miércoles, junio 29, 2016

Haunting love

—Para Milena, como siempre.


Todo hombre está hecho de barro y de daimon, y no hay mujer que pueda nutrir a ambos.
Su pensamiento, la verdadera belleza de la carne, que sin eso sería tan sólo carne muerta.
Nunca conocemos a los seres humanos y sus sufrimientos lo bastante como para tener siempre a punto la respuesta adecuada.
Lawrence Durrell

Lawrence Durrell lo persigue como poesía pura y consuelo y contradicción. En un ensayo. En una muerte. Y ahora en la conversación más triste y más linda que haya tenido jamás. Como tango de Gardel, errante en la sombra te busca y te nombra.
     Él confiesa como protagonista de un tango en 1934. Ella responde lo que dice porque es verdad, porque es lo que cualquier persona cuerda diría ante una confesión tan descabellada e idiota. Cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día, dijo él. Y ella respondió lo que él imaginó con temor. Vaticinio cumplido, terror superado. Como volver a Alejandría, encontrarse a Justine y a Clea,  morir de nostalgia y de rabia por lo que sólo existió como imaginación. No me siento real, dijo, porque yo ya soy otra.


La respuesta de ella es natural. Todo el mundo sabe que la vida se disuelve a veces en nostalgia, en ese ejercicio estéril de extrañar una halagadora falsificación de la memoria. La gente ama o extraña lo que cree haber vivido y no la realidad, todos detestamos la fugaz certeza de la historia. Lo vivido se disuelve en ese ejercicio de recuerdo y negación. Extrañamos lo que no fue, lo que deseamos en silencio que haya sido. La memoria es inconstante y no permanece indiferente a los cambios del tiempo y de la perspectiva
     El amor es un error, porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestro saber. Los hombres persiguen siempre a Justine, ese espejo donde vuelcan sus deseos y sus ambiciones de ser mejor de lo que son, para darle sentido al mundo por la supresión del yo. Y así se entregan también en retrospectiva al juego del espejo. Decía el doctor angélico que el deseo es el principio de la desgracia. Y él se está haciendo desgraciado porque presta voz a su insensata aspiración. 
     Para ella es tan claro, él parte de la ficción de la identidad. Cada uno de nosotros es único. Pero no entiende que somos incapaces de conocer, aceptar o desear a otro ser humano desde la ignorancia a que nos condena la realidad. Esto dice Durrell: tú no conoces a quien amas. La ignorancia permite que el amor exista. Y si pasa el tiempo sin que el amor muera, no será precisamente el mismo, porque los amantes han cambiado. Es por eso que lo que él confiesa carece de sentido, porque después de tantos años, la mujer que escucha sus palabras ya no tiene nada en común con la que hace tantos años se fue de vuelta al cono sur. Quizá sólo llevan el mismo nombre y acaso permanece la tierna paciencia con que ella escucha sus palabras.
     Luego responde: No soy yo a quien están dirigidas tus palabras, sino a alguien que yo fui, que ya no soy, que tú conservaste en el corazón como en un museo pero que no es esta mujer de carne y vida a la que le hablas.
     Le viene a la mente la paradoja del barco de Aquiles. Aquiles tiene un barco y mientras lo repara, va cambiando pieza a pieza hasta que no queda nada del barco que tenía. Un vecino recoge las piezas descartadas por Aquiles y construye otra vez el barco que Aquiles sustituyó pedazo a pedazo. ¿Cuál es entonces el barco de Aquiles?
     Lo que dijo ella es igual de complicado. ¿Por qué yo, si ya soy otra? El tiempo se ha encargado de transformarla, es verdad. Ella, la que estuvo frente a él planteando esta paradoja es el barco nuevo. Acaso esa a la que él dice no haber dejado de amar un solo segundo de estos diez años, es sólo la reconstrucción nostálgica, idealizada y falsa que hizo a fuerza de memoria y lágrimas, la que armó con la nostalgia como herramienta a partir de todo lo que ella fue descartando con el tiempo. Todo lo que ya no es.
     El amor se reduce así a un fantasma. Algo como la presencia y la neblina que habitan una casa embrujada. Love as haunting. Ella tiene razón al verlo así, pero se equivoca. Esta es la definición de una paradoja. El embrujo es la permanencia absurda de lo que no está sometido al tiempo, manifestándose en lo que es devorado por el tiempo. Ella debe saberlo, pues le gustan las cosas ocultas, la magia, los embrujos. Él, en cambio, sabe poco de magia, pero tiene ciencia y, sobre todo, tiene al barco de Aquiles.
     Haunting, dice el diccionario, es la dificultad para ignorar u olvidar algo vivido, algo evocativo. Apenas parte del anglicismo, lo ve como de mal gusto. Pero ninguna equivalencia en otro idioma da en el calvo. En español decimos obsesionar, encantar, perseguir. No está atado a la magia, la paradoja y el terror como la palabra en inglés. En la lengua de Pessoa, en cambio, se habla de mal-assombrar, freqüentar y perseguir. Sospecha que sólo haunt tiene esa maravilla de referirse al mismo tiempo a la memoria, la magia y la maldición. Acaso fue una palabra que le vino a la cabeza a Einstein cuando se exilió, después o antes de haber hallado o inventado esa fantasmagórica acción a distancia. Quantum entanglement, dicen en inglés. Pero aquí el español es más poético: romance cuántico.


