martes, agosto 30, 2022

Ignorancia deseada

Así que cuando los objetos de esos deseos e inversiones pasadas no cumplen con su promesa y dejan de satisfacernos de inmediato, como se espera que hagan, deben ser abandonados, al igual que toda otra relación que haya producido un bang menos big de lo esperado.
—Bauman, Zygmunt. Vida de Consumo.
 
Entre las primeras 12 reglas para la vida que componen el libro de Jordan Peterson, encuentro un consejo maravilloso: escuchar a los demás con la suposición de que algo podemos aprender de lo que digan. Siempre hay algo valioso en una conversación. Creo que lo mismo podemos decir cada vez que emprendemos la lectura de un libro. Y en más de un sentido, es el estado de ánimo ideal para acudir a la librería o a la biblioteca y elegir un volumen de entre la infinita oferta disponible.
 
Por supuesto que hay quien opina que mis visitas a la librería tienen tintes de obsesión puesto que cada día que pasa se vuelve menos probable que tenga vida suficiente para enterarme de todo lo que alguna vez supuse que podía aprender de todos y cada uno de los libros que he acumulado. Me gusta pensar en la biblioteca como un proyecto de vida que es voluntad firme de infinito y recordatorio perpetuo de limitación. Es una reificación del deseo que es siempre renovado y, por eso mismo, frustración constante.
 
Será cosa de tener mucha suerte o de ser muy necio, pero hasta ahora ha sido excepcional la experiencia de tomar un libro, empezarlo a leer y dejarlo inconcluso. Pero la posibilidad acecha siempre y todo lo que puede ocurrir, lo hace. Hace un par de semanas elegí un tomo que desde hace unos años me llamaba a sus páginas. Y tras avanzar unas cincuenta páginas, lo dejé definitivamente. Omitiré el título porque la época de la sevicia ya quedó agotada hace mucho y porque, por lo menos esta vez, abandoné el libro sin rencor. El hecho, nada sorprendente, es que el libro podía estar muy bien escrito y ser fruto de una investigación concienzuda y profesional, el libro podía estar lleno de información nueva y desconocida para mí, acaso sería capaz de enseñarme algo que de otro modo jamás habría aprendido pero, con todo y todo, no me interesaba en absoluto.
 

Estuve carcajeándome un rato al darme cuenta de esto y plantearlo precisamente exactamente así. Regresé a la época de estudiante pensando, caray, profesor, es usted un sabio en su tema pero, ¿a quién le importa? No se culpe a nadie de nada, sino a mí, a quien su sabiduría me resulta enteramente indiferente y su tema, por decirlo con elegancia, una filigrana preciosa de ociosa información que nunca podré encajar con la vida. No sé cuántas cosas deja uno de aprender así y cuántas veces más habré de pensar y actuar del mismo modo. La reacción, si algo, es ironía pura: reconozco que su libro es bueno, que tiene contenido, que dice algo que yo no sé pero venga ya, no me importa y eso es todo. Es decir que Hume algo sabía y que, solvitur ambulando, las razones no bastan para mover a la voluntad. La conveniencia, lo apropiado y hasta la virtud quedan abandonadas si no cuentan con el aval del placer o, por lo menos, de la relevancia existencial.
 
La ironía hace un círculo perfecto cuando me hago pasar por la misma lente y me pienso como maestro o como escritor de estas líneas, como quien de vez en vez escribe una carta. Hay que admitir que tras un par de líneas, el hipotético lector abandona el esfuerzo porque esto no le interesa y punto.
 
Detrás de la ironía está la tragedia: el abandono de una conversación, una carta o un libro no porque sean malos, es decir, porque despiertan una emoción así sea de rechazo, un vínculo, una respuesta. El abandono por indiferencia, desapegado, precisamente porque no hubo manera de establecer vínculo o comunicación. El libro que abandoné queda así convertido en objeto de consumo, que no satisface y, por lo tanto, debe desecharse. Pero queda justificado por los cuatro pesos que le pagarán al autor, al editor y a toda la industria, por generar ese objeto lleno de palabras que no llegaron a leerse. Es el libro frustrado, es una fiesta de cumpleaños a la que no llegó un solo invitado. Casi me siento culpable, pero la culpa no tiene lugar ante lo indiferente.
 
