domingo, febrero 28, 2021

Lo mejor de la década (2011-2020)

Uno sólo debe hablar cuando no puede permanecer callado; y hablar sólo de aquello que ha conquistado.

—Friederich W. Nietzsche

 

Me parece un suspiro, pero ya han pasado otros diez años en franco y descarado romance con la lectura. Vuelvo la mirada a la infinitud de las listas, como dice Umberto Eco, y recupero el ejercicio de encontrar las joyas de este largo suspiro en el prolongado suicidio que es la vida. Pasados los cuarenta, veo que tenía razón cuando dije que hacerse adulto es darse cuenta de que el tiempo se hace escaso y es preciso reservar cariñosamente unas horas diarias para la familia, los amigos, a quienes uno más quiere, incluyéndose. Como lector, eso significa asaltar de vez en vez a la jornada laboral, el transporte y cualquier otra actividad para dedicar el botín obtenido de preciosos minutos a los libros. Porque uno se enamora de los ellos cuando es niño y le sobra tiempo, mantenerse fiel a ellos es seguir apegado a ese estado idílico, inocente, feliz. Cuando el libro es sinónimo de esos héroes épicos de infancia que son papá y mamá. Los libros son una forma maravillosa de estirar la infancia con independencia de la edad. Como cualquier amistad, como el amor mismo, es preciso que la relación sea menos espontánea y mucho más seria cuando el tiempo se hace escaso. Llega una edad, en que es preciso comprometerse y jurar fidelidad a los libros y a uno mismo. Uno sabe que está en lo correcto cuando la tarea misma se hace ligera, por más pesada que parezca. 

      Van las estadísticas de ley: Entre 2011 y 2020 leí mil y once libros, número que me hace pensar en un cuento de Michael Ende, con infinitas puertas. Con obsesión estadística pueden traducirse en 326, 253 páginas y afortunadamente no han aumentado las dioptrías. Pero sigue siendo verdad que hay una vida, un amor y una pérdida en cada uno de esos tomos, páginas y letras.

     Celebro otra década de lector. Celebro que papá y mamá sigan siendo mis héroes épicos de toda la vida, que sean presencia en fantasma junto a cada uno de los libros y libreros que son mi hogar. Ofrezco esta lista con la esperanza de que invite a la lectura, como un mapa recién trazado por el explorador que ojalá sirva de guía a otros que vendrán después y tengan el gusto, la voluntad y el compromiso de emprender su camino.

 

— ¿Libro de la década? Difícil... Con temor y temblor nomino a Durrell—


  1. Armstrong, Karen. A History of God.
  2. Barthes, Roland. El placer del texto.
  3. Camus, Albert. El mito de Sísifo.
  4. Cioran, E. M. En las cimas de la desesperación.
  5. Davidson, Andrew. The Gargoyle.
  6. Dick, Philipp K. Do Androids Dream of Electric Sheep?
  7. Diderot, Denis de. Jacques el fatalista.
  8. Dumas, Alexandre. El conde de Montecristo.
  9. Durrell, Lawrence. El cuarteto de Alejandría. (1. Justine. 2. Balthazar. 3. Mountolive. 4. Clea).
  10. Elizondo, Salvador. Farabeuf.
  11. Fallada, Hans. Alone in Berlin.
  12. Gander, Forrest. Como amigo.
  13. Kerr, Philipp. Una investigación filosófica.
  14. Kerr, Philipp. Prayer.
  15. Keyes, Daniel. Flowers for Algernon.
  16. Kierkegaard, Søren. O lo uno o lo otro.
  17. Kundera, Milan. La broma.
  18. Kundera, Milan. La identidad.
  19. Kundera, Milan. Jacques y su amo.
  20. Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser.
  21. Lemaitre, Pierre. Iréne.
  22. Lemaitre, Pierre. Alex.
  23. Ligotti, Thomas. The Conspiracy Against the Human Race.
  24. Lispector, Clarice. La hora de la estrella.
  25. Loridain-Ivens, Marceline. Y tú no regresaste.
  26. Manganelli, Giorgio. Amore.
  27. Marco Aurelio. Meditaciones.
  28. Marías, Javier. Así empieza lo malo.
  29. McEwan, Ian. Atonement.
  30. Nabokov, Vladimir. Lolita.
  31. Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra.
  32. Onetti, Juan Carlos. Cuando ya no importe.
  33. Ramachandran, V. S. Phantoms in the Brain.
  34. Rein, Hans. Final en Berlín.
  35. Rilke, Rainer M. Das Stunden Buch.
  36. Scarry, Elaine. The Body in Pain.
  37. Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación.
  38. Shelley, Mary. Frankenstein.
  39. Stendhal. Rojo y Negro.
  40. Tavares, Gonçalo M. Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre.
  41. Teller, Janne. Nada.
  42. Tolstoi, Lev. La Sonata a Kreutzer.
  43. Tolstoi, Lev. Confesión.
  44. Vicens, Josefina. Los años falsos.
  45. Winterson, Jeanette. The Passion.
  46. Winterson, Jeanette. Written on the Body.
  47. Wittgenstein, Ludwig. Investigaciones filosóficas.


