Ahead

Somos lo que siempre quisimos ser. Un momento o dos, unas horas robadas a la noche, un ratito de su sueño que ella me regala. Un café para cada uno y un muffin para mí que estoy enfermo desde anoche y no dormí sino hasta que ya casi amanecía. Con chistes viejos y nuevos, abrazos y nuestras manos todo el tiempo buscándose y hallándose, nos hicimos fuertes, nos consolamos un poquito de la enfermedad de la vida que al despedirnos o a más tardar mañana por la mañana nos volverá a tener a su merced. Pero por ahora, juntos somos lo que siempre quisimos ser.

lunes, febrero 20, 2012

Fuge, Late, Tace (6)

Uno no supera las cosas. A lo más, las sobrevive. ¿Con qué seriedad decir, por ejemplo, que ‘superé’ a las dos o tres mujeres que he amado? Como mucho y apenas puedo decir que las sobreviví. A una literalmente. Uno sale de sus experiencias casi siempre disminuido, como lisiado, cargando a cuestas nuevas heridas o recelos que le harán cada día más difícil atreverse a cambiar de rumbo, intentar otra cosa o apostar el bienestar a la carta de otro ser humano. Como si se saliera de tal o cual circunstancia figuradamente cojo o tuerto o, por lo menos, con la miopía más grave (como al terminar la escuela).

La vida no nos da para superarla, al contrario, nos va quitando, cada persona, cada encuentro nos disminuye y sobrevivimos cada vez con más precariedad. Uno no supera las separaciones o la muerte de los queridos; como mucho las sobrevive y espera secretamente, desea que no se repita; buscamos olvidar y eso significa ‘superarlo’; a lo mucho no pensar en ello, ficcionalizarlo como acabado y provechoso, para que la reuma no duela, para no darnos cuenta que un buen día ya hace falta entrecerrar los ojos para distinguir las constelaciones en el cielo. Para que de tanto ocultar las heridas nos convenzamos de que no están ahí. ¿Qué es la terapia sino el engaño de pegar con titanio huesos cada día más frágiles? Imaginar que el pasado no estuvo ahí o fue distinto hasta que un día el cuerpo nos lo recuerda de golpe y nos hace saber que no superamos nada, que sobrevivimos apenas y que, por más que digamos o inventemos, un buen día es suficiente y ya no hay modo de sobrevivir. La única superación sería entonces la muerte, cuando toda herida deja de tener relevancia y se queda irremisiblemente atrás.

¿Cómo sobrevivimos a las heridas de comunicación, a los malos entendidos que están ahí desde el principio y arrastraremos siempre? ¿Hasta cuando? La separación no es muerte simbólica, no es superación. Es apenas supervivencia. ¿Cuántos adioses antes de decir basta, antes que el alma no pueda más y sea ineludible tenderse a la orilla el camino y morir en silencio?


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¿No es la concepción de haber fracasado en la vida, algo similar a ese momento en que es preciso morir a la orilla? ¿Sin estar muerto, sobreviviéndose uno mismo? Quizá no haya peor situación imaginable que esa, en que uno se sobrevive, en que el abandono es absoluto, incluso el propio, como si mirases tu cadáver desde fuera. Hilflosigkeit otra vez. ¿Qué palabras para sacar a un muerto del convencimiento de que lo está? Recalled to life como Dickens?

martes, enero 10, 2012

Fuge, Late, Tace (5)

