan, pero son testimonio. Mi vida es, aquí y ahora, testimonio. Te busco para verme. Me veo para encontrarte.

martes, agosto 31, 2021

Postales de la pereza

 

 

 

Existe una clase de personas muertas en vida, vulgares, que apenas son conscientes de estar vivos si no ejercen alguna ocupación convencional. Llevaos a esos tipos al campo o subidlos a un barco, y veréis como anhelan su escritorio o su despacho. No tienen ninguna curiosidad, no pueden entregarse a estímulos azarosos, no disfrutan con el ejercicio de sus facultades por el mero placer de hacerlo y, a no ser que la Necesidad la emprenda a palos con ellos, incluso se quedarán quietos.
—R. L. Stevenson. Apología de la pereza.


Trabajo de manera casi ininterrumpida desde los dieciocho años. Un par de enfermedades graves y algunos meses entre trabajos a principios de mis veintes, cuando todavía era estudiante, fueron mis únicos períodos de desempleo. A veces suena como el relato de una vida afortunada, a la que nunca le ha faltado salario. Otras veces me parece una condena, un menoscabo, habiendo tantas cosas maravillosas que puede uno hacer con el tiempo libre. Dejo para el final la posibilidad más horrible: que se trate de un escape porque muy en el fondo, no soy más que uno de esos tipos muertos en vida de los que habla Stevenson, que no saben estar lejos del escritorio y las órdenes y la rutina.

        De acuerdo con Marcuse, quien parece estar de acuerdo con Stevenson «La necesidad de trabajar es un síntoma neurótico. Es una tarea. Es un intento de hacer que uno mismo se sienta valioso inclusive cuando no hay ninguna necesidad particular de que uno trabaje». Así que la situación excepcional de las últimas dos semanas, que estuve desempleado, me han dado para reflexionar sobre si estoy o no neurótico o muerto en vida... Al final creo que soy un tipo normal, que tiene que trabajar, porque le gusta comprar libros, porque tiene que conseguirles espacio a esos pequeños huérfanos de papel y tinta. Comparto unas postales del camino.
 
 
—Ojalá estuviera ahí disfrutando de una vida desocupada—
 
 
 
 
*

Una tarde, encuentro la vida misma al visitar la librería sin prisas, sin tener que llegar o volver a la oficina. Ese gusto de mis años de estudiante en que al salir de la facultad me paseaba por todas las librerías de ocasión del barrio universitario. Esas librerías fueron desapareciendo poco a poco hasta que abrió la del Gato Literato, heredera de esa tradición, del espíritu del 99 y de incontables volúmenes. Que no se agote el elogio de espacios así, donde uno encuentra libros, amistades y bienvenida. Unas chelas, un vino, un café. Cosas que parecen imposibles cuando uno está encadenado al escritorio.


**

Ánimas por la notoria determinación  de mirar por primera vez a una persona, conocerla y sentir que el mundo entero se detiene. Sound of the drums / Beating in my heart / The thunder of guns. No sé si es cosa de tener tiempo y vida libre para salir del mismo edificio y el mismo rumbo de toda la vida. Pero de pronto un rostro llama a tus ojos. Es imposible apartar la mirada, como si la gravedad del sitio y de la vida misma hubiese cambiado su centro. Un vacío de aire. Estamos experimentando una pérdida de presión en la cabina. Es preciso asumir posiciones de impacto. La última vez que pasó algo así, acabaste suicida.... Thunderstruck. Una charla, un espacio compartido. Y soñar y pensar y esperar. Acaso, quizá, ojalá volveremos a vernos. Still she haunts me, phantomwise.

 
***

El hogar es un monstruo que requiere atención constante y minuciosa para una infinidad de aspectos que uno sólo es capaz de ignorar porque lleva prisa para llegar al trabajo. Porque tiene que privilegiar lo absolutamente impostergable e ignorar cada desperfecto hasta que no caiga dentro de esa categoría que no admite excusa. El hogar es por eso mismo un gusto que no acaba: siempre hay algo qué hacer, siempre puede arreglarse un poco más acorde con el gusto y la comodidad, siempre hay un detalle extra para hacerlo más propio, habitarlo mejor. Ese estado mental sólo es posible cuando otras preocupaciones, como las horas de tráfico, las prisas, el cansancio, han desaparecido.

 
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Los encuentros sin planeación ni horario fijo. Sean virtuales o presenciales, esa despreocupación les da un gusto distinto, una libertad, son encuentros que no están mutilados por la necesidad de volver, de llegar a tiempo, de contar las horas de sueño como un barómetro para el sufrimiento oficinesco al día siguiente.

 
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Una caminata larga a solas o en buena compañía, casi como una postal. Se puede perfectamente pasar la tarde caminando bajo un cielo cubierto de nubes. Pensando en nada, charlando, planeando el próximo capítulo, un cuento, un ensayo, una investigación nueva.

 
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Leer, por supuesto, como no has leído en años. Sin fijarte en el reloj, hasta donde den el cuerpo, o la mente, o la trama de la novela. Leer con un café, un vino o nada. Leer libremente porque hay tiempo para todo. Porque el tiempo es largo.

 
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El asombro, la gratitud, al escuchar esa voz que te dice, al otro lado de la línea, de forma inesperada y azarosa, que es hora de volver a pensarlo todo, porque hay una oportunidad de trabajo...

miércoles, febrero 27, 2019

Ese «todavía»

As the body breaks down, it becomes increasingly the object of attention, usurping the place of all other objects
—Elaine Scarry. The Body in Pain.

En esta ocasión escribo corto porque, como acaso ya se sabe, tuve un accidente que me dejó, durante un mes, manco. La cortada en la muñeca izquierda llegó hasta el tendón que precisó cirugía y diez puntos de sutura. De manera que no puedo utilizar el teclado como quisiera. Lo que sigue es una breve reflexión en torno al momento glorioso en que uno recibe ayuda de héroes desconocidos.


* * *

Me pregunto si seré capaz de cruzar hasta la central de vigilancia sin desmayarme o desvanecerme en el camino. Sería una hermosa ironía que muriese atropellado al cruzar porque perdí el conocimiento en el camino. Lo pienso mientras salgo y el eje vial me espera. Quiero correr pero no debo. Porque correr puede acelerar un sangrado, reventar algo que ahora mismo se mantiene apenas entero. Es algo inconsciente, la idea de la sangre. ¿Por qué o cómo no estoy bañado en ella con semejante cortada? Como sea, lo mejor es no echar a correr porque podría provocar ese hipotético chisguete a partir de la muñeca herida que con la mano derecha abrazo con fuerza y mantengo en alto tanto como puedo sin hacer esfuerzo, sin estirar porque eso puede ser también causa de catástrofe mayor. Eso pienso mientras me lanzo a la calle, cruzo el camino con varias personas, recuerdo en particular a un portero que acaso me vió en extraña posición y se dió cuenta de que algo andaba mal, me mira con curiosidad mientras cruzo el umbral con prisa y probablemente con cara de destripado o de quien acaba de ver a un muerto que es él mismo. Acaso piensa en ayudarme pero es demasiado tarde porque yo me lanzo sin miramientos al eje vial, todos se detendrán o lo que sea, yo ya no puedo perder tiempo, a 100 o 200 metros de la ayuda, todo parece más desesperante. Viene un camión enorme, escucho sus bocinazos y me da más o menos lo mismo mientras aprieto el paso (no correr) con la mano izquierda todavía en alto y la derecha deteniéndola, abrazándola como si llevara la antorcha olímpica y no mi propia extremidad herida que no miro, y aunque no lo sepa entonces, no la miro porque no quiero saber si hay sangre, si la mano se está contrayendo de forma grotesca sin ayuda de mi voluntad. Entonces pienso sólo en sortear autos y personas y hoyos y posibles tropiezos en la acera, en la segunda avenida enorme que debo cruzar rodeado de personas que están cerca y no me ven, en el jardín que me separa de la base de vigilancia a unos pasos, casi a mi alcance, cuya puerta está abierta y que nadie resguarda, para mi mayor desesperación.

