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jueves, marzo 31, 2022

Testimonio de inquietud

"À la mystérieuse"

 

Lo más verdadero siempre debe aparecer como una suerte de locura—en el mundo del disparate.

—Søren Kierkegaard. El instante.

 

En meses recientes he sentido esa inquietud vaga que es mezcla de emoción y terror, temor y temblor de posibilidad, de estar al borde de un abismo y no saber, pero tener que creer, sí, con fe verdadera, creer que uno puede volar o que no puede volar, creer que ha de precipitarse al vacío o precipitarse al infinito. Te miro todos los días o de vez en vez y me pregunto si hay algún modo auténtico de decir lo que quiero decir, un modo que no lleve a rastras las marcas de toda una cultura y sus perversiones. De encontrar palabras verdaderas o, por lo menos honestas. Acaso no sea sano mezclar pretensiones poéticas con avatares filosóficos y teológicos, pero me atrevo. Porque hay algo que quiero decirte y, conforme pienso en decirlo, menos me parece que valga la pena. No sé, siquiera, si puede ser dicho. Lo que sigue es el testimonio que ofrezco en este caso, ante la corte de la eternidad: testimonio inútil que nada puede probar y acaso precisamente por eso, el único que tiene algún valor, puesto que buscándote a ti con las palabras, me encuentro a mí mismo.


* * *


§1 Lutero/Kierkegaard. Dios no es mercader. Las obras son indiferentes para la salvación. Nos salvamos por la gracia. Tener fe en la gracia es el único mérito. Esto no hace inútiles o sin sentido a las obras. Las obras, en todo caso, son testimonio de la fe. Dar testimonio es decir la verdad con independencia de que el decir cambie la realidad. El testimonio es su propio fin. La fe exige actuar en consecuencia.

 

 —Caravaggio—

 

§2 Wittgenstein. El amor y el dolor como emociones/experiencias subjetivas. Nadie más puede experimentar mi subjetividad. Es preciso creer. Expresar o transmitir el amor o el dolor exige adoptar un comportamiento que pueda ser interpretado como testimonio de esa emoción.  El amor como emoción es una fe, puesto que nadie más puede sentir lo que yo siento. Las acciones que dan testimonio de mi emoción no son garantía de que mi emoción sea verdadera. Además, el amor no puede ser transaccional: el  amor (como experiencia subjetiva) ajeno no se gana ni provoca con acciones, sólo se testimonia con ellas. En consecuencia, los actos de amor son inútiles. Uno actúa para dar testimonio del amor que siente a sabiendas de que el testimonio no demuestra nada. Actuar para provocar en otro la sensación, la palabra, la acción, es suponer que las obras tienen mérito. Es un intercambio y por lo tanto excluye la posibilidad de emociones. Si se actúa con expectativa, la acción no es testimonio de amor, sino ambición egoísta. La obra de amor debe emprenderse como testimonio, es decir, inútil, carente de expectativa.


§3 Kierkegaard. Mirarte al espejo y verte a ti mismo, no al espejo. El otro es siempre el espejo que está ante nosotros. El amado es espejo del amante. Cuando se actúa amorosamente, el énfasis no debe ser en el efecto que se produce en el otro, eso sería mirar al espejo. El amor exige actuar introspectivamente: puesto que amo, actúo en consecuencia, con independencia de que tú modifiques en cualquier sentido tu actitud o apreciación de mi persona. Actúo para dar testimonio de mi amor, no para ganar el tuyo. Actuar con la conciencia de ser un siervo inútil. Lo que hago no cambia nada, no produce nada, pero necesito hacerlo, porque mi fe/amor me obliga a hacerlo. Lo que hago por ti/para ti, podría hacerlo cualquier otro tan bien como yo desde el punto de vista externo y práctico. Mi amor no cambia tu vida, ni la mejora, ni la determina. Mi amor es la determinación existencial bajo la cual emprendo esta vida y de la cual doy testimonio. El amor ideal sería entonces el que existe entre dos personas que se aman y viven actuando constantemente en testimonio del amor que se tienen. Te abrazo no porque quiera un abrazo para mí, sino porque el abrazo es testimonio de que te amo. En sincronía actuarán siempre de la mejor forma. Reconociendo que el otro es el espejo por el que se conocen a sí mismos. No se trata de cambiar al espejo, sino cambiar aquello que se ve reflejado por el espejo; es decir, a uno mismo. El amor es introspección.

 

—Caravaggio—


§4 La fe es algo inquietante. El amor es algo inquietante. Propone una tarea enorme, una infinitud de responsabilidades y acciones que se deben acometer en bajo el sino de la inutilidad. Actuar porque se tiene fe, porque se ama. Quien actúa sin finalidad y sin expectativa parece estar loco. Quien actúa así, empeña la vida a sabiendas de que no hay ni puede haber recompensa. Exige todo y promete nada. Entregas para no recibir. El amor es inquietante. Por eso el amor se sublima, se excusa y falsifica, lo mismo que la fe, en las promesas abstractas y eternas, es decir, vacías. Toda promesa sobre el mañana y lo indeterminado es falsedad. Dice Kierkegaard: "Un jugador dice: mañana no volveré a la mesa de juego, ese está perdido. Otro dice, jugaré el resto de mi vida, pero no en este momento, ese se salva". Prometer amor para toda la vida o por la eternidad es, en el mismo sentido, extravío y perdición. La promesa válida, auténtica sería: te amaré ahora mismo. Toda la vida en el instante, en cada instante. Como un siervo inútil que no busca ni merece recompensa. Las promesas, las palabras, el lenguaje entero es abstracción, por lo tanto, anula al amor. El amor es inquietante porque exige silencio. Quien dice mucho está perdido. Tener fe no consiste en decir que se tiene fe. Tener fe es vivir cada instante como si aquello en que se tiene fe fuese verdad, con independencia de que lo sea o no; bajo la certeza de que no puede saberse si es verdad o no. La palabra es cobarde y es excusa, revela la propia incredulidad. El acto es testimonio fiel, pero se trata de un testimonio inútil pues aquello que proclama no puede probarse. Amar implica actuar aquí y ahora conforme al amor, con independencia de que el amor sea o no. Amor y fe: inquietud. No puedo saber si te amo, no puedo saber si me amas. Sólo sé que no puedo saberlo. El siervo puede ser sustituido, nunca es indispensable, pero sus actos dan testimonio de lo que es. Ni tú ni yo somos indispensables y cualquier otro podría hacer exactamente lo mismo por nosotros. Las obras no importan, pero son testimonio. Mi vida es, aquí y ahora, testimonio. Te busco para verme. Me veo para encontrarte.

