martes, febrero 17, 2015

Lamento de Leandro

Ich geh doch immer auf dich zu
mit meinem ganzen Gehn;
denn wer bin ich und wer bist du,
wen wir uns nicht verstehen.
                                            —R. M. Rilke



Una despedida pensé aquella noche de domingo al cerrar los ojos, eso pensaría cualquiera al irse a dormir. Una despedida tierna esa mañana, rememorándola con los ojos abiertos o cerrados, intentando acomodarse entre las sábanas, una despedida en el desayuno, en las últimas caricias y las manos que se entrelazan todavía en la memoria. En esos besos desesperados que aún se sienten por la noche, en esos últimos instantes de conciencia en que uno no sabe si ha de morirse o si despertará después siendo otro o siendo el mismo. Una despedida llena de amor y de esperanza, llena de dudas y de la lenta agonía de estar lejos, de apartarse por voluntad contaminada de necedad. Porque ninguna falta hace enfrentarse otra vez a la noche en soledad, a la certeza de que es imposible verla, de que no hay coincidencia que una los caminos, ni fuerza ni encuentro posible porque estamos tan lejos y la noche tan fría aunque no haga frío en absoluto. Una despedida pensé entonces, aquella noche, última noche. Después la noche de los tiempos, la tempestad de los días que pasan sin acercarnos, que apartan a este Leandro idiota de su fingida Ero. Una despedida antes de volver a cruzar el río, guiado por esa lamparita distante, con la esperanza de llegar alguna vez a conciliar la vida que no vivimos juntos. Que no viviremos juntos. Pero estaba equivocado. Fue la última vez que nos despedimos de ese modo. Nunca más la abrazaría y la besaría enamorado. No volvería a sentir su piel cercana, cálida; nunca más sentiría su perfume que llenaba al mundo en ausencia, cada noche, todas las noches, en aquellas noches que fueron mis días de quererla y extrañarla y no tenerla. No fue una despedida. Fue un adiós. Pero yo no lo sabía. Y por eso aquella noche, al cerrar los ojos y soñar despierto con el desayuno de esa mañana, con las caricias y los besos desesperados, con el amor que volvería a ser, con tantas cosas, pensé que había sido una despedida. Aún haría falta el paso de muchas noches antes de despertar siendo otro, pero aquella no fue una despedida, no fue un hasta pronto. Fue el instante en que se sucumbieron los planes y el futuro. No quedó nada porque Leandro se ahogó cuando su Ero apagó la luz y no volvió a asomar el rostro nunca más. En la noche de los tiempos y la tempestad de los días. No fue la brisa. Fue ella quien apagó la luz. Y él se despidió la noche previa, pensando que sólo se despedía, pero al decir adiós y cruzar el río con la esperanza de volver, no sabía, no podía saber que ya no tenía futuro. Que ahí se había terminado y caminaba muerto en vida, esperando ansioso la noche siguiente, con su viscosa oscuridad y esa luz distante para cruzar el río, la luz que no existió nunca, porque al decir hasta pronto ella sabía que no volvería a encender la luz, que era hora de volver la espalda a la noche, hora de cambiar de amante, de sacrificarle otro amor a los dioses. Una despedida, pensé. Pero era la última. Era el principio de un lento ahogarme esperando la llegada de una luz distante que no brillaría otra vez. Nunca más.

Febrero 17, 2015

martes, enero 13, 2015

San Kant no escuchará mis ruegos

Contar la historia y repasar en voz alta para oídos ajenos la intimidad de la muerte y la soledad es siempre una traición. Y traidora la memoria que no sabe distinguir entre haber vivido y estar hablando, la memoria con sus atajos y su infinita capacidad de recordar. Stuschevatsia.


Stuschevatsia, si es que así se escribe, es el título de la novela que persigo desde más o menos 2004. Desde febrero de 2013 no he trabajado en ella. Sin embargo hoy he puesto en un nuevo documento las palabras et in Arcadia ego. El principio de la gran revelación que está atorada ahí desde 2009, cuando empecé la maestría y dejé de escribir. Mi última incursión en esa historia que no termino de escribir, pero que ya conozco, ocurrió el 13 de Febrero de 2013. Murió un abuelo, yo amaba a la nieta que lo lloraba. Vaya uno a saber si lloraba yo por el abuelo, por la nieta o por todos, que hemos de morirnos. En todo caso, me puse a pensar en eso de doler, sufrir y al final morirse. Y escribí esto que bien podría ser un prólogo para la novela que no he terminado, pero un día será pasto de las llamas...
 
