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martes, junio 30, 2020

Imposibilidad de una isla

A cualquier observador imparcial le resulta evidente que el individuo humano no puede ser feliz, que no ha sido concebido en absoluto para la felicidad, y que su único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor, haciendo que la vida de los demás sea tan intolerable como la suya
—Michel Houellebecq. La posibilidad de una isla.

Cuando empezó la cuarentena, uno de los primeros libros que me vinieron a la mente como lectura de ocasión fue La posibilidad de una isla. Reduciendo al máximo, puede decirse que trata sobre el sufrimiento inherente a las relaciones humanas. Con tono depresivo de corte schopenhaueriano, explica la miseria de nuestra condición y lo doloroso de las distancias como consecuencia directa de las condiciones biológicas de nuestra existencia. Somos animales destinados a desear el contacto, a tener hambre de cariño y a buscarnos unos a otros porque
creemos encontrar la justificación de la existencia ahí donde nos entrelazamos emocionalmente. Vana ilusión. El contacto es la fuga por donde la muerte nos inunda.


Algo similar opinaba Agustín de Hipona cuando escribió que la vida se vuelve insoportable cuando se recuerdan sus circunstancias: el deseo y la finitud. Así, en tanto máquinas deseantes perdemos la vida en el esfuerzo de saber querer aquello que podemos. A largo plazo, el empeño resulta ridículo porque la vida es finita y ninguna satisfacción es duradera ni plena. El amor uxorio es tortura porque uno ama aquello que perecerá. Cuanto más profundo el apego, más amarga la condena. La posibilidad de una isla nos presenta un mundo en que estas dos circunstancias ya no determinan la vida: los neohumanos descubrieron la inmortalidad casi por accidente y superan poco a poco la concupiscencia, empezando por el deseo de contacto. En sucesivas y recurrentes existencias, superan la necesidad de la caricia y la presencia.


     Para cuando la novela comienza, el contacto entre los inmortales se limita a mensajes electrónicos: imágenes, palabras, ocasionalmente una videollamada. Algo similar a lo que nos ocurre a quienes tenemos la fortuna de poder quedarnos en casa y tenemos suficiente miedo para no arriesgarnos abriéndole la puerta a nadie. Estamos aprendiendo a no desearnos. Por lo menos aspiramos a superar la necesidad de la presencia, sustituyéndola con intermediarios electrónicos, otorgándole cada vez más importancia al simulacro de compañía.


     No es un fenómeno del todo nuevo. Así por ejemplo, cuando esta bitácora era joven y yo leía por primera vez a Houellebecq, los bloggers establecíamos misteriosas amistades a distancia. Era excepcional reunirse en vivo, verse las caras, o conocernos más allá de minúsculas y borrosas fotografías de perfil. La mayor parte de esas amistades han desaparecido, no como personas, sino porque este medio de comunicación ya parece anticuado. Incluso hay que confesar algún narcisismo en la expectativa implícita de que alguien emplee su tiempo en leer estos largos mensajes que arrojamos al internet como tantas botellas al mar.


     Lo importante es que en aquél entonces, cuando todo el mundo tenía y leía blogs, nos sentíamos acompañados al leer esas largas disquisiciones sobre anagnórisis ajenas. Hay algo en la escritura cuidada y reflexiva que —por lo menos para los de mi generación— construye una paradójica emoción de cercanía en la distancia. El mismo principio que mueve a los novelistas y que durante siglos dio sentido a la hoy anacrónica costumbre de escribir cartas a mano y depositarlas en el correo. Seguimos siendo animales ceremoniales para quienes el significado de un mensaje está compuesto también por sus rituales.


     A veces ocurre, sin embargo, que el acto desborda al ritual y anula todo sentido. Kundera ironiza al respecto en el famoso episodio de la gran marcha en La insoportable levedad del ser. Personas que se pierden en la euforia y la concupiscencia del mero decir o hacer privado de sentido. Dominados por el hedonismo de ser actuantes. Cuando sentirme cantar, marchar o decir es más importante que aquello y a quienes se canta, marcha o dice, las cosas se tuercen.




En aquél entonces, ni Houellebecq con todo su pesimismo se imaginó que llegaríamos a esta forma de usar los medios de contacto para simular ya no sólo presencia, sino también comunicación. Sus neohumanos intercambian opiniones y reflexionan sobre la vida mientras esperan su muerte y la llegada de los Futuros. Profundizan en la condición de quienes les antecedieron, construyen la posibilidad de quienes han de seguirlos y es desde esa introspección que los abisma que puede surgir el final inolvidable de la novela, esa mezcla de esperanza y desesperación que es la condición humana. Puede resumirse en aquella súplica de Agustín de Hipona: «exaudi et responde et respice et vide et miserere et sana me, in cuius oculis mihi quaestio factus sum». Me encanta cómo suena en latín, pero va también en español: Escúchame, respóndeme, vuelve tu mirada, mírame, compadéceme y sáname, tú en cuyos ojos estoy hecho un enigma. Es esta caricia espiritual lo que santifica a la palabra ausente.


     Cuando nos escribimos, nos hablamos y nos buscamos llegamos a ser enigma a ojos de los demás. Al escribir cartas, novelas y poemas nos reconocemos mutuamente enfermos, necesitados de otra mirada compasiva sobre nuestra propia miseria. A Houellebecq no se le ocurrió que llegaría un día en que la palabra dejara de producir este enigma de insinuación. Acaso ese punto ciego es lo que le permite crear un inusitado final ambivalente, casi esperanzado que contradice un tanto su estilo.


