viernes, octubre 29, 2021

Différend

Decía yo que el recuerdo amoroso tiene que defenderse contra el mundo y contra el impulso de olvido. Así recordaba la trama de Extremely Loud and Incredibly Close (2011): como la narración del esfuerzo heróico de un niño por mantenerse fiel al recuerdo de su padre muerto. La memoria al respecto era vaga, puramente emocional. Los detalles de la trama se me escaparon de la conciencia con los años, pero mantenía viva la emoción compleja que prueba la especularidad de todo texto. Qué patada emocional me he llevado ahora que volví a mirar la peli. Cualquiera diría que era de esperarse si explico que me decidí a verla de nuevo mientras leía sobre la teoría del  différend de Lyotard.



La teoría de Lyotard es bellamente enrevesada, pero me emociona porque da lugar a una narración sobre el absurdo, a la paradoja de hablar de lo que ocurre cuando el lenguaje se vuelve inútil. Para resumirlo de una manera un tanto crasa, el diferendo es un hecho: ocurre cuando una persona que ha sufrido un mal o un daño, no puede apelar a la autoridad o la sociedad para que se le de solución o consuelo porque el mero acto de nombrar el daño que ha sufrido vulnera alguna prohibición o le causaría un nuevo perjuicio. Hablar de lo perdido reduplicaría el daño sobre esa persona y, en ocasiones, sobre otras.



Creo que Lyotard usa la palabra víctima, pero yo la omito a propósito porque ante la causalidad ciega que son los hechos del mundo, no podemos ser víctimas. Visto así, el mundo es  un fracaso existencial que entorpece o anula la comunicación porque la palabra es evidencia de un malentendido esencial que no puede superarse con lenguaje. Quizá no siempre y en todo lugar sea este el caso, pero la premisa de Extremely Loud, puede resumirse en que habitar el mundo es un perpetuo différend.

Esto es lo que había olvidado de la trama, el punto crucial: Oskar se apodera de la contestadora telefónica porque ahí queda el último vestigio de su padre. Ahí están grabadas las últimas palabras que dijo antes de morir en las torres gemelas el 9/11. El hecho es que Oskar estaba en casa, pudo haber levantado el teléfono y responderle a su padre. Escogió no hacerlo. No le dijo "aquí estoy" a esa voz desesperada y temerosa que preguntaba desde el borde de la muerte "are you there?".

Al llegar a esa escena, pensé: "te vas a ir al infierno Oskar... Porque no levantaste el teléfono y toda la vida desearás haberlo hecho. Porque no puedes hablar de esto con nadie, ni puedes compartir esos últimos mensajes de papá con nadie. Porque la memoria se pierde y se hace falsa cuando sólo tú recuerdas..."

La historia me da la razón, porque Oskar intenta comunicarse cuando pretende compartir los mensajes del padre y eso no acaba bien. En ese intento queda otra vez solo, acaso más que antes, porque pierde al incipiente amigo que descubrió en el  viejito mudo. El infierno se define como différend: Oskar lo ha perdido todo y no puede siquiera pedir ayuda o consuleo porque mencionar el modo en que ocurrió su pérdida hará que todo termine peor para él y para quienes lo escuchen.

Hay un irónico intento de consuelo cuando Oskar le cuenta la historia completa a Mr. Black, quien inmediatamente lo perdona. Es irónico porque sólo puede perdonarse a quien es culpable y, bajo esa lógica, su consuelo es también tortura. Lo que dice Mr. Black es puro sinsentido. No puede perdonar a Oskar porque no entiende nada. Es que perdonar implica, en algún sentido, conocer el bien y el mal y colocar al acusado en el sitio apropiado en este juicio dual. Pero, ¿qué debió haber hecho Oskar? ¿Se equivocó? Ambas, ninguna. Si hubiese respondido el teléfono nada habría cambiado. Habrá quien opine que por lo menos se habría mitigado la soledad y la desesperación del padre. Pero también puede pensarse que escuchar la voz amada cuando ya no es sino vestigio, multiplica la soledad y la distancia. No se muere uno más o menos porque haya una voz al otro lado de la línea. En el momento de morir, nadie puede acompañarnos. No contamos ni siquiera con nosotros mismos.

