viernes, abril 30, 2021

Guardián de tu lecho de muerte


No podría soportar que en esa hora tú fueras sólo un recuerdo y estuvieras mezclada, y pertenecieras a un tiempo lejano y borroso que es nuestro nítido tiempo de ahora, porque es el recuerdo y el tiempo lejano y la mezcla lo que más detesto y lo que siempre he intentado rebajar y negar, y enterrar a medida que se iban formando, a medida que cada presente estimado y enaltecido dejaba de serlo para ser pasado, e iba siendo vencido por lo que no sé cómo llamar si no lo llamo su propia e impaciente posteridad o su no-ahora. 
—Javier Marías. El hombre sentimental

 
El otro día, mientras grabábamos el podcast sobre La negación de la muerte de Ernest Becker, cometí un equívoco de memoria que hasta el momento me sigue asombrando. Uno que me devuelve a otra época en la vida, cuando me atravesé por primera vez con El hombre sentimental de Javier Marías y andaba loco (más) por una chica (loca también) y escribía ensayos, versos y ficciones a propósito de todo esto, mezclándolo con Borges y con Baricco y con vaya uno a saber qué tantas cosas más. 
 
 
El caso es que mientras hablábamos de Becker, atribuí a Javier Marías un pensamiento que no le es propio. Becker tiene su explicación para errores como este: la transferencia. Por mi parte, supongo que se lo enjareté al tan admirado Marías porque: a) Me gusta tanto la idea que se la impongo a quien considero el mejor autor vivo en español, le guste o no; b) La idea estuvo en su momento inspirada por la lectura de El hombre sentimental y por esa chica por quien yo andaba loco y con quien aprendí que el amor es también crueldad con uno mismo y con los demás, por lo que es, en esencia, un acto de escritura interesante; c) Soy un narciso asqueroso que se engrandece sólo e insulta a su ídolo confundiéndose con él. Quien lea sabrá elegir cuál es la explicación correcta. En todo caso y por la razón que sea, aquí va la idea tal como fue escrita hace años por mí, no por Javier Marías. La pongo aquí para invitar al mundo entero a que lea a Javier Marías quien, a diferencia de mí, sabe escribir y lo hace mejor que nadie. 
 
«Soy el guardián y el profeta de tu lecho de muerte. Desde ahora conozco, espero y aguardo el momento de cerrar tus ojos o tomar tu mano y decirte adiós, encomendarte a todo eso en lo que no supimos ni sabremos nunca si creer o no. Esa es la única promesa de amor que tiene sentido: la de esperar y desear tu muerte antes que la mía, porque en ese modo acaso también te ahorre el sufrimiento que es quedarse atrás y haber perdido.
      Es un deseo hermoso, pero también es maldición; es un egoísmo puro porque si en ti existe o existirá siquiera una sombra de duda y no deseas lo mismo, mi muerte adelantada, te condeno a perder el resto de tus días a mi lado,  a no verte libre para ir en pos del auténtico guardián de tu lecho de muerte y tenerle junto a ti en la última hora. 
       Aunque en el deseo de tu muerte o de la mía, de nuestra adelantada muerte mutua también hay algo como compasión porque si en el amor hay algo falso o no es bastante, por lo menos nos respetamos o nos queremos suficiente para desearnos una muerte feliz, sin desengaño. Porque si tú deseas que sea yo el guardián de tu lecho de muerte, ¿qué más da que lo sea realmente si estoy ahí cuando te haga falta? Acaso por estar ahí y desear tu muerte sin desengaño y por cerrar tus ojos o tomar tu mano llegue a ser lo que deseaste, lo que yo también quise ser. Y sólo en la última hora, en la muerte, el amor puede calificarse de falso y verdadero. En todo caso y aún así, ¿qué otra cosa es el amor sino desear tu muerte antes que la mía? Y una dosis idiota de engaño al pensar que por tu muerte me sacrifico yo, me inmolo en un sufrimiento que he de ahorrarte.
       Pero de todo esto no quedará nada cuando en tu lecho del que fui guardián desde que te vi por primera vez, cuando en tu lecho de muerte no puedas reconocerme como fui o quisiste que fuera. Cuando me veas con ojos velados por una enfermedad que te roba la identidad y a mi también por consecuencia ante tus ojos. De todo mi amor, de nuestras palabras y deseos no quedará nada, ni la sombra de una ilusión. Precisamente por eso y a consecuencia de ese defecto oculto que quise y bendije sin saberlo, cuando deseé una vida contigo, nos salvaremos de morir juntos o separados, de guardar lechos de muerte o profetizarlos porque con la memoria desaparecerá también el espacio posible del desengaño, habrán desaparecido el sacrificio y la hipocresía. 
        De todas las muertes horribles y dolorosas que pudimos imaginar, acaso esta es la peor, la más dolorosa y cruel. La muerte sádica que inventó el autor miserable de estas líneas, o de mi vida o de mi sueño (que sin duda, sería yo mismo). Pero por eso, por lo que la hace horrible y dolorosa, es también la única muerte sincera, la única capaz de entregarnos un final feliz para la historia. Feliz porque ninguno queda y ninguno se sacrifica, ninguno engaña. Soy o seré capaz de escribir, o ya he escrito que en el último momento fui feliz porque tu olvido de mí preservó intacta la materia con que tejimos nuestros sueños. Porque de tu olvido depende que nunca llegara el desengaño y así se fue materializando al fin mi felicidad para cuando tú no estés, para cuando tu cuerpo haya sido como fuiste prematuramente en nuestra memoria. Y como aún serás, cuando por un misericordioso contagio de senilidad, mi mente empiece a perderle el rastro a tu recuerdo.»