martes, junio 10, 2014

Fracaso y self-publishing









La fe en nosotros mismos constituye la traba más fuerte, el mayor latigazo, y las alas más potentes.

—Nietzsche


En abril de este año, recibí una carta muy amable y profesional anunciándome el fracaso en mi intento por recopilar y publicar los cuentos que escribí desde los veinte años hasta más o menos los treinta. Dejé de escribir cuentos cuando la ambición de una maestría y la vida de estudiante enamorado, me dejaron sin tiempo para imaginarlos, menos todavía para escribirlos.

   El librito de cuentos no es particularmente bueno o estilísticamente encomiable, creo yo; es un esfuerzo que puede compararse más bien con el de construir un cuerpo con pedazos de varias identidades. Los cuentos se deben a las muchas personas que fui y seguí siendo entre los veinte y los treinta años; los escribieron personas distintas: bajo el embrujo de Cortázar, de Nietzsche o de Hesse y King. Así que se explica que el libro carezca por completo de unidad y que, como dice la amable carta de rechazo “en su estado actual” no merezca ver la luz del sol. Como el monstruo de Frankenstein en las películas chafas. A pesar de sus defectos y su deformidad , es un librito al que le tengo mucho cariño y así, con cariño, acepto que haya fracasado y en mucho, celebro su fugaz decadencia.

    Ayer por la tarde, me hicieron consciente de la simpática coincidencia entre el fracaso de mi colección de cuentos y su título: Cada historia es un fracaso. Habría que agregar a pie de página o entre paréntesis: incluyendo la publicación de este libro. El libro contiene historias de fracaso y es, además, un libro fracasado. Célebre fracaso.

    Y es que si algún pretexto es bueno para resucitar a este maltrecho y olvidado blog, es la tentación traidora del self-publishing. En estos días, no cuesta trabajo mandarle un pequeño archivo a Amazon y otro a los amigos de Apple y sacar a la venta un libro electrónico que, sin pena ni gloria, sería tan ignorado y fracasado como lo señala la accidental ironía del título. Podría, además del self-publishing, aplicar el self-translating, por lo menos a otras dos lenguas. Y poner en mi resumen de quien escribe con esperanza y ocasionalmente: autor del libro-fracaso que ha sido traducido a dos idiomas y está a la venta en todo el mundo. La tentación traidora del self-publishing, decía yo. Tentación y traición porque la vía de quien se publica a sí mismo está reservada para quienes tienen una fe excesiva en sí mismos, en el valor de las letras en que se reproducen; y quienes, al mismo tiempo, desesperan de su propio valor porque nadie más cree en sus letras. Para quienes además de haber fracasado como yo y mi libro, confunden la fe excesiva con la necedad. O piensan que el cariño que uno le tiene a sus garabatos sobre el papel son una virtud de esos garabatos. Falacias, pues.

     Afortunadamente, no soy una de esas personas con excesiva fe. Tengo suficiente desprecio por mis afectos para no caer en la necedad. Esto, unido a mi aspiración de fracasar bien y fracasar rápido. Que el resultado llegue pronto y sea contundente. Casi siempre es más productivo arrasar con un proyecto de diez años y empezarlo todo otra vez desde el principio, hacerlo bien. La alternativa es seguir agregándole partes de cuerpos distintos a una bestia deforme que, de por sí, no vivirá mucho tiempo. Así que mejor darle el tiro de gracia y tomar uno de dos caminos: renunciar a pensarse “escritor” o ponerse a escribir con disciplina hasta que lo que sea que se escriba y “en su estado actual” sea material publicable. Tan publicable que acabe en la mesa de novedades del Sanborn’s, ese moderno laurel del éxito editorial en México.
Escribir de forma descarnada, inhumana, dejar de tenerle afecto a mis letras para no perder de vista que, como son ahora, como las he hecho ser y por mucho que les tenga aprecio, no merecen la presea del Sanborn's.
   
