lunes, febrero 27, 2017

Como la piel exige

The loss of their sanity is the lesser of their problems. They will tell you, if you let them: they are the ones who live, each day, in the wreckage of their dreams.
—Gaiman, Neil. Smoke and Mirrors.

En algún artículo científico —o pseudo— leo que los patrones de actividad cerebral que ocurren en situaciones de estrés, son muy similares cuando se comparan a víctimas de tortura, niños maltratados y personas que han vivido largo tiempo en una relación abusiva. Ese “muy similares” me hace pensar que hay gato encerrado. ¿Puede haber similitudes no tan similares? Me pregunto dónde está la línea entre lo “muy” y lo “no tanto” que da relevancia al parecido.
  
      Hace años pasé noches enteras intentando hallar respuestas a preguntas similares en la enciclopedia. Alguien se comportaba de formas incomprensibles y supuse que había una razón. Sería tonto describir el comportamiento y la manera en que los saltos enciclopédicos me llevaron al PTSD. Desde que descubrí el acrónimo, se ha vuelto uno de esos temas que me apasionan y repelen por partes iguales. Sumando perspectivas uno termina por quedarse en blanco. Cada visión aporta algo, pero ninguna ofrece respuestas. No hay certeza. ¿Qué ocurre con quien ha sufrido? Y, sobre todo, ¿puede recibir ayuda?

     Fue apenas, cuando leía (con bastante miedo) At the Mind’s Limits de Jean Améry que encontré algo parecido a una certeza. Parece que a veces, la respuesta es tan superficial que pasa desapercibida. Estoy consciente de que es escandaloso comparar a un sobreviviente de Auschwitz con cualquier otro ser humano. Con sus bemoles, carece de sentido. Si pensamos en una niñez a la Lisbeth Salander, quizá la comparación sea más válida. Lo mismo con las relaciones abusivas, no se trata de “mi novio no me invita a cenar”, sino algo parecido a Blue Velvet. En estos casos hay una traición constante, sistemática, a la superficie. Dice Améry: “The boundaries of my body are also the boundaries of myself. My skin surface shields me against the external world. If I am to have trust, I must feel on it only what I want to feel”.

—Not what I want to feel—

Sencillo, directo y casi doloroso. La superficie de la piel como frontera y posibilidad de confianza en el mundo, en el otro, en el lenguaje mismo. Y sin embargo, qué difícil es a veces determinar qué es eso que quiero sentir.

     En el caso de Améry, era claro que no escogió: “they are permitted to punch me in the face [...] they will do with me what they want”. Los compromisos sociales de respeto y ayuda mutua se desvanecen por la fuerza. Pero con la persona que escoge libremente una pareja que le golpea el rostro, ¿se los han arrancado? ¿o los ha elegido libremente? Parece que uno otorga permiso. Eso decimos siempre, ¿por qué lo permites? ¿por qué te quedas? Incluso ha sucedido que la persona cuyo rostro recibe golpes cotidianamente, le pide a quienes pudieran venir en su ayuda que no lo hagan.

     Hace meses, una persona —de cuya intención al hacerlo sospecho— me explicaba que su pareja era violenta. Que de vez en vez, arremetía a patadas, que a veces aplicaba encierros. Cosas así. Y sin embargo, el terror que sentía, no era hacia su pareja, sino hacia la idea de dejar esa relación. No temía las posibles represalias, sino al hecho de reconocer que algo salió mal. No hay mala intención en lo que hace, me dijo. Si mi pareja no es mala, el problema debo ser yo. Acaso no supe querer, domar, comprender o predecir la violencia. No era capaz siquiera de señalar al enemigo... O tenía razón al reconocerse a sí como antagonista...

       Volenti no fit injuria. «Quien lo desea (escoge) no sufre injusticia». Aplicar la frase en este caso es falaz. Pero es lo que hacía esta persona, suponer que esto es normal, que a todo el mundo le pasa, que ha sido sólo una etapa en la relación. Que es su elección y su responsabilidad: elegí la etapa de las patadas o los golpes en el rostro. Debo hacerle frente.

