martes, diciembre 29, 2020

Pulvis et umbra sumus

Por lo general, me cuesta trabajo sentarme a escribir, pero esa sensación de dificultad se vuelve siempre más aguda cuando se trata de la entrada al blog en Diciembre. Quizá porque es una época en que desboco mis ganas de escribir en formas más personales y directas, enviándole unas lineas a las personas importantes. Personas así, hay siempre menos de las que uno quisiera, pero también siempre más de las que merezco.


       En todo caso, esta época coincide también, desde hace ya muchos años, con mis vacaciones laborales. Así que las últimas semanas del año son siempre sinónimo de abandonar el auto y caminar o usar el metro para todo lo que haga falta. Creo, aunque no puedo citar evidencia al respecto, que si alguna buena idea se me ha ocurrido en la vida, ha sido mientras caminaba por la ciudad, casi siempre de noche. Cuando me encuentro de camino hacia algún lado. Acaso tiene algo que ver ahí la amnesia de umbral. Estar de camino significa no haber atravesado una puerta que me hace comportarme de un modo determinado, con expectativas. Cosas así. Estar en tránsito es en algún modo ser también libre. Así que este año ando parco de ideas, porque no es ideal hacer largas caminatas, ni ir a cualquier sitio, ni usar el metro, ni nada.


      Por lo que decidí escribir estas líneas sobre por qué no quiero escribir estas líneas. Pensé en describir el proceso de procastinación al que me condena acercarme al teclado. Pero pronto me di cuenta de que apenas empezaba a escribirlo, prefería vivirlo y me apartaba del teclado. El tema de la amnesia del umbral me sigue dando vueltas en la cabeza, eso sí. La manera en que toda nuestra personalidad se transforma cuando entramos a un espacio familiar, conocido, donde siempre nos hemos comportado de manera similar, o en que estamos siempre en la misma compañía, ante los mismos estímulos. El espacio nos influye. De manera que en estos meses en que hemos tenido que aprender a redefinir el espacio que habitamos, todos hemos sido presa de una neurosis un tanto aterradora. Sin voces del exterior que opaquen nuestros demonios, éstos se brincan las trancas.


     Por otro lado, a veces basta cruzar el mismo umbral de siempre para encontrarse en otro mundo. Volver a donde uno fue feliz con quien fue feliz. Como en tango de Gardel. Como en una película cursi de encuentros y desencuentros. Hay quien me llama cursi y anticuado porque me gusta Rilke, pero ahí va una traducción improvisada, porque Rilke sabe lo que se siente.

Dios habla con cada uno, mientras le hace;
después y en silencio lo extrae de la noche.
Pero sus palabras, antes que cada cual comience,
sus nimbadas palabras son:

Exíliate de tus sentidos,
llega al borde de tu anhelo
y así cobíjame.

Arde como incendio tras las cosas,
para que tus sombras se alarguen
y me cubran siempre.

Deja que todo te suceda: belleza y terror
Siempre adelante: ninguna emoción es desenlace.
No permitas que nos apartemos.
Cerca esta esa tierra
que llaman vida.
Conócela
en toda su gravedad.
Dame la mano.




De La Tour, Georges. San Jerónimo leyendo (1621-23)—

 

Me encantan estas palabras que Rilke le atribuye a Dios, que son una bienvenida y una despedida. Dichas en el momento preciso en que se cruza el umbral y se asume un modo de existencia transitorio. Las recuerdo a menudo. Se dicen y se escriben en apenas un instante, y ese instante quedará inmediatamente sepultado en la eternidad. La vida es umbral. El instante es umbral. Cada encuentro es bienvenida y despedida. También esto será olvido. Pero hasta entonces, cobijémonos con toda la gravedad de la vida, hasta el borde de nuestro anhelo.



lunes, noviembre 30, 2020

Il n'eut plus son ange


Elévate tras las cosas como llama / que tu sombra se desenvuelva / cúbreme siempre por entero

Hinter den Dinge wachse als Brand / dass ihre Schatten ausgespannt / immer mich ganz bedecken
—Rilke R. M. Stundenbuch.
 
Con que fuese sólo un tanto más supersticioso, diría que hay libros que proyectan largas sombras, haunted books. Volví a leer La sonata a Kreutzer de Tolstoi y soñé contigo como la primera vez. Una semana después discutí largo rato sobre el libro. Esa noche de nuevo tu llama se encendió detrás del mundo, proyectando largas sombras que me cubrieron por entero. Soñé que te escribía una carta. La última. Acaso lo haré pronto. Ya veremos. No soy supersticioso.
 
 
 —Georges de La Tour. José el Carpintero (1645). Musée du Louvre—
 
 
Supersticiones y sombras a parte —o encima— recuerdo que en la casa de Victor Hugo, la de Place des Vosges en París, hay un cuarto oscuro donde la única luz se posa sobre una distante y diminuta calavera. Acaso fuera una exposición temporal que tuve la suerte de ver porque no me imagino a Hugo obligando a sus visitas a pasar por la tenebrosa habitación, vaya uno a saber. Es que hasta donde me da la memoria, uno tiene que pasar por esa habitación para llegar al estudio donde exhiben los manuscritos y primeras ediciones de Los miserables en vitrina. Aunque tampoco me sorprendería la presencia de ese memento mori permanente en una habitación de un tipo genial como Hugo, siempre consciente de que ninguna pasión es pura.
 


 
 
Para ejemplo basta recordar que una de tantas escenas memorables en la gran obra de Hugo ocurre al principio de Saint Denis; es decir, la cuarta parte de Los miserables. En el episodio titulado La casa secreta, nos encontramos otra vez con Valjean y Cosette después de una larga ausencia en que vivieron al amparo de los muros de un convento. Encontramos a Valjean viviendo con su hija adoptiva en una casa de la rue Plumet y se nos explica por qué dejaron atrás la seguridad del convento donde Valjean era tan feliz que no podía tener la consciencia tranquila.

Nada hacía tan feliz a Valjean como tener a Cosette a su lado, con la certeza de que era suya y nada ni nadie podría apartarla de él. Es esta última parte la que echa sombra sobre la felicidad contaminándola. Sin duda, Valjean siente un afecto paternal por Cosette, pero su amor no es únicamente paternal. Al contrario, tiene otros confusos componentes que ya antes nos ha explicado el narrador: su amor es el de un hombre bueno, sin esposa y que estuvo preso durante diecinueve años. Esta prolongada e involuntaria castidad echa sombra sobre el amor de Jean Valjean sin corromperlo. No obstante, perturba su consciencia.

De pronto el amor, por puro y desinteresado que sea, se enturbia con ánimo de apropiación: “era suya y nada ni nadie podría apartarla de él”. Cuando la felicidad está emparentada con el amor y éste a su vez con la ambición o la propiedad, todo se tuerce y enturbia. Por eso Valjean se pregunta si su felicidad no estará construida a costa de apropiarse sin derecho de Cosette, robándole así toda felicidad posible, desvalijándola como ratero a media noche, sin que ella pueda saber que algo le falta sino hasta muy tarde, cuando ya la pérdida sea irreparable. Es que él se retiró o huyó del mundo tras conocerlo plenamente, después de vivir en él como pobre, convicto, millonario y prófugo. Cosette en cambio estaba encerrada en el convento sin conocer apenas otra forma de vida, sin una elección consciente, sino a consecuencia de su vínculo con Valjean. Aprovecharse de esa inocencia, piensa Valjean, es privarla de todo aquello que nos hace humanos. Para ser libres es preciso escoger y una elección a ciegas es sólo simulacro.  Así, la felicidad de Valjean en el convento sólo puede prolongarse si causa a Cosette un daño irreparable. Para que su amor le haga feliz, Valjean necesita traicionarlo. Como auténtico héroe de la resignación infinita, Valjean prefiere renunciar a su felicidad para permitir que Cosette pueda vivir tanto como sea posible y entonces decida si quiere o no quedarse cerca de su azaroso padre adoptivo. Por eso sale del convento, por eso viven en la rue Plumet.