     De ahí que vuelva a tomar este blog que, por ser una forma de autopublicación, es preciso admitir, también es un completo fracaso. Una suma de fracasos que se suceden de manera más o menos constante y bastante más veloces que la producción de un libro de cuentos con retazos de mi juventud. Hay algo valioso en eso de fracasar en serie y por principio, porque a veces, viajando de fracaso en fracaso, se llega no a donde uno quiere, sino a donde debe llegarse. Así que dejemos de lado la ambición de ponerle un precio a mis fracasos si es que alguien quiere compartirlos conmigo. Los ofrezco de forma generosa y gratuita para que los hagan pedazos y que de su vivisección y autopsia aprenda yo algo nuevo. Bienvenido de nuevo esto de escribir un blog que no es un ejercicio de escritura, sino un entrenamiento en el arte de fracasar de forma constante y consciente. Porque uno aprende echándolo todo a perder, como leíamos en Tolstoi hace un año.

viernes, agosto 16, 2013

Tolstoi: Sonata Kreutzer


Esto dice Tolstoi:

Estuve dormido, estoy seguro, un par de horas. Recuerdo que vi en sueños que éramos amigos, que nos habíamos peleado, pero que hacíamos las paces; algo nos lo impedía un poco, pero éramos amigos.

Lo dice a través de Pozdnyshev, quien acaba de apuñalar a su esposa y tras fumar un cigarro, se queda dormido. Tuve que detenerme un instante en la lectura y disfrutarlo porque no ha sido raro que tenga sueños como ese —sin haber matado a alguien— pero, sin duda tan arrepentido o, mejor dicho, alienado como el asesino. Esa sensación en sueños que se desvanece al llegar la mañana, de haber hecho las paces ante circunstancias imposibles. No del todo porque algo lo impedía”, pero las paces.
Y el alivio triste se desvanece al despertar. De golpe, al leer esas líneas, me cayó encima y con pesar, la historia completa de los sueños y despertares, hermosos y horribles que como Pozdnyshev me he procurado. Indeciso entre la voluntad y la necesidad. Regresé a cada uno de esos sueños que sólo el criminal tiene cuando aún cree que lo que ha hecho está justificado. De ahí que uno sueñe con la amistad, así sea mutilada, insuficiente. Como si el daño pudiese compensarse: la muerte por la infidelidad y estamos a mano. La paz no es completa, sin embargo, porque toda la historia y cada acto envilecen. Quizá éramos amigos, pero no del todo. Porque nos habíamos traicionado y esa es la única ofensa de la que no puede pedirse perdón sin evidenciar al mismo tiempo que es irremediable.
Tolstoi es un genio. Ahora escucho la Kerutzer. Y algo tiene de sueño y despertar. Algo de paz, con algo que la impide ser del todo. Somos amigos pero algo lo impide. Estoy seguro de que hice lo que hice por las razones correctas, de que hice lo que verdaderamente deseaba hacer, de que estaba justificado. Pero algo impide la paz y la amistad. Que sé también, que no era necesario. Pude haber hecho otra cosa. O haber hecho nada, quedarme simplemente en silencio y en la oscuridad. No hay acto de amor o traición que pueda justificarse racionalmente, no hay pasión de la que no pueda dudarse. Hasta el perdón resucita la ofensa, la conjura. No hay sino sufrimiento porque si bien las acciones no tienen historia, de ellas está compuesta la historia. Todo era evitable y lo que duele es, precisamente, que decidimos no evitarlo. Eso es la Kreutzer. Y el libro de Tolstoi la sigue tan de cerca que casi puede escucharse a Beethoven en ese tren, en esa historia, en ese sueño de homicida que sueña hacer las paces con su víctima.
Abril de 2013


viernes, enero 18, 2013

Los mejores de la década 2002-2011


Continúo el diálogo de libros con mi buen amigo César. Dejo a continuación las lecturas que mejor recuerdo de los diez años que van de 2002 a 2011. Un par de esos libros son relecturas de tiempos más viejos, cuando aún no existía el minucioso registro del camino andado. Varios están programados para volver a leerse si hay tiempo y vida. Estas son las lecturas de juventud, de esa década de mis veinte años y los primeros treintas; cuando me vi morir y volver a nacer con la frecuencia de quién apenas empieza a entender de qué va la vida. No sé cuántos de ellos le aguanten el paso a la vida; pero en mi memoria son todos maravillosos.

