lunes, agosto 29, 2016

Solaris

Puesto que el hombre que lee, a fondo y diríase obstinadamente, todo lo publicado en relación con Solaris, alberga la irresistible sensación de estar tratando con fragmentos de constructos intelectuales, quizá geniales, mezclados sin ton ni son con los frutos de una completa estupidez rayana en la locura.
—Stanislaw Lem. Solaris.

Como todo el mundo, he estado en Solaris, testigo asombrado del lento surgimiento y decadencia de de los monumentales y microscópicos universos que se agotan sin ningún sentido sobre la superficie incomprensible de lo que suponemos es un planeta. Como todo el mundo, también, he tenido frente a mí la aparición imposible de mis culpas o mis sueños descarnados en la figura de una persona querida u olvidada, la aparición que me obligó, como a todos, de un modo o de otro, a reconocer los hechos y percatarme del absurdo implícito en cualquier explicación o narrativa de la experiencia vivida.

     Como todo el mundo, agoté primero mi cerebro y después toda ilusión en las tres etapas que siguen a la aparición solarística: primero busqué comprender, luego soñé conservar y, finalmente, quise repetir. Al final del recorrido, muchos se han lanzado a la superficie inestable y acogedora del planeta para implorarle a ese demiurgo —indiferente o idiota— que les otorgue la repetición y la eternidad. Nadie los ha vuelto a ver. O quizá los hayan visto, dado que ellos, a su vez, serán el eco de otra persona, en cuyo caso es difícil decir si es precisamente a ellos a quienes se ha vuelto a ver. Otros tantos se consuelan con la idea, la interpretación y el culto a la experiencia vivida en forma de memoria o especulación. Y vuelven entonces al primer punto: la ambición de comprender. Son estos los autores de infinitos libros sobre el sentido, la lección y, peor aun, sobre la fe en los fantasmas. Escritores a los que llamo apóstoles del propósito. Tan idiotas como los otros, los que llamo mártires de la necedad. Sólo la locura justifica creer en la repetición o la comprensión. Ambas son esperanza, y el viejo Nietzsche ya hace unos siglos nos advirtió sobre los riesgos de la esperanza. Con base en la esperanza, ciencia y religión firmaron un pacto vergonzoso respecto de Solaris y sus apariciones. Las explicaciones de ambas disciplinas carecen de sentido o de fundamento si no es la apelación a la esperanza. Sólo la filosofía ha sabido mantenerse a raya de esa escandalosa transigencia.

     Hace tiempo, la filosofía renunció a comprender, conservar o reproducir. Hace tiempo, alguien —Schopenhauer— se planteó al fin la pregunta esquizofrénica: “cabe admitir como algo probable que [...] no sea posible conocimiento alguno, no sólo para nosotros, sino en general, o sea, nunca, y en parte alguna; que esas relaciones no sean sólo relativamente insondables, sino que no sean relaciones en absoluto; que no sólo nadie las conozca, sino que sean incognoscibles de suyo, al no entrar en la forma del conocimiento”. Aplicar esta idea a las apariciones de Solaris no es difícil: suponemos que esos fantasmas inmortales y conscientes que Solaris materializa por ningún motivo discernible, son al mismo tiempo ecos suyos, limitados a la proximidad de sus multiformes océanos; y ecos de quien los mira, limitados por la memoria y la mente de quien los enfrenta. ¿Y si estas suposiciones son falsas? ¿si en realidad no hay relación alguna? Hume explicaba que no hay manera racional, inequívoca, de distinguir causalidad de correlación. Es decir, no hay forma de saber si existen las relaciones. Esa es la base de la filosofía solarística seria: aquello que parece limitar o determinar (begrenzen es el término en que han acordado usar para unificar la idea más allá de sus matices lingüísticos) al eco, no puede usarse para entenderlo, ni para explicarlo.

     Partir de eso que parece, sería caer en otro de tantos adulterios entre fe y ciencia. La filosofía no debe partir de premisas irracionales como lo hacen otras disciplinas. Así pues, si eliminamos la noción de causa o relación, también rompemos con la petición de principio de la agencia. Solaris no produce, ni nosotros tampoco, a los ecos; en consecuencia, tampoco los limitamos. El hecho es que están. No pueden comprenderse, ni conservarse, ni repetirse, porque no entran en la forma del conocimiento. »El Contacto«, escribió Kelvin, »significa un intercambio de experiencias, de términos o, al menos, de resultados, de ciertos estados, pero ¿y si no hay nada que intercambiar?«

