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martes, junio 30, 2020

Imposibilidad de una isla

A cualquier observador imparcial le resulta evidente que el individuo humano no puede ser feliz, que no ha sido concebido en absoluto para la felicidad, y que su único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor, haciendo que la vida de los demás sea tan intolerable como la suya
—Michel Houellebecq. La posibilidad de una isla.

Cuando empezó la cuarentena, uno de los primeros libros que me vinieron a la mente como lectura de ocasión fue La posibilidad de una isla. Reduciendo al máximo, puede decirse que trata sobre el sufrimiento inherente a las relaciones humanas. Con tono depresivo de corte schopenhaueriano, explica la miseria de nuestra condición y lo doloroso de las distancias como consecuencia directa de las condiciones biológicas de nuestra existencia. Somos animales destinados a desear el contacto, a tener hambre de cariño y a buscarnos unos a otros porque
creemos encontrar la justificación de la existencia ahí donde nos entrelazamos emocionalmente. Vana ilusión. El contacto es la fuga por donde la muerte nos inunda.


Algo similar opinaba Agustín de Hipona cuando escribió que la vida se vuelve insoportable cuando se recuerdan sus circunstancias: el deseo y la finitud. Así, en tanto máquinas deseantes perdemos la vida en el esfuerzo de saber querer aquello que podemos. A largo plazo, el empeño resulta ridículo porque la vida es finita y ninguna satisfacción es duradera ni plena. El amor uxorio es tortura porque uno ama aquello que perecerá. Cuanto más profundo el apego, más amarga la condena. La posibilidad de una isla nos presenta un mundo en que estas dos circunstancias ya no determinan la vida: los neohumanos descubrieron la inmortalidad casi por accidente y superan poco a poco la concupiscencia, empezando por el deseo de contacto. En sucesivas y recurrentes existencias, superan la necesidad de la caricia y la presencia.


     Para cuando la novela comienza, el contacto entre los inmortales se limita a mensajes electrónicos: imágenes, palabras, ocasionalmente una videollamada. Algo similar a lo que nos ocurre a quienes tenemos la fortuna de poder quedarnos en casa y tenemos suficiente miedo para no arriesgarnos abriéndole la puerta a nadie. Estamos aprendiendo a no desearnos. Por lo menos aspiramos a superar la necesidad de la presencia, sustituyéndola con intermediarios electrónicos, otorgándole cada vez más importancia al simulacro de compañía.


     No es un fenómeno del todo nuevo. Así por ejemplo, cuando esta bitácora era joven y yo leía por primera vez a Houellebecq, los bloggers establecíamos misteriosas amistades a distancia. Era excepcional reunirse en vivo, verse las caras, o conocernos más allá de minúsculas y borrosas fotografías de perfil. La mayor parte de esas amistades han desaparecido, no como personas, sino porque este medio de comunicación ya parece anticuado. Incluso hay que confesar algún narcisismo en la expectativa implícita de que alguien emplee su tiempo en leer estos largos mensajes que arrojamos al internet como tantas botellas al mar.


     Lo importante es que en aquél entonces, cuando todo el mundo tenía y leía blogs, nos sentíamos acompañados al leer esas largas disquisiciones sobre anagnórisis ajenas. Hay algo en la escritura cuidada y reflexiva que —por lo menos para los de mi generación— construye una paradójica emoción de cercanía en la distancia. El mismo principio que mueve a los novelistas y que durante siglos dio sentido a la hoy anacrónica costumbre de escribir cartas a mano y depositarlas en el correo. Seguimos siendo animales ceremoniales para quienes el significado de un mensaje está compuesto también por sus rituales.


     A veces ocurre, sin embargo, que el acto desborda al ritual y anula todo sentido. Kundera ironiza al respecto en el famoso episodio de la gran marcha en La insoportable levedad del ser. Personas que se pierden en la euforia y la concupiscencia del mero decir o hacer privado de sentido. Dominados por el hedonismo de ser actuantes. Cuando sentirme cantar, marchar o decir es más importante que aquello y a quienes se canta, marcha o dice, las cosas se tuercen.