     Al terminar la novela me pregunto cuándo fue la última vez que encontré en la red un mensaje in cuius oculis mihi quaestio factus sum. De esos que, como le decía a una muy querida amiga hace unos días, nos revelan ante nosotros mismos. Imagino a Daniel25 enviándole a Marie23 (a la comunidad neohumana entera, da lo mismo) una denuncia de herejía ideológica, un señalamiento de odio, una imagen de excesivo orgullo por la posesión de algún objeto material o, ya de plano, invitándola al reto de publicar portadas de libros, películas, discos, sin hablar de sus emociones, sus experiencias, sus enigmas al desdoblarse en esos espejos que son arte. Así se destruye la posibilidad toda y cualquier isla. Es que la palabra sin súplica de comprensión, la palabra sin caricia que busque al otro en la distancia deviene en epitafio de la humanidad.






¿Ese poema en francés? Dice algo así, según Encarna Castejón, traductora de la edición de Alfaguara: «No hay amor / (No de verdad, no lo bastante) / Vivimos sin socorro, / Morimos desamparados. // El llamamiento a la piedad / Resuena en el vacío, / Tenemos los cuerpos tullidos / Y nuestras carnes siguen hambrientas // Desvanecidas las promesas / De un cuerpo adolescente, / Pasamos a una media luz / Donde nada nos aguarda // Más que el vano recuerdo / De nuestros días pasados / Un sobresalto de odio / Y cruda desesperación».

lunes, diciembre 30, 2019

Etapas en el camino de la vida (4)

Si una doctrina, en el instante en que amaga con decir algo terrible acaba babeando en lugar de causar horror—está claro que ante esa doctrina no merece la pena ponerse en pie. 
—Søren Kierkegaard. Temor y temblor.

Para hablar de Kierkegaard empiezo por el final, con sentencias lapidarias que causan horror. La glosa o fundamentación de esas sentencias viene después, pero es inútil, como la propia glosa lo demuestra. Créanme.
1. El lenguaje es una «invención lamentable» porque «dice una cosa y quiere decir otra».
2. La verdad no explica la vida, la hace más dolorosa.
3. Cuanto mayor es nuestra certeza, mayor es nuestra desgracia.
4. En el mejor de los casos, «la vida es un discurso oscuro».
5. Como tal hay que tratarla.



* * *

La razón desemboca siempre en la desesperación. Ella nos muestra que el mundo y nuestras opiniones al respecto carecen de un fundamento o fin que puedan ser demostrados más allá de toda duda. En ese punto se suele confundir lo trascendente y lo nimio, pues no existe ninguna razón para ubicar los conceptos en una u otra categoría. Esto quería decir Nietzsche cuando señaló que ante la muerte de Dios —es decir de aquello que pone fin a la duda— era responsabilidad del hombre llenar el vacío con valores y sentido. Pero se lo tomó todo demasiado en serio. Pensaba que, de otro modo, la humanidad acabaría en el nihilismo que podía manifestarse como desesperación y suicidio o como un lento hundirse en la pasividad contemplativa de la nada. Aunque hablaba de embriaguez y vitalidad, hablaba en serio, como uno se toma en serio una partida de billar cuando tiene dieciocho años.
 
Ante el mismo problema, el absurdo del mundo y nuestras representaciones, Kierkegaard propone la ironía. Por ahí, por lo opuesto a la seriedad, empieza su obra escrita. Celebra al Sócrates irónico que al hablar con los discípulos de la seriedad religiosa o filosófica «les arrebataba todo y los despedía con las manos vacías», Sócrates se carcajeaba irónico. Para él todo ejercicio serio de razón o de fe, no pasan de ser una broma fantástica, porque se cede al poder de lo místico y, «prestándose a su sortilegio, uno inventa más y más visiones y es desbordado por ellas». Para Kierkegaard, como para Sócrates y más tarde para Milán Kundera, nada hay más ridículo que lo serio.

Un ejemplo, dice Kierkegaard, es que el amor puede justificar estéticamente al suicidio, embellecer la finitud y la carencia; pero ese amor tan serio, se basa en el engaño. Así por ejemplo, Romeo y Julieta, quienes mueren de amor en el amor. Así Lavinia muerta al fin a manos de Tito Andrónico. Sublimes. Hasta que se ajusta la mirada y se percibe el guiño de la ironía. Entonces se reconoce la ridiculez en estos actos, porque son frutos del engaño que cada uno obra sobre sí mismo. Se convencen de que no hay vida posible sin ese amor o ese honor, con o sin esa persona. Y sin embargo, su existencia misma es prueba de que se engañan. Haber vivido o seguir viviendo demuestra que sus anhelos son meros caprichos. Es decir, se trata de visiones que les han desbordado porque les dan demasiada importancia, se las toman demasiado en serio.