Arlt, Roberto. Los Siete Locos. El famoso escritor argentino que no sabía escribir ofrece en su novela imágenes inolvidables para contar una historia de amor, de fracaso y de ambición.
Arlt, Roberto. Los Lanzallamas. Continuación de Los Siete Locos, sigue la maravillosa línea de la novela previa y amplía su espectro como las ondas que causa una roca al penetrar la superficie del agua en calma.
Bashevis Singer, Isaac. Enemies. Una sencilla e inolvidable historia de amor atravesada por la guerra, el campo de concentración, la emigración y la poligamia.
Beauvoir, Simone de. El Segundo Sexo. Uno de los textos seminales de la teoría feminista y que, tantos años después, sigue siendo interesante y útil. Aún cuando el feminismo, esa revolución del siglo XX haya triunfado. Pues como en toda revolución, algunos puntos ideológicos se quedan en el papel por más encarnizada o exitosa que sea la revolución.
Bowles, Paul. The Sheltering Sky. ¿Y si el cielo es sólo una pantalla que flota sobre nosotros para ocultarnos el horror y el sinsentido del universo? ¿Y si el cielo es sólo una metáfora de la circunstancia?
Bulgákov, Mikhail. Margarita y el Profesor. Una reestructuración del Fausto ubicada en la Rusia comunista. Es una sátira fina y un retrato de la humanidad más allá del tiempo, la ideología. El diablo sabrá que es, en realidad.
Camus, Albert. La Peste. Una descarnada reflexión sobre el acto de escribir y aún sobre el acto mismo de existir tomando como pretexto una ficticia epidemia de peste en la Francia del siglo XX.
Carpentier, Alejo. Concierto Barroco. Si nunca ha imaginado a Orlando Furioso cabalgando en pelotas hasta la luna al ritmo de una ópera de Vivaldi sobre Moctezuma, es preciso leer este libro. La imagen, por lo demás, es históricamente plausible.
Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Para gustar del Quijote basta la cultura popular. Para apreciarlo, un par de lecturas. Para carcajearse con él y usar sus consejos como otros usan el evangelio, acaso unas cuantas lecturas más.
Coetzee, J.M. Foe. No es necesario haber leído Robinson Crusoe, pero ayuda mucho. Escribir y recordar es siempre una forma de traición parece decir Coetzee. No hay forma de ser sin dominar.
Ende, Michael. El Espejo en el Espejo. El libro es, sin duda un laberinto. Un laberinto de cuentos maravillosos que invitan a vivir y ser distintos. El lector puede buscar siempre un hilo conductor, una relación de parentesco y causalidad entre los cuentos. Puede encontrarla. Pero eso no significa que esté ahí.
Faulkner, William. Mientras Agonizo. Una novela corta narrada desde todas las perspectivas posibles y en un coro de voces distintas, totalmente individuales. Y la historia duele. Inolvidable de principio a fin.
Flaubert, Gustave. Madame Bovary. No es fácil olvidar la tragedia de Madame Bovary ni desestimar la sabiduría que hay en su historia, aún válida para nuestros días. No hay forma de menospreciar a su marido, a su circunstancia. Y siempre es divertido discutir sobre si en tal o cual escena hay o no hay adulterio.
Giordano, Paolo. La Soledad de los Números Primos. Porque a veces el amor no basta, ni la vida, ni nada. La soledad es ineludible y ningún esfuerzo, ningún compromiso, ninguna esperanza alcanza para mitigarla.
Goethe, Johann W. Fausto. No me canso de leer Fausto y cada vez que puedo, lo cito, lo parafraseo, lo vivo un poco. Fausto es una caja china en donde siempre se encuentra un secreto nuevo.
Goethe, Johann W. Werther. Hace unos meses publiqué un breve ensayo en torno a Werther: es la puesta en duda de cualquier justificación racional para la vida.
Gorki, Máximo. La Madre. No hay mayor tragedia y heroísmo que el de la madre revolucionaria. Luchar todos los días por sobrevivir a ese esfuerzo justo por el que morirá lo más querido, sin esperanza de victoria.
Hemingway, Ernest. Por quién doblan las campanas. No preguntes, doblan por ti.