     La interpretación, que es el error en que caen la ciencia y la fe, es que el encuentro es un contacto y que el contacto tiene un fin. En este punto conviene recordar al profeta Ludwig Wittgenstein: toda interpretación es una falsificación. En el caso de las apariciones, se interpreta que su fin, para mayor escándalo, coincide con su causa: nosotros. En el nosotros puede incluirse a la humanidad, a Solaris o a ambos, el resultado es el mismo. Es preciso abandonar esta idea absurda porque no existe una sola vía de pensamiento que permita interpretar al hecho de la presencia como un mensaje. Porque un mensaje sólo existe ahí donde puede ser interpretado conforme a un código arbitrario e institucionalizado de forma consensual. Y no hay consenso posible entre un hecho y otro. Ni Solaris nos entiende, ni nosotros al planeta, ni cada uno a sí mismo. Si no hay mensaje, no hay causa, no hay fin y, por lo tanto, no hay begrenzen. De manera que todos hemos estado siempre, en todas partes, en Solaris.


     Es la única vía racional de concebirlo. Basta con pensar en cada otro como una aparición. En mi caso, como en el de todo el mundo, fue accidental que mi eco surgiera de la nada. O yo, como eco suyo, surgiera de la nada. Al principio, como todo el mundo, quise comprenderla. Y acaso ella a mí. Atrapado en la maraña de preguntas y explicaciones que sigue a todo encuentro, quizá por la curiosidad, quizá por el tiempo invertido, su presencia fue haciéndose indispensable. Es el camino que todos recorremos y del que ya ha dado cuenta Kris Kelvin en su fascinante testimonio. Pensamos que alguien está ahí por nosotros, para nosotros, en nosotros. Fascinados por la presencia, nos entregamos a la búsqueda de comprensión y sentido pues, »¿De qué había servido, si no, todo aquél tiempo transcurrido entre objetos, rodeados de cosas que habíamos tocado juntos y del aire que aún recordaba su aliento? ¿En nombre de qué?«. Como Kelvin, todos renunciamos a la esperanza con el mero transcurso del tiempo; aprendemos que es imposible comprender a nadie, y si tenemos suerte, nos conformamos con ser capaces de conservar la presencia. Nos aferramos entonces a los amigos, a la familia, al amor y a las mascotas (ha sucedido, aunque no es muy frecuente, que un viajero a Solaris asegure haber sido acosado por la absurda presencia de un pulpo o un irónico conejillo de indias); porque no queremos admitir que, como todo el mundo, son ecos.

     Yo me aferré a ella un tiempo y después, al renunciar a la comprensión, busqué la permanencia en el registro minucioso de cada día y cada momento. La descripción y la memoria ocuparon el sitio de la comprensión. Quise conservar lo que sabía que perdería. Y la perdí, por supuesto. Ella desapareció, como todo el mundo. Estuve tentado y perdí incontables horas en la búsqueda del sentido, como si esa desaparición y la presencia previa fuesen un mensaje que pudiera adivinarse como los sacerdotes adivinan en las entrañas de los animales. Otra eternidad, la perdí contemplando la nada y esperando el regreso. Algún tiempo pensé, también como todo el mundo, que la memoria es un camino de recuperación. Pero es difícil decir si esos a quienes vemos en la memoria son precisamente a quienes creemos haber perdido. Si alguien me ha visto y me trae a la memoria, su recuerdo guarda tanta relación conmigo como las apariciones solarianas con aquello que imitan o parecen imitar. En todos los casos el resultado es el mismo: fracaso. No comprendí, no conservé, no recuperé. Como todo el mundo. Porque es imposible. Ambas son interpretaciones que pretenden limitar desde mí, aquello que no forma parte mía. Si yo no soy su causa, tampoco puedo tener agencia sobre ello. Y lo mismo le pasa a todo el mundo.

     ¿Quién era el eco entonces? Ella o yo. O ambos. O ninguno. Es imposible saberlo. Ella fue el monumental y microscópico universo que surgió y se agotó sobre la superficie infinita, incomprensible, que soy yo. A mi vez, habría sido entonces un hecho superficial y sin sentido en su límite exterior. No importa en qué dirección se camine junto a una línea infinita, nuestros pasos no se dirigen al principio ni al fin. Nuestros pasos, entonces, como todo encuentro y desencuentro, carecen de sentido. Porque todos hemos estado en Solaris. Todos somos Solaris. Y ahí donde dos palabras significan lo mismo, no tiene sentido usar dos palabras, basta una sola. La antinomia se disuelve borrando una de ellas. Borramos así la contradicción aparente que se introdujo por un uso impropio del lenguaje:

No debe decirse:
Como todo el mundo, he estado en Solaris.