martes, agosto 31, 2021

Postales de la pereza

 

 

 

Existe una clase de personas muertas en vida, vulgares, que apenas son conscientes de estar vivos si no ejercen alguna ocupación convencional. Llevaos a esos tipos al campo o subidlos a un barco, y veréis como anhelan su escritorio o su despacho. No tienen ninguna curiosidad, no pueden entregarse a estímulos azarosos, no disfrutan con el ejercicio de sus facultades por el mero placer de hacerlo y, a no ser que la Necesidad la emprenda a palos con ellos, incluso se quedarán quietos.
—R. L. Stevenson. Apología de la pereza.


Trabajo de manera casi ininterrumpida desde los dieciocho años. Un par de enfermedades graves y algunos meses entre trabajos a principios de mis veintes, cuando todavía era estudiante, fueron mis únicos períodos de desempleo. A veces suena como el relato de una vida afortunada, a la que nunca le ha faltado salario. Otras veces me parece una condena, un menoscabo, habiendo tantas cosas maravillosas que puede uno hacer con el tiempo libre. Dejo para el final la posibilidad más horrible: que se trate de un escape porque muy en el fondo, no soy más que uno de esos tipos muertos en vida de los que habla Stevenson, que no saben estar lejos del escritorio y las órdenes y la rutina.

        De acuerdo con Marcuse, quien parece estar de acuerdo con Stevenson «La necesidad de trabajar es un síntoma neurótico. Es una tarea. Es un intento de hacer que uno mismo se sienta valioso inclusive cuando no hay ninguna necesidad particular de que uno trabaje». Así que la situación excepcional de las últimas dos semanas, que estuve desempleado, me han dado para reflexionar sobre si estoy o no neurótico o muerto en vida... Al final creo que soy un tipo normal, que tiene que trabajar, porque le gusta comprar libros, porque tiene que conseguirles espacio a esos pequeños huérfanos de papel y tinta. Comparto unas postales del camino.
 
 
—Ojalá estuviera ahí disfrutando de una vida desocupada—
 
 
 
 
*

Una tarde, encuentro la vida misma al visitar la librería sin prisas, sin tener que llegar o volver a la oficina. Ese gusto de mis años de estudiante en que al salir de la facultad me paseaba por todas las librerías de ocasión del barrio universitario. Esas librerías fueron desapareciendo poco a poco hasta que abrió la del Gato Literato, heredera de esa tradición, del espíritu del 99 y de incontables volúmenes. Que no se agote el elogio de espacios así, donde uno encuentra libros, amistades y bienvenida. Unas chelas, un vino, un café. Cosas que parecen imposibles cuando uno está encadenado al escritorio.


**

Ánimas por la notoria determinación  de mirar por primera vez a una persona, conocerla y sentir que el mundo entero se detiene. Sound of the drums / Beating in my heart / The thunder of guns. No sé si es cosa de tener tiempo y vida libre para salir del mismo edificio y el mismo rumbo de toda la vida. Pero de pronto un rostro llama a tus ojos. Es imposible apartar la mirada, como si la gravedad del sitio y de la vida misma hubiese cambiado su centro. Un vacío de aire. Estamos experimentando una pérdida de presión en la cabina. Es preciso asumir posiciones de impacto. La última vez que pasó algo así, acabaste suicida.... Thunderstruck. Una charla, un espacio compartido. Y soñar y pensar y esperar. Acaso, quizá, ojalá volveremos a vernos. Still she haunts me, phantomwise.

 
***

El hogar es un monstruo que requiere atención constante y minuciosa para una infinidad de aspectos que uno sólo es capaz de ignorar porque lleva prisa para llegar al trabajo. Porque tiene que privilegiar lo absolutamente impostergable e ignorar cada desperfecto hasta que no caiga dentro de esa categoría que no admite excusa. El hogar es por eso mismo un gusto que no acaba: siempre hay algo qué hacer, siempre puede arreglarse un poco más acorde con el gusto y la comodidad, siempre hay un detalle extra para hacerlo más propio, habitarlo mejor. Ese estado mental sólo es posible cuando otras preocupaciones, como las horas de tráfico, las prisas, el cansancio, han desaparecido.

 
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Los encuentros sin planeación ni horario fijo. Sean virtuales o presenciales, esa despreocupación les da un gusto distinto, una libertad, son encuentros que no están mutilados por la necesidad de volver, de llegar a tiempo, de contar las horas de sueño como un barómetro para el sufrimiento oficinesco al día siguiente.

 
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Una caminata larga a solas o en buena compañía, casi como una postal. Se puede perfectamente pasar la tarde caminando bajo un cielo cubierto de nubes. Pensando en nada, charlando, planeando el próximo capítulo, un cuento, un ensayo, una investigación nueva.

 
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Leer, por supuesto, como no has leído en años. Sin fijarte en el reloj, hasta donde den el cuerpo, o la mente, o la trama de la novela. Leer con un café, un vino o nada. Leer libremente porque hay tiempo para todo. Porque el tiempo es largo.