Así, llega uno a la sima de la desesperación. O esa debiera ser la conclusión, pero así alcanza uno también la felicidad o la compañía para el resto de sus días, así sea una compañía de cambio constante y de intercambio de posiciones y juicios. Por alguna razón que no sé explicar, todo esto no nos importa, ni importará nunca. Así sepa que no existo, que mi presente y el tuyo son la composición inexacta de pasados posibles y futuros deseados que se contradicen; en algún modo coincidimos en algo que (traición) tengo que llamar felicidad sólo porque la comparo con otras ficciones que escojo tomar como no sucedidas en vez de esta que escojo como el instante narrado. Aunque habría que pensar en cómo ha de leerse, en las infinitas transformaciones de ti, de mí, del malentendido y el discurso, que puede generar alguien que lee, así seamos tú y yo en unos años, cuando ya no seremos tú o yo, por no pensar en un lector borracho, analfabeta o peor aún, un lector amigo que te ‘conozca’ a ti o me ‘conozca’ a mí y cuya ficción y narración nos haga ser distintos y encuentre en las palabras más o menos estables del papel la clave para ‘descubrir’ lo que somos realmente a sus ojos; inventándonos más que entendiendo qué significa o pudo significar que durante un rato, unos minutos o apenas lo que dura una sonrisa, tú y yo fuimos felices. Tú y yo, esos que no están ni estarán nunca porque son inasibles; porque no caben en palabras, o caben pero siempre otros, nunca nosotros. Tú y yo fuimos felices. Pero tú y yo somos ellos. Y ni ellos caben en las palabras, se pierden entre sus pliegues. Nadie cabe. Ni siquiera una hipótesis plausible de las relaciones humanas que sin embargo somos y acaso una de las más maravillosas hipótesis con las que puede jugarse a la ficción, a la novela o al cuento. Y puede jugarse también a ser felices aunque la felicidad sea una palabra mal empleada o vacía, o una fuga perpetua hacia la desgracia.


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El habla, cualquier acto de significación por el que creo una relación sujeto-predicado. El habla me transforma. Las palabras no cambian al mundo, me cambian a mí. Porque fijan mi historia o pretenden hacerlo. La palabra fija en el espacio algo que no existe y falsea la relación, de por sí inestable, entre pasado, futuro y presente. Entre expectativa, retrospectiva y juicio. Cuando hablo o escribo, dejo de ser quien soy, creo una tercera ficción; aquél que pensó en ti, aquél que te vio, no es el mismo que después dice, me interesas. Y tampoco tú. Cada acto de comunicación neurotiza las identidades, potencia la complejidad al obligarnos a ti y a mi a interiorizar o procesar eso que se dice-de-nosotros para que tenga un lugar en lo que cada uno piensa de si. Y así yo estoy en ti y tú en mí aunque ni tú ni yo somos. Mis palabra te transforma y por eso vuelve su fuerza sobre mí con el impulso extra de la venganza. Porque por la palabra, que aparentemente nos acerca, me estoy apartando de ti, te aparto de mí cuando te anulo. Me aparto de mí mismo pues agrego algo al mundo que me determina y a ti, sin sentido, sin relación de causa sino sobre ficciones.


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Como proceso o fracaso, ¿no tenemos al menos en común el desprecio por lo que somos? ¿Qué persigo entonces en ti y qué aceptas? ¿Qué persigues tú y qué acepto yo al perseguirte? ¿El desprecio mismo de ser lo que somos?


viernes, diciembre 09, 2011

Fuge, Late, Tace (4)

Aún más. Yo no hablo tu idioma ni tu cultura y tampoco tú conoces las mías. Tratamos en un idioma neutral que ninguno domina, que no es el de nuestras vidas individuales, o el que cuenta la historia de nuestra ficticia personalidad. El potencial de malos entendidos se disloca ahí y uno está tentado a pensar que no tiene sentido decir ni una sola palabra. Ni un balbuceo. Dejar de respirar mejor. Si no es el idioma será el juicio de espejo o la cosmovisión —¿nací, me educaron comunista? ¿crees en el budismo? ¿soy agnóstico? ¿eres cristiana?— pero algo terminará por hacer ininteligible nuestro diálogo. (Algo tanto tonto como que tú te consideres producto de la evolución y yo me piense hijo de dios). Y sin embargo, hablamos, sin estar conscientes siquiera de todo esto, o estándolo, pero sólo en retro y prospectiva, nunca en el instante, nunca al decir ‘mucho gusto’ o al preguntar si acaso volveré a verte. Seguimos ahí, en el perpetuo malentendido y cada uno a la espera, a la expectativa de confirmar su mundo y su ficción de ser fracaso o proceso. Sin olvidar, por lo demás, que toda expectativa deforma o determina (que al final es lo mismo) la búsqueda.