jueves, enero 28, 2021

Estaciones 2020

 
 
 
Este año también me cuesta escoger un libro que esté por encima de todo el resto. Estos que pongo en la cima de la lista tienen en común la lucha contra el prejuicio, la desgarradura entre la decisión y la inercia. Maravillosos. Ya lo he dicho antes, los libros, como los amigos, llegan a tiempo. 
 
 
 
 

Pocas cosas disfruto más que hablar de libros, y cuando se trata de libros memorables, me gusta más. Así que, a la manera de Maimónides y para los perplejos que todavía no saben qué leer a continuación, para los que entran a la librería sin una carta de navegación o a la biblioteca echando en falta un mapa, para los curiosos y amigos, aquí van las recomendaciones basadas en la experiencia lectora de 2020. Veintiséis bellas postales de un viaje entre 108 libros, que comparto con la esperanza de que sean pretexto de muchas y felices lecturas, conversaciones, amistades, encuentros... 
 
1. Arlt, Roberto. Los siete locos. La clásica novela de Arlt, imperdible. Sobre el fracaso y la degradación como forma de conquista en lo personal, en lo social, en lo ideal. 
 
2. Arlt, Roberto. Los lanzallamas. Segunda parte de los Siete locos en que asistimos al lento desmantelamiento de todos los ideales, sean de la naturaleza que sean. 
 
3. Barker, Clive. Mister B. Gone. Una novela fascinante que nos quiere convencer de que está poseída por un demonio que desea morir y constantemente nos invita a tirarla al fuego. Es una trampa, por supuesto, ¿no es el engaño naturaleza de los demonios? Acaso hay otra intención, acaso, el demonio es uno mismo. 
 
4. Claudel, Philippe. Almas grises. Es difícil describir esta desesperada novela de Claudel, sus personajes se vuelven memorables al retratar la existencia gris que somos: ni buenos ni malos, ni comprometidos ni desinteresados, atrapados siempre entre los extremos pero incapaces de dejar la tibieza. Una narrativa hermosa, poética y llena de matices. Sobre esta maravilla escribí aquí. 
 
5. Houellebecq, Michel. La posibilidad de una isla. Como lo escribí hace unos meses, regresé a este clásico de mi juventud con motivo de la pandemia porque “vivimos sin socorro, morimos desamparados”. Porque “No hay amor (no de verdad, no lo bastante). 
 
6. Kierkegaard, Søren. Discursos edificantes. Acaso hago trampa al citar la magnífica edición de Trotta como un único título cuando estos discursos fueron publicados por separado y poco a poco. Lo cierto es que estos discursos no tienen desperdicio, con independencia de que se crea o no en el Evangelio, las meditaciones de Kierkegaard en torno a sus palabras nos devuelven siempre a la existencia, a nosotros mismos. 
 
7. Marsé, Juan. Rabos de lagartija. Sobre esta triste historia de infancia, ilusiones y miseria escribí en su momento una pequeña reseña que puede encontrarse aquí. 
 