Oskar está condenado al silencio porque no sólo ha perdido a su padre y con él al mundo, sino también la posibilidad misma de hablar. El niño no sabe bien lo que ha pasado y no puede entenderlo. No hay palabras que puedan responder a su incertidumbre y a su tristeza. Entregarse a la opinión ajena implica otra incomprensible desesperación: si me perdonan soy culpable y la única persona a quien quisiera pedir perdón ya no está para otorgarlo. Si, me castigan... Si me dicen que he hecho lo correcto... De lo que no puede hablarse, es mejor callar.

Directo al infierno. Lo sucedido está terminado. Y el lenguaje no alcanza para abarcarlo y menos para dar consuelo. Cada palabra lacera un poco más. En el juicio final que es el mundo, la condena es universal. Nos vemos en el infierno.

jueves, septiembre 30, 2021

Lo imposible



Bienaventurado el amoroso, porque todo lo espera: espera, hasta el último instante, la posibilidad del bien para el que está más perdido.
‑Soren Kierkegaard


El otro día, por un arranque de nostalgia y masoquismo, quise ver de nuevo Lo imposible (2012), aquella peli sobre el tsunami que golpeó Tailandia. Festival de sufrimiento e incertidumbre que está asociado en mi memoria con Extremely Loud and Incredibly Close (2011). Creo que el impulso de visitar de nuevo esas historias se debe a una referencia leída al azar sobre The History of Love de Nicole Krauss. Esos dos filmes funcionan como ancla a un momento específico y largo de mi historia, en que todavía traía abierta la herida o el arma clavada en el alma. La herida sigue ahí, porque eso no pasa, pero por lo menos ya ha dejado de sangrar. Si tuviera que darle un nombre a esa herida, haría eco de Osamu Dazai y diría que era la de sentirme siempre indigno de ser humano, la costumbre sostenida de considerarme reprobable. En esa época, las tardes de fin de semana fueron siempre un bálsamo, mirando buen cine (y a veces también mal cine) en familia.




A veces resulta que algunas de esas películas no las vi en familia, ni por la tarde de fin de semana, o eso dice mi hermano, pero lo mismo da, porque la emoción y el bálsamo están en la memoria. El fantasma de la familia mirando The Impossible un fin de semana está ahí, lo mismo que las emociones que evocan historias como esa, emociones que están siempre vinculadas con las manos protectoras de papá y mamá. A primera vista Lo imposible y Tan fuerte y tan cerca tinen pocos puntos en común, pero la palabra puede igualarlo todo, basta con crear una categoría suficientemente abstracta. Creo que ambos filmes tratan sobre la desaparición y la búsqueda de personas queridas. Quizá la medida del amor es la pérdida, pero su condición de subsistencia es la espera. Quizá.


     

En Lo imposible, que vi hace un par de semanas, la desgracia colectiva e inevitable causa desaparición y ausencia. La enorme ola no sólo deja destrucción a su paso, sino también el eco sordo de un vacío que no puede llenarse porque ninguna palabra es bastante para hacerle frente. Hay incertidumbre, hay angustia. El saber y la representación quedan anulados por completo ante un silencio así. Las personas ausentes están y no están y ese no-saber que las rodea es una señal paradójica que significa, simultáneamente, vida, muerte, y todos los intersticios que van de una a otra. La incertidumbre es el espacio de la verdadera fe, su tierra fértil, su condición de posibilidad. Los casos de esos filmes son extremos, pero la lección también funciona para la vida cotidiana: los amigos de juegos en línea que de pronto dejan de conectarse un día, los pen pals de antaño, las personas queridas que viven en algún sitio distante y cuyos correos electrónicos o mensajes instantáneos dejan de llegar sin explicación ni preámbulo, los perfiles de redes sociales que se borran sin despedida. Desaparecen y uno ya no tiene manera de buscarles, pero espera. Espera siempre. Y ahí surge la fe.