No sé si el resultado de esta decisión puede considerarse un éxito. Cosette vive y se casa con Marius, pero no deja de amar a Valjean. Sin embargo, éste decide otra vez apartarse por bien de la niña. Además hay un malentendido con Marius y el viejo héroe apenas sobrevive en un sótano, enfermo y solo. Cosette ni siquiera entiende por qué su padre está lejos, ella no deja de buscarlo y quererlo cerca. He ahí otra forma en que se enturbia todo porque los que aman privan de decisión a la supuesta amada. Quizá por eso Valjean no vuelve a ver a Cosette hasta la última hora. Omnes vulnerant postuma necat. La narración nos dice que Valjean muere feliz en ese breve encuentro, pero su epitafio cuenta otra historia: Il vivait. Il mourut quand il n'eut plus son ange; La chose simplement d'elle-même arriva, Comme la nuit se fait lorsque le jour s'en va.
 
Esta complejidad en el amor de Valjean y Cosette también me persigue como un mal encantamiento, cuyo conjuro fuera ese epitafio. Es que acaso la única prueba de amor es hacer como Valjean. Amar es apartarse poco a poco  de forma natural hasta morir como la noche llega al terminar el día. Amar es descender al crepúsculo de un sótano apenas iluminado por el recuerdo y morir de nostalgia. El amor es como una rabia en que el paciente no puede sino huir y rechazar aquello que podría curarle. Acaso Kierkegaard estaría de acuerdo en que Valjean es el caballero de la resignación infinita, cuya pasión es paradoja y desesperación. Carecer de esperanza es la clave paradójica de una existencia bien vivida. Escoger la nada por ninguna razón, desde la propia e indecible desesperación. Reconocer que estamos separados por el universo entero. Cuando ardemos con mayor intensidad, son más largas y oscuras las sombras que proyectamos en la vida del otro. Para amarles, es indispensable ya no tener a nuestros ángeles.

Quizá escriba una última carta en imitación de Valjean. Acaso sea en imitación a Rilke y no sea la última. No soy supersticioso.

Lass nicht von mir trennen
Nah ist das Land
das sie das Leben nennen


sábado, octubre 31, 2020

Siempre demasiado tarde


Demasiado tarde mis ojos se abrieron a la luz... demasiado tarde conocí el arrepentimiento, demasiado tarde conocí la caridad, demasiado tarde, en fin, comprendí esas palabras divinas de aquel a quien ultrajé, esas palabras que deberían ser la ley de la humanidad toda entera: amaos los unos a los otros.

—Eugène Sue. El judío errante.



De acuerdo con la leyenda, Cristo caminaba rumbo al Gólgota con su cruz a cuestas cuando se detuvo ante la puerta de un zapatero judío que trabajaba en su banco de piedra. Jesús le pidió prestado el banco para descansar un instante y el zapatero se negó; camina, le dijo al condenado, camina. En una reacción bastante poco característica, el crucificado castigó esta crueldad del zapatero condenándolo a caminar sin descanso hasta el fin de los tiempos: “Y tú caminarás sin cesar hasta la redención; así lo quiere el Señor que está en los cielos”.



La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —

 


En la versión de Eugène Sue, la crueldad del zapatero se explica porque se trata de un hombre cansado, agobiado por las desgracias de la pobreza, la crueldad de los romanos, del trabajo, la explotación y la vida familiar menos que armónica. El castigo que, desde una visión canónica de la figura de Cristo, ya parece desmedido y poco característico, se vuelve así una acción alevosa y hasta salvaje, similar a la de esas hadas y brujos que tendían celadas a los campesinos pidiendo caridad y maldiciendo a quienes no estaban de ánimos para cumplirles el capricho de aquello que podían obtener con magia. Por lo demás, la maldición del Judío Errante no se limita a la vida eterna en marcha sin descanso. Eso sería muy poco. Resulta que encima, por ahí por donde pasa el condenado, se desata la peste del cólera.

 
La desmedida crueldad inútil que ejerce un ser todopoderoso sobre personas normales con indiferencia plena hacia sus luchas existenciales y sus irremediables sufrimientos ilustra con claridad lo que el autor pensaba sobre el uso y abuso de la doctrina cristiana en su época. Se ensaña maravillosamente con los jesuitas porque, si hacemos caso de la investigación de Sue, quien cita fuentes, textos y demás evidencias hisotoriográficas, fueron ellos quienes inventaron todos los mecanismos que siglos después, tendemos a identificar con regímenes totalitarios como los de la Unión Soviética y la Alemania Nazi: la dominación ideológica a través de la manipulación, la vigilancia, la policía secreta, el chantaje y la delación. La crítica de Sue nos hace ver que cualquier ideología puede convertirse en totalitarismo, si se aplican los métodos adecuados, si los ideólogos están dispuestos. Cualquier ideología que exige sujetos dóciles como cadáveres, que no cuestionan, que no ponen en duda sus propios principios, termina en lo mismo. Y el pretexto puede ser tan contrario al método como el mensaje central del cristianismo: amaos los unos a los otros.

 
La novela fue incluida en el infame Index liberorum prohibitorum, señal casi inequívoca de que Sue se acercaba peligrosamente a una verdad incómoda: la fe ciega hace pensar que el fin justifica los medios, que cualquier acción empleada en nombre de una ideología bella, se encuentra por consecuencia justificada. Y que para cuando los ideólogos, los zealotes y los creyentes se dan cuenta de la traición que cometen respecto del mensaje en el que creen, es siempre demasiado tarde.

 
La trama sigue a los descendientes del Judío Errante, quienes tienen derecho a una herencia de riquezas fabulosas gracias a los buenos oficios y la intervención del inmortal en los asuntos familiares. Los jesuitas emplean todos los medios y trampas a su disposición para apoderarse de esa herencia. Sus métodos nos son extrañamente familiares; así por ejemplo, consiguen encerrar en un manicomio a una de las herederas porque, de acuerdo con la sociedad de su tiempo, que una mujer quiera vivir en casa propia y sin marido, era señal incontestable de inestabilidad mental. Situación a la que sigue un giro más aterrador si se puede imaginar, digno de una novela de horror psicológico a la Pierre Lemaitre. Acciones así de horrorosas y otras peores, se emprenden, por supuesto, en nombre de la caridad cristiana y el amor al prójimo. En cuestiones como esta, la novela de Sue trata problemas contemporáneos de manera centrada y clara. No sé si interpretarlo como que Sue estaba iluminado y adelantado a su tiempo, o si es que no hemos avanzado un ápice en este pinche mundo. Como sea, también preconiza un recurso literario muy celebrado en nuestros tiempos: el giro inesperado. Cosa que no ocurre una, sino dos veces en la trama. Y ambas, de manera magistral, soberbia.

 
Me resisto a revelar los dos giros inesperados y soberbios en la historia. Pero ambos ilustran que Eugène Sue tenía una visión del mundo acabada y digna de contarse entre los desesperados más influyentes como Zapffe, David Benatar, Thomas Ligotti y Schopenhauer. En el Judío Errante, Sue nos propone la muerte como horizonte de interpretación. Ante el hecho de la muerte, toda empresa humana resulta superflua y esto significa que ningún sacrificio, ninguna crueldad, ningún daño al prójimo está justificado, con independencia de la ideología en que quiera escudarse. Por otro lado, si la vida es un caminar sin rumbo hasta la redención, no hay alivio ni paz, sino en la muerte. La muerte es la redención. Esto se debe a que nuestra existencia está cercada por la imposibilidad material de vivir sin ceder. Su personaje inmortal esparce la muerte a su paso, los mortales multiplican la desgracia. Para vivir hay que ceder y es preciso comprometerse: los jesuitas traicionan el mandamiento en aras del propio mandamiento; los pobres venden su vida para conservarla, el zapatero judío se vuelve cruel porque el mundo ha sido cruel con él, el Cristo de la leyenda tiene un desplante porque el mundo le ha colmado el vaso. Nadie puede existir en vida sin ceder, eso es todo. Por eso el arrepentimiento llega siempre demasiado tarde: se sabe que se ha obrado mal, se sabe que pudo actuarse mejor, pero es materialmente imposible no haber cedido. La vida misma es arrepentimiento. Si la redención ocurrirá hasta la muerte o después de ella, no hay modo de expiar el arrepentimiento en vida. Siempre es demasiado tarde.

