martes, diciembre 29, 2020

Pulvis et umbra sumus

Por lo general, me cuesta trabajo sentarme a escribir, pero esa sensación de dificultad se vuelve siempre más aguda cuando se trata de la entrada al blog en Diciembre. Quizá porque es una época en que desboco mis ganas de escribir en formas más personales y directas, enviándole unas lineas a las personas importantes. Personas así, hay siempre menos de las que uno quisiera, pero también siempre más de las que merezco.


       En todo caso, esta época coincide también, desde hace ya muchos años, con mis vacaciones laborales. Así que las últimas semanas del año son siempre sinónimo de abandonar el auto y caminar o usar el metro para todo lo que haga falta. Creo, aunque no puedo citar evidencia al respecto, que si alguna buena idea se me ha ocurrido en la vida, ha sido mientras caminaba por la ciudad, casi siempre de noche. Cuando me encuentro de camino hacia algún lado. Acaso tiene algo que ver ahí la amnesia de umbral. Estar de camino significa no haber atravesado una puerta que me hace comportarme de un modo determinado, con expectativas. Cosas así. Estar en tránsito es en algún modo ser también libre. Así que este año ando parco de ideas, porque no es ideal hacer largas caminatas, ni ir a cualquier sitio, ni usar el metro, ni nada.


      Por lo que decidí escribir estas líneas sobre por qué no quiero escribir estas líneas. Pensé en describir el proceso de procastinación al que me condena acercarme al teclado. Pero pronto me di cuenta de que apenas empezaba a escribirlo, prefería vivirlo y me apartaba del teclado. El tema de la amnesia del umbral me sigue dando vueltas en la cabeza, eso sí. La manera en que toda nuestra personalidad se transforma cuando entramos a un espacio familiar, conocido, donde siempre nos hemos comportado de manera similar, o en que estamos siempre en la misma compañía, ante los mismos estímulos. El espacio nos influye. De manera que en estos meses en que hemos tenido que aprender a redefinir el espacio que habitamos, todos hemos sido presa de una neurosis un tanto aterradora. Sin voces del exterior que opaquen nuestros demonios, éstos se brincan las trancas.


     Por otro lado, a veces basta cruzar el mismo umbral de siempre para encontrarse en otro mundo. Volver a donde uno fue feliz con quien fue feliz. Como en tango de Gardel. Como en una película cursi de encuentros y desencuentros. Hay quien me llama cursi y anticuado porque me gusta Rilke, pero ahí va una traducción improvisada, porque Rilke sabe lo que se siente.

Dios habla con cada uno, mientras le hace;
después y en silencio lo extrae de la noche.
Pero sus palabras, antes que cada cual comience,
sus nimbadas palabras son:

Exíliate de tus sentidos,
llega al borde de tu anhelo
y así cobíjame.

Arde como incendio tras las cosas,
para que tus sombras se alarguen
y me cubran siempre.

Deja que todo te suceda: belleza y terror
Siempre adelante: ninguna emoción es desenlace.
No permitas que nos apartemos.
Cerca esta esa tierra
que llaman vida.
Conócela
en toda su gravedad.
Dame la mano.




De La Tour, Georges. San Jerónimo leyendo (1621-23)—

 

Me encantan estas palabras que Rilke le atribuye a Dios, que son una bienvenida y una despedida. Dichas en el momento preciso en que se cruza el umbral y se asume un modo de existencia transitorio. Las recuerdo a menudo. Se dicen y se escriben en apenas un instante, y ese instante quedará inmediatamente sepultado en la eternidad. La vida es umbral. El instante es umbral. Cada encuentro es bienvenida y despedida. También esto será olvido. Pero hasta entonces, cobijémonos con toda la gravedad de la vida, hasta el borde de nuestro anhelo.



lunes, noviembre 30, 2020

Il n'eut plus son ange


Elévate tras las cosas como llama / que tu sombra se desenvuelva / cúbreme siempre por entero

Hinter den Dinge wachse als Brand / dass ihre Schatten ausgespannt / immer mich ganz bedecken
—Rilke R. M. Stundenbuch.
 