      Me recordó a Misery, donde Stephen King describe algo muy similar: “The survival instinct, he was discovering, might be only instinct in itself, but it created some really amazing shortcuts to empathy”. En la novela, Paul trata de ponerse del lado de Annie, de entenderla, consolarla, darle lo que necesita. Así se sobrevive, poniendo las necesidades del verdugo por delante de las propias. De ahí al síndrome de Estocolmo... En casos menos extremos, como el de una pareja que patea, es más o menos entendible, sólo en películas de horror o en Auschwitz se concibe a otro ser humano que por placer o por deber, lastima. Con la crueldad se puede dialogar, termina King, no así con la locura.

«Habla con ella, seguro entra en razón»

Por eso la locura es aterradora. Y el terror es locura. El miedo que describía aquella persona era irracional, como todo miedo. En consecuencia, no puede desvanecerse con meras razones. Todos hemos estado ahí. Con una pareja que no “podemos” dejar. Un trabajo, una carrera, un objeto. No “podemos” porque dejar atrás ese elemento, sería privarnos de un fragmento de identidad. La parte de nosotros que le quiere, que ha escogido, la parte esencial que forma vínculos y eligió formarlos con esta persona. Sin esa parte, sería locura. Y no estoy loco. Como no estoy loco, entonces debo haberlo escogido.

     Es precisamente la conclusión opuesta a la esperada. Lo opuesto de reconocer la locura en la situación vivida: “Caray, llevo años soportando arrebatos de patadas que, por cierto, no me gustan. No es lo que quiero sentir. Esto es locura”. Pero suponernos cuerdos es esencial para sobrevivir. Y resulta que terminar la relación es una forma de aceptar que se estuvo loco. Por lo tanto, uno podría seguir loco. O volver a estarlo. El terror a la locura hace imposible terminar con la relación y esta deviene, como dice Améry: “A reality that could not be escaped and that therefore, finally seemed reasonable”.

«See? I'm reasonable!»

Ahí está el abismo. No hay confianza posible en una realidad donde lo contingente parece necesario. Donde lo absurdo parece razonable. Donde lo sufrido se disfraza de decisión. ¿Cómo podríamos desarticular tanto desatino? Nadie escoge que le golpeen el rostro. Salvo quizá en el BDSM. O cuando uno mismo golpea, y por ese acto, invita a que lo golpeen. En el mismo sentido, nadie pasa por una etapa en que le gusta patear a otro y luego se le quita o lo supera. O en que lo hace sin querer y luego ya no.

     Por este camino me puedo explicar las afirmaciones del artículo ese, científico o pseudo. Pero eso no me acerca en nada a una respuesta, una solución. ¿Cómo convencer a aquella persona de que abandone la relación? Me gustaría haber sabido entonces lo que dice Améry: “Si he de confiar, entonces, sólo debo sentir en la piel aquello que yo desee”. Me gustaría haber podido decirle que escuche a su piel, esa que se revuelve cada vez que tiene lugar un contacto de abuso cotidiano. No escuches mis razones ni las tuyas. Haz caso de tu piel.

      Eso te pido ahora, si me lees todavía. O a ti, que acaso te confundes o te reconoces en estas letras. Siente tu piel y date cuenta de que no hay locura en no saber escoger. Es lo más normal del mundo. Siempre escogemos mal, porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestro saber. Corregir el camino es más fácil que construirse un hogar en el sitio equivocado.

      A ti que repites el error y lo conviertes en destino. A ti, que ves en todo esto una etapa. A esos que fuimos o seremos:

Leave now. 

Déjale.

No puede recuperarse el tiempo perdido. Pero que el presente, mientras exista,  sea como la piel exige: I must feel on it only what I want to feel.



