No podría soportar que en esa hora tú fueras sólo un recuerdo y estuvieras mezclada, y pertenecieras a un tiempo lejano y borroso que es nuestro nítido tiempo de ahora, porque es el recuerdo y el tiempo lejano y la mezcla lo que más detesto y lo que siempre he intentado rebajar y negar, y enterrar a medida que se iban formando, a medida que cada presente estimado y enaltecido dejaba de serlo para ser pasado, e iba siendo vencido por lo que no sé cómo llamar si no lo llamo su propia e impaciente posteridad o su no-ahora.—Javier Marías. El hombre sentimental
Arte, Filosofía, Filodoxía, Anacronismos, Nostalgias, Desengaños, Ilusiones, Humor Negro, Crítica, Desubicación, Confusión, Extrañeza, Alienación, Ajeneidad, Incomunicabilidad.
viernes, abril 30, 2021
Guardián de tu lecho de muerte
martes, marzo 30, 2021
Merecido amor
Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo al abismo, también este mira dentro de ti.—Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal.
La cuestión me da vueltas hace tiempo. Volví a ella mientras intentaba escribir un cuento de pandemia que no llegó a cuajar. Recordé la época en que tuve una relación problemática. Era parte de una relación problemática, mejor dicho. Mi pareja —como tantas otras, como yo mismo— se empeñaba en hacerse daño de maneras cada vez más creativas e innovadoras. Ante algo así, uno se pregunta por qué lo hace, cómo es posible que alguien se lastime y nos lastime por ninguna razón aparente, explicable o decible. Suponemos que alguna razón existe y la buscamos. Pero se nos olvida que la suposición no es indicio de existencia.
En ese contexto, una noche en que intentaba ahogar la disonancia cognitiva en whisky, ví Las ventajas de ser invisible queriendo algún pretexto para la inconsciencia. Me gustó y no, como todo lo que nos repite y replantea un dilema en el que estamos. Una de las líneas narrativas sigue al enamorado de la “chica perfecta” que ve a ésta liarse con tipos cada vez más destructivos y violentos mientras se niega a establecer una relación con él, por más que es claro que le interesa, que lo quiere. Acaso, piensa un inocente, ella lo protege de se modo, salva al enamorado de perderse en una relación con ella, que se sabe inestable. Esta posibilidad no me convence, pues si ella supiera con tal claridad que algo no anda bien, por eso mismo estaría camino a corregirlo, ¿o no? El enamorado lleva su duda ante un maestro que parece más humano o sensible o entendido: ¿Por qué ella prefiere estar con quienes la lastiman, le pegan? ¿Por qué escoge eso? El profesor sonríe con tristeza, acaso opina que todo es inexplicable y caótico, pero aventura una demoledora explicación: “a veces aceptamos el amor que creemos merecer”.
La frase me fascina porque a pesar de ser una afirmación y tener apariencia de respuesta, esconde una duda profunda, un llamado. Por una parte, el uso del creer desarticula la noción de que cada quien está donde merece o de que toda miseria es voluntaria. Ahí donde creemos merecer, no hay justicia ni mérito, ni voluntad. Es que uno no elige sus creencias por sólidos argumentos racionales y empíricos, sino porque son absurdas. Por otra parte, el uso del plural “aceptamos, creemos”, incluye al enamorado en el problema: si él se empeña en esa chica inestable, es porque cree que merece el rechazo y ver herirse a quien ama. Pocos dolores son tan acuciantes como ver sufrir a quien uno quiere y ser incapaz de mitigarlo. De este modo, la respuesta del profesor es un abismo y, a veces, cuando uno contempla e interroga al abismo, éste le devuelve la mirada y la pregunta.
El abismo es esa pregunta malsana “¿por qué?” y surge del hecho de que nos ha quedado claro que 1. Aceptamos lo que creemos merecer. 2. Aceptamos estos amores malsanos, dolorosos. 3. Se demuestra así que creemos merecer el dolor malsano. ¿Por qué? Responder sería acaso el camino para superar nuestra errónea creencia sin renunciar al afecto. No hace falta destruir sino la creencia, pues el amor malsano puede existir como tantas cosas y afectos que están ahí y no creemos merecer, que no aceptamos, tantas cosas a las que no otorgamos un lugar central en nuestra vida.
Este abismo, que tiene orígenes más complejos que haber visto una película basada en la novela de Stephen Chbosky, ayudó a cambiar mi manera de establecer vínculos no sólo en el amor, sino en la amistad y tantos otros espacios sociales. ¿Por qué crees que mereces esto o aquello? Puesto que, si lo aceptas, crees merecerlo. Do not go gentle into that good night. Rage, rage against the dying of the light. Dylan Thomas tenía toda la razón. Por eso, cada vez es más frecuente que intente señalar este camino a todo el mundo, decirles lo que me gustaría que alguien me hubiese dicho y pedirles como Dylan Thomas le pedía a su padre agonizante: Curse, bless me now with your fierce tears, I pray.