* * *
 

Hace un poco más de tres años no me detenía a pensar con cuidado en la historia de Fedor y su Daniela. Menos aún me sentaba a escribir otro fragmento de ese drama que no lo es. La idea ha sido desde siempre el explorar y acaso demostrar esa visión contradictoria del dolor y el sufrimiento. Recordamos estadísticas de Mao, Hitler y Stalin, diciendo al mismo tiempo que los números son abstracciones y nada dicen el sufrimiento que se esconde detrás. Pero recordamos estadísticas, levantamos museos y llenamos paredes con nombres en letras de oro, tantos nombres que se vuelven ilegibles. Olvidamos, en cambio, todo sufrimiento individual, no queda rastro alguno de esos rostros que, sin ser importantes para la historia, también sobrevivieron o no a su dosis excesiva de sufrimiento: los muertos en un secuestro, los asegurados sin razón en el infierno de la cárcel, y esos otros más modestos y menos sensacionales que, como Daniela, pasan la vida entre maltratos dignos de un kapo que, sin embargo, están obligados a amar porque es su padre o su hermano o lo único que les queda en el mundo. Porque de ellos viven y no existe otro mundo fuera del que comparten con ese amado kapo que es familia, que es preciso amar porque define al amor. Olvidamos pronto y como si no hubiese existido el dolor individual, con rostro y sin siquiera justificación histórica. Olvido que se debe, sobre todo, a que contar la historia es hacerla abstracta. El dolor es indescriptible, es incomunicable o, en todo caso, tiene su propio lenguaje, incomprensible para todos los demás, los que hemos vivido una vida mimada y a salvo. Incomprensible para los que a lo sumo hemos experimentado una tragedia pequeñoburguesa.
 
No sé si sea posible encontrar un punto medio. Anna Frank, por ejemplo, es ahora una atracción turística y ya no tiene deudos que la lloren. El altillo donde se murió de soledad, de odio y hambre es ahora el pretexto para una novela que se vuelve película y que me parece una asquerosa vulgaridad. Fuck you Mr. John Green. El mismo diario de Anna Frank es un best-seller que ponen a leer a niños de primaria como si fuera una más de las barbaridades imaginadas que recopilaron los Grimm. Pocas veces he sentido tanto asco de mi humanidad como en Amsterdam al mirar la fila de personas esperando a entrar en los aposentos y la buhardilla de esa ídolo de masas que es Anna Frank, esa que ya no tiene mucho que ver con la niña que sufrió, con la cara que tenía en el último respiro. Anna Frank nada más que como una atracción del circo de la vida, como el rostro sonriente que nos queda en alguna de sus fotografías. Cientos de personas bajo la lluvia fumando, bebiendo una cerveza o matando el tiempo con el celular o el cuerpo de la pareja que cargan a un lado. Con tirantes de verano y pantalones cortos bajo el impermeable y el paraguas. Fotografiándose junto a la fachada para decir “estuve ahí”, con el mismo orgullo idiota con que dirían que estuvieron e Hollywood y pusieron sus manos sobre la huella que dejó Brad Pitt sobre el pavimento, el mismo orgullo con que dirían que estuvieron en el gran Cañón o en Disneyland. Qué asco. Qué pena ser humano. Qué vergüenza estar ahí y darme cuenta de que esa es la más elevada muestra de humanidad. Y haber estado ahí. Qué pena haberme vestido de negro en esa tarde lluviosa por la pequeña y muerta Anna. Lo mismo que unos años antes en el cementerio judío de Praga. Y en sus sinagogas. Qué asco el vendedor que me confesó que los alemanes no eran bien vistos en Amsterdam, cuando los alemanes de hoy no tienen nada que ver con los de los cuarenta y, en todo caso, se debe a Himmler esa abominación de atracción turística, fotográfica, de novelas para jóvenes y películas de Hollywood. Qué pena y qué hipocresía marcarme así advertirme del peligro que implicaba llevar puesta una playera de la selección alemana de fútbol. Con independencia de que sea uno mexicano. Qué asco ser así de humano. Estar allí, haber recorrido miles de kilómetros y contemplar ese espectáculo sin saber bien si tenía intención de unirme o no. Pero no. Preferí no acercarme siquiera, me di la vuelta y me alejé. Preferí imaginar la casa de Anna Frank como fue y ahí en medio, a esa niña asustada y sola. A mí también me duele, esa es mi oración. No puede dolerme como a ti, no sé ni me imagino cómo fue tu dolor, pero te juro, por lo menos, que nunca mientras viva sonreiré al contarle a alguien que pisé tu mismo suelo. No sentiré orgullo. Me dolerá recordar tu calle, tu casa, tu nombre. No puede dolerme como a ti. Pero a mi también me duele.