 
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El asombro, la gratitud, al escuchar esa voz que te dice, al otro lado de la línea, de forma inesperada y azarosa, que es hora de volver a pensarlo todo, porque hay una oportunidad de trabajo...

viernes, julio 30, 2021

La espuma de los días

 
 
 
Hace tantos años que parece ya otra vida, ella le recomendó leer La espuma de los días. Él tuvo siempre dudas para emprender la lectura: por una parte no podía o no quería imaginar lo que encontraría en ese texto. Es que las recomendaciones en pareja siempre tienden a leerse como mensaje cifrado. Una recomendación así no surge del mero interés en que se lea el libro, sino de compartir lo que esa lectura significa, lo que está más allá del lenguaje que usamos, lo que se esconde en palabras ajenas. Por otra parte, ella se fue antes que él pudiera siquiera conseguir la novela de Vian. No fue una sorpresa, él supo siempre que ella se iría, pero cuando sucedió, le pareció demasiado pronto. Así que leer La espuma de los días siempre le parecía inoportuno, tardío. Un mensaje que ya no podría descifrarse, un encuentro que ya jamás tendría lugar.
 
—Preciosa adaptación dirigida por Michel Gondry—
 
Aunque la nostalgia y la tristeza siempre permanecen iguales, muchos años más tarde, al fin encontró el valor o la desesperación que hacían falta. Acaso leer La espuma de los días era algo como un intento final, fallido de antemano, por reconciliarse con el hecho insoslayable de la ausencia. Porque al final de todo, los afectos no se miden, y sería absurdo que lo hicieran, por su ausencia o su presencia. Qué raro amor aquél que desapareciera al perderse de vista al objeto o la persona amada. Y sin embargo, cosas así pasan todos los días. Hay quien sólo se involucra con aquello que se ajusta a su voluntad o a su deseo. Algo así pensaba él mientras abría el libro y pasaba las páginas sin orden. ¿Qué relación entre la cercanía y el afecto? Ella se fue y es todo. «Las cosas cambian, las personas permanecen siempre iguales», dice Vian. Y tiene razón, piensa él, nosotros seguimos los mismos, habrá cambiado nuestra posición física en el espacio, las condiciones de coexistencia, pero somos quienes somos. No podemos ser alguien más.
 
Termina de leer y piensa que, de haberlo leído entonces, cuando estaban cerca, habría sido incapaz de comprender a Boris Vian. Era preciso que esperara para leerlo. Porque las cosas cambian, aunque las personas no lo hagan. El mensaje o trama o sentido trágico de la Espuma de los días se encuentra sepultado por el registro surrealista en que está escrito. Eso puede verlo ahora y, si tuviera que decirlo en una frase, diría que la novela entera es una demostración clara y desesperada de que no importa qué tan lejos pretendamos fugarnos de la mutabilidad en el mundo, siempre habrá de alcanzarnos.
 



La novela empieza con una voluntad de luz arrolladora. A primera vista, aparece que es esa voluntad la que insufla al mundo de su luz, dándole una cualidad espumosa, casi tangible. El alma de los personajes es benevolencia que avasalla al mundo y se ejerce sin oposición. Como si la voluntad cambiara al mundo. Contrario a lo que pensamos en la realidad cotidiana, que el mundo hace mudar a nuestra voluntad. Así por ejemplo, el protagonista está decidido a amar y el universo cede: encuentra a Chloé, que parece una materialización de la luz conjurada por el deseo surreal de Colin. Todo es posible en un mundo así, desde pescar anguilas en la tubería hasta mirar la muerte en una pista de hielo como un hecho sin importancia. Incluso viajar sobre las nubes. Porque el personaje es amor y ese amor se impone al mundo.

Sin embargo, y de forma gradual, la luz se va apartando de la existencia y todo ocurre como consecuencia de ese atardecer. Los sucesos son cada vez más sombríos y se siguen unos a otros sin tregua. Llegan a ser indeciblemente oscuros.

La pregunta que tenemos que hacernos conforme a nuestra suposición original es si la luz se extingue porque los personajes han cambiado. Esto implica también la posibilidad inversa, es decir, que es el mundo el que ha cambiado, y la tragedia ocurre porque los personajes no se transforman en sintonía con la circunstancia. La duda misma es una sombra que parece salir de las páginas y echarse sobre nosotros. Acaso Colin y Chloé pudieron disfrutar su felicidad un rato porque, por una casualidad indecible, las cosas se encontraban en un estado idóneo para ello. Pero las cosas cambian y si el amor permanece igual, deviene en una trampa insoportable. Es posible que nuestro cuerpo sea una de esas cosas que cambian. Un objeto que no coincide del todo con la identidad. El cuerpo accidental, mutable, perecedero.

Le parece que la novela se configura en torno a esta última opción. Las cosas cambian, las personas permanecen. Colin, Chloé y todo el resto tienen las mismas ambiciones, gustos y expectativas, mientras los objetos a su alrededor se modifican. La cantidad de dinero disponible, por ejemplo, o el desarrollo natural de un nenúfar, capaz de cambiar su hábitat en consonancia con su inestabilidad objetiva. Es así que cuando lo que espero ya no es compatible con la configuración de la existencia material, lo pierdo todo aunque nunca haya poseído nada. Los personajes son como quienes mueren de nostalgia por querer encontrarse al sol en medio de la noche. La novela es eso: un anochecer que llega objetivamente, mientras los sujetos permanecen siempre dependientes de la luz.