Bibliografía: Améry, Jean. At the Mind’s Limits. Indiana : University of Indiana, 1980. (1966). Gaiman, Neil. Smoke and mirrors. New York : Harper Collins, 2001 (1998). King, Stephen. Misery. New York : Signet, 1987 (1987)
 


martes, enero 31, 2017

Estaciones 2016


Ecos del viaje que dura una vuelta en torno al Sol y que explora tantos libros como mundos se leen, algunos sitios quedan en la memoria. Planes distantes de volver, inspiraciones para la reflexión, destellos de ilusiones olvidadas. Aquí comparto esos lugares ausentes y tiempos abstractos que, desde los libros, nos invitan a viajar, cambiar de perspectiva, de cuerpo y de realidad.

—Waterhouse, John William. Echo.—

Estas son las joyas que me dejó el 2016, viente postales de viaje que comparto con ustedes:


1. Altamirano, Ignacio Manuel. El Zarco. Planeta
DeAgostini. Ignacio Manuel Altamirano es uno de esos autores que descubrí como tarea en la prepa y se quedaron conmigo, contra viento y marea, a pesar de los prejuicios y los malos maestros. En esta historia de amor y desengaño ubicada en lo que hoy es Cuautla, Altamirano le da una vuelta de tuerca a las chicas buenas que se enamoran del bad boy. Los plateados de tierra caliente encuentran en esta novela su justo lugar en la literatura. Bandidos y mártires. Amantes y salvajes. Con la prosa preciosista de nuestro siglo XIX.
  




2. Armstrong, Karen. A History of God. Ballantine Books. Este puntual y fascinante recorrido por las grandes religiones del mundo nos recuerda lo que unas y otras tienen en común. Judaísmo, Cristianismo, Islam y otras. Es un poderoso remedio contra los extremismos y contra toda discriminación. Al final, el cerebro persigue sus fantasmas.


3. Asimov, Isaac. Robot Visions. Roc. Una compilación de historias y ensayos en torno a los cerebros positrónicos. Me puse a leer a Asimov por causa de una mujer, y el autor de Yo robot, por lo menos, no da lugar al desengaño. En esta colección están algunas de sus historias emblemáticas. Es una muy buena introducción al mundo de Isaac Asimov.

4. Cutter, Nick. The Troop. Gallery Books. Si los
niños de El señor de las moscas fueran parte de 28 Days Later y tuvieran además que vérselas con un gobierno conspiratorio a la Cabin in the Woods. Algo así de estrambótico, divertido y aterrador.



5. Cutter, Nick. The Acolyte. Gallery Books. Un detective hardboiled. Un estado religioso totalitario postapocalíptico. Una catástrofe nuclear. El hijo de Dios. Y la conspiración que los une a todos.

6. Durrell, Lawrence. Justine. Edhasa. El principio del maravilloso Cuarteto de Alejandría, Justine es una aventura en torno a la relación caprichosa entre la belleza, el amor, la memoria y la casualidad. Ya lo he dicho antes, creo, que Durrell opina que nadie conoce, ni pude conocer, a quien ama. Justine demuestra que al fin, el amor por lo desconocido, es el más bello y el único posible. Toda pasión es un malentendido.

7. Durrell, Lawrence. Clea. Edhasa. En el final de su increíble Cuarteto de Alejandría, Durrell nos recuerda que no hay manera de corregir los errores, de disipar el malentendido o amar a la persona correcta. Todos esos conceptos, que dependen de la perspectiva, quedan inutilizados cuando al fin se sabe todo. Y ese todo revela, que parcial es nuestra ciencia. Siempre será así.

8. Elizondo, Salvador. Farabeuf. FCE. La indescriptible obra de Elizondo, construida sobre los resultados del libro de las mutaciones, la caligrafía china y la tortura, es una historia de amor sádico, es un misterio indescifrable y es una postal de la eternidad.

9. Glattauer, Daniel. Un regalo que no esperabas. Alfaguara. Es la crónica sencilla y emocionante del misterio en torno a una serie de actos de bondad anónima. Nos recuerda con esperanza, que a veces un sólo acto sin remitente puede redimir. No se puede negar que Glattauer es algo cursi, pero la esperanza suele serlo también.