      Contrario a lo que espero y deseo, no sale ningún vigilante ni funcionario a cerrarme el paso. Entro sin miramientos a la base, miro hacia todas partes y no veo persona alguna. Increíble, aquí estoy en área restringida sin obstáculos, ni miradas, ni nadie. De la multitud indiferente caigo al puesto de ayuda vacío. Buenas tardes, digo, y nada. Lo repito y una voz al fondo me responde y me dice por acá. La sigo y llego a la pequeña cocineta-comedor donde tres o cuatro vigilantes se disponen a comer. ¿Pueden ayudarme a llegar a urgencias? Todos me miran, ven mi mano todavía en alto y asida como un objeto que ya no me pertenece; dejan lo que están haciendo y me dan su atención. Es algo bello indescriptible, algo sobre lo que deberían escribirse poemas épicos enteros y loas e himnos: la mirada de quien al fin nos ve, nos reconoce y decide ayudarnos. No sé con cuantas personas me crucé en la calle, cuantos esperaron junto a mí el cambio en el semáforo, ese portero, esos automovilistas, esos estudiantes en sus rumbos, cuántos. Nadie me había visto, y por más que no lo pensara entonces, hay en esa situación una soledad particular. La soledad del necesitado cuyos gestos extraños —como levantar una mano con la otra— y su silencio producto del miedo o la desesperación, su cara de náusea y terror, lo vuelven invisible a los ojos de las personas normales que a fuerza de costumbre se niegan a ver o reconocer lo que no encaja. Cosa que hace tan probable que grites y llores y pidas auxilio para ser ignorado, como Kitty Genovese en Nueva York, como los mendigos, los heridos, los caídos, los maltratados o golpeados. Lo cierto es que cuesta mirar y reconocer al necesitado precisamente porque su estado es excepcional y por lo tanto extraño, raro, incómodo, acaso peligroso… Por eso hay un bálsamo, una suerte de milagro cuando al fin unos ojos te miran en tu estado lamentable y jodido y apanicado, cuando al fin te reconocen y preguntan que te pasó y aunque no te conozcan de nada y acaso jamás vuelvan a verte, de pronto son tus aliados inquebrantables, tus mejores amigos y protectores. Al fin la compasión, ese sentir y sufrir con el otro hace que pregunten qué pasó y dejen de comer, de vivir, de charlar para ayudarte en lo que pueden. Suspenden sus vidas por ti, que —en retrospectiva— tampoco estabas tan grave ni tan trágico, sólo un poco ridículo con la mano en alto, la piel colgante escondida debajo de un improvisado vendaje y los tendones bien visibles en esa horrible vivisección que era tu muñeca izquierda. Pero por más que no fuera tan trágico el asunto, en ese momento ellos, esas cuatro personas te salvan la vida porque te perciben como alguien que todavía vive y se deciden, porque es su deber, porque es la verdad, a hacer lo posible por prolongar ese todavía en las mejores condiciones posibles. Ellos te reconocen —a diferencia del resto de la humanidad que ha cruzado por tu azaroso camino— como eso, como alguien, como otro, como uno de ellos, los vivos, que nos necesitamos siempre unos a otros, a pesar de los mejores esfuerzos que hacemos por ignorarnos… Insisto que poemas, loas, épicas para esas miradas, para esas personas que son como tantas manos que detienen tu caída, la que apenas un instante atrás parecía irremediable o insignificante para la humanidad.

viernes, agosto 31, 2018

Stalker

La gente, tal y como es, suele tomar a mal que no se comparta su opinión: pero entonces debería fundar sus opiniones de tal modo que uno pudiera adherirse a ellas.
—Arthur Schopenhauer. Paralipómena.

De manera que López, el profesor, llega a una reunión con sus viejos alumnos. Bien podría llamarse Arturo, quien a estas alturas es un personaje suficientemente genérico y definido con la extrañeza del mundo. Como ese tal López y tantos otros proverbiales everyman de la literatura latinoamericana. En todo caso, llega López a reunirse con algunos de sus viejos estudiantes y apenas se acerca a la mesa lo nota: ahí está su acosadora.

—Como el acoso nunca es bello, voluntariamente craso detalle de «Apolo y Daphe» de Gian Lorenzo Bernini—

Lo comenta casualmente, tratando de no darle demasiada importancia, así que aquí está mi stalker, invitaron a mi acosadora. A lo largo del último año, la joven en cuestión había enviado algunas invitaciones electrónicas a López.  Interés que, por supuesto, podría considerarse teórico, intelectual. Nadie debe partir aquí de otra cosa que los hechos. Nada de hacer interpretaciones que los deformen. Unos meses después, ella empezó a aparecer cotidianamente por el camino de López, cosa que acaso no sería rara en una escuela, salvo por la constancia y el afán de hablarle a alguien que no se conoce y que no tiene interés en conocerle. En ocasiones se mete al salón sin estar inscrita, sin pedir permiso. A veces se apresura un par de cientos de metros para alcanzar a López en áreas comunes. Una tarde de esas, ella asevera o sugiere que, en caso de que López no participe en la conversación que la chica desea entablar, ella irá derecho a casa a suicidarse. Las palabras son hechos, dejo de lado las interpretaciones.

     López, en cambio, aunque es enemigo de asumir, decide que con personas como esa no hay nada que hablar. Algunos dirían que es una falta de etiqueta o buenos modales escuchar una amenaza suicida y no acudir a reportarle o canalizar a la joven a un servicio psiquiátrico. Ya trataremos este punto. Otros, opinarán que cuando el suicidio se usa como ficha de intercambio para obligar a alguien a participar en una conversación, no es sino palabrería vacía y escandalosa; que amenazas así no pueden tomarse en serio para la suicidaria, pero deben escucharse con precaución por parte quien se ve así interpelado. Cada quien saque sus propias conclusiones. La de López es sencilla: con personas así, nada que hablar.

     Imaginemos su sorpresa cuando en la reunión se encuentra a la peculiar acosadora que lo sigue, que lo espera y amenaza con suicidarse si no habla con ella. No quiere darle importancia, pero toma nota mental para pensarlo con calma, acaso escribir algo.

     Lo que verdaderamente sorprende a López es que, una y otra vez, la joven lo acusa de grosero o mal educado porque no desea hablar ni tratar con ella. En sus apariciones de acoso y esa noche, en la reunión. López se pregunta si alguna vez la apelación a los modales ha hecho que alguien haga lo opuesto de lo que desea, que abrace o trate a quien no quiere. Le vienen a la mente los niños obligados a abrazar o besar a toda la parentela y amigos de sus orgullosos padres. Los buenos modales pasan sobre lo que la piel exige. En todo caso, por la razón que sea, y se trate de quien sea, está seguro de que imponer un trato o un contacto, una presencia, es de pésimo gusto. Por encima de estas especulaciones, la situación es objeto de profunda curiosidad en López: ¿quién la invitó? ¿a sabiendas o bajo engaño? Considera que responder a estas preguntas es necesario pues comprender las cosas en sus causas es o puede ser el secreto o la llave de la paz.