Houellebecq, Michel. Las Partículas Elementales. Si jugamos con la posibilidad de la vida eterna, ¿qué sentido tienen las experiencias individuales? ¿Aún tenemos derecho a llorar y sentir?
Houellebecq, Michel. La Posibilidad de Una Isla. Y de ser inmortales y saber lo que ha pasado y pasará; de pie ante el umbral del eterno retorno ¿valdrá la pena seguir viviendo para empezar de nuevo?
Hugo, Victor. El Jorobado de Notre-Dame. Hugo es un gigante y el jorobado es uno de esos personajes a los que la cultura popular no le hace ninguna justicia. Vale más leerlo que hablar de él.
Hugo, Victor. Los Miserables. Quien no haya leído Los Miserables debe, sin duda, empezar ahora. Ya.
Katayama, Kioichi. Un Grito de Amor desde el Centro del Mundo. El japonés es un idioma ideal para contar esta historia. Supongo que mucho se pierde en la traducción. Los contrastes, las vaguedades, las multiplicidades de sentido. Es ficción pero duele lo mismo que Tokio Blues. Y no se olvida a quien ya se ha ido.
Kertesz, Imré. Kaddish por el Hijo No Nacido. El Kaddish es, hasta donde entiendo, la oración fúnebre de la fe hebrea. En esta breve reflexión, el superviviente de Auschwitz nos ofrece las razones intelectuales para no reproducir el dolor de la vida y las penas emocionales de ese convencimiento.
Kierkegaard, Sören. Temor y Temblor. Hay libros memorables, hay libros interesantes y hay libros impecablemente escritos. Sólo unos cuantos están en ambas categorías a la vez y éste es uno de ellos. El tema es la fe desde la religión pero mucho más allá de la simple relación con una divinidad.
Kundera, Milan. La Insoportable Levedad del Ser. Otro de esos libros increíbles que, por mediación del cine, todo el mundo conoce sin haber leído. La experiencia de lectura es infinitamente más gratificante.
Levi, Primo. Si esto es un hombre. La experiencia en los campos de concentración. ¿A qué apelamos cuando usamos la locución “por humanidad”? ¿Es posible que lo único que tenemos en común todos los seres humanos es lo que más nos disgusta de nuestra condición?
Ibuse, Masuji. Lluvia Negra. Un libro maravilloso y, sin embargo, a veces quisiera no haberlo leído. Duele. Dolió casi todos los días durante un par de años, como el de Primo Levi. La bomba atómica no se extingue en ese hongo de fuego y muerte. Para los menos afortunados fue apenas el principio. Y si tiene Ud. ánimo masoquista y ganas de llorar, de putear a Dios y al hombre, busque, para completar, una vieja película de animación: Barefoot Ben. Si al terminar la experiencia de ambos, Ud. no llora, entonces, Ud. está muerto. 
Mann, Heinrich. El Ángel Azul. El título original es algo así como “El Profesor Basura” y no hay forma de olvidar a ese personaje trágico, patético y sin embargo, épico que protagoniza la novela. Un simple maestro de escuela.
Manganelli, Giorgio. Amore. La jornada de pesadilla que separa siempre al amado de la amada, contada en registro visionario, fantástico y aterrador. No hay frase de más o de menos y tampoco hay salida ni solución. El amor es una batalla, un peregrinar, un fracaso.
Márai, Sándor. Divorcio en Buda. Una excelente narrativa en que los conflictos personales se entretejen con la memoria histórica de una mitad de la ciudad. Entrega, nostalgia y memoria, tanto entre los hombres como entre los edificios.
Marías, Javier. Mañana en la Batalla Piensa en Mí. Marías es para mi gusto, Junto con Muñoz Molina el mejor escritor en lengua hispana de que tengo noticia. Y con ese talento cuenta la historia de la muerte de una desconocida en la alcoba de su one night stand.
Marías, Javier. El Hombre Sentimental. El León de Nápoles es una estrella de la ópera que se enamora. O sueña que se enamora. O escribe que sueña que. O recuerda que escribe que sueña que. Y la mujer trágica, el marido cornudo y cruel. Nadie es quien dice ser. Y nadie dice lo que quisiera decir. Es una joya.
