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viernes, julio 29, 2022

Una llave

Y yo por qué tengo que enterarme así de que mi primer pasión se casó ayer. Por qué sentirme traicionado cuando desaparece de golpe hasta como imaginario lo que no pasó nunca y ya ni siquiera me interesa que pase. Quizá eso es todo, que no entiendo. Porque de corazón le deseo toda la felicidad para toda la vida, no es mala voluntad lo que siento. Es simplemente que me cuesta creerlo. Como si de pronto tuviera que preguntarle ¿quién eres tú y qué has hecho con ella? ¿Dónde ha quedado la poesía y mis años de esperanza y desesperación alternadas? Mi vida sería otra si me hubieras visto como yo te veía, si tantas cosas. No porque lo quiera ahora, sino porque fue el principio, a mis dieciocho años, recién abierto el mundo, fue entonces, verla a ella, el primer paso de quien soy ahora. Entonces leía en Baudelaire y Walter Benton las claves de un sueño distinto, de la vida que ahora sé no podía llegar, confundido y sediento de cariño o de aceptación o de reconciliarme con el Dios que para entonces ya se tambaleaba. Siento que se pierde todo eso, que se lo traga el olvido o un abismo que no sé explicar sino como el pie descomunal de Cronos que borra todo lo que pisa y deja, en su lugar, sólo una huella. Mis primeros cuentos tenían su cuerpo y su cara y mi desesperación entera. Desde entonces no he escrito una sola línea que no sea alguna variación de esa sed de compañía o de un abrazo que rara vez se ha mitigado y que tomó forma o dirección porque la conocí a ella. La glorieta del Riviera y sus puentes enormes al caer la noche, las caminatas largas y los caminos. Las letras góticas y la poesía ante su reto de escribir una carta todavía más hermosa. ¿Cómo comprender ese reto sin imaginar que había celos, que en algún modo me quería? Una dirección distinta, un nuevo principio, una invención completa de nuevo honor y nuevos prejuicios. Todo eso está ahí, en su nombre, en mi memoria de ella, del primer día de clases y hasta este día en que me dijo que se casa. Todo eso se muere en la imaginación y en el recuerdo, o murió ayer en la boda, por más que en la tierra llevara ya muchos años muerto y enterrado, inexistente. Supongo que de esto se trata aquello de morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca. Es tanta nostalgia en ese nombre suyo, en esa sonrisa que no se me olvida, tanta nostalgia que me vuelve loco...

Porque nuestro día es de tiempo, de horas
- y la manecilla camina`
y cierra el círculo sobre nosotros:
y la eterna noche negra nos chupa como arena movediza; nos recibe totalmente -
sin una prórroga, ni un paracaídas, sin una llave para el cielo,
                                sin la postrera larga mirada.

Esto en el cuadernito aquél de poesía. Walter Benton. This is my beloved. Sin una llave para el cielo. Esa es la cuestión. 


—Paolo Veronese. Las bodas de Caná

jueves, marzo 31, 2022

Testimonio de inquietud

"À la mystérieuse"

 

Lo más verdadero siempre debe aparecer como una suerte de locura—en el mundo del disparate.

—Søren Kierkegaard. El instante.

 

En meses recientes he sentido esa inquietud vaga que es mezcla de emoción y terror, temor y temblor de posibilidad, de estar al borde de un abismo y no saber, pero tener que creer, sí, con fe verdadera, creer que uno puede volar o que no puede volar, creer que ha de precipitarse al vacío o precipitarse al infinito. Te miro todos los días o de vez en vez y me pregunto si hay algún modo auténtico de decir lo que quiero decir, un modo que no lleve a rastras las marcas de toda una cultura y sus perversiones. De encontrar palabras verdaderas o, por lo menos honestas. Acaso no sea sano mezclar pretensiones poéticas con avatares filosóficos y teológicos, pero me atrevo. Porque hay algo que quiero decirte y, conforme pienso en decirlo, menos me parece que valga la pena. No sé, siquiera, si puede ser dicho. Lo que sigue es el testimonio que ofrezco en este caso, ante la corte de la eternidad: testimonio inútil que nada puede probar y acaso precisamente por eso, el único que tiene algún valor, puesto que buscándote a ti con las palabras, me encuentro a mí mismo.


* * *


§1 Lutero/Kierkegaard. Dios no es mercader. Las obras son indiferentes para la salvación. Nos salvamos por la gracia. Tener fe en la gracia es el único mérito. Esto no hace inútiles o sin sentido a las obras. Las obras, en todo caso, son testimonio de la fe. Dar testimonio es decir la verdad con independencia de que el decir cambie la realidad. El testimonio es su propio fin. La fe exige actuar en consecuencia.

 

 —Caravaggio—

 

§2 Wittgenstein. El amor y el dolor como emociones/experiencias subjetivas. Nadie más puede experimentar mi subjetividad. Es preciso creer. Expresar o transmitir el amor o el dolor exige adoptar un comportamiento que pueda ser interpretado como testimonio de esa emoción.  El amor como emoción es una fe, puesto que nadie más puede sentir lo que yo siento. Las acciones que dan testimonio de mi emoción no son garantía de que mi emoción sea verdadera. Además, el amor no puede ser transaccional: el  amor (como experiencia subjetiva) ajeno no se gana ni provoca con acciones, sólo se testimonia con ellas. En consecuencia, los actos de amor son inútiles. Uno actúa para dar testimonio del amor que siente a sabiendas de que el testimonio no demuestra nada. Actuar para provocar en otro la sensación, la palabra, la acción, es suponer que las obras tienen mérito. Es un intercambio y por lo tanto excluye la posibilidad de emociones. Si se actúa con expectativa, la acción no es testimonio de amor, sino ambición egoísta. La obra de amor debe emprenderse como testimonio, es decir, inútil, carente de expectativa.


