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martes, marzo 30, 2021

Merecido amor

 

 

Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo al abismo, también este mira dentro de ti. 
—Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal.


La cuestión me da vueltas hace tiempo. Volví a ella mientras intentaba escribir un cuento de pandemia que no llegó a cuajar. Recordé la época en que tuve una relación problemática. Era parte de una relación problemática, mejor dicho. Mi pareja —como tantas otras, como yo mismo— se empeñaba en hacerse daño de maneras cada vez más creativas e innovadoras. Ante algo así, uno se pregunta por qué lo hace, cómo es posible que alguien se lastime y nos lastime por ninguna razón aparente, explicable o decible. Suponemos que alguna razón existe y la buscamos. Pero se nos olvida que la suposición no es indicio de existencia.

 


En ese contexto, una noche en que intentaba ahogar la disonancia cognitiva en whisky, ví Las ventajas de ser invisible queriendo algún pretexto para la inconsciencia. Me gustó y no, como todo lo que nos repite y replantea un dilema en el que estamos. Una de las líneas narrativas sigue al enamorado de la “chica perfecta” que ve a ésta liarse con tipos cada vez más destructivos y violentos mientras se niega a establecer una relación con él, por más que es claro que le interesa, que lo quiere. Acaso, piensa un inocente, ella lo protege de se modo, salva al enamorado de perderse en una relación con ella, que se sabe inestable. Esta posibilidad no me convence, pues si ella supiera con tal claridad que algo no anda bien, por eso mismo estaría camino a corregirlo, ¿o no? El enamorado lleva su duda ante un maestro que parece más humano o sensible o entendido: ¿Por qué ella prefiere estar con quienes la lastiman, le pegan? ¿Por qué escoge eso? El profesor sonríe con tristeza, acaso opina que todo es inexplicable y caótico, pero aventura una demoledora explicación: “a veces aceptamos el amor que creemos merecer”.

 

—Buen film, tengo pendiente leer la novela—


La frase me fascina porque a pesar de ser una afirmación y tener apariencia de respuesta, esconde una duda profunda, un llamado. Por una parte, el uso del creer desarticula la noción de que cada quien está donde merece o de que toda miseria es voluntaria. Ahí donde creemos merecer, no hay justicia ni mérito, ni voluntad. Es que uno no elige sus creencias por sólidos argumentos racionales y empíricos, sino porque son absurdas. Por otra parte, el uso del plural “aceptamos, creemos”, incluye al enamorado en el problema: si él se empeña en esa chica inestable, es porque cree que merece el rechazo y ver herirse a quien ama. Pocos dolores son tan acuciantes como ver sufrir a quien uno quiere y ser incapaz de mitigarlo. De este modo, la respuesta del profesor es un abismo y, a veces, cuando uno contempla e interroga al abismo, éste le devuelve la mirada y la pregunta.


      El abismo es esa pregunta malsana “¿por qué?” y surge del hecho de que nos ha quedado claro que 1. Aceptamos lo que creemos merecer. 2. Aceptamos estos amores malsanos, dolorosos. 3. Se demuestra así que creemos merecer el dolor malsano. ¿Por qué? Responder sería acaso el camino para superar nuestra errónea creencia sin renunciar al afecto. No hace falta destruir sino la creencia, pues el amor malsano puede existir como tantas cosas y afectos que están ahí y no creemos merecer, que no aceptamos,  tantas cosas a las que no otorgamos un lugar central en nuestra vida.

 


Este abismo, que tiene orígenes más complejos que haber visto una película basada en la novela de Stephen Chbosky, ayudó a cambiar mi manera de establecer vínculos no sólo en el amor, sino en la amistad y tantos otros espacios sociales. ¿Por qué crees que mereces esto o aquello? Puesto que, si lo aceptas, crees merecerlo. Do not go gentle into that good night. Rage, rage against the dying of the light. Dylan Thomas tenía toda la razón. Por eso, cada vez es más frecuente que intente señalar este camino a todo el mundo, decirles lo que me gustaría que alguien me hubiese dicho y pedirles como Dylan Thomas le pedía a su padre agonizante: Curse, bless me now with your fierce tears, I pray.
 

      Es que ante ese abismo del por qué, sólo hay lugar para feraces lágrimas feroces. ¿Por qué crees que mereces alguien/algo así? es una pregunta equivalente a ¿por qué querrías algo/alguien así en tu vida? Algo que te daña, alguien que te lastima, manipula, que te tiene en este estado miserable. Sin darte cuenta que eres tú quien, por error y malentendido, sin culpa, sin justicia, ni mérito, cree que lo merece. Encuentra la raíz de tu fe y abjura de ella. Las lágrimas llegan porque estamos torcidos, confundidos y enderezarse duele.


      Estamos torcidos porque casi siempre suponemos que nuestras razones morales coinciden con nuestras creencias morales. Sin embargo, cuando decimos “Yo (no) merezco esto”, no queremos decir lo mismo en razón y en creencia. Desde un punto de vista racional, uno muy bien puede opinar y estar convencido de que no merece esto. Por supuesto que si me presentan a alguien y me dicen “quiere una relación contigo, pero va a golpearte”, le rechazaría, pues no merezco eso. Este saber no arregla nada. Lo cierto es que la persona que sabe esto, no ve la luz y se aparta de una relación problemática. Esto se debe a que las creencias morales son más complejas y siempre surgen in media res. No dialogan con razones. Así se explica que uno responda “me quedo por amor”. Suena bonito, pero prueba que una creencia moral no dialoga con las razones: las ignora. Es que el mundo de la creencia moral es el absurdo, y ahí están amar y merecer. ¿Por qué creo esto? es una pregunta incontestable. Es otro abismo. Merezco porque amo. Amo porque merezco. En el mundo de la creencia, estas dos proposiciones son indistinguibles.


      Aparece el fantasma de la libertad. Creo que lo merezco porque quiero creerlo. ¿Entonces es porque quieres merecerlo? La pregunta subsiste, ¿por qué? En el mundo del creer, la pregunta deja de buscar respuesta o explicación: evidencia la ausencia de respuestas y explicaciones. Demuestra que estamos en el mundo del absurdo. Si no puede esgrimirse un por qué, es porque toda creencia es contingente, podría ser de otra manera, y nada obliga a que siga siendo como es. Esto significa que no merecemos ni queremos de una vez y de una misma manera para siempre. No hay justicia, no hay mérito, no hay causa. “¿Por qué?” es otro modo de hundirnos en la subjetividad, en nuestra historia y juicios personales, que son pretexto de errores y elecciones tomadas a ciegas, confundiendo causa y accidente. Así entendemos que lo mismo le pasa a todo el mundo. Que todos estamos desamparados en el mundo del creer. Ninguna razón nos salva. Al contrario, la razón nos condena: las razones morales nos hacen creer que cada quien está donde quiere, donde merece, que elige a ojos abiertos y con la luz encendida su miseria. Cuando uno se pregunta por qué creemos tales idioteces, vuelve a contemplar el abismo.