Él piensa que su nostalgia y su ternura le hicieron más difícil todavía la lectura del último tramo de La espuma de los días. Con qué fuerza y necedad, piensa, nos queremos oponer a la llegada del ocaso y de la noche. Trabajamos incesantes y sin fruto en ello. Aunque la llegada de la oscuridad nos parezca inesperada e impensable, es una noticia que sabíamos de antemano, un acotencimiento que no puede negarse. Llegará la noche. La noche siempre ha estado aquí.

Terminada la novela, intenta imaginar un mundo en que lo opuesto fuera posible. Que las personas cambiaran al ritmo de la existencia. Que Chloé y Colin hubiesen disfrutado cada instante del ocaso hasta llegar a la tiniebla y ser felices también ahí. Su desgracia consiste en ese imposible aferrarse a la permanencia y la esperanza, esa desesperación que niega la posibilidad misma de felicidad o de sosiego.

Las personas permanecen iguales. Neciamente iguales. Cuando el amor enferma, exigimos que se comporte como antes. Cuando alguien se va, continuamos deseando su presencia. Así nos llenamos el corazón de ausencia y de tristeza. Las cosas cambian, nuestro cuerpo accidental está sujeto a las mismas reglas: cambia de lugar, se transforma, se extingue. Como todo el resto.

Llegado a este punto, no sabe bien qué es lo que quiere decir. Qué le diría a ella si estuviera ahí presente para comentar La espuma de los días con un café, una copa de vino y todo el resto. Quizá le diría que ahora entiende, después de todo este tiempo, que es preciso apreciar la luz cuando está presente. Que ahora lo entiende: a veces el mundo es fértil para sueños y deseos y felicidad, pero no siempre. Hay tiempos en que los objetos y los días se organizan a manera de espuma que materializa nuestros sueños. Pero la espuma es frágil y mutable, desaparecerá sin falta. Es posible, le díria, que nos conociéramos cuando la existencia no estaba en el punto de madurez necesario para que fuéramos posibles. Pedíamos luz ahí donde el amanecer aún no había llegado. Pero los objetos cambian, mientras las personas permanecemos iguales. Yo sigo el mismo, le diría, pensando en ti, en tus libros, en conversaciones que no tendrán lugar jamás. ¿Cómo descubrir si ha llegado al fin la luz que nos hará posibles? Y si esa luz existe, ¿estaremos desperdiciándola así, tan lejos? El día se acaba, seguirá el crepúsculo, la tiniebla. Quisiera encontrarte justo a tiempo, al amparo de la luz.

viernes, abril 30, 2021

Guardián de tu lecho de muerte


No podría soportar que en esa hora tú fueras sólo un recuerdo y estuvieras mezclada, y pertenecieras a un tiempo lejano y borroso que es nuestro nítido tiempo de ahora, porque es el recuerdo y el tiempo lejano y la mezcla lo que más detesto y lo que siempre he intentado rebajar y negar, y enterrar a medida que se iban formando, a medida que cada presente estimado y enaltecido dejaba de serlo para ser pasado, e iba siendo vencido por lo que no sé cómo llamar si no lo llamo su propia e impaciente posteridad o su no-ahora. 
—Javier Marías. El hombre sentimental

 
El otro día, mientras grabábamos el podcast sobre La negación de la muerte de Ernest Becker, cometí un equívoco de memoria que hasta el momento me sigue asombrando. Uno que me devuelve a otra época en la vida, cuando me atravesé por primera vez con El hombre sentimental de Javier Marías y andaba loco (más) por una chica (loca también) y escribía ensayos, versos y ficciones a propósito de todo esto, mezclándolo con Borges y con Baricco y con vaya uno a saber qué tantas cosas más. 
 
 
El caso es que mientras hablábamos de Becker, atribuí a Javier Marías un pensamiento que no le es propio. Becker tiene su explicación para errores como este: la transferencia. Por mi parte, supongo que se lo enjareté al tan admirado Marías porque: a) Me gusta tanto la idea que se la impongo a quien considero el mejor autor vivo en español, le guste o no; b) La idea estuvo en su momento inspirada por la lectura de El hombre sentimental y por esa chica por quien yo andaba loco y con quien aprendí que el amor es también crueldad con uno mismo y con los demás, por lo que es, en esencia, un acto de escritura interesante; c) Soy un narciso asqueroso que se engrandece sólo e insulta a su ídolo confundiéndose con él. Quien lea sabrá elegir cuál es la explicación correcta. En todo caso y por la razón que sea, aquí va la idea tal como fue escrita hace años por mí, no por Javier Marías. La pongo aquí para invitar al mundo entero a que lea a Javier Marías quien, a diferencia de mí, sabe escribir y lo hace mejor que nadie. 
 