§3 Kierkegaard. Mirarte al espejo y verte a ti mismo, no al espejo. El otro es siempre el espejo que está ante nosotros. El amado es espejo del amante. Cuando se actúa amorosamente, el énfasis no debe ser en el efecto que se produce en el otro, eso sería mirar al espejo. El amor exige actuar introspectivamente: puesto que amo, actúo en consecuencia, con independencia de que tú modifiques en cualquier sentido tu actitud o apreciación de mi persona. Actúo para dar testimonio de mi amor, no para ganar el tuyo. Actuar con la conciencia de ser un siervo inútil. Lo que hago no cambia nada, no produce nada, pero necesito hacerlo, porque mi fe/amor me obliga a hacerlo. Lo que hago por ti/para ti, podría hacerlo cualquier otro tan bien como yo desde el punto de vista externo y práctico. Mi amor no cambia tu vida, ni la mejora, ni la determina. Mi amor es la determinación existencial bajo la cual emprendo esta vida y de la cual doy testimonio. El amor ideal sería entonces el que existe entre dos personas que se aman y viven actuando constantemente en testimonio del amor que se tienen. Te abrazo no porque quiera un abrazo para mí, sino porque el abrazo es testimonio de que te amo. En sincronía actuarán siempre de la mejor forma. Reconociendo que el otro es el espejo por el que se conocen a sí mismos. No se trata de cambiar al espejo, sino cambiar aquello que se ve reflejado por el espejo; es decir, a uno mismo. El amor es introspección.

 

—Caravaggio—


§4 La fe es algo inquietante. El amor es algo inquietante. Propone una tarea enorme, una infinitud de responsabilidades y acciones que se deben acometer en bajo el sino de la inutilidad. Actuar porque se tiene fe, porque se ama. Quien actúa sin finalidad y sin expectativa parece estar loco. Quien actúa así, empeña la vida a sabiendas de que no hay ni puede haber recompensa. Exige todo y promete nada. Entregas para no recibir. El amor es inquietante. Por eso el amor se sublima, se excusa y falsifica, lo mismo que la fe, en las promesas abstractas y eternas, es decir, vacías. Toda promesa sobre el mañana y lo indeterminado es falsedad. Dice Kierkegaard: "Un jugador dice: mañana no volveré a la mesa de juego, ese está perdido. Otro dice, jugaré el resto de mi vida, pero no en este momento, ese se salva". Prometer amor para toda la vida o por la eternidad es, en el mismo sentido, extravío y perdición. La promesa válida, auténtica sería: te amaré ahora mismo. Toda la vida en el instante, en cada instante. Como un siervo inútil que no busca ni merece recompensa. Las promesas, las palabras, el lenguaje entero es abstracción, por lo tanto, anula al amor. El amor es inquietante porque exige silencio. Quien dice mucho está perdido. Tener fe no consiste en decir que se tiene fe. Tener fe es vivir cada instante como si aquello en que se tiene fe fuese verdad, con independencia de que lo sea o no; bajo la certeza de que no puede saberse si es verdad o no. La palabra es cobarde y es excusa, revela la propia incredulidad. El acto es testimonio fiel, pero se trata de un testimonio inútil pues aquello que proclama no puede probarse. Amar implica actuar aquí y ahora conforme al amor, con independencia de que el amor sea o no. Amor y fe: inquietud. No puedo saber si te amo, no puedo saber si me amas. Sólo sé que no puedo saberlo. El siervo puede ser sustituido, nunca es indispensable, pero sus actos dan testimonio de lo que es. Ni tú ni yo somos indispensables y cualquier otro podría hacer exactamente lo mismo por nosotros. Las obras no importan, pero son testimonio. Mi vida es, aquí y ahora, testimonio. Te busco para verme. Me veo para encontrarte.

martes, noviembre 30, 2021

This is my Beloved



Hay días en que uno anda nostálgico sin razón aparente. Una nostalgia más bien dulce, que invita a desandar el camino de la memoria emocional. Cuando ese ánimo me sorprende, casi siempre echo mano de un poemario, Esta es mi amada, que me recuerda los años viejos en que andaba todavía buscando a la Maga. No sé cuántos años tendría, seguro más de quince y menos de dieciocho, cuando los amigos que ya no somos, empezábamos a discutir de literatura como algo serio. Nos prestábamos libros y así crecíamos. El poemario en cuestión era una edición popular, viejita, con ilustraciones en sepia inspiradas vagamente por Alphonse Mucha. Me encantó, porque sugería cosas que yo no había vivido. La experiencia y la emoción estaban todavía en el futuro.



El autor es elusivo y el libro también. Después de años de conformarme con esa edición en español auspiciada por una revista sesentera, conseguí el original en inglés editado en los cincuentas. Es algo extraño que un libro tan popular en su momento no volviera a editarse.


Esa noche de nostalgia, leí el libro de un tirón, con una copa de vino bajo la luz mortecina de una lámpara. Lo leí en voz alta, disfrutando la experiencia de reconocer esas líneas familiares en su idioma original, jugando con la sonoridad y los sentidos adicionales del original.  Lo cierto es que la revista moderna había empleado a un traductor impecable.