Debe decirse:
 Como todo el mundo, he estado.

O, resumiendo:
Solaris


Bibliografía: Lem, Stanislaw. Solaris. Madrid : Impedimenta, 2012. (1961).

domingo, julio 31, 2016

Frente al mar (fábula)

El hombre está solo, frente al mar. Las olas lavan sus pies cansados, pero no siente porque está solo. Tiene la mirada fija en el horizonte y busca una nueva fe más allá del mundo. No puede encontrarla, porque le da la espalda al mundo. Escucha el fragor del mar y mira la espuma de las olas, quisiera interpretarlo todo de otra forma, encontrar una figura imposible que le devuelva la vida. Pero no puede porque está solo. La brisa le acaricia el rostro, más suave que las manos en una despedida. Pero el hombre está sólo, frente al mar, de espaldas al mundo. No siente. No entiende.

Algo cambia. Un sonido nuevo se inmiscuye desde el este, se mete en el mundo y lo transforma. Son pasos que chapotean entre el flujo infinito del mar. El hombre ya no está solo, ahora está perdido frente al mundo, de espalda al mar. Su corazón late distinto cuando reconoce la silueta de una mujer que se acerca. El hombre está de nuevo en el mundo, lo enfrenta con una sonrisa y un quizá.

Ella ríe. El mar borra sus huellas cada tres pasos, como si no estuviera ahí. Las olas le acarician los pies, la brisa marina juega con sus cabellos. La mujer está y no, se borra y sigue adelante. Ríe y camina.

El hombre perdido escucha la risa y su sonido alegre le sirve de guía. Perdido en el mundo, el hombre se da la vuelta y mira a la mujer cercana. Ella ríe, él es feliz, como quien ve un cielo estrellado. El hombre y la mujer sonríen. El hombre perdido en el mundo recibe una sonrisa y se encuentra. Ella da otro paso, le gusta dejar huellas y verlas desaparecer.

Por un instante, el hombre es feliz en el mundo. Al fin siente las olas, la brisa, la melodía de las olas. Se acuerda del sol y busca la luz, pero le lastima. Cierra los ojos. Con un suspiro el hombre entiende. Abre los ojos y la mujer ya está a sus espaldas, sigue su camino. La mujer ríe y camina. Deja huellas que se pierden en el mundo, que se borran en la arena.

El hombre tiene miedo, quiere pedirle que espere, pero sabe que es inútil porque ella ríe y camina. La mujer contempla sus huellas y es feliz porque cada una vuelve a la nada. Así también ella termina por perderse en el horizonte. El hombre contempla esa ausencia y sabe que de nada sirve seguir las huellas que ya se han borrado. El hombre se queda solo, frente al mundo, y prefiere darle la espalda.


El horizonte parece más lejano cuando el sol se pone. Las estrellas se burlan de él. La brisa le hace daño. Pero el hombre está solo y no siente. No entiende. Aún recuerda que hace poco había un rastro de pies en la arena. Eso le hace sospechar que en su cuerpo hay rastros que se han borrado. Mientras recuerde y sospeche su soledad será más terrible. Cae la noche y el hombre está solo, frente al mar. Mañana, cuando vuelva el sol y el hombre olvide, la historia empezará de nuevo.


miércoles, junio 29, 2016

Haunting love

—Para Milena, como siempre.


Todo hombre está hecho de barro y de daimon, y no hay mujer que pueda nutrir a ambos.
Su pensamiento, la verdadera belleza de la carne, que sin eso sería tan sólo carne muerta.
Nunca conocemos a los seres humanos y sus sufrimientos lo bastante como para tener siempre a punto la respuesta adecuada.
Lawrence Durrell

Lawrence Durrell lo persigue como poesía pura y consuelo y contradicción. En un ensayo. En una muerte. Y ahora en la conversación más triste y más linda que haya tenido jamás. Como tango de Gardel, errante en la sombra te busca y te nombra.
     Él confiesa como protagonista de un tango en 1934. Ella responde lo que dice porque es verdad, porque es lo que cualquier persona cuerda diría ante una confesión tan descabellada e idiota. Cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día, dijo él. Y ella respondió lo que él imaginó con temor. Vaticinio cumplido, terror superado. Como volver a Alejandría, encontrarse a Justine y a Clea,  morir de nostalgia y de rabia por lo que sólo existió como imaginación. No me siento real, dijo, porque yo ya soy otra.