Con que fuese sólo un tanto más supersticioso, diría que hay libros que proyectan largas sombras, haunted books. Volví a leer La sonata a Kreutzer de Tolstoi y soñé contigo como la primera vez. Una semana después discutí largo rato sobre el libro. Esa noche de nuevo tu llama se encendió detrás del mundo, proyectando largas sombras que me cubrieron por entero. Soñé que te escribía una carta. La última. Acaso lo haré pronto. Ya veremos. No soy supersticioso.
 
 
 —Georges de La Tour. José el Carpintero (1645). Musée du Louvre—
 
 
Supersticiones y sombras a parte —o encima— recuerdo que en la casa de Victor Hugo, la de Place des Vosges en París, hay un cuarto oscuro donde la única luz se posa sobre una distante y diminuta calavera. Acaso fuera una exposición temporal que tuve la suerte de ver porque no me imagino a Hugo obligando a sus visitas a pasar por la tenebrosa habitación, vaya uno a saber. Es que hasta donde me da la memoria, uno tiene que pasar por esa habitación para llegar al estudio donde exhiben los manuscritos y primeras ediciones de Los miserables en vitrina. Aunque tampoco me sorprendería la presencia de ese memento mori permanente en una habitación de un tipo genial como Hugo, siempre consciente de que ninguna pasión es pura.
 


 
 
Para ejemplo basta recordar que una de tantas escenas memorables en la gran obra de Hugo ocurre al principio de Saint Denis; es decir, la cuarta parte de Los miserables. En el episodio titulado La casa secreta, nos encontramos otra vez con Valjean y Cosette después de una larga ausencia en que vivieron al amparo de los muros de un convento. Encontramos a Valjean viviendo con su hija adoptiva en una casa de la rue Plumet y se nos explica por qué dejaron atrás la seguridad del convento donde Valjean era tan feliz que no podía tener la consciencia tranquila.

Nada hacía tan feliz a Valjean como tener a Cosette a su lado, con la certeza de que era suya y nada ni nadie podría apartarla de él. Es esta última parte la que echa sombra sobre la felicidad contaminándola. Sin duda, Valjean siente un afecto paternal por Cosette, pero su amor no es únicamente paternal. Al contrario, tiene otros confusos componentes que ya antes nos ha explicado el narrador: su amor es el de un hombre bueno, sin esposa y que estuvo preso durante diecinueve años. Esta prolongada e involuntaria castidad echa sombra sobre el amor de Jean Valjean sin corromperlo. No obstante, perturba su consciencia.

De pronto el amor, por puro y desinteresado que sea, se enturbia con ánimo de apropiación: “era suya y nada ni nadie podría apartarla de él”. Cuando la felicidad está emparentada con el amor y éste a su vez con la ambición o la propiedad, todo se tuerce y enturbia. Por eso Valjean se pregunta si su felicidad no estará construida a costa de apropiarse sin derecho de Cosette, robándole así toda felicidad posible, desvalijándola como ratero a media noche, sin que ella pueda saber que algo le falta sino hasta muy tarde, cuando ya la pérdida sea irreparable. Es que él se retiró o huyó del mundo tras conocerlo plenamente, después de vivir en él como pobre, convicto, millonario y prófugo. Cosette en cambio estaba encerrada en el convento sin conocer apenas otra forma de vida, sin una elección consciente, sino a consecuencia de su vínculo con Valjean. Aprovecharse de esa inocencia, piensa Valjean, es privarla de todo aquello que nos hace humanos. Para ser libres es preciso escoger y una elección a ciegas es sólo simulacro.  Así, la felicidad de Valjean en el convento sólo puede prolongarse si causa a Cosette un daño irreparable. Para que su amor le haga feliz, Valjean necesita traicionarlo. Como auténtico héroe de la resignación infinita, Valjean prefiere renunciar a su felicidad para permitir que Cosette pueda vivir tanto como sea posible y entonces decida si quiere o no quedarse cerca de su azaroso padre adoptivo. Por eso sale del convento, por eso viven en la rue Plumet.

No sé si el resultado de esta decisión puede considerarse un éxito. Cosette vive y se casa con Marius, pero no deja de amar a Valjean. Sin embargo, éste decide otra vez apartarse por bien de la niña. Además hay un malentendido con Marius y el viejo héroe apenas sobrevive en un sótano, enfermo y solo. Cosette ni siquiera entiende por qué su padre está lejos, ella no deja de buscarlo y quererlo cerca. He ahí otra forma en que se enturbia todo porque los que aman privan de decisión a la supuesta amada. Quizá por eso Valjean no vuelve a ver a Cosette hasta la última hora. Omnes vulnerant postuma necat. La narración nos dice que Valjean muere feliz en ese breve encuentro, pero su epitafio cuenta otra historia: Il vivait. Il mourut quand il n'eut plus son ange; La chose simplement d'elle-même arriva, Comme la nuit se fait lorsque le jour s'en va.
 
