sábado, octubre 31, 2020

Siempre demasiado tarde


Demasiado tarde mis ojos se abrieron a la luz... demasiado tarde conocí el arrepentimiento, demasiado tarde conocí la caridad, demasiado tarde, en fin, comprendí esas palabras divinas de aquel a quien ultrajé, esas palabras que deberían ser la ley de la humanidad toda entera: amaos los unos a los otros.

—Eugène Sue. El judío errante.



De acuerdo con la leyenda, Cristo caminaba rumbo al Gólgota con su cruz a cuestas cuando se detuvo ante la puerta de un zapatero judío que trabajaba en su banco de piedra. Jesús le pidió prestado el banco para descansar un instante y el zapatero se negó; camina, le dijo al condenado, camina. En una reacción bastante poco característica, el crucificado castigó esta crueldad del zapatero condenándolo a caminar sin descanso hasta el fin de los tiempos: “Y tú caminarás sin cesar hasta la redención; así lo quiere el Señor que está en los cielos”.



La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —

 


En la versión de Eugène Sue, la crueldad del zapatero se explica porque se trata de un hombre cansado, agobiado por las desgracias de la pobreza, la crueldad de los romanos, del trabajo, la explotación y la vida familiar menos que armónica. El castigo que, desde una visión canónica de la figura de Cristo, ya parece desmedido y poco característico, se vuelve así una acción alevosa y hasta salvaje, similar a la de esas hadas y brujos que tendían celadas a los campesinos pidiendo caridad y maldiciendo a quienes no estaban de ánimos para cumplirles el capricho de aquello que podían obtener con magia. Por lo demás, la maldición del Judío Errante no se limita a la vida eterna en marcha sin descanso. Eso sería muy poco. Resulta que encima, por ahí por donde pasa el condenado, se desata la peste del cólera.

 
La desmedida crueldad inútil que ejerce un ser todopoderoso sobre personas normales con indiferencia plena hacia sus luchas existenciales y sus irremediables sufrimientos ilustra con claridad lo que el autor pensaba sobre el uso y abuso de la doctrina cristiana en su época. Se ensaña maravillosamente con los jesuitas porque, si hacemos caso de la investigación de Sue, quien cita fuentes, textos y demás evidencias hisotoriográficas, fueron ellos quienes inventaron todos los mecanismos que siglos después, tendemos a identificar con regímenes totalitarios como los de la Unión Soviética y la Alemania Nazi: la dominación ideológica a través de la manipulación, la vigilancia, la policía secreta, el chantaje y la delación. La crítica de Sue nos hace ver que cualquier ideología puede convertirse en totalitarismo, si se aplican los métodos adecuados, si los ideólogos están dispuestos. Cualquier ideología que exige sujetos dóciles como cadáveres, que no cuestionan, que no ponen en duda sus propios principios, termina en lo mismo. Y el pretexto puede ser tan contrario al método como el mensaje central del cristianismo: amaos los unos a los otros.

 
La novela fue incluida en el infame Index liberorum prohibitorum, señal casi inequívoca de que Sue se acercaba peligrosamente a una verdad incómoda: la fe ciega hace pensar que el fin justifica los medios, que cualquier acción empleada en nombre de una ideología bella, se encuentra por consecuencia justificada. Y que para cuando los ideólogos, los zealotes y los creyentes se dan cuenta de la traición que cometen respecto del mensaje en el que creen, es siempre demasiado tarde.