Si Anna Frank y la Lista de Schindler son ejemplos del justo medio entre la memoria de las cifras y el olvido de los rostros, estoy cierto de que debe haber algo mejor, de que puede existir una vía distinta. Sin el consuelo falso de un dios que recuerde a todos y a ninguno, debe haber alguna forma. Mejor dicho, quisiera que existiera otro modo. Pero conforme avanzo en la escritura, me convenzo cada vez más de que no hay modo de rendir a las personas el culto que le rendimos a las cifras. ¿Qué es tu tragedia frente al Holocausto? ¿O frente a Kosovo y Albania? ¿Frente a Sarajevo y la China maoísta? No es menos ni es más. Al hacer esa pregunta traicionamos a la vida, traicionamos eso mismo que pretendemos defender. La virtud tan cristiana de la resignación por comparación me parece horrenda. No llores porque otros han sufrido más que tú. O quizá no sufrieron más, pero eran millones las vidas y los muertos y los maltratados. La comparación análoga de la calidad o cualidad es la fe retorcida del siglo veinte, y vaya uno a saber qué fruto rendirá en el veintiuno. Es como hacer un concurso en busca del ser con más tumores malignos. Como comparar gangrenas entre mendigos y evaluar su productividad en términos de limosnas. No sólo es horrible (que es una impresión basada en la fe), también es del todo irracional. Es engaño, es mentira y es traición a todos los que sufren o han sufrido.
 
Tampoco el consuelo ni las buenas intenciones tienen relación causal con todo esto. Ni siquiera esa oración idiota “a mí también me duele” vale algo. Es una mera correlación lingüística, un comportamiento aprendido para significar lo que uno debe significar socialmente en esas circunstancias. Y sigo rogándole a Kant que el juicio encuentre un modo de reconciliar el deber metafísico y el deber moral.
 
Llevo casi diez años contando la historia y no termino. Hay capítulos que me hicieron llorar. Palabras que me pusieron de un humor insoportable. No creo haberme sentido feliz después de terminar una línea o un párrafo. Y sigo esperando que alguien, al leer, me ofrezca siquiera una respuesta, una señal de que entiende mi angustia, el sudor y temblor de manos que me acompañan al poner un punto y apartarme del teclado. Quizá es que escribo mal, pero me consuela pensar que soy honesto porque escribir cada línea me duele. Física y emocionalmente, la maldita novela es un desgaste y un fracaso. Ojalá un día encuentre a su lector, pero lo dudo. Porque cada historia es un fracaso.
 
En las palabras está el amigo de papá al que mataron en un asalto, y la amiga secuestrada de mamá que hallaron en pedazos junto a la carretera. Sin razón. Y las novias, enamoradas o no de mí que me abrieron el corazón con el sufrimiento que no compartí y al que no supe corresponder. Estoy yo mismo, en toda mi asquerosa complicidad de actor y espectador en el drama del sufrimiento y del dolor. Mis manos en dos, tres, mil golpes necesarios y sin sentido alguno. Soy yo con la conciencia de haber estado de ambos lados, torturador y testigo. Nunca herido. Y con heridas que a pesar de todo desestimo al compararlas neciamente con las ajenas, y causadas o no por mí. Soy yo buscando paz o penitencia, a veces son lo mismo. Hoy me di cuenta, no es que lleve tres años sin escribir porque no tenga ideas o porque no sepa cómo sigue la historia. Es porque a veces me falta valor para sacar de mí las palabras y el dolor y los malos entendidos. No sé cuánto tiempo más me tome terminar la novela; cada vez que, como hoy, me pongo a escribir, me prometo que acabaré de una buena vez. Pero la memoria y las sombras terminan por acobardarme. Por lo menos, insisto, escribo honestamente. Quizá eso no sea una virtud, pero es una fe que me consuela. En ausencia de otra fe, acaso sea suficiente.
 