Es que ante ese abismo del por qué, sólo hay lugar para feraces lágrimas feroces. ¿Por qué crees que mereces alguien/algo así? es una pregunta equivalente a ¿por qué querrías algo/alguien así en tu vida? Algo que te daña, alguien que te lastima, manipula, que te tiene en este estado miserable. Sin darte cuenta que eres tú quien, por error y malentendido, sin culpa, sin justicia, ni mérito, cree que lo merece. Encuentra la raíz de tu fe y abjura de ella. Las lágrimas llegan porque estamos torcidos, confundidos y enderezarse duele.
Estamos torcidos porque casi siempre suponemos que nuestras razones morales coinciden con nuestras creencias morales. Sin embargo, cuando decimos “Yo (no) merezco esto”, no queremos decir lo mismo en razón y en creencia. Desde un punto de vista racional, uno muy bien puede opinar y estar convencido de que no merece esto. Por supuesto que si me presentan a alguien y me dicen “quiere una relación contigo, pero va a golpearte”, le rechazaría, pues no merezco eso. Este saber no arregla nada. Lo cierto es que la persona que sabe esto, no ve la luz y se aparta de una relación problemática. Esto se debe a que las creencias morales son más complejas y siempre surgen in media res. No dialogan con razones. Así se explica que uno responda “me quedo por amor”. Suena bonito, pero prueba que una creencia moral no dialoga con las razones: las ignora. Es que el mundo de la creencia moral es el absurdo, y ahí están amar y merecer. ¿Por qué creo esto? es una pregunta incontestable. Es otro abismo. Merezco porque amo. Amo porque merezco. En el mundo de la creencia, estas dos proposiciones son indistinguibles.
Aparece el fantasma de la libertad. Creo que lo merezco porque quiero creerlo. ¿Entonces es porque quieres merecerlo? La pregunta subsiste, ¿por qué? En el mundo del creer, la pregunta deja de buscar respuesta o explicación: evidencia la ausencia de respuestas y explicaciones. Demuestra que estamos en el mundo del absurdo. Si no puede esgrimirse un por qué, es porque toda creencia es contingente, podría ser de otra manera, y nada obliga a que siga siendo como es. Esto significa que no merecemos ni queremos de una vez y de una misma manera para siempre. No hay justicia, no hay mérito, no hay causa. “¿Por qué?” es otro modo de hundirnos en la subjetividad, en nuestra historia y juicios personales, que son pretexto de errores y elecciones tomadas a ciegas, confundiendo causa y accidente. Así entendemos que lo mismo le pasa a todo el mundo. Que todos estamos desamparados en el mundo del creer. Ninguna razón nos salva. Al contrario, la razón nos condena: las razones morales nos hacen creer que cada quien está donde quiere, donde merece, que elige a ojos abiertos y con la luz encendida su miseria. Cuando uno se pregunta por qué creemos tales idioteces, vuelve a contemplar el abismo.
Y éste nos devuelve la mirada. Uno empieza a pensar en el abismo del por qué y sana, deja de aceptar el daño y de hacerlo porque, después de todo, nadie merece el daño, por más que creamos que es posible merecerlo. Por este camino se cumple el lema de Delfos, cada quien se conoce a sí mismo en fragilidad e imperfección, y reconoce que está indefenso ante la fe y que todos, en algún momento, por error, confusión o accidente, no sólo aceptamos el daño sino también, inevitablemente, lo causamos. Así, antes de entablar una relación, no dejo de preguntarme ¿por qué alguien creería merecer esta peligrosa y desesperada bolsa de huesos e imperfecciones que soy? ¿Qué problema puede tener para quererme en su vida?
Peleas con monstruos y te conviertes en uno de ellos. Miras al abismo y el abismo te devuelve la mirada. Te vas quedando solo porque parece la elección razonable, moralmente viable. Y vuelve la pregunta: ¿por qué crees que mereces la soledad? ¿Por qué querrías una vida sin afectos? Y vuelves a empezar. Es un abismo, no una respuesta, es un llamado a resistir, a llorar, a enfurecerse y rabiar contra la muerte de a luz, ¿no Dylan?
Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lighting they
Do not go gentle into that good night.
...