 


— La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —

miércoles, septiembre 30, 2020

Farabeuf, ¿recuerdas?

 

 

Y siente el avance del tiempo dentro de sí mismo como el avance de la muerte.

—Cioran, E. M. En las cimas de las desesperación.

 

 

¿Te acuerdas? A veces todavía me dan ganas de preguntarte si llevas en la memoria aquella tarde en que me regalaste un ejemplar de Farabeuf. Lo cierto es que a mí me cuesta, tengo que hacer esfuerzos de memoria y, hasta eso, no sé si tienen éxito, porque la imagen es fugaz y fragmentaria, acaso falsa. «Hay algo en tus recuerdos que te impide traerlos a la mente con la nitidez que fuera necesario. Todo en ello es turbio y confuso. Te sientes abrumada por la presencia demasiado tangible de ese ser que has creado y que hubieras querido ser. Algo en toda tu vida se te escapa». Nos encontramos en los salones abandonados de ese hogar que fue, donde tantas veces nos herimos como acudimos fieles a darnos consuelo. Recupero palabras que escribí entonces, como si en ese acto de leerme otra vez pudiera separar a este que soy y a este espacio abandonado que me rodea del acto mismo de hablar con tu sombra, intentar un recuerdo y terminar en fracaso. Nos hago pedazos porque no es posible reconstruir ese tiempo viejo, porque resulta increíble que entonces y ahora, de un párrafo a otro, de un día a otro, o entre latidos, viviéramos emociones tan variadas y contradictorias. «¿Quién es ese que en la noche nos invoca para su imaginación como la concreción de nuestro propio deseo insatisfecho?» Me sorprende el modo casi natural con que se siguen unas a otras, la falta de entendimiento respecto a estos vaivenes de la emoción y las pasiones. Acaso esa ceguera ante la sinrazón contradictoria y bella que fuimos era consecuencia de que entonces no pensábamos mucho, que es hasta ahora que me atrevo a contarnos la historia. «Somos una película cinematográfica, una película cinematográfica que dura apenas un instante. O la imagen de otros, que no somos nosotros, en un espejo. Somos el pensamiento de un demente». Es tan distinto reconstruir las emociones con tanto tiempo encima, volver sobre la marcha de lo que ha pasado y tener, encima, la conciencia de lo que siguió. Quizá no quería ver, no querías entender. Era más fácil vivir en el ahora, en esa experiencia sin tiempo ni conciencia. Sólo así podíamos pensar que el tiempo no pasaba, que esa tarde no estaba separada por una eternidad de violencia de la última vez que coincidimos en ese hogar que era el nuestro, que estábamos a punto de abandonar para intentarlo todo de nuevo, con los mismos errores y virtudes en el Boulevard Saint Michel, pero también en la memoria, tantos años después en la memoria, ese hogar que es sombra y es vacío, donde resuenan todavía los ecos de las palabras de amor y de odio, de tantas promesas con que pensamos era posible construir la vida que nos empeñamos tan desesperadamente en construir juntos. Hasta no entenderte o sólo en parte «He comprendido a través de tus palabras toda la angustia de tu cuerpo que aspira ya, por el deseo, a una muerte tibia y apenas perceptible». Todo lo cual se repite también eternamente en cada palabra de Farabeuf, que jamás habría leído de no ser porque aquella tarde lo traías contigo, ¿te acuerdas? 

 


 


viernes, agosto 28, 2020

I'm in it, but it's empty (2)

Tenemos que vivir las tonterías de la vida para luego volver a la vida misma; no podemos creer lo que se nos dice. Entonces tú todavía no habías vivido hasta el final esas tonterías simpáticas y embriagadoras, en las que me deleitaba viéndote, y te dejé vivirlas, sentía que no tenía derecho a coartarte, aunque para mí hacía mucho que había pasado el momento
—Tolstoi. La felicidad conyugal.


Tenía ganas de escribir algo muy erudito y muy sentido sobre Almas Grises, esa novela hermosa, breve y desgarradora de Philippe Claudel que me dejó noqueado, con ganas de un trago, de un abrazo y hasta de un poco de cariño. Es que Claudel borda con preciosismo una tela de sueños, mentiras, dolores e insuficiencias que te la debo. Creo que ya he hartado a todo el mundo recomendándole esta novela por lo que, en vez de una reseña objetiva y reiterativa, preferí usar aquella narrativa que empecé hace unos meses para darle vueltas a Claudel y a la Felicidad Conyugal de Tolstoi, de la que hace eco mi narrativa todavía en proyecto.
 

 
I’m in it but it’s empty (2)

愛 Leo en Claudel: «El tiempo me parece un monstruo creado para separar a quienes se aman y hacerlos sufrir infinitamente». Me emociona la frase y el libro entero y pienso en ti. Si me pondrás también un nombre como Tristeza. Si me verás como un tipo marchito, sin mucho interés. Si ya serás capaz de sentir o imaginar esa dulce ambigüedad que sólo dan los años, la de sentirse al mismo tiempo víctima y victimario. Siempre juega uno con ventaja cuando es más viejo, pero también por eso, desde su desesperación de ruina, no sabe defenderse con el desinterés y la entereza que lo hacen los inocentes. Me pregunto si lo que busco no es precisamente eso: una ceguera que recuerdo y añoro, pero que no puedo recuperar.
     No puedo escapar de la duda. Te atribuyo el don y la limitación de la inocencia porque nos separan muchos años. Es posible que me equivoque. Es posible que no tenga ninguna capacidad para separar a los justos de los injustos, a las inocentes de nosotros los rendidos. Acaso es lo que busco, esa inocencia que te invento, esa inocencia que es la sustancia con que uno compone toda esperanza. Ambiciono ver tus ojos más claros y más limpios que los míos o los de cualquiera para alimentarme de su naiveté, de esa paz que sólo poseen quienes juzgan al mundo sin temor ni dudas porque les faltan experiencia y heridas.
     Acaso es este el destino a que estamos todos condenados conforme nos hacemos mayores: convertirnos en vampiros, parásitos ávidos de una vida que ya no es sino nostalgia o simulacro, acosados por un apetito voraz por aquello que destruimos en el esfuerzo mismo de juntar destinos con quien sospechamos que habrá de hacernos felices. Con todo esto en mente, el tiempo me parece también a mí monstruoso, estos años que nos separan tienen la apariencia de una trampa, un inevitable abismo que nos atrae irresistiblemente para separarnos sin remedio en el acto mismo de reconocernos y querernos. Pareciera que estos años son el instrumento de tortura diseñado para provocar la agonía absurda a la que este apego nos condena. 
 
 
Pienso en Tolstoi, que también él supo ver o sospechar esta miseria cuando escribió La felicidad conyugal. Serguéi Mijáilovich se acerca a la joven María Alexandrovna con la misma emoción con que el narrador de Almas grises se aproxima a narrar el final de su historia: «Estoy llegando a esa sórdida mañana. A esa detención de todos los relojes. A esa caída infinita. A la muerte de las estrellas». El problema son los doce años que él lleva viviendo de más. El amor es para ellos la muerte de las estrellas. No quiero que sea ese nuestro destino. 
    No quiero verte herida, no quiero hacerte culpable. Pero estoy seguro de que conmigo, sin mí, a pesar de nosotros, terminarás por ser y sentir eso que no te deseo. Acaso lo único que puedo hacer es entregarme a ti con el afán de que esa inevitable herida y tu arrepentimiento tengan el balance de una tardía y anodina reconciliación como la de Serguéi y María. Conducirte a donde las espinas no sean tan afiladas como él intentó hacerlo con su joven esposa. Esta aspiración es traidora por más que parezca noble. Es engaño. No es sino un sofisma para justificarme, para convencerme de que el tiempo no nos aparta, que puede ser también consuelo. Es un pensamiento traidor porque bien sé que si escojo en tu nombre, si me imagino por un instante capaz de dirigirte, entonces no te escojo a ti sino a mí mismo. En ese momento te reduzco hasta que ya no somos nada y mi destino es ahogarme como Narciso.