Esto nos ocurre a todos de forma cotidiana. De ahí que Schopenhauer explicara la vida como representación. Kierkegaard está de acuerdo, pero prefiere tomarse las cosas de manera juguetona, irónica: puesto que no puede tenerse una representación fiel, podemos muy bien escoger la más entretenida. La vida se convierte así en un amorío, en una aventura que hace lugar a sus veleidades y las nuestras como cualquier coqueteo. «Hagas lo que hagas, te arrepentirás», opina el pensador serio, porque alguna vez verás las cosas como son realmente. Kierkegaard agrega que esto sólo tiene lugar si escoges creer que ese “realmente” es la realidad más allá de toda duda. Si ninguna representación está más allá de toda duda, ¿por qué no elegir otra?

Sin duda es absurdo reducir el mundo a una sola interpretación. Y también es absurdo abrir la perspectiva a cualquier otra, a la infinitud de interpretaciones posibles. Por eso la vida misma es un acto de fe que nos pone ante nosotros mismos con ironía: «El asunto es bajo qué determinaciones considera uno la existencia y vive». El momento crucial de una vida es, entonces, cuando se escoge qué creer; es decir, cuando se elige uno de entre todos los absurdos sin fundamento que presentan la razón y la fe. Además, se escoge por ninguna razón, puesto que la elección es absurda, injustificable. Cualquier justificación se construye después de la elección. Así, por ejemplo, uno no escoge su equipo de fútbol, su partido político o su religión después de conocer todas las opciones posibles y comparar méritos. Porque ello implicaría, además, una elección entre diversos sistemas de medición de esos méritos. Elegir una jerarquía. Elegir un sentido para las palabras mérito y jerarquía. Se trata de una dialéctica infinitamente mala. Lo cierto es que nadie puede conocer los fundamentos de su fe antes de vivirla. Se construyen conforme uno es desbordado por sus propias visiones míticas. Romeo y Julieta nada sabían la una del otro, se miraban ex parte, en enigma, thorugh a glass darkly.

Opina Kierkegaard que «el hombre sólo se vuelve melancólico por su propia falta». Eso fue lo que le pasó a los amantes de Verona. Se trata de una falta de ironía, de ensoñación, de memoria. Se olvidan de que toda representación es arbitraria y por lo tanto mutable. Sólo con ese olvido puede uno volverse melancólico. En esto, el líder Wittgenstein parece estar de acuerdo cuando asevera: «Si la vida se vuelve difícil de soportar, pensamos en cambiar las circunstancias. Pero el cambio más efectivo e importante, un cambio en nuestra propia actitud, rara vez se nos ocurre; y la decisión de dar ese paso nos es muy difícil». No sorprende, por tanto, que Kierkegaard escogiera la fe cristiana como forma de vida, como determinación bajo la cual vivir su vida: escoge un mundo de amor y providencia, donde todo se encuentra justificado y toda dádiva buena y todo buen don, vienen de Dios. Un mundo ética y estéticamente justificado.

Opina, en consecuencia, que ninguno de nosotros puede juzgar sobre lo bueno o lo malo de las circunstancias. Pero haríamos bien en creer que todo hecho es bueno aunque duela. Así, por ejemplo, sus héroes Job y Abrahám. Pero también el hijo pródigo de la parábola, quien se ve reducido, tras una serie de decisiones estúpidas, a robarle bellotas a los cerdos para comer. Su destino es cruel, el patrón para el que trabaja puede parecer cruel, el mundo es cruel. Sin embargo, esa degradación era lo que el joven necesitaba para poner en duda las visiones que lo desbordaron y lo pusieron en esa circunstancia (ser indigno de amor y perdón, por ejemplo) para buscar la reconciliación con su padre y volver a una vida feliz. Todo lo que hacía falta era leer en la desgracia una invitación a cambiar sus creencias. Es la iluminación del rock bottom. Se trata sin duda, de tener fe, pero no de aferrarse a una fe sino de jugar con las posibilidades de cada fe y toda fe posible. «El ojo con el que se ve la realidad debe modificarse sin cesar».

—Job rechazado por sus amigos. William Blake—

Para Kierkegaard el problema del sentido de la vida se reduce al momento de la elección. El problema desaparece cuando aceptamos que cada forma de vivir es algo que elegimos desde el absurdo. Se crea o no en Cristo, Kierkegaard da en el clavo: estamos condenados a creer, pero elegimos nuestra fe y, por lo tanto, no hay razón  para aferrarse a las mentiras convencionales de nuestra sociedad. Es preciso entonces partir de uno mismo. Así empieza la ética como derivado de la fe: los actos que se realizan por razones o motivos circunstanciados son engaño. Abrazar un partido, religión o prejuicio, son todos actos falsos mientras no se les vea desde el absurdo. Este es mi camino —diría su caballero de la fe— por ninguna razón en absoluto. En consecuencia, se trata de elegir, pero no de una buena vez y para siempre, sino en cada momento. Elegirse a uno mismo, partir de uno mismo y volver a uno mismo con las manos vacías.


—Abrahám e Isaac. Rembrandt—

Vistos así, los sistemas políticos, éticos, religiosos o, mejor dicho, todas las ideologías, son tentaciones porque pretenden ahorrarnos el trabajo de la elección. Se presentan como respuestas válidas más allá de toda duda, celosas del cambio en quien las vive. Antes de abrazar una ideología, hay que jugar con ella y hacerla en cada instante objeto de ironía. Tomarse las ideas terminadas como algo serio es un camino cierto hacia la desesperación porque todas ellas son absurdas. Las personas dicen, con toda seriedad: la vida es esto. Más tarde se dan cuenta de que “esto” es absurdo. Y concluyen, razonablemente, que la vida es absurda. Entonces se sienten desgraciadas. Pero la desgracia viene de uno mismo, de la propia elección. Se elige la desgracia, y no puede encontrarse consuelo. Qué cosa más ridícula.