«Soy el guardián y el profeta de tu lecho de muerte. Desde ahora conozco, espero y aguardo el momento de cerrar tus ojos o tomar tu mano y decirte adiós, encomendarte a todo eso en lo que no supimos ni sabremos nunca si creer o no. Esa es la única promesa de amor que tiene sentido: la de esperar y desear tu muerte antes que la mía, porque en ese modo acaso también te ahorre el sufrimiento que es quedarse atrás y haber perdido.
      Es un deseo hermoso, pero también es maldición; es un egoísmo puro porque si en ti existe o existirá siquiera una sombra de duda y no deseas lo mismo, mi muerte adelantada, te condeno a perder el resto de tus días a mi lado,  a no verte libre para ir en pos del auténtico guardián de tu lecho de muerte y tenerle junto a ti en la última hora. 
       Aunque en el deseo de tu muerte o de la mía, de nuestra adelantada muerte mutua también hay algo como compasión porque si en el amor hay algo falso o no es bastante, por lo menos nos respetamos o nos queremos suficiente para desearnos una muerte feliz, sin desengaño. Porque si tú deseas que sea yo el guardián de tu lecho de muerte, ¿qué más da que lo sea realmente si estoy ahí cuando te haga falta? Acaso por estar ahí y desear tu muerte sin desengaño y por cerrar tus ojos o tomar tu mano llegue a ser lo que deseaste, lo que yo también quise ser. Y sólo en la última hora, en la muerte, el amor puede calificarse de falso y verdadero. En todo caso y aún así, ¿qué otra cosa es el amor sino desear tu muerte antes que la mía? Y una dosis idiota de engaño al pensar que por tu muerte me sacrifico yo, me inmolo en un sufrimiento que he de ahorrarte.
       Pero de todo esto no quedará nada cuando en tu lecho del que fui guardián desde que te vi por primera vez, cuando en tu lecho de muerte no puedas reconocerme como fui o quisiste que fuera. Cuando me veas con ojos velados por una enfermedad que te roba la identidad y a mi también por consecuencia ante tus ojos. De todo mi amor, de nuestras palabras y deseos no quedará nada, ni la sombra de una ilusión. Precisamente por eso y a consecuencia de ese defecto oculto que quise y bendije sin saberlo, cuando deseé una vida contigo, nos salvaremos de morir juntos o separados, de guardar lechos de muerte o profetizarlos porque con la memoria desaparecerá también el espacio posible del desengaño, habrán desaparecido el sacrificio y la hipocresía. 
        De todas las muertes horribles y dolorosas que pudimos imaginar, acaso esta es la peor, la más dolorosa y cruel. La muerte sádica que inventó el autor miserable de estas líneas, o de mi vida o de mi sueño (que sin duda, sería yo mismo). Pero por eso, por lo que la hace horrible y dolorosa, es también la única muerte sincera, la única capaz de entregarnos un final feliz para la historia. Feliz porque ninguno queda y ninguno se sacrifica, ninguno engaña. Soy o seré capaz de escribir, o ya he escrito que en el último momento fui feliz porque tu olvido de mí preservó intacta la materia con que tejimos nuestros sueños. Porque de tu olvido depende que nunca llegara el desengaño y así se fue materializando al fin mi felicidad para cuando tú no estés, para cuando tu cuerpo haya sido como fuiste prematuramente en nuestra memoria. Y como aún serás, cuando por un misericordioso contagio de senilidad, mi mente empiece a perderle el rastro a tu recuerdo.»

lunes, noviembre 30, 2020

Il n'eut plus son ange


Elévate tras las cosas como llama / que tu sombra se desenvuelva / cúbreme siempre por entero

Hinter den Dinge wachse als Brand / dass ihre Schatten ausgespannt / immer mich ganz bedecken
—Rilke R. M. Stundenbuch.
 
Con que fuese sólo un tanto más supersticioso, diría que hay libros que proyectan largas sombras, haunted books. Volví a leer La sonata a Kreutzer de Tolstoi y soñé contigo como la primera vez. Una semana después discutí largo rato sobre el libro. Esa noche de nuevo tu llama se encendió detrás del mundo, proyectando largas sombras que me cubrieron por entero. Soñé que te escribía una carta. La última. Acaso lo haré pronto. Ya veremos. No soy supersticioso.
 
 
 —Georges de La Tour. José el Carpintero (1645). Musée du Louvre—
 
 
Supersticiones y sombras a parte —o encima— recuerdo que en la casa de Victor Hugo, la de Place des Vosges en París, hay un cuarto oscuro donde la única luz se posa sobre una distante y diminuta calavera. Acaso fuera una exposición temporal que tuve la suerte de ver porque no me imagino a Hugo obligando a sus visitas a pasar por la tenebrosa habitación, vaya uno a saber. Es que hasta donde me da la memoria, uno tiene que pasar por esa habitación para llegar al estudio donde exhiben los manuscritos y primeras ediciones de Los miserables en vitrina. Aunque tampoco me sorprendería la presencia de ese memento mori permanente en una habitación de un tipo genial como Hugo, siempre consciente de que ninguna pasión es pura.
 


 
 
Para ejemplo basta recordar que una de tantas escenas memorables en la gran obra de Hugo ocurre al principio de Saint Denis; es decir, la cuarta parte de Los miserables. En el episodio titulado La casa secreta, nos encontramos otra vez con Valjean y Cosette después de una larga ausencia en que vivieron al amparo de los muros de un convento. Encontramos a Valjean viviendo con su hija adoptiva en una casa de la rue Plumet y se nos explica por qué dejaron atrás la seguridad del convento donde Valjean era tan feliz que no podía tener la consciencia tranquila.

Nada hacía tan feliz a Valjean como tener a Cosette a su lado, con la certeza de que era suya y nada ni nadie podría apartarla de él. Es esta última parte la que echa sombra sobre la felicidad contaminándola. Sin duda, Valjean siente un afecto paternal por Cosette, pero su amor no es únicamente paternal. Al contrario, tiene otros confusos componentes que ya antes nos ha explicado el narrador: su amor es el de un hombre bueno, sin esposa y que estuvo preso durante diecinueve años. Esta prolongada e involuntaria castidad echa sombra sobre el amor de Jean Valjean sin corromperlo. No obstante, perturba su consciencia.

De pronto el amor, por puro y desinteresado que sea, se enturbia con ánimo de apropiación: “era suya y nada ni nadie podría apartarla de él”. Cuando la felicidad está emparentada con el amor y éste a su vez con la ambición o la propiedad, todo se tuerce y enturbia. Por eso Valjean se pregunta si su felicidad no estará construida a costa de apropiarse sin derecho de Cosette, robándole así toda felicidad posible, desvalijándola como ratero a media noche, sin que ella pueda saber que algo le falta sino hasta muy tarde, cuando ya la pérdida sea irreparable. Es que él se retiró o huyó del mundo tras conocerlo plenamente, después de vivir en él como pobre, convicto, millonario y prófugo. Cosette en cambio estaba encerrada en el convento sin conocer apenas otra forma de vida, sin una elección consciente, sino a consecuencia de su vínculo con Valjean. Aprovecharse de esa inocencia, piensa Valjean, es privarla de todo aquello que nos hace humanos. Para ser libres es preciso escoger y una elección a ciegas es sólo simulacro.  Así, la felicidad de Valjean en el convento sólo puede prolongarse si causa a Cosette un daño irreparable. Para que su amor le haga feliz, Valjean necesita traicionarlo. Como auténtico héroe de la resignación infinita, Valjean prefiere renunciar a su felicidad para permitir que Cosette pueda vivir tanto como sea posible y entonces decida si quiere o no quedarse cerca de su azaroso padre adoptivo. Por eso sale del convento, por eso viven en la rue Plumet.