Supongo que escribir estas líneas para la indiferencia ajena puede clasificarse como una toma irónica de responsabilidad. Hay orgullo y hasta placer en asumirse capaz y en condición de desestimar y desechar. Por eso, si el juicio final es este mundo, mi lugar en el infierno del castigo irónico. Y bien ganado porque no hay vida ni tiempo suficiente, para leer cualquier cosa. Ni obligación de aprenderlo todo. Seré ignorante en este tema, pero porque yo quise.

viernes, julio 29, 2022

Una llave

Y yo por qué tengo que enterarme así de que mi primer pasión se casó ayer. Por qué sentirme traicionado cuando desaparece de golpe hasta como imaginario lo que no pasó nunca y ya ni siquiera me interesa que pase. Quizá eso es todo, que no entiendo. Porque de corazón le deseo toda la felicidad para toda la vida, no es mala voluntad lo que siento. Es simplemente que me cuesta creerlo. Como si de pronto tuviera que preguntarle ¿quién eres tú y qué has hecho con ella? ¿Dónde ha quedado la poesía y mis años de esperanza y desesperación alternadas? Mi vida sería otra si me hubieras visto como yo te veía, si tantas cosas. No porque lo quiera ahora, sino porque fue el principio, a mis dieciocho años, recién abierto el mundo, fue entonces, verla a ella, el primer paso de quien soy ahora. Entonces leía en Baudelaire y Walter Benton las claves de un sueño distinto, de la vida que ahora sé no podía llegar, confundido y sediento de cariño o de aceptación o de reconciliarme con el Dios que para entonces ya se tambaleaba. Siento que se pierde todo eso, que se lo traga el olvido o un abismo que no sé explicar sino como el pie descomunal de Cronos que borra todo lo que pisa y deja, en su lugar, sólo una huella. Mis primeros cuentos tenían su cuerpo y su cara y mi desesperación entera. Desde entonces no he escrito una sola línea que no sea alguna variación de esa sed de compañía o de un abrazo que rara vez se ha mitigado y que tomó forma o dirección porque la conocí a ella. La glorieta del Riviera y sus puentes enormes al caer la noche, las caminatas largas y los caminos. Las letras góticas y la poesía ante su reto de escribir una carta todavía más hermosa. ¿Cómo comprender ese reto sin imaginar que había celos, que en algún modo me quería? Una dirección distinta, un nuevo principio, una invención completa de nuevo honor y nuevos prejuicios. Todo eso está ahí, en su nombre, en mi memoria de ella, del primer día de clases y hasta este día en que me dijo que se casa. Todo eso se muere en la imaginación y en el recuerdo, o murió ayer en la boda, por más que en la tierra llevara ya muchos años muerto y enterrado, inexistente. Supongo que de esto se trata aquello de morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca. Es tanta nostalgia en ese nombre suyo, en esa sonrisa que no se me olvida, tanta nostalgia que me vuelve loco...

Porque nuestro día es de tiempo, de horas
- y la manecilla camina`
y cierra el círculo sobre nosotros:
y la eterna noche negra nos chupa como arena movediza; nos recibe totalmente -
sin una prórroga, ni un paracaídas, sin una llave para el cielo,
                                sin la postrera larga mirada.

Esto en el cuadernito aquél de poesía. Walter Benton. This is my beloved. Sin una llave para el cielo. Esa es la cuestión. 


—Paolo Veronese. Las bodas de Caná

jueves, junio 30, 2022

Norwegian Wood: A medias vivo

"
À la mystérieuse"
 
 
 
En este pequeño mundo, la deformación es la premisa. La llevamos en nuestro cuerpo, al igual que los indios llevaban en la cabeza las plumas que indicaban la tribu a la que pertenecían. Vivimos en silencio para no herirnos los unos a los otros.
—Haruki Murakami. Norwegian Wood.
 
 
Hace un mes, el 31, terminé de leer Tokio blues de Murakami por segunda vez. Me decidí a visitarla de nuevo porque se la compartí a alguien importante. Como regalo no es gran cosa y hasta parece raro regalar un libro tan íntimo sobre la muerte y con tanta muerte al rededor. En algún modo es por eso que volví a la novela ahora, dieciséis años después de encontrármela en Madrid, con la sospecha fundada de que la vida estaba a punto de descarrilarse.
 

Me recuerdo en el asiento del avión que me regresaría a casa, leyendo la última línea. Hay algo en ese final que me sigue moviendo aun ahora. Es un tipo cuya vida se ha convertido en una trampa, que lleva no sé cuánto tiempo caminando al rededor de su naufragio, de los restos del incendio que es su existencia. Un tipo con todo el futuro por delante, pero ya sin una vida por construir, un tipo dañado y anormal. Un tipo solo y que, sin esperanza, alcanza el teléfono como salvavidas. Acaso una voz al otro lado, como le deseaba Ernesto Cardenal a Norma Jeane.
 