     Y éste nos devuelve la mirada. Uno empieza a pensar en el abismo del por qué y sana, deja de aceptar el daño y de hacerlo porque, después de todo, nadie merece el daño, por más que creamos que es posible merecerlo. Por este camino se cumple el lema de Delfos, cada quien se conoce a sí mismo en fragilidad e imperfección, y reconoce que está indefenso ante la fe y que todos, en algún momento, por error, confusión o accidente, no sólo aceptamos el daño sino también, inevitablemente, lo causamos. Así, antes de entablar una relación, no dejo de preguntarme ¿por qué alguien creería merecer esta peligrosa y desesperada bolsa de huesos e imperfecciones que soy? ¿Qué problema puede tener para quererme en su vida?


      Peleas con monstruos y te conviertes en uno de ellos. Miras al abismo y el abismo te devuelve la mirada. Te vas quedando solo porque parece la elección razonable, moralmente viable. Y vuelve la pregunta: ¿por qué crees que mereces la soledad? ¿Por qué querrías una vida sin afectos? Y vuelves a empezar. Es un abismo, no una respuesta, es un llamado a resistir, a llorar, a enfurecerse y rabiar contra la muerte de a luz, ¿no Dylan?

 

 

Though wise men at their end know dark is right,

  Because their words had forked no lighting they 

Do not go gentle into that good night. 

... 

Curse, bless me now with your fierce tears, I pray 

Do not go gentle into that good night. 

Rage, rage, against the dying of the light.


viernes, marzo 29, 2019

Fijarse en aquella cara

A veces estamos vivos sólo para eso; para aceptar lo que va sucediendo y avanzar.
 —Gonçalo M. Tavares


Los escritores del Dolce Stil Novo se inventaron —o por lo menos popularizaron— un recurso literario maravilloso: un acto pequeño que cualquiera calificaría de insignificante, transforma al mundo entero. Así por ejemplo, basta una mirada que cruzan Dante y Beatriz para que ahora, unos cientos de años después, las personas sigan llevando cartas de amor a una iglesia escondida en Florencia. Ah, claro, y los miles de versos de la Divina comedia. Por un encuentro que, al cambiarle la mirada a un tipo, cambió el mundo entero.

Es una idea que no deja de darme vueltas después de leer la preciosa novela de Gonçalo M. Tavares: Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre. Editada maravillosamente por Almadía en español, ésta novela empieza también con una mirada: “Imposible no fijarse en aquella cara” dice la voz narrativa que a veces se confunde con la de quien miraba aquella cara. En retrospectiva, la novela termina de un modo bastante predecible, cuando esas dos personas cuyo encuentro da lugar a la novela, se pierden de vista. Dejan de fijarse mutuamente.


Es posible que esté abusando de un doble sentido generado por la traducción, pero eso de «fijarse» en alguien es una preciosa metonimia, porque si bien incluye el sentido de «poner atención o concentrarse en», también significa, antes que nada «sujetar, hacer estable». Y es a este último proceso al que asistimos a lo largo del libro: dos personajes que se van haciendo estables, que salen de la indefinición y adquieren dimensiones personales, emocionales o, mejor dicho, se identifican por la mutua acción de fijarse el uno en la otra. Marius se fija en el rostro de Hanna; y Hanna se fija en el rostro de Marius. Estos dos personajes llegan ser diferenciados e interesantes para el lector y para el resto de quienes habitan el libro cuando están vinculados, cuando fijan mutuamente su identidad al permanecer juntos.

El proceso de humanización e individualización se hace evidente en el gesto de tomarse la mano, un acto pequeño, pero elocuente por ser recíproco:
“Fue subiendo, escalón tras escalón, apretando con violencia, sin ser consciente de ello, la mano de Hanna, cosa que ella debió haber entendido como otro gesto protector de Marius, y él también debió entenderlo así; aunque lo que ahí sucedía era lo contrario —Marius, sí, él, se protegía, encontraba un punto de fuga orgánico en alguien que al cabo, aparentemente, no podía proteger, en alguien que había nacido como separada de antemano de la función protectora—” (Tavares : 2018, 68)

Marius es un tipo del que no sabemos mucho: es un posible criminal que huye. Hanna es una chica de la que sabemos poco: tiene trisomía 21 y busca a su padre. Sus situaciones presentan misterios que, en cualquier otra novela serían el hilo narrativo pues, por lo general, una historia lleva una dirección; ya se sabe, el mito del héroe de Campbell, la novela negra, la novela rosa, el bildungsroman. Todos son un proceso que termina cuando se alcanza un fin determinado. La genialidad en la novela de Tavares estriba en que nos lleva a un mundo donde esa transitoriedad que constituye el meollo de nuestras historias, de la narrativa vital con que nos definimos, desaparece en un momento de fijación, de estabilidad. En ese sentido, si bien la continuidad entre Marius y Hanna se expresa en términos físicos, constituye una metafísica: muestra que la búsqueda y la huída pierden importancia cuando una mano, un rostro, un instante, nos estabilizan. El punto intermedio entre apartarse de y dirigirse hacia es el que nos fija en.

La novela entera ocurre y tiene sentido mientras Marius y Hanna están juntos, se miran, se sostienen. Así se hacen capaces de encontrar y conocer otros tantos personajes memorables cuya interacción con los protagonistas está determinada porque Hanna y Marius forman una unidad estable, solidaria. El anticuario que vive aislado, el fotógrafo de lo inusual, los inolvidables revolucionarios que utilizan carteles publicitarios para plantar la semilla del cambio en el pensamiento de cada individuo y el anfitrión de un hotel construido sobre el plano de los campos de concentración en Europa, todos ellos tratarían a Hanna y Marius de un modo radicalmente distinto si los encontrasen por separado. Las historias que van desgranando no significarían lo mismo para alguien que huye y alguien que busca. Para el lector, esas historias se vuelven memorables porque la novela de Tavares ocurre en un espacio estable, fijo, de manos unidas. Los personajes no son estaciones en un camino, son presencia.

En consecuencia, y conforme las necesidades apremiantes de la huída  y la búsqueda recuperan su lugar central, asistimos al desencuentro entre Marius, Hanna, sus conocidos y el mundo entero. Como aquí no se trata de contar una historia sino de entender la presencia, la novela pierde interés conforme recupera un sentido. De pronto, se encuentran en medio de una enorme marcha, una manifestación de esas que vinculan voluntades en una dirección política, emocional, filosófica:
“Y las manos de Marius y Hanna, que se habían mantenido siempre apretadísimas —ambos, de maneras distintas, estaban asustados—, sus manos empezaron entonces como que a relajarse despacio, a perder la fuerza y la tensión que había entre ellas, como si a medida que avanzaran entre aquella multitud los dos empezaran a sentirse integrados a la misma, a perder el miedo y a adaptarse mejor con cada paso al compás de la marcha [...] Marius se sintió extrañamente bien, sintió una ligereza enorme, una anulación individual que lo ponía tan eufórico que le daban ganas de gritar de alegría y poco a poco su pensamiento se fue concentrando en sus piernas, en sus pasos, en el ruido brutal que hacían miles y miles de piernas y zapatos, un ruido que poco a poco se convirtió para él en lo más importante” (Tavares : 2018, 242).