 
La trama sigue a los descendientes del Judío Errante, quienes tienen derecho a una herencia de riquezas fabulosas gracias a los buenos oficios y la intervención del inmortal en los asuntos familiares. Los jesuitas emplean todos los medios y trampas a su disposición para apoderarse de esa herencia. Sus métodos nos son extrañamente familiares; así por ejemplo, consiguen encerrar en un manicomio a una de las herederas porque, de acuerdo con la sociedad de su tiempo, que una mujer quiera vivir en casa propia y sin marido, era señal incontestable de inestabilidad mental. Situación a la que sigue un giro más aterrador si se puede imaginar, digno de una novela de horror psicológico a la Pierre Lemaitre. Acciones así de horrorosas y otras peores, se emprenden, por supuesto, en nombre de la caridad cristiana y el amor al prójimo. En cuestiones como esta, la novela de Sue trata problemas contemporáneos de manera centrada y clara. No sé si interpretarlo como que Sue estaba iluminado y adelantado a su tiempo, o si es que no hemos avanzado un ápice en este pinche mundo. Como sea, también preconiza un recurso literario muy celebrado en nuestros tiempos: el giro inesperado. Cosa que no ocurre una, sino dos veces en la trama. Y ambas, de manera magistral, soberbia.

 
Me resisto a revelar los dos giros inesperados y soberbios en la historia. Pero ambos ilustran que Eugène Sue tenía una visión del mundo acabada y digna de contarse entre los desesperados más influyentes como Zapffe, David Benatar, Thomas Ligotti y Schopenhauer. En el Judío Errante, Sue nos propone la muerte como horizonte de interpretación. Ante el hecho de la muerte, toda empresa humana resulta superflua y esto significa que ningún sacrificio, ninguna crueldad, ningún daño al prójimo está justificado, con independencia de la ideología en que quiera escudarse. Por otro lado, si la vida es un caminar sin rumbo hasta la redención, no hay alivio ni paz, sino en la muerte. La muerte es la redención. Esto se debe a que nuestra existencia está cercada por la imposibilidad material de vivir sin ceder. Su personaje inmortal esparce la muerte a su paso, los mortales multiplican la desgracia. Para vivir hay que ceder y es preciso comprometerse: los jesuitas traicionan el mandamiento en aras del propio mandamiento; los pobres venden su vida para conservarla, el zapatero judío se vuelve cruel porque el mundo ha sido cruel con él, el Cristo de la leyenda tiene un desplante porque el mundo le ha colmado el vaso. Nadie puede existir en vida sin ceder, eso es todo. Por eso el arrepentimiento llega siempre demasiado tarde: se sabe que se ha obrado mal, se sabe que pudo actuarse mejor, pero es materialmente imposible no haber cedido. La vida misma es arrepentimiento. Si la redención ocurrirá hasta la muerte o después de ella, no hay modo de expiar el arrepentimiento en vida. Siempre es demasiado tarde.

 


— La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —

miércoles, septiembre 30, 2020

Farabeuf, ¿recuerdas?

 

 

Y siente el avance del tiempo dentro de sí mismo como el avance de la muerte.

—Cioran, E. M. En las cimas de las desesperación.

 

 