Dividido en tres partes, This is my beloved es un diario en verso libre que sigue a una pareja desde la primera felicidad hasta el abandono. Comienza con el retrato emocional del amor naciente, seguido por los meses largos de ausencia melancólica. Casi al final, hay esperanze en un un reencuentro breve que no es reconciliación ni despedida, sino reduplicación del abandono. Cierra con un breve epílogo en que el amante acepta que nunca conoció a quien amaba y acepta la presencia  fantasmagórica de quien se ha ido, pero ya no podrá borrarse nunca. Acaso nos ha pasado a todos, pero, si tuviera que resumir mi historia, acaso sería en esos términos.

Que este breve resumen no llame a confusión, la pasión que describe Benton está muy lejos del ideal puritano idealizado y romántico que se esperaría del resumen que he propuesto. El amor que describe es, por decirlo de algún modo, anticartesiano, contratomista. Se trata de un amor hipocrático y pagano: donde el cuerpo es la expresión de la vida emocional. No hay pasión posible sin cuerpo, ni cuerpo sin pasión. Sospecho que estos poemas, así fuera incapaz de comprenderlos del todo, fueron la primera resquebrajadura en mi concepción católica, sacramental y descarnada de las emociones.

Y me pregunto entonces si mi vida tomó el camino que tomó porque leí a Benton o si, por el contrario, sigo disfrutando los versos de This is my beloved porque la vida me ha hecho apreciarlos. La pasión queda siempre a medio camino entre lo subjetivo y la construcción social.

Mientras leo, sospecho y casi temo que las líneas me hagan pensar en alguien. Una mujer en particular. Las imágenes se forman con la sombra del cuarto, como en un viejo tango. Leo unos versos y camino por París o Praga, en fantasma, con fantasma. Al final no somos sino siluetas pasajeras de sombra:

I walk alone. Slowly. No hurry. Nobody's waiting. 
My love who loved me (she said) is gone. My love is gone. 

La laterna magica me la presenta a ella, con sus azarosos ires y venires, tan efímeros e inesperados como los de la amada en estos versos. En lo más álgido de la ausencia, vuelvo a una noche en que vagué como herido de muerte pensando que nadie nunca podría curar mi angustia. Hasta llegar al consuelo de otro cuerpo que, con su nostalgia o desesperación se consoló también en el mutuo desconsuelo.

With what an alien sense my fingers curved about her breasts 
and searched the tangled dark where love lay hiding! 
I closed my eyes better to imagine you — 
but the rehearsed body would not ratify the mind's deception. 

Así puedo rastrear episodios y versos, uno por uno. Desencajándome del tiempo para visitarme y entenderme como los fantasmas que llevaron a Scrooge desde la amargura hasta la compasión. Esa misma noche, acaso por efecto de esta meditación emocional, soñé con ella. Sueño con su voz al otro lado del teléfono. Está triste y yo quisiera consolarla. Silueta de sombra, imagen que no se va...

I have looked too long upon you, too long . . . 
and with so much love that strangers can see you in my face — 
as the sun and vivid colors leave an after-image in the eyes.  







viernes, julio 30, 2021

La espuma de los días

 
 
 
Hace tantos años que parece ya otra vida, ella le recomendó leer La espuma de los días. Él tuvo siempre dudas para emprender la lectura: por una parte no podía o no quería imaginar lo que encontraría en ese texto. Es que las recomendaciones en pareja siempre tienden a leerse como mensaje cifrado. Una recomendación así no surge del mero interés en que se lea el libro, sino de compartir lo que esa lectura significa, lo que está más allá del lenguaje que usamos, lo que se esconde en palabras ajenas. Por otra parte, ella se fue antes que él pudiera siquiera conseguir la novela de Vian. No fue una sorpresa, él supo siempre que ella se iría, pero cuando sucedió, le pareció demasiado pronto. Así que leer La espuma de los días siempre le parecía inoportuno, tardío. Un mensaje que ya no podría descifrarse, un encuentro que ya jamás tendría lugar.
 
—Preciosa adaptación dirigida por Michel Gondry—
 
Aunque la nostalgia y la tristeza siempre permanecen iguales, muchos años más tarde, al fin encontró el valor o la desesperación que hacían falta. Acaso leer La espuma de los días era algo como un intento final, fallido de antemano, por reconciliarse con el hecho insoslayable de la ausencia. Porque al final de todo, los afectos no se miden, y sería absurdo que lo hicieran, por su ausencia o su presencia. Qué raro amor aquél que desapareciera al perderse de vista al objeto o la persona amada. Y sin embargo, cosas así pasan todos los días. Hay quien sólo se involucra con aquello que se ajusta a su voluntad o a su deseo. Algo así pensaba él mientras abría el libro y pasaba las páginas sin orden. ¿Qué relación entre la cercanía y el afecto? Ella se fue y es todo. «Las cosas cambian, las personas permanecen siempre iguales», dice Vian. Y tiene razón, piensa él, nosotros seguimos los mismos, habrá cambiado nuestra posición física en el espacio, las condiciones de coexistencia, pero somos quienes somos. No podemos ser alguien más.
 
Termina de leer y piensa que, de haberlo leído entonces, cuando estaban cerca, habría sido incapaz de comprender a Boris Vian. Era preciso que esperara para leerlo. Porque las cosas cambian, aunque las personas no lo hagan. El mensaje o trama o sentido trágico de la Espuma de los días se encuentra sepultado por el registro surrealista en que está escrito. Eso puede verlo ahora y, si tuviera que decirlo en una frase, diría que la novela entera es una demostración clara y desesperada de que no importa qué tan lejos pretendamos fugarnos de la mutabilidad en el mundo, siempre habrá de alcanzarnos.
 