Elegir una dirección socialmente aceptable destruye el vínculo individual entre Marius y Hanna. La manifestación es también un misterio pues no conocemos sus razones; sólo sabemos que dirige, que une a las personas en una sola voz, en un mismo ritmo, en un sentido uniforme. Sea huída o sea búsqueda, la marcha es otro nombre para el desencuentro porque, al soltarse las manos, Marius y Hanna dejan atrás su identidad; ahora que forman parte de una multitud organizada, ya no pueden fijarse en un rostro. Es curioso, una marcha nos hace mirar la nuca, la espalda, rasgos que no generan empatía, casi nunca se ve el rostro de los correligionarios. Así que es una metáfora maravillosa: cuando miramos hacia un fin socialmente aceptable, dejamos de fijarnos unos a otros, dejamos de ser individuos, dejamos de ser importantes. La novela termina.

Me gusta pensar que alguna vez seremos capaces de escoger una vía distinta a la de las marchas y la tranquilizadora anulación individual que representan las grandes narrativas y las generalizaciones o los universales. La vía, mucho más ardua, de renunciar a las abstracciones y fijarnos en lo individual, en las identidades. Es que ninguno de nosotros importa como abstracción. Estamos difusos en medio de la nada hasta que, por un milagro que no sabemos explicar —y ojalá así siga, pues un milagro explicado deja de serlo—, alguien dice: “Imposible no fijarse en aquella cara”. De esas palabras surgen vínculos emocionales, solidaridad, compasión, empatía, historias que, como la de Tavares, vale la pena contar. Así que fijarse en un rostro, en una identidad, acaso sea un pequeño acto que cualquiera tacharía de insignificante, pero transforma al mundo entero.
La Despedida (Detalle). Edmund Blair Leighton—

viernes, noviembre 30, 2018

Páginas en blanco

Entre los amigos, sin duda, pocos tan fiables  y constantes como los libros. Tiendes la mano y ahí están. A veces, como decía Schopenhauer, encuentra uno en ellos tan buen consejo que todo lo que hasta entonces creíamos parece falso y surge un mundo nuevo, que no conocíamos, y que nos hace sentir un poco tontos. Es que ya dicho, parece evidente, tendríamos que haber sabido darnos cuenta. Para eso son los amigos, para ayudarnos a encontrar los lentes que todo el tiempo tuvimos ante los ojos, sobre la nariz. Quizá a nadie podamos agradecer con la misma sinceridad que nos hagan sentir un poco bobos o cortos de miras. Porque, en confianza, hay que aceptarlo, debimos ser capaces de entender antes, pero caray, qué bueno que al fin un amigo nos da la lección. Que nos ayudó a ser más como queremos ser, más parecidos a nosotros mismos.

Así, supongo, hicimos muchos de los amigos que se conservan toda la vida: explicando un problema de álgebra, juntando cabezas para resolver la difícil tarea o pidiendo ayuda en cualquier otra cotidiana actividad. Así también con los libros, se acerca uno a ellos admitiendo primero que no lo sabe todo, que acaso quedará un poco como tonto, pero qué más da, quiero que alguien me hable de Richard Feynman, de la supersimetría, de Napoleón o Hogwarts o los dioses y héroes de la antigüedad.

Es este pacto el que hace especialmente dolorosa la traición de un amigo o de un libro. Alarga uno la mano del mendigo y el proverbial auxilio deviene en castigo. Aunque no es su culpa, así se siente el noventa por ciento de los libros que nos obligan a leer en la escuela. Es que la confianza no nace por obligación, alguien debería avisarle de la situación a esos malos celestinos que son los profesores y los programas escolares. El peor enemigo es siempre ese que nos pone en frente la obligación o la presión social. Pero vale, no es culpa suya y así puede uno reconciliarse, al volver los años, con la Ilíada, la Celestina y tantos otros clásicos maravillosos. Hasta con Platón y Kierkegaard.

En otro grado de traición, cuando el amigo nos responde con una invitación a unirnos a la más nueva empresa piramidal o a la excelente forma de vida que se esconde en su particular ideología. Programa y propaganda. Traidor llamo a todo libro y toda persona que en vez de abrirnos la perspectiva, pretende cerrarla y hacer de nosotros meros seguidores. Cuando intentan convertirnos en algo que no seamos nosotros mismos. Anatema contra todos esos que no mencionaré porque no sea que alguien vaya a buscarlos por espectáculo y termine en conversión.

Lo peor es cuando uno entabla esa relación sin alguno de los dos vicios previos; pasan las páginas y avanza uno sobre la historia que promete ser otra llave, una más en el camino a esa última con la que soñaban Borges y Cortázar, para abrir la eternidad en que uno sabe, siempre, que está equivocado, pero se consuela con que siempre puede estar un poco menos equivocado. Así, imaginemos, se han invertido tres o cuatro horas en un buen libro, lo que en años serían varios con un amigo. Y de pronto, sin decir agua va, artera y traidoramente, nos escupe una serie de páginas en blanco, o la reiteración inútil de algunas que ya habíamos leído y que se presentan de nuevo fuera de lugar.
—De qué te habrá servido tanta previsión si al final estás danzando esta música insensata, preguntaba Cortázar—

Esto es para romper el corazón. Me ha sucedido varias veces. De la primera, me acuerdo con prístina claridad e inmitigable dolor. Ocurrió mientras, maravillado, leía El extranjero de Camus; a medio camino, veinte páginas en blanco. Tras una rápida revisión, otras veinte blancas casi al final. Horrible. Me costó mucho volver a comprar libros de editorial Alianza. Otra memorable —con el Fondo de Cultura— esa edición preciosa de Beatus Ile de Muñoz Molina que me ayudaba a encontrar palabras para escribir y pensar en una querida lejana. Páginas en blanco. Peor todavía aquella vez que escribí a la editorial sobre una edición incompleta de las conferencias de Wittgenstein: ¡enviaron como reemplazo otro ejemplar al que le faltaban las mismas páginas! Más recientemente, me sucedió con Si te dicen que caí de Marsé: a punto de entender el sentido de tanto voyeurismo decadente y desamparo, páginas en blanco. ¿Por qué? Porque chinga tu madre, por eso, ¿cómo ves?

—Todavía tengo pesadillas con esta portada—

¿Qué puede hacer uno sino apartarse de traidores de tal calaña? Buscar otra, mejor versión del texto, con lo que a este le falta. Parecido, nunca igual, pero por lo menos entero. Por más que nadie me podrá devolver el momento en que, loco de ansiedad por la siguiente frase de El extranjero, topé con el vacío. Mi vida entera pudo ser otra de no haber faltado esas páginas. Y que nadie culpe al destino o al creador. Hasta en el momento de revisar un manuscrito de concurso me pasó lo mismo. Nunca supe si las copias que envié tenían el mismo defecto de páginas faltantes. No es descuido divino ni de artesano, simplemente así pasan las cosas.