Mi relación con esta novela es muy similar a la que alguien me contó respecto de otro libro: lecturas encontradas por casualidad en el aeropuerto, que leímos de golpe y nos dejaron sintiéndonos anacrónicos, viejos. Le doy vueltas a la idea y pienso en una persona mayor, tan mayor que hace mucho no se acuerda lo que es moverse. Si, por la razón que fuera, recibiera un cuerpo joven, ¿sería capaz de recordar para qué sirve? Los personajes de Murakami son algo así: incapaces de recordar cómo funciona la normalidad. Como la canción que le da título a la novela: una casa sin sillas, una tina como cama. La experiencia es más común de lo que parece: todos somos personas que saben lo que debería haber pero no lo encuentran. Personas que se comportan de formas oblicuas respecto de los objetos o las circunstancias. Pero encontrar a una persona con el mismo comportamiento inconsistente que el propio, eso ya es otra cosa.
 
Aquí todos estamos deformes o heridos o anormales. Hablamos otro idioma y basta. Aquí todos estamos conscientes de que llevamos en el rostro una máscara de normalidad y por debajo de esa máscara todo duele. Duele lo indecible, la incapacidad misma de explicar que duele. Así se vuelve milagroso encontrar una persona, o un libro para el caso, que comparta el temor de la desesperación perpetua y del instante. Si el otro es siempre nuestro espejo, eso significa que el consuelo es también reiteración de la pena y de la nada. Nada nos acerca al otro como la herida. Y este largo morir que es estar a medias vivo.
 

 


martes, mayo 31, 2022

Cementerio

"À la mystérieuse"
 
Le acude a la mente una idea que suena como una frase bíblica: bienaventurados los amnésicos, porque el pasado es dolor.
—Faye, Éric. La intrusa.
 
 
A punto ya de tu partida, entendí que he convertido en cementerio no sólo mi barrio, sino también el escenario entero en el que vivo. Es todo un enorme mausoleo en donde prácticamente no puedo dar un paso sin que de los rincones me grite algún fantasma o una ausencia, exigiéndome memoria y nostalgia. Como esas pequeñas cruces que ponen en las calles después de un accidente fatal, así también mi corazón marca los espacios con tantas otras lápidas, nombres y fechas. Dichosos los amnésicos, porque la memoria es tormento. Tormento porque es parcial: pues ya sé que pronto seré incapaz de imaginar tu rostro o evocar tu sonrisa con nitidez, porque me quedaré con la vaga frustración de una memoria incompleta o deforme. Tormento también por persistente: porque así sea de forma abstracta y emocional, no deja de evocar en cada espacio a los fantasmas sin rostro. No quiero que seas ausencia.
 

Todo mi día fue como caminar entre lápidas y cenotafios. Pasaba por un sitio y de inmediato: “fue aquí donde...” Esto no puede ser sano. Tampoco es del todo voluntario, pero en algún sentido he venido a construir mi casa en medio de las ruinas con la oculta intención de hacerme fuerte y mantenerme herido.
 

Llevo semanas sintiéndome así. Es lógico que de pronto todos los espectros tiraran a un tiempo de las suturas si cada herida fue causada en estos mismos pasos que me llevan y me devuelven a casa. No sé si será distinto para alguien cuya memoria emocional está atada a sitios que no visita sino con intención, como quien visita el panteón para charlar pensar en sus pérdidas. Pero este campamento mío es sólo un camposanto de ausencias.
 
Acaso por eso siento como un juego este escoger cada día, y un día a la vez, no escribirte ni buscarte en lo que llega la despedida. Es posible, por otra parte, que la despedida ya haya sucedido sin que yo me haya enterado. Cuando te vayas, allá donde estés nada, pero nada, te hará pensar en mí si tú no quieres. Me digo que hay que respetar la ausencia, porque no hay otra cosa que hacer. Así voy viviendo. Hoy no voy a preocuparme, ya veremos mañana. No niego que a veces, como hoy, me ataca una vaga ansiedad que ya conozco de sobra. Me consuelo con la noción de estar viviendo pasado mañana, en el después. La noche llegará, sin duda, y mientras miro el ocaso en que te pierdes sin perderte todavía, sé que será más fácil cuando todo haya sucedido.
 
Todo será más fácil cuando ya no esté la tentación o la esperanza de que está en nosotros elegir. Cuando la ilusión de la voluntad ya no sea un factor, cuando seamos como muertosEn ese después hay otra esperanza: las cosas serán distintas. Amnesia del umbral. Tengo la sospecha bien fundada de que no hay más allá y, si lo hay, no es sino la cíclica repetición de esta inútil samsara en que andamos perdidos.
 
Así que venga ya la noche y lo irremediable. Aceptar las ausencias como cementerio. Aceptar que sigan creciendo en número hasta volverse escandalosas por su inmediatez insoportable. En algún modo, lo que quiero es la experiencia del dolor. Como hacerse un tatuaje que recuerde más a la experiencia que al símbolo. El símbolo sería pretexto. El asunto es andar tan ocupado en la ocupación de sanar que de pronto se me olviden las ausencias. A veces lo más sano es estar desecho.
 