10. Kazantzakis, Nikos. Zorba, the Greek. Faber. Pocos personajes tan memorables como Zorba, de quien puede decirse todo y nada. No cabe en descripciones. La novela emociona, inspira, duele. Y no se olvida. Como todo lo de Kazantzakis, es una sacudida a cada una de las ideas que uno tiene por claras y evidentes o, peor aún, por sagradas.


11. Kerr, Philip. Prayer. Quercus. En partes iguales, se trata de una novela de suspenso, una historia de terror y un tratado sobre el furor religioso y la naturaleza de Dios. En ambos aspectos, literario, filosófico y teológico, Kerr demuestra que es un genio. Es una novela imperdible.

12. King, Stephen. It. Signet. En esta novela muy extensa, King demuestra que lo importante no es la meta del viaje, sino el camino y cada instante que tardamos en recorrerlo. Sin duda el final es tan anticlimático como sosa es la adaptación fílmica, pero la construcción del libro es un juego impecable de cajas chinas o muñecas rusas. Con el cuidado y la belleza artesanal de esos oficios. Así se escribe.

13. Krakauer, Jon. Into the Wild. Villard. La historia de una renuncia completa, poética, a la idea de la vida y el futuro como algo dado. La renuncia libera y lleva a la belleza. El libro ha sido adaptado para el cine maravillosamente. Y criticado también, pero no deja de ser hermoso y fascinante. Inspirador.

14. Lem, Stanislaw. Solaris. Impedimenta. Ya he escrito de Solaris. Es maravillosa. Es el principio de un largo romance con Lem para quienquiera que la lea.

15. Loridain-Ivens, Marceline. Y tú no regresaste. Salamandra. Este libro es una desgarradora carta de amor a la ausencia y la desgracia. Una mujer, que fuera niña deportada a los campos de concentración, escribe al padre que perdió a manos de la barbarie.

16. Manguel, Alberto. Curiosidad, una historia natural. Almadía. Un recorrido por la Comedia de Dante y por la condición humana, el ensayo de Manguel es erudito, esclarecedor, divertido y bello.

17. McEwan, Ian. Saturday. Jonathan Cape. Esta historia de un sólo día demuestra que la desgracia y la esperanza son como los dos rostros de Jano. Tramas entretejidas, sucesos descabellados, desconocidos y enfermos que chocan, accidentes con consecuencias increíbles. McEwan retrata la estrambótica circunstancia que llamamos “normalidad”.

18. Proust, Marcel. La fugitiva. Alianza. Es difícil resaltar una u otra parte de En busca del tiempo perdido, porque es como una catedral gótica, donde todo parece estar de más y también justificado a la perfección. Sin embargo La fugitiva me gusta de manera especial porque enfrenta al hombre con ese suicidio que es la idiotez disfrazada de nostalgia.

19. Proust, Marcel. El tiempo recobrado. Alianza. El final de la obra monumental de Proust. A lo mejor me gustó tanto porque es como llegar a la meta luego de leer un maratón. Pero, de las siete novelas, es una de las más bellas.

20. Spota, Luis. La plaza. Planeta DeAgostini. Una novela contada en canon por los que vivieron, sobrevivieron o murieron en la mascare de Tlatelolco. La novela funciona como ajuste de cuentas, teoría de la conspiración y eco de memoria y emoción. Maravillosamente narrada. Luis Spota es todo un descubrimiento.

sábado, diciembre 31, 2016

Feliz noche vieja

Feliz 2017 a ti también, que me lees sin palabras, como eco silencioso.

Gracias por sus lecturas!
 

martes, noviembre 29, 2016

Like God, neglected

She had made him possible. In that sense she was his god. Like God, she was neglected.
—Jeanette Winterson. The Passion.

Desde que te conocí, la palabra locura me suena detestable y falsa. Es una interpretación que reduce y encierra. Es traición decir como diagnóstico y explicación: locura. En Una investigación filosófica, su novela en torno a Wittgenstein, la justicia legal y la locura, Philip Kerr expresa así la maldición de la palabra: "el hombre no se contenta con transmitir al hombre la desgracia, sino que también le transmite un nombre. Eso es lo que realmente acaba por joder a todo el mundo".

