viernes, abril 28, 2017

Baudelaire y el fin del mundo

Lo único seguro es el acto de la lectura, que rescata tantas voces del pasado, a veces las conserva para un futuro lejano, para un momento en el que tal vez podamos hacer uso de ellas de maneras valientes e inesperadas
     —Alberto Manguel. Una historia de la lectura.

Hace unos años, un viejo y querido amigo, César, descubrió las palabras para decirlo,  haciendo eco de Maimónides: creo, con fe verdadera, dijo, que la literatura salva. Hace poco, otro amigo de los libros, me dijo que recordó al fin un hecho fundamental: la literatura también cura.

     Menciono estos amigos y sus frases porque es necesario aceptar que la idea no es mía de origen, por más que piense en ello a menudo. Yo lo he dicho siempre de otra forma: que mis libros son el único argumento irrefutable en contra del suicidio. ¿Quién se mataría habiendo tanto que leer? Quizá sea este el único argumento que una y otra vez, en los momentos difíciles, funciona todavía.

     La literatura fue la primera razón para encontrarle sentido a la vida de trabajo, oficina y rutina; esa vida me permite pagarme el vicio. Sucedió en aquella tarde lejana cuando papá me llevó a esa librería de viejo sobre avenida Cuauhtémoc, casi esquina Álvaro Obregón —A través del espejo, creo que se llamaba—, a comprar mi primer Quijote, dejándome pagarlo de mi propio bolsillo. Un acto enorme, como si me hubiera dicho: «ya no eres un niño». Tendría yo dieciséis o diecisiete años. Y ese primer Quijote, esa librería, la compañía de papá, fueron la llave que me abrió el mundo entero. Mejor dicho, la infinitud entera de los mundos. Ahora papá dice que ha creado un monstruo. Mi biblioteca es un Leviatán que invade su casa —y la mía— por partes iguales...

     Sospecho, por otro lado, que la literatura también es la primera razón por la que no he pisado —todavía— un psiquiátrico. Me temo que varias veces he tenido problemas para ser atendidos por un buen alienista. Basta releer viejos diarios para saber que algo no funcionaba del todo bien en ese espíritu o en esos nervios que fui, que he sido. En esos momentos de duda, cuando el fin del mundo estaba cerca, fueron los libros la ranura que dejó pasar la luz. El camino por el que llegaron los amigos que fueron y siguen siendo —como los libros— mi alienista, mi cura, mi salvación.

     Así por ejemplo, recuerdo que mis primeros años de universitario estuvieron caracterizados por la lectura obsesiva de Baudelaire. 

Un imponente tomo de Edimat. Los Paraísos artificiales, me dejaron loco y me devolvieron la razón. Esos Pequeños poemas en prosa me prestaron las palabras que entonces tanta falta hacían para saber pensar y decir lo que de callar me habría matado.


Fue también la época de Hesse, de su Lobo estepario y su Demian, que me enseñaron a escribir cartas a la ausencia y estirar la mano del mendigo. Junto con Hesse, Nietzsche y Zaratustra me hicieron ver que la pureza nada vale y que a veces el único camino para vencer el aislamiento o la alienación, es charlar con quien no te lo imaginabas posible. Con un muerto charlaba Zaratustra. Para mí la humanidad entera.

Es que en aquellos años me sentía separado de todo. Separado del mundo por un muro de vidrio invisible, viviendo en destiempo o en ajeno. En ese entonces, El perseguidor de Cortázar era como un maravilloso espejo. Y una carta de presentación. Se lo regalé a mi amiga Laura, como diciéndole: mira, este soy yo. Y dieciocho años después, mi amiga sigue aquí, aunque yo ya no me sienta Johnny Carter.

Ese cuento de Cortázar me hizo capaz de reconocer el daño que me hacía a mí mismo. Ese cuento también lo tuve en mente cuando en una noche de copas, al fin me decidí a explicarle a mis amigos Manuel y Nacho, que por alguna razón, que a lo mejor estaba loco, pero que entre el mundo y yo había una barrera, que esto ya lo viví mañana, que no me está pasando a mí. Y resulta que eso, la comunicación con los amigos, era el primer y único paso necesario para salir del confinamiento idiota.