Concluyamos con sentencias lapidarias, que causen horror, pues estas son las doctrinas que valen la pena: El lenguaje es una «invención lamentable» porque «dice una cosa y quiere decir otra». Por eso, la verdad no explica la vida, sino que la hace más dolorosa. Así, cuanto mayor es la certeza, mayor es la desgracia. En el mejor de los casos, «la vida es un discurso oscuro». Como tal hay que tratarla.

martes, julio 30, 2019

Nostalgia

Y precisamente esa miseria mutua la disfrutaban con la boca llena, se la bebían ávidamente uno al otro. Acariciaron sus cuerpos miserables y cada uno oyó bajo la piel del otro ronronear las máquinas de la muerte. 
—Milan Kundera. La vida está en otra parte.
En las dos o tres fuentes que he consultado, la palabra nostalgia tiene en su raíz dos vocablos griegos: νόστος (nóstos) que implica el acto de llegar o volver a un sitio deseado, al hogar, por ejemplo, y ἄλγος (álgos), dolor. De ahí que la nostalgia es ese doloroso deseo de llegar a un sitio. Esta es la explicación más diáfana. Pero llevado acaso por esa claridad insolente de una buena migraña se me ocurre, combinatio nova, que otra palabra griega también participa en el sentido de la nostalgia: νόσος (nósos), que significa cosas tan diversas como enfermedad, miseria, locura, plaga, sufrimiento. Surge una riqueza de significados: en lo más superficial, el dolor que causan la locura o la miseria de desear un regreso; más profundo, confundir el nóstos con el nósos, es decir, el hogar con la miseria, la miseria con el hogar. Esos momentos bellos en que una dolencia, como un dolor de muelas —o en mi caso, una migraña— nos recuerda una época vivida en feliz miseria y nos despierta ansia de retorno pues, como dice Oliver Sacks en su libro inaugural sobre la migraña, «paradójicamente, no es tan sencillo estar bien—en muchas formas, es más sencillo tener una vida limitada, estar enfermo».
 
     Hace precisamente once meses que no tenía un dolor como este y, como cualquiera que haya vivido con migraña sabe, es preciso tomar nota para aislar los detonadores y evitarlos en lo sucesivo. Cualquier persona con migraña lleva una suerte de diario del dolor. Muy poético y muy útil. Revisando esas anotaciones me doy cuenta de que mi última migraña empezó también en jueves y  tuvo también por presagio la presencia soñada de una ex novia. Still she haunts me, phantomwise, escribió Lewis Carroll para despedirse de Alicia en un acróstico. Le he estado dando vueltas. En la última migraña, pensaba también en un acróstico. Nombres, poesía y sueño, eso es la nostalgia. De acuerdo con una de las perspectivas que Sacks expone «la migraña es una expresión de hostilidad inconsciente en contra de personas amadas conscientemente».
 

 —Caspar Friedrich David. The Abbey in the Oakwood—

Lo cierto es que la migraña me ha dado nostalgia por una época miserablemente feliz que puedo describir con dos fenómenos concomitantes: la migraña y la inspiración. La causa de ambas afecciones era mi debilidad mental, por supuesto, pero en aquél entonces habría dicho algo como: “mi necesidad de analgésicos y estas ganas de escribir, guardan idéntica proporción directa con el cariño que le tengo”. De pronto esta migraña me resulta querida, como si fuera la aparición de un viejo amigo a quien no he visto en mucho tiempo. Porque me dan ganas de escribir un acróstico, una serie de cuentos y terminar una novela. Porque hay una presencia fantasmal que me infesta en sueños. Opina Sacks: «Aunque la migraña es un evento psicológico, no es sólo un evento psicológico, sino que se encuentra fuertemente relacionado con —y determinado por— el individuo, su carácter, sus “necesidades”, sus circunstancias y su forma de vida. En consecuencia, es insuficiente buscar remedios puramente psicológicos puesto que lo que acaso debería remediarse, si es que ello es posible, es toda una forma de vida, una vida entera».
 
     Lo curioso es que, por más que la migraña me invite a escribir, lo impide, pues uno de mis primeros síntomas es una curiosa afasia en que la palabra hablada o escrita, se me resiste. Una manifestación lingüística del aura o scotoma, ese vacío en el campo de representación. Por eso, hace un año, teorizaba yo que “Si, en todo caso, uno quiere lo que escribe y no puede escribir, se sigue que ha menguado o se ha perdido momentáneamente la capacidad de querer. De esta manera, al eliminar la posibilidad misma del querer, del yo deseante, la migraña tendría una función terapéutica de desprendimiento. Puesto que la tensión nerviosa proviene de una angustia por algo querido, una posible forma de eliminar la angustia y, en consecuencia, la tensión, sería eliminar, entorpecer o estorbar la capacidad misma de querer. Agregaré todavía que lo lingüístico es experiencia, que las palabras son hechos. No es que la voluntad o el querer se traduzcan o expresen en palabras, sino que son contiguos al lenguaje”. La migraña, de acuerdo con Sacks, tiene un efecto terapéutico respecto de la angustia emocional o el sufrimiento físico que la provoca: «Hemos visto que la náusea y el vómito son síntomas cardinales del lenguaje: comúnmente significan disgusto, a veces sexual, y (en muchos casos de vómito psicogénico) pueden interpretarse como esfuerzos de expulsión simbólica de una persona o situación que nos causa disgusto (miedo, odio, etc.)».
 