Curse, bless me now with your fierce tears, I pray
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage, against the dying of the light.
domingo, febrero 28, 2021
Lo mejor de la década (2011-2020)
Uno sólo debe hablar cuando no puede permanecer callado; y hablar sólo de aquello que ha conquistado.—Friederich W. Nietzsche
Me parece un suspiro, pero ya han pasado otros diez años en franco y descarado romance con la lectura. Vuelvo la mirada a la infinitud de las listas, como dice Umberto Eco, y recupero el ejercicio de encontrar las joyas de este largo suspiro en el prolongado suicidio que es la vida. Pasados los cuarenta, veo que tenía razón cuando dije que hacerse adulto es darse cuenta de que el tiempo se hace escaso y es preciso reservar cariñosamente unas horas diarias para la familia, los amigos, a quienes uno más quiere, incluyéndose. Como lector, eso significa asaltar de vez en vez a la jornada laboral, el transporte y cualquier otra actividad para dedicar el botín obtenido de preciosos minutos a los libros. Porque uno se enamora de los ellos cuando es niño y le sobra tiempo, mantenerse fiel a ellos es seguir apegado a ese estado idílico, inocente, feliz. Cuando el libro es sinónimo de esos héroes épicos de infancia que son papá y mamá. Los libros son una forma maravillosa de estirar la infancia con independencia de la edad. Como cualquier amistad, como el amor mismo, es preciso que la relación sea menos espontánea y mucho más seria cuando el tiempo se hace escaso. Llega una edad, en que es preciso comprometerse y jurar fidelidad a los libros y a uno mismo. Uno sabe que está en lo correcto cuando la tarea misma se hace ligera, por más pesada que parezca.
Van las estadísticas de ley: Entre 2011 y 2020 leí mil y once libros, número que me hace pensar en un cuento de Michael Ende, con infinitas puertas. Con obsesión estadística pueden traducirse en 326, 253 páginas y afortunadamente no han aumentado las dioptrías. Pero sigue siendo verdad que hay una vida, un amor y una pérdida en cada uno de esos tomos, páginas y letras.
Celebro otra década de lector. Celebro que papá y mamá sigan siendo mis héroes épicos de toda la vida, que sean presencia en fantasma junto a cada uno de los libros y libreros que son mi hogar. Ofrezco esta lista con la esperanza de que invite a la lectura, como un mapa recién trazado por el explorador que ojalá sirva de guía a otros que vendrán después y tengan el gusto, la voluntad y el compromiso de emprender su camino.
— ¿Libro de la década? Difícil... Con temor y temblor nomino a Durrell—
- Armstrong, Karen. A History of God.
- Barthes, Roland. El placer del texto.
- Camus, Albert. El mito de Sísifo.
- Cioran, E. M. En las cimas de la desesperación.
- Davidson, Andrew. The Gargoyle.
- Dick, Philipp K. Do Androids Dream of Electric Sheep?
- Diderot, Denis de. Jacques el fatalista.
- Dumas, Alexandre. El conde de Montecristo.
- Durrell, Lawrence. El cuarteto de Alejandría. (1. Justine. 2. Balthazar. 3. Mountolive. 4. Clea).
- Elizondo, Salvador. Farabeuf.
- Fallada, Hans. Alone in Berlin.
- Gander, Forrest. Como amigo.
- Kerr, Philipp. Una investigación filosófica.
- Kerr, Philipp. Prayer.
- Keyes, Daniel. Flowers for Algernon.
- Kierkegaard, Søren. O lo uno o lo otro.
- Kundera, Milan. La broma.
- Kundera, Milan. La identidad.
- Kundera, Milan. Jacques y su amo.
- Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser.
- Lemaitre, Pierre. Iréne.
- Lemaitre, Pierre. Alex.
- Ligotti, Thomas. The Conspiracy Against the Human Race.
- Lispector, Clarice. La hora de la estrella.
- Loridain-Ivens, Marceline. Y tú no regresaste.
- Manganelli, Giorgio. Amore.
- Marco Aurelio. Meditaciones.
- Marías, Javier. Así empieza lo malo.
- McEwan, Ian. Atonement.
- Nabokov, Vladimir. Lolita.
- Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra.
- Onetti, Juan Carlos. Cuando ya no importe.
- Ramachandran, V. S. Phantoms in the Brain.
- Rein, Hans. Final en Berlín.
- Rilke, Rainer M. Das Stunden Buch.
- Scarry, Elaine. The Body in Pain.
- Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación.
- Shelley, Mary. Frankenstein.
- Stendhal. Rojo y Negro.
- Tavares, Gonçalo M. Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre.
- Teller, Janne. Nada.
- Tolstoi, Lev. La Sonata a Kreutzer.