Hoy entendí que no habrá respuesta, que san Kant no escuchará mis ruegos. Que el juicio no sabrá conciliar la necesidad física con la necesidad moral. Que el prometido reino de los fines es mentira. Habrá silencio al final, ese lento disolverse en la nada que, por Dostoyevski, le da nombre a la novela. Entregar pedazo a pedazo, perderlo todo hasta que ya no quede nada. Esa es la esperanza que morbosamente convive con el deseo de que la publiquen y al fin me pueda tratar de novelista. Que al fin me lean muchos y ojalá me entienda ninguno. Sin puntos medios el dolor ni la ambición. Sin condiciones ni transigencias. Al final es un acto tan absurdo que termino por odiarme. Pero algún día he de terminar la porque la he empezado. Y porque se lo debo a todas las personas cuyo dolor está ahí, transmutado por alquimia de ficción en una historia. Se los debo porque no supe ser mejor. Por lo menos que me duela a mi también. Y que me duela cuando las páginas ardan y se pierdan para siempre. Porque publicar esa novela sería traición. Sería un poco como la labor despreciable del editor que hizo del diario de Anna Frank, algo que fuera legible desde la literatura. Una historia que leen los niños. Hay que terminar y luego borrarlo todo. Quemar las páginas. Porque contar la historia y corregir para otros oídos la intimidad del sufrimiento ajeno es siempre una traición. Eso, traicionar nos hace humanos. Eso es humanidad. La asquerosa traición del espectáculo. Eso es mi novela. No sé si es humanidad. Pero es lo que pienso de la humanidad.

Febrero 13, 2013


lunes, diciembre 01, 2014

Lecturas memorables 2013


We should study only what we should like to imitate; what we gladly take up and have the desire to multiply
—Friedrich W. Nietzsche

Uno se formula propósitos al iniciar el año y luego mira cómo la vida se mete en el camino. Pero no puede terminar el año sin que ofrezca esta pequeña lista de lecturas memorables del año previo. Es la tercera de su tipo y con la esperanza de que se convierta en tradición; que la edición del 2014 aparezca en los primeros días del 2015 y así.
          Este ejercicio de memoria y admiración pretende ser también una invitación a la lectura o una suerte de guía turística para la república de las letras. Así, a cada atracción recomendada en el recorrido, agrego un comentario que el ávido lector puede obviar si es que confía o apuesta por mi criterio. Como toda guía turística, reduce, deforma o falsifica; porque ninguna descripción sustitye la experiencia de la lectura. En todo caso estos 18 libros invitan a seguir leyendo. A leer cada vez más. A seguir leyendo siempre.


BULGÁKOV, Mijail. El Maestro y Margarita. Como ya lo he mencionado antes, narra la aparición del diablo en la Rusia comunista. Pero no olvidemos el desgarrador relato de Poncio Pilatos, su perro y su esposa en tiempos bíblicos. Belleza pura.

DOSTOYEVSKI, Fedor. Los hermanos Karamazov. De este grandioso libro, hay que señalar y leer, por lo menos, la historia del gran inquisidor que cuenta uno de los Karamazov. He ahí todo lo que le daba a Dostoyevsky para no dormir.

DOYLE, Arthur Conan. Rodney Stone. De las obras que Sherlock opacó, Rodney Stone es una historia de boxeo, intriga, traición y heroísmo modesto.

DOYLE, Arthur Conan. Hazañas y aventuras del brigadier Gerard. Narra las felices e infelices correrías de Gerard, durante las campañas napoleónicas. Piénsalo, un inglés escribiendo historias sobre uno de los creyentes del anticristo Napoleón...

FLYNN, Gillian. Gone Girl. De esos libros que uno no puede parar de leer. A pesar del final flojo y la adaptación al filme que no planeo ver, es un libro genial. No es un misterio, es la suma de misterios en torno a un misterio.