     La migraña se manifiesta entonces como una suerte de cura para la nostalgia. Un dolor, ἄλγος (álgos), que nace para rechazar esa capacidad de confundir νόστος (nóstos) con νόσος (nósos), el hogar con la miseria. Escribir todo esto despierta una nueva migraña, con todos sus síntomas, me fijo sobre todo en el aura o scotoma, ese dolor en el ojo que no es sino una especie de imposibilidad visual. No es que duela ver, sino que lo visto carece de sentido, la incomodidad resultante se interpreta como dolor físico. Nombres, poesía y sueño, eso es la nostalgia, dije antes. Eso es también la migraña. Esa mirada, ese rostro soñado en la sala del departamento que me acecha con su sonrisa como canto de sirena, crescit eundo.
 

 —Caspar Friedrich David. Chalk Cliffs in Rügen—


Bibliografía: SACKS, Oliver. Migraine. Revised and Expanded. New York : Vintage, 1999 (1970, 1992)

viernes, mayo 31, 2019

Queridos Symparanekromenoi


En uno de los discursos dirigidos a los Symparanekromenoi, Kierkegaard sostiene que de entre todas las formas pesimistas de ver el mundo, ninguna es tan horrible y con consecuencias tan crueles como el individualismo. Esta noción del individuo como responsable de su destino, capaz de incidir en los acontecimientos, se presenta como un escape de la visión trágica del mundo hacia una época más esperanzada. Estoy con Kierkegaard en que se trata de una nueva trampa.

     Esta visión moderna del mundo no ha logrado romper la rueda que nos oprime, antes bien, la ha dado un giro, añadiéndole espinas. Lo diré con todas sus letras: pocas cosas hay tan crueles como la noción de que somos responsables de nuestro destino, que la culpa no está en las estrellas, que ninguna circunstancia puede doblegarnos, que la tragedia no existe.



—Detalle de uno de los muchos tormentos imaginados por Hyeronimus Bosch—


En su sentido más común, hablamos de tragedia para referirnos a una desgracia que ocurre en contra de la voluntad de quien la sufre. Es una muerte trágica la del atropellado, y es trágica la pérdida de un brazo o el cáncer. A eso se reduce últimamente la idea de tragedia, a cualquier acontecimiento que contradice la noción del individuo como capaz de modificar sus estrellas. En el sentido clásico u originario de la tragedia, ésta tiene lugar cuando dos ideales que dan sentido a la vida chocan o se contradicen; en esas circunstancias –que son la vida entera‑ la vida deviene trágica porque cualquier acción aparta al sujeto de la vida y los ideales que la justifican: con ironía vital, todo paso hacia el fin que perseguimos nos aparta de él.

     A esta última noción de tragedia se refería Milan Kundera cuando en La inmortalidad, aseguraba que: «La época de la tragedia sólo puede acabar con la rebelión de la frivolidad». Tiene su explicación, por supuesto: «¿Te has dado cuenta de cuál es la eterna premisa de la tragedia? La existencia de unos ideales a los que se atribuye mayor valor que a la vida humana: ¿Y cuál es la premisa de las guerras? La misma. Te empujan a morir porque al parecer existe algo más valioso que tu vida».

     La única vía para escapar de la tragedia y el absurdo vital es ignorar los ideales, puesto que están atados a un objeto que carece, por sí mismo, de sentido: la vida. Es preciso admitir que cualquier ideal, lo mismo que la vida, carece de sentido y ningún curso de acción nos acercará a otra cosa que no sea la muerte, la que de cualquier modo ocurrirá, y de manera injustificada, casi siempre involuntaria.

     Esta opción indiferente o resignada parece más pesimista que la visión trágica de la vida y acaso es por eso que la modernidad se ha decantado por la idea de que somos libres y escogemos cómo conducir la vida; es decir, que ningún ideal se nos impone sino que lo asumimos libremente. La vida así puede verse con optimismo, sin tragedia y llena de sentido. Pero esto es sólo ceguera y engaño pues la noción de que cada uno es responsable de sí y controla su destino es algo a lo que se le atribuye mayor valor que a la vida humana. Además, al excluir la posibilidad de la tragedia, añade a la vida un rigor insoportable puesto que anula la compasión que es consustancial al universo trágico.

     Es inhumano no sentir compasión por aquellos inocentes, estultos o necesitados que se enlistan en un ejército y luego son hechos trizas por los engranajes de la maquinaria. Se hacen matar en el afán de ganarse la vida. Es trágico y llama a compasión porque son orillados a la muerte por circunstancias sobre las que no tienen poder alguno, ante las cuales están indefensos. Caso distinto el de quien a sabiendas y por amor del ideal, se lanza a las ruedas de la maquinaria como una suerte de sacrificio. Frente a este segundo sujeto, el sentimiento más común es el Schadenfreude, donde el observador se deleita ante esta miseria porque la percibe como voluntaria y, en consecuencia, justa. No puede compadecerse a quien pone su voluntad para tomar un martillo y golpear la propia mano.