Si hay amor, si hay unión o entendimiento, tiene que ser sin estos juegos necios. No hay amor posible entre un imbécil que piensa que tiene todas las respuestas y la imaginada inocente a quien pretende manipular. Si te quiero también he de querer tus límites, tus posibilidades y tus heridas, las que son, las que han sido y las que serán. Si te quiero debo amar también tu destino. He ahí la idea más aterradora, la que me paraliza: es posible que mi añoranza sea por el estado posible en que te concibo ahora, que adoro y envidio tu capacidad de llegar a ser, tu ausencia, tu indefinición, que la deseo como ensalmo porque yo ya he sido. Tú eres sueño y yo soy ruina. Por eso el tiempo parece un monstruo.

 
 
 
Folly is an endless maze;
Tangled roots perplex her ways;
How many have fallen there!
They stumble all night over bones of the dead;
And feel—they know not what but care;
And wish to lead others, when they should be led.

The voice of the ancient Bard. William Blake —
 
 

 

jueves, julio 30, 2020

Multiplicación inútil


 
The memory of past success triggers the release of some biochemical in the brain that gives rats hope and delays the advent of despair.
—Yuval Noah Harari. Homo Deus.


En su segundo libro, Homo Deus, A Brief History of Tomorrow, Harari busca entre otras cosas ilustrar qué nos distingue, si algo, del resto de los seres vivos y especula sobre las consecuencias de ser hipotéticamente distintos. Su escepticismo es refrescante. Así por ejemplo, reflexiona en torno a los experimentos con ratas en busca de remedios químicos para condiciones psíquicas como la depresión. Sin duda es difícil juzgar sobre los vínculos posibles entre el comportamiento de las ratas y sus hipotéticas emociones; pero igual las tomamos por modelo de humanidad. Ante un convencimiento pleno de que las ratas o los animales en general carecen de emociones como las nuestras, ante la seguridad de que no experimentan sufrimiento o depresión no tendría sentido experimentar en ellas. Hay una disonancia cognitiva interesante pues podemos usarlas como sujetos de estudio porque reconocemos sus emociones, pero también al usarlas de ese modo, desestimamos su conciencia.

     Algunos opinan que aunque las ratas o los animales tengan emociones como las nuestras, no son capaces de modificar su comportamiento al reflexionar respecto de esas emociones. Esa capacidad demuestra y constituye la libertad humana. Lo que suena bonito, pero nos devuelve a la disonancia cognitiva: ante la libertad, los remedios químicos serían imposibilidad o sinsentido.

     El experimento que busca una cura a la depresión, por ejemplo, consiste en colocar a diversas ratas en otros tantos tanques llenos de agua de los que no pueden salir por sus propios medios. La forma del tanque y la mecánica de fluidos impiden que la rata se ahogue (espero) así que hay sólo dos opciones: el esfuerzo inútil o la resignación. Los sabios miden el tiempo que las ratas pasan intentando escapar de esa prisión sin sentido antes de renunciar a todo esfuerzo y flotar de forma anodina en la nada que las sostiene. El comportamiento de las ratas es uniforme: tardan unos quince minutos en resignarse.


Es aquí donde aparece lo metafísico, lo transcendental: ¿qué ocurre cuando una mano cuasi divina —un deux ex machina— saca a la rata un momento antes de que se resigne? ¿Cuál es el efecto de esa mano milagrosa? Para medirlo es necesario que después de un descanso y alimento para la rata, esa misma mano divina la coloque de nuevo en el tanque. El poder misterioso que gobierna la existencia del roedor la salva en el momento preciso, sólo para devolverla al tormento. ¿Qué pasa? Que esas ratas salvíficas y justificadas, lucharán en promedio seis minutos extra cuando vuelven al tanque. Hay un incremento de más o menos 40 % en su esperanza. Si pudieran hablar, o si pudiésemos entenderlas, acaso tendrían una peculiar soteriología.

     Habrá quien diga que esto demuestra la crueldad de la esperanza pues, en todo caso, la situación de las ratas es exactamente la misma en cada visita al tanque. Si algo, la intervención de la mano providencial demostraría que la rata carece de agencia y sus esfuerzos o resistencia son vanos. Suponiendo que el experimento se repita una y otra vez, seleccionando al azar las ratas que participan en este rapture, se vería que no hay relación alguna entre sus actos y la salvación. No obstante, la intervención del absurdo es tan fuerte que las ratas multiplican su esperanza y, con ello, prolongan también su tormento. Ante una realidad exactamente igual de absurda e insostenible, se comportan de un modo distinto o más persistente al que por instinto tenían. ¿Alcanzan la libertad? ¿O se trata de una reacción bioquímica?

      Si existe alguna identidad subyacente entre el determinismo químico que asignamos a las ratas y el nuestro, o entre su libertad y la nuestra, el experimento apuntaría a que la intervención del absurdo y lo inexplicable determinan las distinciones en el temple o carácter de las personas. La esperanza sostenida o la perseverancia no serían sino evidencia de vidas cómodas en que algún acontecimiento fuera de la norma habría beneficiado a unos cuantos de manera injustificada. Esos pocos tendrían una visión sesgada, equivocada de la realidad. Habrían experimentado una azarosa e improbable reacción química y serían tan libres como ratas.

      Es posible hallar un reducto de libertad extra para el ser humano: el suicidio. Por lo menos en el libro de Harari y en los artículos que busqué en torno al experimento, no hay evidencia de que las ratas se suiciden y, sin duda, la mayor parte de nosotros pensamos que con dos o tres veces que nos ocurra el experimento nos mataríamos. Quizá. Antes habría que comprarlo con ir a la oficina o a la escuela. Pero aun el suicidio implica un esfuerzo, una esperanza de escape. No debemos olvidar, sin embargo, que el experimento de las ratas está diseñado para que no puedan morir. Si flotan viven y, ante cualquier anomalía que ponga en riesgo sus vidas, interviene la mano invisible. Lo cierto es que no hay salida e incluso morir es permanecer en el tanque. Acaso las ratas nos muestran el camino hacia la resignación estoica frente a la inevitabilidad del mundo.

     Así llegamos, por vía experimental a ideas que desde hace siglos repetimos. Lo que demuestra que no hemos avanzado mucho en la comprensión de la existencia; pero somos muy creativos y muy crueles para encontrar nuevas respuestas que confirmen lo que sabemos. En eso sí parece que somos únicos. Tenemos una exclusiva capacidad para multiplicar inútilmente la miseria y fingir que con ello pretendemos remediarla. No sé si es más horrible pensar que eso se debe a una reacción bioquímica azarosa o que se debe a una decisión libre y consciente.

martes, junio 30, 2020

Imposibilidad de una isla

A cualquier observador imparcial le resulta evidente que el individuo humano no puede ser feliz, que no ha sido concebido en absoluto para la felicidad, y que su único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor, haciendo que la vida de los demás sea tan intolerable como la suya
—Michel Houellebecq. La posibilidad de una isla.

Cuando empezó la cuarentena, uno de los primeros libros que me vinieron a la mente como lectura de ocasión fue La posibilidad de una isla. Reduciendo al máximo, puede decirse que trata sobre el sufrimiento inherente a las relaciones humanas. Con tono depresivo de corte schopenhaueriano, explica la miseria de nuestra condición y lo doloroso de las distancias como consecuencia directa de las condiciones biológicas de nuestra existencia. Somos animales destinados a desear el contacto, a tener hambre de cariño y a buscarnos unos a otros porque
creemos encontrar la justificación de la existencia ahí donde nos entrelazamos emocionalmente. Vana ilusión. El contacto es la fuga por donde la muerte nos inunda.


Algo similar opinaba Agustín de Hipona cuando escribió que la vida se vuelve insoportable cuando se recuerdan sus circunstancias: el deseo y la finitud. Así, en tanto máquinas deseantes perdemos la vida en el esfuerzo de saber querer aquello que podemos. A largo plazo, el empeño resulta ridículo porque la vida es finita y ninguna satisfacción es duradera ni plena. El amor uxorio es tortura porque uno ama aquello que perecerá. Cuanto más profundo el apego, más amarga la condena. La posibilidad de una isla nos presenta un mundo en que estas dos circunstancias ya no determinan la vida: los neohumanos descubrieron la inmortalidad casi por accidente y superan poco a poco la concupiscencia, empezando por el deseo de contacto. En sucesivas y recurrentes existencias, superan la necesidad de la caricia y la presencia.