 

—Alphonse Mucha. Medea

Es jodido usar esa palabra para explicar tu mirada perdida que tuve o tengo frente a mí. Es traidor usarla para explicar tu sonrisa, esa que surge como de una costumbre teatral y no de tu intención. Esa sonrisa que es el equivalente de lo que uno dice cuando, atorado en un país extranjero, busca rápidamente en el diccionario la traducción de eso que necesita y luego intenta pronunciarlo en el idioma que no habla usando el acento de su propia lengua. Tu sonrisa, esa que tuve o tengo frente a mí, parece una transigencia con lo inevitable: «Sé que no vas a entenderme» pareces decir «como el chino no entendería tus intentos al leer su idioma en un diccionario; pero trataré, como tú lo harías, fracasaré igual que tú». Tu sonrisa que se disuelve en nada cuando ha pasado al fin la urgencia de comunicar, de que yo entienda.

     Maldito quien use la palabra locura para explicar tus manos pequeñas e inquietas, que se entretienen y ojalá encuentren sosiego al hacer pedazos cualquier objeto cercano: un vaso, un papel, una pluma. Como desplazando sobre esos objetos la angustia que te oprime o hace pedazos cuando no consigues hacerte entender porque los idiotas somos nosotros, incapaces de alcanzarte. Hay un diagnóstico, claro, pero son otras tantas palabras como paredes y barrotes contra los que la justicia exige que te hagas pedazos en el afán de que podamos entenderte. Estamos tan jodidos que nos creemos con el derecho de abrir o cerrar esa jaula diagnóstica a nuestra conveniencia. Me revienta esa palabra, locura, para explicar la urticara en tu piel, efecto secundario de varios tratamientos. Me duele cuando la escucho como adjetivo para describir tu aspecto, todavía vívido y presente, que es parecido al de una muñeca o un espejo sobre el que una niña pequeña ha puesto maquillaje jugando a ser, ver o hacer presente a la persona que alguna vez será.

     Me gustaría tener a mano una piedra Rosetta para entender lo que todo esto significa sin interpretarte. Ya lo dijo Wittgenstein:  "Si en la vida estamos rodeados de muerte, así también en la salud de nuestro intelecto estamos rodeados de locura". Entre tú y yo no hay diferencia significativa. Es una mera descripción que le conviene a todos. Si algo has hecho tú,  es síntoma de una perturbación mental. Si lo hubiese hecho yo, dirían que fue un error. Pero no hay diferencia alguna entre el error y la perturbación mental. ¿O es que hay diferencia entre el furioso que arremete a golpes contra un desconocido creyéndolo espía internacional y quien agrede a otro tipo porque cree que desea o posee a su novia en secreto, indemostrablemente? Ambos creen, ninguno puede demostrar, ambos actúan igual: dañan a otros, se dañan a sí mismos, dañan. Es lo mismo que hacer deporte extremo, por ejemplo. Creen pero no pueden demostrar. Nichts ist so schwer, als sich nicth betrugen. Si lo digo en voz alta disfrazado de profesor, ¿sonará al balbuceo de un esquizofrénico? ¿O dirán que fue un error, que hablé en el idioma equivocado?

     Otra vez Kerr: "Para verse a uno mismo hay que mirar haica donde uno no está". Yo no estoy ahí donde estás tú, a quien todavía veo o imagino frente a mí. Ojalá pudiera mirarte sin mis errores, sin mis perturbaciones. Mirarte en silencio como estuviste frente a mi, haciendo pedazos un vaso de cartón que dejaste marcado con huellas de ese color toscamente aplicado sobre tus labios. Aprender el modo en que tus ojos se perdían sin encontrar un rostro ajeno, buscando ahí donde no estabas, quizá buscándote como yo me busco ahora en tu recuerdo. En mis recuerdos te encuentro también, ahí donde no estuviste pero ahora te apareces como eco, como prefiguración o augur; cuando para evitarle lo que tú sufres a una mujer querida, me convencí de que uno no abandona a otra persona ni deja de quererla sólo porque ve cosas invisibles para todos los demás. Acaso es por eso que uno empieza a quererla en primer lugar.