¿Te acuerdas? A veces todavía me dan ganas de preguntarte si llevas en la memoria aquella tarde en que me regalaste un ejemplar de Farabeuf. Lo cierto es que a mí me cuesta, tengo que hacer esfuerzos de memoria y, hasta eso, no sé si tienen éxito, porque la imagen es fugaz y fragmentaria, acaso falsa. «Hay algo en tus recuerdos que te impide traerlos a la mente con la nitidez que fuera necesario. Todo en ello es turbio y confuso. Te sientes abrumada por la presencia demasiado tangible de ese ser que has creado y que hubieras querido ser. Algo en toda tu vida se te escapa». Nos encontramos en los salones abandonados de ese hogar que fue, donde tantas veces nos herimos como acudimos fieles a darnos consuelo. Recupero palabras que escribí entonces, como si en ese acto de leerme otra vez pudiera separar a este que soy y a este espacio abandonado que me rodea del acto mismo de hablar con tu sombra, intentar un recuerdo y terminar en fracaso. Nos hago pedazos porque no es posible reconstruir ese tiempo viejo, porque resulta increíble que entonces y ahora, de un párrafo a otro, de un día a otro, o entre latidos, viviéramos emociones tan variadas y contradictorias. «¿Quién es ese que en la noche nos invoca para su imaginación como la concreción de nuestro propio deseo insatisfecho?» Me sorprende el modo casi natural con que se siguen unas a otras, la falta de entendimiento respecto a estos vaivenes de la emoción y las pasiones. Acaso esa ceguera ante la sinrazón contradictoria y bella que fuimos era consecuencia de que entonces no pensábamos mucho, que es hasta ahora que me atrevo a contarnos la historia. «Somos una película cinematográfica, una película cinematográfica que dura apenas un instante. O la imagen de otros, que no somos nosotros, en un espejo. Somos el pensamiento de un demente». Es tan distinto reconstruir las emociones con tanto tiempo encima, volver sobre la marcha de lo que ha pasado y tener, encima, la conciencia de lo que siguió. Quizá no quería ver, no querías entender. Era más fácil vivir en el ahora, en esa experiencia sin tiempo ni conciencia. Sólo así podíamos pensar que el tiempo no pasaba, que esa tarde no estaba separada por una eternidad de violencia de la última vez que coincidimos en ese hogar que era el nuestro, que estábamos a punto de abandonar para intentarlo todo de nuevo, con los mismos errores y virtudes en el Boulevard Saint Michel, pero también en la memoria, tantos años después en la memoria, ese hogar que es sombra y es vacío, donde resuenan todavía los ecos de las palabras de amor y de odio, de tantas promesas con que pensamos era posible construir la vida que nos empeñamos tan desesperadamente en construir juntos. Hasta no entenderte o sólo en parte «He comprendido a través de tus palabras toda la angustia de tu cuerpo que aspira ya, por el deseo, a una muerte tibia y apenas perceptible». Todo lo cual se repite también eternamente en cada palabra de Farabeuf, que jamás habría leído de no ser porque aquella tarde lo traías contigo, ¿te acuerdas? 

 


 


viernes, agosto 28, 2020

I'm in it, but it's empty (2)

Tenemos que vivir las tonterías de la vida para luego volver a la vida misma; no podemos creer lo que se nos dice. Entonces tú todavía no habías vivido hasta el final esas tonterías simpáticas y embriagadoras, en las que me deleitaba viéndote, y te dejé vivirlas, sentía que no tenía derecho a coartarte, aunque para mí hacía mucho que había pasado el momento
—Tolstoi. La felicidad conyugal.


Tenía ganas de escribir algo muy erudito y muy sentido sobre Almas Grises, esa novela hermosa, breve y desgarradora de Philippe Claudel que me dejó noqueado, con ganas de un trago, de un abrazo y hasta de un poco de cariño. Es que Claudel borda con preciosismo una tela de sueños, mentiras, dolores e insuficiencias que te la debo. Creo que ya he hartado a todo el mundo recomendándole esta novela por lo que, en vez de una reseña objetiva y reiterativa, preferí usar aquella narrativa que empecé hace unos meses para darle vueltas a Claudel y a la Felicidad Conyugal de Tolstoi, de la que hace eco mi narrativa todavía en proyecto.
 

 
I’m in it but it’s empty (2)

愛 Leo en Claudel: «El tiempo me parece un monstruo creado para separar a quienes se aman y hacerlos sufrir infinitamente». Me emociona la frase y el libro entero y pienso en ti. Si me pondrás también un nombre como Tristeza. Si me verás como un tipo marchito, sin mucho interés. Si ya serás capaz de sentir o imaginar esa dulce ambigüedad que sólo dan los años, la de sentirse al mismo tiempo víctima y victimario. Siempre juega uno con ventaja cuando es más viejo, pero también por eso, desde su desesperación de ruina, no sabe defenderse con el desinterés y la entereza que lo hacen los inocentes. Me pregunto si lo que busco no es precisamente eso: una ceguera que recuerdo y añoro, pero que no puedo recuperar.
     No puedo escapar de la duda. Te atribuyo el don y la limitación de la inocencia porque nos separan muchos años. Es posible que me equivoque. Es posible que no tenga ninguna capacidad para separar a los justos de los injustos, a las inocentes de nosotros los rendidos. Acaso es lo que busco, esa inocencia que te invento, esa inocencia que es la sustancia con que uno compone toda esperanza. Ambiciono ver tus ojos más claros y más limpios que los míos o los de cualquiera para alimentarme de su naiveté, de esa paz que sólo poseen quienes juzgan al mundo sin temor ni dudas porque les faltan experiencia y heridas.
     Acaso es este el destino a que estamos todos condenados conforme nos hacemos mayores: convertirnos en vampiros, parásitos ávidos de una vida que ya no es sino nostalgia o simulacro, acosados por un apetito voraz por aquello que destruimos en el esfuerzo mismo de juntar destinos con quien sospechamos que habrá de hacernos felices. Con todo esto en mente, el tiempo me parece también a mí monstruoso, estos años que nos separan tienen la apariencia de una trampa, un inevitable abismo que nos atrae irresistiblemente para separarnos sin remedio en el acto mismo de reconocernos y querernos. Pareciera que estos años son el instrumento de tortura diseñado para provocar la agonía absurda a la que este apego nos condena. 
 
