viernes, marzo 29, 2019

Fijarse en aquella cara

A veces estamos vivos sólo para eso; para aceptar lo que va sucediendo y avanzar.
 —Gonçalo M. Tavares


Los escritores del Dolce Stil Novo se inventaron —o por lo menos popularizaron— un recurso literario maravilloso: un acto pequeño que cualquiera calificaría de insignificante, transforma al mundo entero. Así por ejemplo, basta una mirada que cruzan Dante y Beatriz para que ahora, unos cientos de años después, las personas sigan llevando cartas de amor a una iglesia escondida en Florencia. Ah, claro, y los miles de versos de la Divina comedia. Por un encuentro que, al cambiarle la mirada a un tipo, cambió el mundo entero.

Es una idea que no deja de darme vueltas después de leer la preciosa novela de Gonçalo M. Tavares: Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre. Editada maravillosamente por Almadía en español, ésta novela empieza también con una mirada: “Imposible no fijarse en aquella cara” dice la voz narrativa que a veces se confunde con la de quien miraba aquella cara. En retrospectiva, la novela termina de un modo bastante predecible, cuando esas dos personas cuyo encuentro da lugar a la novela, se pierden de vista. Dejan de fijarse mutuamente.


Es posible que esté abusando de un doble sentido generado por la traducción, pero eso de «fijarse» en alguien es una preciosa metonimia, porque si bien incluye el sentido de «poner atención o concentrarse en», también significa, antes que nada «sujetar, hacer estable». Y es a este último proceso al que asistimos a lo largo del libro: dos personajes que se van haciendo estables, que salen de la indefinición y adquieren dimensiones personales, emocionales o, mejor dicho, se identifican por la mutua acción de fijarse el uno en la otra. Marius se fija en el rostro de Hanna; y Hanna se fija en el rostro de Marius. Estos dos personajes llegan ser diferenciados e interesantes para el lector y para el resto de quienes habitan el libro cuando están vinculados, cuando fijan mutuamente su identidad al permanecer juntos.

El proceso de humanización e individualización se hace evidente en el gesto de tomarse la mano, un acto pequeño, pero elocuente por ser recíproco:
“Fue subiendo, escalón tras escalón, apretando con violencia, sin ser consciente de ello, la mano de Hanna, cosa que ella debió haber entendido como otro gesto protector de Marius, y él también debió entenderlo así; aunque lo que ahí sucedía era lo contrario —Marius, sí, él, se protegía, encontraba un punto de fuga orgánico en alguien que al cabo, aparentemente, no podía proteger, en alguien que había nacido como separada de antemano de la función protectora—” (Tavares : 2018, 68)

Marius es un tipo del que no sabemos mucho: es un posible criminal que huye. Hanna es una chica de la que sabemos poco: tiene trisomía 21 y busca a su padre. Sus situaciones presentan misterios que, en cualquier otra novela serían el hilo narrativo pues, por lo general, una historia lleva una dirección; ya se sabe, el mito del héroe de Campbell, la novela negra, la novela rosa, el bildungsroman. Todos son un proceso que termina cuando se alcanza un fin determinado. La genialidad en la novela de Tavares estriba en que nos lleva a un mundo donde esa transitoriedad que constituye el meollo de nuestras historias, de la narrativa vital con que nos definimos, desaparece en un momento de fijación, de estabilidad. En ese sentido, si bien la continuidad entre Marius y Hanna se expresa en términos físicos, constituye una metafísica: muestra que la búsqueda y la huída pierden importancia cuando una mano, un rostro, un instante, nos estabilizan. El punto intermedio entre apartarse de y dirigirse hacia es el que nos fija en.

La novela entera ocurre y tiene sentido mientras Marius y Hanna están juntos, se miran, se sostienen. Así se hacen capaces de encontrar y conocer otros tantos personajes memorables cuya interacción con los protagonistas está determinada porque Hanna y Marius forman una unidad estable, solidaria. El anticuario que vive aislado, el fotógrafo de lo inusual, los inolvidables revolucionarios que utilizan carteles publicitarios para plantar la semilla del cambio en el pensamiento de cada individuo y el anfitrión de un hotel construido sobre el plano de los campos de concentración en Europa, todos ellos tratarían a Hanna y Marius de un modo radicalmente distinto si los encontrasen por separado. Las historias que van desgranando no significarían lo mismo para alguien que huye y alguien que busca. Para el lector, esas historias se vuelven memorables porque la novela de Tavares ocurre en un espacio estable, fijo, de manos unidas. Los personajes no son estaciones en un camino, son presencia.