Matsubara, Hisako. Sámurai. La historia sigue a un descendiente la nobleza nipona del shogunato y su búsqueda de mejor suerte en América. Las expectativas que despierta y las reacciones al regreso. El contraste entre los viejos valores del giri y el liberalismo después de la revolución industrial.
McEwan, Ian. Atonement. La maestría con que McEwan maneja el lenguaje y el arte de contar una historia es incomparable. Y no hay forma de no reaccionar visceralmente, humanamente ante esta novela. No hay forma de no sentirla, odiarla, perdonarla, expiarla.
Milton, John. Paradise Lost. Hay que leer el poema épico en voz alta. O escuchar la lectura de un buen angloparlante. Es música, es poesía y, como dice T.S. Eliot, es un lenguaje irrepetible.
Mishima, Yukio. Nieve de Primavera. La primera parte de la tetralogía El Mar de la Tranquilidad es un relato de amor trágico y hermoso, cargado de imágenes de una belleza difícil de olvidar tomadas de los últimos días del Japón feudal.
Mishima, Yukio. Caballos Desbocados. La continuación de Nieve de Primavera es el canto del cisne que fue Japón en su esplendor medieval. La última carga del sámurai, el último aliento del bushido.
Muñoz Molina, Antonio. El Jinete Polaco. Junto con Marías, el escritor más exaltado en lengua española. El Jinete Polaco es un juego hermoso de lenguaje, de tiempo, de misterio y de narración. En un círculo perfecto, el libro empieza y termina en el mismo instante. Pero nosotros, los lectores, ya no somos los mismos.
Murakami, Haruki. Norweigan Wood (Tokio Blues). Inolvidable. Uno termina un poquito enamorado de ese mundo, afectado por esa nostalgia, doliente por una respuesta al otro lado de la línea telefónica.
Papini, Giovanni. El Diablo. Papini lanza un reto al cristianismo. Si es preciso perdonar a los enemigos, habría que empezar por perdonar al Diablo. Al mismo tiempo ofrece en la figura del ángel caído un retrato singular del hombre si se lee con atención.
Proust, Marcel. Por el Camino de Swann. El primer libro de En busca del tiempo perdido es una joya en todos los aspectos. La prosa de Proust —indescriptible— transmite la pasión humana de un modo único, que ejerce una fantasmagórica acción a distancia sobre el lector.
Ruiz Zafón, Carlos. La Sombra del Viento. Es un libro único, un misterio enrevesado y un homenaje a todos los que gustamos de los libros y la lectura. Es el huevo de oro que puso este escritor más bien medianero.
Shelley, Mary. Frankenstein. Otro personaje al que la cultura popular no le hace ninguna justicia. El prometeo moderno es una de las lecturas más ricas, profundas y bellas con las que uno puede encontrarse. Vale la pena volver a ella de vez en vez.
Stendhal. Rojo y Negro. Una obra bellísima de amor, de entusiasmo y de juventud. Conmueve y emociona como pocos libros y su estilo es elegante, bello.
Tolstoi, Liev N. Guerra y Paz. No hay otro libro de la ambición y belleza que realizó Tolstoi. No es una lectura corta ni sencilla, pero es una de las más valiosas.
Twain, Mark. Fragmentos del Diario de Adán y Eva. Si alguien ha logrado capturar el modo en que el amor presente es siempre el único, que las acciones no tienen historia, es Twain en esta fábula cruda y enternecedora.
Twain, Mark. The Mysterious Stranger. Se discute si esta maravillosa novela corta se debe o no a la pluma de Twain. En favor de Twain está la ironía elegante, la prosa fluida y los personajes entrañables. En contra, el hecho de que en las últimas páginas la historia lance un tirabuzón cósmico que hace tambalear hasta al más seguro de su existencia.
Winterson, Jeanette. Written on the Body. La novela es famosa porque su protagonista carece de género. Nunca sabremos si es mujer o es hombre. Ama indiscriminadamente y sufre. Este libro es poesía pura y la indeterminación de su protagonista genera, al mismo tiempo, angustia e identidad.
Winterson, Jeanette. The Passion. Una visita a las campañas Napoleónicas desde el principio hasta el final. Una mirada al amor, a Venecia, a la fantasía y a uno de los usos más perfectos y poéticos del idioma inglés.