 
Pienso en Tolstoi, que también él supo ver o sospechar esta miseria cuando escribió La felicidad conyugal. Serguéi Mijáilovich se acerca a la joven María Alexandrovna con la misma emoción con que el narrador de Almas grises se aproxima a narrar el final de su historia: «Estoy llegando a esa sórdida mañana. A esa detención de todos los relojes. A esa caída infinita. A la muerte de las estrellas». El problema son los doce años que él lleva viviendo de más. El amor es para ellos la muerte de las estrellas. No quiero que sea ese nuestro destino. 
    No quiero verte herida, no quiero hacerte culpable. Pero estoy seguro de que conmigo, sin mí, a pesar de nosotros, terminarás por ser y sentir eso que no te deseo. Acaso lo único que puedo hacer es entregarme a ti con el afán de que esa inevitable herida y tu arrepentimiento tengan el balance de una tardía y anodina reconciliación como la de Serguéi y María. Conducirte a donde las espinas no sean tan afiladas como él intentó hacerlo con su joven esposa. Esta aspiración es traidora por más que parezca noble. Es engaño. No es sino un sofisma para justificarme, para convencerme de que el tiempo no nos aparta, que puede ser también consuelo. Es un pensamiento traidor porque bien sé que si escojo en tu nombre, si me imagino por un instante capaz de dirigirte, entonces no te escojo a ti sino a mí mismo. En ese momento te reduzco hasta que ya no somos nada y mi destino es ahogarme como Narciso.


Si hay amor, si hay unión o entendimiento, tiene que ser sin estos juegos necios. No hay amor posible entre un imbécil que piensa que tiene todas las respuestas y la imaginada inocente a quien pretende manipular. Si te quiero también he de querer tus límites, tus posibilidades y tus heridas, las que son, las que han sido y las que serán. Si te quiero debo amar también tu destino. He ahí la idea más aterradora, la que me paraliza: es posible que mi añoranza sea por el estado posible en que te concibo ahora, que adoro y envidio tu capacidad de llegar a ser, tu ausencia, tu indefinición, que la deseo como ensalmo porque yo ya he sido. Tú eres sueño y yo soy ruina. Por eso el tiempo parece un monstruo.

 
 
 
Folly is an endless maze;
Tangled roots perplex her ways;
How many have fallen there!
They stumble all night over bones of the dead;
And feel—they know not what but care;
And wish to lead others, when they should be led.

The voice of the ancient Bard. William Blake —
 
 

 

jueves, julio 30, 2020

Multiplicación inútil


 
The memory of past success triggers the release of some biochemical in the brain that gives rats hope and delays the advent of despair.
—Yuval Noah Harari. Homo Deus.