Es una paradoja de la ciencia, con la que acaso pueda desarticular la que ella le propuso hasta que desaparezca: yo soy otra. Apelar a la física cuántica quizá sea una salida desesperada, pero viene de la mano con Aquiles, su barco y ella misma como otra. El romance cuántico es uno de esos casos en que el alma imita a la ciencia o en que la ciencia se construye con el lenguaje de los sueños. La spukhafte Fernwirkung es tan evocativa porque carece de sentido. Es un haunting científico: una partícula obsesionada que no olvida a otra, es la dificultad invencible que le permite vivir como presente lo que ya es ausencia. Es un fantasma.
     Los dos barcos son el barco de Aquiles porque de manera fantasmagórica y a distancia, Aquiles habita los fragmentos reconstruidos de su viejo bote y de la misma forma misteriosa, mal-assombra el nuevo y lo hace suyo. Invertir la pregunta es más poético y dichoso, sumerge en la incertidumbre: ¿A cuál de todas las encarnaciones de Aquiles, a cual de todos los estados que asume a lo largo de la vida, pertenecen esos barcos?
     La identidad de Aquiles, como la de ella, no es una ficción, es una paradoja. La identidad es el fantasma, es el embrujo que une e identifica los estados que asume una persona en todos sus desplazamientos por las dimensiones físicas. Es verdad que el cuerpo, como el barco de Aquiles, renueva todas sus células periódicamente y es otro cuerpo cada año. Pero no deja de ser el propio cuerpo. El corazón y el pensamiento pueden hacer lo mismo con las ideas y los afectos, pero el fantasma los une y los transforma en algo cuya suma es más que la superposición de todos sus estados. El cuerpo, el corazón, el alma, son la casa embrujada que habita el fantasma que soy yo. La suma de quien fui y soy o seré no es aritmética ni contable. Hay algo, como el fantasma en la máquina, que se encarga de usar cada estado, cada tiempo, cada pensamiento, para construir un todo superior al minucioso registro histórico de las transformaciones vividas. La identidad es el fantasma, es aquello que embruja, lo que está fuera del tiempo.
     Un sistema con romance cuántico no puede definirse como el producto o la suma de los estados asumidos por las partículas que lo constituyen. Esto significa que no son objetos individuales, son todo. Yo soy otra, dijo ella, y tiene razón. Él debió responder: «amor, tú no eres tú, la de ahora o la de antes, eres más que la suma de todas las que has sido o serás». 
     «Si tuviera por otro rato tu tierna paciencia, y quisieras escuchar mi explicación, haría eco de la paradoja y de la física: el fantasma que me habita no dejó nunca de amar al fantasma que te habita. Porque ellos no experimentan el tiempo, ni el cambio, ni la distancia. Son fantasmas. El amor carecería de sentido si expulsamos de él la paradoja: no es amor verdadero el que se agota con el tiempo o el cambio. No es amor el que huye cuando la enfermedad acosa al cuerpo amado. Amor es la promesa absurda de desear aquello que es más que la suma de los estados que asumen tu cuerpo, tus ideas o tu alma a lo largo de la vida. Amor es fantasma sin tiempo y sin materia. El amor se dirige a lo que permanece porque no está sometido al tiempo, manifestándose sobre aquello que devora el tiempo. Amo ese fantasma que construye lo que permanece a partir de lo que se transforma».
     «Verás, tu fantasma me habitó una vez, me tocó, me hizo suyo por un instante. Como Aquiles y su barco. Anulemos al tiempo. Da lo mismo si cada tantos días las células de Aquiles son reemplazadas por otras nuevas, si la muerte habita al cuerpo y el olvido al corazón. Lo mismo da si se construye un nuevo barco con piezas viejas o nuevas. Aquiles lo habita, lo habitó, lo habitará; eso no puede ignorarse. He haunts the boat, and therefore, the boat is his. Y como decía Zambrano, no llamo mío a lo que me pertenece, sino a aquello a lo que yo pertenezco».
     «Tu fantasma me habita y sólo hay lugar para un fantasma en cada corazón. Esto no significa que no haya querido o no pueda querer a alguien más. O que aquello no sea amor. Pero no es lo mismo. Aunque un vecino reconstruya el barco y diga: este es mi barco, siempre será el barco de Aquiles. No hay otra forma de pensarlo. Esa es la paradoja y el milagro».
     Que él lo hubiese dicho o expuesto así no tendría sentido porque en los milagros se cree, no se los explica. El romance cuántico sigue siendo una bella y misteriosa teoría en la que creemos. Como lo fue en su momento la gravedad antes de Einstein y el espacio curvo. Una fuerza simultánea que desafiaba las leyes de la física. Ahora sabemos que el espacio cede y se deforma bajo el peso de la materia.