La novela empieza con una voluntad de luz arrolladora. A primera vista, aparece que es esa voluntad la que insufla al mundo de su luz, dándole una cualidad espumosa, casi tangible. El alma de los personajes es benevolencia que avasalla al mundo y se ejerce sin oposición. Como si la voluntad cambiara al mundo. Contrario a lo que pensamos en la realidad cotidiana, que el mundo hace mudar a nuestra voluntad. Así por ejemplo, el protagonista está decidido a amar y el universo cede: encuentra a Chloé, que parece una materialización de la luz conjurada por el deseo surreal de Colin. Todo es posible en un mundo así, desde pescar anguilas en la tubería hasta mirar la muerte en una pista de hielo como un hecho sin importancia. Incluso viajar sobre las nubes. Porque el personaje es amor y ese amor se impone al mundo.

Sin embargo, y de forma gradual, la luz se va apartando de la existencia y todo ocurre como consecuencia de ese atardecer. Los sucesos son cada vez más sombríos y se siguen unos a otros sin tregua. Llegan a ser indeciblemente oscuros.

La pregunta que tenemos que hacernos conforme a nuestra suposición original es si la luz se extingue porque los personajes han cambiado. Esto implica también la posibilidad inversa, es decir, que es el mundo el que ha cambiado, y la tragedia ocurre porque los personajes no se transforman en sintonía con la circunstancia. La duda misma es una sombra que parece salir de las páginas y echarse sobre nosotros. Acaso Colin y Chloé pudieron disfrutar su felicidad un rato porque, por una casualidad indecible, las cosas se encontraban en un estado idóneo para ello. Pero las cosas cambian y si el amor permanece igual, deviene en una trampa insoportable. Es posible que nuestro cuerpo sea una de esas cosas que cambian. Un objeto que no coincide del todo con la identidad. El cuerpo accidental, mutable, perecedero.

Le parece que la novela se configura en torno a esta última opción. Las cosas cambian, las personas permanecen. Colin, Chloé y todo el resto tienen las mismas ambiciones, gustos y expectativas, mientras los objetos a su alrededor se modifican. La cantidad de dinero disponible, por ejemplo, o el desarrollo natural de un nenúfar, capaz de cambiar su hábitat en consonancia con su inestabilidad objetiva. Es así que cuando lo que espero ya no es compatible con la configuración de la existencia material, lo pierdo todo aunque nunca haya poseído nada. Los personajes son como quienes mueren de nostalgia por querer encontrarse al sol en medio de la noche. La novela es eso: un anochecer que llega objetivamente, mientras los sujetos permanecen siempre dependientes de la luz.

Él piensa que su nostalgia y su ternura le hicieron más difícil todavía la lectura del último tramo de La espuma de los días. Con qué fuerza y necedad, piensa, nos queremos oponer a la llegada del ocaso y de la noche. Trabajamos incesantes y sin fruto en ello. Aunque la llegada de la oscuridad nos parezca inesperada e impensable, es una noticia que sabíamos de antemano, un acotencimiento que no puede negarse. Llegará la noche. La noche siempre ha estado aquí.

Terminada la novela, intenta imaginar un mundo en que lo opuesto fuera posible. Que las personas cambiaran al ritmo de la existencia. Que Chloé y Colin hubiesen disfrutado cada instante del ocaso hasta llegar a la tiniebla y ser felices también ahí. Su desgracia consiste en ese imposible aferrarse a la permanencia y la esperanza, esa desesperación que niega la posibilidad misma de felicidad o de sosiego.

Las personas permanecen iguales. Neciamente iguales. Cuando el amor enferma, exigimos que se comporte como antes. Cuando alguien se va, continuamos deseando su presencia. Así nos llenamos el corazón de ausencia y de tristeza. Las cosas cambian, nuestro cuerpo accidental está sujeto a las mismas reglas: cambia de lugar, se transforma, se extingue. Como todo el resto.

Llegado a este punto, no sabe bien qué es lo que quiere decir. Qué le diría a ella si estuviera ahí presente para comentar La espuma de los días con un café, una copa de vino y todo el resto. Quizá le diría que ahora entiende, después de todo este tiempo, que es preciso apreciar la luz cuando está presente. Que ahora lo entiende: a veces el mundo es fértil para sueños y deseos y felicidad, pero no siempre. Hay tiempos en que los objetos y los días se organizan a manera de espuma que materializa nuestros sueños. Pero la espuma es frágil y mutable, desaparecerá sin falta. Es posible, le díria, que nos conociéramos cuando la existencia no estaba en el punto de madurez necesario para que fuéramos posibles. Pedíamos luz ahí donde el amanecer aún no había llegado. Pero los objetos cambian, mientras las personas permanecemos iguales. Yo sigo el mismo, le diría, pensando en ti, en tus libros, en conversaciones que no tendrán lugar jamás. ¿Cómo descubrir si ha llegado al fin la luz que nos hará posibles? Y si esa luz existe, ¿estaremos desperdiciándola así, tan lejos? El día se acaba, seguirá el crepúsculo, la tiniebla. Quisiera encontrarte justo a tiempo, al amparo de la luz.

viernes, abril 30, 2021

Guardián de tu lecho de muerte


No podría soportar que en esa hora tú fueras sólo un recuerdo y estuvieras mezclada, y pertenecieras a un tiempo lejano y borroso que es nuestro nítido tiempo de ahora, porque es el recuerdo y el tiempo lejano y la mezcla lo que más detesto y lo que siempre he intentado rebajar y negar, y enterrar a medida que se iban formando, a medida que cada presente estimado y enaltecido dejaba de serlo para ser pasado, e iba siendo vencido por lo que no sé cómo llamar si no lo llamo su propia e impaciente posteridad o su no-ahora. 
—Javier Marías. El hombre sentimental

 
El otro día, mientras grabábamos el podcast sobre La negación de la muerte de Ernest Becker, cometí un equívoco de memoria que hasta el momento me sigue asombrando. Uno que me devuelve a otra época en la vida, cuando me atravesé por primera vez con El hombre sentimental de Javier Marías y andaba loco (más) por una chica (loca también) y escribía ensayos, versos y ficciones a propósito de todo esto, mezclándolo con Borges y con Baricco y con vaya uno a saber qué tantas cosas más. 
 