En su segundo libro, Homo Deus, A Brief History of Tomorrow, Harari busca entre otras cosas ilustrar qué nos distingue, si algo, del resto de los seres vivos y especula sobre las consecuencias de ser hipotéticamente distintos. Su escepticismo es refrescante. Así por ejemplo, reflexiona en torno a los experimentos con ratas en busca de remedios químicos para condiciones psíquicas como la depresión. Sin duda es difícil juzgar sobre los vínculos posibles entre el comportamiento de las ratas y sus hipotéticas emociones; pero igual las tomamos por modelo de humanidad. Ante un convencimiento pleno de que las ratas o los animales en general carecen de emociones como las nuestras, ante la seguridad de que no experimentan sufrimiento o depresión no tendría sentido experimentar en ellas. Hay una disonancia cognitiva interesante pues podemos usarlas como sujetos de estudio porque reconocemos sus emociones, pero también al usarlas de ese modo, desestimamos su conciencia.

     Algunos opinan que aunque las ratas o los animales tengan emociones como las nuestras, no son capaces de modificar su comportamiento al reflexionar respecto de esas emociones. Esa capacidad demuestra y constituye la libertad humana. Lo que suena bonito, pero nos devuelve a la disonancia cognitiva: ante la libertad, los remedios químicos serían imposibilidad o sinsentido.

     El experimento que busca una cura a la depresión, por ejemplo, consiste en colocar a diversas ratas en otros tantos tanques llenos de agua de los que no pueden salir por sus propios medios. La forma del tanque y la mecánica de fluidos impiden que la rata se ahogue (espero) así que hay sólo dos opciones: el esfuerzo inútil o la resignación. Los sabios miden el tiempo que las ratas pasan intentando escapar de esa prisión sin sentido antes de renunciar a todo esfuerzo y flotar de forma anodina en la nada que las sostiene. El comportamiento de las ratas es uniforme: tardan unos quince minutos en resignarse.


Es aquí donde aparece lo metafísico, lo transcendental: ¿qué ocurre cuando una mano cuasi divina —un deux ex machina— saca a la rata un momento antes de que se resigne? ¿Cuál es el efecto de esa mano milagrosa? Para medirlo es necesario que después de un descanso y alimento para la rata, esa misma mano divina la coloque de nuevo en el tanque. El poder misterioso que gobierna la existencia del roedor la salva en el momento preciso, sólo para devolverla al tormento. ¿Qué pasa? Que esas ratas salvíficas y justificadas, lucharán en promedio seis minutos extra cuando vuelven al tanque. Hay un incremento de más o menos 40 % en su esperanza. Si pudieran hablar, o si pudiésemos entenderlas, acaso tendrían una peculiar soteriología.

     Habrá quien diga que esto demuestra la crueldad de la esperanza pues, en todo caso, la situación de las ratas es exactamente la misma en cada visita al tanque. Si algo, la intervención de la mano providencial demostraría que la rata carece de agencia y sus esfuerzos o resistencia son vanos. Suponiendo que el experimento se repita una y otra vez, seleccionando al azar las ratas que participan en este rapture, se vería que no hay relación alguna entre sus actos y la salvación. No obstante, la intervención del absurdo es tan fuerte que las ratas multiplican su esperanza y, con ello, prolongan también su tormento. Ante una realidad exactamente igual de absurda e insostenible, se comportan de un modo distinto o más persistente al que por instinto tenían. ¿Alcanzan la libertad? ¿O se trata de una reacción bioquímica?

      Si existe alguna identidad subyacente entre el determinismo químico que asignamos a las ratas y el nuestro, o entre su libertad y la nuestra, el experimento apuntaría a que la intervención del absurdo y lo inexplicable determinan las distinciones en el temple o carácter de las personas. La esperanza sostenida o la perseverancia no serían sino evidencia de vidas cómodas en que algún acontecimiento fuera de la norma habría beneficiado a unos cuantos de manera injustificada. Esos pocos tendrían una visión sesgada, equivocada de la realidad. Habrían experimentado una azarosa e improbable reacción química y serían tan libres como ratas.