La respuesta de ella es natural. Todo el mundo sabe que la vida se disuelve a veces en nostalgia, en ese ejercicio estéril de extrañar una halagadora falsificación de la memoria. La gente ama o extraña lo que cree haber vivido y no la realidad, todos detestamos la fugaz certeza de la historia. Lo vivido se disuelve en ese ejercicio de recuerdo y negación. Extrañamos lo que no fue, lo que deseamos en silencio que haya sido. La memoria es inconstante y no permanece indiferente a los cambios del tiempo y de la perspectiva
     El amor es un error, porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestro saber. Los hombres persiguen siempre a Justine, ese espejo donde vuelcan sus deseos y sus ambiciones de ser mejor de lo que son, para darle sentido al mundo por la supresión del yo. Y así se entregan también en retrospectiva al juego del espejo. Decía el doctor angélico que el deseo es el principio de la desgracia. Y él se está haciendo desgraciado porque presta voz a su insensata aspiración. 
     Para ella es tan claro, él parte de la ficción de la identidad. Cada uno de nosotros es único. Pero no entiende que somos incapaces de conocer, aceptar o desear a otro ser humano desde la ignorancia a que nos condena la realidad. Esto dice Durrell: tú no conoces a quien amas. La ignorancia permite que el amor exista. Y si pasa el tiempo sin que el amor muera, no será precisamente el mismo, porque los amantes han cambiado. Es por eso que lo que él confiesa carece de sentido, porque después de tantos años, la mujer que escucha sus palabras ya no tiene nada en común con la que hace tantos años se fue de vuelta al cono sur. Quizá sólo llevan el mismo nombre y acaso permanece la tierna paciencia con que ella escucha sus palabras.
     Luego responde: No soy yo a quien están dirigidas tus palabras, sino a alguien que yo fui, que ya no soy, que tú conservaste en el corazón como en un museo pero que no es esta mujer de carne y vida a la que le hablas.
     Le viene a la mente la paradoja del barco de Aquiles. Aquiles tiene un barco y mientras lo repara, va cambiando pieza a pieza hasta que no queda nada del barco que tenía. Un vecino recoge las piezas descartadas por Aquiles y construye otra vez el barco que Aquiles sustituyó pedazo a pedazo. ¿Cuál es entonces el barco de Aquiles?
     Lo que dijo ella es igual de complicado. ¿Por qué yo, si ya soy otra? El tiempo se ha encargado de transformarla, es verdad. Ella, la que estuvo frente a él planteando esta paradoja es el barco nuevo. Acaso esa a la que él dice no haber dejado de amar un solo segundo de estos diez años, es sólo la reconstrucción nostálgica, idealizada y falsa que hizo a fuerza de memoria y lágrimas, la que armó con la nostalgia como herramienta a partir de todo lo que ella fue descartando con el tiempo. Todo lo que ya no es.
     El amor se reduce así a un fantasma. Algo como la presencia y la neblina que habitan una casa embrujada. Love as haunting. Ella tiene razón al verlo así, pero se equivoca. Esta es la definición de una paradoja. El embrujo es la permanencia absurda de lo que no está sometido al tiempo, manifestándose en lo que es devorado por el tiempo. Ella debe saberlo, pues le gustan las cosas ocultas, la magia, los embrujos. Él, en cambio, sabe poco de magia, pero tiene ciencia y, sobre todo, tiene al barco de Aquiles.
     Haunting, dice el diccionario, es la dificultad para ignorar u olvidar algo vivido, algo evocativo. Apenas parte del anglicismo, lo ve como de mal gusto. Pero ninguna equivalencia en otro idioma da en el calvo. En español decimos obsesionar, encantar, perseguir. No está atado a la magia, la paradoja y el terror como la palabra en inglés. En la lengua de Pessoa, en cambio, se habla de mal-assombrar, freqüentar y perseguir. Sospecha que sólo haunt tiene esa maravilla de referirse al mismo tiempo a la memoria, la magia y la maldición. Acaso fue una palabra que le vino a la cabeza a Einstein cuando se exilió, después o antes de haber hallado o inventado esa fantasmagórica acción a distancia. Quantum entanglement, dicen en inglés. Pero aquí el español es más poético: romance cuántico.