     Con otro amigo Manuel —pero 8a—, fueron Cortázar y Benedetti los autores que ayudaron a soportar el tedio infinito de las clases de derecho. Conversaciones inoportunas y comentarios a media clase que terminaban en indisciplina fueron la manera de no abandonar una carrera árida y superficial como pocas. Todavía guardo la Casa y el ladrillo que me regalara 8a.

Amigos todos ellos, que fueron como el Bruno de este Johnny Carter región cuatro y sin talento, amigos que abrieron la puerta del cuartucho imaginario en París, del que nadie puede salir solo. Porque nadie se basta a sí mismo. Como dijo John Donne: “as any manner of thy friends or of thine / own were; any man's death diminishes me, / because I am involved in mankind”. Así terminó aquella alienación del mundo y de los otros. Con libros y con amigos. Que se hicieron posibles unos a otros.

     Ahí mismo, por Manuel, conocí a Stephen King. La torre oscura que muchos años después, serviría para que en una cama de hospital, los ojos de una niña recién emigrada se fijaran en este medio escritor y medio loco que cojeaba con la pierna rota.

     Ahí mismo, por Laura, está otra vez Baudelaire, con interminables conversaciones que iban a ninguna parte y que, como acabo de descubrir en Rushdie, tenían sentido porque la disputa es la mejor herramienta para afilar la mente. De Rushdie vuelvo a Las mil y una noches, que me arrastran otra vez a esa cama de hospital, al atropellado y su destino. Las historias de Sherezada fueron el regalo, el hilo de Ariadna, que me dio aquella dulce niña para que me acompañara en mi primer viaje, del que volvería sin duda, pero no intacto, no igual, ni del todo sano en la cabeza. Como Roland en su camino a la torre.

      Ahí mismo también, mamá leía el Conde de Montecristo. Y papá me heredaba en vida su colección de clásicos, en la que conocí a Gorki, quien más tarde se transformó en cuento con ocasión del regreso portentoso y discreto de aquella niña, perdida diez años atrás.

     Ahí mismo, Dostoyevski, que también terminó por ser parte de ese cuento, pero mucho antes me acompañó en el infierno de trabajar de pasante en el estado de México mientras mi vida estaba entre la Ciudad Universitaria y Coapa. Lovecraft, cuyos mundos ominosos proveyeron un contraste sano y tranquilizador para soportar esa vida de camiones, metro y vil humanidad. Por las historias de Lovecraft, la amistad con los amigos Daniel, Mauricio y Cynthia. Tool who?, la música, y eventualmente Houellebecq y más libros, más luz.

     Esos mismos escritores, Dostoyevski, Lovecraft, Houellebecq, trazaron también mis amistades cuando me puse al fin a estudiar literatura. Hijo de filos, nueva infancia en el sitio adecuado. Y nueva locura. Porque si alguna vez he estado seriamente a punto de matarme, fue entonces. Aquella tarde cuando estaba de pie frente a la reja que me separaba de un acantilado, insensible y seguro de que escalar esa barrera sería tarea sencilla. Tan sencillo como saltar después hacia las rocas. Lo evitó Haruki Murakami con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, que leí casi entero aquella tarde.
Y que, afortunadamente, todavía no terminaba al pararme frente al acantilado. No era sólo la cuestión de un pendiente, había algo más en ese libro, algo mágico. No lo entendí hasta que Álvaro, mi hermano, me explicó que el país despiadado, tenía la forma de un cerebro, como el Dios de Miguel Ángel en la Sixtina. Eso es todo, fantasmas en el cerebro, las furias de la falta de alimento, de sueño y estabilidad. Eso es todo, nada de culpas, nada de desamores que no merecían ese nombre, aunque sí sus muchas variaciones.