      Es posible hallar un reducto de libertad extra para el ser humano: el suicidio. Por lo menos en el libro de Harari y en los artículos que busqué en torno al experimento, no hay evidencia de que las ratas se suiciden y, sin duda, la mayor parte de nosotros pensamos que con dos o tres veces que nos ocurra el experimento nos mataríamos. Quizá. Antes habría que comprarlo con ir a la oficina o a la escuela. Pero aun el suicidio implica un esfuerzo, una esperanza de escape. No debemos olvidar, sin embargo, que el experimento de las ratas está diseñado para que no puedan morir. Si flotan viven y, ante cualquier anomalía que ponga en riesgo sus vidas, interviene la mano invisible. Lo cierto es que no hay salida e incluso morir es permanecer en el tanque. Acaso las ratas nos muestran el camino hacia la resignación estoica frente a la inevitabilidad del mundo.

     Así llegamos, por vía experimental a ideas que desde hace siglos repetimos. Lo que demuestra que no hemos avanzado mucho en la comprensión de la existencia; pero somos muy creativos y muy crueles para encontrar nuevas respuestas que confirmen lo que sabemos. En eso sí parece que somos únicos. Tenemos una exclusiva capacidad para multiplicar inútilmente la miseria y fingir que con ello pretendemos remediarla. No sé si es más horrible pensar que eso se debe a una reacción bioquímica azarosa o que se debe a una decisión libre y consciente.

martes, junio 30, 2020

Imposibilidad de una isla

A cualquier observador imparcial le resulta evidente que el individuo humano no puede ser feliz, que no ha sido concebido en absoluto para la felicidad, y que su único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor, haciendo que la vida de los demás sea tan intolerable como la suya
—Michel Houellebecq. La posibilidad de una isla.

Cuando empezó la cuarentena, uno de los primeros libros que me vinieron a la mente como lectura de ocasión fue La posibilidad de una isla. Reduciendo al máximo, puede decirse que trata sobre el sufrimiento inherente a las relaciones humanas. Con tono depresivo de corte schopenhaueriano, explica la miseria de nuestra condición y lo doloroso de las distancias como consecuencia directa de las condiciones biológicas de nuestra existencia. Somos animales destinados a desear el contacto, a tener hambre de cariño y a buscarnos unos a otros porque
creemos encontrar la justificación de la existencia ahí donde nos entrelazamos emocionalmente. Vana ilusión. El contacto es la fuga por donde la muerte nos inunda.


Algo similar opinaba Agustín de Hipona cuando escribió que la vida se vuelve insoportable cuando se recuerdan sus circunstancias: el deseo y la finitud. Así, en tanto máquinas deseantes perdemos la vida en el esfuerzo de saber querer aquello que podemos. A largo plazo, el empeño resulta ridículo porque la vida es finita y ninguna satisfacción es duradera ni plena. El amor uxorio es tortura porque uno ama aquello que perecerá. Cuanto más profundo el apego, más amarga la condena. La posibilidad de una isla nos presenta un mundo en que estas dos circunstancias ya no determinan la vida: los neohumanos descubrieron la inmortalidad casi por accidente y superan poco a poco la concupiscencia, empezando por el deseo de contacto. En sucesivas y recurrentes existencias, superan la necesidad de la caricia y la presencia.


     Para cuando la novela comienza, el contacto entre los inmortales se limita a mensajes electrónicos: imágenes, palabras, ocasionalmente una videollamada. Algo similar a lo que nos ocurre a quienes tenemos la fortuna de poder quedarnos en casa y tenemos suficiente miedo para no arriesgarnos abriéndole la puerta a nadie. Estamos aprendiendo a no desearnos. Por lo menos aspiramos a superar la necesidad de la presencia, sustituyéndola con intermediarios electrónicos, otorgándole cada vez más importancia al simulacro de compañía.


     No es un fenómeno del todo nuevo. Así por ejemplo, cuando esta bitácora era joven y yo leía por primera vez a Houellebecq, los bloggers establecíamos misteriosas amistades a distancia. Era excepcional reunirse en vivo, verse las caras, o conocernos más allá de minúsculas y borrosas fotografías de perfil. La mayor parte de esas amistades han desaparecido, no como personas, sino porque este medio de comunicación ya parece anticuado. Incluso hay que confesar algún narcisismo en la expectativa implícita de que alguien emplee su tiempo en leer estos largos mensajes que arrojamos al internet como tantas botellas al mar.