Esta complejidad en el amor de Valjean y Cosette también me persigue como un mal encantamiento, cuyo conjuro fuera ese epitafio. Es que acaso la única prueba de amor es hacer como Valjean. Amar es apartarse poco a poco  de forma natural hasta morir como la noche llega al terminar el día. Amar es descender al crepúsculo de un sótano apenas iluminado por el recuerdo y morir de nostalgia. El amor es como una rabia en que el paciente no puede sino huir y rechazar aquello que podría curarle. Acaso Kierkegaard estaría de acuerdo en que Valjean es el caballero de la resignación infinita, cuya pasión es paradoja y desesperación. Carecer de esperanza es la clave paradójica de una existencia bien vivida. Escoger la nada por ninguna razón, desde la propia e indecible desesperación. Reconocer que estamos separados por el universo entero. Cuando ardemos con mayor intensidad, son más largas y oscuras las sombras que proyectamos en la vida del otro. Para amarles, es indispensable ya no tener a nuestros ángeles.

Quizá escriba una última carta en imitación de Valjean. Acaso sea en imitación a Rilke y no sea la última. No soy supersticioso.

Lass nicht von mir trennen
Nah ist das Land
das sie das Leben nennen


sábado, octubre 31, 2020

Siempre demasiado tarde


Demasiado tarde mis ojos se abrieron a la luz... demasiado tarde conocí el arrepentimiento, demasiado tarde conocí la caridad, demasiado tarde, en fin, comprendí esas palabras divinas de aquel a quien ultrajé, esas palabras que deberían ser la ley de la humanidad toda entera: amaos los unos a los otros.

—Eugène Sue. El judío errante.



De acuerdo con la leyenda, Cristo caminaba rumbo al Gólgota con su cruz a cuestas cuando se detuvo ante la puerta de un zapatero judío que trabajaba en su banco de piedra. Jesús le pidió prestado el banco para descansar un instante y el zapatero se negó; camina, le dijo al condenado, camina. En una reacción bastante poco característica, el crucificado castigó esta crueldad del zapatero condenándolo a caminar sin descanso hasta el fin de los tiempos: “Y tú caminarás sin cesar hasta la redención; así lo quiere el Señor que está en los cielos”.



La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —

 


En la versión de Eugène Sue, la crueldad del zapatero se explica porque se trata de un hombre cansado, agobiado por las desgracias de la pobreza, la crueldad de los romanos, del trabajo, la explotación y la vida familiar menos que armónica. El castigo que, desde una visión canónica de la figura de Cristo, ya parece desmedido y poco característico, se vuelve así una acción alevosa y hasta salvaje, similar a la de esas hadas y brujos que tendían celadas a los campesinos pidiendo caridad y maldiciendo a quienes no estaban de ánimos para cumplirles el capricho de aquello que podían obtener con magia. Por lo demás, la maldición del Judío Errante no se limita a la vida eterna en marcha sin descanso. Eso sería muy poco. Resulta que encima, por ahí por donde pasa el condenado, se desata la peste del cólera.

 
La desmedida crueldad inútil que ejerce un ser todopoderoso sobre personas normales con indiferencia plena hacia sus luchas existenciales y sus irremediables sufrimientos ilustra con claridad lo que el autor pensaba sobre el uso y abuso de la doctrina cristiana en su época. Se ensaña maravillosamente con los jesuitas porque, si hacemos caso de la investigación de Sue, quien cita fuentes, textos y demás evidencias hisotoriográficas, fueron ellos quienes inventaron todos los mecanismos que siglos después, tendemos a identificar con regímenes totalitarios como los de la Unión Soviética y la Alemania Nazi: la dominación ideológica a través de la manipulación, la vigilancia, la policía secreta, el chantaje y la delación. La crítica de Sue nos hace ver que cualquier ideología puede convertirse en totalitarismo, si se aplican los métodos adecuados, si los ideólogos están dispuestos. Cualquier ideología que exige sujetos dóciles como cadáveres, que no cuestionan, que no ponen en duda sus propios principios, termina en lo mismo. Y el pretexto puede ser tan contrario al método como el mensaje central del cristianismo: amaos los unos a los otros.