     Para cuando la novela comienza, el contacto entre los inmortales se limita a mensajes electrónicos: imágenes, palabras, ocasionalmente una videollamada. Algo similar a lo que nos ocurre a quienes tenemos la fortuna de poder quedarnos en casa y tenemos suficiente miedo para no arriesgarnos abriéndole la puerta a nadie. Estamos aprendiendo a no desearnos. Por lo menos aspiramos a superar la necesidad de la presencia, sustituyéndola con intermediarios electrónicos, otorgándole cada vez más importancia al simulacro de compañía.


     No es un fenómeno del todo nuevo. Así por ejemplo, cuando esta bitácora era joven y yo leía por primera vez a Houellebecq, los bloggers establecíamos misteriosas amistades a distancia. Era excepcional reunirse en vivo, verse las caras, o conocernos más allá de minúsculas y borrosas fotografías de perfil. La mayor parte de esas amistades han desaparecido, no como personas, sino porque este medio de comunicación ya parece anticuado. Incluso hay que confesar algún narcisismo en la expectativa implícita de que alguien emplee su tiempo en leer estos largos mensajes que arrojamos al internet como tantas botellas al mar.


     Lo importante es que en aquél entonces, cuando todo el mundo tenía y leía blogs, nos sentíamos acompañados al leer esas largas disquisiciones sobre anagnórisis ajenas. Hay algo en la escritura cuidada y reflexiva que —por lo menos para los de mi generación— construye una paradójica emoción de cercanía en la distancia. El mismo principio que mueve a los novelistas y que durante siglos dio sentido a la hoy anacrónica costumbre de escribir cartas a mano y depositarlas en el correo. Seguimos siendo animales ceremoniales para quienes el significado de un mensaje está compuesto también por sus rituales.


     A veces ocurre, sin embargo, que el acto desborda al ritual y anula todo sentido. Kundera ironiza al respecto en el famoso episodio de la gran marcha en La insoportable levedad del ser. Personas que se pierden en la euforia y la concupiscencia del mero decir o hacer privado de sentido. Dominados por el hedonismo de ser actuantes. Cuando sentirme cantar, marchar o decir es más importante que aquello y a quienes se canta, marcha o dice, las cosas se tuercen.




En aquél entonces, ni Houellebecq con todo su pesimismo se imaginó que llegaríamos a esta forma de usar los medios de contacto para simular ya no sólo presencia, sino también comunicación. Sus neohumanos intercambian opiniones y reflexionan sobre la vida mientras esperan su muerte y la llegada de los Futuros. Profundizan en la condición de quienes les antecedieron, construyen la posibilidad de quienes han de seguirlos y es desde esa introspección que los abisma que puede surgir el final inolvidable de la novela, esa mezcla de esperanza y desesperación que es la condición humana. Puede resumirse en aquella súplica de Agustín de Hipona: «exaudi et responde et respice et vide et miserere et sana me, in cuius oculis mihi quaestio factus sum». Me encanta cómo suena en latín, pero va también en español: Escúchame, respóndeme, vuelve tu mirada, mírame, compadéceme y sáname, tú en cuyos ojos estoy hecho un enigma. Es esta caricia espiritual lo que santifica a la palabra ausente.


     Cuando nos escribimos, nos hablamos y nos buscamos llegamos a ser enigma a ojos de los demás. Al escribir cartas, novelas y poemas nos reconocemos mutuamente enfermos, necesitados de otra mirada compasiva sobre nuestra propia miseria. A Houellebecq no se le ocurrió que llegaría un día en que la palabra dejara de producir este enigma de insinuación. Acaso ese punto ciego es lo que le permite crear un inusitado final ambivalente, casi esperanzado que contradice un tanto su estilo.


     Al terminar la novela me pregunto cuándo fue la última vez que encontré en la red un mensaje in cuius oculis mihi quaestio factus sum. De esos que, como le decía a una muy querida amiga hace unos días, nos revelan ante nosotros mismos. Imagino a Daniel25 enviándole a Marie23 (a la comunidad neohumana entera, da lo mismo) una denuncia de herejía ideológica, un señalamiento de odio, una imagen de excesivo orgullo por la posesión de algún objeto material o, ya de plano, invitándola al reto de publicar portadas de libros, películas, discos, sin hablar de sus emociones, sus experiencias, sus enigmas al desdoblarse en esos espejos que son arte. Así se destruye la posibilidad toda y cualquier isla. Es que la palabra sin súplica de comprensión, la palabra sin caricia que busque al otro en la distancia deviene en epitafio de la humanidad.






¿Ese poema en francés? Dice algo así, según Encarna Castejón, traductora de la edición de Alfaguara: «No hay amor / (No de verdad, no lo bastante) / Vivimos sin socorro, / Morimos desamparados. // El llamamiento a la piedad / Resuena en el vacío, / Tenemos los cuerpos tullidos / Y nuestras carnes siguen hambrientas // Desvanecidas las promesas / De un cuerpo adolescente, / Pasamos a una media luz / Donde nada nos aguarda // Más que el vano recuerdo / De nuestros días pasados / Un sobresalto de odio / Y cruda desesperación».

sábado, mayo 30, 2020

Etapas en el camino de la vida (5) Tolstoi



Para que una persona pueda recibir la sabiduría ajena, antes tiene que pensar por sí misma.
—Lev Tolstoi. El camino de la vida.

Empecé a usar lentes por culpa de Tolstoi. Fue allá en 2001, porque me atreví a leer Guerra y paz. Le compré la novela a un vendedor callejero del barrio universitario por veinticinco pesos. Editada en 1977 y con 879 páginas encima, era parte de la Biblioteca Sopena, en donde a precios populares, se editaban obras maestras en formato de bolsillo. En el caso de Guerra y paz, la noble aspiración resultó frustrada porque, para encerrar en ese pequeño formato al leviatán literario, emplearon la letra más pequeña que haya visto en un libro. Dolorosa y afortunada situación: tenía en mis manos una obra maestra indiscutible, al alcance de mi salario de estudiante, pero era casi ilegible. Así y todo, lo leí por todas partes, lo mismo en vagones del metro que en salones de clase. Tardé casi cuatro meses en terminar.



Era de esperarse que leer una letra tan pequeña y apretada en camiones y vagones terminara por agotarme la vista. Cerré la novela y de ahí al oculista. Sin embargo, recuerdo aquella tarde en que terminé Guerra y paz con mucho cariño, con emoción y nostalgia. La novela era maravillosa y cada minuto invertido, así como la degradación visual, valió la pena. Lo trágico es que si en este momento me preguntasen de qué trata la novela, por qué tanto amor y tanta nostalgia, sería incapaz de decir algo sobre la trama. Acaso diría: va de la invasión napoleónica, hay príncipes, soldados y chicas que los aman o los sufren. Me parece interesante que una experiencia tan importante y central, se encuentre, al mismo tiempo, cercada de olvido.
 
     Acaso mi incapacidad de reducir esa obra a una descripción que pueda recordar tiene algo que ver con la infinitud de sus propuestas. Sin descartar mi mala memoria, mi juventud al leerla, mi incapacidad de entenderla en todas sus dimensiones. Tolstoi es uno y es muchos, él es su corriente y su canon. Creo que no se encontraría a gusto reducido a una postura uniforme, sino que, como proponía Nietzsche, avanzaba en el camino a fuerza de traiciones. Quería llegar a ser él mismo. Lo que se puede decir sobre Anna Karenina no ayuda mucho a entender novelas como Resurrección o escritos tan personales como Confesión. Tolstoi representa el cambio de vida y pensamiento constante, un anhelo de exploración perpetua desde el desencanto y la desilusión. Si alguna certeza ofrece es la de que cuando uno piensa o siente que al fin ha llegado a la meta, es precisamente cuando más lejos se encuentra de ella.