 
El caso es que mientras hablábamos de Becker, atribuí a Javier Marías un pensamiento que no le es propio. Becker tiene su explicación para errores como este: la transferencia. Por mi parte, supongo que se lo enjareté al tan admirado Marías porque: a) Me gusta tanto la idea que se la impongo a quien considero el mejor autor vivo en español, le guste o no; b) La idea estuvo en su momento inspirada por la lectura de El hombre sentimental y por esa chica por quien yo andaba loco y con quien aprendí que el amor es también crueldad con uno mismo y con los demás, por lo que es, en esencia, un acto de escritura interesante; c) Soy un narciso asqueroso que se engrandece sólo e insulta a su ídolo confundiéndose con él. Quien lea sabrá elegir cuál es la explicación correcta. En todo caso y por la razón que sea, aquí va la idea tal como fue escrita hace años por mí, no por Javier Marías. La pongo aquí para invitar al mundo entero a que lea a Javier Marías quien, a diferencia de mí, sabe escribir y lo hace mejor que nadie. 
 
«Soy el guardián y el profeta de tu lecho de muerte. Desde ahora conozco, espero y aguardo el momento de cerrar tus ojos o tomar tu mano y decirte adiós, encomendarte a todo eso en lo que no supimos ni sabremos nunca si creer o no. Esa es la única promesa de amor que tiene sentido: la de esperar y desear tu muerte antes que la mía, porque en ese modo acaso también te ahorre el sufrimiento que es quedarse atrás y haber perdido.
      Es un deseo hermoso, pero también es maldición; es un egoísmo puro porque si en ti existe o existirá siquiera una sombra de duda y no deseas lo mismo, mi muerte adelantada, te condeno a perder el resto de tus días a mi lado,  a no verte libre para ir en pos del auténtico guardián de tu lecho de muerte y tenerle junto a ti en la última hora. 
       Aunque en el deseo de tu muerte o de la mía, de nuestra adelantada muerte mutua también hay algo como compasión porque si en el amor hay algo falso o no es bastante, por lo menos nos respetamos o nos queremos suficiente para desearnos una muerte feliz, sin desengaño. Porque si tú deseas que sea yo el guardián de tu lecho de muerte, ¿qué más da que lo sea realmente si estoy ahí cuando te haga falta? Acaso por estar ahí y desear tu muerte sin desengaño y por cerrar tus ojos o tomar tu mano llegue a ser lo que deseaste, lo que yo también quise ser. Y sólo en la última hora, en la muerte, el amor puede calificarse de falso y verdadero. En todo caso y aún así, ¿qué otra cosa es el amor sino desear tu muerte antes que la mía? Y una dosis idiota de engaño al pensar que por tu muerte me sacrifico yo, me inmolo en un sufrimiento que he de ahorrarte.
       Pero de todo esto no quedará nada cuando en tu lecho del que fui guardián desde que te vi por primera vez, cuando en tu lecho de muerte no puedas reconocerme como fui o quisiste que fuera. Cuando me veas con ojos velados por una enfermedad que te roba la identidad y a mi también por consecuencia ante tus ojos. De todo mi amor, de nuestras palabras y deseos no quedará nada, ni la sombra de una ilusión. Precisamente por eso y a consecuencia de ese defecto oculto que quise y bendije sin saberlo, cuando deseé una vida contigo, nos salvaremos de morir juntos o separados, de guardar lechos de muerte o profetizarlos porque con la memoria desaparecerá también el espacio posible del desengaño, habrán desaparecido el sacrificio y la hipocresía. 
        De todas las muertes horribles y dolorosas que pudimos imaginar, acaso esta es la peor, la más dolorosa y cruel. La muerte sádica que inventó el autor miserable de estas líneas, o de mi vida o de mi sueño (que sin duda, sería yo mismo). Pero por eso, por lo que la hace horrible y dolorosa, es también la única muerte sincera, la única capaz de entregarnos un final feliz para la historia. Feliz porque ninguno queda y ninguno se sacrifica, ninguno engaña. Soy o seré capaz de escribir, o ya he escrito que en el último momento fui feliz porque tu olvido de mí preservó intacta la materia con que tejimos nuestros sueños. Porque de tu olvido depende que nunca llegara el desengaño y así se fue materializando al fin mi felicidad para cuando tú no estés, para cuando tu cuerpo haya sido como fuiste prematuramente en nuestra memoria. Y como aún serás, cuando por un misericordioso contagio de senilidad, mi mente empiece a perderle el rastro a tu recuerdo.»

martes, marzo 30, 2021

Merecido amor

 

 

Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo al abismo, también este mira dentro de ti. 
—Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal.


La cuestión me da vueltas hace tiempo. Volví a ella mientras intentaba escribir un cuento de pandemia que no llegó a cuajar. Recordé la época en que tuve una relación problemática. Era parte de una relación problemática, mejor dicho. Mi pareja —como tantas otras, como yo mismo— se empeñaba en hacerse daño de maneras cada vez más creativas e innovadoras. Ante algo así, uno se pregunta por qué lo hace, cómo es posible que alguien se lastime y nos lastime por ninguna razón aparente, explicable o decible. Suponemos que alguna razón existe y la buscamos. Pero se nos olvida que la suposición no es indicio de existencia.