No sé si el resultado de esta decisión puede considerarse un éxito. Cosette vive y se casa con Marius, pero no deja de amar a Valjean. Sin embargo, éste decide otra vez apartarse por bien de la niña. Además hay un malentendido con Marius y el viejo héroe apenas sobrevive en un sótano, enfermo y solo. Cosette ni siquiera entiende por qué su padre está lejos, ella no deja de buscarlo y quererlo cerca. He ahí otra forma en que se enturbia todo porque los que aman privan de decisión a la supuesta amada. Quizá por eso Valjean no vuelve a ver a Cosette hasta la última hora. Omnes vulnerant postuma necat. La narración nos dice que Valjean muere feliz en ese breve encuentro, pero su epitafio cuenta otra historia: Il vivait. Il mourut quand il n'eut plus son ange; La chose simplement d'elle-même arriva, Comme la nuit se fait lorsque le jour s'en va.
 
Esta complejidad en el amor de Valjean y Cosette también me persigue como un mal encantamiento, cuyo conjuro fuera ese epitafio. Es que acaso la única prueba de amor es hacer como Valjean. Amar es apartarse poco a poco  de forma natural hasta morir como la noche llega al terminar el día. Amar es descender al crepúsculo de un sótano apenas iluminado por el recuerdo y morir de nostalgia. El amor es como una rabia en que el paciente no puede sino huir y rechazar aquello que podría curarle. Acaso Kierkegaard estaría de acuerdo en que Valjean es el caballero de la resignación infinita, cuya pasión es paradoja y desesperación. Carecer de esperanza es la clave paradójica de una existencia bien vivida. Escoger la nada por ninguna razón, desde la propia e indecible desesperación. Reconocer que estamos separados por el universo entero. Cuando ardemos con mayor intensidad, son más largas y oscuras las sombras que proyectamos en la vida del otro. Para amarles, es indispensable ya no tener a nuestros ángeles.

Quizá escriba una última carta en imitación de Valjean. Acaso sea en imitación a Rilke y no sea la última. No soy supersticioso.

Lass nicht von mir trennen
Nah ist das Land
das sie das Leben nennen


viernes, mayo 31, 2019

Queridos Symparanekromenoi


En uno de los discursos dirigidos a los Symparanekromenoi, Kierkegaard sostiene que de entre todas las formas pesimistas de ver el mundo, ninguna es tan horrible y con consecuencias tan crueles como el individualismo. Esta noción del individuo como responsable de su destino, capaz de incidir en los acontecimientos, se presenta como un escape de la visión trágica del mundo hacia una época más esperanzada. Estoy con Kierkegaard en que se trata de una nueva trampa.

     Esta visión moderna del mundo no ha logrado romper la rueda que nos oprime, antes bien, la ha dado un giro, añadiéndole espinas. Lo diré con todas sus letras: pocas cosas hay tan crueles como la noción de que somos responsables de nuestro destino, que la culpa no está en las estrellas, que ninguna circunstancia puede doblegarnos, que la tragedia no existe.



—Detalle de uno de los muchos tormentos imaginados por Hyeronimus Bosch—


En su sentido más común, hablamos de tragedia para referirnos a una desgracia que ocurre en contra de la voluntad de quien la sufre. Es una muerte trágica la del atropellado, y es trágica la pérdida de un brazo o el cáncer. A eso se reduce últimamente la idea de tragedia, a cualquier acontecimiento que contradice la noción del individuo como capaz de modificar sus estrellas. En el sentido clásico u originario de la tragedia, ésta tiene lugar cuando dos ideales que dan sentido a la vida chocan o se contradicen; en esas circunstancias –que son la vida entera‑ la vida deviene trágica porque cualquier acción aparta al sujeto de la vida y los ideales que la justifican: con ironía vital, todo paso hacia el fin que perseguimos nos aparta de él.

     A esta última noción de tragedia se refería Milan Kundera cuando en La inmortalidad, aseguraba que: «La época de la tragedia sólo puede acabar con la rebelión de la frivolidad». Tiene su explicación, por supuesto: «¿Te has dado cuenta de cuál es la eterna premisa de la tragedia? La existencia de unos ideales a los que se atribuye mayor valor que a la vida humana: ¿Y cuál es la premisa de las guerras? La misma. Te empujan a morir porque al parecer existe algo más valioso que tu vida».

     La única vía para escapar de la tragedia y el absurdo vital es ignorar los ideales, puesto que están atados a un objeto que carece, por sí mismo, de sentido: la vida. Es preciso admitir que cualquier ideal, lo mismo que la vida, carece de sentido y ningún curso de acción nos acercará a otra cosa que no sea la muerte, la que de cualquier modo ocurrirá, y de manera injustificada, casi siempre involuntaria.

     Esta opción indiferente o resignada parece más pesimista que la visión trágica de la vida y acaso es por eso que la modernidad se ha decantado por la idea de que somos libres y escogemos cómo conducir la vida; es decir, que ningún ideal se nos impone sino que lo asumimos libremente. La vida así puede verse con optimismo, sin tragedia y llena de sentido. Pero esto es sólo ceguera y engaño pues la noción de que cada uno es responsable de sí y controla su destino es algo a lo que se le atribuye mayor valor que a la vida humana. Además, al excluir la posibilidad de la tragedia, añade a la vida un rigor insoportable puesto que anula la compasión que es consustancial al universo trágico.