miércoles, enero 16, 2013

Lo mejor de 2012



Uno sólo debe hablar cuando no puede permanecer callado; y hablar sólo de aquello que ha conquistado.
—Friederich W. Nietzsche

Hace varias semanas, el buen amigo César Callejas nos compartió la lista de los mejores libros que leyó en el 2012, un ejercicio rico en recomendaciones y buenas lecturas. Algunas de ellas, las hemos compartido, otras no tanto. Como respuesta aquí dejo lo que creo que fueron los mejores libros con los que me topé en 2012. Mi respuesta queda aquí, modesta, como debe ser entre discípulo y maestro, entre amigos y acaso hasta mejor dicho, del Micro al Macrotauro. Ojalá sirvan, esta lista y la de César, como invitación a la lectura y como posible brújula en los océanos de tinta impresa.
A cada libro le agrego un pequeño comentario que el ávido lector puede obviar si es que confía o apuesta por mi criterio. En todo caso, una pequeña carta de navegación en que bien puede el usuario docto obviar las glosas al margen.

Asimov, Isaac. El Fin de la Eternidad. DeBolsillo. Una novela sobre la posibilidad de viajar en el tiempo; pero también una profunda reflexión sobre la responsabilidad y el modo en que cada persona es única, irrepetible, indispensable, mientras haya quien la recuerde.
Barthes, Roland. El placer del texto. Siglo XXI. Por más que no califique de literatura —y quizá de ninguna otra cosa— El placer del texto ofrece una visión de esa relación emotiva y casi amorosa entre lector, lectura y la fantasmagórica figura del autor.
Glattauer, Daniel. Siempre tuyo. Alfaguara. Es una novela de misterio, un thriller y un idilio de amor. Tres niveles de lectura entre los cuales el lector se halla perdido sin saber en qué modo aproximarse al texto hasta que ya es demasiado tarde. Es quizá la única novela que me ha dejado con un genuino escalofrío al cambiar de página. Es un ejercicio peligroso en la desconfianza de lo más querido.
King, Stephen. Rage. Pocket Books. La novela sigue a un adolescente que toma rehén a sus compañeros de clase y los obliga, a punta de pistola, a ser honestos. Es fascinante el modo en que King describe la facilidad con que las personas se hacen víctimas o cómplices de un acto que carece de motivación dándosela a pesar de todo. Hace unos años Stephen King logró que se suspendiera la publicación de esta novela —originalmente publicada como Richard Bachman— pues desde su publicación ha acompañado a más de un adolescente perdido en los school-shootings de los Estados Unidos.
Lahoz, Use. La estación perdida. Alfaguara. La historia sigue a un soñador que siempre pierde o a un perdedor que no deja de soñar. Es un peregrinar a través de ciudades, amores y océanos que enfrenta al lector con la nostalgia y la tristeza de vivir sin fuerza para cambiar al mundo pero con la esperanza perpetua de cambiarlo.
Nabokov, Vladimir. Lolita. Library of America. Es preciso leer Lolita una, dos, mil veces conforme uno crece y cambia. Disfrutar su lenguaje casi poético y las múltiples reacciones contradictorias que despierta: ternura, disgusto, piedad, horror... Al final del día uno tiene que preguntarse, con H.H. o contra él, si en la palabra amor se esconde una ética posible. Si la belleza es más que una excusa o menos que una razón. Es preciso leer Lolita.