Ojalá ella pueda creer alguna vez que así también el tiempo se tuerce y deja de fluir doblegado por romance cuántico. «El fantasma que me habita», piensa él, «charla en medio del silencio con el eco que ese fantasma tuyo le dejó por compañía. No sé si tengas razón, no sé si el eco, ese mal-assombro es la coincidencia cruel entre el destino y el caos. Pero ya me doy duenta de que  así será siempre».

Interpretará mi silencio según sus propias necesidades y deseos, y vendrá o no vendrá; ella es quien debe decidirlo. ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?
—Lawrence Durrell.



lunes, mayo 30, 2016

Sueño, ruina y descalabro

 
 
En el panteón griego, hay una Diosa poco conocida que se encarga de poner a los iluminados en su sitio. Separa a los hombres de los dioses, y lo hace a patadas y con lujo de violencia. Porque a veces una aspiración nos eleva hacia el cielo, que no es nuestro sitio. Nos acerca indebidamente a lo divino. Así con Aquiles, Héctor y Eneas. Así con Hamlet, Oliveira y Dante. Por un instante ocupan el lugar de lo divino; pero a punto de tocar el cielo, caen como Ícaro, bajo el peso del engaño. Es que no son dioses, sino hombres. Atë los devuelve a su sitio de un celestial pisotón en la cabeza. También la torre de Babel, Pedro al sacar la espada y sobre todo, cada uno de nosotros cuando dice: lo prometo, lo juro, será bueno, seré mejor, te amaré por siempre.
 
Hija de Zeus, Atë representa esa capacidad humana para joderse la vida solo. Se jode el que hace promesas idiotas porque tiene la ilusión de que es mejor de lo que es —o la aspiración de serlo— y confía en sus fuerzas más allá de lo sensato. Casi siempre es algo moral: la idea de ser bueno, de merecer el cielo, el amor o la salvación. Pero también puede ser un cuarentón que se siente capaz de correr el maratón y muere de un infarto fulminante. A esa suposición basada en la fe y el engaño, los griegos le llamaban hibris.
 
Ατη es sinónimo de la ruina que es consecuencia de la insensatez o del engaño. Algunos —como Hesiodo— opinan que su madre es Eris, la de la manzana dorada. Parece que en la discordia se mezclan el autoengaño y la autodestrucción. Así, Atë engaña a su padre Zeus y le arranca la promesa de que, en caso de tener un hijo mortal, cambiará su destino para hacerlo un gran gobernante. Y Hera, celosa como siempre, aprovecha esta promesa para hacer de Euristeo un rey y de Hércules el homicida de todo cuanto amó.
 