     Ejemplos burdos, sin duda, pero que ilustran la diferencia esencial entre una desgracia que acaece aunque uno se empeña en evitarla y la desgracia que es consecuencia de un acto voluntario. Es en esta diferencia donde se revela el aspecto más cruel del individualismo: en una época como la nuestra, en que se piensa que uno es responsable de sí, se suele pensar también que toda desgracia es causada por quien la sufre. Mucho de ello se debe a que preferimos imaginar que vivimos en un mundo ante el que tenemos agencia, frente al que no estamos indefensos. Preferimos esta ilusión al reconocimiento de que a veces el mundo, la maldad ajena y las circunstancias pueden reducirnos a objetos inermes, pasivos. La ilusión de agencia nos es tan cara que vale mucho más que cualquier vida. Es un ideal cruel que da sosiego a quien está a salvo, pero hace de la compasión algo impensable. Este es el revés del ideal: puesto que cada quien es responsable de sí, no hay necesidad de fijarse en la suerte ajena.

     Va un ejemplo sin entrar en detalles: pienso en el relato y la vivencia de alguien que vivió violencia y agresiones por quien o quienes debían o se esperaba que le quisieran. A toro pasado y desde la claridad de la desgracia superada, decidió compartirla, porque es bien sabido que hablar es también una forma de sanar; específicamente porque al fin uno entiende que no tiene por qué avergonzarse de lo que le han hecho y ya no sabe bien por qué mantenía o mantuvo en secreto lo ocurrido, como si se tratase de algo de lo que es responsable o se buscó.


     A su alrededor, los enamorados del ideal individualista saltaron con clamores que no sé calificar salvo de fanáticos u obscenos y que, si algo tienen en común, es la idea de que quien recibe la herida es condición de posibilidad de ella y, por consecuencia, culpable de que esa herida haya tenido lugar y ahora cause horror en aquellos que contemplan la cicatriz. Trágico y pesimista declarado, soy incapaz de reproducir la retorcida lógica de quienes le recriminaron compartir su experiencia. Pero es claro que para quienes creen en ese ideal, proteger la noción de que uno siempre es responsable de lo que le ocurre tiene un valor tan preciado que se preserva a través de la crueldad inútil.


 
—Otro detalle de Bosch que ilustra cómo el ideal se alimenta del dolor ajeno—

A las personas les encanta pensar que podrían escapar de cualquier problema con su fuerza y su inteligencia y su sentido común. Les gusta tanto porque tienen  miedo de aceptar que a veces, casi siempre, nada podemos hacer y si de algo somos capaces, será precisamente de aquello que nos aparte de la paz, como un niño que ama al padre que le maltrata, como una devota que obedece al cura que le atormenta.

    Vaya una mierda de época, y qué pena de esos defensores suyos que nos llaman pesimistas a quienes nos aferramos a la tragedia o a la indiferencia. Hay tanta belleza en la indiferencia estoica y en la tragedia clásica porque sólo en ellas hay lugar para la compasión. Sólo cuando nos reconocemos igualmente indefensos ante el mundo o la circunstancia somos capaces de cuidarnos mutuamente. Esta es la única agencia de los optimistas que piensan que son responsables de sí mismos: encontraron la alternativa más cruel entre dos polos ya de por sí aciagos.
       

(Esto de la compasión se vuelve tema recurrente… Así terminó Nietzsche abrazado a un caballo fustigado por su dueño. Será que en la época de ceguera voluntaria a lo trágico la compasión tiene que tratarse como perturbación mental…)  

viernes, abril 28, 2017

Baudelaire y el fin del mundo

Lo único seguro es el acto de la lectura, que rescata tantas voces del pasado, a veces las conserva para un futuro lejano, para un momento en el que tal vez podamos hacer uso de ellas de maneras valientes e inesperadas
     —Alberto Manguel. Una historia de la lectura.

Hace unos años, un viejo y querido amigo, César, descubrió las palabras para decirlo,  haciendo eco de Maimónides: creo, con fe verdadera, dijo, que la literatura salva. Hace poco, otro amigo de los libros, me dijo que recordó al fin un hecho fundamental: la literatura también cura.

     Menciono estos amigos y sus frases porque es necesario aceptar que la idea no es mía de origen, por más que piense en ello a menudo. Yo lo he dicho siempre de otra forma: que mis libros son el único argumento irrefutable en contra del suicidio. ¿Quién se mataría habiendo tanto que leer? Quizá sea este el único argumento que una y otra vez, en los momentos difíciles, funciona todavía.

     La literatura fue la primera razón para encontrarle sentido a la vida de trabajo, oficina y rutina; esa vida me permite pagarme el vicio. Sucedió en aquella tarde lejana cuando papá me llevó a esa librería de viejo sobre avenida Cuauhtémoc, casi esquina Álvaro Obregón —A través del espejo, creo que se llamaba—, a comprar mi primer Quijote, dejándome pagarlo de mi propio bolsillo. Un acto enorme, como si me hubiera dicho: «ya no eres un niño». Tendría yo dieciséis o diecisiete años. Y ese primer Quijote, esa librería, la compañía de papá, fueron la llave que me abrió el mundo entero. Mejor dicho, la infinitud entera de los mundos. Ahora papá dice que ha creado un monstruo. Mi biblioteca es un Leviatán que invade su casa —y la mía— por partes iguales...