En consecuencia, y conforme las necesidades apremiantes de la huída  y la búsqueda recuperan su lugar central, asistimos al desencuentro entre Marius, Hanna, sus conocidos y el mundo entero. Como aquí no se trata de contar una historia sino de entender la presencia, la novela pierde interés conforme recupera un sentido. De pronto, se encuentran en medio de una enorme marcha, una manifestación de esas que vinculan voluntades en una dirección política, emocional, filosófica:
“Y las manos de Marius y Hanna, que se habían mantenido siempre apretadísimas —ambos, de maneras distintas, estaban asustados—, sus manos empezaron entonces como que a relajarse despacio, a perder la fuerza y la tensión que había entre ellas, como si a medida que avanzaran entre aquella multitud los dos empezaran a sentirse integrados a la misma, a perder el miedo y a adaptarse mejor con cada paso al compás de la marcha [...] Marius se sintió extrañamente bien, sintió una ligereza enorme, una anulación individual que lo ponía tan eufórico que le daban ganas de gritar de alegría y poco a poco su pensamiento se fue concentrando en sus piernas, en sus pasos, en el ruido brutal que hacían miles y miles de piernas y zapatos, un ruido que poco a poco se convirtió para él en lo más importante” (Tavares : 2018, 242).

Elegir una dirección socialmente aceptable destruye el vínculo individual entre Marius y Hanna. La manifestación es también un misterio pues no conocemos sus razones; sólo sabemos que dirige, que une a las personas en una sola voz, en un mismo ritmo, en un sentido uniforme. Sea huída o sea búsqueda, la marcha es otro nombre para el desencuentro porque, al soltarse las manos, Marius y Hanna dejan atrás su identidad; ahora que forman parte de una multitud organizada, ya no pueden fijarse en un rostro. Es curioso, una marcha nos hace mirar la nuca, la espalda, rasgos que no generan empatía, casi nunca se ve el rostro de los correligionarios. Así que es una metáfora maravillosa: cuando miramos hacia un fin socialmente aceptable, dejamos de fijarnos unos a otros, dejamos de ser individuos, dejamos de ser importantes. La novela termina.

Me gusta pensar que alguna vez seremos capaces de escoger una vía distinta a la de las marchas y la tranquilizadora anulación individual que representan las grandes narrativas y las generalizaciones o los universales. La vía, mucho más ardua, de renunciar a las abstracciones y fijarnos en lo individual, en las identidades. Es que ninguno de nosotros importa como abstracción. Estamos difusos en medio de la nada hasta que, por un milagro que no sabemos explicar —y ojalá así siga, pues un milagro explicado deja de serlo—, alguien dice: “Imposible no fijarse en aquella cara”. De esas palabras surgen vínculos emocionales, solidaridad, compasión, empatía, historias que, como la de Tavares, vale la pena contar. Así que fijarse en un rostro, en una identidad, acaso sea un pequeño acto que cualquiera tacharía de insignificante, pero transforma al mundo entero.
La Despedida (Detalle). Edmund Blair Leighton—

miércoles, febrero 27, 2019

Ese «todavía»

As the body breaks down, it becomes increasingly the object of attention, usurping the place of all other objects
—Elaine Scarry. The Body in Pain.

En esta ocasión escribo corto porque, como acaso ya se sabe, tuve un accidente que me dejó, durante un mes, manco. La cortada en la muñeca izquierda llegó hasta el tendón que precisó cirugía y diez puntos de sutura. De manera que no puedo utilizar el teclado como quisiera. Lo que sigue es una breve reflexión en torno al momento glorioso en que uno recibe ayuda de héroes desconocidos.