En aquél entonces, ni Houellebecq con todo su pesimismo se imaginó que llegaríamos a esta forma de usar los medios de contacto para simular ya no sólo presencia, sino también comunicación. Sus neohumanos intercambian opiniones y reflexionan sobre la vida mientras esperan su muerte y la llegada de los Futuros. Profundizan en la condición de quienes les antecedieron, construyen la posibilidad de quienes han de seguirlos y es desde esa introspección que los abisma que puede surgir el final inolvidable de la novela, esa mezcla de esperanza y desesperación que es la condición humana. Puede resumirse en aquella súplica de Agustín de Hipona: «exaudi et responde et respice et vide et miserere et sana me, in cuius oculis mihi quaestio factus sum». Me encanta cómo suena en latín, pero va también en español: Escúchame, respóndeme, vuelve tu mirada, mírame, compadéceme y sáname, tú en cuyos ojos estoy hecho un enigma. Es esta caricia espiritual lo que santifica a la palabra ausente.


     Cuando nos escribimos, nos hablamos y nos buscamos llegamos a ser enigma a ojos de los demás. Al escribir cartas, novelas y poemas nos reconocemos mutuamente enfermos, necesitados de otra mirada compasiva sobre nuestra propia miseria. A Houellebecq no se le ocurrió que llegaría un día en que la palabra dejara de producir este enigma de insinuación. Acaso ese punto ciego es lo que le permite crear un inusitado final ambivalente, casi esperanzado que contradice un tanto su estilo.


     Al terminar la novela me pregunto cuándo fue la última vez que encontré en la red un mensaje in cuius oculis mihi quaestio factus sum. De esos que, como le decía a una muy querida amiga hace unos días, nos revelan ante nosotros mismos. Imagino a Daniel25 enviándole a Marie23 (a la comunidad neohumana entera, da lo mismo) una denuncia de herejía ideológica, un señalamiento de odio, una imagen de excesivo orgullo por la posesión de algún objeto material o, ya de plano, invitándola al reto de publicar portadas de libros, películas, discos, sin hablar de sus emociones, sus experiencias, sus enigmas al desdoblarse en esos espejos que son arte. Así se destruye la posibilidad toda y cualquier isla. Es que la palabra sin súplica de comprensión, la palabra sin caricia que busque al otro en la distancia deviene en epitafio de la humanidad.






¿Ese poema en francés? Dice algo así, según Encarna Castejón, traductora de la edición de Alfaguara: «No hay amor / (No de verdad, no lo bastante) / Vivimos sin socorro, / Morimos desamparados. // El llamamiento a la piedad / Resuena en el vacío, / Tenemos los cuerpos tullidos / Y nuestras carnes siguen hambrientas // Desvanecidas las promesas / De un cuerpo adolescente, / Pasamos a una media luz / Donde nada nos aguarda // Más que el vano recuerdo / De nuestros días pasados / Un sobresalto de odio / Y cruda desesperación».

viernes, junio 29, 2018

Amantes en la luna

Hace poco volví a ver Only Lovers Left Alive (2013), dirigida por Jim Jarmusch, película poética sobre vampiros hartos de vivir y de buscarle sentido a lo que no termina. El film está plagado de referencias y detalles que lo arrastran a uno en direcciones insospechadas. Así por ejemplo, mientras Eva prepara sus maletas, mira con nostalgia una enorme pila de libros, selecciona muchos maravillosos, pero únicamente pasa su melancólico dedo sobre las páginas abiertas de Los amores en la luna de Cervantes:

No hay dicha en este mundo: he aquí un gran tema
para escribir, como escribir confío,
un poema que, triste por ser mío,
será más bien un sueño que un poema.