 
La novela fue incluida en el infame Index liberorum prohibitorum, señal casi inequívoca de que Sue se acercaba peligrosamente a una verdad incómoda: la fe ciega hace pensar que el fin justifica los medios, que cualquier acción empleada en nombre de una ideología bella, se encuentra por consecuencia justificada. Y que para cuando los ideólogos, los zealotes y los creyentes se dan cuenta de la traición que cometen respecto del mensaje en el que creen, es siempre demasiado tarde.

 
La trama sigue a los descendientes del Judío Errante, quienes tienen derecho a una herencia de riquezas fabulosas gracias a los buenos oficios y la intervención del inmortal en los asuntos familiares. Los jesuitas emplean todos los medios y trampas a su disposición para apoderarse de esa herencia. Sus métodos nos son extrañamente familiares; así por ejemplo, consiguen encerrar en un manicomio a una de las herederas porque, de acuerdo con la sociedad de su tiempo, que una mujer quiera vivir en casa propia y sin marido, era señal incontestable de inestabilidad mental. Situación a la que sigue un giro más aterrador si se puede imaginar, digno de una novela de horror psicológico a la Pierre Lemaitre. Acciones así de horrorosas y otras peores, se emprenden, por supuesto, en nombre de la caridad cristiana y el amor al prójimo. En cuestiones como esta, la novela de Sue trata problemas contemporáneos de manera centrada y clara. No sé si interpretarlo como que Sue estaba iluminado y adelantado a su tiempo, o si es que no hemos avanzado un ápice en este pinche mundo. Como sea, también preconiza un recurso literario muy celebrado en nuestros tiempos: el giro inesperado. Cosa que no ocurre una, sino dos veces en la trama. Y ambas, de manera magistral, soberbia.

 
Me resisto a revelar los dos giros inesperados y soberbios en la historia. Pero ambos ilustran que Eugène Sue tenía una visión del mundo acabada y digna de contarse entre los desesperados más influyentes como Zapffe, David Benatar, Thomas Ligotti y Schopenhauer. En el Judío Errante, Sue nos propone la muerte como horizonte de interpretación. Ante el hecho de la muerte, toda empresa humana resulta superflua y esto significa que ningún sacrificio, ninguna crueldad, ningún daño al prójimo está justificado, con independencia de la ideología en que quiera escudarse. Por otro lado, si la vida es un caminar sin rumbo hasta la redención, no hay alivio ni paz, sino en la muerte. La muerte es la redención. Esto se debe a que nuestra existencia está cercada por la imposibilidad material de vivir sin ceder. Su personaje inmortal esparce la muerte a su paso, los mortales multiplican la desgracia. Para vivir hay que ceder y es preciso comprometerse: los jesuitas traicionan el mandamiento en aras del propio mandamiento; los pobres venden su vida para conservarla, el zapatero judío se vuelve cruel porque el mundo ha sido cruel con él, el Cristo de la leyenda tiene un desplante porque el mundo le ha colmado el vaso. Nadie puede existir en vida sin ceder, eso es todo. Por eso el arrepentimiento llega siempre demasiado tarde: se sabe que se ha obrado mal, se sabe que pudo actuarse mejor, pero es materialmente imposible no haber cedido. La vida misma es arrepentimiento. Si la redención ocurrirá hasta la muerte o después de ella, no hay modo de expiar el arrepentimiento en vida. Siempre es demasiado tarde.

 


— La leyenda del judío errante. Gustave Doré (1856) —

miércoles, septiembre 30, 2020

Farabeuf, ¿recuerdas?

 

 

Y siente el avance del tiempo dentro de sí mismo como el avance de la muerte.

—Cioran, E. M. En las cimas de las desesperación.