     Lo importante es que en aquél entonces, cuando todo el mundo tenía y leía blogs, nos sentíamos acompañados al leer esas largas disquisiciones sobre anagnórisis ajenas. Hay algo en la escritura cuidada y reflexiva que —por lo menos para los de mi generación— construye una paradójica emoción de cercanía en la distancia. El mismo principio que mueve a los novelistas y que durante siglos dio sentido a la hoy anacrónica costumbre de escribir cartas a mano y depositarlas en el correo. Seguimos siendo animales ceremoniales para quienes el significado de un mensaje está compuesto también por sus rituales.


     A veces ocurre, sin embargo, que el acto desborda al ritual y anula todo sentido. Kundera ironiza al respecto en el famoso episodio de la gran marcha en La insoportable levedad del ser. Personas que se pierden en la euforia y la concupiscencia del mero decir o hacer privado de sentido. Dominados por el hedonismo de ser actuantes. Cuando sentirme cantar, marchar o decir es más importante que aquello y a quienes se canta, marcha o dice, las cosas se tuercen.




En aquél entonces, ni Houellebecq con todo su pesimismo se imaginó que llegaríamos a esta forma de usar los medios de contacto para simular ya no sólo presencia, sino también comunicación. Sus neohumanos intercambian opiniones y reflexionan sobre la vida mientras esperan su muerte y la llegada de los Futuros. Profundizan en la condición de quienes les antecedieron, construyen la posibilidad de quienes han de seguirlos y es desde esa introspección que los abisma que puede surgir el final inolvidable de la novela, esa mezcla de esperanza y desesperación que es la condición humana. Puede resumirse en aquella súplica de Agustín de Hipona: «exaudi et responde et respice et vide et miserere et sana me, in cuius oculis mihi quaestio factus sum». Me encanta cómo suena en latín, pero va también en español: Escúchame, respóndeme, vuelve tu mirada, mírame, compadéceme y sáname, tú en cuyos ojos estoy hecho un enigma. Es esta caricia espiritual lo que santifica a la palabra ausente.


     Cuando nos escribimos, nos hablamos y nos buscamos llegamos a ser enigma a ojos de los demás. Al escribir cartas, novelas y poemas nos reconocemos mutuamente enfermos, necesitados de otra mirada compasiva sobre nuestra propia miseria. A Houellebecq no se le ocurrió que llegaría un día en que la palabra dejara de producir este enigma de insinuación. Acaso ese punto ciego es lo que le permite crear un inusitado final ambivalente, casi esperanzado que contradice un tanto su estilo.


     Al terminar la novela me pregunto cuándo fue la última vez que encontré en la red un mensaje in cuius oculis mihi quaestio factus sum. De esos que, como le decía a una muy querida amiga hace unos días, nos revelan ante nosotros mismos. Imagino a Daniel25 enviándole a Marie23 (a la comunidad neohumana entera, da lo mismo) una denuncia de herejía ideológica, un señalamiento de odio, una imagen de excesivo orgullo por la posesión de algún objeto material o, ya de plano, invitándola al reto de publicar portadas de libros, películas, discos, sin hablar de sus emociones, sus experiencias, sus enigmas al desdoblarse en esos espejos que son arte. Así se destruye la posibilidad toda y cualquier isla. Es que la palabra sin súplica de comprensión, la palabra sin caricia que busque al otro en la distancia deviene en epitafio de la humanidad.






¿Ese poema en francés? Dice algo así, según Encarna Castejón, traductora de la edición de Alfaguara: «No hay amor / (No de verdad, no lo bastante) / Vivimos sin socorro, / Morimos desamparados. // El llamamiento a la piedad / Resuena en el vacío, / Tenemos los cuerpos tullidos / Y nuestras carnes siguen hambrientas // Desvanecidas las promesas / De un cuerpo adolescente, / Pasamos a una media luz / Donde nada nos aguarda // Más que el vano recuerdo / De nuestros días pasados / Un sobresalto de odio / Y cruda desesperación».