—Tolstoi a los 20 años— 

Recién leí El camino de la vida. Acantilado la mercadeó como la primera traducción al castellano de la última gran obra de Tolstoi. En esta obra de corte más bien filosófico, Tolstoi nos ofrece una colección de máximas y pensamientos para meditar y ayudar a la plenitud en la vida. Escrita al final de su vida, es también una forma de explicarnos por qué escribía las obras que escribía. Se nos aparece un autor como lector que transitaba por las corrientes de pensamiento más variadas y complejas que pudieran estar a su alcance. Rescata saber de los estóicos, de Schopenhauer, de Thoreau, de Pascal; no desprecia la lectura del evangelio, del budismo o del Corán y, con todo ello, construyó una visión clara y completa del mundo y de la vida que se refleja en la mutabilidad de su literatura. Puede parecer estrambótico y hasta esquizofrénico andar buscándole la cuadratura al círculo de las ideologías, pero él lo hace parecer sencillo. Sin caer nunca en la cerrazón o el fanatismo, se mantiene abierto a todas las corrientes del pensamiento mientras no contradigan lo que a sus ojos es el mensaje común en todas las ideas valiosas: la ley del amor y el rechazo de las certezas, el fanatismo y la falta de crítica.
 
     Quizá es este el espíritu que estaba en Guerra y paz y por el que me conquistó. Por eso le tengo tanto cariño aunque no tenga muy claros los avatares de la trama, porque me enseñó a pensar y a vivir en un modo específico, que bien puede resumirse en el escepticismo de Kierkegaard ante la filosofía y cualquier otra disciplina: qué pobre debe ser la filosofía si no tiene una respuesta cuando le pregunto qué debo enseñarle a mi hijo para que sea un hombre de bien, para que sea feliz.

     El camino de la vida me acercó a un Tolstoi que escribe desde esa misma inquietud porque renuncia, de entrada, a la certeza. Empieza por explicarnos que la fe se define como la enseñanza de lo que es la vida humana y cómo hay que vivirla. Es decir, reconoce que el saber más valioso y central para la vida es asunto de fe, se trata de algo en lo que creemos, una invención necesaria respecto de la que no se dirá nunca la última palabra. Por eso pone en un lugar central a la abnegación y a la renuncia. El primer paso es soltarnos de las asideras intelectuales que nos parecen necesarias y, bien vistas, no son sino justificaciones para conservar privilegios injustificables. Hacerle la guerra a la ideología desde la conciencia de que somos sujetos ideológicos. En una de esas el camino es negativo, se trata de aprender a renunciar: cuando uno deja de creer ciegamente empieza a ser libre y deja de hacer daño. El proceso se hace más fácil conforme se va renunciando a más mitos o certezas: los transhumanos, las justificaciones históricas, las razas, las nacionalidades, partidos y clases, cosas así. Dejas una de lado y la siguiente será más sospechosa, más fácil de abandonar.

     Vía negativa, dice Tolstoi que «la ciencia más importante trata de cómo y cuando guardar silencio». De la misma manera si uno se abstiene de hacer, pensar o decir lo que no debe, entonces ya está , por eso mismo, viviendo como debe. Resulta que Tolstoi me enseñó esto mucho antes que cualquier otro maestro. Acaso Tolstoi fue el que me puso en el camino de Wittgenstein, Schopenhauer, Nietzsche y Kierkegaard. Todos ellos se niegan a señalar un camino y establecer doctrina; prefieren mostrarnos la falsedad, lo equívoco y supersticioso en nuestras verdades más queridas. Nos piden que no estemos conformes, que sigamos buscando siempre porque nadie está más lejos de la verdad o del bien o de la justicia o de la felicidad que quien cree, así sea con fe verdadera, que las ha encontrado.

jueves, abril 30, 2020

Rabos de lagartija

Estos cables no llevan electricidad, son los hilos del teléfono, y no es el viento que los hace silbar, son voces de gente que tiene miedo y se llama desde muy lejos y se busca... ¡Escucha! 
—Juan Marsé. Rabos de lagartija. 

El internet, esa fuente de información inútil y deforme, me muestra que, entre otras curiosas parafernalias de cuarentena, han empezado a vender tapabocas con la leyenda Faith over Fear, y la referencia a un salmo bellísimo: «There shall no evil befall thee, neither shall any plague come nigh thy dwelling». Me gusta la gramática retorcida de la versión King James, pero en buen cristiano dice: «La desgracia no te alcanzará ni la plaga se acercará a tu tienda». La pragmática fe de quienes fabrican y usan estas máscaras reforzadas por la fe me enternece; como si poner ahí la frase fuera el equivalente a presentar una factura vencida y decirle a Dios: recuerda que prometiste ordenar a tus ángeles escoltarme en el camino.

El detalle me recuerda que hace más de un mes estoy pensando en escribir sobre Rabos de lagartija de Juan Marsé. No es, por mucho, una de las mejores novelas de Marsé: de pronto lee uno por enésima vez que el policía se acercó a casa de la pelirroja para llamar a la puerta y se siente forzado, reiterativo. Sin embargo, quiero creer que esa monotonía sirve para demostrar que los detalles de profunda compasión y fe que componen la trama resultan indiferentes en el escenario asqueroso que es el mundo.


En apariencia, la novela sigue a David, el hijo de la pelirroja; sin embargo, el centro de la historia es su amigo Paulino. David y Paulino pasan el rato buscando lagartijas para cortarles el rabo. El entretenimiento suena inocente y divertido, como cualquier juego infantil. Pero en esta novela lo insignificante y lo trascendental intercambian lugares a cada rato. No se sabe, de principio, quién ha inventado el juego, quién le sigue la corriente a quién. Pero los rabos de lagartija son un ingrediente esencial del remedio milagroso que cura todos los males. La base para componer al fin el mítico bálsamo de Fierabrás. Así que el juego tiene una intención curativa, bondadosa.

La bondad, no obstante, la compasión y la fe, siempre terminan por torcerse cuando es lo único que tenemos para aferrarnos. En la novela hay muchos ejemplos de eso. Pero en ese retorcimiento hay una sola víctima: Paulino. Es discutible si el destino de David y otros personajes es buscado o no, pero Paulino es víctima de la fe ciega y las buenas intenciones ajenas. El caso de Paulino es distinto, él tiene almorranas. Y de vez en cuando, sufre golpizas a manos de uno de sus parientes, acaso lo mismo que todos los niños en esa década.

Sin embargo, las golpizas que sufre Paulino son bienintencionadas, compasivas, basadas en la fe. Los mismos adjetivos de las golpizas, hay que aplicárselos a David. No me imagino muchos amigos que, en vez de burlarse de un compañero con almorranas, le ofrezcan un remedio fantasioso o consuelo. Porque resulta que para eso buscan los rabos de lagartija, para curar a Paulino de su dolencia y de los golpes. David también lo ayuda a desahogarse de los impulsos que provocan las golpizas que sufre. Es que el chico es un tanto homosexual. Ahí se tuerce la compasión por primera vez: ¿Ayuda David a su amigo dejándose manosear? ¿La compasión justifica dejarse hacer lo que no le gusta?

Como dije, las golpizas son también compasivas, bienintencionadas y basadas en la fe. Son el genuino esfuerzo que hace un tío ex-legionario para curar a Paulino de lo que considera una desviación. Quiere “corregirlo” al niño, no lastimarlo. El tío aplica la cura de forma religiosa cada semana, cada tercer día. Pero la supuesta cura no se limita a los golpes, de hecho es la causa de las almorranas. Es que no hay saña ni odio tan grande como el que le deparamos al espejo. Por eso David compadece a Paulino, y tiene fe en que hay una salida a todo esto, se la repite a su amigo hasta que éste le cree: hay que matar a ese ex-legionario hijo de puta.

Hay un pequeño rayo de esperanza cuando el policía se percata de que Paulino lleva el rostro hinchado a golpes, que apenas puede abrir un ojo y presenta diversas heridas. El policía también es un tipo bienintencionado, compasivo, justificado por la fe. Así que le ofrece un consejo al niño: agradécele a tu tío que le importas y deja de actuar así o también yo te daré un castigo. Y luego lo manda a casa para que le curen las heridas que lleva en el rostro. El niño responde que nada de eso hace falta, que para eso tiene sus rabos de lagartija.