     Nadie dice, por principio, yo la invité, pero todos parecen estar al corriente de las curiosas actividades de la joven. Tras un rato, uno de ellos reconoce que él la envió a buscar a López la primera vez, para que le hiciera una pregunta y lo desorientara. Opina que fue gracioso el desconcierto del profesor. Una broma, ya sabe. Genial. Pero eso sólo explica una aparición, no todas ellas. Y en todo caso la presencia electrónica de la joven antecede a esa broma. Por varios meses. Ante esa revelación se hace el silencio. Para entonces, ella ya se ha ido, no sin antes increpar a López de grosero, porque no quiso despedirse.
     Lo que, decía, le sorprende a López, lo que casi le fascina, es la forma en que se busca racionalizar el acoso. Por una parte, los buenos modales: qué grosero que no saluda, que no quiere conversar, que no se deja inmiscuir en algo que no le interesa. Nietzsche se burlaba hace unos años de las buenas maneras, de las virtudes en simulacro: «Ahora se vuelve virtuoso para herir a los demás. No miréis demasiado hacia él». López se pregunta si es posible que alguien crea que hay obligación de buenos modales ante alguien que así, casual, amenaza con matarse si no se hace o dice lo que ella quiere. En segundo lugar, la apelación a la broma, como si el hecho de que algo le parezca gracioso a un grupo de personas, hiciera que ese algo se justifique moralmente, incluyendo el acoso. Es gracioso y por lo tanto es bueno. Finalmente, el silencio, porque ni la joven ni su cómplice bromista, ni el mismo López, tienen otra aproximación al tema que el silencio. Como si no hablar de lo que está pasando lograse que nada estuviera pasando.

     Al llegar al silencio, López concluye que, en este caso, es una reiteración del stalking. Acaso una persona común, López mismo, empezaría por hablar, decir que lamenta las molestias causadas, qué caray, empecemos otra vez, permítame presentarme, etc. Pero ella calla. Es que nadie puede arrepentirse de su auténtica voluntad. Ahora que, si se tratase de alguien con conciencia tranquila, también hablaría: oiga López, que y no he hecho nada, usted exagera, está loco. Pero ella calla. El silencio concede, reitera, no hay disculpa ni malentendido. Es lo que es. Y como decía Schopenhauer: «tal como una persona es, así ha de obrar». Ella es sus acciones. Incluyendo el silencio.

     Una última aclaración: si López pudo quedarse a evaluar, reflexionar y tarde o temprano pasar un buen rato con sus ex alumnos, es porque goza de todos los privilegios y ventajas posibles: investido de discutible autoridad docente, pero también con suficiente maña, experiencia y fuerza para apelar a la violencia como último recurso, o armar un escándalo, traer a la policía, echarse a correr. Después de todo, se trata de un lugar público, no hay armas a la vista y hasta ahora la única amenaza es un muy discutible suicidio, del que no podría hacerse responsable a López quien, acaso, debería pedir ayuda para la chica, pero eso constituiría una divulgación de información médica privilegiada y la ley lo prohíbe. Digresiones a parte, López concluye que en situaciones como esta, nadie puede ser juzgado por sus intenciones, pues las acciones realizadas son la prueba de la intención de realizarlas, la demostración de que se desea un mundo en que esa acción —y todas sus consecuencias— tengan lugar.

     Ya a solas, López se pregunta cuántas personas que no poseen todos sus privilegios se enfrentan a los mismos hechos y salen bastante peor librados. Se imagina una maestra/o que espera a una chica o chico y la amenaza con suicidarse si no habla con ella o él. Se imagina que esos hipotéticos jóvenes llegan a una reunión y se encuentran con que alguien ha invitado a su acosador/a. Nada "grave", persona desconocida que le espera antes de clases y dice: si no me respondes, si no hablas conmigo, me mato. López se pregunta si el juicio social sería el mismo para todas las permutaciones de género y autoridad en los hechos. Opina que no debería haber variación de juicio ante conductas idénticas, todas deben ser moralmente reprobables, pero sabe también que el pensamiento actual no comparte su opinión.

     López se pone del lado del pensamiento en boga y se imagina que se trata de una joven que ha sido perseguida y amenazada por su profesor. Y que al llegar a la reunión, los presentes y el propio stalker le reclaman a ella sus malos modales: qué grosera, qué maleducada, por qué no saluda a su stalker y no le habla. Acaso ella concede, saluda, charla. Así es como sucede siempre: parte broma, parte buenas maneras, parte silencio. López ha escuchado tantas historias que empiezan así y terminan en horror.

     De manera que López, el profesor, llega a una reunión con sus viejos alumnos y agradece todos los privilegios que posee. Y le gustaría que todas las personas estuvieran protegidas, siempre, por esos mismos privilegios. Se decide a recomendar, en lo futuro, a todo el mundo, que mande a la mierda los buenos modales y apele a la majadería para largarse de cualquier sitio, negar el saludo, emprenderla a gritos, escándalo y todo el resto, cuando se encuentren ante una situación similar a la que él ha vivido estos meses. Invitar a todos a no olvidar que, como decía Schopenhauer: «como se desprende de la acción, una persona es así y no de otra manera».

     Habría que educarnos así, para juzgar a las personas por sus actos y no por sus intenciones. Así estaremos enteramente justificados para rechazar en la medida necesaria y por todo lo alto, aquello que nos invade, lo que contradice aquello que la piel exige.


viernes, septiembre 29, 2017

19 de Septiembre

Quizá lo mejor que podríamos hacer es permanecer desprotegidos [...]. Acercarnos unos a otros y al mundo con toda la vulnerabilidad que seamos capaces de aguantar. Abrirnos del todo. Con todo nuestro pensamiento, cuerpo e imaginación, y seguir abriéndonos.
—Forrest Gander. Como amigo.

Una noche estás sentado en el cine con dos chelas y una botana. Menos de veinticuatro horas después, eres un eslabón más en la enorme cadena humana que mueve y organiza ayuda para los que acaban de perderlo todo en el terremoto. La noche siguiente estás molido. Después indignado. Melancólico, survivor’s guilt. Lo piensas así y parece sencillo, las palabras tienen el poder de hacer encajar naturalmente lo que no va junto. La historia que quieres recordar, es la de cada uno de los estados intermedios y sus consecuencias.

19S. Te encuentras a medio camino del trabajo cuando la tierra se sacude, te parece excepcional que incluso viajando en auto sintieras ese movimiento extraordinario, pero no te imaginas lo que en ese mismo instante sucedió por toda la ciudad. La de daño y muerte y destrucción que por inmerecido azar, ha pasado sin tocarte. Miras otros autos que se detienen a la orilla del camino y te parece una exageración inútil. No te convences al ver la sombra de los cables en el pavimento que da cuenta de un movimiento impensable, peligroso. También crees que exageran cuando te impiden el paso al edificio y cuando, sentado todavía en tu auto y con un libro en la mano para matar el tiempo, miras que vacían —por primera vez en todos estos años— no sólo tu edificio, sino el resto de los que hay a la orilla de esa carretera. Cada edificio, cada piso, cada persona. Exageran.

     Empiezas a concederle algo de realidad al asunto cuando miras desde lo alto la marejada de personas asustadas que suben el cerro. Hasta entonces le concedes un poco de gravedad al asunto. Te quedas lejos de la gente, porque bien sabes que estar en medio de una multitud confundida nunca es seguro. Te parece increíble el tamaño de esta marejada humana. En retrospectiva, pensarás que así se ve la salida de un estadio después de algún partido importante. Nunca has visto tanta gente caminando por esta carretera, invadiendo los espacios como granos de arena que se decantan en un reloj que camina hacia el pasado. Aunque reconoces que esa confusión unánime es señal de algo grave, sigues incrédulo. Además, está el teléfono que dejó de funcionar desde el principio. Justo después de que respondieras al primer y único ¿estás bien? que te llegará en varias horas. El servicio no se restablece.