* * *

Me pregunto si seré capaz de cruzar hasta la central de vigilancia sin desmayarme o desvanecerme en el camino. Sería una hermosa ironía que muriese atropellado al cruzar porque perdí el conocimiento en el camino. Lo pienso mientras salgo y el eje vial me espera. Quiero correr pero no debo. Porque correr puede acelerar un sangrado, reventar algo que ahora mismo se mantiene apenas entero. Es algo inconsciente, la idea de la sangre. ¿Por qué o cómo no estoy bañado en ella con semejante cortada? Como sea, lo mejor es no echar a correr porque podría provocar ese hipotético chisguete a partir de la muñeca herida que con la mano derecha abrazo con fuerza y mantengo en alto tanto con un puedo sin hacer esfuerzo, sin estirar porque eso puede ser también causa de catástrofe mayor. Eso pienso mientras me lanzo a la calle, cruzo el camino con varias personas, recuerdo en particular a un portero que acaso me vió en extraña posición y se dió cuenta de que algo andaba mal, me mira con curiosidad mientras cruzo el umbral con prisa y probablemente con cara de destripado o de quien acaba de ver a un muerto que es él mismo. Acaso piensa en ayudarme pero es demasiado tarde porque yo me lanzo sin miramientos al eje vial, todos se detendrán o lo que sea, yo ya no puedo perder tiempo, a 100 o 200 metros de la ayuda, todo parece más desesperante. Viene un camión enorme, escucho sus bocinazos y me da más o menos lo mismo mientras aprieto el paso (no correr) con la mano izquierda todavía en alto y la derecha deteniéndola, abrazándola como si llevara la antorcha olímpica y no mi propia extremidad herida que no miro, y aunque no lo sepa entonces, no la miro porque no quiero saber si hay sangre, si la mano se está contrayendo de forma grotesca sin ayuda de mi voluntad. Entonces pienso sólo en sortear autos y personas y hoyos y posibles tropiezos en la acera, en la segunda avenida enorme que debo cruzar rodeado de personas que están cerca y no me ven, en el jardín que me separa de la base de vigilancia a unos pasos, casi a mi alcance, cuya puerta está abierta y que nadie resguarda, para mi mayor desesperación.

      Contrario a lo que espero y deseo, no sale ningún vigilante ni funcionario a cerrarme el paso. Entro sin miramientos a la base, miro hacia todas partes y no veo persona alguna. Increíble, aquí estoy en área restringida sin obstáculos, ni miradas, ni nadie. De la multitud indiferente caigo al puesto de ayuda vacío. Buenas tardes, digo, y nada. Lo repito y una voz al fondo me responde y me dice por acá. La sigo y llego a la pequeña cocineta-comedor donde tres o cuatro vigilantes se disponen a comer. ¿Pueden ayudarme a llegar a urgencias? Todos me miran, ven mi mano todavía en alto y asida como un objeto que ya no me pertenece; dejan lo que están haciendo y me dan su atención. Es algo bello indescriptible, algo sobre lo que deberían escribirse poemas épicos enteros y loas e himnos: la mirada de quien al fin nos ve, nos reconoce y decide ayudarnos. No sé con cuantas personas me crucé en la calle, cuantos esperaron junto a mí el cambio en el semáforo, ese portero, esos automovilistas, esos estudiantes en sus rumbos, cuántos. Nadie me había visto, y por más que no lo pensara entonces, hay en esa situación una soledad particular. La soledad del necesitado cuyos gestos extraños —como levantar una mano con la otra— y su silencio producto del miedo o la desesperación, su cara de náusea y terror, lo vuelven invisible a los ojos de las personas normales que a fuerza de costumbre se niegan a ver o reconocer lo que no encaja. Cosa que hace tan probable que grites y llores y pidas auxilio para ser ignorado, como Kitty Genovese en Nueva York, como los mendigos, los heridos, los caídos, los maltratados o golpeados. Lo cierto es que cuesta mirar y reconocer al necesitado precisamente porque su estado es excepcional y por lo tanto extraño, raro, incómodo, acaso peligroso… Por eso hay un bálsamo, una suerte de milagro cuando al fin unos ojos te miran en tu estado lamentable y jodido y apanicado, cuando al fin te reconocen y preguntan que te pasó y aunque no te conozcan de nada y acaso jamás vuelvan a verte, de pronto son tus aliados inquebrantables, tus mejores amigos y protectores. Al fin la compasión, ese sentir y sufrir con el otro hace que pregunten qué pasó y dejen de comer, de vivir, de charlar para ayudarte en lo que pueden. Suspenden sus vidas por ti, que —en retrospectiva— tampoco estabas tan grave ni tan trágico, sólo un poco ridículo con la mano en alto, la piel colgante escondida debajo de un improvisado vendaje y los tendones bien visibles en esa horrible vivisección que era tu muñeca izquierda. Pero por más que no fuera tan trágico el asunto, en ese momento ellos, esas cuatro personas te salvan la vida porque te perciben como alguien que todavía vive y se deciden, porque es su deber, porque es la verdad, a hacer lo posible por prolongar ese todavía en las mejores condiciones posibles. Ellos te reconocen —a diferencia del resto de la humanidad que ha cruzado por tu azaroso camino— como eso, como alguien, como otro, como uno de ellos, los vivos, que nos necesitamos siempre unos a otros, a pesar de los mejores esfuerzos que hacemos por ignorarnos… Insisto que poemas, loas, épicas para esas miradas, para esas personas que son como tantas manos que detienen tu caída, la que apenas un instante atrás parecía irremediable o insignificante para la humanidad.