Como de la mano de aquél acantilado, viene, aunque años después, J.M. Coetzee, cuya Desgracia me llegó de manos de dos grandes amigos, David y Alicia. Charlando con ellos, con Coetzee, Oé y Jellinek, al fin me he hecho capaz de no sentir la tentación del acantilado. Porque no hay culpa. Revelación sugerida ya por el Paraíso perdido, y Lutero y todo lo de mi tesis que hizo posible esa charla de cervecería donde, por cierto, muchos años antes, se me ocurrió la idea para esa novela que aún no termino.

     Con esta vuelta al pasado se hace evidente que los amigos han venido siempre de la mano de los libros. O que han llegado con libros en las manos. Con pretexto de los libros. Lo mismo que la salvación, la cura, las ganas de vivir. Recientemente algún alumno se ha puesto a recomendarme buenos cuentos. Y parece el saludo secreto de una secta hermética.

     Lo que veo aquí es que cada vez que estuve a punto de rendirme, la literatura trajo respuestas, amistades. Como aquél Disparo al corazón que me recomendó César y está para siempre engarzado a una caminata nocturna por Polanco, tierra de ataques de ansiedad, llanto por el cáncer a ratos y a ratos por las decisiones insensatas de quienes uno quiere. Por cierto ni el cáncer, ni las decisiones han borrado nada. Pues cada mundo termina para que empiece otro. Y así Luhmann y luego Kundera, me devolvieron esos afectos.

     Lo que veo aquí, es que cuando la desesperación me quemaba por dentro, ahí había un libro también como tabla de salvación. Seda de Baricco, con una elegante dedicatoria en japonés, fue el agradecimiento y el sueño que le regalé a Isa, querida y distante amiga, que me acompañó durante aquella noche maldita en que me sentía como Príamo rogándole a Aquiles que le devolviese el cadáver de Héctor. Pero aquella noche aciaga, las manos de la muerte y del cadáver eran, malditamente, las mismas manos.

     Levanto la mirada de la libreta hacia los libros. Es verdad que la literatura salva. Es verdad que la literatura cura. Los libros y la gente querida parecen ser la misma cosa: razones para vivir y remedios oportunos. Poseo más libros de los que puedo leer. Y eso significa que poseo también más razones para vivir de las que habré de necesitar en una sola vida. Cada vez que voy a la librería me devuelvo a la sensación de los encuentros que ahora rememoro. Acaso alguien vendrá de entre las páginas para hacerme fuerte si es que un día ya no puedo más.

     Esta es mi carta de amor a los libros. Y mi carta de agradecimiento a los amigos. Todo esto me ha surgido, ¿saben? por las líneas de un poema:

           é preciso ler Baudelaire
           [...]
          é preciso viver com os homens
          é preciso tener mãos pálidas
          e anunciar o fim do mundo.

     Cada mundo termina para que empiece uno nuevo. Esa es la promesa de la literatura. Esto no dura, un rato más y entonces, fiat lux. Un cuento, una novela, un poema. Dicho de otro modo, un conjuro. Y fiat lux.

     La biblioteca seguirá creciendo implacablemente. Quizá sea una forma de hoarding. Pero me gusta pensar que es una acumulación insensata de esperanza y consuelo y luz. Cuenta la leyenda que a Borges le preguntaron una vez de qué libro suyo se enorgullecía más, y él dijo que su orgullo eran los libros que había leído, no los que había escrito. Yo pienso un poco como Eco, en el orgullo de los libros por llegar: los que uno planea leer, los que leerá aunque no lo planeara, los que no conoce pero están esperando, los que por error o desesperación, sin buscarlos, terminarán ante mis ojos. Mi orgullo es lo que está por venir. Mi biblioteca es un vestíbulo con casi tres mil puertas hacia futuros posibles.