Nietzsche, Friederich. Human, All-too-human. Prometheus Books. Para describir un libro de Nietzsche, no hay más que citarlo: “es preciso hacernos traidores, tenemos que ser infieles y abandonar nuestras ideas una y otra vez. No podemos avanzar de una etapa de la vida a otra sin causar y sufrir los dolores de la traición”.
Nietzsche, Friederich. Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral. Aristeus Books. Una vez más, en sus palabras: “El orgullo asociado con el saber y el sentir se planta como una niebla cegadora ante los ojos y los sentidos del ser humano, engañándolo respecto del valor de su existencia”.
Palahniuk, Chuck. Choke. Anchor Books. Palahniuk escribe o pretende escribir siempre desde el margen. Y aunque por esa búsqueda consciente sus méritos estilísticos son discutibles, no hay duda de su capacidad para tejer una historia desviada, inverosímil y rayana en la locura que en cada página juega con la pregunta que todos nos hacemos cada día cuando sospechamos que alguien miente ¿y si fuera verdad? Y si eso no basta, vale la pena leerlo por ese largo planteamiento que termina en un knock-out difícil de olvidar.
Sallinger, J.D. El Guardián entre el centeno. Alianza. Es el retrato fiel de la angustia provocada por la necesidad de ser un individuo total y la exigencia social de ser parte o fragmento de un todo. En conjunto con Tenemos que hablar de Kevin y Rage —ambos en esta lista— forma una trilogía excelente sobre el la violencia al azar.
Shriver, Lionel. Tenemos que hablar de Kevin. Anagrama. Una exploración de la maldad tomando como pretexto un school-shooting y la relación entre la madre y el hijo. Es una respuesta inteligente y fuerte a las sobresimplificaciones psicoanalíticas y otras opiniones pseudiocientíficas respecto a lo que nos hace ser y actuar. Es un libro duro, memorable que deja abierta la pregunta sobre el significado y los límites del perdón.
Taleb, Nassim Nicholas. El cisne negro, el impacto de lo altamente improbable. Debate. En este libro sencillo, profundo y con una investigación impecable, Nassim Nicholas Taleb —uno de los modernos investigadores políticamente incorrectos— desmiente el mito del comportamiento racional y la capacidad de “predicción” estadística y científica. A primera vista, parece abordar minucias de poca importancia; pero una reflexión profunda sobre los postulados que contiene el texto y sus consecuencias para la vida, bastan para ofuscar el conocimiento y quizá hasta para cambiar de estilo de vida.
Vicent, Manuel. Son de mar. Alfaguara. Una dislocada historia de amor, desencuentro y esperanza entre un muerto y la mujer que lo espera durante lustros. Con este libro ganó Vicent el primer premio Alfaguara del que tuve noticia. Allá cuando el premio Alfagaura todavía significaba algo.
Zolá, Emile. La taberna. Club Internacional del Libro. Acaso no hace falta más que el nombre de Zolá para invitar a esta lectura.  La taberna, es una joya del siglo XIX, con un estilo elegante y llena de personajes memorables que se desarrollan en una historia, al mismo tiempo, simpática y entrañable.


