lunes, mayo 31, 2010

Variaciones sobre un tema de amor (10)

10. Sin final. Lo escribo ya sin dudas y con tu nombre solitario en mente, tu nombre que encierra lo que no fue y en cuyos trazos está al mismo tiempo la distancia más corta y el infinito. Suma y conciliación de todos los contrarios. Sólo una vez más escribiré tu nombre y será la última, aún en busca de encerrar la eternidad en cinco letras. Sin final tu nombre solitario en la última línea de la última hoja que te escriba ya. Levanto la pluma en busca de la palabra mágica que sea la última pero no termine. Quiero escribir tu nombre sin final o no escribirlo nunca más para que no termine. Robarle letras a los sueños y al insomnio para escribir tu nombre en tinta de lagrimas y sangre que me permita con una sola, última palabra retenerte siempre y dejarte libre. Sin final.

Hacía falta poco, apenas nada para ser feliz, pero hasta ese poco te llevaste y no contenta te llevaste todo. Te llevaste la esperanza y el futuro, me dejaste para siempre atrapado en un mundo más allá del tiempo. Te llevaste todo amor, menos tu nombre triste, ya más mío que tuyo, tu nombre que quizá sea la clave para empezar de nuevo, para llenar los espacios vacíos de tu ausencia con recuerdos, con sonrisas y siluetas de las manos que ya no volverán a tocarme, con imágenes pálidas o deformes de tus ojos que no me dirán te quiero sin hablar. Al principio es poco lo que falta para ser feliz, pero no dejaste nada. Te llevaste el rayo de luz, la gota nimia de agua; todo te llevaste y ya no sé si el recuerdo sirva de consuelo o sea sólo otro aspecto del tormento. Si cerrar los ojos y soñarte sirva de algo porque al sueño sigue siempre el despertar. Despertar en el fin del mundo, sin luz ni oriente, despertar en el infinito de tu ausencia, perdido en el cuarto oscuro en que tu nombre y el mío hacen eco y juegan entre las paredes y el silencio. Despertar en el cuarto que dejaste para no volver, donde tu mano y la mía alguna vez, pero nunca más. Nada queda. Sueño, escape y esperanza, te llevaste todo porque ya no sé soñar contigo sin despertar lloroso, herido para toda la vida.

Sin final, más allá de la vida entera. Sin final pensarte y extrañarte, saber que te llevaste todo y que tu nombre queda apenas como un eco solitario que me devuelve tu ausencia sin imagen. Tu nombre que es principio y fin de este laberinto triste del que no sé salir o no quiero o puedo porque aún me atan mis palabras y las tuyas. Sin final, dijimos. Sin final juramos. Sin final tejimos sueños. Sin final pudimos construir vida y mundos nuevos; pero ahora, ya colgado, ejecutado, nada queda en el resto de mi cuerpo para andar o levantarse, nada entre mis ojos ya para soñar o construir. Nada tiene ya mi corazón arrodillado para levantar la frente. No hay escape ni esperanza porque te llevaste todo. Sin final.

Porque a diferencia del amor o la presencia, sólo el abandono es interminable. Los abrazos tienen límite, la ternura en una mirada tiene fin y cada sonrisa lleva escrita e indeleble su fecha de vencimiento. Pero el abandono no termina, no conoce límites ni vencimientos; la ausencia es todo lo que te precede y sigue sin tregua, vorágine oscura a la que es imposible darle la espalda, que todo lo abarca y lo transforma hacia el olvido. Olvido sin final también, sin final se irán perdiendo las líneas de tu rostro y de tus manos, el vago rastro de tu olor sobre mi piel. Sin final te iré perdiendo hasta tener sólo tu nombre escrito en la última línea de la última hoja donde con lágrimas y sangre te haré eterna por tu nombre.