Algo similar cuando una persona, o varias, a las que se conoce de toda la vida, de pronto empiezan a hablar en blanco, en vacío. Vaya, ni siquiera dicen falsedades o idioteces, simplemente ruido blanco, interferencia inútil. Supongo que como con los libros, a todos nos ha sucedido. Y es que la vida es eso, no importa cuántas páginas se hayan ido ya, prístinas y en perfecto estado, de pronto irrumpe el sinsentido. O cuántos años se conozca a algunos, a veces también la contradicción, la negación de su esencia. Salieron incompletos. En consecuencia quedan menos amigos, menos libros. Pero sobre todo, la certeza de un caótico mundo de impredecibles.

Me sorprende la cantidad de personas que están dispuestas a culparse a sí mismas de haber sido traicionadas. Dicen que tienen un patrón, que así buscan las relaciones. Yo les pregunto si alguna vez leyeron un libro. Seguro andan buscando, con un sexto sentido cuasi divino, libros envueltos en celofán que dentro traigan páginas en blanco. Es imposible. Peor, es estúpido. «Yo me lo busco por andar leyendo…» Nadie busca la traición. Somos libres —o por lo menos nos percibimos libres— y eso significa que la siguiente página siempre puede estar en blanco, que siempre podemos equivocarnos acerca de los demás. Vuelvo al principio: con esa suposición nos acercamos a los libros y a las personas, la de que estamos equivocados, pero en ello hay grados.

Frente a esa incertidumbre, que en los libros es excepcional, pero en las personas una triste norma, qué emoción, aunque sean pocas, contadísimas, personas, que en cada ocasión, con el paso de los años, se mantienen firmes, congruentes, fieles a sí mismos, que nos abren camino para seguir siendo también, cada vez más, nosotros mismos. Estas líneas son para ustedes.



miércoles, agosto 30, 2017

Un buen hombre

We do not choose between things but between representations of things.
—Amos Tversky

No hace mucho platicaba con una amiga sobre relaciones y amistades que terminan. Cuando uno anuncia que abandonó o le han abandonado, casi siempre tiene que explicar por qué. Todo abandono es evidencia de un conflicto y significa, esencialmente, que ese conflicto no va a solucionarse. Así que podemos estar seguros de que al otro lado, en algún sitio alguien está hablando de nosotros. No será una descripción inocente, pues el conflicto sobrevive a la relación, ocupa su lugar. No es verdad, no es mentira. Es sólo algo que dicen de nosotros.

     Creo que llegamos a ese tema porque recientemente leí Los amores de Nishino de Hiromi Kawakami. Dudo que pueda decirse que este magnífico libro es una novela o un relato. Se trata de una suma de voces y testimonios sobre el tal Nishino, a quien sólo conocemos por las descripciones que de él hacen las mujeres a las que quiso. El título me parece maravilloso, porque menciona al personaje, pero lo convierte en mera referencia, en eso que tienen en común muchas personas que, casualmente, fueron sus amores. Cada una le cuenta al lector su versión de Nishino. Nunca escuchamos a éste, ni se le cede la palabra, pero sabemos que fue amante de una muy respetable cantidad de mujeres. Son sus historias las que dan forma al libro, retándonos a construir una imagen congruente del amante.


Conocemos por rumores, por espejo, al enamorado, al hambriento de amor, al que quería casarse con cada una de las mujeres que amó, al frívolo, al desesperado, al que cuidaba a una hija ajena como si fuera propia. Más que una biografía o una celebración del casanova, Kawakami nos acerca a las mil formas en que una misma persona extiende la mano del mendigo en busca de un cariño que sea permanente. Y es que hablar de los amores de Nishino no necesariamente implica que alguien lo haya amado a él: »Las personas tienen derecho a enamorarse de otros, no a que los demás las amen«, dice lapidariamente una de ellas.

     De ese modo, Kawakami nos enfrenta con la inestable relación que guardamos con nuestra propia historia. A veces, cuando nos reunimos a hablar de alguien que ya no está, descubrimos nuevas versiones o aspectos o dimensiones de esa persona. Parece triste. Quizá no le conocimos en absoluto. La pregunta sugerida es si seríamos capaces de reconocernos escuchando a otros hablar de nosotros.
La reproduction interdite. René Magritte—

Y es que cada uno es protagonista de su vida, pero no de su historia. La descripción que cada uno hace de sí mismo resulta indiferente, porque la verdad se compone de la suma de las descripciones que hagan de nosotros aquellos a quienes quisimos o nos quisieron. Además de los odiados, los heridos, los indiferentes y todo el resto. Cada persona dirá algo distinto de nosotros cuando estemos ausentes o muertos y así la historia de nuestra vida tendrá un protagonista enteramente distinto a quien sea que vivió la vida que esa historia narra.

     Quizá no nos conozcamos a nosotros mismos sino hasta que aprendamos a escuchar. Cuando exijamos escuchar lo que las personas más queridas opinan de nosotros. Acaso en el amor, lo mismo que en la vida, la única descripción fiable es la de los demás y no la de uno mismo.

     Mi amiga y yo estuvimos de acuerdo en que lo peor sería que hablaran de nosotros en términos vagos y anodinos. Que dijeran, por ejemplo, es un buen hombre. Nada más... Que no haya pasión en la memoria, heridas o alegría en el recuerdo. Que no se mezclaran ahí las ilusiones rotas o la esperanza o la nostalgia. Es un buen hombre. Mejor sería una suma de historias como la de Nishino, en que la memoria, la duda y el cariño dan lugar a las contradicciones. Hasta ahí llegamos.
 
     Por eso prefiero, ¿sabes?, que te abrieras y me dijeras todo lo que me dijiste. Prefiero lidiar con tu odio, tu miedo, tus recelos y todo el resto, que seguir cantándole tangos a tu ausencia y tu silencio.

En la doliente sombra de mi cuarto al esperar sus pasos que no volverán, a veces me parece que ellos detienen su andar. Pero no hay nadie y ella no viene, son sólo fantasmas que crea mi ilusión. Y que al desvancerse va dejando su visión, cenizas en mi corazón.
—Carlos Gardel. Soledad.


viernes, abril 28, 2017

Baudelaire y el fin del mundo

Lo único seguro es el acto de la lectura, que rescata tantas voces del pasado, a veces las conserva para un futuro lejano, para un momento en el que tal vez podamos hacer uso de ellas de maneras valientes e inesperadas
     —Alberto Manguel. Una historia de la lectura.

Hace unos años, un viejo y querido amigo, César, descubrió las palabras para decirlo,  haciendo eco de Maimónides: creo, con fe verdadera, dijo, que la literatura salva. Hace poco, otro amigo de los libros, me dijo que recordó al fin un hecho fundamental: la literatura también cura.

     Menciono estos amigos y sus frases porque es necesario aceptar que la idea no es mía de origen, por más que piense en ello a menudo. Yo lo he dicho siempre de otra forma: que mis libros son el único argumento irrefutable en contra del suicidio. ¿Quién se mataría habiendo tanto que leer? Quizá sea este el único argumento que una y otra vez, en los momentos difíciles, funciona todavía.