     Mientras exista una puerta, habrá futuro, habrá luz, habrá esperanza. Y si no, que lo diga Paolo Giordano, cuya Soledad de los números primos transformó la forma en que unos ojos me miraban hace días, al otro lado de una mesa, de la rutina y el aburrimiento. En el vestíbulo de puertas infinitas, esos ojos me miraron y luego hacia un umbral que eran las páginas de Giordano. «¿Vamos juntos?», parecían decir esos ojos, «no sé bien por qué ni en qué calidad, pero ese umbral, quiero cruzarlo contigo».



Comprendo tu amargura, pero todo el mundo tiene que pasar por esto. Y tú también tienes que soportarlo. Después, sin embargo, te llegará la salvación. Y entonces se desvanecerán tus inquietudes y tu dolor. Todo desaparecerá. Créeme. 
     —Murakami, Haruki. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.

jueves, marzo 30, 2017

Samsara


 - Caravaggio, Michelangelo. San Jerónimo -
Samsara
-Es para ti, ya sabes.

For years.
For entire lives.
She is not here to hold my fucking hand.
For her hand. I am not.
For her heart. I am not.
I am not at all.
My nothing-hand was useless.

Blind-walking. Wavering steps. 
Trembling hand that she is not here to soothe.
Once, she was.
Every act. Every step. Every try and tumble.
Her hand was north and memroy and remorse.
Eevery thing was in her hand.
Samsara in her fingers.
Nirvana in her palm. 
Her soothing hand. 
Her wounding hand.
 
For her hand. I am not.
For her heart. I am not
I am not. At all.
I am sorry.
I have said it many times.
To the night. To the echoes. To the absence.
I am sorry.
Written a thousand times.
With this trembling hand that she is not here to soothe.

My hand stretched out still.
But she is not here to hold my fucking hand.
I wish she were.
I wish I was.

In life. Real or imagined.
In death. Feared, future and all-encompasing.
In love. Betrayed.
In guilt. Unforgiven.
In hope. Ever fugitive.
In absence. In echoes. In nothing.
In her disbelief. Unabiding.
In our last day. Shared or unknown.
Everywhere. Everywhen.
From every wound, scar and healing touch.

I reach out. My hand stretched out to her. Forever.
And she is not here to hold my fucking hand.
Blind-walking. Wavering steps.
Trembling hand that she is not here to soothe.

I am not.
For her hand. I am not.
For her heart. I am not.
For her. I am no-thing.
To her, I am nothing.
And she is not here to hold my fucking hand.
My trembling hand.
My fucking hand.
My nothing hand.
My nothing.

 - Merson, Luc-Olivier. Esmeralda y Quasimodo. -
Años.
Vidas enteras.
Ella no está para calmar mi mano temblorosa.
No estoy para su mano.
Para su corazón.
Para nada.
Mi mano maldita e inútil.
Andar de ciego.
A tientas.
Hacia la oscuridad estiro los dedos temblorosos.
Y ella no está aquí para tomar mi mano.
Aunque estuvo.
Cada acto.
Cada paso.
 Cada intento y traspié.
Su mano como norte y memoria y arrepentimiento.
En su mano.
Samsara de sus dedos.
Nirvana de su palma.
Su mano que es herida y es consuelo.
Pero yo no estoy para su mano.
Para su corazón.
No estoy.
No estoy.
No estoy.
Para nada.
Lo siento.
Tantas veces dicho a la noche, al eco, a la ausencia.
Lo siento.
Escrito mil veces.
Con esta mano temblorosa que ella no está aquí para calmar.
Quiero estar.
Y tiendo mi mano.
Pero ella no está para tomar mi mano.
Le tiendo la mano.
Pero ella no está aquí para tomarla.
En la vida real o imaginada.
En la muerte, temida, futura y que todo ocupa.
En el amor, traicionado.
En la culpa, sin perdón.
En la esperanza, siempre fugitiva.
En la ausencia, que es eco y nada.
En su incredulidad, que no cambia.
En nuestro último día, compartido o desconocido.
En todas partes.
En todo tiempo.
En cada herida, en cada cicatriz, en cada caricia.
Me estiro.
Mi mano estirada hacia ella.
Para siempre.
Y ella no está aquí para tomarla.
Andar de ciego.
A tientas y con mano temblorosa, que ella no está aquí para calmar.
No estoy para su mano.
Para su corazón.
Para nada.
No estoy — Ella no está
No estoy — aquí
No estoy — para tomar mi mano.
Mi mano temblorosa.
Mi mano.
Mi nada.