Nuestro ahora de primeras palabras y sonrisas es inenunciable y acaso basta para volverse loco. Uno no debería contar nada, ni escribir nada, ni desear ser comprendido nunca. Todo está destinado al fracaso según la ley de la utilidad o los criterios de la comunicación. Pero acaso por eso mismo reincidimos y nos conocemos y de vez en vez apostamos el alma que se hará pedazos porque al final la palabra es siempre más poderosa como caos que como ordenadora de vidas.

En todo caso, ¿qué diferencia entre intercambiar cumplidos o cachetadas? ¿qué diferencia entre un ‘mucho gusto’ y quedarnos en silencio y responder simplemente a la necesidad de una caricia o al consuelo simple de tomarnos la mano siendo desconocidos? No veo diferencia entre este construir una relación con palabras y hacerlo en silencio o con violencia, con signos igual de ambiguos pero infinitamente más reales puesto que se sienten (la caricia, el golpe) en carne propia y acaso la carne, a diferencia de las palabras, no miente. Pero sólo acaso, pues también el cuerpo traiciona.


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La vida como estado perpetuo de excepción... Renuncio a las interpretaciones!


lunes, noviembre 14, 2011

Fuge, Late, Tace (3)

Por otra parte, es inevitable que, si construimos nuestra imagen sobre ficciones relativas que se determinan mutuamente (la ficción de que podemos separar el tiempo al narrarlo), esa misma construcción transforma nuestra mirada y, por lo tanto, construye también la ficción o la ilusión del otro que, a su vez, refleja la ficción de mí. Es casi impensable que, si me imagino como proyecto, sea capaz al conocer a alguien por primera vez, de pensarle como fracaso. Y viceversa. El fracaso o el hilflosigkeit hacen ver al otro como algo sin posibilidades, sin significado ni relevancia posibles. La ilusión o distorción necesariamente permean al discurso de forma doble, casi neurótica/narcisa y difícil de describir.

Cuando te digo ‘eres hermosa’ ¿qué quiero decir? Quizá que veo en ti un cambio probable, el brillo de un futuro distinto y deseable. Sobre todo, quizá, que veo pintado sobre el rastro casi invisible o simulado de tu cuerpo a alguien que no es. No eres lo que veo y tampoco eres lo que crees ver en ti. En esencia, cualquier enunciado dirigido a ti es un fracaso comunicativo. Un piropo, una palabra que desde el simulacro de lo que veo parece un principio de honesta admiración, desde tu perspectiva no es más que una ironía en el mejor de los casos, una franca burla en el peor de ellos. Y en todo caso una evidencia innegable de que prefiero inventarte a conocerte, de que ni siquiera estoy abierto a la posibilidad de verte antes de juzgarte o inventarte. ¿Qué respuesta puede articularse ahí? Nada sino una convención sin significado, un gracias o una sonrisa que acaso yo lea —por la interferencia de mi futuro y mi pasado inventados— como un coqueteo o una esperanza que al acabo no es sino una bandera blanca por la que te rindes a no ser y renuncias a la posibilidad de que yo sea distinto al resto. De que seamos capaces de cambiar porque nos conocimos.

Y al contrario, ¿cómo y en qué términos formulas tu discurso, tu primera sonrisa? Y cómo lo entiendo. Acaso sonríes como una botella al mar o un clavo más en el ataúd. Puede que preguntes mirándome con seriedad ¿qué quieres? Pregunta imposible. Porque acaso esperas escuchar que quiero algo que no existe, o la admisión sin disimulos de que quiero aquello que no estás dispuesta a ofrecer o que quizá simplemente no puedes. ¿Cómo entiendo o respondo yo a una pregunta tan sencilla y tan directa? Imposible porque responder lo que quiero es negar la infinita mutabilidad del deseo, es suponer que las cosas pueden definirse o son estables (acabadas). Y yo sólo sé que quiero el cambio y la posibilidad. Sólo sé que mi deseo aún no está formulado, sino que está en espera, acechando una oportunidad de adquirir identidad. Quizá la respuesta más inteligente es “quiero saber lo que tú deseas para hacerme capaz de desearlo también y de transformarme hasta ser capaz de ofrecértelo”. Pero eso no es más que girar la pregunta de modo que apunte hacia ti con la apariencia de un cambio por más que sea exactamente igual. Doble incertidumbre de primeras miradas e intercambio de palabras.