 

 

¿Te acuerdas? A veces todavía me dan ganas de preguntarte si llevas en la memoria aquella tarde en que me regalaste un ejemplar de Farabeuf. Lo cierto es que a mí me cuesta, tengo que hacer esfuerzos de memoria y, hasta eso, no sé si tienen éxito, porque la imagen es fugaz y fragmentaria, acaso falsa. «Hay algo en tus recuerdos que te impide traerlos a la mente con la nitidez que fuera necesario. Todo en ello es turbio y confuso. Te sientes abrumada por la presencia demasiado tangible de ese ser que has creado y que hubieras querido ser. Algo en toda tu vida se te escapa». Nos encontramos en los salones abandonados de ese hogar que fue, donde tantas veces nos herimos como acudimos fieles a darnos consuelo. Recupero palabras que escribí entonces, como si en ese acto de leerme otra vez pudiera separar a este que soy y a este espacio abandonado que me rodea del acto mismo de hablar con tu sombra, intentar un recuerdo y terminar en fracaso. Nos hago pedazos porque no es posible reconstruir ese tiempo viejo, porque resulta increíble que entonces y ahora, de un párrafo a otro, de un día a otro, o entre latidos, viviéramos emociones tan variadas y contradictorias. «¿Quién es ese que en la noche nos invoca para su imaginación como la concreción de nuestro propio deseo insatisfecho?» Me sorprende el modo casi natural con que se siguen unas a otras, la falta de entendimiento respecto a estos vaivenes de la emoción y las pasiones. Acaso esa ceguera ante la sinrazón contradictoria y bella que fuimos era consecuencia de que entonces no pensábamos mucho, que es hasta ahora que me atrevo a contarnos la historia. «Somos una película cinematográfica, una película cinematográfica que dura apenas un instante. O la imagen de otros, que no somos nosotros, en un espejo. Somos el pensamiento de un demente». Es tan distinto reconstruir las emociones con tanto tiempo encima, volver sobre la marcha de lo que ha pasado y tener, encima, la conciencia de lo que siguió. Quizá no quería ver, no querías entender. Era más fácil vivir en el ahora, en esa experiencia sin tiempo ni conciencia. Sólo así podíamos pensar que el tiempo no pasaba, que esa tarde no estaba separada por una eternidad de violencia de la última vez que coincidimos en ese hogar que era el nuestro, que estábamos a punto de abandonar para intentarlo todo de nuevo, con los mismos errores y virtudes en el Boulevard Saint Michel, pero también en la memoria, tantos años después en la memoria, ese hogar que es sombra y es vacío, donde resuenan todavía los ecos de las palabras de amor y de odio, de tantas promesas con que pensamos era posible construir la vida que nos empeñamos tan desesperadamente en construir juntos. Hasta no entenderte o sólo en parte «He comprendido a través de tus palabras toda la angustia de tu cuerpo que aspira ya, por el deseo, a una muerte tibia y apenas perceptible». Todo lo cual se repite también eternamente en cada palabra de Farabeuf, que jamás habría leído de no ser porque aquella tarde lo traías contigo, ¿te acuerdas? 

 


 


viernes, agosto 28, 2020

I'm in it, but it's empty (2)

Tenemos que vivir las tonterías de la vida para luego volver a la vida misma; no podemos creer lo que se nos dice. Entonces tú todavía no habías vivido hasta el final esas tonterías simpáticas y embriagadoras, en las que me deleitaba viéndote, y te dejé vivirlas, sentía que no tenía derecho a coartarte, aunque para mí hacía mucho que había pasado el momento
—Tolstoi. La felicidad conyugal.


Tenía ganas de escribir algo muy erudito y muy sentido sobre Almas Grises, esa novela hermosa, breve y desgarradora de Philippe Claudel que me dejó noqueado, con ganas de un trago, de un abrazo y hasta de un poco de cariño. Es que Claudel borda con preciosismo una tela de sueños, mentiras, dolores e insuficiencias que te la debo. Creo que ya he hartado a todo el mundo recomendándole esta novela por lo que, en vez de una reseña objetiva y reiterativa, preferí usar aquella narrativa que empecé hace unos meses para darle vueltas a Claudel y a la Felicidad Conyugal de Tolstoi, de la que hace eco mi narrativa todavía en proyecto.
 