     La literatura fue la primera razón para encontrarle sentido a la vida de trabajo, oficina y rutina; esa vida me permite pagarme el vicio. Sucedió en aquella tarde lejana cuando papá me llevó a esa librería de viejo sobre avenida Cuauhtémoc, casi esquina Álvaro Obregón —A través del espejo, creo que se llamaba—, a comprar mi primer Quijote, dejándome pagarlo de mi propio bolsillo. Un acto enorme, como si me hubiera dicho: «ya no eres un niño». Tendría yo dieciséis o diecisiete años. Y ese primer Quijote, esa librería, la compañía de papá, fueron la llave que me abrió el mundo entero. Mejor dicho, la infinitud entera de los mundos. Ahora papá dice que ha creado un monstruo. Mi biblioteca es un Leviatán que invade su casa —y la mía— por partes iguales...

     Sospecho, por otro lado, que la literatura también es la primera razón por la que no he pisado —todavía— un psiquiátrico. Me temo que varias veces he tenido problemas para ser atendidos por un buen alienista. Basta releer viejos diarios para saber que algo no funcionaba del todo bien en ese espíritu o en esos nervios que fui, que he sido. En esos momentos de duda, cuando el fin del mundo estaba cerca, fueron los libros la ranura que dejó pasar la luz. El camino por el que llegaron los amigos que fueron y siguen siendo —como los libros— mi alienista, mi cura, mi salvación.

     Así por ejemplo, recuerdo que mis primeros años de universitario estuvieron caracterizados por la lectura obsesiva de Baudelaire. 

Un imponente tomo de Edimat. Los Paraísos artificiales, me dejaron loco y me devolvieron la razón. Esos Pequeños poemas en prosa me prestaron las palabras que entonces tanta falta hacían para saber pensar y decir lo que de callar me habría matado.


Fue también la época de Hesse, de su Lobo estepario y su Demian, que me enseñaron a escribir cartas a la ausencia y estirar la mano del mendigo. Junto con Hesse, Nietzsche y Zaratustra me hicieron ver que la pureza nada vale y que a veces el único camino para vencer el aislamiento o la alienación, es charlar con quien no te lo imaginabas posible. Con un muerto charlaba Zaratustra. Para mí la humanidad entera.

Es que en aquellos años me sentía separado de todo. Separado del mundo por un muro de vidrio invisible, viviendo en destiempo o en ajeno. En ese entonces, El perseguidor de Cortázar era como un maravilloso espejo. Y una carta de presentación. Se lo regalé a mi amiga Laura, como diciéndole: mira, este soy yo. Y dieciocho años después, mi amiga sigue aquí, aunque yo ya no me sienta Johnny Carter.

Ese cuento de Cortázar me hizo capaz de reconocer el daño que me hacía a mí mismo. Ese cuento también lo tuve en mente cuando en una noche de copas, al fin me decidí a explicarle a mis amigos Manuel y Nacho, que por alguna razón, que a lo mejor estaba loco, pero que entre el mundo y yo había una barrera, que esto ya lo viví mañana, que no me está pasando a mí. Y resulta que eso, la comunicación con los amigos, era el primer y único paso necesario para salir del confinamiento idiota.

     Con otro amigo Manuel —pero 8a—, fueron Cortázar y Benedetti los autores que ayudaron a soportar el tedio infinito de las clases de derecho. Conversaciones inoportunas y comentarios a media clase que terminaban en indisciplina fueron la manera de no abandonar una carrera árida y superficial como pocas. Todavía guardo la Casa y el ladrillo que me regalara 8a.

Amigos todos ellos, que fueron como el Bruno de este Johnny Carter región cuatro y sin talento, amigos que abrieron la puerta del cuartucho imaginario en París, del que nadie puede salir solo. Porque nadie se basta a sí mismo. Como dijo John Donne: “as any manner of thy friends or of thine / own were; any man's death diminishes me, / because I am involved in mankind”. Así terminó aquella alienación del mundo y de los otros. Con libros y con amigos. Que se hicieron posibles unos a otros.

     Ahí mismo, por Manuel, conocí a Stephen King. La torre oscura que muchos años después, serviría para que en una cama de hospital, los ojos de una niña recién emigrada se fijaran en este medio escritor y medio loco que cojeaba con la pierna rota.

     Ahí mismo, por Laura, está otra vez Baudelaire, con interminables conversaciones que iban a ninguna parte y que, como acabo de descubrir en Rushdie, tenían sentido porque la disputa es la mejor herramienta para afilar la mente. De Rushdie vuelvo a Las mil y una noches, que me arrastran otra vez a esa cama de hospital, al atropellado y su destino. Las historias de Sherezada fueron el regalo, el hilo de Ariadna, que me dio aquella dulce niña para que me acompañara en mi primer viaje, del que volvería sin duda, pero no intacto, no igual, ni del todo sano en la cabeza. Como Roland en su camino a la torre.

      Ahí mismo también, mamá leía el Conde de Montecristo. Y papá me heredaba en vida su colección de clásicos, en la que conocí a Gorki, quien más tarde se transformó en cuento con ocasión del regreso portentoso y discreto de aquella niña, perdida diez años atrás.

     Ahí mismo, Dostoyevski, que también terminó por ser parte de ese cuento, pero mucho antes me acompañó en el infierno de trabajar de pasante en el estado de México mientras mi vida estaba entre la Ciudad Universitaria y Coapa. Lovecraft, cuyos mundos ominosos proveyeron un contraste sano y tranquilizador para soportar esa vida de camiones, metro y vil humanidad. Por las historias de Lovecraft, la amistad con los amigos Daniel, Mauricio y Cynthia. Tool who?, la música, y eventualmente Houellebecq y más libros, más luz.

     Esos mismos escritores, Dostoyevski, Lovecraft, Houellebecq, trazaron también mis amistades cuando me puse al fin a estudiar literatura. Hijo de filos, nueva infancia en el sitio adecuado. Y nueva locura. Porque si alguna vez he estado seriamente a punto de matarme, fue entonces. Aquella tarde cuando estaba de pie frente a la reja que me separaba de un acantilado, insensible y seguro de que escalar esa barrera sería tarea sencilla. Tan sencillo como saltar después hacia las rocas. Lo evitó Haruki Murakami con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, que leí casi entero aquella tarde.
Y que, afortunadamente, todavía no terminaba al pararme frente al acantilado. No era sólo la cuestión de un pendiente, había algo más en ese libro, algo mágico. No lo entendí hasta que Álvaro, mi hermano, me explicó que el país despiadado, tenía la forma de un cerebro, como el Dios de Miguel Ángel en la Sixtina. Eso es todo, fantasmas en el cerebro, las furias de la falta de alimento, de sueño y estabilidad. Eso es todo, nada de culpas, nada de desamores que no merecían ese nombre, aunque sí sus muchas variaciones.