Y habría que pensar también que en ese instante, en esos primeros gestos estamos intentando medirnos y conocernos, pero siempre a partir de nosotros mismos, a partir de la historia que creamos cada uno de sí, y nos juzgamos entonces sin que mi presencia o la tuya tengan significado (relevancia) alguno, como si el otro no estuviese presente, sino que nos mirásemos al espejo haciéndonos la corte, abismados en el sonido de nuestra palabra dirigida hacia nadie. Nos juzgamos por un juego infinito de referencias, siempre inventadas, y aunque ninguno se de cuenta, ni siquiera pensamos en la posibilidad de estar equivocados ni sobre nosotros ni sobre el otro. Si yo soy lo que soy —cosa indudable en apariencia, pero sólo en apariencia— la base de mis juicios es sólida e irrefutable. Pero es sólo un egoísmo monstruoso nacido del terror que tenemos a desapegarnos de la idea de que acaso uno no es capaz (pues si no, quién?) de conocerse o definirse. Es un egoísmo idiota porque en ese instante sería infinitamente más útil o importante pensar en cómo me imaginas, cómo te imaginas, volcarnos cada uno en el otro, hacia el abismo que abre la posibilidad de no ser sino lo que tus ojos hagan de mí y a partir de esa imagen llegar a ti. Lo único sensato sería reconocer que no existo, que no soy, que mi identidad es irrelevante, mi narrativa o mi tiempo desaparecen como sombras cuando tu mirada me ilumina. Pero precisamente en el mismo sentido y con la misma intensidad cuando te miro te anulo por completo.

Es imposible, sin duda. De saber todo esto, la relación o el conocimiento no sucederían. Pero acaso por eso es tan poderosa la «sensación» de ‘conocernos de toda la vida’, esos pequeños gestos que dan por hecha una historia no acontecida y más bien improbable, que nos permite empezar, sin embargo, con una ventaja tanto o más ilusoria que el malentendido mismo. Pero en ausencia de esa sensación ¿qué asidero queda para seguir adelante sino acaso inventarla?

Acaso, sin darnos cuenta, nos conoceremos por el modo en que nos describimos el uno al otro, lo que yo digo de ti, tú lo lees como si lo dijera de mí y viceversa. Pero lo que decimos es tan inventado como nosotros mismos y acaso más deforme aún por la voluntad o el deseo de coincidir.

La palabra entonces como algo absolutamente indiferente. Como un sinsentido absoluto. Ya ni siquiera como ficción sino como evidencia simple de la imposibilidad de decir, de significar. El vestigio o la ruina de algo que pudo ser, la simulación de un diálogo más parecido al teatro del absurdo que a Shakespeare —aunque en el fondo serían lo mismo— pero que en eso se evidencia el artificio de éste y el relativismo de aquél.


jueves, octubre 06, 2011

Fuge, Late, Tace (2)

Supongamos por un momento que vives en una circunstancia imposible. Una de esas de las que no se puede salir con la autoestima en alto. No te persigue la fatalidad ni hay forma de culpar a otros. Eres el resultado de tus decisiones y eres suficientemente inteligente como para ser consciente de ello. Cuando miras al rededor sabes que estás aquí —tirado en la calle luego de recibir una bien merecida golpiza a manos de gorilas pagados, tu primera noche como prostituto masculino sin ser gay, entre las cenizas de la biblioteca que fue la obra de tu vida y quemaste al quedar dormido con un cigarro sobre el libro, tu primer momento homeless, ante la tumba del muerto que es tu culpa, cosas así—. Como sea, todo se reduce (también puede ser menos dramático: en un trabajo odioso pero bien pagado porque no supiste escoger o esperar o lo que sea), todo se reduce a una toma constante de decisiones bien pensadas pero con malos resultados. Resultados que sólo te encierran más en la circunstancia detestable, culposa, por más que la intensión haya sido salir de ahí.