     Es inhumano no sentir compasión por aquellos inocentes, estultos o necesitados que se enlistan en un ejército y luego son hechos trizas por los engranajes de la maquinaria. Se hacen matar en el afán de ganarse la vida. Es trágico y llama a compasión porque son orillados a la muerte por circunstancias sobre las que no tienen poder alguno, ante las cuales están indefensos. Caso distinto el de quien a sabiendas y por amor del ideal, se lanza a las ruedas de la maquinaria como una suerte de sacrificio. Frente a este segundo sujeto, el sentimiento más común es el Schadenfreude, donde el observador se deleita ante esta miseria porque la percibe como voluntaria y, en consecuencia, justa. No puede compadecerse a quien pone su voluntad para tomar un martillo y golpear la propia mano.

     Ejemplos burdos, sin duda, pero que ilustran la diferencia esencial entre una desgracia que acaece aunque uno se empeña en evitarla y la desgracia que es consecuencia de un acto voluntario. Es en esta diferencia donde se revela el aspecto más cruel del individualismo: en una época como la nuestra, en que se piensa que uno es responsable de sí, se suele pensar también que toda desgracia es causada por quien la sufre. Mucho de ello se debe a que preferimos imaginar que vivimos en un mundo ante el que tenemos agencia, frente al que no estamos indefensos. Preferimos esta ilusión al reconocimiento de que a veces el mundo, la maldad ajena y las circunstancias pueden reducirnos a objetos inermes, pasivos. La ilusión de agencia nos es tan cara que vale mucho más que cualquier vida. Es un ideal cruel que da sosiego a quien está a salvo, pero hace de la compasión algo impensable. Este es el revés del ideal: puesto que cada quien es responsable de sí, no hay necesidad de fijarse en la suerte ajena.

     Va un ejemplo sin entrar en detalles: pienso en el relato y la vivencia de alguien que vivió violencia y agresiones por quien o quienes debían o se esperaba que le quisieran. A toro pasado y desde la claridad de la desgracia superada, decidió compartirla, porque es bien sabido que hablar es también una forma de sanar; específicamente porque al fin uno entiende que no tiene por qué avergonzarse de lo que le han hecho y ya no sabe bien por qué mantenía o mantuvo en secreto lo ocurrido, como si se tratase de algo de lo que es responsable o se buscó.


     A su alrededor, los enamorados del ideal individualista saltaron con clamores que no sé calificar salvo de fanáticos u obscenos y que, si algo tienen en común, es la idea de que quien recibe la herida es condición de posibilidad de ella y, por consecuencia, culpable de que esa herida haya tenido lugar y ahora cause horror en aquellos que contemplan la cicatriz. Trágico y pesimista declarado, soy incapaz de reproducir la retorcida lógica de quienes le recriminaron compartir su experiencia. Pero es claro que para quienes creen en ese ideal, proteger la noción de que uno siempre es responsable de lo que le ocurre tiene un valor tan preciado que se preserva a través de la crueldad inútil.


 
—Otro detalle de Bosch que ilustra cómo el ideal se alimenta del dolor ajeno—

A las personas les encanta pensar que podrían escapar de cualquier problema con su fuerza y su inteligencia y su sentido común. Les gusta tanto porque tienen  miedo de aceptar que a veces, casi siempre, nada podemos hacer y si de algo somos capaces, será precisamente de aquello que nos aparte de la paz, como un niño que ama al padre que le maltrata, como una devota que obedece al cura que le atormenta.

    Vaya una mierda de época, y qué pena de esos defensores suyos que nos llaman pesimistas a quienes nos aferramos a la tragedia o a la indiferencia. Hay tanta belleza en la indiferencia estoica y en la tragedia clásica porque sólo en ellas hay lugar para la compasión. Sólo cuando nos reconocemos igualmente indefensos ante el mundo o la circunstancia somos capaces de cuidarnos mutuamente. Esta es la única agencia de los optimistas que piensan que son responsables de sí mismos: encontraron la alternativa más cruel entre dos polos ya de por sí aciagos.
       

(Esto de la compasión se vuelve tema recurrente… Así terminó Nietzsche abrazado a un caballo fustigado por su dueño. Será que en la época de ceguera voluntaria a lo trágico la compasión tiene que tratarse como perturbación mental…)  

viernes, noviembre 30, 2018

Páginas en blanco

Entre los amigos, sin duda, pocos tan fiables  y constantes como los libros. Tiendes la mano y ahí están. A veces, como decía Schopenhauer, encuentra uno en ellos tan buen consejo que todo lo que hasta entonces creíamos parece falso y surge un mundo nuevo, que no conocíamos, y que nos hace sentir un poco tontos. Es que ya dicho, parece evidente, tendríamos que haber sabido darnos cuenta. Para eso son los amigos, para ayudarnos a encontrar los lentes que todo el tiempo tuvimos ante los ojos, sobre la nariz. Quizá a nadie podamos agradecer con la misma sinceridad que nos hagan sentir un poco bobos o cortos de miras. Porque, en confianza, hay que aceptarlo, debimos ser capaces de entender antes, pero caray, qué bueno que al fin un amigo nos da la lección. Que nos ayudó a ser más como queremos ser, más parecidos a nosotros mismos.