 Borrador semi-caligráfica del autor


lunes, febrero 27, 2017

Como la piel exige

The loss of their sanity is the lesser of their problems. They will tell you, if you let them: they are the ones who live, each day, in the wreckage of their dreams.
—Gaiman, Neil. Smoke and Mirrors.

En algún artículo científico —o pseudo— leo que los patrones de actividad cerebral que ocurren en situaciones de estrés, son muy similares cuando se comparan a víctimas de tortura, niños maltratados y personas que han vivido largo tiempo en una relación abusiva. Ese “muy similares” me hace pensar que hay gato encerrado. ¿Puede haber similitudes no tan similares? Me pregunto dónde está la línea entre lo “muy” y lo “no tanto” que da relevancia al parecido.
  
      Hace años pasé noches enteras intentando hallar respuestas a preguntas similares en la enciclopedia. Alguien se comportaba de formas incomprensibles y supuse que había una razón. Sería tonto describir el comportamiento y la manera en que los saltos enciclopédicos me llevaron al PTSD. Desde que descubrí el acrónimo, se ha vuelto uno de esos temas que me apasionan y repelen por partes iguales. Sumando perspectivas uno termina por quedarse en blanco. Cada visión aporta algo, pero ninguna ofrece respuestas. No hay certeza. ¿Qué ocurre con quien ha sufrido? Y, sobre todo, ¿puede recibir ayuda?

     Fue apenas, cuando leía (con bastante miedo) At the Mind’s Limits de Jean Améry que encontré algo parecido a una certeza. Parece que a veces, la respuesta es tan superficial que pasa desapercibida. Estoy consciente de que es escandaloso comparar a un sobreviviente de Auschwitz con cualquier otro ser humano. Con sus bemoles, carece de sentido. Si pensamos en una niñez a la Lisbeth Salander, quizá la comparación sea más válida. Lo mismo con las relaciones abusivas, no se trata de “mi novio no me invita a cenar”, sino algo parecido a Blue Velvet. En estos casos hay una traición constante, sistemática, a la superficie. Dice Améry: “The boundaries of my body are also the boundaries of myself. My skin surface shields me against the external world. If I am to have trust, I must feel on it only what I want to feel”.

—Not what I want to feel—

Sencillo, directo y casi doloroso. La superficie de la piel como frontera y posibilidad de confianza en el mundo, en el otro, en el lenguaje mismo. Y sin embargo, qué difícil es a veces determinar qué es eso que quiero sentir.

     En el caso de Améry, era claro que no escogió: “they are permitted to punch me in the face [...] they will do with me what they want”. Los compromisos sociales de respeto y ayuda mutua se desvanecen por la fuerza. Pero con la persona que escoge libremente una pareja que le golpea el rostro, ¿se los han arrancado? ¿o los ha elegido libremente? Parece que uno otorga permiso. Eso decimos siempre, ¿por qué lo permites? ¿por qué te quedas? Incluso ha sucedido que la persona cuyo rostro recibe golpes cotidianamente, le pide a quienes pudieran venir en su ayuda que no lo hagan.

     Hace meses, una persona —de cuya intención al hacerlo sospecho— me explicaba que su pareja era violenta. Que de vez en vez, arremetía a patadas, que a veces aplicaba encierros. Cosas así. Y sin embargo, el terror que sentía, no era hacia su pareja, sino hacia la idea de dejar esa relación. No temía las posibles represalias, sino al hecho de reconocer que algo salió mal. No hay mala intención en lo que hace, me dijo. Si mi pareja no es mala, el problema debo ser yo. Acaso no supe querer, domar, comprender o predecir la violencia. No era capaz siquiera de señalar al enemigo... O tenía razón al reconocerse a sí como antagonista...