     Quisiera empezar por ser alguien que pudiera abandonarte para no hacerlo. Pero soy nadie, un idiota que en silencio mira hacia donde no está, para recordar tantas cosas que no entendió y verse al fin. Es así como me doy cuenta: tú me has hecho posible. Aquí y ahora, en este breve encuentro sin significado ni futuro. Tú me has hecho posible.

     Me gustaría decirte tanto. Pero sería un error hacerlo sin tener antes un traductor. O aprender de corazón tu idioma entero. Ese al que aspiraba con mi verte en calma y aprender tus gestos, atesorando tu sonrisa. Preferí callar. Con la palabra y el malentendido, sin fijarse en ti, te han hecho daño, han querido usarte como revancha, como bandera, como ejemplo. Por eso escojo el silencio, porque vivir en silencio es evitarnos daño. En silencio te dije: tú no eres culpable. En silencio quise decirte las palabras de otro como antídoto para la categoría idiota con que quisieron marcarte:

Tú no tienes la culpa de todo. Tampoco la tengo yo. Tampoco es culpa de la profecía, ni de la maldición. No es culpa del ADN, ni del absurdo. No es culpa del estructuralismo, ni de la tercer revolución industrial. Que nosotros vayamos decayendo y perdiéndonos se debe a que el mecanismo del mundo, en sí mismo, se basa en la decadencia y en la pérdida. Y nuestra existencia no es más que la silueta de este principio.
—Murakami, Haruki. 海辺のカフカ (Kafka en la orilla)—

A ese principio, a esa sinrazón y a esa decadencia, tú les haces frente. Con tus armas, con tu soledad. Con tus sonrisas de turista perdida en tierras lejanas, con tus gestos que son eco de una lengua muerta. Ojalá tuviéramos todos tu entereza, y así fuéramos capaces de saltarnos las bardas de la soledad con un incompleto diccionario a mano. Con decisión calzar un pie con el error y el otro con la perturbación mental para hacer pedazos esos nombres que joden al mundo. Ojalá tú nos hagas posibles. 

Alphonse Mucha. Invierno.— 

—Sylvia Plath— 


* * *

Días después. Cuando volví a verte, acaso por última vez, llevabas en el rostro la sonrisa más enorme y alegre que haya visto nunca. Tus ojos se fijaron en mi y en cada persona que se curzó por tu camino. Sospeché en tus ojos lágrimas de pura alegría, como quien por primera vez se encuentra con el mar o la nieve. Sonrisa pura, sonrisa inocente. Qué lindo eso de que, a pesar de todo, en silencio y desconocidos, fuimos capaces de sonreír.

viernes, octubre 28, 2016

Prohibidos paladines

Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más lejanos, lejos de toda presencia humana, como un suicidio.                      — Franz Kafka, carta de 1904.

Encontré la opinión de Kafka en Una historia de la lectura de Alberto Manguel, autor que conocí cuando su Curiosidad. Una historia natural llamó mi atención. Luego me hice con La ciudad de las palabras y la ya mencionada historia de la lectura. Descubrí tres maravillosas invitaciones a la lectura de un autor erudito y de buena prosa. Lo que no me esperaba, al tratarse de tres libros de ensayos, fue que resultaran ser lecturas de esas que describe Kafka, profundas, dolorosas:

     En La ciudad de las palabras Manguel analiza el castigo impuesto por el Caballero de la Blanca Luna a don Quijote: volverse a casa un año y abandonar la caballería andante. El castigo es también la condición para que el de la Blanca Luna reconozca la belleza de Dulcinea y celebre su virtud. Y si  don Quijote acepta, no es porque le hayan vencido, sino por Dulcinea.