8. Matheson, Richard. I am Legend. La seminal novela de vampiros que dio origen a la película de Charlton Heston y a la de Will Smith. Otra lectura muy indicada en pandemia, pero cuyo mensaje central es un llamado a la empatía: es preciso pensar en los demás, entenderlos, estirar la mano hacia el otro. De otra manera, somos leyenda, infame leyenda. 
 
9. Pullman, Philip. Daemon Voices. Essays on Storytelling. Este volumen recoge varios ensayos del autor de la maravillosa trilogía His Dark Materials en torno no sólo a su propia escritura, sino también a la ficción y la poesía, una carta de amor a Milton, a Blake y, sobre todo, a la ficción que es algo más que entretenimiento, que nos revela ante nosotros mismos, como dirían Kierkegaard y Winterson. 
 
10. Sacks, Oliver. Seeing Voices. En esta memoria sobre su experiencia con el lenguaje a señas y el mundo de los sordo mudos, Sacks nos demuestra que el lenguaje que damos por sentado o por normal es también una barrera, un límite y un modo de exclusión. Los límites de mi lenguaje son las fronteras de mi mundo, decía Wittgenstein. Sacks nos invita a ampliar derribar los límites y ampliar esas fronteras destruyendo. 
 
11. Sapolski, Robert M. Behave. The Biology of Humans at Our Best and Worst. Un excelente estudio científico y filosófico sobre las causas y razones que determinan nuestra conducta, desde la biología, la evolución, al psicología, la filosofía moral y todo el resto. Nos demuestra que, en su complejidad, resulta imposible explicarnos, pero acaso vamos camino a entendernos. 
 
12. Tolstoi, Lev. El camino de la vida. Los de Acantilado publicaron por primera vez en español esta obra final de Tolstoi, una obra que pretende ser universal al explorar todos los aspectos que nos dan ser como individuos, como esperanza y sueño. Escribí más largo sobre él aquí. 
 
13. Westover, Tara. Educated. A Memoir. Los recuerdos de una chica educada primero en el sectarismo y la violencia familiar. Educada después por la experiencia en la universidad y en el mundo. Y la desgarradura emocional, identitaria que viene de juzgar la propia experiencia desde ambas perspectivas sin posibilidad de coherencia o reconciliación. 
 
14. Williamson, Timothy. La filosofía de la filosofía. Una esclarecedora mirada a los límites y extravíos de la filosofía moderna que desmitifica sus métodos, aspiraciones y presupuestos en busca de regresar la filosofía a su originaria inspiración: la vida. 
 
15. Winterson, Jeanette. Art and Lies. Una novela poética, visionaria y cruda construida desde varias perspectivas, personas que se unen y se pierden atadas por el hilo conductor del arte y la desgracia. La música, la pintura, la poesía y el dolor retratados en la poética narrativa de la autora. 
 
16. Winterson, Jeanette. Written on the Body. No me canso de leer y recomendar este libro. La lectura definitiva sobre el amor, la pasión, la identidad, la poesía y la vida. En la desesperación absoluta de la pasión, el lenguaje es un instrumento oscuro, y es preciso inventarlo todo otra vez. 
 
17. Zizek, Slavoj. Like a Thief in Broad Daylight. Un texto híbrido como todos los de su autor, que lo mismo celebra que problematiza cada aspecto del mundo moderno. En este caso desmitifica las ideas de progreso, revolución, izquierdas, derechas y futuro para obligarnos a mirar, sin tapujos, el presente que estamos destruyendo. 
 
Aunque en esta lista me he permitido algunas reiteraciones de lecturas pasadas y memorables, he escogido no incluir otras varias que ya antes he celebrado. Pero no dejo de mencionarlas:
 
18. La sonata a Kreutzer de Tolstoi.
20. Nada de Jane Teller.
21. Farabeuf de Salvador Elizondo.
22-26. Las obras de Nassim Nicholas Taleb.




martes, diciembre 29, 2020

Pulvis et umbra sumus

Por lo general, me cuesta trabajo sentarme a escribir, pero esa sensación de dificultad se vuelve siempre más aguda cuando se trata de la entrada al blog en Diciembre. Quizá porque es una época en que desboco mis ganas de escribir en formas más personales y directas, enviándole unas lineas a las personas importantes. Personas así, hay siempre menos de las que uno quisiera, pero también siempre más de las que merezco.