martes, enero 29, 2019

Estaciones 2018

Si tuviese que nominar el libro del año, no podría elegir entre estos tres y declararía un empate. Da para soñar que alguna vez, los concursos literarios tendrán empates entre obras maestras de este calibre...




Pocas cosas disfruto más que hablar de libros, y cuando se trata de libros memorables, me gusta más. Así que, a la manera de Maimónides y para los perplejos que todavía no saben qué leer a continuación, para los que entran a la librería sin una carta de navegación o a la biblioteca echando en falta un mapa, para los curiosos y amigos, aquí van las recomendaciones basadas en la experiencia lectora de 2018. Veinte bellas postales de viaje que comparto con la esperanza de que sean pretexto de muchas y felices lecturas, conversaciones, amistades, encuentros...


1. Auster, Paul. El palacio de la Luna. Una feliz sorpresa. Nunca había leído a Auster, estaba más bien negado a hacerlo. Prejuicios, ya se sabe. Me animó una feliz recomendación, pero su estilo cotidiano y limpio, sumado a una efectiva bildungsroman que explora el abismo de la angustia juvenil sin hacer romance de su falta de sentido terminaron de ganarme —a pesar de algunos giros demasiado convenientes en la trama— como lector de Auster.

2. Dawkins, Richard. The God Delusion. Un texto que se lee a veces como una severa crítica a los aspectos más fanáticos e idiotas de la fé; otras como argumento en favor de una educación más cercana a la comprensión científica; y a veces también como una fina elaboración irónica en torno a las dos posturas anteriores y sus opuestos. Dawkins es un escritor con argumentos, buena prosa y un tema interesantísimo.

3. Lee, Harper. To Kill a Mockingbird. Preciosa novela cuyo estatus de clásico y casi lectura obligada a veces oscurece sus mejores cualidades. En estos días, además de la reflexión en torno a los prejuicios raciales y la justicia, sirve como punto de inflexión para algunos prejuicios cada vez más arraigados en torno a los roles de género y la imparcialidad de la justicia legal.

4. Lemaitre, Pierre. Iréne. Una de las mejores novelas policiales que haya leído en décadas, si no es que la mejor de todas ellas. El juego textual, la subvención de los tropos, la prosa, el doloroso final; todo hace de esta, la primera novela de la serie del comandante Verhoven, una maravilla.

5. Lemaitre, Pierre. Alex. La continuación de Iréne, esta novela, además de jugar con el género policiaco y todo lo que da uno por hecho en él, subvierte todos los prejuicios que tiene el lector, volcándolos moral y dramáticamente en contra suya. Es un espejo prodigioso.

6. Ligotti, Thomas. The Conspiracy Against the Human Race. Una soberbia meditación en torno a la miseria de la conciencia. Ya escribí con pretexto de su muy racional pesimismo con pretexto del Juicio Final.

7. Lispector, Clarice. La hora de la estrella. Intenté poner en palabras mi emoción por esta pequeña obra maestra con la idea del Peso de la luz. Es una lectura desoladora, como un charco que nos hace ver, con maldición, como somos vistos.