Hércules es víctima de Atë. También Euristeo. Porque la diosa personifica la acción irreflexiva, confiada, nacida del sentimiento de que algo merecemos en el mundo, y las desgraciadas consecuencias que le siguen. Atë es el vínculo entre el hibris y la ruina, la muerte o la desgracia. Ella se nutre de la ceguera de los hombres, que rechazan o se niegan a ver sus límites y aspiran a lo absoluto, al cielo, la divinidad o lo eterno. Así ofenden los hombres a los dioses: por igualados. El hibris ofende a los dioses, y por eso lo castigan con la desgracia. Atë es la mensajera o la artífice de esta ruina. Juramos amor eterno cuando sólo a los dioses les pertenece la eternidad. En ello somos impíos, como Zeus cuando desgració a sus hijos porque se pensó capaz de ocultar sus infidelidades a Hera.
 
Es este elemento, el de la promesa, el que me parece maravilloso. No se trata del engaño, sino de empeñar el honor o la vida por una promesa fruto de un error de juicio. No es precisamente un autoengaño, porque uno cree, con fe verdadera que puede, que es verdad. ¿Cuántas veces juramos que somos incapaces de algo, que no lo haremos nunca? ¿O que el día que acepte esto o haga aquello otro me mato? Uno cree, con fe verdadera, que será el primero, el único capaz de cambiar sus estrellas, de encontrar la llave de la eternidad, de salvar a los que ama. Como Alcione y Orfeo. Todo juramento universal y abstracto es su castigo, porque viene del hibris.

Hibris es un sentimiento de desmesura. Transgredir los límites naturales o divinos. Prometer o proponerse imposibles. Orfeo es un buen ejemplo de la influencia del hibris y el castigo de Atë. Tiene que ver con el orgullo y la excesiva autoconfianza pues sólo quien se siente sobrehumano intenta superar los límites, promete idioteces y se desgracia en el intento de cumplir su promesa absurda. Como Ícaro. No es ambición soberbia como la de Lucifer, sino una representación equivocada de sí y del mundo. Todos hemos estado ahí, jurando con la certeza de cumplir sólo para ser testigos del modo en que el mundo demuestra que si no mentimos, por lo menos fimos incapaces.
 
Pero sin hibris, nada grandioso se intentaría. La aspiración de lo sobrehumano es lo que nos lleva más lejos, como decía Nietzsche. Al mismo tiempo, sin Atë y su castigo, estaríamos rodeados de locos suicidas que se hacen matar a la menor provocación. De lo que se trata es de estar preparado, creo. Cuando juramos la vida entera a una causa o a una pasión, es preciso ser consciente de que alguna vez enfrentaremos a la diosa Atë. De Marx a Stalin. De Cristo a los curas pederastas. De Alfonso Reyes a Octavio Paz. Del amor a primera vista hasta el divorcio encarnizado. Todo ideal se volverá contra sí mismo, será el motivo de su perversión y su desgracia. Toda promesa ha de romperse cuando es insensata o excesiva. Atë nos regresa siempre a nuestra circunstancia. El mundo no está aquí para ser mejorado, ni nosotros para lograrlo. Acaso por eso son pocos los que se levantan por encima de sí y de los otros. Son pocos los que usan al resto de escalera. Porque siempre acaban mal y en anatema. Acaso sea precio justo por ese instante de ascensión, de brillo, de liderazgo.

Como el general aquél que se puso a tocar la flauta al ver entrar en su ciudad inerme al ejército enemigo, como si nada tuviese que temer. El ejército se acobardó ante semejante muestra de gallardía y soberbia, porque sólo quien está seguro de la victoria puede actuar así. El ejército abandonó la ciudad aunque su única defensa era el solitario general con su flauta. Por un instante su hibris salvó el día, cambió la historia. Hasta que alguien les fue con el chisme y Atë se cobró la deuda. Ciudad arrasada, general muerto, todo en su sitio. Así Leonidas y sus 300 frente a Xerxes y Ephialtes. El todopoderoso Marv. Yo mismo y tú lector, cuántas veces.
 