       En todo caso, esta época coincide también, desde hace ya muchos años, con mis vacaciones laborales. Así que las últimas semanas del año son siempre sinónimo de abandonar el auto y caminar o usar el metro para todo lo que haga falta. Creo, aunque no puedo citar evidencia al respecto, que si alguna buena idea se me ha ocurrido en la vida, ha sido mientras caminaba por la ciudad, casi siempre de noche. Cuando me encuentro de camino hacia algún lado. Acaso tiene algo que ver ahí la amnesia de umbral. Estar de camino significa no haber atravesado una puerta que me hace comportarme de un modo determinado, con expectativas. Cosas así. Estar en tránsito es en algún modo ser también libre. Así que este año ando parco de ideas, porque no es ideal hacer largas caminatas, ni ir a cualquier sitio, ni usar el metro, ni nada.


      Por lo que decidí escribir estas líneas sobre por qué no quiero escribir estas líneas. Pensé en describir el proceso de procastinación al que me condena acercarme al teclado. Pero pronto me di cuenta de que apenas empezaba a escribirlo, prefería vivirlo y me apartaba del teclado. El tema de la amnesia del umbral me sigue dando vueltas en la cabeza, eso sí. La manera en que toda nuestra personalidad se transforma cuando entramos a un espacio familiar, conocido, donde siempre nos hemos comportado de manera similar, o en que estamos siempre en la misma compañía, ante los mismos estímulos. El espacio nos influye. De manera que en estos meses en que hemos tenido que aprender a redefinir el espacio que habitamos, todos hemos sido presa de una neurosis un tanto aterradora. Sin voces del exterior que opaquen nuestros demonios, éstos se brincan las trancas.


     Por otro lado, a veces basta cruzar el mismo umbral de siempre para encontrarse en otro mundo. Volver a donde uno fue feliz con quien fue feliz. Como en tango de Gardel. Como en una película cursi de encuentros y desencuentros. Hay quien me llama cursi y anticuado porque me gusta Rilke, pero ahí va una traducción improvisada, porque Rilke sabe lo que se siente.

Dios habla con cada uno, mientras le hace;
después y en silencio lo extrae de la noche.
Pero sus palabras, antes que cada cual comience,
sus nimbadas palabras son:

Exíliate de tus sentidos,
llega al borde de tu anhelo
y así cobíjame.

Arde como incendio tras las cosas,
para que tus sombras se alarguen
y me cubran siempre.

Deja que todo te suceda: belleza y terror
Siempre adelante: ninguna emoción es desenlace.
No permitas que nos apartemos.
Cerca esta esa tierra
que llaman vida.
Conócela
en toda su gravedad.
Dame la mano.




—De La Tour, Georges. San Jerónimo leyendo (1621-23)—

 

Me encantan estas palabras que Rilke le atribuye a Dios, que son una bienvenida y una despedida. Dichas en el momento preciso en que se cruza el umbral y se asume un modo de existencia transitorio. Las recuerdo a menudo. Se dicen y se escriben en apenas un instante, y ese instante quedará inmediatamente sepultado en la eternidad. La vida es umbral. El instante es umbral. Cada encuentro es bienvenida y despedida. También esto será olvido. Pero hasta entonces, cobijémonos con toda la gravedad de la vida, hasta el borde de nuestro anhelo.



lunes, noviembre 30, 2020

Il n'eut plus son ange


Elévate tras las cosas como llama / que tu sombra se desenvuelva / cúbreme siempre por entero

Hinter den Dinge wachse als Brand / dass ihre Schatten ausgespannt / immer mich ganz bedecken
—Rilke R. M. Stundenbuch.
 