Es una paradoja de la ciencia, con la que acaso pueda desarticular la que ella le propuso hasta que desaparezca: yo soy otra. Apelar a la física cuántica quizá sea una salida desesperada, pero viene de la mano con Aquiles, su barco y ella misma como otra. El romance cuántico es uno de esos casos en que el alma imita a la ciencia o en que la ciencia se construye con el lenguaje de los sueños. La spukhafte Fernwirkung es tan evocativa porque carece de sentido. Es un haunting científico: una partícula obsesionada que no olvida a otra, es la dificultad invencible que le permite vivir como presente lo que ya es ausencia. Es un fantasma.
     Los dos barcos son el barco de Aquiles porque de manera fantasmagórica y a distancia, Aquiles habita los fragmentos reconstruidos de su viejo bote y de la misma forma misteriosa, mal-assombra el nuevo y lo hace suyo. Invertir la pregunta es más poético y dichoso, sumerge en la incertidumbre: ¿A cuál de todas las encarnaciones de Aquiles, a cual de todos los estados que asume a lo largo de la vida, pertenecen esos barcos?
     La identidad de Aquiles, como la de ella, no es una ficción, es una paradoja. La identidad es el fantasma, es el embrujo que une e identifica los estados que asume una persona en todos sus desplazamientos por las dimensiones físicas. Es verdad que el cuerpo, como el barco de Aquiles, renueva todas sus células periódicamente y es otro cuerpo cada año. Pero no deja de ser el propio cuerpo. El corazón y el pensamiento pueden hacer lo mismo con las ideas y los afectos, pero el fantasma los une y los transforma en algo cuya suma es más que la superposición de todos sus estados. El cuerpo, el corazón, el alma, son la casa embrujada que habita el fantasma que soy yo. La suma de quien fui y soy o seré no es aritmética ni contable. Hay algo, como el fantasma en la máquina, que se encarga de usar cada estado, cada tiempo, cada pensamiento, para construir un todo superior al minucioso registro histórico de las transformaciones vividas. La identidad es el fantasma, es aquello que embruja, lo que está fuera del tiempo.
     Un sistema con romance cuántico no puede definirse como el producto o la suma de los estados asumidos por las partículas que lo constituyen. Esto significa que no son objetos individuales, son todo. Yo soy otra, dijo ella, y tiene razón. Él debió responder: «amor, tú no eres tú, la de ahora o la de antes, eres más que la suma de todas las que has sido o serás». 
     «Si tuviera por otro rato tu tierna paciencia, y quisieras escuchar mi explicación, haría eco de la paradoja y de la física: el fantasma que me habita no dejó nunca de amar al fantasma que te habita. Porque ellos no experimentan el tiempo, ni el cambio, ni la distancia. Son fantasmas. El amor carecería de sentido si expulsamos de él la paradoja: no es amor verdadero el que se agota con el tiempo o el cambio. No es amor el que huye cuando la enfermedad acosa al cuerpo amado. Amor es la promesa absurda de desear aquello que es más que la suma de los estados que asumen tu cuerpo, tus ideas o tu alma a lo largo de la vida. Amor es fantasma sin tiempo y sin materia. El amor se dirige a lo que permanece porque no está sometido al tiempo, manifestándose sobre aquello que devora el tiempo. Amo ese fantasma que construye lo que permanece a partir de lo que se transforma».
     «Verás, tu fantasma me habitó una vez, me tocó, me hizo suyo por un instante. Como Aquiles y su barco. Anulemos al tiempo. Da lo mismo si cada tantos días las células de Aquiles son reemplazadas por otras nuevas, si la muerte habita al cuerpo y el olvido al corazón. Lo mismo da si se construye un nuevo barco con piezas viejas o nuevas. Aquiles lo habita, lo habitó, lo habitará; eso no puede ignorarse. He haunts the boat, and therefore, the boat is his. Y como decía Zambrano, no llamo mío a lo que me pertenece, sino a aquello a lo que yo pertenezco».
     «Tu fantasma me habita y sólo hay lugar para un fantasma en cada corazón. Esto no significa que no haya querido o no pueda querer a alguien más. O que aquello no sea amor. Pero no es lo mismo. Aunque un vecino reconstruya el barco y diga: este es mi barco, siempre será el barco de Aquiles. No hay otra forma de pensarlo. Esa es la paradoja y el milagro».
     Que él lo hubiese dicho o expuesto así no tendría sentido porque en los milagros se cree, no se los explica. El romance cuántico sigue siendo una bella y misteriosa teoría en la que creemos. Como lo fue en su momento la gravedad antes de Einstein y el espacio curvo. Una fuerza simultánea que desafiaba las leyes de la física. Ahora sabemos que el espacio cede y se deforma bajo el peso de la materia.


Ojalá ella pueda creer alguna vez que así también el tiempo se tuerce y deja de fluir doblegado por romance cuántico. «El fantasma que me habita», piensa él, «charla en medio del silencio con el eco que ese fantasma tuyo le dejó por compañía. No sé si tengas razón, no sé si el eco, ese mal-assombro es la coincidencia cruel entre el destino y el caos. Pero ya me doy duenta de que  así será siempre».