Como de la mano de aquél acantilado, viene, aunque años después, J.M. Coetzee, cuya Desgracia me llegó de manos de dos grandes amigos, David y Alicia. Charlando con ellos, con Coetzee, Oé y Jellinek, al fin me he hecho capaz de no sentir la tentación del acantilado. Porque no hay culpa. Revelación sugerida ya por el Paraíso perdido, y Lutero y todo lo de mi tesis que hizo posible esa charla de cervecería donde, por cierto, muchos años antes, se me ocurrió la idea para esa novela que aún no termino.

     Con esta vuelta al pasado se hace evidente que los amigos han venido siempre de la mano de los libros. O que han llegado con libros en las manos. Con pretexto de los libros. Lo mismo que la salvación, la cura, las ganas de vivir. Recientemente algún alumno se ha puesto a recomendarme buenos cuentos. Y parece el saludo secreto de una secta hermética.

     Lo que veo aquí es que cada vez que estuve a punto de rendirme, la literatura trajo respuestas, amistades. Como aquél Disparo al corazón que me recomendó César y está para siempre engarzado a una caminata nocturna por Polanco, tierra de ataques de ansiedad, llanto por el cáncer a ratos y a ratos por las decisiones insensatas de quienes uno quiere. Por cierto ni el cáncer, ni las decisiones han borrado nada. Pues cada mundo termina para que empiece otro. Y así Luhmann y luego Kundera, me devolvieron esos afectos.

     Lo que veo aquí, es que cuando la desesperación me quemaba por dentro, ahí había un libro también como tabla de salvación. Seda de Baricco, con una elegante dedicatoria en japonés, fue el agradecimiento y el sueño que le regalé a Isa, querida y distante amiga, que me acompañó durante aquella noche maldita en que me sentía como Príamo rogándole a Aquiles que le devolviese el cadáver de Héctor. Pero aquella noche aciaga, las manos de la muerte y del cadáver eran, malditamente, las mismas manos.

     Levanto la mirada de la libreta hacia los libros. Es verdad que la literatura salva. Es verdad que la literatura cura. Los libros y la gente querida parecen ser la misma cosa: razones para vivir y remedios oportunos. Poseo más libros de los que puedo leer. Y eso significa que poseo también más razones para vivir de las que habré de necesitar en una sola vida. Cada vez que voy a la librería me devuelvo a la sensación de los encuentros que ahora rememoro. Acaso alguien vendrá de entre las páginas para hacerme fuerte si es que un día ya no puedo más.

     Esta es mi carta de amor a los libros. Y mi carta de agradecimiento a los amigos. Todo esto me ha surgido, ¿saben? por las líneas de un poema:

           é preciso ler Baudelaire
           [...]
          é preciso viver com os homens
          é preciso tener mãos pálidas
          e anunciar o fim do mundo.

     Cada mundo termina para que empiece uno nuevo. Esa es la promesa de la literatura. Esto no dura, un rato más y entonces, fiat lux. Un cuento, una novela, un poema. Dicho de otro modo, un conjuro. Y fiat lux.

     La biblioteca seguirá creciendo implacablemente. Quizá sea una forma de hoarding. Pero me gusta pensar que es una acumulación insensata de esperanza y consuelo y luz. Cuenta la leyenda que a Borges le preguntaron una vez de qué libro suyo se enorgullecía más, y él dijo que su orgullo eran los libros que había leído, no los que había escrito. Yo pienso un poco como Eco, en el orgullo de los libros por llegar: los que uno planea leer, los que leerá aunque no lo planeara, los que no conoce pero están esperando, los que por error o desesperación, sin buscarlos, terminarán ante mis ojos. Mi orgullo es lo que está por venir. Mi biblioteca es un vestíbulo con casi tres mil puertas hacia futuros posibles.

     Mientras exista una puerta, habrá futuro, habrá luz, habrá esperanza. Y si no, que lo diga Paolo Giordano, cuya Soledad de los números primos transformó la forma en que unos ojos me miraban hace días, al otro lado de una mesa, de la rutina y el aburrimiento. En el vestíbulo de puertas infinitas, esos ojos me miraron y luego hacia un umbral que eran las páginas de Giordano. «¿Vamos juntos?», parecían decir esos ojos, «no sé bien por qué ni en qué calidad, pero ese umbral, quiero cruzarlo contigo».



Comprendo tu amargura, pero todo el mundo tiene que pasar por esto. Y tú también tienes que soportarlo. Después, sin embargo, te llegará la salvación. Y entonces se desvanecerán tus inquietudes y tu dolor. Todo desaparecerá. Créeme. 
     —Murakami, Haruki. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.

lunes, febrero 27, 2017

Como la piel exige

The loss of their sanity is the lesser of their problems. They will tell you, if you let them: they are the ones who live, each day, in the wreckage of their dreams.
—Gaiman, Neil. Smoke and Mirrors.

En algún artículo científico —o pseudo— leo que los patrones de actividad cerebral que ocurren en situaciones de estrés, son muy similares cuando se comparan a víctimas de tortura, niños maltratados y personas que han vivido largo tiempo en una relación abusiva. Ese “muy similares” me hace pensar que hay gato encerrado. ¿Puede haber similitudes no tan similares? Me pregunto dónde está la línea entre lo “muy” y lo “no tanto” que da relevancia al parecido.
  
      Hace años pasé noches enteras intentando hallar respuestas a preguntas similares en la enciclopedia. Alguien se comportaba de formas incomprensibles y supuse que había una razón. Sería tonto describir el comportamiento y la manera en que los saltos enciclopédicos me llevaron al PTSD. Desde que descubrí el acrónimo, se ha vuelto uno de esos temas que me apasionan y repelen por partes iguales. Sumando perspectivas uno termina por quedarse en blanco. Cada visión aporta algo, pero ninguna ofrece respuestas. No hay certeza. ¿Qué ocurre con quien ha sufrido? Y, sobre todo, ¿puede recibir ayuda?

     Fue apenas, cuando leía (con bastante miedo) At the Mind’s Limits de Jean Améry que encontré algo parecido a una certeza. Parece que a veces, la respuesta es tan superficial que pasa desapercibida. Estoy consciente de que es escandaloso comparar a un sobreviviente de Auschwitz con cualquier otro ser humano. Con sus bemoles, carece de sentido. Si pensamos en una niñez a la Lisbeth Salander, quizá la comparación sea más válida. Lo mismo con las relaciones abusivas, no se trata de “mi novio no me invita a cenar”, sino algo parecido a Blue Velvet. En estos casos hay una traición constante, sistemática, a la superficie. Dice Améry: “The boundaries of my body are also the boundaries of myself. My skin surface shields me against the external world. If I am to have trust, I must feel on it only what I want to feel”.

—Not what I want to feel—

Sencillo, directo y casi doloroso. La superficie de la piel como frontera y posibilidad de confianza en el mundo, en el otro, en el lenguaje mismo. Y sin embargo, qué difícil es a veces determinar qué es eso que quiero sentir.