     Quiero pensar en la fe como una elección. Uno tiene que elegir cómo vivirá en presencia de esa duda, de esa incertidumbre. Y tiene que elegir sin asideros, justificaciones ni excusas. Me pongo un tanto kierkergaardiano, pero pido paciencia. A veces uno cree que el silencio es evidencia de la nada, manifestación de la muerte, certeza de un desprecio o un abandono tan cruel que ni siquiera deja lugar para la despedida. Hay a quien esto le parece evidente, pero olvida que es lo que elige creer, pues el silencio no es señal alguna, es vacío que atrae, pero nunca sustancia. Otras veces, uno cree que la desaparición es mera circunstancia, una ausencia accidental de duración indeterminada a la que seguirá la presencia como sigue el sol a la noche. Una ausencia no es desaparición, y los ausentes siempre vuelven. En ese caso el silencio tampoco es evidencia porque la muerte, el desprecio, la aniquilación y cualquier otro hecho, deben probar su existencia. Esta postura también es una elección y una fe: porque la vida, el afecto y la existencia misma también deben probarse.

     Así, los desaparecidos del tsunami están vivos y muertos hasta en tanto no se pruebe lo contrario; su continuada existencia en el corazón que les espera depende únicamente de la elección quien ama y espera. En el mismo sentido, el amor es puro hasta en tanto se demuestre la traición de forma irrefutable. Pero también el opuesto es verdadero: la traición está consumada hasta en tanto no se haya probado la fidelidad más allá de toda duda. Cuando lo piensa uno con calma, ninguna de esas pruebas fehacientes e incontestables puede darse, ni siquiera son pensables en lo concreto, son meras abstracciones falsas. Y nos devuelven al mundo de la fe. Elegimos y creemos aquello en lo que elegimos con independencia total de cualquier evidencia, porque la evidencia nada prueba: el silencio y la ausencia son sólo el abismo de la infinita posibilidad.

     Hace nueve o diez años, mientras miraba aquellas dos películas ‑en familia o no, porque la memoria tampoco es evidencia indiscutible, monsieur Pyotr Bålsäck‑ todavía era incapaz de comprender esto que ahora veo tan claro. Sin embargo, la experiencia hacía de éste, un problema central para mi existencia, acaso una de las determinaciones esenciales que me han hecho llegar a ser quien soy. Era necesario que yo explorase el vértigo de la desaparición o de la ausencia hasta la náusea y por eso las historias que ahora recuerdo se me quedaron bien presentes en el corazón y en la memoria emocional. Hoy día, sigo sin estar seguro de haber entendido bien a vida y las ausencias, pero el dolor que me embargó la otra noche mientras veía Lo imposible fue distinto al tan acostumbrado dolor de aquella herida que no sanaba. Más bien algo de nostalgia por aquella arma, la herida que causó y por su dolor. Ya no sentía la acuciante pena de los personajes y la de cada persona que pasó por aquella tragedia, pero la recordaba, sabía que un día volverá a ser mi turno.

     Al final todo escrito es una carta encubierta. Sabes que cada letra de esta reflexión lleva tu nombre, Lejana. Y ahora has de saber que todos los días emprendo esa batalla que describía Kierkegaard, en defensa del amor y la memoria: “El recuerdo amoroso […] tiene que defenderse contra la realidad circundante, no sea que ésta, gracias a impresiones siempre nuevas, consiga poder absoluto para aniquilar el recuerdo. Y tiene que defenderse del tiempo. En una palabra, uno tiene que defender su libertad de recordar contra aquello que pretende compelerlo a que olvide”. Lo mismo da el silencio y tu desaparición. Porque en mi espera te llevo y te salvo. Siempre.

martes, agosto 31, 2021

Postales de la pereza

 

 

 

Existe una clase de personas muertas en vida, vulgares, que apenas son conscientes de estar vivos si no ejercen alguna ocupación convencional. Llevaos a esos tipos al campo o subidlos a un barco, y veréis como anhelan su escritorio o su despacho. No tienen ninguna curiosidad, no pueden entregarse a estímulos azarosos, no disfrutan con el ejercicio de sus facultades por el mero placer de hacerlo y, a no ser que la Necesidad la emprenda a palos con ellos, incluso se quedarán quietos.
—R. L. Stevenson. Apología de la pereza.