Es decir, no tiene nada ni a nadie. Ni siquiera se tiene a sí mismo. Pero tiene el bálsamo de la ilusión o de la fe, ese remedio compuesto con fantasía y compasión que tiene también cada uno de los personajes para justificar sus respectivos, despreciables y absurdos actos. Si algo tienen en común, si algo motiva la desgracia que cada uno de los personajes le causa a los demás es esa convicción íntima, esa certeza que sólo la fe puede prestarnos: lo que hago es por tu bien. No puedo equivocarme pues los ángeles del señor me escoltan en el camino.

A cada uno de nosotros, lo mismo que a esos personajes, nos tiene que llegar alguna vez la hora del desengaño, la pérdida de la inocencia. Por lo menos eso espero, porque es entonces cuando dejamos de joder con buenas intenciones. Para seguir con el caso de Paulino, finalmente se atreve y le pega un tiro a su tío. Después de ese momento deja de creer en los rabos de lagartijas. Si la fe lo hacía capaz de soportar su condena, la incredulidad lo hace capaz de cambiar su circunstancia. Va a dar al reformatorio. Se libera de un infierno para caer en otro. No sabemos cuál de ellos es peor. Y sin embargo es entonces, después de la inocencia, cuando más falta le haría el consuelo de la fe. Justo cuando ya no podemos acceder a la convicción, cuando dejamos de escuchar los pasos de los ángeles velando nuestro camino, justo entonces es cuando más falta nos hacen. Después de la inocencia ya no es posible la fe ni el consuelo. Ni la esperanza tiene lugar.

Me pregunto qué es peor, dónde se sufre más. Ahí donde la situación no tiene salida ni escape pero aun tenemos la inocencia suficiente para creer en uno. O ahí donde el escape es posible, pero no vamos hacia allá porque, perdida la inocencia somos ya incapaces de creer que hay salvación. Es algo como buscar la cura para esta peste que nos acecha en la fe. Buscar el modo de vida adecuado para esta cuarentena en la desesperación. O viceversa. Entiendo que haya quien quiera oponer la fe al miedo. Y al mismo tiempo me aterra, porque nada hay más aterrador que aquellos que están aterrados y desde su miedo construyen una certeza. Me gusta pensar que todas sus certezas son también rabos de lagartija pues, como dijo Kierkegaard «la muerte no requiere la explicación, ella no ha solicitado nunca el auxilio de un pensador. Pero el viviente requiere la explicación, ¿y para qué? Para vivir de acuerdo a ella».

lunes, marzo 30, 2020

I'm in it, but it's empty

I don’t want a pillow I want your moving breathing flesh. I want you to hold my hand in the dark. I want to roll on to you and push myself into you. When I turn in the night the bed is continent-broad. There is endless white space where you won’t be. I travel it inch by inch but you are not there. It’s not a game, you’re not going to leap out and surprise me. The bed is empty. I’m in it but the bed is empty. 
—Jeanette Winterson.

Había preparado una reflexión en torno a Rabos de lagartija, la novela de Juan Marsé, dándole vueltas a esa frase que da título al libro y que compite por ser una de las más tristes que se hayan escrito en literatura. Pero hablar de Marsé en estos tiempos podría parecer un deliberado intento por evadirme de la realidad, ignorar al elefante en la habitación. Entonces, para no resultar intempestivo, comparto estas notas con las que estoy intentando construir un cuento. La idea me llegó mientras leía The Passion de Winterson y sostenía una esperanzadora conversación por WhatsApp. 


I'm in it, but it's empty


La ciudad luce vacía. No desierta. Exageran los que ven en esta cuarentena el eco de una novela de Camus o de la Europa medieval. Me parece ridículo el símil con las películas de desastre. La ciudad es más cómoda de este modo. Sin horarios fijos ni compromisos. El pánico que corre por las calles parece un escenario ideal para leer a Philipp Mainländer. Lo cierto es que hay pánico porque nos aferramos a la vida. Sólo se aferra a la vida quien no la conoce.
     Me doy cuenta entonces. Me aferro a ti y eso significa que no te conozco. Esperar, una noche sí y otra no, a que me lleguen tus mensajes, es un ritual tan obsesivo y tan idiota como lavarse las manos tras tocar cualquier superficie o bañarse en alcohol como quien hace abluciones rituales. Me aferro a ti como a alguien que no volverá. Como a un pasado. Pero vas volviendo, lo mismo que tu ausencia. Por ahora todos somos vida estéril. Aferrándonos a lo que es, o pronto será, pasado. Es decir, a nosotros.

 — Sahara. Wikipedia —

No pretendo ser poético; menos todavía caer en el ridículo o el lugar común. Intento ser honesto. Escribir sin recursos, sin creer la leyenda que me estoy inventando y contra la que pretendo que estos ejercicios de escritura hagan contrapeso. No se trata de recordar, ni conservar, porque así se cae en el descuido de embellecer.

Una mirada, un saludo, un gesto con la mano. Se trata de signos que pueden juzgarse desde la superficie, sin complicaciones. Pero a veces es preciso juzgarlos de manera intencional. El signo es, antes que nada, una creación de quien quiere leerlo. No hay signos en ausencia de lectores. Este es el problema. Tu mirada es un problema. No sé si soy yo quien construye la emoción que leo en ella. Hermenéutica del vacío. En medio del malentendido, en las márgenes del sentido, los signos superan al intelecto. Cuando el mensaje es oscuro nos involucra por completo.

Es posible que esté imaginando cosas. Nunca he sido muy hábil para interpretar intenciones ajenas. Estas líneas son también un estudio de la realidad. Quiero saber si lo que veo o siento es un malentendido. No quiero ser ridículo. No es propio temblar mientras uno escribe; sin embargo, sucede. Querer es para mí algo ajeno. Querer con mayúscula, de un modo que involucre todos los aspectos de mi voluntad. Soy capaz de juzgar si tengo hambre y querer comida. De construir planes de investigación académica. No me es difícil hacer corresponder los medios con los fines. Lo que no sé es desear algo más allá de la conveniencia. Querer con el cuerpo, que la carne llame como el hambre. Querer con la razón porque deseo un mundo en que el enunciado «tiemblo porque te escribo» sea verdadero, y también todas sus consecuencias. Querer con el espíritu, como el herido quiere consuelo.
     Si alguna vez te entrego estas líneas ha de ser porque lo quiero de ese modo total. Porque la idea de tus ojos leyéndolas, la posibilidad de tus manos que componen una respuesta, lo justifican.

El caballero encontró una botella a la vera de un río. En la botella un papel y en el papel una carta. Ella pedía ayuda. El caballero recorre el reino en busca de la infortunada hasta encontrar una fortaleza peligrosa. Derrota al villano y libera a la cautiva. La arena está manchada de sangre, las paredes también. La mujer agradece la liberación, pero sus ojos muestran miedo. Tanta sangre. Con cortesía, ella lo invita a quedarse en la fortaleza y él acepta la hospitalidad. Días después, un hombre irrumpe en la fortaleza y ataca al caballero quien una vez más, sale victorioso. La sangre es prueba de victoria. Cuando se agacha sobre el cuerpo inerte del rival, nota que en esa mano muerta aferra todavía un papel. El caballero encuentra una nota igual a la que lo trajo aquí. Letra por letra. A ambos lados de la vida y de la muerte está el mismo discurso oscuro. Entonces empieza a pensarse en pasado.

Lo que nos separa es la forma en que leemos el signo. Nos separa un modo de habitar el mundo, de estar determinados por su sentido. El mundo puede ser cualquier cosa para cada uno, porque es un mensaje oscuro. Eso me hace desesperar. También me emociona. Entenderte y al mundo a través de ti es algo como volar con las alas de cera que me heredó el ingenio de papá. No pretendo ser poético.

Quiero saber cómo responder a tus palabras. Quiero leer mi nombre como tú lo escribes. Estas frases significan mucho y significan nada. Son hermenéutica del vacío. Son un mensaje oscuro. Pero creo que puedes entenderme. Quiero que puedas entenderme. Si los signos son enigma, el milagro estriba en que tú y yo los leamos del mismo modo. Si pretendiera ser poético, citaría a Cioran: quiero morir de luz en tu abrazo. Si los signos son oscuros, nuestra coincidencia es luz. Pero no deseo perdernos en poesía.