Con que fuese sólo un tanto más supersticioso, diría que hay libros que proyectan largas sombras, haunted books. Volví a leer La sonata a Kreutzer de Tolstoi y soñé contigo como la primera vez. Una semana después discutí largo rato sobre el libro. Esa noche de nuevo tu llama se encendió detrás del mundo, proyectando largas sombras que me cubrieron por entero. Soñé que te escribía una carta. La última. Acaso lo haré pronto. Ya veremos. No soy supersticioso.
 
 
 —Georges de La Tour. José el Carpintero (1645). Musée du Louvre—
 
 
Supersticiones y sombras a parte —o encima— recuerdo que en la casa de Victor Hugo, la de Place des Vosges en París, hay un cuarto oscuro donde la única luz se posa sobre una distante y diminuta calavera. Acaso fuera una exposición temporal que tuve la suerte de ver porque no me imagino a Hugo obligando a sus visitas a pasar por la tenebrosa habitación, vaya uno a saber. Es que hasta donde me da la memoria, uno tiene que pasar por esa habitación para llegar al estudio donde exhiben los manuscritos y primeras ediciones de Los miserables en vitrina. Aunque tampoco me sorprendería la presencia de ese memento mori permanente en una habitación de un tipo genial como Hugo, siempre consciente de que ninguna pasión es pura.
 


 
 
Para ejemplo basta recordar que una de tantas escenas memorables en la gran obra de Hugo ocurre al principio de Saint Denis; es decir, la cuarta parte de Los miserables. En el episodio titulado La casa secreta, nos encontramos otra vez con Valjean y Cosette después de una larga ausencia en que vivieron al amparo de los muros de un convento. Encontramos a Valjean viviendo con su hija adoptiva en una casa de la rue Plumet y se nos explica por qué dejaron atrás la seguridad del convento donde Valjean era tan feliz que no podía tener la consciencia tranquila.

Nada hacía tan feliz a Valjean como tener a Cosette a su lado, con la certeza de que era suya y nada ni nadie podría apartarla de él. Es esta última parte la que echa sombra sobre la felicidad contaminándola. Sin duda, Valjean siente un afecto paternal por Cosette, pero su amor no es únicamente paternal. Al contrario, tiene otros confusos componentes que ya antes nos ha explicado el narrador: su amor es el de un hombre bueno, sin esposa y que estuvo preso durante diecinueve años. Esta prolongada e involuntaria castidad echa sombra sobre el amor de Jean Valjean sin corromperlo. No obstante, perturba su consciencia.

De pronto el amor, por puro y desinteresado que sea, se enturbia con ánimo de apropiación: “era suya y nada ni nadie podría apartarla de él”. Cuando la felicidad está emparentada con el amor y éste a su vez con la ambición o la propiedad, todo se tuerce y enturbia. Por eso Valjean se pregunta si su felicidad no estará construida a costa de apropiarse sin derecho de Cosette, robándole así toda felicidad posible, desvalijándola como ratero a media noche, sin que ella pueda saber que algo le falta sino hasta muy tarde, cuando ya la pérdida sea irreparable. Es que él se retiró o huyó del mundo tras conocerlo plenamente, después de vivir en él como pobre, convicto, millonario y prófugo. Cosette en cambio estaba encerrada en el convento sin conocer apenas otra forma de vida, sin una elección consciente, sino a consecuencia de su vínculo con Valjean. Aprovecharse de esa inocencia, piensa Valjean, es privarla de todo aquello que nos hace humanos. Para ser libres es preciso escoger y una elección a ciegas es sólo simulacro.  Así, la felicidad de Valjean en el convento sólo puede prolongarse si causa a Cosette un daño irreparable. Para que su amor le haga feliz, Valjean necesita traicionarlo. Como auténtico héroe de la resignación infinita, Valjean prefiere renunciar a su felicidad para permitir que Cosette pueda vivir tanto como sea posible y entonces decida si quiere o no quedarse cerca de su azaroso padre adoptivo. Por eso sale del convento, por eso viven en la rue Plumet.