Interpretará mi silencio según sus propias necesidades y deseos, y vendrá o no vendrá; ella es quien debe decidirlo. ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?
—Lawrence Durrell.



lunes, mayo 30, 2016

Sueño, ruina y descalabro

 
 
En el panteón griego, hay una Diosa poco conocida que se encarga de poner a los iluminados en su sitio. Separa a los hombres de los dioses, y lo hace a patadas y con lujo de violencia. Porque a veces una aspiración nos eleva hacia el cielo, que no es nuestro sitio. Nos acerca indebidamente a lo divino. Así con Aquiles, Héctor y Eneas. Así con Hamlet, Oliveira y Dante. Por un instante ocupan el lugar de lo divino; pero a punto de tocar el cielo, caen como Ícaro, bajo el peso del engaño. Es que no son dioses, sino hombres. Atë los devuelve a su sitio de un celestial pisotón en la cabeza. También la torre de Babel, Pedro al sacar la espada y sobre todo, cada uno de nosotros cuando dice: lo prometo, lo juro, será bueno, seré mejor, te amaré por siempre.
 
Hija de Zeus, Atë representa esa capacidad humana para joderse la vida solo. Se jode el que hace promesas idiotas porque tiene la ilusión de que es mejor de lo que es —o la aspiración de serlo— y confía en sus fuerzas más allá de lo sensato. Casi siempre es algo moral: la idea de ser bueno, de merecer el cielo, el amor o la salvación. Pero también puede ser un cuarentón que se siente capaz de correr el maratón y muere de un infarto fulminante. A esa suposición basada en la fe y el engaño, los griegos le llamaban hibris.
 
Ατη es sinónimo de la ruina que es consecuencia de la insensatez o del engaño. Algunos —como Hesiodo— opinan que su madre es Eris, la de la manzana dorada. Parece que en la discordia se mezclan el autoengaño y la autodestrucción. Así, Atë engaña a su padre Zeus y le arranca la promesa de que, en caso de tener un hijo mortal, cambiará su destino para hacerlo un gran gobernante. Y Hera, celosa como siempre, aprovecha esta promesa para hacer de Euristeo un rey y de Hércules el homicida de todo cuanto amó.
 
Hércules es víctima de Atë. También Euristeo. Porque la diosa personifica la acción irreflexiva, confiada, nacida del sentimiento de que algo merecemos en el mundo, y las desgraciadas consecuencias que le siguen. Atë es el vínculo entre el hibris y la ruina, la muerte o la desgracia. Ella se nutre de la ceguera de los hombres, que rechazan o se niegan a ver sus límites y aspiran a lo absoluto, al cielo, la divinidad o lo eterno. Así ofenden los hombres a los dioses: por igualados. El hibris ofende a los dioses, y por eso lo castigan con la desgracia. Atë es la mensajera o la artífice de esta ruina. Juramos amor eterno cuando sólo a los dioses les pertenece la eternidad. En ello somos impíos, como Zeus cuando desgració a sus hijos porque se pensó capaz de ocultar sus infidelidades a Hera.
 
Es este elemento, el de la promesa, el que me parece maravilloso. No se trata del engaño, sino de empeñar el honor o la vida por una promesa fruto de un error de juicio. No es precisamente un autoengaño, porque uno cree, con fe verdadera que puede, que es verdad. ¿Cuántas veces juramos que somos incapaces de algo, que no lo haremos nunca? ¿O que el día que acepte esto o haga aquello otro me mato? Uno cree, con fe verdadera, que será el primero, el único capaz de cambiar sus estrellas, de encontrar la llave de la eternidad, de salvar a los que ama. Como Alcione y Orfeo. Todo juramento universal y abstracto es su castigo, porque viene del hibris.

Hibris es un sentimiento de desmesura. Transgredir los límites naturales o divinos. Prometer o proponerse imposibles. Orfeo es un buen ejemplo de la influencia del hibris y el castigo de Atë. Tiene que ver con el orgullo y la excesiva autoconfianza pues sólo quien se siente sobrehumano intenta superar los límites, promete idioteces y se desgracia en el intento de cumplir su promesa absurda. Como Ícaro. No es ambición soberbia como la de Lucifer, sino una representación equivocada de sí y del mundo. Todos hemos estado ahí, jurando con la certeza de cumplir sólo para ser testigos del modo en que el mundo demuestra que si no mentimos, por lo menos fimos incapaces.
 