 -Dulcinea by Charles Robert Leslie-

Combate, castigo y destino llevan ambos el nombre de Dulcinea. Esto último lo digo o agrego yo, no Manguel. Las reglas de la caballería ubican al amor por encima de todo. Así Lancelot en su carreta y don Quijote de camino a casa. Dice Manguel:

Algunos incidentes más ocurren en las páginas que siguen, otras visiones y otros supuestos encantamientos, pero la consecuencia de tal promesa es que don Quijote vuelve con Sancho a su aldea y pide que lo lleven a su lecho donde, una semana más tarde (explica acongojado Cide Hamete), “dio su espíritu: quiero decir que se murió”.

Esta muerte repentina siempre ha despertado curiosidad. Es un enigma sobre el que vale la pena reflexionar. Don Quijote muere sin que nuevas fantasías de corte pastoril lograran inyectarle vida. La explicación de Manguel me parece esencial:

Dejar de ser don Quijote, por un año o un momento es como pedir que el tiempo cese. Don Quijote no puede, simultáneamente, dejar de actuar y seguir viviendo [...] no puede [...] dejar de continuar la narración en la que su vida se ha convertido ni de comportarse como un paladín. 

Don Quijote muere porque se le ha despojado de la identidad. Fue entonces cuando la lectura me arrastró a mí también como en un laberinto de identidades despojadas, de narraciones truncas, disonantes. Y es que el pinche amor, esa gran paradoja.



El Quijote se retira de la caballería por amor a Dulcinea. Ese amor existe sólo en la narración de don Quijote. Sin ella no hay vínculo entre Alonso Quijano y Aldonza Lorenzo. Amor y promesa son consecuencia del sueño imposible. Así, cuando el héroe vuelve a casa, desaparece también la razón para regresar. Sería preciso volver a montar en Rocinante; pero hacerlo implica romper la promesa empeñada en nombre y por honor de la ilusoria dama. De pronto, como decía Kundera, la vida se ha convertido en una trampa. Es entonces cuando al fin llega la locura verdadera, la de fiebre y muerte. La promesa deja de tener sentido en el mundo del hidalgo, quien carece tanto de sentido que un día vino a convertirse en caballero. Fe y  realidad convergen en ausencia de sentido. El de la Blanca Luna se ha salido con la suya: venció a la locura con las reglas de la locura. Y así dio con la cura de todos los males: la muerte. Bendita receta. El amor hirió de muerte al amor. Amor entre dos personas que no existen sino en la narración. El amor es ficción y es realidad: es identidad. Entenderlo me rompió un poco el corazón. Pensarlo un poco más fue, como acaso escribió Kafka, un suicidio. Veamos:

     En mi vida he sido presa de viajes y Dulcineas. Algunas de ellas, como yo, como Quijano, estaban alunadas. Otras no. Es lo de menos. Pero más de una se disfrazó de Caballero de la Blanca Luna y me condenó al exilio. Pienso en Dulcinea, esa llave del misterio. La cosa va más o menos así: un buen día, la Dulcinea en turno, le dice al Quijote región cuatro: »por amor de mí, te volverás a casa, dejarás de llamarme, de buscarme, de escribirme. No pensarás en mí, no serás mi caballero ni yo seré más tu dama, por un mes, por un año o peor, como dijo el de la Blanca Luna “hasta el tiempo que por mí le fuere mandado”. Si superas esta prueba, volveré, o quizá no, pero conmigo o sin mí, habrás demostrado que tu amor es sincero y yo admitiré que Dulcinea existe, o por lo menos existió.«


Las razones para tal discurso son discutibles, así pasa con toda razón. Más tardé en volver a casa y pedir esquina, que en volverme loco y morirme. Por lo menos como era antes de entregar la promesa absurda. A veces fui presa de una ansiedad que, en retrospectiva, me hace pensar en la agonía de Quijano y su breve retorno a la luz antes de expirar. Algo muere, por supuesto, cuando utilizan la ilusión y la fe para acabar con la identidad que uno se ha inventado como paladín y fiel enamorado de. Si me amas, dame un tiempo, dicen. Chale. Entendí la angustia del Quijote de camino a casa, y la mía en esas infelices tardes o noches de no llamar y no pensar, cuando Manguel me lo explicó así:

Ese año que el bachiller Carrasco pide a don Quijote, pertenece a un tiempo falaz, el de la no-existencia. Es el tiempo del que hablan los condenados de los infiernos reales y literarios, el tiempo de la deshumanización, una suerte de eternidad en la que nada, salvo el dolor, transcurre y la persona pierde aquello que le permite darse una identidad a sí misma. Es un tiempo sin espejos, o de espejos falsos que reflejan el vacío [...] en el que se enseña [...] a olvidarse de su propia persona y a convertirse en otro, en alguien que identifica lo deseado con lo superficial, lo inútil, lo estéril.