GAIMAN, Neil. American Gods. Una historia hermosa en torno a los objetos e historias en los que depositamos nuestra fe. Además, una joya del fan service cuando todos los dioses se enfrentan en dudosa batalla, un Ragnarok que se salió de control en mala onda.

KING, Stephen. The Long Walk. La idea de un concurso de supervivencia —que deja al ultramaratón en ridículo— da para explorar la conciencia humana. Sí, King, pero disfrazado de Bachman.

KING, Stephen. Roadwork. A veces es necesario plantarse como roca en medio del flujo de lo inútil. Plantarse con armas, explosivos y empeñar la vida. A lo mejor sólo el absurdo puede oponerse a lo inútil.

LaMURE, Pierre. Molino Rojo. Un entrañable recuento de la azarosa y complicada vida de Tolouse Lautrec, el pintor trágico de piernas chuecas que vivía en el Moulin Rouge.

MARTEL, Yan. Life of Pi. Otro que fue película pero no deja de ser un libro excelente. La pregunta es sencilla y directa, ¿qué historia prefieres creer? ¿En qué mundo prefieres vivir?

MURAKAMI, Haruki. La caza del carnero salvaje. Es difícil describir un libro de Murakami, sobre todo cuando involucra la búsqueda del dios carnero, las corporaciones secretas, una mujer de orejas hermosas y al viejo amigo que desapareció por culpa de una fotografía. Maravilloso.

MURAKAMI, Haruki. Baila, baila, baila. Continuación de La caza del carnero salvaje, retoma la historia del protagonista años después. Una novela sobre el vacío que queda tras una despedida y los procesos de reconstrucción que sólo a veces tienen éxito.

NIETZSCHE, Friedrich. On the use and abuse of history for life. Una mirada muy interesante al modo en que se atribuye un sentido —siempre demasiado conveniente— a toda acción humana. La alternativa es el sinsentido. A mí me gusta más esta segunda opción.

STENDHAL. Rojo y Negro. Julien Sorel y Madame de Rênal son dos nombres inolvidables en la historia de la literatura, del romanticismo y de la novela moderna. Algunos locos han quemado este libro de Stendhal por subversivo. Otros, nos quemamos en él.

TELLER, Janne. Nada. Una historia desoladora que demuestra que todo valor se atribuye arbitrariamente y no puede sostenerse frente al otro. Sea el amor, las posesiones, la experiencia vital o cualquier otra cosa que consideremos valiosa, es preciso aceptar que se disuelve en Nada.

TOLSTOI, Leo. Sonata a Kreutzer. El relato desgarrador de un arrebato de pasión que sigue de cerca a la pieza de Beethoven. Si bien Tolstoi se propuso demostrar el peligro que existe en la pasión, me parece que su lenguaje termina por causar el efecto opuesto.

TOLSTOI, Leo. Infancia, adolescencia, juventud. Tolstoi narra aquí sus primeros años, las alegrías, tristezas, obsesiones y arrepentimientos que forman una personalidad y dan lugar a la inquietud de escribir.

TOLSTOI, Leo. Resurrección. Más Tolstoi, porque los rusos escriben cosas maravillosas, como dijo Murakami, porque tienen todo el invierno para pensar. En esta obra menos conocida y desgarradora Tolstoi parece preguntarse si es posible remediar la condición humana; si será posible enmendar el camino...

miércoles, noviembre 19, 2014

Milan Kundera

Como quien invita una cerveza, un buen whisky o recomienda a su médico, los invito a leer a Milan Kundera. Creo que toda relación empieza por palabras que conquistan: una frase, un párrafo, un fragmento. Palabras que enamoran. A mí, ya sabrán, me conquistan cuando duele. Las líneas que siguen, tomadas de La identidad, duelen porque capturan la belleza encarnada con desesperación:

"Le dijo, pequeño mío, pequeño mío, no creas que no te quiero o que no te he querido, pero precisamente porque te he querido es por lo que no hubiera podido convertirme en lo que soy si hubieras vivido. Es imposible tener un hijo y despreciar el mundo como yo, porque a ese mundo se te envía. Por un hijo nos apegamos al mundo, pensamos en su porvenir, participamos de buen grado en el mundanal ruido, en sus agitaciones, tomamos en serio su incurable estupidez. Con tu muerte me has privado del placer de estar contigo, pero a la vez me has hecho libre. Libre frente al mundo al que aborrezco. Y si puedo permitirme aborrecerlo es porque tú ya no estás. Mis pensamientos sombríos ya no pueden atraer sobre ti maldición alguna. Quiero decirte ahora, tantos años después de que me dejaras, que he entendido tu muerte como un regalo y que he acabado por aceptar ese terrible regalo".