Pero sin hibris, nada grandioso se intentaría. La aspiración de lo sobrehumano es lo que nos lleva más lejos, como decía Nietzsche. Al mismo tiempo, sin Atë y su castigo, estaríamos rodeados de locos suicidas que se hacen matar a la menor provocación. De lo que se trata es de estar preparado, creo. Cuando juramos la vida entera a una causa o a una pasión, es preciso ser consciente de que alguna vez enfrentaremos a la diosa Atë. De Marx a Stalin. De Cristo a los curas pederastas. De Alfonso Reyes a Octavio Paz. Del amor a primera vista hasta el divorcio encarnizado. Todo ideal se volverá contra sí mismo, será el motivo de su perversión y su desgracia. Toda promesa ha de romperse cuando es insensata o excesiva. Atë nos regresa siempre a nuestra circunstancia. El mundo no está aquí para ser mejorado, ni nosotros para lograrlo. Acaso por eso son pocos los que se levantan por encima de sí y de los otros. Son pocos los que usan al resto de escalera. Porque siempre acaban mal y en anatema. Acaso sea precio justo por ese instante de ascensión, de brillo, de liderazgo.

Como el general aquél que se puso a tocar la flauta al ver entrar en su ciudad inerme al ejército enemigo, como si nada tuviese que temer. El ejército se acobardó ante semejante muestra de gallardía y soberbia, porque sólo quien está seguro de la victoria puede actuar así. El ejército abandonó la ciudad aunque su única defensa era el solitario general con su flauta. Por un instante su hibris salvó el día, cambió la historia. Hasta que alguien les fue con el chisme y Atë se cobró la deuda. Ciudad arrasada, general muerto, todo en su sitio. Así Leonidas y sus 300 frente a Xerxes y Ephialtes. El todopoderoso Marv. Yo mismo y tú lector, cuántas veces.
 
Atë camina pisando las cabezas de aquellos que se elevan. Así salda todas las cuentas. Regresa los límites a su sitio. Hace pagar caro el momento de la gloria. Acaso vale la pena… creer que somos fieles, que somos felices, que la vida no termina, que el amor es verdadero, que los amigos no traicionan, el vino no emborracha y el cigarro no mata. Creer en siete cosas impensables al mismo tiempo y volar, por un instante, volar libres de la humanidad que nos aprisiona. Sin grilletes, convencidos de que por una vez, por esta vez, para siempre, le daremos vuelta a las probabilidades y seremos el milagro. Ganaremos en las cartas, hallaremos la cura del cáncer y de todo. Todo. Hasta que la diosa nos devuelva a la tierra descalabrados, locos, porque sus pies son de piedra y camina sobre nuestras frágiles y estúpidas cabezas. Desvanecidos, nos queda el recuerdo feliz de cuando estuvimos convencidos de que no habría un precio que pagar por cada instante de dicha. Pero el precio es inevitable como lo es la ruina. Porque aspirar a la dicha es aspirar a la desgracia. Todo pasa por algo: porque incrementa nuestra miseria. Atë es la causa y el efecto.
 
 

jueves, abril 28, 2016

Estaciones 2015



A veces me gusta pensar en el tiempo que pasa uno habitando un libro como metáfora o correlato de las estaciones ferroviarias que se suceden al hacer un viaje. Estancias que se pierden apenas vuelve uno al movimiento y a la búsqueda del camino. Muchas de ellas se olvidan. Otras, en cambio, se quedan en la memoria, como Amberes o Linz. Así son los buenos libros, sitios a donde no siempre se llega con intención, donde no es posible quedarse de una buena vez y para siempre. Y sin embargo, son espacios que no se olvidan y que se dejan atrás con el deseo o el firme propósito de volver, con la nostalgia de haber podido pasar más tiempo ahí.
Los libros o estaciones memorables de 2015 están a continuación:

1. Casillas, Martín. Las batallas del general. Planeta de Agostini. Es la primera novela histórica mexicana que me atrevo a recomendar. La novela es en partes iguales un relato histórico, un canto lírico de amor sin juventud y algo así como la reflexión sobre la pertinencia de hacer novela histórica. Es memorable porque en el largo camino que he emprendido obligándome a leer autores mexicanos, es la primera que me ha entusiasmado.

2. Diederot, Denis. Jacques, el fatalista. Alfaguara. Cuando la buscaba para leerla, me pareció raro que no existiera una edición actual de esta novela en México. Ahora, después de leída y disfrutada, me parece insultante, doloroso, inhumano. La historia de Jacques y su amo requiere sin duda un granito de sal y algo de buen humor. ¿Será que no se edita en estas tierras porque no hay criterio, ni humor, ni nada?