Y sin embargo, aunque me hayas arrancado todo y redujeras a cenizas nuestro valiente mundo nuevo, al levantar la pluma con tu nombre sin final como principio recupero un poco todo aquello que robaste y destruiste. Palabras, como dijiste alguna vez, palabras que no bastaron para cambiar tu mundo pero al mío lo hicieron nuevo para darte espacio a destrozarlo. Palabras que quizá de nuevo cambiarán al mundo y hagan de este fin un principio siempre a punto de y siempre sin final. Palabras como eterna división de la distancia.

Eterna y sin final la distancia que multiplicas cada instante, con cada paso de renuncia que te aparta de mí y de todos los sueños que tejimos juntos. Eterna división del tiempo que sigue siempre hacia adelante, el tiempo que empieza en tu abandono y no termina nunca porque nunca volverás. Distancia que crece con el tiempo sin final, con cada noche en vela donde tus ojos no me buscan y tu voz no me encuentra. Tiempo, distancia y posibilidades que son reflejos de lo que no fue y lo que pudo ser. Todo se traduce en palabras inútiles que repito una y otra vez en un juego de vacío para matar los días imposibles de tu ausencia en que tu fantasma acecha en cada extraña que cruza por la calle, en los pasillos de la escuela y por cualquier sitio, en todo lugar tu sombra sin cuerpo que se hace material en cada cuerpo del que espero tu sonrisa y me entrega siempre la extrañeza, el vacío o la soledad.

Infinito el fin del mundo, sin final el tiempo y las palabras, las miradas y los cuerpos, sombra siempre del tuyo que me perseguirá en sueños cada noche sin esperanza, sueños de los que despierte herido para toda la vida y sin final. Ahora ya no sé si quiero el sueño o el insomnio porque en esta vigilia horrible ni los sueños traen consuelo. Consuelo que es tu nombre donde encierro tu memoria, memoria que es alivio y desconsuelo porque estás y no. Te llevaste todo y sólo queda ya tu nombre solitario y triste, ahora mío, tu nombre como primera y última palabra desde la que puedo reconstruir el pasado, nuestros veinte días. Esa corta inexistencia que no pudiste llevarte ni arrancarme aunque todo me quitaste. Veinte días para dividirlos en horas, en minutos y segundos, para continuar así hasta llegar a un número infinito, irracional, hasta el instante mas pequeño y nimio que ocupe el fin del mundo y me permita devolver la luz que te llevaste al universo de tu ausencia sin final. Luz que surja desde el relato minucioso y absoluto de cada mirada, cada suspiro, caricia y beso. Cada variación en tu piel, toda célula que haya muerto en ella y se quedó pegada en mí, rastro lúgubre de tus caricias. Relato y descripción perfecta del movimiento que te forma, dadora de muerte, ladrona de esperanza, que te forma con moléculas siempre en devenir, siempre la misma y otra, amor mío, siempre la misma en mi memoria pero siempre otra en cada instante, muerte y resurrección aceleradas que dieron ser al cuerpo que abracé y se extinguió al siguiente aliento. Existes lejos, otra, pero ya no existes tú, la misma, la que estuvo y desapareció entre mis brazos. Mi memoria es un vacío eterno como tu ausencia, y eterna será la descripción de nuestros veinte días divisibles hasta el infinito, eterna pero apenas suficiente para escapar de mi presente y llenar el espacio sin final de tu partida.