8. Marco Aurelio. Meditaciones. Poco hay que pueda decir sobre las reflexiones del emperador estóico que no se haya dicho antes o que no sea lugar común. Así que mejor copio aquí uno de sus consejos, que no deberíamos olvidar nunca: “La mejor manera de defenderte es no asimilarte a ellos”.

9. Marsé, Juan. La oscura historia de la prima Montse. Juan Marsé es un escritor difícil, porque se debate entre muchos estilos y registros narrativos. Es un escritor difícil porque sus historias son a menudo derrotas, heridas y sombra. Pero nada que valga la pena es del todo sencillo. Esta dolorosa novela explora el modo en que la sociedad, el prejuicio y la ceguera estorban y castigan lo único que debería ser celebrado: la compasión que se traduce en ayuda mutua.

10. Marsé, Juan. La muchacha de las bragas de oro. La precaria relación que guardamos con la memoria es el pretexto que da origen a este lúdico texto con un final inesperado y memorable.

11. Palahniuk, Chuck. Make something up. Stories You Can’t Unread. Este estrambótico libro de cuentos no es perfecto, pero trae de vuelta al Palahniuk de hace unas décadas, que sacudía el mundo con un relato y un buen punch-line. Ya lo extrañaba. El libro contiene algunos cuentos maravillosos, otros medianos y varios que se olvidan. Los que justifican al libro son: Expedition (el mejor de todos), Knock knock, Red Sultan’s Big Boy, Romance, y, finalmente,  Inclinations.

12. Rein, Heinz. Final en Berlín. Este libro es extenso, profundo, esclarecedor. Tanto, que le dediqué cuatro cuartillas acá. Imperdible. Si algo leen este año, que sea Final en Berlín.

13. Rice, Anne. Memnoch the Devil. Hace años, Rice era una de mis escritoras favoritas. Con nostalgia volví a este libro que, además de ser un libro de aventuras del vampiro Lestat, es también una expresión de la angustia en que desemboca toda especulación racional, analítica, de la existencia. La mitad es exposición de su teología. La mitad son las cuitas del demonio. De la suma de ambas, una bella justificación de la necesidad de compadecernos.

14. Scarry, Elaine. The Body in Pain. Un texto profundo, complejo y casi diría perspicuo. Un estudio del dolor y su racionalización en la tortura, así como la relación de ambos con con el lenguaje, como límite y posibilidad de lenguaje, como pretexto para la creación de lenguajes políticos, emocionales, filosóficos. Busca responder a una pregunta que todos deberíamos plantearnos: “How is it that one person can be in the presence of another person in pain and not know it—not know it to the point where he himself inflicts it, and goes on inflicting it?”.

15. Shelley, Mary. Frankenstein. Este es uno de mis libros favoritos de toda la vida. Es, sin duda, uno de los más valiosos, ricos y poéticos que se hayan escrito. Cada vez que lo leo, encuentro nuevos aspectos, nuevas bellezas, nuevas profundidades. Esta vez, el prejuicio estético, sus relaciones con el lenguaje y el carácter sub-humano que se le asigna a quienes no se acomodan con los prejuicios de normalidad.

16. Tennyson, Alfred. In Memoriam. Este largo y hermoso poema es una exploración de la muerte, el amor y, sobre todo, la duda que posibilita toda fe. Contiene inmortales y desgarradoras estrofas como: “Be near me when my light is low / When the blood creeps, and the nerves prick / And tingle; and the heart is sick / And all the wheels of being slow”. Frase que, por lo demás, le dirige al muerto.

17. Tolstoi, Lev. Confesión. La jornada del genial escritor a través de la fe, transitando por la duda, sobre la vida vista como un sinsentido que termina en el descubrimiento de una hermosa verdad: ninguna doctrina puede darle sentido a la vida. En todo caso, la esperanza no está en la repetición de fórmulas sino en algo más, a lo que Tolstoi apunta sin la certeza de haber llegado. Se entiende, pues toda certeza deviene en doctrina.