 
En todo caso los mensajeros vienen ya, desde siempre, en camino. Vendrá un día en que ya me encuentre sólo en mi cementerio, sin visitas de los vivos. Un día la lógica estará invertida. No seré un tipo con presente y personas amadas que vive, casi sin querer, entre las tumbas; seré un último eco de cada una de mis ausencias. En ese mundo a contralógica, seré yo el espectro. Al fin es cuestión de mayorías. Así será: esta nada que me integra y me sostiene no tendrá ya anclaje alguno en el presente. Hasta entonces, en mí te llevo, en mí te salvo. No sé si baste o bastará. Pero pensando en ausencias, intento acostumbrarme a la tuya. Sospecho que al final, cuando todo sea lápidas al rededor, habrá que elegir la propia ausencia. Será momento de retirarme también, sin drama, como termino de escribir estas frases: si no queda más que decir, hay que poner punto final, levantar la pluma y cerrar la libreta.

viernes, abril 29, 2022

Fotografía

"À la mystérieuse"

 

Loving you is like lifting a heavy stone. It would be easier not to do it and I’m not quite sure why I am doing it. It takes all my strength and all my determination, and I said I wouldn’t love someone again like this. Is there any sense in loving someone you can only wake up to by chance? 
—Jeanette Winterson. The Powerbook. 
 
En la fotografía hay una mujer. Por lo que puede verse en ese recorte de tiempo y espacio, está sentada a la mesa de un café. De esas que se ponen en las aceras y están a merced del cielo abierto o la tormenta. La calle podría estar en París o en Alejandría. También aquí mismo. Encuadres como ese parecen estar desencajados del espacio. Ella es el centro del mundo y el resto son fragmentos. Incidentes sin importancia. Wheresoever she was, THERE was Eden. 
 
Ella mira hacia la derecha. No olvidar que a veces las imágenes fotográficas tienen efecto de espejo. Podría estar mirando a la izquierda. Parece distraída, sus ojos se fijan en algo que está más allá del encuadre. Acaso un músico callejero. O una vendedora de flores. Su mirada refleja poco interés. Acaso apartó los ojos para no ver a su interlocutor, fugándose de una presencia que ya no soporta. Acaso el fotógrafo jugaba con la cámara hasta que ella se hartó. O es un montaje para hacerla ver como la veo yo. Como la imagino. Como la construyo. 
 
Podría tener veinte años o cuarenta. Su mirada tiene el cansancio de quien mucho ha vivido. Su expresión entera es la de quien ya no ve la necesidad de buscar un sitio en el mundo. Ha entendido que si ningún lugar le pertenece, todo lugar le pertenece. Puede ser una chica de veinte años con una vida que por difícil se vuelve rica. Un alma vieja probada por todo lo que no mata, pero casi. Puede ser una mujer de cuarenta que ha tomado la vida con calma. Su saber el de quien llega a donde está con paso lento y por vía de reflexión. O puede ser ambas. Y ninguna. Ella no tiene edad porque no vive en el tiempo. El tiempo se construye a partir de ella. 
 
En cuanto al tiempo, tampoco hay algo en la fotografía que permita adivinar su momento. Pudieron captarla por la mañana, bajo un cielo nublado. Pueden ser las horas diáfanas que ocurren antes del atardecer, cuando la luz se hace débil. Encuadres así parecen desencajados también del tiempo. La fotografía está en blanco y negro. Ningún color la asocia al tiempo. Me hace pensar en películas de Bogart. Casablanca. To Have and Have Not. The Big Sleep. Es el tipo de fotografía que un tipo cansado y cínico llevaría en la cartera como recuerdo de un paraíso perdido. Por su apariencia, la fotografía puede pertenecer a los 20’s del siglo pasado y de este. El cabello. El único anillo que adorna la mano. La imagen me hace pensar también en Audrey Hepburn. Y en mi futuro. Y en la muerte. 
 
 
Language always betrays us, it tells the truth when we want to lie, and dissolves into formlessness when we would be precise.
 
Así, arrancada de las coordenadas de tiempo y espacio, ella habita todas las historias y ninguna. Es una vida concreta, un instante preciso que se hace sólido en la fotografía. Pero también es todas las posibles vidas que habrá vivido antes y después. Es una historia y es también todas las historias. Es la historia de la sonrisa que siguió a cualquier cosa que alguien le dijera para obligarla a mirar. Y la de cómo se levantó de ahí y siguió su camino por una calle retorcida de Praga. La de su felicidad o su miseria. Puede ser también el principio de mi historia con ella. Escribir historias es algo peligroso. Te vuelves responsable de un destino entero. El amor, en cambio, es indeterminación como la fotografía. 
 