 
I’m in it but it’s empty (2)

愛 Leo en Claudel: «El tiempo me parece un monstruo creado para separar a quienes se aman y hacerlos sufrir infinitamente». Me emociona la frase y el libro entero y pienso en ti. Si me pondrás también un nombre como Tristeza. Si me verás como un tipo marchito, sin mucho interés. Si ya serás capaz de sentir o imaginar esa dulce ambigüedad que sólo dan los años, la de sentirse al mismo tiempo víctima y victimario. Siempre juega uno con ventaja cuando es más viejo, pero también por eso, desde su desesperación de ruina, no sabe defenderse con el desinterés y la entereza que lo hacen los inocentes. Me pregunto si lo que busco no es precisamente eso: una ceguera que recuerdo y añoro, pero que no puedo recuperar.
     No puedo escapar de la duda. Te atribuyo el don y la limitación de la inocencia porque nos separan muchos años. Es posible que me equivoque. Es posible que no tenga ninguna capacidad para separar a los justos de los injustos, a las inocentes de nosotros los rendidos. Acaso es lo que busco, esa inocencia que te invento, esa inocencia que es la sustancia con que uno compone toda esperanza. Ambiciono ver tus ojos más claros y más limpios que los míos o los de cualquiera para alimentarme de su naiveté, de esa paz que sólo poseen quienes juzgan al mundo sin temor ni dudas porque les faltan experiencia y heridas.
     Acaso es este el destino a que estamos todos condenados conforme nos hacemos mayores: convertirnos en vampiros, parásitos ávidos de una vida que ya no es sino nostalgia o simulacro, acosados por un apetito voraz por aquello que destruimos en el esfuerzo mismo de juntar destinos con quien sospechamos que habrá de hacernos felices. Con todo esto en mente, el tiempo me parece también a mí monstruoso, estos años que nos separan tienen la apariencia de una trampa, un inevitable abismo que nos atrae irresistiblemente para separarnos sin remedio en el acto mismo de reconocernos y querernos. Pareciera que estos años son el instrumento de tortura diseñado para provocar la agonía absurda a la que este apego nos condena. 
 
 
Pienso en Tolstoi, que también él supo ver o sospechar esta miseria cuando escribió La felicidad conyugal. Serguéi Mijáilovich se acerca a la joven María Alexandrovna con la misma emoción con que el narrador de Almas grises se aproxima a narrar el final de su historia: «Estoy llegando a esa sórdida mañana. A esa detención de todos los relojes. A esa caída infinita. A la muerte de las estrellas». El problema son los doce años que él lleva viviendo de más. El amor es para ellos la muerte de las estrellas. No quiero que sea ese nuestro destino. 
    No quiero verte herida, no quiero hacerte culpable. Pero estoy seguro de que conmigo, sin mí, a pesar de nosotros, terminarás por ser y sentir eso que no te deseo. Acaso lo único que puedo hacer es entregarme a ti con el afán de que esa inevitable herida y tu arrepentimiento tengan el balance de una tardía y anodina reconciliación como la de Serguéi y María. Conducirte a donde las espinas no sean tan afiladas como él intentó hacerlo con su joven esposa. Esta aspiración es traidora por más que parezca noble. Es engaño. No es sino un sofisma para justificarme, para convencerme de que el tiempo no nos aparta, que puede ser también consuelo. Es un pensamiento traidor porque bien sé que si escojo en tu nombre, si me imagino por un instante capaz de dirigirte, entonces no te escojo a ti sino a mí mismo. En ese momento te reduzco hasta que ya no somos nada y mi destino es ahogarme como Narciso.


Si hay amor, si hay unión o entendimiento, tiene que ser sin estos juegos necios. No hay amor posible entre un imbécil que piensa que tiene todas las respuestas y la imaginada inocente a quien pretende manipular. Si te quiero también he de querer tus límites, tus posibilidades y tus heridas, las que son, las que han sido y las que serán. Si te quiero debo amar también tu destino. He ahí la idea más aterradora, la que me paraliza: es posible que mi añoranza sea por el estado posible en que te concibo ahora, que adoro y envidio tu capacidad de llegar a ser, tu ausencia, tu indefinición, que la deseo como ensalmo porque yo ya he sido. Tú eres sueño y yo soy ruina. Por eso el tiempo parece un monstruo.

 
 
 
Folly is an endless maze;
Tangled roots perplex her ways;
How many have fallen there!
They stumble all night over bones of the dead;
And feel—they know not what but care;
And wish to lead others, when they should be led.

The voice of the ancient Bard. William Blake —