KUNDERA, Milan. La identidad. Tusquets : México, 2009.

  

domingo, octubre 19, 2014

El Juego y la Ciudad, el Faro y el Arma

Esta mujer ha venido a mostrársele como privación. La ha encontrado sólo para darse cuenta de que no puede ser suya. La ha encontrado sólo como imagen de todo lo que pierde con su partida
       —Milan Kundera. La Despedida.

Aquella noche habría sido más o menos fácil hacerle el juego a Cortázar. Porque no todas las noches ocurren coincidencias o milagros de ese calibre: uno encuentra a una mujer guapa que va en el mismo vagón del metro, leyendo un poco de literatura y que, para cerrar el trato, baja en la misma estación. Los tres requisitos que pone el cuento para invitarle un café a una desconocida. Y aquella noche, cuando por primera vez el juego me salió perfecto, nada. Fue como pasar en las cartas con la mano de ensueño por caridad o generosidad, o por ese odio que a veces existe contra uno mismo. Un desperdicio de perfección por las razones equivocadas. Vaya uno a saber si aquella chica medianamente guapa se hubiera detenido a escuchar mi invitación en esta época y en esta ciudad. Porque Cortázar inventó el juego en París hace unos cuarenta o cincuenta años; y lo que funcionaba entonces, ya se sabe. Si habría llegado yo a tocar aquella piel pálida y descuidada o a quitarle los enormes lentes de frente a los ojos para mirar su rostro con cuidado y ese miedo de siempre al olvido, a no reconocer una imagen querida o que puede llegar a quererse.
        Así, por los enormes lentes sobre su nariz, se explica el odio contra uno mismo y la generosidad. Porque parece un gesto magnánimo el ahorrarle la desgracia de conocerme. O se explica mi silencio por el hecho de que ella leía a José Emilio Pacheco y yo leía a Milan Kundera. Desde ahí se ve que hasta la literatura tiende fronteras cuando uno se desprecia lo suficiente. Es una excusa como tantas otras. En realidad, el detalle estuvo en los lentes, iguales en forma pero no en color a ese otro par de gafas enormes que a veces adornaban el rostro querido de la que no volveré a ver. Hay que admitirlo, se veían fuera de lugar en otro rostro y al mismo tiempo, eran una invitación a mirar atrás y terminar convertido en estatua de sal. Vi a la chica rubia perderse en la noche y la ciudad, pero para entonces ya estaba yo en ese país llamado Cortázar y pensaba en la ciudad que se construye con fragmentos de experiencias separadas, esa ciudad donde nunca encontraré a la danesa loca y tantas otras cosas. Nos veremos en la ciudad, la del modelo para armar, me dije. Ya no sabía a quien iban dirigidas mis palabras.
           Y es que nunca estuvimos juntos en Praga, por ejemplo. Pero en algún modo sí estuvimos. Yo, hace unos diez años, sentado en medio del jardín cubierto de nieve y pensando que ahí, en ese parque, en esa banca, abrazaría alguna vez a la mujer que sería o llegaría a ser el norte de mi vida. Aquella vez tomé una foto de la vista para que hubiera un registro, una imagen que mostrar diciendo: mira, aquí estuviste conmigo. Cuando en Praga no se usaban euros, se usaban coronas. Aquí pensaba yo en que la vida está en otra parte y tenía razón, porque la vida estaba entonces contigo, esperando a ser vivida. Quizá un día, un atropellado o el juego perfecto en un vagón de metro, y aquí estamos. No estuvimos juntos en Praga, pero estuvimos, porque yo pensaba en estas cosas antes de conocerte y tú, en cambio, acaso pasaste por este mismo jardín y miraste la misma ciudad con algo de nostalgia y un poco de rabia porque llegaste allí muy tarde, cuando ya me habías perdido o abandonado o alguna cosa entre esas dos.