Trabajo de manera casi ininterrumpida desde los dieciocho años. Un par de enfermedades graves y algunos meses entre trabajos a principios de mis veintes, cuando todavía era estudiante, fueron mis únicos períodos de desempleo. A veces suena como el relato de una vida afortunada, a la que nunca le ha faltado salario. Otras veces me parece una condena, un menoscabo, habiendo tantas cosas maravillosas que puede uno hacer con el tiempo libre. Dejo para el final la posibilidad más horrible: que se trate de un escape porque muy en el fondo, no soy más que uno de esos tipos muertos en vida de los que habla Stevenson, que no saben estar lejos del escritorio y las órdenes y la rutina.

        De acuerdo con Marcuse, quien parece estar de acuerdo con Stevenson «La necesidad de trabajar es un síntoma neurótico. Es una tarea. Es un intento de hacer que uno mismo se sienta valioso inclusive cuando no hay ninguna necesidad particular de que uno trabaje». Así que la situación excepcional de las últimas dos semanas, que estuve desempleado, me han dado para reflexionar sobre si estoy o no neurótico o muerto en vida... Al final creo que soy un tipo normal, que tiene que trabajar, porque le gusta comprar libros, porque tiene que conseguirles espacio a esos pequeños huérfanos de papel y tinta. Comparto unas postales del camino.
 
 
—Ojalá estuviera ahí disfrutando de una vida desocupada—
 
 
 
 
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Una tarde, encuentro la vida misma al visitar la librería sin prisas, sin tener que llegar o volver a la oficina. Ese gusto de mis años de estudiante en que al salir de la facultad me paseaba por todas las librerías de ocasión del barrio universitario. Esas librerías fueron desapareciendo poco a poco hasta que abrió la del Gato Literato, heredera de esa tradición, del espíritu del 99 y de incontables volúmenes. Que no se agote el elogio de espacios así, donde uno encuentra libros, amistades y bienvenida. Unas chelas, un vino, un café. Cosas que parecen imposibles cuando uno está encadenado al escritorio.


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Ánimas por la notoria determinación  de mirar por primera vez a una persona, conocerla y sentir que el mundo entero se detiene. Sound of the drums / Beating in my heart / The thunder of guns. No sé si es cosa de tener tiempo y vida libre para salir del mismo edificio y el mismo rumbo de toda la vida. Pero de pronto un rostro llama a tus ojos. Es imposible apartar la mirada, como si la gravedad del sitio y de la vida misma hubiese cambiado su centro. Un vacío de aire. Estamos experimentando una pérdida de presión en la cabina. Es preciso asumir posiciones de impacto. La última vez que pasó algo así, acabaste suicida.... Thunderstruck. Una charla, un espacio compartido. Y soñar y pensar y esperar. Acaso, quizá, ojalá volveremos a vernos. Still she haunts me, phantomwise.

 
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El hogar es un monstruo que requiere atención constante y minuciosa para una infinidad de aspectos que uno sólo es capaz de ignorar porque lleva prisa para llegar al trabajo. Porque tiene que privilegiar lo absolutamente impostergable e ignorar cada desperfecto hasta que no caiga dentro de esa categoría que no admite excusa. El hogar es por eso mismo un gusto que no acaba: siempre hay algo qué hacer, siempre puede arreglarse un poco más acorde con el gusto y la comodidad, siempre hay un detalle extra para hacerlo más propio, habitarlo mejor. Ese estado mental sólo es posible cuando otras preocupaciones, como las horas de tráfico, las prisas, el cansancio, han desaparecido.

 
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Los encuentros sin planeación ni horario fijo. Sean virtuales o presenciales, esa despreocupación les da un gusto distinto, una libertad, son encuentros que no están mutilados por la necesidad de volver, de llegar a tiempo, de contar las horas de sueño como un barómetro para el sufrimiento oficinesco al día siguiente.

 
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Una caminata larga a solas o en buena compañía, casi como una postal. Se puede perfectamente pasar la tarde caminando bajo un cielo cubierto de nubes. Pensando en nada, charlando, planeando el próximo capítulo, un cuento, un ensayo, una investigación nueva.