Ella está ahí, en todas las ciudades y ninguna. Desvía la mirada. Las palabras que pudieran llamar su atención no existen. Su destino es suyo. La fotografía es una puerta cerrada. Cada persona es una habitación aislada. Entre el silencio y la herida. A medio camino de lo que es y no.
 
What does the end matter? Here, now, is enough. Isn’t it?
 

 

jueves, marzo 31, 2022

Testimonio de inquietud

"À la mystérieuse"

 

Lo más verdadero siempre debe aparecer como una suerte de locura—en el mundo del disparate.

—Søren Kierkegaard. El instante.

 

En meses recientes he sentido esa inquietud vaga que es mezcla de emoción y terror, temor y temblor de posibilidad, de estar al borde de un abismo y no saber, pero tener que creer, sí, con fe verdadera, creer que uno puede volar o que no puede volar, creer que ha de precipitarse al vacío o precipitarse al infinito. Te miro todos los días o de vez en vez y me pregunto si hay algún modo auténtico de decir lo que quiero decir, un modo que no lleve a rastras las marcas de toda una cultura y sus perversiones. De encontrar palabras verdaderas o, por lo menos honestas. Acaso no sea sano mezclar pretensiones poéticas con avatares filosóficos y teológicos, pero me atrevo. Porque hay algo que quiero decirte y, conforme pienso en decirlo, menos me parece que valga la pena. No sé, siquiera, si puede ser dicho. Lo que sigue es el testimonio que ofrezco en este caso, ante la corte de la eternidad: testimonio inútil que nada puede probar y acaso precisamente por eso, el único que tiene algún valor, puesto que buscándote a ti con las palabras, me encuentro a mí mismo.


* * *


§1 Lutero/Kierkegaard. Dios no es mercader. Las obras son indiferentes para la salvación. Nos salvamos por la gracia. Tener fe en la gracia es el único mérito. Esto no hace inútiles o sin sentido a las obras. Las obras, en todo caso, son testimonio de la fe. Dar testimonio es decir la verdad con independencia de que el decir cambie la realidad. El testimonio es su propio fin. La fe exige actuar en consecuencia.

 

 —Caravaggio—

 

§2 Wittgenstein. El amor y el dolor como emociones/experiencias subjetivas. Nadie más puede experimentar mi subjetividad. Es preciso creer. Expresar o transmitir el amor o el dolor exige adoptar un comportamiento que pueda ser interpretado como testimonio de esa emoción.  El amor como emoción es una fe, puesto que nadie más puede sentir lo que yo siento. Las acciones que dan testimonio de mi emoción no son garantía de que mi emoción sea verdadera. Además, el amor no puede ser transaccional: el  amor (como experiencia subjetiva) ajeno no se gana ni provoca con acciones, sólo se testimonia con ellas. En consecuencia, los actos de amor son inútiles. Uno actúa para dar testimonio del amor que siente a sabiendas de que el testimonio no demuestra nada. Actuar para provocar en otro la sensación, la palabra, la acción, es suponer que las obras tienen mérito. Es un intercambio y por lo tanto excluye la posibilidad de emociones. Si se actúa con expectativa, la acción no es testimonio de amor, sino ambición egoísta. La obra de amor debe emprenderse como testimonio, es decir, inútil, carente de expectativa.


§3 Kierkegaard. Mirarte al espejo y verte a ti mismo, no al espejo. El otro es siempre el espejo que está ante nosotros. El amado es espejo del amante. Cuando se actúa amorosamente, el énfasis no debe ser en el efecto que se produce en el otro, eso sería mirar al espejo. El amor exige actuar introspectivamente: puesto que amo, actúo en consecuencia, con independencia de que tú modifiques en cualquier sentido tu actitud o apreciación de mi persona. Actúo para dar testimonio de mi amor, no para ganar el tuyo. Actuar con la conciencia de ser un siervo inútil. Lo que hago no cambia nada, no produce nada, pero necesito hacerlo, porque mi fe/amor me obliga a hacerlo. Lo que hago por ti/para ti, podría hacerlo cualquier otro tan bien como yo desde el punto de vista externo y práctico. Mi amor no cambia tu vida, ni la mejora, ni la determina. Mi amor es la determinación existencial bajo la cual emprendo esta vida y de la cual doy testimonio. El amor ideal sería entonces el que existe entre dos personas que se aman y viven actuando constantemente en testimonio del amor que se tienen. Te abrazo no porque quiera un abrazo para mí, sino porque el abrazo es testimonio de que te amo. En sincronía actuarán siempre de la mejor forma. Reconociendo que el otro es el espejo por el que se conocen a sí mismos. No se trata de cambiar al espejo, sino cambiar aquello que se ve reflejado por el espejo; es decir, a uno mismo. El amor es introspección.