Atë camina pisando las cabezas de aquellos que se elevan. Así salda todas las cuentas. Regresa los límites a su sitio. Hace pagar caro el momento de la gloria. Acaso vale la pena… creer que somos fieles, que somos felices, que la vida no termina, que el amor es verdadero, que los amigos no traicionan, el vino no emborracha y el cigarro no mata. Creer en siete cosas impensables al mismo tiempo y volar, por un instante, volar libres de la humanidad que nos aprisiona. Sin grilletes, convencidos de que por una vez, por esta vez, para siempre, le daremos vuelta a las probabilidades y seremos el milagro. Ganaremos en las cartas, hallaremos la cura del cáncer y de todo. Todo. Hasta que la diosa nos devuelva a la tierra descalabrados, locos, porque sus pies son de piedra y camina sobre nuestras frágiles y estúpidas cabezas. Desvanecidos, nos queda el recuerdo feliz de cuando estuvimos convencidos de que no habría un precio que pagar por cada instante de dicha. Pero el precio es inevitable como lo es la ruina. Porque aspirar a la dicha es aspirar a la desgracia. Todo pasa por algo: porque incrementa nuestra miseria. Atë es la causa y el efecto.
 
 

jueves, abril 28, 2016

Estaciones 2015



A veces me gusta pensar en el tiempo que pasa uno habitando un libro como metáfora o correlato de las estaciones ferroviarias que se suceden al hacer un viaje. Estancias que se pierden apenas vuelve uno al movimiento y a la búsqueda del camino. Muchas de ellas se olvidan. Otras, en cambio, se quedan en la memoria, como Amberes o Linz. Así son los buenos libros, sitios a donde no siempre se llega con intención, donde no es posible quedarse de una buena vez y para siempre. Y sin embargo, son espacios que no se olvidan y que se dejan atrás con el deseo o el firme propósito de volver, con la nostalgia de haber podido pasar más tiempo ahí.
Los libros o estaciones memorables de 2015 están a continuación:

1. Casillas, Martín. Las batallas del general. Planeta de Agostini. Es la primera novela histórica mexicana que me atrevo a recomendar. La novela es en partes iguales un relato histórico, un canto lírico de amor sin juventud y algo así como la reflexión sobre la pertinencia de hacer novela histórica. Es memorable porque en el largo camino que he emprendido obligándome a leer autores mexicanos, es la primera que me ha entusiasmado.

2. Diederot, Denis. Jacques, el fatalista. Alfaguara. Cuando la buscaba para leerla, me pareció raro que no existiera una edición actual de esta novela en México. Ahora, después de leída y disfrutada, me parece insultante, doloroso, inhumano. La historia de Jacques y su amo requiere sin duda un granito de sal y algo de buen humor. ¿Será que no se edita en estas tierras porque no hay criterio, ni humor, ni nada?

3. Foer, Jonathan Safran. Extremely Loud and Incredibly Close.Marineer Books. Me acerqué a la novela con escepticismo; puesto que está escrita en torno al 9/11, supongo que se entiende la desconfianza. Y sin embargo, encontré un relato maravilloso sobre algo más que la tragedia específica o el heroísmo idiota del nacionalismo creído. Se acerca en cambio a esa necesidad que tenemos todos de buscarle un sentido a lo que no lo tiene. De encontrar razones, culpables, futuros. Un relato poco común sobre la necesidad de creer.

4. Jellinek, Elfriede. Los excluídos. Mondadori. Ya dije, es maravillosa.

5. Kazantzakis, Nikos. La última tentación. Cátedra. Esta novela duele. En todo sentido, duele. Judas duele. Cristo duele. Satán duele. Magdalena duele más. Los personajes de Kazantzakis se independizan del mito, alcanzan dimensiones más modestas y, en consecuencia, maravillosas en sus defectos demasiado humanos.

6. King, Stephen. The Talisman. Pocket Books. Navegaba sobre el báltico cuando terminé de leer esta historia emocionante sobre de un niño que busca salvar la vida de mamá, quien parece tener cáncer: "Yes. That was another truth his heart knew: the truth of her accelerating weight-loss, the truth of the brown shadows under her eyes. All through her, but please God, hey, God, please, man, she’s my mother—". Eso dice. Eso basta para justificar la lectura entera.

7. Marías, Javier. Así empieza lo malo. Alfaguara. La más reciente novela de Javier Marías es, lo mismo que casi todas sus narraciones, una obra maestra. Un juego de suspenso, de seducción y sobre todo, de pensamientos en torno al amor, el perdón y el daño que no puede repararse, ni superarse, ni olvidarse. Sólo se sobrevive. Así empieza lo malo,  y lo peor queda atrás...