 
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Leer, por supuesto, como no has leído en años. Sin fijarte en el reloj, hasta donde den el cuerpo, o la mente, o la trama de la novela. Leer con un café, un vino o nada. Leer libremente porque hay tiempo para todo. Porque el tiempo es largo.

 
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El asombro, la gratitud, al escuchar esa voz que te dice, al otro lado de la línea, de forma inesperada y azarosa, que es hora de volver a pensarlo todo, porque hay una oportunidad de trabajo...

viernes, julio 30, 2021

La espuma de los días

 
 
 
Hace tantos años que parece ya otra vida, ella le recomendó leer La espuma de los días. Él tuvo siempre dudas para emprender la lectura: por una parte no podía o no quería imaginar lo que encontraría en ese texto. Es que las recomendaciones en pareja siempre tienden a leerse como mensaje cifrado. Una recomendación así no surge del mero interés en que se lea el libro, sino de compartir lo que esa lectura significa, lo que está más allá del lenguaje que usamos, lo que se esconde en palabras ajenas. Por otra parte, ella se fue antes que él pudiera siquiera conseguir la novela de Vian. No fue una sorpresa, él supo siempre que ella se iría, pero cuando sucedió, le pareció demasiado pronto. Así que leer La espuma de los días siempre le parecía inoportuno, tardío. Un mensaje que ya no podría descifrarse, un encuentro que ya jamás tendría lugar.
 
—Preciosa adaptación dirigida por Michel Gondry—
 
Aunque la nostalgia y la tristeza siempre permanecen iguales, muchos años más tarde, al fin encontró el valor o la desesperación que hacían falta. Acaso leer La espuma de los días era algo como un intento final, fallido de antemano, por reconciliarse con el hecho insoslayable de la ausencia. Porque al final de todo, los afectos no se miden, y sería absurdo que lo hicieran, por su ausencia o su presencia. Qué raro amor aquél que desapareciera al perderse de vista al objeto o la persona amada. Y sin embargo, cosas así pasan todos los días. Hay quien sólo se involucra con aquello que se ajusta a su voluntad o a su deseo. Algo así pensaba él mientras abría el libro y pasaba las páginas sin orden. ¿Qué relación entre la cercanía y el afecto? Ella se fue y es todo. «Las cosas cambian, las personas permanecen siempre iguales», dice Vian. Y tiene razón, piensa él, nosotros seguimos los mismos, habrá cambiado nuestra posición física en el espacio, las condiciones de coexistencia, pero somos quienes somos. No podemos ser alguien más.
 
Termina de leer y piensa que, de haberlo leído entonces, cuando estaban cerca, habría sido incapaz de comprender a Boris Vian. Era preciso que esperara para leerlo. Porque las cosas cambian, aunque las personas no lo hagan. El mensaje o trama o sentido trágico de la Espuma de los días se encuentra sepultado por el registro surrealista en que está escrito. Eso puede verlo ahora y, si tuviera que decirlo en una frase, diría que la novela entera es una demostración clara y desesperada de que no importa qué tan lejos pretendamos fugarnos de la mutabilidad en el mundo, siempre habrá de alcanzarnos.
 



La novela empieza con una voluntad de luz arrolladora. A primera vista, aparece que es esa voluntad la que insufla al mundo de su luz, dándole una cualidad espumosa, casi tangible. El alma de los personajes es benevolencia que avasalla al mundo y se ejerce sin oposición. Como si la voluntad cambiara al mundo. Contrario a lo que pensamos en la realidad cotidiana, que el mundo hace mudar a nuestra voluntad. Así por ejemplo, el protagonista está decidido a amar y el universo cede: encuentra a Chloé, que parece una materialización de la luz conjurada por el deseo surreal de Colin. Todo es posible en un mundo así, desde pescar anguilas en la tubería hasta mirar la muerte en una pista de hielo como un hecho sin importancia. Incluso viajar sobre las nubes. Porque el personaje es amor y ese amor se impone al mundo.

Sin embargo, y de forma gradual, la luz se va apartando de la existencia y todo ocurre como consecuencia de ese atardecer. Los sucesos son cada vez más sombríos y se siguen unos a otros sin tregua. Llegan a ser indeciblemente oscuros.