 

—Caravaggio—


§4 La fe es algo inquietante. El amor es algo inquietante. Propone una tarea enorme, una infinitud de responsabilidades y acciones que se deben acometer en bajo el sino de la inutilidad. Actuar porque se tiene fe, porque se ama. Quien actúa sin finalidad y sin expectativa parece estar loco. Quien actúa así, empeña la vida a sabiendas de que no hay ni puede haber recompensa. Exige todo y promete nada. Entregas para no recibir. El amor es inquietante. Por eso el amor se sublima, se excusa y falsifica, lo mismo que la fe, en las promesas abstractas y eternas, es decir, vacías. Toda promesa sobre el mañana y lo indeterminado es falsedad. Dice Kierkegaard: "Un jugador dice: mañana no volveré a la mesa de juego, ese está perdido. Otro dice, jugaré el resto de mi vida, pero no en este momento, ese se salva". Prometer amor para toda la vida o por la eternidad es, en el mismo sentido, extravío y perdición. La promesa válida, auténtica sería: te amaré ahora mismo. Toda la vida en el instante, en cada instante. Como un siervo inútil que no busca ni merece recompensa. Las promesas, las palabras, el lenguaje entero es abstracción, por lo tanto, anula al amor. El amor es inquietante porque exige silencio. Quien dice mucho está perdido. Tener fe no consiste en decir que se tiene fe. Tener fe es vivir cada instante como si aquello en que se tiene fe fuese verdad, con independencia de que lo sea o no; bajo la certeza de que no puede saberse si es verdad o no. La palabra es cobarde y es excusa, revela la propia incredulidad. El acto es testimonio fiel, pero se trata de un testimonio inútil pues aquello que proclama no puede probarse. Amar implica actuar aquí y ahora conforme al amor, con independencia de que el amor sea o no. Amor y fe: inquietud. No puedo saber si te amo, no puedo saber si me amas. Sólo sé que no puedo saberlo. El siervo puede ser sustituido, nunca es indispensable, pero sus actos dan testimonio de lo que es. Ni tú ni yo somos indispensables y cualquier otro podría hacer exactamente lo mismo por nosotros. Las obras no importan, pero son testimonio. Mi vida es, aquí y ahora, testimonio. Te busco para verme. Me veo para encontrarte.

domingo, febrero 27, 2022

Im in it but it's empty (3)

"À la mystérieuse"
 
Hace unos meses que la inspiración no está precisamente al alcance de la mano. No obstante, en las últimas semanas adivino una suerte de circularidad en el tiempo y la experiencia. Hay quien más de una vez, se reconoce o se adivina en mis intentos de ficción. Nunca he sido capaz de responder con un sí o un no tajante. La ficción se nutre de la vida, pero no es su reflejo fiel. Así por ejemplo, hace meses estoy trabajando en un relato de aislamiento y distancia que ahora me ha vuelto a la cabeza de la mano de otras experiencias, que repiten esas ideas, les hacen eco. La experiencia entera me hace pensar en una rola particular de Rata Blanca, ¿cuántas experiencias diversas podemos haber tenido escuchando una misma canción? Así por ejemplo, Talismán es una de esas experiencias y es todas. Como dijo Borges: "en las letras de 'rosa' está la rosa / y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'". El mar de la memoria.



 
Im in it but it's Empty (3)
 
 
Cuando tenía veinte años, un amigo me ayudó a formar gusto musical. Teníamos en común el estudio de cosas que suelen verse como difíciles. Coincidimos en el centro de idiomas. A esa edad no es lo más común aprender la lengua de sitios que no van a visitarse en la vida. Los sábados, al terminar con las clases, salíamos a tomar una cerveza o, mejor, un whisky. De los bares nos movíamos después a su casa o a la mía. La música de moda no le hacía ninguna gracia. A mí tampoco. Lo suyo era un gusto definido, prefería el grunge. Lo mío era indiferencia por lo simple. Arturo hablaba con pasión de una banda en especial: Bush. Me fascinó la ambigüedad en sus letras. Y ver que Arturo era capaz de proyectar en esos intersticios cualquier preocupación emocional. Por alguna razón, aquella tarde, mientras escribía mi respuesta a tu primer mensaje, me puse a escuchar a Bush. Pensé en Arturo. Estoy seguro que él habría entendido de inmediato tu voluntad. Habría leído en tus escasas palabras con la misma fluidez con que leía esas canciones crípticas. Eché de menos su consejo. Eché de menos ese tiempo en que todavía no pensaba en pasado. La pasión era aun algo por descubrir. Ahora pienso en la pasión como una ruina. El coliseo romano, por ejemplo. Queda el vestigio, pero su experiencia es impensable. Ya no puede usarse para lo que fue construido.
 