- Tolstoi, Lev. Confesión.
- Vicens, Josefina. Los años falsos.
- Winterson, Jeanette. The Passion.
- Winterson, Jeanette. Written on the Body.
- Wittgenstein, Ludwig. Investigaciones filosóficas.
jueves, enero 28, 2021
Estaciones 2020
Pocas cosas disfruto más que hablar de libros, y cuando se trata de libros memorables, me gusta más. Así que, a la manera de Maimónides y para los perplejos que todavía no saben qué leer a continuación, para los que entran a la librería sin una carta de navegación o a la biblioteca echando en falta un mapa, para los curiosos y amigos, aquí van las recomendaciones basadas en la experiencia lectora de 2020. Veintiséis bellas postales de un viaje entre 108 libros, que comparto con la esperanza de que sean pretexto de muchas y felices lecturas, conversaciones, amistades, encuentros...
martes, diciembre 29, 2020
Pulvis et umbra sumus
Por lo general, me cuesta trabajo sentarme a escribir, pero esa sensación de dificultad se vuelve siempre más aguda cuando se trata de la entrada al blog en Diciembre. Quizá porque es una época en que desboco mis ganas de escribir en formas más personales y directas, enviándole unas lineas a las personas importantes. Personas así, hay siempre menos de las que uno quisiera, pero también siempre más de las que merezco.
En todo caso, esta época coincide también, desde hace ya muchos años, con mis vacaciones laborales. Así que las últimas semanas del año son siempre sinónimo de abandonar el auto y caminar o usar el metro para todo lo que haga falta. Creo, aunque no puedo citar evidencia al respecto, que si alguna buena idea se me ha ocurrido en la vida, ha sido mientras caminaba por la ciudad, casi siempre de noche. Cuando me encuentro de camino hacia algún lado. Acaso tiene algo que ver ahí la amnesia de umbral. Estar de camino significa no haber atravesado una puerta que me hace comportarme de un modo determinado, con expectativas. Cosas así. Estar en tránsito es en algún modo ser también libre. Así que este año ando parco de ideas, porque no es ideal hacer largas caminatas, ni ir a cualquier sitio, ni usar el metro, ni nada.
Por lo que decidí escribir estas líneas sobre por qué no quiero escribir estas líneas. Pensé en describir el proceso de procastinación al que me condena acercarme al teclado. Pero pronto me di cuenta de que apenas empezaba a escribirlo, prefería vivirlo y me apartaba del teclado. El tema de la amnesia del umbral me sigue dando vueltas en la cabeza, eso sí. La manera en que toda nuestra personalidad se transforma cuando entramos a un espacio familiar, conocido, donde siempre nos hemos comportado de manera similar, o en que estamos siempre en la misma compañía, ante los mismos estímulos. El espacio nos influye. De manera que en estos meses en que hemos tenido que aprender a redefinir el espacio que habitamos, todos hemos sido presa de una neurosis un tanto aterradora. Sin voces del exterior que opaquen nuestros demonios, éstos se brincan las trancas.
Por otro lado, a veces basta cruzar el mismo umbral de siempre para encontrarse en otro mundo. Volver a donde uno fue feliz con quien fue feliz. Como en tango de Gardel. Como en una película cursi de encuentros y desencuentros. Hay quien me llama cursi y anticuado porque me gusta Rilke, pero ahí va una traducción improvisada, porque Rilke sabe lo que se siente.
Dios habla con cada uno, mientras le hace;
después y en silencio lo extrae de la noche.
Pero sus palabras, antes que cada cual comience,
sus nimbadas palabras son:
Exíliate de tus sentidos,
llega al borde de tu anhelo
y así cobíjame.
Arde como incendio tras las cosas,
para que tus sombras se alarguen
y me cubran siempre.
Deja que todo te suceda: belleza y terror
Siempre adelante: ninguna emoción es desenlace.
No permitas que nos apartemos.
Cerca esta esa tierra
que llaman vida.
Conócela
en toda su gravedad.
Dame la mano.
—De La Tour, Georges. San Jerónimo leyendo (1621-23)—
Me encantan estas palabras que Rilke le atribuye a Dios, que son una bienvenida y una despedida. Dichas en el momento preciso en que se cruza el umbral y se asume un modo de existencia transitorio. Las recuerdo a menudo. Se dicen y se escriben en apenas un instante, y ese instante quedará inmediatamente sepultado en la eternidad. La vida es umbral. El instante es umbral. Cada encuentro es bienvenida y despedida. También esto será olvido. Pero hasta entonces, cobijémonos con toda la gravedad de la vida, hasta el borde de nuestro anhelo.