18. Tolstoi, Lev. La felicidad conyugal. La historia de cómo casi siempre somos artífices de nuestra desgracia, y la explicación de que ello es inevitable: “tenemos que vivir las tonterías de la vida para luego volver a la vida misma; no podemos creer lo que se nos dice”. De ahí que la felicidad sólo se reconozca una vez que se ha perdido.

19. Winterson, Jeanette. The Passion. Otro de mis favoritos que ha aparecido en estas listas más de una vez. Todos los aspectos de la pasión se reflejan en esta historia de un soldado napoleónico que ama y sufre en el invierno ruso, en Venecia, al emperador y a la mujer imposible.

20. Wittgenstein, Ludwig. Observaciones a “La rama dorada” de Frazer”. No podía faltar un libro del viejo Ludwig. Difícil de describir, este pequeño conjunto de observaciones evidencia el modo en que los prejuicios nos empañan la mirada, especialmente cuando intentamos ser «objetivos».

domingo, diciembre 30, 2018

Compasión

I prophesied truly and failed only in a single circumstance, that in all the misery I imagined and dreaded, I did not conceive the hundredth part of the anguish I was destined to endure.
—Shelley, Mary W. Frankenstein or the Modern Prometheus.

Hace tiempo le doy vueltas a la idea de Schopenhauer sobre la compasión como único fundamento posible —por ser irracional— de la ética. Hasta ahora, es el sistema ético más convincente que he encontrado. Al respecto, en su biografía de Schopenhauer, Rüdiger Safranski opina que la ética de Nietzsche, centrada en la preparación del camino para la llegada del übermensch, se ubica en las antípodas de la compasión de Schopenhauer. Encuentro, después de leer Frankenstein por enésima vez, que acaso no haya una oposición tan radical entre esas posturas.

 

 —William Blake. Pity, 1795.—
Es posible que exista una diferencia importante en las consecuencias que uno y otro extraen de la compasión y en las acciones que a partir de ello prescriben, pero Nietzsche y Schopenhauer escriben la misma ética de la compasión que, con sus bemoles, puede leerse en las palabras del doctor Frankenstein y de su criatura. Si la ética o la capacidad para el bien radica en ser capaces de reconocernos en el otro, reconocernos en su sufrimiento y experimentarlo como propio, no veo por qué tal reconocimiento deba o pueda excluir al übermensch. Con independencia de a quién se considere superior y por qué razón, éste es el malentendido entre el monstruo y el doctor: cada uno es incapaz de extender su compasión al otro, o decide no hacerlo y, en consecuencia, hay tragedia.

     En todo caso, el sufrimiento del übermensch puede ser tan agudo como mi propia ambición o aspiración de una existencia mejor para mí y para todos los que estamos condenados a la existencia. La ambición del superhombre, del eterno retorno, del gran sí a la vida, es una ambición compasiva que se extiende a todo lo que puede superarse; se desea esa superación sin apego. Es la voluntad de poder unida a la voluntad de vivir. Es algo que niega o supera la «mera» voluntad de vivir. El amor a la existencia de Nietzsche, su amor fati, es una paradójica suma de libertad y necesidad. Ahí donde la debilidad o la insuficiencia impiden una buena vida, se desea la muerte para uno mismo o para el otro por compasión. Así puede escaparse de la «mera» voluntad de vivir; es decir, de aferrarse a la existencia con independencia de sus condiciones y se aspira en cambio a una existencia tal, que todo aquél que se aferre a ella, lo haga por amor a sus condiciones.

     La limosna compasiva prolonga el tormento, como dice Schopenhauer, y se acepta por necesidad ciega, por «mera» voluntad de vivir, es un deseo que se desea sin poner condiciones. La limosna es una forma de compasión. Negar la limosna, en cambio, acorta el tormento. Esta eutanasia es un remedio, dice Nietzsche, porque tener el derecho de despedirse de la existencia permite amarla hasta en tanto sea posible. Sólo hay amor o compasión entre quienes son libres. Así pues, los sistemas éticos que prescriben negar o prestar ayuda al desesperado tienen el mismo fundamento: la compasión por quienes soportan la existencia.