     En la avenida, dos ambulantes bajan de sendos autobuses y gritan: «ahora sí vamos a morirnos». Entre risas e histeria lo celebran, se abrazan e intercambian autobuses. El tránsito está paralizado, por eso los vendedores actúan como si fuesen dueños de la calle y de sus vidas y su euforia. Por ahora, por este rato, lo son.

     Te refugias en un libro. Estás tranquilo porque, en cualquier caso, sabes que vives en el país del simulacro, donde todo el mundo miente y exagera con tal de robarle unas horas al trabajo. Con tal de llamar la atención. Horas, días después, te darás cuenta de que la necesidad de ser incrédulo ante las emergencias es la peor miseria de vivir en esta ciudad. Miras a la gente que pasa y escuchas sus llamadas coloridas de mentira. De primera impresión, los que como tú están donde nada ha sucedido, reconocen que la desconfianza está justificada: La gente quiere sacar provecho, como siempre.

     Al fin te encuentras con tus compañeros de oficina, cuando ya has visto a la marea humana caminando de vuelta a sus edificios. Arena del reloj que vuelve al cauce. Entonces ya no tienes cómo negarlo: sus teléfonos son el canal por el que te llegan las noticias. Edificios en ruinas, evacuaciones, desgracia. Algún día recordarás esta tarde en que debiste haber creído desde el principio. En la pequeña pantalla, miras cómo colapsa la fachada de un edificio que te es familiar aunque no aciertas a identificarlo. La omnipresente bandera lo hace igual a cualquier otro.

     Te das cuenta de que han pasado ya más de dos horas y tu teléfono aun no funciona. Agradeces la suerte de ese último mensaje que pudiste enviar y el hecho tranquilizador de que, a diferencia del resto de estas almas que están varadas a tu alrededor, nadie te espera en casa. Todavía ves en ese hecho una bendición, pero cambiarás de opinión. Tu familia, los que más quieres, no están en la ciudad, y fuera de ellos, ¿quién más podría esperarte en casa? Ventajas de una vida solitaria.

     Las horas siguen pasando, el tránsito paralizado en la carretera frente a ti. El edificio evacuado. Las personas en la calle. De pronto un olor a gas que llena el ambiente. Tomas conciencia de tantos autos, tantos cigarros, tanta gente. Ya podrían estar todos en medio de una explosión. No entiendes cómo pueden seguir fumando cuando es tan claro el riesgo. Sigue pasando el tiempo y la gente se apresura a unirse al éxodo masivo. Tú esperas y así eres testigo de personas que llegan a preguntar por otras tantas que se han ido precisamente a buscar a los que llegan. Es triste. Desencuentros causados por la desesperación y el miedo. El remedio convertido en veneno. Piensas en tu padre, hace 32 años, haciendo lo posible por volver a casa en un desastre que lleva el mismo día en el calendario. Piensas en tu madre, en esa noche y madrugada que apenas recuerdas como un mal sueño. Qué diferente esta precaria tranquilidad de saber que a ti nadie te espera, nadie te falta.

     Han pasado cuatro horas y emprendes el camino a casa. Es irresponsable, pero mientras manejas, vas buscando cómo hacer funcionar el teléfono. No sabes si rompes la ley o vulneras tu contrato, pero a estas alturas no te importa. Cambias la programación del aparato hasta conectarte a una red. Un ojo al camino y otro a la pantalla. Una mano en el volante y la otra en el teléfono. Un lujo que puedes darte porque apenas hay movimiento. No por eso menos irresponsable. De golpe, llegan todos los mensajes que tus amigos preocupados han enviado en estas horas. Pasas lista. Dentro y fuera del país, las personas que pensaron en ti. Feliz porque todavía están ahí para pensarte y esperar respuesta.

     Llegas a casa más de cinco horas después del terremoto. Lo primero es comer algo. Aunque cada bocado te sabe un poco a culpa, piensas en los que a esta hora también están en casa, pero ese hogar es escombro sobre sus cuerpos. Es preciso hacer algo. Después de todo, ¿qué te retiene en el sillón? Nada. Allá afuera, en cambio, quizá sirvas de algo. Pero, ¿dónde? Hace años boicoteas a los medios. En casa no hay radio, ni señal de TV, ni internet. Así que usas al teléfono como ventana a las redes sociales, ya debe haber alguna guía. Llaman a brigadas en el estadio. Lo piensas. A tu edad, ¿serás útil? Quizá lo mejor que tienes para ofrecer es que nadie te espera en casa. Puedes quedarte todo lo que haga falta, emprender cualquier esfuerzo, en cualquier sitio.

     Si te hubieran preguntado hace años, habrías jurado que de ella no te vendría otra vez la inspiración o algo de ternura. Sin embargo, es esa presencia robada al pasado quien te dice que quiere ir a la brigada, pero no sabe si puede hacer pasar a su familia por eso. Ahí te decides. Irás. Por ella y por todos los que no están cerca o los esperan en casa. Irás. Tus manos por las de ella. Te pide que no te pongas en riesgo y aceptas, pero en tu corazón sabes que, en cualquier caso, no te extrañarán demasiado. Será que lo mejor que puedes ofrecer es tu poco apego a ti mismo. Prometes que vas a cuidarte, pero sabes que si es necesario, no lo harás.

     Te preparas con la ropa que usabas para ir de escalada y de montaña. Apenas cierras la puerta tras de ti sientes algo similar la miedo. No sabes dónde puedes terminar esta noche, si volverás a casa hasta mañana o pasado. Te tiembla levemente el cuerpo. Entonces la ves. A tu último proyecto de familia o de hogar. Apenas la reconoces sientes algo como ternura, como alivio. Por más que ahora estés convencido de que no te quiso, alguna vez fue tu futuro. Se saludan con un beso de circunstancia y apenas se separan, ella te sorprende con una mirada que es alivio y preocupación y miedo. Te abraza. Hay ternura en ese abrazo. En los días que siguen aprenderás a atesorar esa ternura. Es la única persona que te abrazará en toda la semana. Tu último fracaso será tu consuelo. Te abraza y luego se separan, cada uno recorrerá por su lado el camino hasta el estadio. Ella tiene quien la acompañe, cosa que agradeces. Otro pequeño milagro a la cuenta.

 Cortesía de Gaceta UNAM

     En el estadio, un caos de gente y vehículos que llevan ayuda. Empiezas a temer lo que sigue, pero te acercas. Los reconoces por la ropa que llevan, por lo que podría llamarse equipo. Lámparas de minero, mochila con agua y herramienta. Estos serán tus hermanos el resto de la noche. Como tú, son los primeros en moverse cuando del desorden empieza a surgir la intención. Como tú, son los que gritan y exigen a quien quiera escuchar que presten sus manos porque hay que organizar la ayuda mientras se preparan las brigadas. Así empieza la cadena interminable, la separación de víveres, medicina, agua, herramienta y todo el resto. Al principio todo marcha bien. Una línea y un orden claro al final. A las dos horas, se va corrompiendo. Surgen otras líneas. Empiezan a confundirse los alimentos con las medicinas. El garrafón de agua con el que contiene alcohol. Gritos. Fuerza. ¿Quién está causando este desorden?

     Piensas en la entropía. Cuando alguien intenta crear un orden artificial en un sistema que funciona, lo que ocurre es que el desorden se multiplica. Eso hace una persona con buenas intenciones y acaso demasiado llena de sí misma. Pide que lo que ya está ordenado en un sitio, se mueva a otro. La nueva línea de gente empieza a tirar las coas. Comida que se desperdicia, agua que se derrama. Porque su operación de orden exigía mover las cosas, no moverse ella.