 


En ese contexto, una noche en que intentaba ahogar la disonancia cognitiva en whisky, ví Las ventajas de ser invisible queriendo algún pretexto para la inconsciencia. Me gustó y no, como todo lo que nos repite y replantea un dilema en el que estamos. Una de las líneas narrativas sigue al enamorado de la “chica perfecta” que ve a ésta liarse con tipos cada vez más destructivos y violentos mientras se niega a establecer una relación con él, por más que es claro que le interesa, que lo quiere. Acaso, piensa un inocente, ella lo protege de se modo, salva al enamorado de perderse en una relación con ella, que se sabe inestable. Esta posibilidad no me convence, pues si ella supiera con tal claridad que algo no anda bien, por eso mismo estaría camino a corregirlo, ¿o no? El enamorado lleva su duda ante un maestro que parece más humano o sensible o entendido: ¿Por qué ella prefiere estar con quienes la lastiman, le pegan? ¿Por qué escoge eso? El profesor sonríe con tristeza, acaso opina que todo es inexplicable y caótico, pero aventura una demoledora explicación: “a veces aceptamos el amor que creemos merecer”.

 

—Buen film, tengo pendiente leer la novela—


La frase me fascina porque a pesar de ser una afirmación y tener apariencia de respuesta, esconde una duda profunda, un llamado. Por una parte, el uso del creer desarticula la noción de que cada quien está donde merece o de que toda miseria es voluntaria. Ahí donde creemos merecer, no hay justicia ni mérito, ni voluntad. Es que uno no elige sus creencias por sólidos argumentos racionales y empíricos, sino porque son absurdas. Por otra parte, el uso del plural “aceptamos, creemos”, incluye al enamorado en el problema: si él se empeña en esa chica inestable, es porque cree que merece el rechazo y ver herirse a quien ama. Pocos dolores son tan acuciantes como ver sufrir a quien uno quiere y ser incapaz de mitigarlo. De este modo, la respuesta del profesor es un abismo y, a veces, cuando uno contempla e interroga al abismo, éste le devuelve la mirada y la pregunta.


      El abismo es esa pregunta malsana “¿por qué?” y surge del hecho de que nos ha quedado claro que 1. Aceptamos lo que creemos merecer. 2. Aceptamos estos amores malsanos, dolorosos. 3. Se demuestra así que creemos merecer el dolor malsano. ¿Por qué? Responder sería acaso el camino para superar nuestra errónea creencia sin renunciar al afecto. No hace falta destruir sino la creencia, pues el amor malsano puede existir como tantas cosas y afectos que están ahí y no creemos merecer, que no aceptamos,  tantas cosas a las que no otorgamos un lugar central en nuestra vida.

 


Este abismo, que tiene orígenes más complejos que haber visto una película basada en la novela de Stephen Chbosky, ayudó a cambiar mi manera de establecer vínculos no sólo en el amor, sino en la amistad y tantos otros espacios sociales. ¿Por qué crees que mereces esto o aquello? Puesto que, si lo aceptas, crees merecerlo. Do not go gentle into that good night. Rage, rage against the dying of the light. Dylan Thomas tenía toda la razón. Por eso, cada vez es más frecuente que intente señalar este camino a todo el mundo, decirles lo que me gustaría que alguien me hubiese dicho y pedirles como Dylan Thomas le pedía a su padre agonizante: Curse, bless me now with your fierce tears, I pray.
 

      Es que ante ese abismo del por qué, sólo hay lugar para feraces lágrimas feroces. ¿Por qué crees que mereces alguien/algo así? es una pregunta equivalente a ¿por qué querrías algo/alguien así en tu vida? Algo que te daña, alguien que te lastima, manipula, que te tiene en este estado miserable. Sin darte cuenta que eres tú quien, por error y malentendido, sin culpa, sin justicia, ni mérito, cree que lo merece. Encuentra la raíz de tu fe y abjura de ella. Las lágrimas llegan porque estamos torcidos, confundidos y enderezarse duele.


      Estamos torcidos porque casi siempre suponemos que nuestras razones morales coinciden con nuestras creencias morales. Sin embargo, cuando decimos “Yo (no) merezco esto”, no queremos decir lo mismo en razón y en creencia. Desde un punto de vista racional, uno muy bien puede opinar y estar convencido de que no merece esto. Por supuesto que si me presentan a alguien y me dicen “quiere una relación contigo, pero va a golpearte”, le rechazaría, pues no merezco eso. Este saber no arregla nada. Lo cierto es que la persona que sabe esto, no ve la luz y se aparta de una relación problemática. Esto se debe a que las creencias morales son más complejas y siempre surgen in media res. No dialogan con razones. Así se explica que uno responda “me quedo por amor”. Suena bonito, pero prueba que una creencia moral no dialoga con las razones: las ignora. Es que el mundo de la creencia moral es el absurdo, y ahí están amar y merecer. ¿Por qué creo esto? es una pregunta incontestable. Es otro abismo. Merezco porque amo. Amo porque merezco. En el mundo de la creencia, estas dos proposiciones son indistinguibles.