8. McCarthy, Cormac. The Road. Vintage. Historia de supervivencia en el apocalipsis y profunda reflexión sobre la moralidad y la justificación de los actos humanos. Historia de amor paternal y desesperación materna. Live to carry the fire.

9. Murkherjee, Siddharta. Te Emperor of all Maladies. Scribner/Alfaguara. La biografía del cáncer nos habla de esa otredad en el propio cuerpo que es la muerte prometida, inevitable. Ya lo dijo Sabines: "El Señor Cáncer, El Señor Pendejo, / es sólo un instrumento en las manos oscuras /de los dulces personajes que hacen la vida".

10. Proust, Marcel. Por el camino de Swann. Alianza. Todo el mundo habla de las madeleine. A mí me parece que está sobrevaluado. Que hablen de Swann volviéndose loco de celos frente a la luz en la ventana equivocada. Que hablen del beso de mamá. Me cago en las madeleine.

11. Pullman, Phillip. His Dark Materials. Yearling. Quizá hago mal en agrupar las tres maravillosas novelas de Pullman en un sólo título, pero es precisamente porque sólo puede comprenderse su grandiosidad luego de leerlas todas, una tras otra. La mezcla perfecta de ciencia y fantasía, de reflexión sobre las fronteras entre la fe y el fanatismo, de novela juvenil. Es una cosa bella. Hasta le aplaudo que usara a Milton para nombrar a la trilogía, compuesta por las novelas: The Golden Compass,  The Amber Spyglass, y The Subtle Knife.


12. Sacheri, Eduardo. El secreto de sus ojos. Alfaguara. Una tragedia en el sentido más clásico del término. Todo el mundo sufre, todo el mundo llora. Y sin embargo, ahí está la belleza, en la reflexión misma que hace la novela sobre su posibilidad. Sobre el sentido de la escritura. Sobre el deseo de preservar la historia o la memoria que son dos formas otras de decir dolor.

13. Schopenhauer, Arthur. On the fourfold root of the principle of sufficient reason. Prometheus Books. Esquemático, revelador, claro, contundente. Así es como se hace filosofía. Ya dije.

14. Young, William P. La cabaña. Diana. Chocará que alguien como yo recuerde con gusto un libro como este, dedicado por entero a explorar la relación entre el hombre y Dios. Pero es un libro humilde, sin pretensiones de prédica o justificación, sin ortodoxia. Cuenta su versión, su fe y su consuelo. Y lo hace de una forma hermosa partiendo de una desgracia que es lugar común pero no por eso deja de suceder todos los días. Me gusta porque es un relato limpio y dice con honestidad lo que quiere decir.


Hablando de libros. ¿Conocen a Julieta, la de Romeo? Por John William Waterhouse...


miércoles, marzo 30, 2016

Réquiem

 Marzo 24, 2016

Así empieza la pesadilla, con un quizá. Quizá se cure. Quizá muera. Quizá. Pero es preciso decidir y el que tiene que escoger soy yo. Escoger sobre la vida de mi amigo. Y toda decisión es equivocada porque la pregunta no tiene sentido. ¿Quieres que viva herido? ¿Quieres que muera entero? Si escojo la sonda, la herida y el hospital, debe ser por todo el tiempo que sea necesario y hasta que ya no haya esperanza. Hasta que la muerte niegue la eficacia del tratamiento y destruya la esperanza. Es posible que sólo le de sufrimiento, sin ningún beneficio. Si escojo la muerte, también será por todo el tiempo, porque significa que destruyo la esperanza. Es posible que le ahorre el sufrimiento, pero que le arranque todo beneficio. Así empieza la pesadilla, con un quizá. Quizá viva. Quizá muera. La pregunta no tiene sentido, porque ninguna de mis decisiones determina el resultado: la muerte. No hay víctimas de la muerte. Hay el hecho de la muerte. Hay el tiempo de la muerte. Puedo intentar que no mueras hoy. Pero sé que un día habrás muerto. ¿Qué te espera desde hoy hasta ese día? ¿qué tiempo te tengo preparado? Sufrimiento o paz. Tiempo pleno de lo que yo haya escogido para ti: sufrida esperanza o pacífica desesperación. Con todo mi cariño, con todo mi respeto, con toda mi amistad, con todo mi amor. Si pudieras, ¿qué escogerías para mí? ¿Cómo se juzgan el amor, el cariño y todo el resto? Con un quizá y esta pesadilla. Esta es la lección ingrata. Esta es la verdad. Este es el hecho de la muerte.