No sé cuando me acostumbré a pensar estas cosas en pasado. El pasado es real, porque sé que ha sucedido. Es pasado porque ya no puede repetirse. Pensar estas cosas como pasado es más complejo que decir que son irrepetibles. En el pasado está también la deformación de la memoria. Se trata de admitir que, aunque sé que algo sucedió, eso no implica que haya sucedido precisamente como lo recuerdo. Recurrir al pasado para juzgar el presente siempre es engañoso. Pienso en pasado cosas como mis manos con voluntad suficiente para buscar otra piel, un contacto. Cosas como que alguien entrelaza sus dedos con los míos. Pensar en pasado significa que  milagro es lo que ocurre una vez y no se repite; también significa que milagro es lo que ocurre muchas veces. En esos términos vuelvo a pensar en ti. En mi temblor al escribir. Me escribes. Te respondo. Me respondes. Estoy acostumbrado a pensar esas cosas en pasado. Me cuesta creer en su presente.

  — Ruta del transiberiano. Wikipedia —


Siempre me han gustado los lugares desiertos. Esos paisajes en que no puede encontrarse un atisbo de vida. Desde pequeño pensaba en las planicies de Siberia con emoción. La imagen del transiberiano atravesando un invierno crudo y blanco. Yo dentro de ese tren. También me gusta el desierto, su cultura, de la que apenas sé por los relatos de Paul Bowles. Me gustan esos sitios a donde uno va de paso, donde quedarse es morir. Los sitios en donde uno ensaya su relación con la muerte.
     En el mismo sentido, me gustan las mujeres estériles. Hay paz en un cuerpo que no puede repetirse. Un cuerpo que se ahorra la vieja discusión sobre la vida. Una mujer tan estéril como yo no precisa negociar con la circunstancia o con la realidad. La vida no es un don. Me aterra un poco tener que decirte alguna vez por qué pienso así. Hacer referencia a Kertész, Ligotti y Schopenhauer. Hacer un largo periplo para no decirte nunca por qué no quiero prolongar la vida. Como un atropellado que no vuelve a pisar la calle donde casi pierde la vida. La única prueba de amor a la humanidad es no multiplicar, no repetir, no reflejar su miseria.

viernes, febrero 28, 2020

No hay más allá

Cierra los ojos y repite: “¿Adonde te podría llevar? A donde vayas irá contigo la desesperación. Sufrirás y dirás como ahora: 'más lejos todavía', y no hay más lejos sobre la tierra. El más lejos no existe. No existió nunca. Verás tristeza adonde vayas”.
  —Roberto Arlt. Los lanzallamas. 

Recién me he puesto a releer a Roberto Arlt. Qué nostalgia. Cuando tenía veinte años, leía a Cortázar de forma casi religiosa. Entre lecturas y discusiones en torno al gran cronopio, apareció el nombre de Roberto Arlt. Ya se sabe que a Cortázar le parecía genial. Compré Los siete locos y Los lanzallamas con el producto de mis primeros salarios. Vistos desde el presente, mis ganancias de entonces parecen precarias, pero bastaban para comprar libros, que era lo importante. Que sigue siendo lo importante.

—Siempre quise esta edición. ¿Alguien me la consigue?— 

En aquél entonces, en el 2001, había en Ciudad Universitaria una imponente sucursal de librerías El Sótano. Estaba junto a la facultad de Arquitectura, en la entrada de lo que es todavía el Museo Universitario de Ciencias y Artes. Mi memoria presenta esa librería como un espacio enorme, de techo muy alto y libreros de pared a pared. Cuando me acuerdo, me da rabia no haber acudido más a menudo a esa librería ya desaparecida. Lo cierto es que entonces rara vez compraba libros nuevos y curioseaba más en las librerías de ocasión y con los amigos libreros que se ponían en la entrada de Filosofía y Letras. No mucho tiempo después, apareció frente a los vendedores de libros usados en filos, un vagón que anunciaba títulos editados por el también finado CONACULTA a precios de risa para el estudiante pobre que quería leer. Ahí conseguí El juguete rabioso, que formaba parte de la colección “Clásicos para Hoy”. Todavía tiene marcado el precio en la primera página: dieciocho pesos.

Cuando pienso en esos tiempos y en esos libros me regresa una imagen más bien feliz y esperanzada del mundo. Había libros y tiempo para leerlos. El amor estaba en puerta y los amigos eran fieles hasta el final. Así que resulta difícil entender por qué o cómo le agarré tanto gusto a Roberto Arlt, que es un escritor más bien dado a lo trágico, cuyos personajes buscan la iluminación por el sufrimiento y aspiran a la trascendencia por la humillación.


—Roberto Arlt—

En aquél entonces, mi estado de ánimo y opiniones generales pueden resumirse con estas palabras de Arlt: «éste era un mundo de gente fatigada, fantasmas apenas despiertos que apestaban a tierra con su grávida somnolencia como en las primeras edades los monstruos perezosos y gigantescos. De allí que toda su alma voladora se sintiera aplastada por la inutilidad aherrojante de los prójimos». No sorprende que una chica asombrosa me apodase alguna vez “El existencialista”. Me gusta ese nombre, que es al mismo tiempo admiración y pena. Como ser hijo de Zeus en las tragedias griegas: es un honor que apareja desgracia.

Por eso me cuesta entender mi nostalgia frente a la época en que conocí y leí por primera vez a Roberto Arlt. El gusto tan reconfortante de releer sus palabras. Lo mismo me pasa cuando pienso en un escritor jovial como Cortázar disfrutando las alucinaciones nihilistas de Arlt. Me causa algo de extrañeza. Luego me acuerdo que Cortázar también tiene sus tintes desesperados que son contraste para momentos de una alegre y brillante fugacidad. Tan fugaces como mis recuerdos alegres de la época en que leí a Roberto Arlt.

A partir de estos contrastes, especulo. Me gusta la palabra: especular. Que significa no sólo inventarse cosas que uno no sabe, sino que también tiene una raíz latina que significa espejo, espejear. Jugar a los espejos, es decir, reflejarse uno mismo en lo dicho.

En Los lanzallamas la aparición fantasmal del gaseado sentencia a Erdosain: «Tenés que llorar mucho todavía. Hasta que se te rompa el corazón y amés a los hombres como a tu propio dolor». Es posible que una mirada clara esté condenada a ver sin tapujos el absurdo existencial pero que, por eso mismo, esté mejor preparada para sentir con los demás. La única manera de entender o acompañar a quienes sufren es también sufrir. Con la misma lógica, cuando uno se enfrenta a la certeza de la vida como un sinsentido, cobra consciencia de que ha vivido hasta ese momento sin mayor incidencia. Incluso se es feliz de vez en cuando. Hay una  alegría fugaz, intrascendente, sin sentido.

Al final, ante la evidencia de la trivialidad de todas nuestras experiencias y aspiraciones, uno tiene que escoger si desespera y se tira de cabeza al mar o se pone a jugar como niño construyendo castillos de arena. Por este camino entendemos que una visión trágica de la vida no necesariamente lleva al suicidio, ni a una vida gris y amargada. La desesperación es una visión especular de uno mismo sobre el mundo. Es un acto voluntario. Por eso, cuando uno de los personajes de Arlt se pone en el lugar de un hipotético Dios en el juicio final, sentencia: «¿A quién condenaría entonces? A quien habiendo podido convertirse en Dios para un ser humano, se negó a ser Dios. A ése le diría yo: ¿Cómo? ¿Pudiste enloquecer de felicidad a un alma, y te negaste? Al infierno, hijo de puta».
 
Si no hay un más allá hacia el cual escapar, si lo único que veremos es tristeza, ¿por qué no enloquecernos de felicidad? Irónicamente, aquellos que creen en una justificación transmundana de la existencia se sienten menos comprometidos con la felicidad. Total, ya la recibirán —si la merecen— en el más allá. Al cabo es responsabilidad de Dios o del destino o de terceros.

Especulo, es verdad, pero me parece tonto dividir a los pensadores en pesimistas y optimistas. Cada día me convenzo más de que los pensadores de la angustia, la intrascendencia y la nada han hecho más por la felicidad que todas las huestes de la justificación. Marco Aurelio, por ejemplo: «renuncia a las vanas esperanzas y acude en tu propia ayuda, si es que algo de ti mismo te importa».