Próximamente, una lista similar con los mejores libros de la década. Pues han pasado ya casi diez años desde que empecé a llevar una memoria de lecturas, obsesiva y exacta.


miércoles, septiembre 12, 2012

"Literatura" mexicana contemporánea....


Recién tuve el disgusto de intentar El Club de los Abandonados de Gisela Leal. Me dejó tan mal sabor de boca que tuve que escribir una reseña crítica. Estoy de acuerdo, en todo, con lo que se dijo en Letras Libres y me sorprende el conspicuo silencio de la crítica mexicana respecto a este ladrillo que se encuentra en tooooooodas las librerías respetables, en grandes pilas que saltan a la vista como mermeladas en el supermercado. Es lástima que sea ese el estado de lo que se edita en México, conozco a dos o tres autores editados y no, cuyos pininos de escritor o escritora a los dieciocho años hubiesen sido mucho más relevantes que esto. No necesariamente más rentables, pero sí más relevantes para la vida cultural de este pinche país.... En fin, la reseña también puede leerse en Amazon. Disfrutad...

* * *

Uno de los peores libros que he tenido la desgracia de comprar y leer en los últimos cinco años, probablemente en toda la vida. El tiempo que me llevó leer esas seiscientas páginas retacadas de letras vacías no volverá. Y lo que es peor, el sentimiento de aventura y alegría al leer un escritor novel editado por una casa de la talla de Alfaguara no volverá. Ya lo dijo AR, el problema con la campaña de alfabetización es que todos los que aprenden a leer creen que saben escribir.

No puedo negar que las primeras cien páginas son entretenidas y casi frescas. La cosa hubiese estado mejor como un cuento corto en donde la historia de una desgracia se narra con la voz de un mentecato hipster regiomontano de tercera. La 'autora' emplea un lenguaje vacío y sin contenido, como un estudiante, político o conferencista asustado que, a consecuencia de su falta de talento para hablar en público, utiliza muletillas, frases hechas, redundancias y vaguedades para salvar un poco el rostro. Causa la impresión de que se le impuso una cuota de páginas que había que llenar a como diera lugar. Y las llenó porque un reto es un reto. Es como leer una de esas tareas donde lo único que importa es el número de páginas o el número de palabras. Todos lo hemos hecho. Por eso cada página es una espiral perpetua de repeticiones basadas en un vocabulario pobre y referencias a cultura popular que no revelan siquiera erudición en lo superficial; el libro es un hijo bastardo de las secciones de autoayuda y chismes en una tienda de autoservicio cuya mejor característica es devolverle a uno la certeza de que todo es superficie y cien monos frente a cien máquinas de escribir durante cien años serían capaces de escribir "Guerra y Paz". Y hasta esos amables taquígrafos simiescos y fumadores tendrían mucho mejor fortuna, cuidado y tino al pretender usar la gramática coloquial del Inglés o el Francés.

Esta obra es un síntoma de todo lo que falla en la industria editorial mexicana. Por supuesto que el marketing, la foto de la agradable autora y su más agradable edad, así como el tema de pseudoactualidad son ganchos maravillosos para generar outliers. Pero Alfaguara edita a Javier Marías y a Cortázar, ¿cómo es posible que también edite esto? ¿Cómo es posible que intente generar un outlier a fuerza de ponerlo frente al consumidor? Estoy seguro de que México tiene mejores cosas que ofrecer al mundo. Estoy seguro de que la misma Gisela Leal tiene cosas mejores que ofrecer al mundo, como un silencio sostenido. Como la adquisición de una membresía en el club de quienes abandonaron la escritura por el bien de la escritura.