      Aparece el fantasma de la libertad. Creo que lo merezco porque quiero creerlo. ¿Entonces es porque quieres merecerlo? La pregunta subsiste, ¿por qué? En el mundo del creer, la pregunta deja de buscar respuesta o explicación: evidencia la ausencia de respuestas y explicaciones. Demuestra que estamos en el mundo del absurdo. Si no puede esgrimirse un por qué, es porque toda creencia es contingente, podría ser de otra manera, y nada obliga a que siga siendo como es. Esto significa que no merecemos ni queremos de una vez y de una misma manera para siempre. No hay justicia, no hay mérito, no hay causa. “¿Por qué?” es otro modo de hundirnos en la subjetividad, en nuestra historia y juicios personales, que son pretexto de errores y elecciones tomadas a ciegas, confundiendo causa y accidente. Así entendemos que lo mismo le pasa a todo el mundo. Que todos estamos desamparados en el mundo del creer. Ninguna razón nos salva. Al contrario, la razón nos condena: las razones morales nos hacen creer que cada quien está donde quiere, donde merece, que elige a ojos abiertos y con la luz encendida su miseria. Cuando uno se pregunta por qué creemos tales idioteces, vuelve a contemplar el abismo.


     Y éste nos devuelve la mirada. Uno empieza a pensar en el abismo del por qué y sana, deja de aceptar el daño y de hacerlo porque, después de todo, nadie merece el daño, por más que creamos que es posible merecerlo. Por este camino se cumple el lema de Delfos, cada quien se conoce a sí mismo en fragilidad e imperfección, y reconoce que está indefenso ante la fe y que todos, en algún momento, por error, confusión o accidente, no sólo aceptamos el daño sino también, inevitablemente, lo causamos. Así, antes de entablar una relación, no dejo de preguntarme ¿por qué alguien creería merecer esta peligrosa y desesperada bolsa de huesos e imperfecciones que soy? ¿Qué problema puede tener para quererme en su vida?


      Peleas con monstruos y te conviertes en uno de ellos. Miras al abismo y el abismo te devuelve la mirada. Te vas quedando solo porque parece la elección razonable, moralmente viable. Y vuelve la pregunta: ¿por qué crees que mereces la soledad? ¿Por qué querrías una vida sin afectos? Y vuelves a empezar. Es un abismo, no una respuesta, es un llamado a resistir, a llorar, a enfurecerse y rabiar contra la muerte de a luz, ¿no Dylan?

 

 

Though wise men at their end know dark is right,

  Because their words had forked no lighting they 

Do not go gentle into that good night. 

... 

Curse, bless me now with your fierce tears, I pray 

Do not go gentle into that good night. 

Rage, rage, against the dying of the light.


viernes, junio 29, 2018

Amantes en la luna

Hace poco volví a ver Only Lovers Left Alive (2013), dirigida por Jim Jarmusch, película poética sobre vampiros hartos de vivir y de buscarle sentido a lo que no termina. El film está plagado de referencias y detalles que lo arrastran a uno en direcciones insospechadas. Así por ejemplo, mientras Eva prepara sus maletas, mira con nostalgia una enorme pila de libros, selecciona muchos maravillosos, pero únicamente pasa su melancólico dedo sobre las páginas abiertas de Los amores en la luna de Cervantes:

No hay dicha en este mundo: he aquí un gran tema
para escribir, como escribir confío,
un poema que, triste por ser mío,
será más bien un sueño que un poema.


Only Lovers Left Alive (2013)

Durante siglos, la ausencia de dicha en este mundo ha sido tema recurrente. Casi siempre se ha pensado que se trata de un problema, y que es preciso darle solución. En el siglo cuarto de nuestra era, Agustín de Hipona en las Confesiones se muestra de acuerdo con la idea de que no hay dicha en este mundo. Estaba seguro de que ello es consecuencia directa de la guerra jurada entre el tiempo y la vida: devora al tiempo y devorada por el tiempo, devorans tempora et devoratus temporibus. Esta situación, opinaba el obispo, presenta a la vida como un sinsentido pues pone frente a frente la aspiración infinita de cada cuerpo finito que, con disculpable ceguera, multiplica la muerte al desear más vida.

La literatura y la mitología se muestran en parcial desacuerdo con la conclusión agustiniana, opinan más bien que el drama de la vida está en la vida misma, no en su relación con el tiempo. Dotados de vida eterna, los seres humanos seguirán siendo miserables. Así por ejemplo, el mito de Tithonus (1859), dotado de vida eterna pero no de eterna juventud quien se lamentaba, en palabras de Tennyson:

…happy men that have the power to die,
And grassy barrows of the happier dead.
Release me, and restore me to the ground


Así pues, no hay dicha en este mundo, pero ello no se debe a la finitud de la existencia, sino a la existencia misma. Mortales o inmortales el resultado es el mismo y las historias sobran: la creatura de Frankenstein, Dorian Gray, los vampiros de Anne Rice y, sin duda, los vampiros de Only Lovers Left Alive. Sea que la inmortalidad se piense como don, maldición o naturaleza, los inmortales, lo mismo que los mortales, terminan siempre víctimas del Spleen de París (1869) y el tedio y dicen con Baudelaire:

Je suis le dernier et le plus solitaire des humains, privé d'amour et d'amitié


De acuerdo con Mark Twain, esta angustia de finitud y temporalidad estaba presente desde el Paraíso; es decir, incluso en el estado de gracia, vida eterna y felicidad, sabemos encontrar razones para desesperar. Así se lamentaba Eva porque las estrellas, el mundo, se agotarían mientras que ella no tendría fin:

By watching, I know that the stars are not going to last. I have seen some of the best ones melt and run down the sky. Since one can melt, they can all melt; since they can all melt, they can all melt the same night. That sorrow will come—I know it. I mean to sit up every night and look at them as long as I can keep awake; and I will impress those sparkling fields on my memory, so that by and by when they are taken away I can by my fancy restore those lovely myriads to the black sky and make them sparkle again, and double them by the blur of my tears


Inocente Eva, que no sabía lo que le esperaba. En su latitud, y más o menos al tiempo que Twain escribía el maravilloso Eve’s Diary (1905), el conde Tolstoi enfrentaba también una pérdida de la inocencia que describe y analiza en su Confesión (1880). La especulación o la persecución racional del sentido de la vida lo enfrentó al absurdo y sus palabras pueden ilustrar perfectamente el ánimo de Adán en el film de Jarmusch:

A tal estado llegué que ya no podía vivir; y temiendo la muerte, debía emplear ardides conmigo mismo para no quitarme la vida.