     En el caso de Améry, era claro que no escogió: “they are permitted to punch me in the face [...] they will do with me what they want”. Los compromisos sociales de respeto y ayuda mutua se desvanecen por la fuerza. Pero con la persona que escoge libremente una pareja que le golpea el rostro, ¿se los han arrancado? ¿o los ha elegido libremente? Parece que uno otorga permiso. Eso decimos siempre, ¿por qué lo permites? ¿por qué te quedas? Incluso ha sucedido que la persona cuyo rostro recibe golpes cotidianamente, le pide a quienes pudieran venir en su ayuda que no lo hagan.

     Hace meses, una persona —de cuya intención al hacerlo sospecho— me explicaba que su pareja era violenta. Que de vez en vez, arremetía a patadas, que a veces aplicaba encierros. Cosas así. Y sin embargo, el terror que sentía, no era hacia su pareja, sino hacia la idea de dejar esa relación. No temía las posibles represalias, sino al hecho de reconocer que algo salió mal. No hay mala intención en lo que hace, me dijo. Si mi pareja no es mala, el problema debo ser yo. Acaso no supe querer, domar, comprender o predecir la violencia. No era capaz siquiera de señalar al enemigo... O tenía razón al reconocerse a sí como antagonista...

       Volenti no fit injuria. «Quien lo desea (escoge) no sufre injusticia». Aplicar la frase en este caso es falaz. Pero es lo que hacía esta persona, suponer que esto es normal, que a todo el mundo le pasa, que ha sido sólo una etapa en la relación. Que es su elección y su responsabilidad: elegí la etapa de las patadas o los golpes en el rostro. Debo hacerle frente.

      Me recordó a Misery, donde Stephen King describe algo muy similar: “The survival instinct, he was discovering, might be only instinct in itself, but it created some really amazing shortcuts to empathy”. En la novela, Paul trata de ponerse del lado de Annie, de entenderla, consolarla, darle lo que necesita. Así se sobrevive, poniendo las necesidades del verdugo por delante de las propias. De ahí al síndrome de Estocolmo... En casos menos extremos, como el de una pareja que patea, es más o menos entendible, sólo en películas de horror o en Auschwitz se concibe a otro ser humano que por placer o por deber, lastima. Con la crueldad se puede dialogar, termina King, no así con la locura.

«Habla con ella, seguro entra en razón»

Por eso la locura es aterradora. Y el terror es locura. El miedo que describía aquella persona era irracional, como todo miedo. En consecuencia, no puede desvanecerse con meras razones. Todos hemos estado ahí. Con una pareja que no “podemos” dejar. Un trabajo, una carrera, un objeto. No “podemos” porque dejar atrás ese elemento, sería privarnos de un fragmento de identidad. La parte de nosotros que le quiere, que ha escogido, la parte esencial que forma vínculos y eligió formarlos con esta persona. Sin esa parte, sería locura. Y no estoy loco. Como no estoy loco, entonces debo haberlo escogido.

     Es precisamente la conclusión opuesta a la esperada. Lo opuesto de reconocer la locura en la situación vivida: “Caray, llevo años soportando arrebatos de patadas que, por cierto, no me gustan. No es lo que quiero sentir. Esto es locura”. Pero suponernos cuerdos es esencial para sobrevivir. Y resulta que terminar la relación es una forma de aceptar que se estuvo loco. Por lo tanto, uno podría seguir loco. O volver a estarlo. El terror a la locura hace imposible terminar con la relación y esta deviene, como dice Améry: “A reality that could not be escaped and that therefore, finally seemed reasonable”.

«See? I'm reasonable!»

Ahí está el abismo. No hay confianza posible en una realidad donde lo contingente parece necesario. Donde lo absurdo parece razonable. Donde lo sufrido se disfraza de decisión. ¿Cómo podríamos desarticular tanto desatino? Nadie escoge que le golpeen el rostro. Salvo quizá en el BDSM. O cuando uno mismo golpea, y por ese acto, invita a que lo golpeen. En el mismo sentido, nadie pasa por una etapa en que le gusta patear a otro y luego se le quita o lo supera. O en que lo hace sin querer y luego ya no.

     Por este camino me puedo explicar las afirmaciones del artículo ese, científico o pseudo. Pero eso no me acerca en nada a una respuesta, una solución. ¿Cómo convencer a aquella persona de que abandone la relación? Me gustaría haber sabido entonces lo que dice Améry: “Si he de confiar, entonces, sólo debo sentir en la piel aquello que yo desee”. Me gustaría haber podido decirle que escuche a su piel, esa que se revuelve cada vez que tiene lugar un contacto de abuso cotidiano. No escuches mis razones ni las tuyas. Haz caso de tu piel.

      Eso te pido ahora, si me lees todavía. O a ti, que acaso te confundes o te reconoces en estas letras. Siente tu piel y date cuenta de que no hay locura en no saber escoger. Es lo más normal del mundo. Siempre escogemos mal, porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestro saber. Corregir el camino es más fácil que construirse un hogar en el sitio equivocado.

      A ti que repites el error y lo conviertes en destino. A ti, que ves en todo esto una etapa. A esos que fuimos o seremos:

Leave now. 

Déjale.

No puede recuperarse el tiempo perdido. Pero que el presente, mientras exista,  sea como la piel exige: I must feel on it only what I want to feel.



Bibliografía: Améry, Jean. At the Mind’s Limits. Indiana : University of Indiana, 1980. (1966). Gaiman, Neil. Smoke and mirrors. New York : Harper Collins, 2001 (1998). King, Stephen. Misery. New York : Signet, 1987 (1987)
 


miércoles, marzo 30, 2016

Réquiem

 Marzo 24, 2016

Así empieza la pesadilla, con un quizá. Quizá se cure. Quizá muera. Quizá. Pero es preciso decidir y el que tiene que escoger soy yo. Escoger sobre la vida de mi amigo. Y toda decisión es equivocada porque la pregunta no tiene sentido. ¿Quieres que viva herido? ¿Quieres que muera entero? Si escojo la sonda, la herida y el hospital, debe ser por todo el tiempo que sea necesario y hasta que ya no haya esperanza. Hasta que la muerte niegue la eficacia del tratamiento y destruya la esperanza. Es posible que sólo le de sufrimiento, sin ningún beneficio. Si escojo la muerte, también será por todo el tiempo, porque significa que destruyo la esperanza. Es posible que le ahorre el sufrimiento, pero que le arranque todo beneficio. Así empieza la pesadilla, con un quizá. Quizá viva. Quizá muera. La pregunta no tiene sentido, porque ninguna de mis decisiones determina el resultado: la muerte. No hay víctimas de la muerte. Hay el hecho de la muerte. Hay el tiempo de la muerte. Puedo intentar que no mueras hoy. Pero sé que un día habrás muerto. ¿Qué te espera desde hoy hasta ese día? ¿qué tiempo te tengo preparado? Sufrimiento o paz. Tiempo pleno de lo que yo haya escogido para ti: sufrida esperanza o pacífica desesperación. Con todo mi cariño, con todo mi respeto, con toda mi amistad, con todo mi amor. Si pudieras, ¿qué escogerías para mí? ¿Cómo se juzgan el amor, el cariño y todo el resto? Con un quizá y esta pesadilla. Esta es la lección ingrata. Esta es la verdad. Este es el hecho de la muerte.

miércoles, mayo 06, 2015

Sobre el perdón

I do repent, but heaven hath pleas'd it so
To punish me with this, and this with me,
That I must be their scourge and minister.
I will bestow him, and will answer well
The death I gave him. So again good night.
I must be cruel only to be kind.
Thus the bad begins and worse remains behind.
Hamlet. III-4




El otro conserva el profundo dolor que sentía antes, pues no hay nada de consolador en el hecho de que tú hayas cometido una sinrazón y se lo hayas dicho; hasta se acuerda del espectáculo penoso que le has ofrecido, despreciándote delante de él, como de una nueva herida que te debe; con todo, no piensa en la venganza y no comprende cómo podría haberse desvanecido la ofensa entre él y tú. En el fondo, tú has representado la escena ante ti mismo y para ti; habrás invitado un testigo, pero en interés tuyo, no por él; no te engañes a ti mismo.
—Nietzsche, Friedrich. Aurora.