3. Foer, Jonathan Safran. Extremely Loud and Incredibly Close.Marineer Books. Me acerqué a la novela con escepticismo; puesto que está escrita en torno al 9/11, supongo que se entiende la desconfianza. Y sin embargo, encontré un relato maravilloso sobre algo más que la tragedia específica o el heroísmo idiota del nacionalismo creído. Se acerca en cambio a esa necesidad que tenemos todos de buscarle un sentido a lo que no lo tiene. De encontrar razones, culpables, futuros. Un relato poco común sobre la necesidad de creer.

4. Jellinek, Elfriede. Los excluídos. Mondadori. Ya dije, es maravillosa.

5. Kazantzakis, Nikos. La última tentación. Cátedra. Esta novela duele. En todo sentido, duele. Judas duele. Cristo duele. Satán duele. Magdalena duele más. Los personajes de Kazantzakis se independizan del mito, alcanzan dimensiones más modestas y, en consecuencia, maravillosas en sus defectos demasiado humanos.

6. King, Stephen. The Talisman. Pocket Books. Navegaba sobre el báltico cuando terminé de leer esta historia emocionante sobre de un niño que busca salvar la vida de mamá, quien parece tener cáncer: "Yes. That was another truth his heart knew: the truth of her accelerating weight-loss, the truth of the brown shadows under her eyes. All through her, but please God, hey, God, please, man, she’s my mother—". Eso dice. Eso basta para justificar la lectura entera.

7. Marías, Javier. Así empieza lo malo. Alfaguara. La más reciente novela de Javier Marías es, lo mismo que casi todas sus narraciones, una obra maestra. Un juego de suspenso, de seducción y sobre todo, de pensamientos en torno al amor, el perdón y el daño que no puede repararse, ni superarse, ni olvidarse. Sólo se sobrevive. Así empieza lo malo,  y lo peor queda atrás...

8. McCarthy, Cormac. The Road. Vintage. Historia de supervivencia en el apocalipsis y profunda reflexión sobre la moralidad y la justificación de los actos humanos. Historia de amor paternal y desesperación materna. Live to carry the fire.

9. Murkherjee, Siddharta. Te Emperor of all Maladies. Scribner/Alfaguara. La biografía del cáncer nos habla de esa otredad en el propio cuerpo que es la muerte prometida, inevitable. Ya lo dijo Sabines: "El Señor Cáncer, El Señor Pendejo, / es sólo un instrumento en las manos oscuras /de los dulces personajes que hacen la vida".

10. Proust, Marcel. Por el camino de Swann. Alianza. Todo el mundo habla de las madeleine. A mí me parece que está sobrevaluado. Que hablen de Swann volviéndose loco de celos frente a la luz en la ventana equivocada. Que hablen del beso de mamá. Me cago en las madeleine.

11. Pullman, Phillip. His Dark Materials. Yearling. Quizá hago mal en agrupar las tres maravillosas novelas de Pullman en un sólo título, pero es precisamente porque sólo puede comprenderse su grandiosidad luego de leerlas todas, una tras otra. La mezcla perfecta de ciencia y fantasía, de reflexión sobre las fronteras entre la fe y el fanatismo, de novela juvenil. Es una cosa bella. Hasta le aplaudo que usara a Milton para nombrar a la trilogía, compuesta por las novelas: The Golden Compass,  The Amber Spyglass, y The Subtle Knife.


12. Sacheri, Eduardo. El secreto de sus ojos. Alfaguara. Una tragedia en el sentido más clásico del término. Todo el mundo sufre, todo el mundo llora. Y sin embargo, ahí está la belleza, en la reflexión misma que hace la novela sobre su posibilidad. Sobre el sentido de la escritura. Sobre el deseo de preservar la historia o la memoria que son dos formas otras de decir dolor.

13. Schopenhauer, Arthur. On the fourfold root of the principle of sufficient reason. Prometheus Books. Esquemático, revelador, claro, contundente. Así es como se hace filosofía. Ya dije.

14. Young, William P. La cabaña. Diana. Chocará que alguien como yo recuerde con gusto un libro como este, dedicado por entero a explorar la relación entre el hombre y Dios. Pero es un libro humilde, sin pretensiones de prédica o justificación, sin ortodoxia. Cuenta su versión, su fe y su consuelo. Y lo hace de una forma hermosa partiendo de una desgracia que es lugar común pero no por eso deja de suceder todos los días. Me gusta porque es un relato limpio y dice con honestidad lo que quiere decir.


Hablando de libros. ¿Conocen a Julieta, la de Romeo? Por John William Waterhouse...