       Volenti no fit injuria. «Quien lo desea (escoge) no sufre injusticia». Aplicar la frase en este caso es falaz. Pero es lo que hacía esta persona, suponer que esto es normal, que a todo el mundo le pasa, que ha sido sólo una etapa en la relación. Que es su elección y su responsabilidad: elegí la etapa de las patadas o los golpes en el rostro. Debo hacerle frente.

      Me recordó a Misery, donde Stephen King describe algo muy similar: “The survival instinct, he was discovering, might be only instinct in itself, but it created some really amazing shortcuts to empathy”. En la novela, Paul trata de ponerse del lado de Annie, de entenderla, consolarla, darle lo que necesita. Así se sobrevive, poniendo las necesidades del verdugo por delante de las propias. De ahí al síndrome de Estocolmo... En casos menos extremos, como el de una pareja que patea, es más o menos entendible, sólo en películas de horror o en Auschwitz se concibe a otro ser humano que por placer o por deber, lastima. Con la crueldad se puede dialogar, termina King, no así con la locura.

«Habla con ella, seguro entra en razón»

Por eso la locura es aterradora. Y el terror es locura. El miedo que describía aquella persona era irracional, como todo miedo. En consecuencia, no puede desvanecerse con meras razones. Todos hemos estado ahí. Con una pareja que no “podemos” dejar. Un trabajo, una carrera, un objeto. No “podemos” porque dejar atrás ese elemento, sería privarnos de un fragmento de identidad. La parte de nosotros que le quiere, que ha escogido, la parte esencial que forma vínculos y eligió formarlos con esta persona. Sin esa parte, sería locura. Y no estoy loco. Como no estoy loco, entonces debo haberlo escogido.

     Es precisamente la conclusión opuesta a la esperada. Lo opuesto de reconocer la locura en la situación vivida: “Caray, llevo años soportando arrebatos de patadas que, por cierto, no me gustan. No es lo que quiero sentir. Esto es locura”. Pero suponernos cuerdos es esencial para sobrevivir. Y resulta que terminar la relación es una forma de aceptar que se estuvo loco. Por lo tanto, uno podría seguir loco. O volver a estarlo. El terror a la locura hace imposible terminar con la relación y esta deviene, como dice Améry: “A reality that could not be escaped and that therefore, finally seemed reasonable”.

«See? I'm reasonable!»

Ahí está el abismo. No hay confianza posible en una realidad donde lo contingente parece necesario. Donde lo absurdo parece razonable. Donde lo sufrido se disfraza de decisión. ¿Cómo podríamos desarticular tanto desatino? Nadie escoge que le golpeen el rostro. Salvo quizá en el BDSM. O cuando uno mismo golpea, y por ese acto, invita a que lo golpeen. En el mismo sentido, nadie pasa por una etapa en que le gusta patear a otro y luego se le quita o lo supera. O en que lo hace sin querer y luego ya no.

     Por este camino me puedo explicar las afirmaciones del artículo ese, científico o pseudo. Pero eso no me acerca en nada a una respuesta, una solución. ¿Cómo convencer a aquella persona de que abandone la relación? Me gustaría haber sabido entonces lo que dice Améry: “Si he de confiar, entonces, sólo debo sentir en la piel aquello que yo desee”. Me gustaría haber podido decirle que escuche a su piel, esa que se revuelve cada vez que tiene lugar un contacto de abuso cotidiano. No escuches mis razones ni las tuyas. Haz caso de tu piel.

      Eso te pido ahora, si me lees todavía. O a ti, que acaso te confundes o te reconoces en estas letras. Siente tu piel y date cuenta de que no hay locura en no saber escoger. Es lo más normal del mundo. Siempre escogemos mal, porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestro saber. Corregir el camino es más fácil que construirse un hogar en el sitio equivocado.

      A ti que repites el error y lo conviertes en destino. A ti, que ves en todo esto una etapa. A esos que fuimos o seremos:

Leave now. 