     Desastres así toda la noche, modestos pero frecuentes. Llenado de cajas que terminan por desfondarse. Apilamiento de víveres hasta que los del fondo se colapsan y beneficiarán sólo al piso. El estadio parece un concierto. Gritos, botellas que vuelan, de vez en cuando una porra. A lo lejos, un funcionario actúa como marioneta para las cámaras de televisión. Pasa corriendo una botarga. ¿Qué carajo está pasando? No es una fiesta. En eso gritan el nombre de la brigada en la que tú y tus amigos que no volverás a ver, cuyos nombres ni siquiera has preguntado, se anotaron. La noticia te deja más confundido. Las autoridades exigen que no haya más brigadas. ¿Sería eso lo que anunciaba la marioneta ante las cámaras? Autoridades del ejército y la marina. Piensas en tu amiga que está en el ejército, en su familia entera. Por lo menos tres pares de manos honestas en el universo que es el ejército. No deja de comerte el alma la pregunta de si en las manos de esos soldados habrán herramientas bastantes para la ciudad más asquerosamente grande del mundo. O si serán las armas sus herramientas. Te preguntas si el ejército excluye a las brigadas porque ya empezaron los saqueos, las riots y todo lo que es de esperarse en este país de mierda. Ahí termina la brigada Rosa, la que formaron los tipos rudos y equipados con las chicas de clase media alta, piel blanca y mucho ánimo. Cuesta trabajo creer que en otras circunstancias habrían considerado seriamente la idea de irse a cualquier sitio en medio de la noche todos juntos. Tomarse mutuamente la mano y juntar destinos. En cualquier otra situación serían ellos siniestros y ellas, acaso, displicentes. Hoy fueron hermanos de una brigada que no llegó a ser necesaria. Se pierden.

     Regresas a la zona de acopio y ya nada tiene sentido. Manos que no paran de llevar ayuda. Al fondo, otras tantas que pretenden ordenar la ayuda de formas muy distintas y contradictorias. Recuerdas las listas de Borges: por color, por sabor, por olor, por contenido de azúcar, las que ya mencionaste, las que no están todavía en esta lista, las que usan artículo neutro, las que se fabricaron en Asia. Así, sin ton ni son, órdenes contradictorios. Te unes a una cadena y a otra pero ya ninguna está ordenada, casi parece que las personas se arrebatan el privilegio de recibir una caja, una botella o una bolsa. Como un ritual de boda y ramo deforme. Te cruzas brevemente con uno de tus amigos de brigada. Creí que te habías ido, te dice, y te palmea la espalda, feliz de verte entre el caos que no sabes bien cómo se desató. Como si juntos pudieran volver la marejada de ayuda al cauce sobre el que empezó. Claro que sigo aquí, le respondes, a morir. A morir.

     Te tomas un minuto para mirar al rededor. Insisten en llenar cajas que van a desfondarse. El piso está mojado y resbaloso de puro desperdicio. Te rompe el corazón. Hay demasiada gente. Tendrían que ser menos, tendrían que ser capaces de orden, como al principio. Pero es imposible. Ahora son demasiados. Por lo menos la herramienta sí está lista. Entonces te das cuenta, en estas horas no ha salido un sólo camión o transporte con ayuda. Ni siquiera ha llegado uno para que tantas manos desesperadas por actuar lo llenen a tope. A estas alturas, la única forma de ayudar es hacerte a un lado.

     Caminas de regreso a casa atravesando la Universidad. Paisaje tranquilo y nocturno que contrasta con el caos del estadio. Otros tantos como tú, pero quince o veinte años menores, caminan también de vuelta a casa. Miran las cuarteaduras en los edificios de filos y derecho, en medicina un poco más lejos. Esto es lo que hay, un mundo resquebrajado que todavía cruje, porque la naturaleza es implacable y porque como sociedad somos incapaces de organizarnos para salvarnos.

     Por lo menos vuelves a casa, como prometiste en falso, sin ponerte en riesgo. Tu casa está vacía y nadie te espera. Es ahora cuando cambias de opinión. No hay nadie para abrazarte y decirte que todo estará bien. Para desahogarse contigo de la angustia que implica haber visto todo ese desperdicio y circo en medio de las buenas intenciones. Nadie para hacer teorías conspiratorias sobre las brigadas prohibidas. Con quien hablar. Nadie salvo tu propio eco en el vacío. Nadie que te aclare que es estúpido sentirte culpable por haber comido, por tener una cama dónde dormir y agua caliente y electricidad y techo. Estás solo y ni siquiera vas a poder llorar. O no tan solo porque si lo piensas, como te lo anunciaron en una estación de tren hace más de diez años, siempre tienes un amigo que se llama Jack. A friend you can call by name, no matter where you are: Jack Daniel’s. A real gent.
 

Miércoles. A la mañana siguiente eres un trapo. No tienes ánimo para levantarte. Te duele el cuerpo. Tienes moretones que no sabes de dónde han salido. Desde su propia angustia, la que te inspiró pregunta si vives y estás entero. Sonríes. Le ofreces unirte a cualquier esfuerzo que ella emprenda. Sigues las noticias en el teléfono. Desastres. Tu vieja colonia. Las corruptelas que ya empiezan a asomar su rostro horrible. Tienes un par de manos cansadas y eso es todo. Mensajes de amigos y familia que te hablan de que todo está bien. Al mismo tiempo estás herido en el corazón. Deprimido, quizá. Culpable, como todos los que están intactos. Survivor’s guilt, le dicen. El recuerdo de un fugaz abrazo como antídoto. Recibes la noticia de que mañana es preciso presentarse a la oficina. Amenaza velada que proviene de las más altas esferas. El edificio ni siquiera ha sido revisado. Recuerdas las grietas que supones no son graves. Pero tú qué sabes. You call for Jack, y responde.


Jueves/Viernes. Encerrado en la oficina, te preguntas si no habrá algo mejor que podrías estar haciendo. Te consuelas con la idea de no estorbar, con las imágenes del caos de esa noche en el estadio, el desperdicio. Desde otro país, la voz de tu madre es una caricia. Al fin sabes que el edificio que viste caer en un video está a unas cuadras de la casa donde creciste. En la vieja colonia hay zonas de desastre. Acaso servirías mejor allá que en esta oficina. Acaso no. Te agobian las noticias sobre el entorpecimiento sistemático del rescate por parte del gobierno. Encerrado en la oficina entiendes que eres parte del problema: todos a sus puestos, aquí no ha pasado nada. Eres simulacro involuntario de normalidad. Tampoco es que puedas hacer algo. Así van los días, encierro de oficina. Dos amigos tienen que abandonar departamentos dañados, sacar de ahí todo lo que tienen. No puedes ir. Eres parte del problema, de la simulación. Aquí no ha pasado nada. Te sientes sucio. Pero si no cumples con este encierro y el horario, pasado mañana acaso no tendrás casa para ofrecerle a tus amigos.


Sábado/Domingo. El fin de semana te das una vuelta por el viejo barrio. En un radio de cinco cuadras, otros tantos derrumbes. Ya no necesitan manos. Necesitan cortadoras de concreto y cosas de las que nunca has oído. Tus estudios son exquisiteces en el arte de ser inútil. Oído en la televisión al pasar: los niños rescatados de entre los escombros del colegio deben conseguirse otra escuela, según informa el secretario de educación. Te enoja, te dan ganas de romper la pantalla. Esa es la noticia y el comentario con los escombros y la muerte de fondo. El puto señor secretario anuncia lo obvio. Simulacro de comunicación o de noticia. En vez de usar la televisión para organizar esfuerzos, coordinar ayuda. Que se consigan otra escuela. Por eso no tengo señal, dices, ruges. Al mismo tiempo, lees en redes los esfuerzos titánicos que hacen y siguen haciendo las personas por ayudar y evitar que los corruptos y ladrones perviertan esa ayuda. Los rateros. El decomiso de camiones. La resistencia contra los bulldozer. Que corrieron al chino de algún sitio por inútil y miserable. Eso te da esperanza.