A estas alturas soy incapaz de encontrar las palabras que busco, escondidas en un libro de Nietzsche, aunque también podrían estar en el libro de alguien más, explicación tan válida como mi mala memoria para el hecho de que no las encuentre. Acaso, puede pensarse, son palabras que pensé yo mismo, y en un acto de memoria y soberbia, les puse el nombre y la firma de Friedrich N. para prestarles la fe y el valor que sólo los grandes muertos le imprimen a las palabras. El nombre y las palabras exactas quizá no importan, sino el sentido, y es este: “lo que no perdono de la traición, no es lo que me hiciste pasar o de lo que me privaste, sino que por ella me has hecho incapaz de confiar de nuevo en ti. Nunca más. Y nada hay más valioso, ni que duela tanto perder, como la fe en un amigo”. Algo así decía Nietzsche. Y si no lo dijo, alguna vez se le habrá ocurrido, tan enrevesado como era. O lo dije o se me ocurrió a mí. Tanto da, porque a todos nos han traicionado, o nos hemos traicionado solos, o traicionamos a los demás. Con una indecencia, con una mentira. Con palabras o acciones, pero todos somos traidores y nada duele tanto en la traición como ese perder la inocencia, como ese cuestionar infinito y a futuro toda promesa, toda amistad, todo amor y toda felicidad. Por la traición llegamos a esa tercera etapa de la felicidad, que puede ser de Benedetti o de Kertesz, o de Primo Levi, o de los tres: cuando ya no se puede ser feliz porque uno sabe que toda felicidad termina. Cuando uno sabe que tiene amigos porque no han tenido aún tiempo, oportunidad o deseo de traicionarnos. El fin de la inocencia o de la fe. Uno aprende, se hace viejo o madura, lo mismo da. Uno se va quedando solo y lleno de traiciones.
      Haya dicho lo que haya dicho quien lo haya dicho o escrito, en los últimos meses he tenido oportunidades serias para pensar en la traición y su vástago maldito, el perdón. Que es de quien quiero escribir, pero como buen evangelista, me toca empezar por la filiación, el origen y sus ecos. Yo perdono. Tú perdonas. Estas oraciones siempre exigen la pregunta: sí, pero ¿qué se perdona?
      ¿Y cómo contarlo sin cometer también traición? Sin traer al banquillo de los acusados o a la vergüenza pública al traidor. Sin llamar a cuentas o contar eso que no debió pasar y por lo mismo no debe ser contado. Porque yo lo he dicho o escrito antes, seguramente parafraséando a otro, o robándome franca y traidoramente sus palabras: contar es traicionar, es repetir y perpetuar lo que no debió haber sido o que, si llegó a ser, no debió contarse, aún sin haber sido. Porque contar hace superfluo lo que fue y no, le da o le presta carne a los fantasmas y los aparecidos, a los no venidos y los inexistentes y, en todo caso, contar algo es traicionar lo que está en nombre de lo que se inventa.
     Así pues, ¿cómo hablar del perdón sin hacerse también traidor? Y lo mismo, cómo traicionar sin pedir, o recibir sin haber pedido, perdón. En silencio o a distancia, merecido o no. Es claro que la traición es ocasión de tomar la parte del otro y decir, como un dios, un rey o un amo: te perdono. Y aún así, sin rencores incluso, seguir perdiendo la inocencia a través de la experiencia sola. No por el juicio ni el intelecto, sino sólo porque se ha vivido, se sabe sin lugar a dudas que sólo hace falta tiempo, ocasión o ganas. Y de ahí no hay quien te salve o te cure, por mucho que perdones y se laven todos y no quede huella sino el acto o la memoria misma de lavarse y perdonar, con, o sin razón. Con, o sin soberbia. Espectáculo al fin y al cabo, del que pide o del que otorga sin que le hayan pedido nada ni se acuerden de él o ella. Porque acaso son ellas las que más sufren de traiciones. O no. Pero soy hombre y me gusta pensar que son los o las otras quienes llevan la peor parte. Pocas justificaciones tan poderosas hay para seguir viviendo o para imaginarse que uno es feliz. Aún. Todavía. Ya veremos...
       En fin, que pedir perdón no sana heridas. Y perdonar tampoco. Sólo sanan las heridas que no se han causado, las que uno se imagina en pesadilla o se teme, pero al revisar la carne nota que no estuvieron nunca. Lo otro, la traición, es descubrir de pronto que donde siempre imaginó tener un brazo o un dedo no tiene nada. Que le falta algo que uno imaginó era suyo y parte suya, pero nunca estuvo, por más que lo hubiera visto, sentido o tocado todos estos años. Perdonar no remedia nada, ni arrepentirse tampoco, pero así vamos tirando. Porque uno prefiere imaginarse que esa ausencia o falta es pesadilla y la realidad está al revés, ocupada por los miedos, en vez de aceptar que el miedo es realidad. Y entonces perdona. ¡Qué remedio! Mejor imaginar que se tiene un ojo o un amigo, que vivir tuerto y solo...




Si no me hubieras dicho nada —añadió—, si me hubieras mantenido en el engaño. Cuando se lleva uno a cabo, hay que sostenerlo hasta el final. Qué sentido tiene sacar un día del error, contar de pronto la verdad. Eso es aún peor, porque desmiente todo lo habido, o lo invalida, uno tiene que volverse a contar lo vivido, o negárselo. y sin embargo, no vivió otra cosa: vivió lo que vivió. ¿Y qué hace uno entonces con eso? ¿Tachar su vida, cancelar retrospectivamente cuanto vivió y creyó? Eso no es posible, pero tampoco conservarlo intacto, como si todo hubiera sido verdad, una vez que se sabe que no lo fue. No puede hacer caso omiso, pero tampoco renunciar a años que fueron como fueron, ya no pueden ser de otro modo, y de ellos quedará siempre un resto, un recuerdo, aunque ahora sea fantasmagórico, algo que ocurrió y no ocurrió. ¿Y dónde coloca uno eso, lo que ocurrió y no ocurrió?
Marías, Javier. Así empieza lo malo.