No sé si el resultado de esta decisión puede considerarse un éxito. Cosette vive y se casa con Marius, pero no deja de amar a Valjean. Sin embargo, éste decide otra vez apartarse por bien de la niña. Además hay un malentendido con Marius y el viejo héroe apenas sobrevive en un sótano, enfermo y solo. Cosette ni siquiera entiende por qué su padre está lejos, ella no deja de buscarlo y quererlo cerca. He ahí otra forma en que se enturbia todo porque los que aman privan de decisión a la supuesta amada. Quizá por eso Valjean no vuelve a ver a Cosette hasta la última hora. Omnes vulnerant postuma necat. La narración nos dice que Valjean muere feliz en ese breve encuentro, pero su epitafio cuenta otra historia: Il vivait. Il mourut quand il n'eut plus son ange; La chose simplement d'elle-même arriva, Comme la nuit se fait lorsque le jour s'en va.
 
Esta complejidad en el amor de Valjean y Cosette también me persigue como un mal encantamiento, cuyo conjuro fuera ese epitafio. Es que acaso la única prueba de amor es hacer como Valjean. Amar es apartarse poco a poco  de forma natural hasta morir como la noche llega al terminar el día. Amar es descender al crepúsculo de un sótano apenas iluminado por el recuerdo y morir de nostalgia. El amor es como una rabia en que el paciente no puede sino huir y rechazar aquello que podría curarle. Acaso Kierkegaard estaría de acuerdo en que Valjean es el caballero de la resignación infinita, cuya pasión es paradoja y desesperación. Carecer de esperanza es la clave paradójica de una existencia bien vivida. Escoger la nada por ninguna razón, desde la propia e indecible desesperación. Reconocer que estamos separados por el universo entero. Cuando ardemos con mayor intensidad, son más largas y oscuras las sombras que proyectamos en la vida del otro. Para amarles, es indispensable ya no tener a nuestros ángeles.

Quizá escriba una última carta en imitación de Valjean. Acaso sea en imitación a Rilke y no sea la última. No soy supersticioso.

Lass nicht von mir trennen
Nah ist das Land
das sie das Leben nennen


sábado, octubre 31, 2020

Siempre demasiado tarde


Demasiado tarde mis ojos se abrieron a la luz... demasiado tarde conocí el arrepentimiento, demasiado tarde conocí la caridad, demasiado tarde, en fin, comprendí esas palabras divinas de aquel a quien ultrajé, esas palabras que deberían ser la ley de la humanidad toda entera: amaos los unos a los otros.

—Eugène Sue. El judío errante.



De acuerdo con la leyenda, Cristo caminaba rumbo al Gólgota con su cruz a cuestas cuando se detuvo ante la puerta de un zapatero judío que trabajaba en su banco de piedra. Jesús le pidió prestado el banco para descansar un instante y el zapatero se negó; camina, le dijo al condenado, camina. En una reacción bastante poco característica, el crucificado castigó esta crueldad del zapatero condenándolo a caminar sin descanso hasta el fin de los tiempos: “Y tú caminarás sin cesar hasta la redención; así lo quiere el Señor que está en los cielos”.



— La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —

 


En la versión de Eugène Sue, la crueldad del zapatero se explica porque se trata de un hombre cansado, agobiado por las desgracias de la pobreza, la crueldad de los romanos, del trabajo, la explotación y la vida familiar menos que armónica. El castigo que, desde una visión canónica de la figura de Cristo, ya parece desmedido y poco característico, se vuelve así una acción alevosa y hasta salvaje, similar a la de esas hadas y brujos que tendían celadas a los campesinos pidiendo caridad y maldiciendo a quienes no estaban de ánimos para cumplirles el capricho de aquello que podían obtener con magia. Por lo demás, la maldición del Judío Errante no se limita a la vida eterna en marcha sin descanso. Eso sería muy poco. Resulta que encima, por ahí por donde pasa el condenado, se desata la peste del cólera.