     Todo te conmueve. Una canción, una escena, un recuerdo. Ella, en la que piensas, no se acuerda de ti, ni lo hará. Llevas casi una semana sin hablar con alguien. Eso que te dio tranquilidad en la emergencia empieza a parecerte un error fundamental. ¿Quién velaría tu cuerpo? ¿Quién lo defendería de los bulldozer? ¿Qué te espera a la vuelta de los años? Tu nostalgia es nada por comparación con los que perdieron casa, con los muertos y sus deudos. Pero es tuya y tienes que vivirla. Mientras dure, en lo que la normalidad se entromete y las cosas vuelven a ser lo mismo de siempre.

* * *

Te gustaría creer en otro desenlace. En que todo esto dure. Que el dolor dure. Que este ser vulnerable y reconocer a tu hermano en la humanidad será permanente. Que harás amigos inmediatos como en el estadio. Que nadie mirará feo a nadie por llevar un tatuaje o algún color de pelo o estar más moreno o feo de lo que es aceptable. Que como todo el mundo te reconocerás vulnerable y necesitado de cariño y de contacto. Que todo el mundo reconocerá que es vulnerable y necesita al otro. Que valorarás cada abrazo como el que te dio ella hace días. Que apreciarás cada palabra como aprecias esa recomendación de no ponerte en riesgo. Y que la humanidad, igual que tú, irá tirando poco a poco por mejor rumbo. Que nos abriremos de cuerpo, alma y corazón y así seguiremos hasta siempre.

     Te gustaría creer en todo eso. Pero no puedes. Sabes que en un rato la normalidad se apoderará de todo y de todos. Que tú, y todo el resto, volverán a ser los mismos. Estarás sólo, tranquilo y autosuficiente. Aislado, como todo el mundo. Detrás de la barrera silenciosa e impenetrable de la norma social en esta gran ciudad del simulacro donde la mayor parte del tiempo uno no se puede creer que hay emergencia porque siempre es mentira. Donde simulamos vivir juntos pero preferimos no tratarnos. Simulacro de sociedad que este terremoto sacó de quicio dando como resultado que, por un rato, todos sean el otro.

     Te gustaría creer que esto ha de durar. Este ver en el otro a ti mismo. Y que cada uno se vea a sí mismo en el otro. No lo crees, por más que lo deseas. Porque aquí has vivido toda la vida y treinta y dos años más tarde, hay un mega simulacro anual, pero ni siquiera en el día conmemorativo estamos listos, ni tenemos un plan. Ya no digamos para evitar la desgracia, que ello es imposible. Sino para ayudarnos y rescatarnos los unos a los otros. No somos capaces de despejar el camino o llevar ayuda a donde se necesita. Has vivido aquí toda la vida y sabes, como todo el mundo, que estamos a merced de la buena voluntad que aparece cada treinta y dos años, en la desgracia. Y nunca más.

viernes, abril 28, 2017

Baudelaire y el fin del mundo

Lo único seguro es el acto de la lectura, que rescata tantas voces del pasado, a veces las conserva para un futuro lejano, para un momento en el que tal vez podamos hacer uso de ellas de maneras valientes e inesperadas
     —Alberto Manguel. Una historia de la lectura.

Hace unos años, un viejo y querido amigo, César, descubrió las palabras para decirlo,  haciendo eco de Maimónides: creo, con fe verdadera, dijo, que la literatura salva. Hace poco, otro amigo de los libros, me dijo que recordó al fin un hecho fundamental: la literatura también cura.

     Menciono estos amigos y sus frases porque es necesario aceptar que la idea no es mía de origen, por más que piense en ello a menudo. Yo lo he dicho siempre de otra forma: que mis libros son el único argumento irrefutable en contra del suicidio. ¿Quién se mataría habiendo tanto que leer? Quizá sea este el único argumento que una y otra vez, en los momentos difíciles, funciona todavía.

     La literatura fue la primera razón para encontrarle sentido a la vida de trabajo, oficina y rutina; esa vida me permite pagarme el vicio. Sucedió en aquella tarde lejana cuando papá me llevó a esa librería de viejo sobre avenida Cuauhtémoc, casi esquina Álvaro Obregón —A través del espejo, creo que se llamaba—, a comprar mi primer Quijote, dejándome pagarlo de mi propio bolsillo. Un acto enorme, como si me hubiera dicho: «ya no eres un niño». Tendría yo dieciséis o diecisiete años. Y ese primer Quijote, esa librería, la compañía de papá, fueron la llave que me abrió el mundo entero. Mejor dicho, la infinitud entera de los mundos. Ahora papá dice que ha creado un monstruo. Mi biblioteca es un Leviatán que invade su casa —y la mía— por partes iguales...

     Sospecho, por otro lado, que la literatura también es la primera razón por la que no he pisado —todavía— un psiquiátrico. Me temo que varias veces he tenido problemas para ser atendidos por un buen alienista. Basta releer viejos diarios para saber que algo no funcionaba del todo bien en ese espíritu o en esos nervios que fui, que he sido. En esos momentos de duda, cuando el fin del mundo estaba cerca, fueron los libros la ranura que dejó pasar la luz. El camino por el que llegaron los amigos que fueron y siguen siendo —como los libros— mi alienista, mi cura, mi salvación.

     Así por ejemplo, recuerdo que mis primeros años de universitario estuvieron caracterizados por la lectura obsesiva de Baudelaire. 

Un imponente tomo de Edimat. Los Paraísos artificiales, me dejaron loco y me devolvieron la razón. Esos Pequeños poemas en prosa me prestaron las palabras que entonces tanta falta hacían para saber pensar y decir lo que de callar me habría matado.


Fue también la época de Hesse, de su Lobo estepario y su Demian, que me enseñaron a escribir cartas a la ausencia y estirar la mano del mendigo. Junto con Hesse, Nietzsche y Zaratustra me hicieron ver que la pureza nada vale y que a veces el único camino para vencer el aislamiento o la alienación, es charlar con quien no te lo imaginabas posible. Con un muerto charlaba Zaratustra. Para mí la humanidad entera.

Es que en aquellos años me sentía separado de todo. Separado del mundo por un muro de vidrio invisible, viviendo en destiempo o en ajeno. En ese entonces, El perseguidor de Cortázar era como un maravilloso espejo. Y una carta de presentación. Se lo regalé a mi amiga Laura, como diciéndole: mira, este soy yo. Y dieciocho años después, mi amiga sigue aquí, aunque yo ya no me sienta Johnny Carter.

Ese cuento de Cortázar me hizo capaz de reconocer el daño que me hacía a mí mismo. Ese cuento también lo tuve en mente cuando en una noche de copas, al fin me decidí a explicarle a mis amigos Manuel y Nacho, que por alguna razón, que a lo mejor estaba loco, pero que entre el mundo y yo había una barrera, que esto ya lo viví mañana, que no me está pasando a mí. Y resulta que eso, la comunicación con los amigos, era el primer y único paso necesario para salir del confinamiento idiota.

     Con otro amigo Manuel —pero 8a—, fueron Cortázar y Benedetti los autores que ayudaron a soportar el tedio infinito de las clases de derecho. Conversaciones inoportunas y comentarios a media clase que terminaban en indisciplina fueron la manera de no abandonar una carrera árida y superficial como pocas. Todavía guardo la Casa y el ladrillo que me regalara 8a.

Amigos todos ellos, que fueron como el Bruno de este Johnny Carter región cuatro y sin talento, amigos que abrieron la puerta del cuartucho imaginario en París, del que nadie puede salir solo. Porque nadie se basta a sí mismo. Como dijo John Donne: “as any manner of thy friends or of thine / own were; any man's death diminishes me, / because I am involved in mankind”. Así terminó aquella alienación del mundo y de los otros. Con libros y con amigos. Que se hicieron posibles unos a otros.