 

 
No dejamos de ser amigos. Lo que pasó es que ninguno de los dos pensó que el centro de idiomas podía cerrar sus puertas. Que ya no nos veríamos todos los sábados. Que la repetición es un milagro.
 
Mientras escribo estas líneas, escucho a Bush. Arturo me diría que no hace falta este quebradero de cabeza. Acaso tuviera razón todos esos años atrás. Ahora estas líneas son tanto mi voluntad práctica como la recomendación profesional de la doctora. Quiero saber cómo responder a tus palabras. Cómo responder a tu mirada. Y que lo que mi mano desee, sea imagen en espejo de lo que la tuya espera. Leer la mente. Para ti es algo fantástico supongo, como sustraer los secretos más íntimos de alguien sin que pueda notarlo. Para mí es igual, pero no se trata de conocer lo que tú llamarías secretos, sino de entender lo que para otras personas es evidente. Desde mi perspectiva, lo que hacía Arturo con las letras de Bush era leer la mente. Alguna vez, invitó a una chica linda a comer después de clase. "¿Cómo supiste que aceptaría?", le pregunté. "Era obvio", me dijo, "¿no viste cómo nos miraba?". Estoy seguro de que vimos a la misma chica y la misma mirada. Pero lo que para él fue evidente, para mí sigue siendo un secreto. Que una mirada tenga un mensaje claro, transparente. Leer la mente.
 
 
* * *
 
 
Una mirada, un saludo, un gesto con la mano. Se trata de signos simples que pueden juzgarse desde la superficie. Sin mayor complicación. Pero a veces parecen llevar un sentido extra, una intención. El signo es, antes que nada, una proyección de quien lo lee. No hay signos en ausencia de lectores, con independencia de que alguien haya escrito o no. Este es el problema.
 
Tu mirada es para mí un problema de teoría de la recepción. No tiene valor alguno si la emoción que atisbo en tu mirada es algo que yo voy construyendo por encima. Una hermenéutica sobre el vacío. Quizá por eso pienso en esos años de música y de estudiar idiomas. Resulta que sólo en medio del malentendido las cosas superan o desbordan el límite del intelecto. No sé qué quiso decir el lyricist, si quería decir algo. Si las interpretaciones de Arturo tenían mérito o base. Cuando el mensaje es oscuro, nos involucra por completo.
 

Bad moon whine again
And she falls around me
I wanted you more
You wanted me less
I could not kiss just regress


* * *

 

Regresiones. Por ejemplo, si pretendiera ser poético o ridículo, pensaría como entonces, cuando era válido pensar o vivir de ese modo. Con la pasión de quien descubre. Del iniciado que escucha un lenguaje nuevo con toda su fascinante oscuridad. Pensaría como entonces: ¿qué estabas haciendo tú mientras yo escuchaba la canción que un día, este día, me haría pensar en ti? Ridículo. Estarías aprendiendo las primeras reglas de gramática. O las fórmulas básicas de la geometría. Preguntaría ¿qué haces tú ahora, mientras le busco sentido a un


Lo que nos separa es algo más que un obstáculo. Es una manera completa de vivir en el mundo, de estar determinado por nuestras perspectivas de lo que el mundo puede ser. Eso me hace desesperar.


Pero también, a veces, me emociona. Sería como robarle el fuego a los dioses. Como volar con las alas de cera que me heredó el ingenio de papá. Hasta el fracaso sería hermoso.


Si pretendiera ser poético.





lunes, enero 31, 2022

Estaciones 2021

Pocas cosas disfruto más que hablar de libros, y cuando se trata de libros memorables, me gusta más. Así que, a la manera de Maimónides y para los perplejos que todavía no saben qué leer a continuación, para los que entran a la librería sin una carta de navegación o a la biblioteca echando en falta un mapa, para los curiosos y amigos, aquí van las recomendaciones basadas en la experiencia lectora de 2021. Dieciocho bellas postales de un viaje entre 108 libros, que comparto con la esperanza de que sean pretexto de muchas y felices lecturas, conversaciones, amistades, encuentros... 

 

Por razones biográfico/emocionales, el libro del año es indiscutiblemente, Desmorir de Anne Boyer. Reconozco mi parcialidad y la celebro.




De manera un tanto más objetiva, no sé decidir entre estos tres:


 

 

De los memorables, va la lista:


1. Becker, Ernest. The Denial of Death. Esta rara mixtura entre psicoanálisis freudiano y filosofía kierkergaardiana nos ayuda a entender la paradójica insatisfacción que tenemos ante las grandes narrativas que, sin embargo, nos son absolutamente esenciales para vivir.

2. Boyer, Anne. Desmorir. Esta memoria ensayística sobre la experiencia del cáncer es una obra total: poética, médica, vivencial, reflexiva, existencial. Como el llanto, puede expresar la máxima alegría y la más profunda tristeza, con todos los matices que van de una a la otra.