‑Only Lovers Left Alive (2013)‑

Durante siglos, la ausencia de dicha en este mundo ha sido tema recurrente. Casi siempre se ha pensado que se trata de un problema, y que es preciso darle solución. En el siglo cuarto de nuestra era, Agustín de Hipona en las Confesiones se muestra de acuerdo con la idea de que no hay dicha en este mundo. Estaba seguro de que ello es consecuencia directa de la guerra jurada entre el tiempo y la vida: devora al tiempo y devorada por el tiempo, devorans tempora et devoratus temporibus. Esta situación, opinaba el obispo, presenta a la vida como un sinsentido pues pone frente a frente la aspiración infinita de cada cuerpo finito que, con disculpable ceguera, multiplica la muerte al desear más vida.

La literatura y la mitología se muestran en parcial desacuerdo con la conclusión agustiniana, opinan más bien que el drama de la vida está en la vida misma, no en su relación con el tiempo. Dotados de vida eterna, los seres humanos seguirán siendo miserables. Así por ejemplo, el mito de Tithonus (1859), dotado de vida eterna pero no de eterna juventud quien se lamentaba, en palabras de Tennyson:

…happy men that have the power to die,
And grassy barrows of the happier dead.
Release me, and restore me to the ground


Así pues, no hay dicha en este mundo, pero ello no se debe a la finitud de la existencia, sino a la existencia misma. Mortales o inmortales el resultado es el mismo y las historias sobran: la creatura de Frankenstein, Dorian Gray, los vampiros de Anne Rice y, sin duda, los vampiros de Only Lovers Left Alive. Sea que la inmortalidad se piense como don, maldición o naturaleza, los inmortales, lo mismo que los mortales, terminan siempre víctimas del Spleen de París (1869) y el tedio y dicen con Baudelaire:

Je suis le dernier et le plus solitaire des humains, privé d'amour et d'amitié


De acuerdo con Mark Twain, esta angustia de finitud y temporalidad estaba presente desde el Paraíso; es decir, incluso en el estado de gracia, vida eterna y felicidad, sabemos encontrar razones para desesperar. Así se lamentaba Eva porque las estrellas, el mundo, se agotarían mientras que ella no tendría fin:

By watching, I know that the stars are not going to last. I have seen some of the best ones melt and run down the sky. Since one can melt, they can all melt; since they can all melt, they can all melt the same night. That sorrow will come—I know it. I mean to sit up every night and look at them as long as I can keep awake; and I will impress those sparkling fields on my memory, so that by and by when they are taken away I can by my fancy restore those lovely myriads to the black sky and make them sparkle again, and double them by the blur of my tears


Inocente Eva, que no sabía lo que le esperaba. En su latitud, y más o menos al tiempo que Twain escribía el maravilloso Eve’s Diary (1905), el conde Tolstoi enfrentaba también una pérdida de la inocencia que describe y analiza en su Confesión (1880). La especulación o la persecución racional del sentido de la vida lo enfrentó al absurdo y sus palabras pueden ilustrar perfectamente el ánimo de Adán en el film de Jarmusch:

A tal estado llegué que ya no podía vivir; y temiendo la muerte, debía emplear ardides conmigo mismo para no quitarme la vida.



Uno se siente inmediatamente tentado a preguntar qué ardides son esos y cómo echar mano de ellos. La fórmula secreta, la salida al laberinto intelectual de la búsqueda del sentido de la vida. Para Tolstoi el artificio es una bella metáfora que invierte el sentido del mundo y utiliza la miseria como prueba del amor, así sea en ausencia. Se imagina como un ave que cayó del nido y dice:

Pío entre la maleza, pero si pío es porque sé que mi madre me llevó en su seno, me empolló, me mantuvo caliente, me amó.


No es el primero ni será el último en invertir la interpretación de la evidencia y encontrar el sentido de la vida en una creencia cegadora: el amor que es derrota y esperanza. Es derrota porque siempre está ausente, todos somos aves caídas del nido. Es esperanza puesto que su ausencia es prueba de que existe. Así se aprende a vencer en el fracaso; esa es una virtud para Rilke, quien hablaba de un vidente en Der Schauende (1902), cuya conciencia de la enormidad de la batalla y el dolor de la existencia, le hace considerar sus fracasos como otras tantas victorias:

Die Siege laden ihn nicht ein.
Sein Wachstum ist: der Tiefbesiegte
von immer Größerem zu sein.