     Ahí mismo, por Manuel, conocí a Stephen King. La torre oscura que muchos años después, serviría para que en una cama de hospital, los ojos de una niña recién emigrada se fijaran en este medio escritor y medio loco que cojeaba con la pierna rota.

     Ahí mismo, por Laura, está otra vez Baudelaire, con interminables conversaciones que iban a ninguna parte y que, como acabo de descubrir en Rushdie, tenían sentido porque la disputa es la mejor herramienta para afilar la mente. De Rushdie vuelvo a Las mil y una noches, que me arrastran otra vez a esa cama de hospital, al atropellado y su destino. Las historias de Sherezada fueron el regalo, el hilo de Ariadna, que me dio aquella dulce niña para que me acompañara en mi primer viaje, del que volvería sin duda, pero no intacto, no igual, ni del todo sano en la cabeza. Como Roland en su camino a la torre.

      Ahí mismo también, mamá leía el Conde de Montecristo. Y papá me heredaba en vida su colección de clásicos, en la que conocí a Gorki, quien más tarde se transformó en cuento con ocasión del regreso portentoso y discreto de aquella niña, perdida diez años atrás.

     Ahí mismo, Dostoyevski, que también terminó por ser parte de ese cuento, pero mucho antes me acompañó en el infierno de trabajar de pasante en el estado de México mientras mi vida estaba entre la Ciudad Universitaria y Coapa. Lovecraft, cuyos mundos ominosos proveyeron un contraste sano y tranquilizador para soportar esa vida de camiones, metro y vil humanidad. Por las historias de Lovecraft, la amistad con los amigos Daniel, Mauricio y Cynthia. Tool who?, la música, y eventualmente Houellebecq y más libros, más luz.

     Esos mismos escritores, Dostoyevski, Lovecraft, Houellebecq, trazaron también mis amistades cuando me puse al fin a estudiar literatura. Hijo de filos, nueva infancia en el sitio adecuado. Y nueva locura. Porque si alguna vez he estado seriamente a punto de matarme, fue entonces. Aquella tarde cuando estaba de pie frente a la reja que me separaba de un acantilado, insensible y seguro de que escalar esa barrera sería tarea sencilla. Tan sencillo como saltar después hacia las rocas. Lo evitó Haruki Murakami con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, que leí casi entero aquella tarde.
Y que, afortunadamente, todavía no terminaba al pararme frente al acantilado. No era sólo la cuestión de un pendiente, había algo más en ese libro, algo mágico. No lo entendí hasta que Álvaro, mi hermano, me explicó que el país despiadado, tenía la forma de un cerebro, como el Dios de Miguel Ángel en la Sixtina. Eso es todo, fantasmas en el cerebro, las furias de la falta de alimento, de sueño y estabilidad. Eso es todo, nada de culpas, nada de desamores que no merecían ese nombre, aunque sí sus muchas variaciones.



Como de la mano de aquél acantilado, viene, aunque años después, J.M. Coetzee, cuya Desgracia me llegó de manos de dos grandes amigos, David y Alicia. Charlando con ellos, con Coetzee, Oé y Jellinek, al fin me he hecho capaz de no sentir la tentación del acantilado. Porque no hay culpa. Revelación sugerida ya por el Paraíso perdido, y Lutero y todo lo de mi tesis que hizo posible esa charla de cervecería donde, por cierto, muchos años antes, se me ocurrió la idea para esa novela que aún no termino.

     Con esta vuelta al pasado se hace evidente que los amigos han venido siempre de la mano de los libros. O que han llegado con libros en las manos. Con pretexto de los libros. Lo mismo que la salvación, la cura, las ganas de vivir. Recientemente algún alumno se ha puesto a recomendarme buenos cuentos. Y parece el saludo secreto de una secta hermética.

     Lo que veo aquí es que cada vez que estuve a punto de rendirme, la literatura trajo respuestas, amistades. Como aquél Disparo al corazón que me recomendó César y está para siempre engarzado a una caminata nocturna por Polanco, tierra de ataques de ansiedad, llanto por el cáncer a ratos y a ratos por las decisiones insensatas de quienes uno quiere. Por cierto ni el cáncer, ni las decisiones han borrado nada. Pues cada mundo termina para que empiece otro. Y así Luhmann y luego Kundera, me devolvieron esos afectos.

     Lo que veo aquí, es que cuando la desesperación me quemaba por dentro, ahí había un libro también como tabla de salvación. Seda de Baricco, con una elegante dedicatoria en japonés, fue el agradecimiento y el sueño que le regalé a Isa, querida y distante amiga, que me acompañó durante aquella noche maldita en que me sentía como Príamo rogándole a Aquiles que le devolviese el cadáver de Héctor. Pero aquella noche aciaga, las manos de la muerte y del cadáver eran, malditamente, las mismas manos.

     Levanto la mirada de la libreta hacia los libros. Es verdad que la literatura salva. Es verdad que la literatura cura. Los libros y la gente querida parecen ser la misma cosa: razones para vivir y remedios oportunos. Poseo más libros de los que puedo leer. Y eso significa que poseo también más razones para vivir de las que habré de necesitar en una sola vida. Cada vez que voy a la librería me devuelvo a la sensación de los encuentros que ahora rememoro. Acaso alguien vendrá de entre las páginas para hacerme fuerte si es que un día ya no puedo más.

     Esta es mi carta de amor a los libros. Y mi carta de agradecimiento a los amigos. Todo esto me ha surgido, ¿saben? por las líneas de un poema:

           é preciso ler Baudelaire
           [...]
          é preciso viver com os homens
          é preciso tener mãos pálidas
          e anunciar o fim do mundo.

     Cada mundo termina para que empiece uno nuevo. Esa es la promesa de la literatura. Esto no dura, un rato más y entonces, fiat lux. Un cuento, una novela, un poema. Dicho de otro modo, un conjuro. Y fiat lux.

     La biblioteca seguirá creciendo implacablemente. Quizá sea una forma de hoarding. Pero me gusta pensar que es una acumulación insensata de esperanza y consuelo y luz. Cuenta la leyenda que a Borges le preguntaron una vez de qué libro suyo se enorgullecía más, y él dijo que su orgullo eran los libros que había leído, no los que había escrito. Yo pienso un poco como Eco, en el orgullo de los libros por llegar: los que uno planea leer, los que leerá aunque no lo planeara, los que no conoce pero están esperando, los que por error o desesperación, sin buscarlos, terminarán ante mis ojos. Mi orgullo es lo que está por venir. Mi biblioteca es un vestíbulo con casi tres mil puertas hacia futuros posibles.

     Mientras exista una puerta, habrá futuro, habrá luz, habrá esperanza. Y si no, que lo diga Paolo Giordano, cuya Soledad de los números primos transformó la forma en que unos ojos me miraban hace días, al otro lado de una mesa, de la rutina y el aburrimiento. En el vestíbulo de puertas infinitas, esos ojos me miraron y luego hacia un umbral que eran las páginas de Giordano. «¿Vamos juntos?», parecían decir esos ojos, «no sé bien por qué ni en qué calidad, pero ese umbral, quiero cruzarlo contigo».



Comprendo tu amargura, pero todo el mundo tiene que pasar por esto. Y tú también tienes que soportarlo. Después, sin embargo, te llegará la salvación. Y entonces se desvanecerán tus inquietudes y tu dolor. Todo desaparecerá. Créeme. 
     —Murakami, Haruki. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.

lunes, febrero 27, 2017

Como la piel exige

The loss of their sanity is the lesser of their problems. They will tell you, if you let them: they are the ones who live, each day, in the wreckage of their dreams.
—Gaiman, Neil. Smoke and Mirrors.