     Sospecho, por otro lado, que la literatura también es la primera razón por la que no he pisado —todavía— un psiquiátrico. Me temo que varias veces he tenido problemas para ser atendidos por un buen alienista. Basta releer viejos diarios para saber que algo no funcionaba del todo bien en ese espíritu o en esos nervios que fui, que he sido. En esos momentos de duda, cuando el fin del mundo estaba cerca, fueron los libros la ranura que dejó pasar la luz. El camino por el que llegaron los amigos que fueron y siguen siendo —como los libros— mi alienista, mi cura, mi salvación.

     Así por ejemplo, recuerdo que mis primeros años de universitario estuvieron caracterizados por la lectura obsesiva de Baudelaire. 

Un imponente tomo de Edimat. Los Paraísos artificiales, me dejaron loco y me devolvieron la razón. Esos Pequeños poemas en prosa me prestaron las palabras que entonces tanta falta hacían para saber pensar y decir lo que de callar me habría matado.


Fue también la época de Hesse, de su Lobo estepario y su Demian, que me enseñaron a escribir cartas a la ausencia y estirar la mano del mendigo. Junto con Hesse, Nietzsche y Zaratustra me hicieron ver que la pureza nada vale y que a veces el único camino para vencer el aislamiento o la alienación, es charlar con quien no te lo imaginabas posible. Con un muerto charlaba Zaratustra. Para mí la humanidad entera.

Es que en aquellos años me sentía separado de todo. Separado del mundo por un muro de vidrio invisible, viviendo en destiempo o en ajeno. En ese entonces, El perseguidor de Cortázar era como un maravilloso espejo. Y una carta de presentación. Se lo regalé a mi amiga Laura, como diciéndole: mira, este soy yo. Y dieciocho años después, mi amiga sigue aquí, aunque yo ya no me sienta Johnny Carter.

Ese cuento de Cortázar me hizo capaz de reconocer el daño que me hacía a mí mismo. Ese cuento también lo tuve en mente cuando en una noche de copas, al fin me decidí a explicarle a mis amigos Manuel y Nacho, que por alguna razón, que a lo mejor estaba loco, pero que entre el mundo y yo había una barrera, que esto ya lo viví mañana, que no me está pasando a mí. Y resulta que eso, la comunicación con los amigos, era el primer y único paso necesario para salir del confinamiento idiota.

     Con otro amigo Manuel —pero 8a—, fueron Cortázar y Benedetti los autores que ayudaron a soportar el tedio infinito de las clases de derecho. Conversaciones inoportunas y comentarios a media clase que terminaban en indisciplina fueron la manera de no abandonar una carrera árida y superficial como pocas. Todavía guardo la Casa y el ladrillo que me regalara 8a.

Amigos todos ellos, que fueron como el Bruno de este Johnny Carter región cuatro y sin talento, amigos que abrieron la puerta del cuartucho imaginario en París, del que nadie puede salir solo. Porque nadie se basta a sí mismo. Como dijo John Donne: “as any manner of thy friends or of thine / own were; any man's death diminishes me, / because I am involved in mankind”. Así terminó aquella alienación del mundo y de los otros. Con libros y con amigos. Que se hicieron posibles unos a otros.

     Ahí mismo, por Manuel, conocí a Stephen King. La torre oscura que muchos años después, serviría para que en una cama de hospital, los ojos de una niña recién emigrada se fijaran en este medio escritor y medio loco que cojeaba con la pierna rota.

     Ahí mismo, por Laura, está otra vez Baudelaire, con interminables conversaciones que iban a ninguna parte y que, como acabo de descubrir en Rushdie, tenían sentido porque la disputa es la mejor herramienta para afilar la mente. De Rushdie vuelvo a Las mil y una noches, que me arrastran otra vez a esa cama de hospital, al atropellado y su destino. Las historias de Sherezada fueron el regalo, el hilo de Ariadna, que me dio aquella dulce niña para que me acompañara en mi primer viaje, del que volvería sin duda, pero no intacto, no igual, ni del todo sano en la cabeza. Como Roland en su camino a la torre.

      Ahí mismo también, mamá leía el Conde de Montecristo. Y papá me heredaba en vida su colección de clásicos, en la que conocí a Gorki, quien más tarde se transformó en cuento con ocasión del regreso portentoso y discreto de aquella niña, perdida diez años atrás.

     Ahí mismo, Dostoyevski, que también terminó por ser parte de ese cuento, pero mucho antes me acompañó en el infierno de trabajar de pasante en el estado de México mientras mi vida estaba entre la Ciudad Universitaria y Coapa. Lovecraft, cuyos mundos ominosos proveyeron un contraste sano y tranquilizador para soportar esa vida de camiones, metro y vil humanidad. Por las historias de Lovecraft, la amistad con los amigos Daniel, Mauricio y Cynthia. Tool who?, la música, y eventualmente Houellebecq y más libros, más luz.