También Cervantes opinaba que, precisamente en ese salto mortal hacia el absurdo se encuentra la única vía de escape al laberinto del spleen o la miseria y es por eso

Que un corazón sensible
para huir de las frías realidades
convirtiendo en posible lo imposible,
conducido por mano de las hadas
se tenga que escapar de lo invisible
por las oscuras puertas entornadas!


Hacer posible lo imposible, dice, trasladarse a la Luna, más allá de la existencia o, mejor dicho, en un plano oblicuo y adyacente a la existencia, donde no estamos nosotros ni está tampoco el tiempo. Ese es el amor de Tolstoi y de Cervantes, los acompaña Twain pues para su Eva es esa noción de seguir juntos y no estar la única que puede darle consuelo cuarenta años después del paraíso:

It is my prayer, it is my longing, that we may pass from this life altogether‑a longing which shall never perish from the Earth.


En todos y cada uno de los casos hasta aquí descritos, encontramos que la respuesta artística a la cuestión de la dicha en este mundo es siempre el reconocimiento de su ausencia seguido de la evasión. Es decir, que para evadirse es preciso enfrentar primero la realidad de la que uno desearía escapar. No puede existir fuga hacia el amor si no hay antes una realidad horrible con la que es preciso echar cuentas. Acaso por eso dijo Baudelaire:

L'étude du beau est un duel où l'artiste crie de frayeur avant d'être vaincu.


La fuga empieza en el grito de espanto y el amor, por lo menos en el sentido en que lo describen todos estos hombres de letras, empieza como deseo nihilista y aberrante de estar unidos ahí donde ya no estaremos, juntos aquí donde preferiríamos no estar en absoluto. Repitamos lo que dijo Eva:

when they are taken away I can by my fancy restore those lovely myriads to the black sky and make them sparkle again, and double them by the blur of my tears

‑Salvador Dalí. Reminisencia arqueológica del ángelus de Millet‑

Multiplicar lo perdido por distorsión de las propias lágrimas. Eso es convertir el fracaso en triunfo. Es absurdo, pero todo milagro es un absurdo. Amor, milagro absurdo. Quizá por eso sólo los amantes quedan con vida, mientras que el resto vamos pereciendo poco a poco, devorando al tiempo, devorados por el tiempo. Los enamorados viven de la falsedad y el simulacro, son capaces de habitar la Luna y multiplicar lo ausente con el bálsamo desesperado del llanto. Se parte del grito de horror, como dijera Baudelaire, para arribar en la belleza y el amor que, precisamente por ausencia, reconocemos. De cada uno de estos poetas podemos decir, con Cervantes, que han dado con la respuesta:

Se pierde, como un ángel cuando vuela,
en sueños infinitos e ideales,
pues en el mundo real, si bien se mira,
merced a la ilusión y a la memoria,
solamente es verdad lo que es mentira.




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Bibliografía

Agustín de Hipona. Confesiones (Libro IX). Puede consultarse en: http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/conf_09_libro.htm
Baudelaire, Charles. Le confiteor de l’artiste y Le fou et la Vénus, en Le Spleen de Paris pueden leerse en: http://www.poesie-francaise.fr/charles-baudelaire-le-spleen-de-paris/
Jarmusch, Jim. Only Lovers Left Alive. Soda Pictures, 2003.
Rilke, Rainer M. Der Schauende forma parte del Buch der Bilder y puede leerse aquí: http://www.rilke.de/gedichte/der_schauende.htm
Tennyson, Alfred. Tithonus puede leerse en: https://www.poetryfoundation.org/poems/45389/tithonus
Tolstoi, Lev. Confesión puede conseguirse en magnífica edición de Acantilado: http://www.acantilado.es/catalogo/confesion/
Twain, Mark. Eve’s Diary está maravillosamente editado por Library of America: https://www.loa.org/books/81-collected-tales-sketches-speeches-essays-1891-1910