En algún artículo científico —o pseudo— leo que los patrones de actividad cerebral que ocurren en situaciones de estrés, son muy similares cuando se comparan a víctimas de tortura, niños maltratados y personas que han vivido largo tiempo en una relación abusiva. Ese “muy similares” me hace pensar que hay gato encerrado. ¿Puede haber similitudes no tan similares? Me pregunto dónde está la línea entre lo “muy” y lo “no tanto” que da relevancia al parecido.
  
      Hace años pasé noches enteras intentando hallar respuestas a preguntas similares en la enciclopedia. Alguien se comportaba de formas incomprensibles y supuse que había una razón. Sería tonto describir el comportamiento y la manera en que los saltos enciclopédicos me llevaron al PTSD. Desde que descubrí el acrónimo, se ha vuelto uno de esos temas que me apasionan y repelen por partes iguales. Sumando perspectivas uno termina por quedarse en blanco. Cada visión aporta algo, pero ninguna ofrece respuestas. No hay certeza. ¿Qué ocurre con quien ha sufrido? Y, sobre todo, ¿puede recibir ayuda?

     Fue apenas, cuando leía (con bastante miedo) At the Mind’s Limits de Jean Améry que encontré algo parecido a una certeza. Parece que a veces, la respuesta es tan superficial que pasa desapercibida. Estoy consciente de que es escandaloso comparar a un sobreviviente de Auschwitz con cualquier otro ser humano. Con sus bemoles, carece de sentido. Si pensamos en una niñez a la Lisbeth Salander, quizá la comparación sea más válida. Lo mismo con las relaciones abusivas, no se trata de “mi novio no me invita a cenar”, sino algo parecido a Blue Velvet. En estos casos hay una traición constante, sistemática, a la superficie. Dice Améry: “The boundaries of my body are also the boundaries of myself. My skin surface shields me against the external world. If I am to have trust, I must feel on it only what I want to feel”.

—Not what I want to feel—

Sencillo, directo y casi doloroso. La superficie de la piel como frontera y posibilidad de confianza en el mundo, en el otro, en el lenguaje mismo. Y sin embargo, qué difícil es a veces determinar qué es eso que quiero sentir.

     En el caso de Améry, era claro que no escogió: “they are permitted to punch me in the face [...] they will do with me what they want”. Los compromisos sociales de respeto y ayuda mutua se desvanecen por la fuerza. Pero con la persona que escoge libremente una pareja que le golpea el rostro, ¿se los han arrancado? ¿o los ha elegido libremente? Parece que uno otorga permiso. Eso decimos siempre, ¿por qué lo permites? ¿por qué te quedas? Incluso ha sucedido que la persona cuyo rostro recibe golpes cotidianamente, le pide a quienes pudieran venir en su ayuda que no lo hagan.

     Hace meses, una persona —de cuya intención al hacerlo sospecho— me explicaba que su pareja era violenta. Que de vez en vez, arremetía a patadas, que a veces aplicaba encierros. Cosas así. Y sin embargo, el terror que sentía, no era hacia su pareja, sino hacia la idea de dejar esa relación. No temía las posibles represalias, sino al hecho de reconocer que algo salió mal. No hay mala intención en lo que hace, me dijo. Si mi pareja no es mala, el problema debo ser yo. Acaso no supe querer, domar, comprender o predecir la violencia. No era capaz siquiera de señalar al enemigo... O tenía razón al reconocerse a sí como antagonista...

       Volenti no fit injuria. «Quien lo desea (escoge) no sufre injusticia». Aplicar la frase en este caso es falaz. Pero es lo que hacía esta persona, suponer que esto es normal, que a todo el mundo le pasa, que ha sido sólo una etapa en la relación. Que es su elección y su responsabilidad: elegí la etapa de las patadas o los golpes en el rostro. Debo hacerle frente.

      Me recordó a Misery, donde Stephen King describe algo muy similar: “The survival instinct, he was discovering, might be only instinct in itself, but it created some really amazing shortcuts to empathy”. En la novela, Paul trata de ponerse del lado de Annie, de entenderla, consolarla, darle lo que necesita. Así se sobrevive, poniendo las necesidades del verdugo por delante de las propias. De ahí al síndrome de Estocolmo... En casos menos extremos, como el de una pareja que patea, es más o menos entendible, sólo en películas de horror o en Auschwitz se concibe a otro ser humano que por placer o por deber, lastima. Con la crueldad se puede dialogar, termina King, no así con la locura.

«Habla con ella, seguro entra en razón»

Por eso la locura es aterradora. Y el terror es locura. El miedo que describía aquella persona era irracional, como todo miedo. En consecuencia, no puede desvanecerse con meras razones. Todos hemos estado ahí. Con una pareja que no “podemos” dejar. Un trabajo, una carrera, un objeto. No “podemos” porque dejar atrás ese elemento, sería privarnos de un fragmento de identidad. La parte de nosotros que le quiere, que ha escogido, la parte esencial que forma vínculos y eligió formarlos con esta persona. Sin esa parte, sería locura. Y no estoy loco. Como no estoy loco, entonces debo haberlo escogido.

     Es precisamente la conclusión opuesta a la esperada. Lo opuesto de reconocer la locura en la situación vivida: “Caray, llevo años soportando arrebatos de patadas que, por cierto, no me gustan. No es lo que quiero sentir. Esto es locura”. Pero suponernos cuerdos es esencial para sobrevivir. Y resulta que terminar la relación es una forma de aceptar que se estuvo loco. Por lo tanto, uno podría seguir loco. O volver a estarlo. El terror a la locura hace imposible terminar con la relación y esta deviene, como dice Améry: “A reality that could not be escaped and that therefore, finally seemed reasonable”.

«See? I'm reasonable!»

Ahí está el abismo. No hay confianza posible en una realidad donde lo contingente parece necesario. Donde lo absurdo parece razonable. Donde lo sufrido se disfraza de decisión. ¿Cómo podríamos desarticular tanto desatino? Nadie escoge que le golpeen el rostro. Salvo quizá en el BDSM. O cuando uno mismo golpea, y por ese acto, invita a que lo golpeen. En el mismo sentido, nadie pasa por una etapa en que le gusta patear a otro y luego se le quita o lo supera. O en que lo hace sin querer y luego ya no.

     Por este camino me puedo explicar las afirmaciones del artículo ese, científico o pseudo. Pero eso no me acerca en nada a una respuesta, una solución. ¿Cómo convencer a aquella persona de que abandone la relación? Me gustaría haber sabido entonces lo que dice Améry: “Si he de confiar, entonces, sólo debo sentir en la piel aquello que yo desee”. Me gustaría haber podido decirle que escuche a su piel, esa que se revuelve cada vez que tiene lugar un contacto de abuso cotidiano. No escuches mis razones ni las tuyas. Haz caso de tu piel.

      Eso te pido ahora, si me lees todavía. O a ti, que acaso te confundes o te reconoces en estas letras. Siente tu piel y date cuenta de que no hay locura en no saber escoger. Es lo más normal del mundo. Siempre escogemos mal, porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestro saber. Corregir el camino es más fácil que construirse un hogar en el sitio equivocado.

      A ti que repites el error y lo conviertes en destino. A ti, que ves en todo esto una etapa. A esos que fuimos o seremos:

Leave now. 

Déjale.

No puede recuperarse el tiempo perdido. Pero que el presente, mientras exista,  sea como la piel exige: I must feel on it only what I want to feel.



Bibliografía: Améry, Jean. At the Mind’s Limits. Indiana : University of Indiana, 1980. (1966). Gaiman, Neil. Smoke and mirrors. New York : Harper Collins, 2001 (1998). King, Stephen. Misery. New York : Signet, 1987 (1987)