jueves, septiembre 17, 2015

Los excluidos (Nostalgia de juventud)

Danse Macabre en El séptimo sello de Bergman
Los Excluidos es una novela de Elfriede Jelinek, escritora austriaca ganadora del Nobel en 2004. De acuerdo con el comité, se hizo merecedora del galardón "for her musical flow of voices and counter-voices in novels and plays that with extraordinary linguistic zeal reveal the absurdity of society's clichés and their subjugating power". Juicio que demuestra lo absurdo de leer en traducción y de todo lo que pueda decir yo sobre la versión de Carmen Vázquez de Castro.

Su prosa no es particularmente buena, envolvente u original. Cosa que puede ser culpa de la traducción al español. ¿Qué tanto se puede juzgar la prosa de la austriaca cuando se le lee en español? Pero el lenguaje de Jelinek/Vázquez no es especialmente memorable. Me gusta su tono desencantando, directo y con aire de exponer sólo lo esencial. Hace la lectura ágil, sencilla y, por eso mismo, no se trata de un libro que atrape, envuelva y no deje salir. Es bello, pero no a la manera de Dumas, Marías o Winterson. Tres glorias de la prosa si las hay. El lenguaje de los Excluidos es instrumental, una herramienta para provocar lo otro, lo que sí resulta memorable.

El libro encierra la trágica experiencia de ser joven, aquí o entonces, “a finales de los años cincuenta” como empieza el libro. Del sentimiento de no estar ahí nunca del todo. O a veces en absoluto. Como se prefiera. Uno es joven porque está excluido de forma permanente. Excluido de la satisfacción de sí, de sus esperanzas vitales, de los planes y el futuro. Amarrados en un eterno presente que parece siempre de vida o muerte, en la juventud nos vemos por completo incapaces de integrar nuestra narrativa a la del mundo, la de la familia y aún a la de los amigos. Y sin embargo, estamos unidos. Es una época feliz en que puede uno ser intelectual que lee a Camus, Sartre y Nietzsche con pedantería, pero se empeña en creer que el amor está en el rostro de la princesita ignorante que vive de vestidos lindos y dinero. En que las respuestas fáciles y los juicios inmediatos tienden puentes a la vida. Ser joven como lo retrata Jelinek, es una época triste y contradictoria que todos olvidamos demasiado pronto. Apenas ha pasado, actuamos como si nunca hubiera sucedido. Nos apartamos de todo lo que nos recuerde haber sido esa suma de absurdas contradicciones que juzgamos entonces de la máxima importancia. Excluidos de la satisfacción, la renuncia o la transigencia; jóvenes fuimos los eternos homicidas de la esperanza y de la suerte. El relato de Rainer enamorado de Sophie, quien no ama a Hans, pero gusta de usarlo y de Anna, a quien Hans no ama y usa, pero quien a su vez, piensa que ama a Hans, es una dance macabre, mitad broma y mitad indiferencia. Es en esto último que el lenguaje de no-Jelinek resulta central. Es tan plano y directo que revela con la misma intensidad la loca importancia que dan los niños a sus preocupaciones y la absoluta indiferencia de esas preocupaciones ante esta realidad que excluye toda trascendencia.

Un libro precioso. Que me ha hecho sentir nostalgia por aquella época en la que pensaba que con poesía, libros y saber convencería a esa hija de oficial para que me amara con la misma contradictoria belleza de lo que es al mismo tiempo indiferencia y destino. Al final obtuve algo memorable y bello. Pero nunca logré que me amara, menos con mi pedantería teosófica. Ella tenía asuntos más serios y triviales que atender. Nada como ese amor serio por su valor metafísico que hacía invisible al tiempo, ese demonio que reduce el amor, la carne y todo a nada. Amor que no existe, que es pura imaginación. Qué bonito libro. Qué nostalgia.

Lo leí por recomendación de m amiga Alicia, a quien dedico estas rememoraciones de juventud, esta nostalgia y estas líneas.