Es un tiempo imperdonable, digo yo. Precisamente porque obliga a reconocer a Aldonza en Dulcinea. Porque identifica a la amada con lo superficial, lo inútil, lo estéril. Así murió don Quijote.



Por lo general el de la Blanca Luna, es decir, el discurso y el exilio, me sale al encuentro  cuando regreso de un viaje. Desde el cuarto centenario de la publicación del Quijote, me persigue un mal encantador que me condena a volver a casa quijotescamente feliz y directo a perder eso que me hacía posible darme una identidad que exigía volver a casa. Me puse a pensar en aquél entonces, cuando recién celebrábamos ese cuarto centenario, andaba yo en Madrid y ahí me encontré con ese juego de écfrasis que es La leyenda de la Mancha, donde la historia se desdobla en música y habla del fatídico encuentro entre Carrasco y Quijano en este modo:

Cuentan que estando cerca el final
de su viaje vio llegar
a una silueta que con el sol
su armadura hacía brillar.

Cuentan que su rostro nunca vio
pero su voz anunció:
"Soy el caballero de la Blanca Luna
y a vos he venido a buscar".

El mismo día en que compraba ese disco quijotesco, escribía en mi diario sobre una llamada telefónica que hice a unos pasos del mercado de Fuencarral, lejos del mundanal ruido. Habían pasado 31 días desde que me despedí de ti, a quien no olvido:

Su voz me hizo sonreír de inmediato. Platicamos un rato largo, un poco difícil porque, mientras más se acerca el reencuentro, más parece dolerle a ella que haya venido. Dice que tenemos que platicar en cuanto llegue, porque al final del día, el hecho es imposible de negar: yo la dejé. Y tiene razón. Pero también debe saber lo mucho que quería su compañía en este viaje.

Creo que ahí en la calle, en país extraño, lloré al colgar el teléfono. Y volví a llorar al terminar de leer Norweigan Wood mientras despegaba el avión hacia México. Entonces no supe explicarme esa triste desesperación. Es verdad que sospechaba el fin, pero tenía esperanza. Como el Quijote cuando se encuentra con el de la Blanca Luna. Ahora entiendo: lloré porque me sabía culpable. No fue ella quien me dejó, ni quien estaba por dejarme. Fui yo quien se tomó un tiempo para hacer el viaje. El de la Blanca Luna, con su armadura resplandeciente al sol, tenía mi rostro. Yo fui quien desterró a Dulcinea hacia ese tiempo falso, sin espejos. Fui yo, destructor de identidades. En todos estos años no había vitsto el rostro del de la Blanca Luna, ahora lo encuentro en el espejo. Con mi voz dice: a vos he venido a buscar. De hoy en adelante, prohibidos paladines. Hay excomunión.



 * * *

Hay mucho más qué pensar sobre cada viaje, cada novia y cada maldición. Hay que volver a ponerlo todo sobre la balanza para hacer frente al presente: el que se va soy yo. O así parece. Reflexiones como esta en cada apartado de los libros de Alberto Manguel. Hay que leerlo, en serio. Y las ediciones de Almadía son maravillosas. Sin perderse el diccionario de lugares imaginarios, que es infinito.

Bibliografía: Manguel, Alberto. Una historia de la lectura. Oaxaca : Almadía, 2011, (2005). Manguel, Alberto. La ciudad de las palabras. Oaxaca : Almadía, 2010, (2009). Manguel, Alberto. Curiosidad. Una historia natural. México : Almadía, 2015. (2015).