Uno se siente inmediatamente tentado a preguntar qué ardides son esos y cómo echar mano de ellos. La fórmula secreta, la salida al laberinto intelectual de la búsqueda del sentido de la vida. Para Tolstoi el artificio es una bella metáfora que invierte el sentido del mundo y utiliza la miseria como prueba del amor, así sea en ausencia. Se imagina como un ave que cayó del nido y dice:

Pío entre la maleza, pero si pío es porque sé que mi madre me llevó en su seno, me empolló, me mantuvo caliente, me amó.


No es el primero ni será el último en invertir la interpretación de la evidencia y encontrar el sentido de la vida en una creencia cegadora: el amor que es derrota y esperanza. Es derrota porque siempre está ausente, todos somos aves caídas del nido. Es esperanza puesto que su ausencia es prueba de que existe. Así se aprende a vencer en el fracaso; esa es una virtud para Rilke, quien hablaba de un vidente en Der Schauende (1902), cuya conciencia de la enormidad de la batalla y el dolor de la existencia, le hace considerar sus fracasos como otras tantas victorias:

Die Siege laden ihn nicht ein.
Sein Wachstum ist: der Tiefbesiegte
von immer Größerem zu sein.


También Cervantes opinaba que, precisamente en ese salto mortal hacia el absurdo se encuentra la única vía de escape al laberinto del spleen o la miseria y es por eso

Que un corazón sensible
para huir de las frías realidades
convirtiendo en posible lo imposible,
conducido por mano de las hadas
se tenga que escapar de lo invisible
por las oscuras puertas entornadas!


Hacer posible lo imposible, dice, trasladarse a la Luna, más allá de la existencia o, mejor dicho, en un plano oblicuo y adyacente a la existencia, donde no estamos nosotros ni está tampoco el tiempo. Ese es el amor de Tolstoi y de Cervantes, los acompaña Twain pues para su Eva es esa noción de seguir juntos y no estar la única que puede darle consuelo cuarenta años después del paraíso:

It is my prayer, it is my longing, that we may pass from this life altogether‑a longing which shall never perish from the Earth.


En todos y cada uno de los casos hasta aquí descritos, encontramos que la respuesta artística a la cuestión de la dicha en este mundo es siempre el reconocimiento de su ausencia seguido de la evasión. Es decir, que para evadirse es preciso enfrentar primero la realidad de la que uno desearía escapar. No puede existir fuga hacia el amor si no hay antes una realidad horrible con la que es preciso echar cuentas. Acaso por eso dijo Baudelaire:

L'étude du beau est un duel où l'artiste crie de frayeur avant d'être vaincu.


La fuga empieza en el grito de espanto y el amor, por lo menos en el sentido en que lo describen todos estos hombres de letras, empieza como deseo nihilista y aberrante de estar unidos ahí donde ya no estaremos, juntos aquí donde preferiríamos no estar en absoluto. Repitamos lo que dijo Eva:

when they are taken away I can by my fancy restore those lovely myriads to the black sky and make them sparkle again, and double them by the blur of my tears

‑Salvador Dalí. Reminisencia arqueológica del ángelus de Millet

Multiplicar lo perdido por distorsión de las propias lágrimas. Eso es convertir el fracaso en triunfo. Es absurdo, pero todo milagro es un absurdo. Amor, milagro absurdo. Quizá por eso sólo los amantes quedan con vida, mientras que el resto vamos pereciendo poco a poco, devorando al tiempo, devorados por el tiempo. Los enamorados viven de la falsedad y el simulacro, son capaces de habitar la Luna y multiplicar lo ausente con el bálsamo desesperado del llanto. Se parte del grito de horror, como dijera Baudelaire, para arribar en la belleza y el amor que, precisamente por ausencia, reconocemos. De cada uno de estos poetas podemos decir, con Cervantes, que han dado con la respuesta:

Se pierde, como un ángel cuando vuela,
en sueños infinitos e ideales,
pues en el mundo real, si bien se mira,
merced a la ilusión y a la memoria,
solamente es verdad lo que es mentira.




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Bibliografía

Agustín de Hipona. Confesiones (Libro IX). Puede consultarse en: http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/conf_09_libro.htm
Baudelaire, Charles. Le confiteor de l’artiste y Le fou et la Vénus, en Le Spleen de Paris pueden leerse en: http://www.poesie-francaise.fr/charles-baudelaire-le-spleen-de-paris/
Jarmusch, Jim. Only Lovers Left Alive. Soda Pictures, 2003.
Rilke, Rainer M. Der Schauende forma parte del Buch der Bilder y puede leerse aquí: http://www.rilke.de/gedichte/der_schauende.htm
Tennyson, Alfred. Tithonus puede leerse en: https://www.poetryfoundation.org/poems/45389/tithonus
Tolstoi, Lev. Confesión puede conseguirse en magnífica edición de Acantilado: http://www.acantilado.es/catalogo/confesion/
Twain, Mark. Eve’s Diary está maravillosamente editado por Library of America: https://www.loa.org/books/81-collected-tales-sketches-speeches-essays-1891-1910