     La vida vista como algo que debemos despachar, dice Schopenhauer. La vida como algo que debe ser superado, como un escalón, dice Nietzsche. Hay compasión por todo y todos aquellos que debemos ser usados y superados como escalones en aras de otra forma de existencia; y en ese mismo sentido, hay compasión por quienes usan el escalón para seguir adelante. Al final, la compasión está fuera del discurso racional y se dirige, según Schopenhauer, a ese todo del que somos individuación. El fundamento es el mismo, lo que se transforma es apenas la mirada, su dirección aparente en un espacio en que no hay un norte absoluto; puede decirse que uno dirige la mirada compasiva «hacia abajo», y el otro «hacia arriba». Hasta ahora, ningún filósofo ha sabido explicarnos cómo dirigir la mirada en ambas direcciones a la vez.

     En Frankenstein, es impresionante el modo en que cada personaje en agonía se siente, al mismo tiempo, superior e inferior al otro. En algún aspecto deben superarse y ser despachados. En algún otro aspecto, son aquello a lo que el ideal sobrehumano aspira. Mary Wollstoncraft Shelley, desde la literatura, construyó una maravillosa tragedia para demostrarnos que es necesario construir una mirada compasiva que se dirija en todo sentido: Apolo y Dionisio, el doctor y su monstruo, Dios y sus criaturas, todos necesitamos compasión.


Oh! my creator, make me happy, let me feel gratitude towards you for one benefit! Let me see that I excite the sympathy of some existing thing; do not deny me my request!
—Mary W. Shelley. Frankenstein or the Modern Prometheus.—



—Mary Wollstonecraft Shelley—

viernes, noviembre 30, 2018

Páginas en blanco

Entre los amigos, sin duda, pocos tan fiables  y constantes como los libros. Tiendes la mano y ahí están. A veces, como decía Schopenhauer, encuentra uno en ellos tan buen consejo que todo lo que hasta entonces creíamos parece falso y surge un mundo nuevo, que no conocíamos, y que nos hace sentir un poco tontos. Es que ya dicho, parece evidente, tendríamos que haber sabido darnos cuenta. Para eso son los amigos, para ayudarnos a encontrar los lentes que todo el tiempo tuvimos ante los ojos, sobre la nariz. Quizá a nadie podamos agradecer con la misma sinceridad que nos hagan sentir un poco bobos o cortos de miras. Porque, en confianza, hay que aceptarlo, debimos ser capaces de entender antes, pero caray, qué bueno que al fin un amigo nos da la lección. Que nos ayudó a ser más como queremos ser, más parecidos a nosotros mismos.

Así, supongo, hicimos muchos de los amigos que se conservan toda la vida: explicando un problema de álgebra, juntando cabezas para resolver la difícil tarea o pidiendo ayuda en cualquier otra cotidiana actividad. Así también con los libros, se acerca uno a ellos admitiendo primero que no lo sabe todo, que acaso quedará un poco como tonto, pero qué más da, quiero que alguien me hable de Richard Feynman, de la supersimetría, de Napoleón o Hogwarts o los dioses y héroes de la antigüedad.

Es este pacto el que hace especialmente dolorosa la traición de un amigo o de un libro. Alarga uno la mano del mendigo y el proverbial auxilio deviene en castigo. Aunque no es su culpa, así se siente el noventa por ciento de los libros que nos obligan a leer en la escuela. Es que la confianza no nace por obligación, alguien debería avisarle de la situación a esos malos celestinos que son los profesores y los programas escolares. El peor enemigo es siempre ese que nos pone en frente la obligación o la presión social. Pero vale, no es culpa suya y así puede uno reconciliarse, al volver los años, con la Ilíada, la Celestina y tantos otros clásicos maravillosos. Hasta con Platón y Kierkegaard.

En otro grado de traición, cuando el amigo nos responde con una invitación a unirnos a la más nueva empresa piramidal o a la excelente forma de vida que se esconde en su particular ideología. Programa y propaganda. Traidor llamo a todo libro y toda persona que en vez de abrirnos la perspectiva, pretende cerrarla y hacer de nosotros meros seguidores. Cuando intentan convertirnos en algo que no seamos nosotros mismos. Anatema contra todos esos que no mencionaré porque no sea que alguien vaya a buscarlos por espectáculo y termine en conversión.