 
La desmedida crueldad inútil que ejerce un ser todopoderoso sobre personas normales con indiferencia plena hacia sus luchas existenciales y sus irremediables sufrimientos ilustra con claridad lo que el autor pensaba sobre el uso y abuso de la doctrina cristiana en su época. Se ensaña maravillosamente con los jesuitas porque, si hacemos caso de la investigación de Sue, quien cita fuentes, textos y demás evidencias hisotoriográficas, fueron ellos quienes inventaron todos los mecanismos que siglos después, tendemos a identificar con regímenes totalitarios como los de la Unión Soviética y la Alemania Nazi: la dominación ideológica a través de la manipulación, la vigilancia, la policía secreta, el chantaje y la delación. La crítica de Sue nos hace ver que cualquier ideología puede convertirse en totalitarismo, si se aplican los métodos adecuados, si los ideólogos están dispuestos. Cualquier ideología que exige sujetos dóciles como cadáveres, que no cuestionan, que no ponen en duda sus propios principios, termina en lo mismo. Y el pretexto puede ser tan contrario al método como el mensaje central del cristianismo: amaos los unos a los otros.

 
La novela fue incluida en el infame Index liberorum prohibitorum, señal casi inequívoca de que Sue se acercaba peligrosamente a una verdad incómoda: la fe ciega hace pensar que el fin justifica los medios, que cualquier acción empleada en nombre de una ideología bella, se encuentra por consecuencia justificada. Y que para cuando los ideólogos, los zealotes y los creyentes se dan cuenta de la traición que cometen respecto del mensaje en el que creen, es siempre demasiado tarde.

 
La trama sigue a los descendientes del Judío Errante, quienes tienen derecho a una herencia de riquezas fabulosas gracias a los buenos oficios y la intervención del inmortal en los asuntos familiares. Los jesuitas emplean todos los medios y trampas a su disposición para apoderarse de esa herencia. Sus métodos nos son extrañamente familiares; así por ejemplo, consiguen encerrar en un manicomio a una de las herederas porque, de acuerdo con la sociedad de su tiempo, que una mujer quiera vivir en casa propia y sin marido, era señal incontestable de inestabilidad mental. Situación a la que sigue un giro más aterrador si se puede imaginar, digno de una novela de horror psicológico a la Pierre Lemaitre. Acciones así de horrorosas y otras peores, se emprenden, por supuesto, en nombre de la caridad cristiana y el amor al prójimo. En cuestiones como esta, la novela de Sue trata problemas contemporáneos de manera centrada y clara. No sé si interpretarlo como que Sue estaba iluminado y adelantado a su tiempo, o si es que no hemos avanzado un ápice en este pinche mundo. Como sea, también preconiza un recurso literario muy celebrado en nuestros tiempos: el giro inesperado. Cosa que no ocurre una, sino dos veces en la trama. Y ambas, de manera magistral, soberbia.

 
Me resisto a revelar los dos giros inesperados y soberbios en la historia. Pero ambos ilustran que Eugène Sue tenía una visión del mundo acabada y digna de contarse entre los desesperados más influyentes como Zapffe, David Benatar, Thomas Ligotti y Schopenhauer. En el Judío Errante, Sue nos propone la muerte como horizonte de interpretación. Ante el hecho de la muerte, toda empresa humana resulta superflua y esto significa que ningún sacrificio, ninguna crueldad, ningún daño al prójimo está justificado, con independencia de la ideología en que quiera escudarse. Por otro lado, si la vida es un caminar sin rumbo hasta la redención, no hay alivio ni paz, sino en la muerte. La muerte es la redención. Esto se debe a que nuestra existencia está cercada por la imposibilidad material de vivir sin ceder. Su personaje inmortal esparce la muerte a su paso, los mortales multiplican la desgracia. Para vivir hay que ceder y es preciso comprometerse: los jesuitas traicionan el mandamiento en aras del propio mandamiento; los pobres venden su vida para conservarla, el zapatero judío se vuelve cruel porque el mundo ha sido cruel con él, el Cristo de la leyenda tiene un desplante porque el mundo le ha colmado el vaso. Nadie puede existir en vida sin ceder, eso es todo. Por eso el arrepentimiento llega siempre demasiado tarde: se sabe que se ha obrado mal, se sabe que pudo actuarse mejor, pero es materialmente imposible no haber cedido. La vida misma es arrepentimiento. Si la redención ocurrirá hasta la muerte o después de ella, no hay modo de expiar el arrepentimiento en vida. Siempre es demasiado tarde.

 


— La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —