jueves, marzo 31, 2022

Testimonio de inquietud

"À la mystérieuse"

 

Lo más verdadero siempre debe aparecer como una suerte de locura—en el mundo del disparate.

—Søren Kierkegaard. El instante.

 

En meses recientes he sentido esa inquietud vaga que es mezcla de emoción y terror, temor y temblor de posibilidad, de estar al borde de un abismo y no saber, pero tener que creer, sí, con fe verdadera, creer que uno puede volar o que no puede volar, creer que ha de precipitarse al vacío o precipitarse al infinito. Te miro todos los días o de vez en vez y me pregunto si hay algún modo auténtico de decir lo que quiero decir, un modo que no lleve a rastras las marcas de toda una cultura y sus perversiones. De encontrar palabras verdaderas o, por lo menos honestas. Acaso no sea sano mezclar pretensiones poéticas con avatares filosóficos y teológicos, pero me atrevo. Porque hay algo que quiero decirte y, conforme pienso en decirlo, menos me parece que valga la pena. No sé, siquiera, si puede ser dicho. Lo que sigue es el testimonio que ofrezco en este caso, ante la corte de la eternidad: testimonio inútil que nada puede probar y acaso precisamente por eso, el único que tiene algún valor, puesto que buscándote a ti con las palabras, me encuentro a mí mismo.


* * *


§1 Lutero/Kierkegaard. Dios no es mercader. Las obras son indiferentes para la salvación. Nos salvamos por la gracia. Tener fe en la gracia es el único mérito. Esto no hace inútiles o sin sentido a las obras. Las obras, en todo caso, son testimonio de la fe. Dar testimonio es decir la verdad con independencia de que el decir cambie la realidad. El testimonio es su propio fin. La fe exige actuar en consecuencia.

 

 —Caravaggio—

 

§2 Wittgenstein. El amor y el dolor como emociones/experiencias subjetivas. Nadie más puede experimentar mi subjetividad. Es preciso creer. Expresar o transmitir el amor o el dolor exige adoptar un comportamiento que pueda ser interpretado como testimonio de esa emoción.  El amor como emoción es una fe, puesto que nadie más puede sentir lo que yo siento. Las acciones que dan testimonio de mi emoción no son garantía de que mi emoción sea verdadera. Además, el amor no puede ser transaccional: el  amor (como experiencia subjetiva) ajeno no se gana ni provoca con acciones, sólo se testimonia con ellas. En consecuencia, los actos de amor son inútiles. Uno actúa para dar testimonio del amor que siente a sabiendas de que el testimonio no demuestra nada. Actuar para provocar en otro la sensación, la palabra, la acción, es suponer que las obras tienen mérito. Es un intercambio y por lo tanto excluye la posibilidad de emociones. Si se actúa con expectativa, la acción no es testimonio de amor, sino ambición egoísta. La obra de amor debe emprenderse como testimonio, es decir, inútil, carente de expectativa.


§3 Kierkegaard. Mirarte al espejo y verte a ti mismo, no al espejo. El otro es siempre el espejo que está ante nosotros. El amado es espejo del amante. Cuando se actúa amorosamente, el énfasis no debe ser en el efecto que se produce en el otro, eso sería mirar al espejo. El amor exige actuar introspectivamente: puesto que amo, actúo en consecuencia, con independencia de que tú modifiques en cualquier sentido tu actitud o apreciación de mi persona. Actúo para dar testimonio de mi amor, no para ganar el tuyo. Actuar con la conciencia de ser un siervo inútil. Lo que hago no cambia nada, no produce nada, pero necesito hacerlo, porque mi fe/amor me obliga a hacerlo. Lo que hago por ti/para ti, podría hacerlo cualquier otro tan bien como yo desde el punto de vista externo y práctico. Mi amor no cambia tu vida, ni la mejora, ni la determina. Mi amor es la determinación existencial bajo la cual emprendo esta vida y de la cual doy testimonio. El amor ideal sería entonces el que existe entre dos personas que se aman y viven actuando constantemente en testimonio del amor que se tienen. Te abrazo no porque quiera un abrazo para mí, sino porque el abrazo es testimonio de que te amo. En sincronía actuarán siempre de la mejor forma. Reconociendo que el otro es el espejo por el que se conocen a sí mismos. No se trata de cambiar al espejo, sino cambiar aquello que se ve reflejado por el espejo; es decir, a uno mismo. El amor es introspección.

 

—Caravaggio—


§4 La fe es algo inquietante. El amor es algo inquietante. Propone una tarea enorme, una infinitud de responsabilidades y acciones que se deben acometer en bajo el sino de la inutilidad. Actuar porque se tiene fe, porque se ama. Quien actúa sin finalidad y sin expectativa parece estar loco. Quien actúa así, empeña la vida a sabiendas de que no hay ni puede haber recompensa. Exige todo y promete nada. Entregas para no recibir. El amor es inquietante. Por eso el amor se sublima, se excusa y falsifica, lo mismo que la fe, en las promesas abstractas y eternas, es decir, vacías. Toda promesa sobre el mañana y lo indeterminado es falsedad. Dice Kierkegaard: "Un jugador dice: mañana no volveré a la mesa de juego, ese está perdido. Otro dice, jugaré el resto de mi vida, pero no en este momento, ese se salva". Prometer amor para toda la vida o por la eternidad es, en el mismo sentido, extravío y perdición. La promesa válida, auténtica sería: te amaré ahora mismo. Toda la vida en el instante, en cada instante. Como un siervo inútil que no busca ni merece recompensa. Las promesas, las palabras, el lenguaje entero es abstracción, por lo tanto, anula al amor. El amor es inquietante porque exige silencio. Quien dice mucho está perdido. Tener fe no consiste en decir que se tiene fe. Tener fe es vivir cada instante como si aquello en que se tiene fe fuese verdad, con independencia de que lo sea o no; bajo la certeza de que no puede saberse si es verdad o no. La palabra es cobarde y es excusa, revela la propia incredulidad. El acto es testimonio fiel, pero se trata de un testimonio inútil pues aquello que proclama no puede probarse. Amar implica actuar aquí y ahora conforme al amor, con independencia de que el amor sea o no. Amor y fe: inquietud. No puedo saber si te amo, no puedo saber si me amas. Sólo sé que no puedo saberlo. El siervo puede ser sustituido, nunca es indispensable, pero sus actos dan testimonio de lo que es. Ni tú ni yo somos indispensables y cualquier otro podría hacer exactamente lo mismo por nosotros. Las obras no importan, pero son testimonio. Mi vida es, aquí y ahora, testimonio. Te busco para verme. Me veo para encontrarte.

domingo, febrero 27, 2022

Im in it but it's empty (3)

"À la mystérieuse"
 
Hace unos meses que la inspiración no está precisamente al alcance de la mano. No obstante, en las últimas semanas adivino una suerte de circularidad en el tiempo y la experiencia. Hay quien más de una vez, se reconoce o se adivina en mis intentos de ficción. Nunca he sido capaz de responder con un sí o un no tajante. La ficción se nutre de la vida, pero no es su reflejo fiel. Así por ejemplo, hace meses estoy trabajando en un relato de aislamiento y distancia que ahora me ha vuelto a la cabeza de la mano de otras experiencias, que repiten esas ideas, les hacen eco. La experiencia entera me hace pensar en una rola particular de Rata Blanca, ¿cuántas experiencias diversas podemos haber tenido escuchando una misma canción? Así por ejemplo, Talismán es una de esas experiencias y es todas. Como dijo Borges: "en las letras de 'rosa' está la rosa / y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'". El mar de la memoria.



 
Im in it but it's Empty (3)
 
 
Cuando tenía veinte años, un amigo me ayudó a formar gusto musical. Teníamos en común el estudio de cosas que suelen verse como difíciles. Coincidimos en el centro de idiomas. A esa edad no es lo más común aprender la lengua de sitios que no van a visitarse en la vida. Los sábados, al terminar con las clases, salíamos a tomar una cerveza o, mejor, un whisky. De los bares nos movíamos después a su casa o a la mía. La música de moda no le hacía ninguna gracia. A mí tampoco. Lo suyo era un gusto definido, prefería el grunge. Lo mío era indiferencia por lo simple. Arturo hablaba con pasión de una banda en especial: Bush. Me fascinó la ambigüedad en sus letras. Y ver que Arturo era capaz de proyectar en esos intersticios cualquier preocupación emocional. Por alguna razón, aquella tarde, mientras escribía mi respuesta a tu primer mensaje, me puse a escuchar a Bush. Pensé en Arturo. Estoy seguro que él habría entendido de inmediato tu voluntad. Habría leído en tus escasas palabras con la misma fluidez con que leía esas canciones crípticas. Eché de menos su consejo. Eché de menos ese tiempo en que todavía no pensaba en pasado. La pasión era aun algo por descubrir. Ahora pienso en la pasión como una ruina. El coliseo romano, por ejemplo. Queda el vestigio, pero su experiencia es impensable. Ya no puede usarse para lo que fue construido.
 
 

 
No dejamos de ser amigos. Lo que pasó es que ninguno de los dos pensó que el centro de idiomas podía cerrar sus puertas. Que ya no nos veríamos todos los sábados. Que la repetición es un milagro.
 
Mientras escribo estas líneas, escucho a Bush. Arturo me diría que no hace falta este quebradero de cabeza. Acaso tuviera razón todos esos años atrás. Ahora estas líneas son tanto mi voluntad práctica como la recomendación profesional de la doctora. Quiero saber cómo responder a tus palabras. Cómo responder a tu mirada. Y que lo que mi mano desee, sea imagen en espejo de lo que la tuya espera. Leer la mente. Para ti es algo fantástico supongo, como sustraer los secretos más íntimos de alguien sin que pueda notarlo. Para mí es igual, pero no se trata de conocer lo que tú llamarías secretos, sino de entender lo que para otras personas es evidente. Desde mi perspectiva, lo que hacía Arturo con las letras de Bush era leer la mente. Alguna vez, invitó a una chica linda a comer después de clase. "¿Cómo supiste que aceptaría?", le pregunté. "Era obvio", me dijo, "¿no viste cómo nos miraba?". Estoy seguro de que vimos a la misma chica y la misma mirada. Pero lo que para él fue evidente, para mí sigue siendo un secreto. Que una mirada tenga un mensaje claro, transparente. Leer la mente.
 
 
* * *
 
 
Una mirada, un saludo, un gesto con la mano. Se trata de signos simples que pueden juzgarse desde la superficie. Sin mayor complicación. Pero a veces parecen llevar un sentido extra, una intención. El signo es, antes que nada, una proyección de quien lo lee. No hay signos en ausencia de lectores, con independencia de que alguien haya escrito o no. Este es el problema.
 
Tu mirada es para mí un problema de teoría de la recepción. No tiene valor alguno si la emoción que atisbo en tu mirada es algo que yo voy construyendo por encima. Una hermenéutica sobre el vacío. Quizá por eso pienso en esos años de música y de estudiar idiomas. Resulta que sólo en medio del malentendido las cosas superan o desbordan el límite del intelecto. No sé qué quiso decir el lyricist, si quería decir algo. Si las interpretaciones de Arturo tenían mérito o base. Cuando el mensaje es oscuro, nos involucra por completo.
 

Bad moon whine again
And she falls around me
I wanted you more
You wanted me less
I could not kiss just regress


* * *

 

Regresiones. Por ejemplo, si pretendiera ser poético o ridículo, pensaría como entonces, cuando era válido pensar o vivir de ese modo. Con la pasión de quien descubre. Del iniciado que escucha un lenguaje nuevo con toda su fascinante oscuridad. Pensaría como entonces: ¿qué estabas haciendo tú mientras yo escuchaba la canción que un día, este día, me haría pensar en ti? Ridículo. Estarías aprendiendo las primeras reglas de gramática. O las fórmulas básicas de la geometría. Preguntaría ¿qué haces tú ahora, mientras le busco sentido a un


Lo que nos separa es algo más que un obstáculo. Es una manera completa de vivir en el mundo, de estar determinado por nuestras perspectivas de lo que el mundo puede ser. Eso me hace desesperar.


Pero también, a veces, me emociona. Sería como robarle el fuego a los dioses. Como volar con las alas de cera que me heredó el ingenio de papá. Hasta el fracaso sería hermoso.


Si pretendiera ser poético.





lunes, enero 31, 2022

Estaciones 2021

Pocas cosas disfruto más que hablar de libros, y cuando se trata de libros memorables, me gusta más. Así que, a la manera de Maimónides y para los perplejos que todavía no saben qué leer a continuación, para los que entran a la librería sin una carta de navegación o a la biblioteca echando en falta un mapa, para los curiosos y amigos, aquí van las recomendaciones basadas en la experiencia lectora de 2021. Dieciocho bellas postales de un viaje entre 108 libros, que comparto con la esperanza de que sean pretexto de muchas y felices lecturas, conversaciones, amistades, encuentros... 

 

Por razones biográfico/emocionales, el libro del año es indiscutiblemente, Desmorir de Anne Boyer. Reconozco mi parcialidad y la celebro.




De manera un tanto más objetiva, no sé decidir entre estos tres:


 

 

De los memorables, va la lista:


1. Becker, Ernest. The Denial of Death. Esta rara mixtura entre psicoanálisis freudiano y filosofía kierkergaardiana nos ayuda a entender la paradójica insatisfacción que tenemos ante las grandes narrativas que, sin embargo, nos son absolutamente esenciales para vivir.

2. Boyer, Anne. Desmorir. Esta memoria ensayística sobre la experiencia del cáncer es una obra total: poética, médica, vivencial, reflexiva, existencial. Como el llanto, puede expresar la máxima alegría y la más profunda tristeza, con todos los matices que van de una a la otra.

3. Chevillard, Eric. Caer. Novela corta de corte profundamente nihilista en que se nos presenta una civilización cuya única esperanza es la aniquilación y cuyo mesías está proscrito hasta en el mito. En Caer rinden culto al nihilismo y aguardan el final con rituales a la altura de su fe.

4. Chiang, Ted. Stories of your life and others. Chiang es, indiscutiblemente, un genio de corte borgeano. Su primera colección de cuentos tiene un corte más erudito que la segunda, pero no deja de ser un viaje maravilloso de reflexión especulativa.

5. Chiang, Ted. Exhalación. No hay palabras que alcancen para describir la rara mixtura de géneros e ideas que se encuentra uno en los cuentos de Chiang. Maestro de su propio género que mezcla mitología, fantasía, ciencia y filosofía en tramas de impecable narrativa.

6. Cioran, E. M. La caída en el tiempo. Una exploración desesperada sobre nuestra existencia fuera del paraíso, devorados por el tiempo y donde acaso sólo el llanto nos quede por compañía.

7. Claudel, Philippe. Almas Grises. Demoledora novela compuesta de trama policiaca y confesión personal en que el misterio principal queda para siempre pendiente: ¿cómo vivir en un mundo donde la belleza o la felicidad se perciben como burla insoportable?

8. Dieudonné, Adeline. La vida verdadera. Es difícil describir esta preciosa novela corta sin revelar el detalle que la hace memorable. Un relato de crueldad, compasión, desgracia y, sobre todo, salvación. 

9. Kierkegaard, Soren. Las obras del amor. Considerada por muchos la obra maestra del filósofo Danés (y de todos sus sudónimos), es una exploración emocional sobre el amor en todos sus aspectos y alcances. Explora las mil caras de la emoción buscando una verdad subyacente y existencial. Mención de honor para el apartado sobre el amor a los difuntos.

10. Kierkegaard, Soren. La enfermedad mortal. Otra de las obras cumbres del padre del existencialismo, explora las muchas maneras en que la angustia existencial afecta la vida diaria. Casi un tratado de psicología, sirvió en mucho a Ernest Becker para la composición de The Denial of Death.

11. Ligotti, Tomas. The Conspiracy Against the Human Race. Un auténtico clásico moderno, en que el autor nos lleva de la mano a reconocer el terror existencial derivado de la idea que tenemos de nosotros mismos: conscientes y libres, pero determinados.

12. Peura, María. Tu amor es infinito. Relato doloroso, devastador cuyo recurso literario es perfecto: la disociación entre el lenguaje puro de la infancia y la irrepresentabilidad del horror en que se desarrolla.

13. Tibuleac, Tatiana. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. El estilo de esta increíble novelista moldava es lapidario. Sus frases hieren en lo profundo, duelen, y forman un poema enternecedor sobre la reconciliación y las muchas maneras en que los afectos se descarrilan para mayor desgracia de quien lo permite.

14. Vallejo, Irene. El infinito en un junco. Esta historia cultural de los libros es bella y memorable, estableciendo vínculos entre la antigüedad y nuestros días, entre nuestros rituales y lo indiferente. Al final del día los libros nos unen a la humanidad y nos apartan de ella en la misma medida.

15. Vermes, Timur. Ha vuelto. La comedia verdaderamente graciosa es la más perturbadora y así, esta novela sobre un Hitler que aparece en la modernidad nos muestra que hay infinitas formas de complicidad pero casi ninguna de inocencia.

16. Vian, Boris. La espuma de los días. La entrañable historia de Colin y Chloe es inolvidable. A uno le entran ganas de aprender a bailar el biglemói, cuyo principio "repose sur la production d'interférence par deux sources animées d'un mouvement oscillatoire rigoureusement synchrone" Y hazle como quieras.

17. Winterson, Jeanette. Gut Symmetries. La novela narra un triángulo amoroso que en algunos aspectos imita o se inspira en la Grand Unified Theory que propone la identidad o unificación de las fuerzas fundamentales de la naturaleza. Así, tres personajes aparentemente disímiles se cruzan y se identifican hasta un desenlace que sólo de recordarlo impacta. Quizá, como siempre, el problema es el lenguaje. ¿Por qué usamos palabras distintas para hablar de lo mismo? ¿Por qué usamos una sola palabra para hablar de cosas distintas?

18. Zweig, Stephan. Los ojos del hermano eterno. Novela corta y filosófica sobre la búsqueda de la iluminación. Es difícil saber en qué consiste ser una persona auténticamente buena, más allá de las apariencias. Seguimos a Virata en su camino buscando la benevolencia y quizá, pesando en su historia, sabremos encontrarla en nuestra vida.

jueves, diciembre 30, 2021

Consuelo y consejo

To insist on truth from temptation is insisting on too much; the temptation is a deceiver and a liar, who certainly guards against speaking the truth because its power is precisely untruth.
—Søren Kierkegaard. The High Priest.
 
Leyendo a Kierkegaard, como ya es costumbre, me encuentro un argumento prístino y desestabilizador: la tentación es mentira en abstracto y no puede saberse nada verdadero sobre ella sino hasta haberla resistido. La tentación es, en este contexto todo lo que podríamos elegir que nos aparta de ser quienes somos. Por eso, opina Kierkegaard, nadie puede ponerse en nuestro lugar ante las tribulaciones, porque cada uno de nosotros experimenta y resiste en modos distintos.

     Me pregunto en qué consiste “resistir” a una tentación. Apartémonos de lo sacro y pensemos en la tentación de fugarse sin pagar una deuda entre amigos, sin duda resiste quien siente ese deseo y no actúa en consecuencia. Pero también hay resistencia cuando, después de perpetrado el robo sin consecuencias, el sujeto elige resarcir el daño y hacer las paces. Resiste el vicio quien nunca prueba el alcohol, pero hay también resistencia cuando habiendo caído plenamente en la dependencia, se le resiste y abandona. El punto, desde Nietzsche, es que nadie puede elegirse a sí mismo, si no conoce otro modo de existencia. El puro no elige ser quien es, puesto que no se conoce a sí mismo en degradación. En ese sentido sólo se conoce la tentación, tras haberla resistido. ¿Quién resiste y quién elige entonces? ¿Quien cae y conoce la mentira, el viso seductor y placentero de todo lo dañino? ¿O quien no cae nunca porque desde la inocencia, cree y por ningún motivo elige no probar el fruto prohibido?

     El punto es acaso muy teórico y muy etéreo. Prefiero bajarlo del cielo y aterrizarlo: ¿Con quién preferiría uno hablar para recibir consuelo o consejo en el momento de la caída o de la tentación? Una persona, que podría ser yo mismo, “cae” en la “tentación” de no ser fiel a sí mismo. Alcohólico, por ejemplo. O estudia una carrera que no le hace feliz. O encerrado en un matrimonio con violencia. O aferrado a un trabajo que paga bien, pero anestesia el espíritu. ¿Qué clase de persona estaría mejor calificada para darle un buen consejo o, en su caso, palabras de aliento y consuelo?
 
     El inocente será prueba viviente de que es posible vivir sin caer, que ese acto en particular no es en sentido alguno necesario y, por lo tanto, no es digno de considerarse una determinación existencial. Sin embargo, su testimonio es parcial, es inocente porque todavía no cae. Ningún vivo es prueba de la totalidad de su experiencia posible. Por otro lado, el caído que ha logrado redimirse, será prueba de que es posible levantarse, renunciar, elegir de nuevo. Pero su esperanza es igual de ilusoria, pues su vida tampoco ha terminado y es imposible saber si su renacimiento es definitivo o una tregua pasajera en medio de una determinación existencial irrevocable.
 
     Los dos testimonios se revelan absurdos, parciales. Acaso no hay manera racional de justificar por qué debe uno preferir uno u otro discurso. Emocionalmente, sin embargo, sigo prefiriendo el consuelo y el consejo del caído. Acaso porque yo mismo soy caído, porque la idea de una persona inocente me parece tan quimérica como el hipogrifo.
 
—Valjean, Bienvenu y los candelabros de palta—
 
Como siempre, puedo recurrir a Los Miserables para aclarar el punto: Jean Valjean no empieza a ser él mismo sino hasta después de hablar con monseñor Bienvenu. Aunque después del encuentro con el obispo roba la moneda al pequeño Gervais, parece que son el consejo y el consuelo del obispo lo que le hace entender lo inadmisible de su acción. Poco sabemos, sin embargo, del buen hombre. Se dice que pasó la primera parte de su vida entregado al mundo y la galantería. Que estuvo casado y su esposa murió. Que vino la revolución y en algo estuvo inmiscuido. Que huyó a Italia y que al volver era cura... y bueno. En los intersticios de esa historia hay mucho espacio para especular sobre sus relaciones con el mundo, la tentación y el arrepentimiento. Parece un hombre que lo ha vivido todo. Y por eso, porque ha caído y se ha levantado más de una vez, es capaz de decirle a Valjean: «Ya no perteneces al mal. Es tu alma lo que compro; la retiro del pensamiento oscuro y del espíritu de la perdición y se la entrego a Dios».

     ¿Es posible que alguien que no conoce el camino sea guía para los demás? Y, para seguir a Kierkegaard, ¿se debe el cambio en Valjean a su maestro? ¿O es Valjean quien se escoge a sí mismo? Lo cierto es que para Valjean, el buen monseñor Bienvenu es una interrogante, un salto de fe, que por ningún motivo y sin justificación de experiencia ni razón, elige perdonarlo y apostar lo poco que tiene a un Valjean que resista. Y ese acto de fe, parece suficiente para que Valjean, a su vez, crea que puede ser de otra manera, que no está destinado a ser el autómata que robó la moneda de cuarenta sous.
 
—El pequeño Gervais y Jean Valjean—
 
Y ahí tiene uno la respuesta. La historia, la experiencia o la vida de quien da consejo o consuela es absolutamente indiferente. El único factor determinante es que seamos capaces de reconocer la fe en sus palabras y sus actos, que seamos capaces de asumir la amorosa intención en su obsequio. El consuelo sólo surte efecto si creemos en él, el consejo sólo vale la pena si creemos.

You who sympathize, show your genuine sympathy by not claiming to be able to put yourself completely in the other person's place; and you who suffer, show your genuine discretion by not claiming the impossible from the other.
—Søren Kierkegaard. The High Priest.




martes, noviembre 30, 2021

This is my Beloved



Hay días en que uno anda nostálgico sin razón aparente. Una nostalgia más bien dulce, que invita a desandar el camino de la memoria emocional. Cuando ese ánimo me sorprende, casi siempre echo mano de un poemario, Esta es mi amada, que me recuerda los años viejos en que andaba todavía buscando a la Maga. No sé cuántos años tendría, seguro más de quince y menos de dieciocho, cuando los amigos que ya no somos, empezábamos a discutir de literatura como algo serio. Nos prestábamos libros y así crecíamos. El poemario en cuestión era una edición popular, viejita, con ilustraciones en sepia inspiradas vagamente por Alphonse Mucha. Me encantó, porque sugería cosas que yo no había vivido. La experiencia y la emoción estaban todavía en el futuro.



El autor es elusivo y el libro también. Después de años de conformarme con esa edición en español auspiciada por una revista sesentera, conseguí el original en inglés editado en los cincuentas. Es algo extraño que un libro tan popular en su momento no volviera a editarse.


Esa noche de nostalgia, leí el libro de un tirón, con una copa de vino bajo la luz mortecina de una lámpara. Lo leí en voz alta, disfrutando la experiencia de reconocer esas líneas familiares en su idioma original, jugando con la sonoridad y los sentidos adicionales del original.  Lo cierto es que la revista moderna había empleado a un traductor impecable.

Dividido en tres partes, This is my beloved es un diario en verso libre que sigue a una pareja desde la primera felicidad hasta el abandono. Comienza con el retrato emocional del amor naciente, seguido por los meses largos de ausencia melancólica. Casi al final, hay esperanze en un un reencuentro breve que no es reconciliación ni despedida, sino reduplicación del abandono. Cierra con un breve epílogo en que el amante acepta que nunca conoció a quien amaba y acepta la presencia  fantasmagórica de quien se ha ido, pero ya no podrá borrarse nunca. Acaso nos ha pasado a todos, pero, si tuviera que resumir mi historia, acaso sería en esos términos.

Que este breve resumen no llame a confusión, la pasión que describe Benton está muy lejos del ideal puritano idealizado y romántico que se esperaría del resumen que he propuesto. El amor que describe es, por decirlo de algún modo, anticartesiano, contratomista. Se trata de un amor hipocrático y pagano: donde el cuerpo es la expresión de la vida emocional. No hay pasión posible sin cuerpo, ni cuerpo sin pasión. Sospecho que estos poemas, así fuera incapaz de comprenderlos del todo, fueron la primera resquebrajadura en mi concepción católica, sacramental y descarnada de las emociones.

Y me pregunto entonces si mi vida tomó el camino que tomó porque leí a Benton o si, por el contrario, sigo disfrutando los versos de This is my beloved porque la vida me ha hecho apreciarlos. La pasión queda siempre a medio camino entre lo subjetivo y la construcción social.

Mientras leo, sospecho y casi temo que las líneas me hagan pensar en alguien. Una mujer en particular. Las imágenes se forman con la sombra del cuarto, como en un viejo tango. Leo unos versos y camino por París o Praga, en fantasma, con fantasma. Al final no somos sino siluetas pasajeras de sombra:

I walk alone. Slowly. No hurry. Nobody's waiting. 
My love who loved me (she said) is gone. My love is gone. 

La laterna magica me la presenta a ella, con sus azarosos ires y venires, tan efímeros e inesperados como los de la amada en estos versos. En lo más álgido de la ausencia, vuelvo a una noche en que vagué como herido de muerte pensando que nadie nunca podría curar mi angustia. Hasta llegar al consuelo de otro cuerpo que, con su nostalgia o desesperación se consoló también en el mutuo desconsuelo.

With what an alien sense my fingers curved about her breasts 
and searched the tangled dark where love lay hiding! 
I closed my eyes better to imagine you — 
but the rehearsed body would not ratify the mind's deception. 

Así puedo rastrear episodios y versos, uno por uno. Desencajándome del tiempo para visitarme y entenderme como los fantasmas que llevaron a Scrooge desde la amargura hasta la compasión. Esa misma noche, acaso por efecto de esta meditación emocional, soñé con ella. Sueño con su voz al otro lado del teléfono. Está triste y yo quisiera consolarla. Silueta de sombra, imagen que no se va...

I have looked too long upon you, too long . . . 
and with so much love that strangers can see you in my face — 
as the sun and vivid colors leave an after-image in the eyes.