La pregunta que tenemos que hacernos conforme a nuestra suposición original es si la luz se extingue porque los personajes han cambiado. Esto implica también la posibilidad inversa, es decir, que es el mundo el que ha cambiado, y la tragedia ocurre porque los personajes no se transforman en sintonía con la circunstancia. La duda misma es una sombra que parece salir de las páginas y echarse sobre nosotros. Acaso Colin y Chloé pudieron disfrutar su felicidad un rato porque, por una casualidad indecible, las cosas se encontraban en un estado idóneo para ello. Pero las cosas cambian y si el amor permanece igual, deviene en una trampa insoportable. Es posible que nuestro cuerpo sea una de esas cosas que cambian. Un objeto que no coincide del todo con la identidad. El cuerpo accidental, mutable, perecedero.

Le parece que la novela se configura en torno a esta última opción. Las cosas cambian, las personas permanecen. Colin, Chloé y todo el resto tienen las mismas ambiciones, gustos y expectativas, mientras los objetos a su alrededor se modifican. La cantidad de dinero disponible, por ejemplo, o el desarrollo natural de un nenúfar, capaz de cambiar su hábitat en consonancia con su inestabilidad objetiva. Es así que cuando lo que espero ya no es compatible con la configuración de la existencia material, lo pierdo todo aunque nunca haya poseído nada. Los personajes son como quienes mueren de nostalgia por querer encontrarse al sol en medio de la noche. La novela es eso: un anochecer que llega objetivamente, mientras los sujetos permanecen siempre dependientes de la luz.

Él piensa que su nostalgia y su ternura le hicieron más difícil todavía la lectura del último tramo de La espuma de los días. Con qué fuerza y necedad, piensa, nos queremos oponer a la llegada del ocaso y de la noche. Trabajamos incesantes y sin fruto en ello. Aunque la llegada de la oscuridad nos parezca inesperada e impensable, es una noticia que sabíamos de antemano, un acotencimiento que no puede negarse. Llegará la noche. La noche siempre ha estado aquí.

Terminada la novela, intenta imaginar un mundo en que lo opuesto fuera posible. Que las personas cambiaran al ritmo de la existencia. Que Chloé y Colin hubiesen disfrutado cada instante del ocaso hasta llegar a la tiniebla y ser felices también ahí. Su desgracia consiste en ese imposible aferrarse a la permanencia y la esperanza, esa desesperación que niega la posibilidad misma de felicidad o de sosiego.

Las personas permanecen iguales. Neciamente iguales. Cuando el amor enferma, exigimos que se comporte como antes. Cuando alguien se va, continuamos deseando su presencia. Así nos llenamos el corazón de ausencia y de tristeza. Las cosas cambian, nuestro cuerpo accidental está sujeto a las mismas reglas: cambia de lugar, se transforma, se extingue. Como todo el resto.

Llegado a este punto, no sabe bien qué es lo que quiere decir. Qué le diría a ella si estuviera ahí presente para comentar La espuma de los días con un café, una copa de vino y todo el resto. Quizá le diría que ahora entiende, después de todo este tiempo, que es preciso apreciar la luz cuando está presente. Que ahora lo entiende: a veces el mundo es fértil para sueños y deseos y felicidad, pero no siempre. Hay tiempos en que los objetos y los días se organizan a manera de espuma que materializa nuestros sueños. Pero la espuma es frágil y mutable, desaparecerá sin falta. Es posible, le díria, que nos conociéramos cuando la existencia no estaba en el punto de madurez necesario para que fuéramos posibles. Pedíamos luz ahí donde el amanecer aún no había llegado. Pero los objetos cambian, mientras las personas permanecemos iguales. Yo sigo el mismo, le diría, pensando en ti, en tus libros, en conversaciones que no tendrán lugar jamás. ¿Cómo descubrir si ha llegado al fin la luz que nos hará posibles? Y si esa luz existe, ¿estaremos desperdiciándola así, tan lejos? El día se acaba, seguirá el crepúsculo, la tiniebla. Quisiera encontrarte justo a tiempo, al amparo de la luz.

miércoles, junio 30, 2021

Julio Verne

 

 