Déjale.

No puede recuperarse el tiempo perdido. Pero que el presente, mientras exista,  sea como la piel exige: I must feel on it only what I want to feel.



Bibliografía: Améry, Jean. At the Mind’s Limits. Indiana : University of Indiana, 1980. (1966). Gaiman, Neil. Smoke and mirrors. New York : Harper Collins, 2001 (1998). King, Stephen. Misery. New York : Signet, 1987 (1987)
 


martes, enero 31, 2017

Estaciones 2016


Ecos del viaje que dura una vuelta en torno al Sol y que explora tantos libros como mundos se leen, algunos sitios quedan en la memoria. Planes distantes de volver, inspiraciones para la reflexión, destellos de ilusiones olvidadas. Aquí comparto esos lugares ausentes y tiempos abstractos que, desde los libros, nos invitan a viajar, cambiar de perspectiva, de cuerpo y de realidad.

—Waterhouse, John William. Echo.—

Estas son las joyas que me dejó el 2016, viente postales de viaje que comparto con ustedes:


1. Altamirano, Ignacio Manuel. El Zarco. Planeta
DeAgostini. Ignacio Manuel Altamirano es uno de esos autores que descubrí como tarea en la prepa y se quedaron conmigo, contra viento y marea, a pesar de los prejuicios y los malos maestros. En esta historia de amor y desengaño ubicada en lo que hoy es Cuautla, Altamirano le da una vuelta de tuerca a las chicas buenas que se enamoran del bad boy. Los plateados de tierra caliente encuentran en esta novela su justo lugar en la literatura. Bandidos y mártires. Amantes y salvajes. Con la prosa preciosista de nuestro siglo XIX.
  




2. Armstrong, Karen. A History of God. Ballantine Books. Este puntual y fascinante recorrido por las grandes religiones del mundo nos recuerda lo que unas y otras tienen en común. Judaísmo, Cristianismo, Islam y otras. Es un poderoso remedio contra los extremismos y contra toda discriminación. Al final, el cerebro persigue sus fantasmas.


3. Asimov, Isaac. Robot Visions. Roc. Una compilación de historias y ensayos en torno a los cerebros positrónicos. Me puse a leer a Asimov por causa de una mujer, y el autor de Yo robot, por lo menos, no da lugar al desengaño. En esta colección están algunas de sus historias emblemáticas. Es una muy buena introducción al mundo de Isaac Asimov.

4. Cutter, Nick. The Troop. Gallery Books. Si los
niños de El señor de las moscas fueran parte de 28 Days Later y tuvieran además que vérselas con un gobierno conspiratorio a la Cabin in the Woods. Algo así de estrambótico, divertido y aterrador.



5. Cutter, Nick. The Acolyte. Gallery Books. Un detective hardboiled. Un estado religioso totalitario postapocalíptico. Una catástrofe nuclear. El hijo de Dios. Y la conspiración que los une a todos.

6. Durrell, Lawrence. Justine. Edhasa. El principio del maravilloso Cuarteto de Alejandría, Justine es una aventura en torno a la relación caprichosa entre la belleza, el amor, la memoria y la casualidad. Ya lo he dicho antes, creo, que Durrell opina que nadie conoce, ni pude conocer, a quien ama. Justine demuestra que al fin, el amor por lo desconocido, es el más bello y el único posible. Toda pasión es un malentendido.

7. Durrell, Lawrence. Clea. Edhasa. En el final de su increíble Cuarteto de Alejandría, Durrell nos recuerda que no hay manera de corregir los errores, de disipar el malentendido o amar a la persona correcta. Todos esos conceptos, que dependen de la perspectiva, quedan inutilizados cuando al fin se sabe todo. Y ese todo revela, que parcial es nuestra ciencia. Siempre será así.

8. Elizondo, Salvador. Farabeuf. FCE. La indescriptible obra de Elizondo, construida sobre los resultados del libro de las mutaciones, la caligrafía china y la tortura, es una historia de amor sádico, es un misterio indescifrable y es una postal de la eternidad.