Lo peor es cuando uno entabla esa relación sin alguno de los dos vicios previos; pasan las páginas y avanza uno sobre la historia que promete ser otra llave, una más en el camino a esa última con la que soñaban Borges y Cortázar, para abrir la eternidad en que uno sabe, siempre, que está equivocado, pero se consuela con que siempre puede estar un poco menos equivocado. Así, imaginemos, se han invertido tres o cuatro horas en un buen libro, lo que en años serían varios con un amigo. Y de pronto, sin decir agua va, artera y traidoramente, nos escupe una serie de páginas en blanco, o la reiteración inútil de algunas que ya habíamos leído y que se presentan de nuevo fuera de lugar.
—De qué te habrá servido tanta previsión si al final estás danzando esta música insensata, preguntaba Cortázar—

Esto es para romper el corazón. Me ha sucedido varias veces. De la primera, me acuerdo con prístina claridad e inmitigable dolor. Ocurrió mientras, maravillado, leía El extranjero de Camus; a medio camino, veinte páginas en blanco. Tras una rápida revisión, otras veinte blancas casi al final. Horrible. Me costó mucho volver a comprar libros de editorial Alianza. Otra memorable —con el Fondo de Cultura— esa edición preciosa de Beatus Ile de Muñoz Molina que me ayudaba a encontrar palabras para escribir y pensar en una querida lejana. Páginas en blanco. Peor todavía aquella vez que escribí a la editorial sobre una edición incompleta de las conferencias de Wittgenstein: ¡enviaron como reemplazo otro ejemplar al que le faltaban las mismas páginas! Más recientemente, me sucedió con Si te dicen que caí de Marsé: a punto de entender el sentido de tanto voyeurismo decadente y desamparo, páginas en blanco. ¿Por qué? Porque chinga tu madre, por eso, ¿cómo ves?

—Todavía tengo pesadillas con esta portada—

¿Qué puede hacer uno sino apartarse de traidores de tal calaña? Buscar otra, mejor versión del texto, con lo que a este le falta. Parecido, nunca igual, pero por lo menos entero. Por más que nadie me podrá devolver el momento en que, loco de ansiedad por la siguiente frase de El extranjero, topé con el vacío. Mi vida entera pudo ser otra de no haber faltado esas páginas. Y que nadie culpe al destino o al creador. Hasta en el momento de revisar un manuscrito de concurso me pasó lo mismo. Nunca supe si las copias que envié tenían el mismo defecto de páginas faltantes. No es descuido divino ni de artesano, simplemente así pasan las cosas.

Algo similar cuando una persona, o varias, a las que se conoce de toda la vida, de pronto empiezan a hablar en blanco, en vacío. Vaya, ni siquiera dicen falsedades o idioteces, simplemente ruido blanco, interferencia inútil. Supongo que como con los libros, a todos nos ha sucedido. Y es que la vida es eso, no importa cuántas páginas se hayan ido ya, prístinas y en perfecto estado, de pronto irrumpe el sinsentido. O cuántos años se conozca a algunos, a veces también la contradicción, la negación de su esencia. Salieron incompletos. En consecuencia quedan menos amigos, menos libros. Pero sobre todo, la certeza de un caótico mundo de impredecibles.

Me sorprende la cantidad de personas que están dispuestas a culparse a sí mismas de haber sido traicionadas. Dicen que tienen un patrón, que así buscan las relaciones. Yo les pregunto si alguna vez leyeron un libro. Seguro andan buscando, con un sexto sentido cuasi divino, libros envueltos en celofán que dentro traigan páginas en blanco. Es imposible. Peor, es estúpido. «Yo me lo busco por andar leyendo…» Nadie busca la traición. Somos libres —o por lo menos nos percibimos libres— y eso significa que la siguiente página siempre puede estar en blanco, que siempre podemos equivocarnos acerca de los demás. Vuelvo al principio: con esa suposición nos acercamos a los libros y a las personas, la de que estamos equivocados, pero en ello hay grados.

Frente a esa incertidumbre, que en los libros es excepcional, pero en las personas una triste norma, qué emoción, aunque sean pocas, contadísimas, personas, que en cada ocasión, con el paso de los años, se mantienen firmes, congruentes, fieles a sí mismos, que nos abren camino para seguir siendo también, cada vez más, nosotros mismos. Estas líneas son para ustedes.