3. Chevillard, Eric. Caer. Novela corta de corte profundamente nihilista en que se nos presenta una civilización cuya única esperanza es la aniquilación y cuyo mesías está proscrito hasta en el mito. En Caer rinden culto al nihilismo y aguardan el final con rituales a la altura de su fe.

4. Chiang, Ted. Stories of your life and others. Chiang es, indiscutiblemente, un genio de corte borgeano. Su primera colección de cuentos tiene un corte más erudito que la segunda, pero no deja de ser un viaje maravilloso de reflexión especulativa.

5. Chiang, Ted. Exhalación. No hay palabras que alcancen para describir la rara mixtura de géneros e ideas que se encuentra uno en los cuentos de Chiang. Maestro de su propio género que mezcla mitología, fantasía, ciencia y filosofía en tramas de impecable narrativa.

6. Cioran, E. M. La caída en el tiempo. Una exploración desesperada sobre nuestra existencia fuera del paraíso, devorados por el tiempo y donde acaso sólo el llanto nos quede por compañía.

7. Claudel, Philippe. Almas Grises. Demoledora novela compuesta de trama policiaca y confesión personal en que el misterio principal queda para siempre pendiente: ¿cómo vivir en un mundo donde la belleza o la felicidad se perciben como burla insoportable?

8. Dieudonné, Adeline. La vida verdadera. Es difícil describir esta preciosa novela corta sin revelar el detalle que la hace memorable. Un relato de crueldad, compasión, desgracia y, sobre todo, salvación. 

9. Kierkegaard, Soren. Las obras del amor. Considerada por muchos la obra maestra del filósofo Danés (y de todos sus sudónimos), es una exploración emocional sobre el amor en todos sus aspectos y alcances. Explora las mil caras de la emoción buscando una verdad subyacente y existencial. Mención de honor para el apartado sobre el amor a los difuntos.

10. Kierkegaard, Soren. La enfermedad mortal. Otra de las obras cumbres del padre del existencialismo, explora las muchas maneras en que la angustia existencial afecta la vida diaria. Casi un tratado de psicología, sirvió en mucho a Ernest Becker para la composición de The Denial of Death.

11. Ligotti, Tomas. The Conspiracy Against the Human Race. Un auténtico clásico moderno, en que el autor nos lleva de la mano a reconocer el terror existencial derivado de la idea que tenemos de nosotros mismos: conscientes y libres, pero determinados.

12. Peura, María. Tu amor es infinito. Relato doloroso, devastador cuyo recurso literario es perfecto: la disociación entre el lenguaje puro de la infancia y la irrepresentabilidad del horror en que se desarrolla.

13. Tibuleac, Tatiana. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. El estilo de esta increíble novelista moldava es lapidario. Sus frases hieren en lo profundo, duelen, y forman un poema enternecedor sobre la reconciliación y las muchas maneras en que los afectos se descarrilan para mayor desgracia de quien lo permite.

14. Vallejo, Irene. El infinito en un junco. Esta historia cultural de los libros es bella y memorable, estableciendo vínculos entre la antigüedad y nuestros días, entre nuestros rituales y lo indiferente. Al final del día los libros nos unen a la humanidad y nos apartan de ella en la misma medida.

15. Vermes, Timur. Ha vuelto. La comedia verdaderamente graciosa es la más perturbadora y así, esta novela sobre un Hitler que aparece en la modernidad nos muestra que hay infinitas formas de complicidad pero casi ninguna de inocencia.

16. Vian, Boris. La espuma de los días. La entrañable historia de Colin y Chloe es inolvidable. A uno le entran ganas de aprender a bailar el biglemói, cuyo principio "repose sur la production d'interférence par deux sources animées d'un mouvement oscillatoire rigoureusement synchrone" Y hazle como quieras.

17. Winterson, Jeanette. Gut Symmetries. La novela narra un triángulo amoroso que en algunos aspectos imita o se inspira en la Grand Unified Theory que propone la identidad o unificación de las fuerzas fundamentales de la naturaleza. Así, tres personajes aparentemente disímiles se cruzan y se identifican hasta un desenlace que sólo de recordarlo impacta. Quizá, como siempre, el problema es el lenguaje. ¿Por qué usamos palabras distintas para hablar de lo mismo? ¿Por qué usamos una sola palabra para hablar de cosas distintas?

18. Zweig, Stephan. Los ojos del hermano eterno. Novela corta y filosófica sobre la búsqueda de la iluminación. Es difícil saber en qué consiste ser una persona auténticamente buena, más allá de las apariencias. Seguimos a Virata en su camino buscando la benevolencia y quizá, pesando en su historia, sabremos encontrarla en nuestra vida.