Las minuciosidades, por exactas que sean, no constituyen una certeza, y se ha notado que generalmente la mentira se apoya en la precisión de los pormenores. 
—Julio Verne. Los hijos del capitán Grant
 

 

 

Hace más o menos un año que empecé con la tarea minuciosa y entretenida de leer, una a una, todas las novelas y las historias que escribiera Julio Verne, además de  aquellas que se le atribuyen aunque no las haya escrito. La primera parte de este periplo en torno a la obra del  escritor nativo de Nantes, me ha dado una impresión directa de relatos que hasta ahora conocía sólo de segunda mano. Así por ejemplo, De la tierra a la luna me era hasta el momento más familiar por las escenas del perdido filme de Méliès y sus ecos en otras obras como los viajes del Barón Munchausen y la maravillosa Invención de Hugo Cabaret. Nunca podrá decirse suficiente sobre el modo en que ese volver al origen de un mito, de una idea, devuelve la luz a lo que estaba opacado por el lugar común. 
 
     Hace un par de semanas leí Veinte mil leguas de viaje submarino, y fue una experiencia un tanto extraña, confusa. El libro es maravilloso, sin duda, pero leerlo causó algo como el efecto Mandela en la memoria de mi vida. Pasaba las páginas y disfrutaba la trama sin ser capaz de decir a ciencia cierta si había leído antes esa novela. Con todo, le tengo un cariño especial y mientras leía, podía también reconocer esos ecos y referencias que me llegaron desde otras obras e historias pero, al mismo tiempo, había algo más, una sensación de familiaridad y de extrañeza, como venida de otra vida u otro plano existencial. Tuve que hacer una buena revisión a la biblioteca para determinar que nunca antes había poseído ni leído ese libro de Verne. Siempre había deseado leerlo, pero hasta ahí.
 
—El capitán Nemo listo para la batalla—
 

Haciendo memoria, me di cuenta de que esa sensación de familiaridad incompleta con la trama, viene de la infancia. No sé qué año sería, pero entonces las películas las veíamos en formato Beta, y una tarde, un fin de semana, papá compró una película animada: Veinte mil leguas de viaje submarino. A pesar de mis mejores esfuerzos, no he podido conseguir esa versión animada, ni he podido determinar en qué año se produjo o quién la hizo. Pero pienso en esa película y, deformada por la memoria, entre brumas de pasado, es y siempre será una de mis favoritas. Por eso leer la novela me tocó tantas fibras sensibles. De la infancia, son Veinte mil leguas de viaje submarino y La isla del tesoro, los dos caminos por los que papá y mamá me llevaron de la mano a los libros, a quien ahora soy.
 
     Quizá para ellos, para mi familia entera, esas dos historias de animación que anteceden en mi memoria a los libros, son detalles más bien inadvertidos. No sé si convertí Veinte mil leguas en una de esas obsesiones infantiles que uno insiste en ver una y otra vez. Probablemente no, porque acaparar el tiempo ante la televisión era, en esa época, un proceso más bien complicado, improbable. Pero las ganas de repetir estaban ahí y tengo en la memoria las figuras de Ned Land y el Nautilus, y aquél dibujo de un extraño pez unicornio tan inverosímil como plausible, el aterrador Narwhal.
 
     El caso es que esas animaciones, la de Stevenson y la de Verne, fueron los catalizadores para mis primeras ambiciones de lector. También era niño cuando papá llegó una tarde de la oficina con unos libros que había comprado para mí, parte de una colección de aventura y misterio que incluía en sus primeros títulos a Verne y a Stevenson. Fue así como leí Viaje al centro de la tierra, mi primer libro de Julio Verne. Y es hasta ahora, unos treinta años después, que al fin llegué a Veinte mil leguas de viaje submarino. Lectura que, por cierto, es parte de un ambicioso plan de leer todo lo escrito por Verne porque tuve la fortuna de hacerme con una colección completa de sus obras.
 
 
—La ruinas sumergidas de Atlantis—
 
Así, entre lectura, memoria y nostalgia, recupero recuerdos de infancia y voy encontrándole respuesta a incógnitas siempre interesantes y que se nutren de la posibilidad.  Siempre me he preguntado, por ejemplo, qué fue lo que hizo que papá decidiera regalarme esos libros maravillosos que me abrieron las puertas a otro mundo. Y me digo que quizá, él y mamá notaron cómo me emocionaban esos entretenimientos derivados de libros y pensaron que daría el salto.
 