Habría que pensar en qué es eso “desagradable”, la sensación de que la vida es un fracaso está determinada por un juicio absurdo sobre el presente medido contra la ficción de un pasado y un futuro distintos. Mi vida es un fracaso, o no estoy contento con mi vida, implica que la reflexión sobre el pasado, la narrativa inventada de lo que fui, no es más halagadora que el presente sino su prefiguración (posfiguración si se piensa en que esa narrativa del pasado se construye desde el presente). Implica que el horizonte imaginario del futuro tampoco es agradable (acaso porque también se construye desde un presente sin imaginación que aprende a esperar la repetición de algo igualmente falso que llamamos pasado). No soy lo que quiero ser es decir también que no fui lo que quise ser, pero, por lo mismo, renuncio a la posibilidad de llegar a serlo alguna vez.

Hilflosigkeit. Sin ayuda o amparo de Dios, la metafísica o los amigos. Ahí, una circunstancia en que no tengo ni a mí (imaginado, proyectado, capaz de narrarme alternativas en cualquier tiempo) para inspirar movimiento. Ni la esperanza como maldición o consuelo.

Lo cierto es que ese estado es absolutamente imaginado, es también una narrativa que, sin embargo y por la razón que sea, se despidió del tiempo, que tiene armonía e identidad entre ser/haber sido/llegar a ser. Es una fuga de todo sentido del tiempo. Es la eternidad en algún modo, eternidad desesperada a la Borges...

Desde esta perspectiva, ¿qué diferencia existe entre la felicidad y la miseria como actitudes vitales si ambas son fugas vividas de la temporalidad? O sea, ambas son un intento loco de vivir fuera del tiempo, metáforas desbordadas que se apoderan de la vida dando por hecho lo no venido. O por venir lo dado. O cualquier otra combinación.

Desde un estado así, ¿es posible comunicarse con alguien que vive del otro lado? ¿del cambio o la posibilidad? El cambio implica la idea de mi yo como proceso. No como fracaso ni éxito sino como un punto cualquiera entre el ser y el llegar a ser en que pasado, presente y futuro siguen siendo distintos, que no han alcanzado armonía indiferenciada. No sólo no se han confundido, sino que no pueden confundirse, o su confusión es impensable como impensable es la alternativa desde el Hilflosigkeit (¿Algo como un Hilfvolligkeit?).

Una persona sin tiempo cuya vida no ha terminado pero que ha dejado de concebirla como proceso para pensarla como resultado (fallido) en devenir conoce a otra cuya vida sigue siendo un proceso y acaso, para agravar las cosas (¿por qué no?) ha dejado de creer en que exista o pueda llegarse a un resultado; el sujeto B no reconoce la capacidad del juicio o cree que es ilusorio juzgar el presente en cualquier sentido. No va ni viene de ninguna parte, no hay causas ni logos (¿a quién pensaríamos más como esquizoide?).

Dos personas así, son capaces de comunicarse, por supuesto. O de fingir que se comunican. O de realizar un simulacro de comunicación. En todo caso, se ‘comunican’ en el nivel más superficial, el de los signos convencionales, quizá sean capaces de sostener una conversación larga sobre el clima o la política, acaso puedan ser amigos. Simpáticos conocidos. ¿Pueden crear una conexión afectiva más profunda? Una que modifique sus concepciones y los asimile el uno al otro? Que uno vea en su fracaso una etapa y el otro un fracaso en su etapa?

Pienso que es esta la historia del gran malentendido en el mito de Lucifer. De un lado la eternidad, lo terminado, la indiferencia del tiempo. Del otro la temporalidad, la lucha, el proceso en que el tiempo es absolutamente importante. El diablo piensa en términos humanos: un antes (feliz), un ahora (gravoso) y un futuro (glorioso). El castigo, en cualquier caso, alcanza a ambos, los identifica y confunde. Pasado, presente y futuro. En eso, Dios y demonio, por el castigo, invierten sus posiciones. Al fracasar la rebelión, el tiempo permanece sincrónico como fracaso perpetuo para el diablo y como cambio necesario para un Dios cuya espera empieza en la diacronicidad necesaria entre la ruptura del orden y su restauración. Mucho hay de este intercambio de posiciones (autorrepresentaciones) de los sujetos. Un bildungsroman que se convierte en poema surrealista y viceversa.

Eso tendría que suceder entre mis dos sujetos que se conocen en cualquier sitio, mientras más sórdido, más a tono con la necesidad del relato...