Así, supongo, hicimos muchos de los amigos que se conservan toda la vida: explicando un problema de álgebra, juntando cabezas para resolver la difícil tarea o pidiendo ayuda en cualquier otra cotidiana actividad. Así también con los libros, se acerca uno a ellos admitiendo primero que no lo sabe todo, que acaso quedará un poco como tonto, pero qué más da, quiero que alguien me hable de Richard Feynman, de la supersimetría, de Napoleón o Hogwarts o los dioses y héroes de la antigüedad.

Es este pacto el que hace especialmente dolorosa la traición de un amigo o de un libro. Alarga uno la mano del mendigo y el proverbial auxilio deviene en castigo. Aunque no es su culpa, así se siente el noventa por ciento de los libros que nos obligan a leer en la escuela. Es que la confianza no nace por obligación, alguien debería avisarle de la situación a esos malos celestinos que son los profesores y los programas escolares. El peor enemigo es siempre ese que nos pone en frente la obligación o la presión social. Pero vale, no es culpa suya y así puede uno reconciliarse, al volver los años, con la Ilíada, la Celestina y tantos otros clásicos maravillosos. Hasta con Platón y Kierkegaard.

En otro grado de traición, cuando el amigo nos responde con una invitación a unirnos a la más nueva empresa piramidal o a la excelente forma de vida que se esconde en su particular ideología. Programa y propaganda. Traidor llamo a todo libro y toda persona que en vez de abrirnos la perspectiva, pretende cerrarla y hacer de nosotros meros seguidores. Cuando intentan convertirnos en algo que no seamos nosotros mismos. Anatema contra todos esos que no mencionaré porque no sea que alguien vaya a buscarlos por espectáculo y termine en conversión.

Lo peor es cuando uno entabla esa relación sin alguno de los dos vicios previos; pasan las páginas y avanza uno sobre la historia que promete ser otra llave, una más en el camino a esa última con la que soñaban Borges y Cortázar, para abrir la eternidad en que uno sabe, siempre, que está equivocado, pero se consuela con que siempre puede estar un poco menos equivocado. Así, imaginemos, se han invertido tres o cuatro horas en un buen libro, lo que en años serían varios con un amigo. Y de pronto, sin decir agua va, artera y traidoramente, nos escupe una serie de páginas en blanco, o la reiteración inútil de algunas que ya habíamos leído y que se presentan de nuevo fuera de lugar.
—De qué te habrá servido tanta previsión si al final estás danzando esta música insensata, preguntaba Cortázar—

Esto es para romper el corazón. Me ha sucedido varias veces. De la primera, me acuerdo con prístina claridad e inmitigable dolor. Ocurrió mientras, maravillado, leía El extranjero de Camus; a medio camino, veinte páginas en blanco. Tras una rápida revisión, otras veinte blancas casi al final. Horrible. Me costó mucho volver a comprar libros de editorial Alianza. Otra memorable —con el Fondo de Cultura— esa edición preciosa de Beatus Ile de Muñoz Molina que me ayudaba a encontrar palabras para escribir y pensar en una querida lejana. Páginas en blanco. Peor todavía aquella vez que escribí a la editorial sobre una edición incompleta de las conferencias de Wittgenstein: ¡enviaron como reemplazo otro ejemplar al que le faltaban las mismas páginas! Más recientemente, me sucedió con Si te dicen que caí de Marsé: a punto de entender el sentido de tanto voyeurismo decadente y desamparo, páginas en blanco. ¿Por qué? Porque chinga tu madre, por eso, ¿cómo ves?

—Todavía tengo pesadillas con esta portada—

¿Qué puede hacer uno sino apartarse de traidores de tal calaña? Buscar otra, mejor versión del texto, con lo que a este le falta. Parecido, nunca igual, pero por lo menos entero. Por más que nadie me podrá devolver el momento en que, loco de ansiedad por la siguiente frase de El extranjero, topé con el vacío. Mi vida entera pudo ser otra de no haber faltado esas páginas. Y que nadie culpe al destino o al creador. Hasta en el momento de revisar un manuscrito de concurso me pasó lo mismo. Nunca supe si las copias que envié tenían el mismo defecto de páginas faltantes. No es descuido divino ni de artesano, simplemente así pasan las cosas.

Algo similar cuando una persona, o varias, a las que se conoce de toda la vida, de pronto empiezan a hablar en blanco, en vacío. Vaya, ni siquiera dicen falsedades o idioteces, simplemente ruido blanco, interferencia inútil. Supongo que como con los libros, a todos nos ha sucedido. Y es que la vida es eso, no importa cuántas páginas se hayan ido ya, prístinas y en perfecto estado, de pronto irrumpe el sinsentido. O cuántos años se conozca a algunos, a veces también la contradicción, la negación de su esencia. Salieron incompletos. En consecuencia quedan menos amigos, menos libros. Pero sobre todo, la certeza de un caótico mundo de impredecibles.

Me sorprende la cantidad de personas que están dispuestas a culparse a sí mismas de haber sido traicionadas. Dicen que tienen un patrón, que así buscan las relaciones. Yo les pregunto si alguna vez leyeron un libro. Seguro andan buscando, con un sexto sentido cuasi divino, libros envueltos en celofán que dentro traigan páginas en blanco. Es imposible. Peor, es estúpido. «Yo me lo busco por andar leyendo…» Nadie busca la traición. Somos libres —o por lo menos nos percibimos libres— y eso significa que la siguiente página siempre puede estar en blanco, que siempre podemos equivocarnos acerca de los demás. Vuelvo al principio: con esa suposición nos acercamos a los libros y a las personas, la de que estamos equivocados, pero en ello hay grados.

Frente a esa incertidumbre, que en los libros es excepcional, pero en las personas una triste norma, qué emoción, aunque sean pocas, contadísimas, personas, que en cada ocasión, con el paso de los años, se mantienen firmes, congruentes, fieles a sí mismos, que nos abren camino para seguir siendo también, cada vez más, nosotros mismos. Estas líneas son para ustedes.