     Siempre se pregunta uno si sería el mismo o sería otra persona de no haberse encontrado con una influencia decisiva en la vida. Releyendo a Verne, me doy cuenta de que en sus páginas hay una obsesión lúdica por las palabras. Le gusta usar el nombre correcto y más simpático para las cosas. Por eso me es imposible pensar en La casa de vapor sin recordar otra época feliz, cuando la palabra «probóscido» deformada en «trompóscido» dio motivo a risas interminables junto al mar de Veracruz. Siempre me ha gustado también jugar con las palabras con alguna desconfianza, como si fueran al mismo tiempo lo que revela y lo que oculta. 
 
      En Veinte mil leguas, sin ir más lejos, uno de los personajes es especialista en clasificación taxonómica de la fauna marina y sirve como enciclopedia que nombra a cada monstruo y lo ubica en su reino, familia y  clase. Conocimientos de esos que suenan impresionantes porque implican un ejercicio prodigioso de memoria, pero no sirven para nada. El personaje sirve como ilustración y como contrapunto al formidable capitán Nemo, quien sabe aplicar y usar cada conocimiento, siempre ve más allá de lo formal y lo resuelve todo gracias a ello. Por eso, mientras leía esas páginas, pensé en escribir un ensayo en torno al simulacro del saber formal, una crítica severa al modo en que los conocimientos de recitación son puro escudo o pretexto para ocultar la ignorancia sobre el mundo real, el de los seres humanos. Y cómo, al mismo tiempo, esa ignorancia es lo que permite adaptarse al mundo, mientras que Nemo, tan cargado de auténtica sabiduría, es un misántropo que se hunde bajo la propia soberbia como si se tratase de un mito griego. Me parecía la metáfora más perfecta de muchas cosas y me estaba entusiasmando con la idea.
 
       En eso estaba, pensando en la escritura mientras leí la siguiente novela de Verne: Viaje al rededor de la Luna. Y como si hubiese adivinado las críticas y quisiera hacer saber al lector que sabía exactamente lo que estaba diciendo, Verne puso en boca de uno de los personajes la misma idea que yo había estado pensando. Michel Ardan, aventurero pragmático y simpático, señala una y otra vez que el saber de los eruditos vale de poco cuando se tiene un problema práctico, como ir camino a la Luna en el interior de una bala que ha perdido el rumbo. Lo dice precisamente un personaje que es más bien bromista, para que cada quien lo tome como quiera. Me quedé sin materia para mi sesudo ensayo porque Verne ya lo había dicho todo en unos renglones y de manera contundente. Maldito genio. 
 
    Así, cada vez me convenzo más de que no hay desperdicio en las aventuras, los viajes extraordinarios y la ficción especulativa del gran Verne. Sus novelas van de un lado a otro, analizan con precisión todos los aspectos de cada una de sus ocurrencias y, sobre todo, alcanzan cada color del espectro dramático. Hay suicidas, terroristas, héroes, trágicos accidentes y felices coincidencias que se entrelazan maravillosamente con la ciencia para la cual sirven de pretexto.
 
—Ante el volcán submarino—
 
No sé qué clase de persona habría llegado a ser sin la intervención de papá y mamá y Julio Verne, pero me gusta ser este que soy. También por eso me gusta hacer mi propia ficción especulativa sobre el destino de mi colección de obras de Julio Verne. Acaso alguna vez la heredará un niño, un adulto, alguien que en esas páginas encontrará también la curiosidad, la duda, el drama y la obsesión interminable por saber un poco más, imaginar otro tanto y aplicarlo todo en la vida diaria. Esos libros serán para alguien que, en su momento, será también feliz, que acaso volverá la mirada como yo a los cuarenta y tantos, para reconocerse en lo que fue y sabrá que nada esencial ha cambiado, que niño o adulto, lo mejor que tenemos es nuestra capacidad para asombrarnos e inventar. Y para asombrarnos ante aquello que vamos inventando.