9. Glattauer, Daniel. Un regalo que no esperabas. Alfaguara. Es la crónica sencilla y emocionante del misterio en torno a una serie de actos de bondad anónima. Nos recuerda con esperanza, que a veces un sólo acto sin remitente puede redimir. No se puede negar que Glattauer es algo cursi, pero la esperanza suele serlo también.

10. Kazantzakis, Nikos. Zorba, the Greek. Faber. Pocos personajes tan memorables como Zorba, de quien puede decirse todo y nada. No cabe en descripciones. La novela emociona, inspira, duele. Y no se olvida. Como todo lo de Kazantzakis, es una sacudida a cada una de las ideas que uno tiene por claras y evidentes o, peor aún, por sagradas.


11. Kerr, Philip. Prayer. Quercus. En partes iguales, se trata de una novela de suspenso, una historia de terror y un tratado sobre el furor religioso y la naturaleza de Dios. En ambos aspectos, literario, filosófico y teológico, Kerr demuestra que es un genio. Es una novela imperdible.

12. King, Stephen. It. Signet. En esta novela muy extensa, King demuestra que lo importante no es la meta del viaje, sino el camino y cada instante que tardamos en recorrerlo. Sin duda el final es tan anticlimático como sosa es la adaptación fílmica, pero la construcción del libro es un juego impecable de cajas chinas o muñecas rusas. Con el cuidado y la belleza artesanal de esos oficios. Así se escribe.

13. Krakauer, Jon. Into the Wild. Villard. La historia de una renuncia completa, poética, a la idea de la vida y el futuro como algo dado. La renuncia libera y lleva a la belleza. El libro ha sido adaptado para el cine maravillosamente. Y criticado también, pero no deja de ser hermoso y fascinante. Inspirador.

14. Lem, Stanislaw. Solaris. Impedimenta. Ya he escrito de Solaris. Es maravillosa. Es el principio de un largo romance con Lem para quienquiera que la lea.

15. Loridain-Ivens, Marceline. Y tú no regresaste. Salamandra. Este libro es una desgarradora carta de amor a la ausencia y la desgracia. Una mujer, que fuera niña deportada a los campos de concentración, escribe al padre que perdió a manos de la barbarie.

16. Manguel, Alberto. Curiosidad, una historia natural. Almadía. Un recorrido por la Comedia de Dante y por la condición humana, el ensayo de Manguel es erudito, esclarecedor, divertido y bello.

17. McEwan, Ian. Saturday. Jonathan Cape. Esta historia de un sólo día demuestra que la desgracia y la esperanza son como los dos rostros de Jano. Tramas entretejidas, sucesos descabellados, desconocidos y enfermos que chocan, accidentes con consecuencias increíbles. McEwan retrata la estrambótica circunstancia que llamamos “normalidad”.

18. Proust, Marcel. La fugitiva. Alianza. Es difícil resaltar una u otra parte de En busca del tiempo perdido, porque es como una catedral gótica, donde todo parece estar de más y también justificado a la perfección. Sin embargo La fugitiva me gusta de manera especial porque enfrenta al hombre con ese suicidio que es la idiotez disfrazada de nostalgia.

19. Proust, Marcel. El tiempo recobrado. Alianza. El final de la obra monumental de Proust. A lo mejor me gustó tanto porque es como llegar a la meta luego de leer un maratón. Pero, de las siete novelas, es una de las más bellas.

20. Spota, Luis. La plaza. Planeta DeAgostini. Una novela contada en canon por los que vivieron, sobrevivieron o murieron en la mascare de Tlatelolco. La novela funciona como ajuste de cuentas, teoría de la conspiración y eco de memoria y emoción. Maravillosamente narrada. Luis Spota es todo un descubrimiento.

sábado, diciembre 31, 2016

Feliz noche vieja

Feliz 2017 a ti también, que me lees sin palabras, como eco silencioso.

Gracias por sus lecturas!