     Esos mismos escritores, Dostoyevski, Lovecraft, Houellebecq, trazaron también mis amistades cuando me puse al fin a estudiar literatura. Hijo de filos, nueva infancia en el sitio adecuado. Y nueva locura. Porque si alguna vez he estado seriamente a punto de matarme, fue entonces. Aquella tarde cuando estaba de pie frente a la reja que me separaba de un acantilado, insensible y seguro de que escalar esa barrera sería tarea sencilla. Tan sencillo como saltar después hacia las rocas. Lo evitó Haruki Murakami con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, que leí casi entero aquella tarde.
Y que, afortunadamente, todavía no terminaba al pararme frente al acantilado. No era sólo la cuestión de un pendiente, había algo más en ese libro, algo mágico. No lo entendí hasta que Álvaro, mi hermano, me explicó que el país despiadado, tenía la forma de un cerebro, como el Dios de Miguel Ángel en la Sixtina. Eso es todo, fantasmas en el cerebro, las furias de la falta de alimento, de sueño y estabilidad. Eso es todo, nada de culpas, nada de desamores que no merecían ese nombre, aunque sí sus muchas variaciones.



Como de la mano de aquél acantilado, viene, aunque años después, J.M. Coetzee, cuya Desgracia me llegó de manos de dos grandes amigos, David y Alicia. Charlando con ellos, con Coetzee, Oé y Jellinek, al fin me he hecho capaz de no sentir la tentación del acantilado. Porque no hay culpa. Revelación sugerida ya por el Paraíso perdido, y Lutero y todo lo de mi tesis que hizo posible esa charla de cervecería donde, por cierto, muchos años antes, se me ocurrió la idea para esa novela que aún no termino.

     Con esta vuelta al pasado se hace evidente que los amigos han venido siempre de la mano de los libros. O que han llegado con libros en las manos. Con pretexto de los libros. Lo mismo que la salvación, la cura, las ganas de vivir. Recientemente algún alumno se ha puesto a recomendarme buenos cuentos. Y parece el saludo secreto de una secta hermética.

     Lo que veo aquí es que cada vez que estuve a punto de rendirme, la literatura trajo respuestas, amistades. Como aquél Disparo al corazón que me recomendó César y está para siempre engarzado a una caminata nocturna por Polanco, tierra de ataques de ansiedad, llanto por el cáncer a ratos y a ratos por las decisiones insensatas de quienes uno quiere. Por cierto ni el cáncer, ni las decisiones han borrado nada. Pues cada mundo termina para que empiece otro. Y así Luhmann y luego Kundera, me devolvieron esos afectos.

     Lo que veo aquí, es que cuando la desesperación me quemaba por dentro, ahí había un libro también como tabla de salvación. Seda de Baricco, con una elegante dedicatoria en japonés, fue el agradecimiento y el sueño que le regalé a Isa, querida y distante amiga, que me acompañó durante aquella noche maldita en que me sentía como Príamo rogándole a Aquiles que le devolviese el cadáver de Héctor. Pero aquella noche aciaga, las manos de la muerte y del cadáver eran, malditamente, las mismas manos.

     Levanto la mirada de la libreta hacia los libros. Es verdad que la literatura salva. Es verdad que la literatura cura. Los libros y la gente querida parecen ser la misma cosa: razones para vivir y remedios oportunos. Poseo más libros de los que puedo leer. Y eso significa que poseo también más razones para vivir de las que habré de necesitar en una sola vida. Cada vez que voy a la librería me devuelvo a la sensación de los encuentros que ahora rememoro. Acaso alguien vendrá de entre las páginas para hacerme fuerte si es que un día ya no puedo más.

     Esta es mi carta de amor a los libros. Y mi carta de agradecimiento a los amigos. Todo esto me ha surgido, ¿saben? por las líneas de un poema:

           é preciso ler Baudelaire
           [...]
          é preciso viver com os homens
          é preciso tener mãos pálidas
          e anunciar o fim do mundo.

     Cada mundo termina para que empiece uno nuevo. Esa es la promesa de la literatura. Esto no dura, un rato más y entonces, fiat lux. Un cuento, una novela, un poema. Dicho de otro modo, un conjuro. Y fiat lux.

     La biblioteca seguirá creciendo implacablemente. Quizá sea una forma de hoarding. Pero me gusta pensar que es una acumulación insensata de esperanza y consuelo y luz. Cuenta la leyenda que a Borges le preguntaron una vez de qué libro suyo se enorgullecía más, y él dijo que su orgullo eran los libros que había leído, no los que había escrito. Yo pienso un poco como Eco, en el orgullo de los libros por llegar: los que uno planea leer, los que leerá aunque no lo planeara, los que no conoce pero están esperando, los que por error o desesperación, sin buscarlos, terminarán ante mis ojos. Mi orgullo es lo que está por venir. Mi biblioteca es un vestíbulo con casi tres mil puertas hacia futuros posibles.

     Mientras exista una puerta, habrá futuro, habrá luz, habrá esperanza. Y si no, que lo diga Paolo Giordano, cuya Soledad de los números primos transformó la forma en que unos ojos me miraban hace días, al otro lado de una mesa, de la rutina y el aburrimiento. En el vestíbulo de puertas infinitas, esos ojos me miraron y luego hacia un umbral que eran las páginas de Giordano. «¿Vamos juntos?», parecían decir esos ojos, «no sé bien por qué ni en qué calidad, pero ese umbral, quiero cruzarlo contigo».



Comprendo tu amargura, pero todo el mundo tiene que pasar por esto. Y tú también tienes que soportarlo. Después, sin embargo, te llegará la salvación. Y entonces se desvanecerán tus inquietudes y tu dolor. Todo desaparecerá. Créeme. 
     —Murakami, Haruki. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.