Porque como todo en el mundo, lo nuestro fue destiempo y la ciudad nos unió en momentos distintos. Y eso es belleza, como leo en Kundera, es una chispa que arde, cuando a través de la distancia de los años, de repente se tocan dos edades. La belleza es una ruptura de la cronología y una rebelión contra el tiempo. Lo nuestro fue belleza porque yo estaba ahí soñando con el futuro que tú lamentarás haber desperdiciado. Como yo ahora me lamento de no haberle invitado un café a esa chica rubia y medianamente guapa que leía a José Emilio Pacheco a través de sus enormes gafas en un vagón del metro. Pero la ciudad será el escenario donde, por lo menos, los fantasmas volverán a verse, donde la memoria sabrá reconstruir aquél futuro que devastamos al tomar una o muchas decisiones equivocadas.
         Se fue la chica, te fuiste tú y cada día son más los rostros familiares o queridos que se van de aquí y buscan su lugar en esa ciudad armable de recuerdos, donde estamos todos juntos aunque siempre demasiado pronto o demasiado tarde. Por eso es fortuna que no me llame Traveler, aunque tenga un gran amigo Manuel. Me daría rabia llamarme Traveler porque yo sigo aquí y no me muevo, condenado como un faro a permanecer inmóvil y encender la luz para que los viajeros sepan que aún existe el sitio de donde partieron, a donde pueden volver. O condenado como el encargado de ese faro, a vigilar la costa y perder la mirada en el infinito sin atreverse a remontarlo. Farolero cada vez más solo y privado de esperanza. Ser el par de ojos que supervisan esa costa donde los barcos llegan y se van, llegan y se van. Todos saben que ahí, fijo entre las rocas, inmóvil en la orilla misma del devenir, espera el farolero con su luz y la mirada que dice bienvenida seas viajera, viajero; has sabido encontrar el camino de vuelta a lo que fue tu hogar o volverá a serlo. Al país de tu memoria. Es importante el papel de quien espera y da la bienvenida, pero también es un papel triste. Porque llegará el día en que los viajeros decidan no volver; o peor aún, el día en que el hogar y el viajero aún existan, pero el camino haya desaparecido. Kundera otra vez. El día en que el viejo farolero apague su luz y se tire al mar porque su imaginaria misión habrá perdido el sentido.
        Y entonces pensé, no habrá ya quien sepa decirte bienvenida, bienvenido. No habrá a quien puedas decirle te extrañé. Pero hasta entonces, soy yo, el viejo farolero ante la ira del mar quien los espera, a los amigos que se han ido, al hermano que ha partido, a las desconocidas que vendrán a meterse un día en mi vida leyendo a José Emilio Pacheco y hasta a ti que me perdiste. Los espero con la luz encendida todas las noches para que sepan encontrar el camino hasta esta escala de viaje que soy o fui. Aquí, inmóvil, el faro lanza una diminuta luz hacia el mar donde los barcos llegan y se van. Una modesta luz que parece decir te extrañé, te quiero. Y un abrazo para que no haya duda.

                                           * * *

El que se queda vuelve a lo alto del faro y contempla la ausencia de esperanza. Debí hacerle el juego a Julio, piensa. Y a punto de tirarse al mar comprende que otra luz responde a la suya. Ha ganado el juego porque se negó a jugar. Su nombre escrito o dicho a través de la distancia de los años. De repente se tocan dos edades. El camino no ha desaparecido. Hola, te extrañé como loco. Yo también, estoy temblando y el frío no se me quita. Pasa, junto a la luz, aquí podemos charlar antes de perdernos otra vez. Es que es tan bello verte bien, verte feliz. No te despidas todavía. Perdóname, es preciso que llore. Otra vez, por las dos edades que se tocan. Por el peso del alma y de la culpa. Porque la duda es el precio de la pureza. Por esta belleza que cada uno siente en su país, a través de la distancia de los años. Estamos solos, pero hoy duele un poco menos. Mañana acaso será peor. Hasta entonces, bienvenida sea el arma.

                                                     Octubre 18, 2014