Pero son palabras, me digo. Palabras inútiles son lo que me queda y la primera de todas ellas es tu nombre. Levanto la pluma y pienso en escribirlo. Tomo un instante interminable para resucitar lo que fue tu nombre antes, lo que es ahora solitario y triste tu nombre mío, con el que quiero superar a las palabras y encontrar el modo imposible de vivir infinitos veinte días y tratar a toda la felicidad que imaginé y te robaste, la felicidad que nunca fue como si hubiese sido mía. Pero de las nubes nada se construye. Levanto la pluma y tu nombre está a punto de, líneas claras y sencillas a punto de escribir con tinta de lágrimas y sangre. A punto de escribir por última vez tu nombre y empezar a llorar sin detenerme, atrapado en el instante del final del mundo, en tinieblas, triste. Levanto la pluma a punto de escribir y nada escribo. Porque de todas partes, de ningún sitio, me alcanza tu voz y una sonrisa que me dicen te quiero. ‘Soy ausencia’, dice una voz que es tuya y no, ‘soy ausencia pero estoy contigo’. Y en la pared de este laberinto sin final, cadalso siempre pospuesto, ejecución siempre postergada, tu letra en tinta roja como sangre en la pared escribe ‘te quiero hasta el fin del mundo’. Pared de roca muerta que vuelve a vivir como vuelve mi cuerpo con tus palabras que son aliento, sangre, cera y tinta sobre la sentencia de un principio nuevo.

Palabras, tinta y sangre en la pared inamovible del fin del mundo. Sangre de nuestras manos que se desgastaron en caricias, de nuestros labios que besamos hasta que doliera, sangre de nuestros cuerpos muertos de muerte de amor por veinte días. Sangre de tu alma y la mía, sangre con que encuentras la fórmula imposible, la frase mágica que al fin concilia todos los opuestos. Desde el fin del mundo encuentras un principio, desde la despedida un nuevo encuentro. Y con la misma sangre del corazón que aniquilaste e hiciste trizas, escribes las palabras que empiezan a formarlo de nuevo.

Tu voz me alcanza desde el tiempo y la distancia infinitos de tu ausencia. Con tinta y sangre escribes lo imposible en la pared de mi prisión a la que me atan mis palabras y las tuyas. Palabras en la libreta donde escribo y que son la prisión más grave. Pero en esa prisión libreta, en la última página tu letra roja, tinta de sangre y lágrimas. ‘Te quiero hasta el fin del mundo’. Por última vez confío. Levanto la pluma y no escribo tu nombre solitario y mío que te borra. Levanto la pluma y escribo que te quiero sin final, en ausencia o en presencia y aún en esta imposible combinación de todos los opuestos.

Entonces, el demonio serpiente blanca, enemigo acusador y honesto que es ya dueño de mi alma grita ‘tiene novio’ y muerde. Y después, con una caricia de su lengua bífida en mi oído pregunta, suave, seductor: ¿Pondrás fin al amor que juraste sin final? Demonio serpiente blanca hunde sus colmillos y ahíto de mi dolor, con la boca y el cuerpo llenos grita: amiga, amante, ausencia y presencia, lo mismo da, estás herido para toda la vida. Eres mío como mío es ya su nombre. Sin final.

Tiene razón. Sabe. Aunque yo no supe lo que decía. El demonio serpiente blanca siempre supo. Pienso en los dragones que nos pintamos con tinta y sangre sobre el cuerpo; guardianes fallidos de mi alma y de mi cuerpo que empeñé al diablo y la locura para verte sonreír. Fallaron pienso. Ya no es mi demonio serpiente blanca. Yo soy suyo. Levanto la pluma con mano temblorosa y escribo lo que dice, lo que siento. Lo que ya no sé qué significa. Levanto la pluma y escribo: Sin final.

sábado, mayo 15, 2010

Variaciones sobre un tema de amor (9)

9. Uno no sabe bien lo que dice sino hasta después, cuando ya es demasiado tarde. Por más que uno lo haya sabido siempre, no lo sabe. Supongo que al final eso es lo único que queda por decir y por eso lo escribo hasta ahora, sin claudicar, sin dudas. Alguna vez me pregunté si acaso bastaría tu nombre para encerrar y repetir por la eternidad las fantasías y las ilusiones que concebí a partir de la primera mirada. Me pregunté si sería capaz de verte más allá del sueño o la esperanza, si sabría separar tu cuerpo, tu mente, de lo que mi alma te inventó. Alguna vez levanté la pluma con tu nombre a punto de y preferí callarlo; porque lo quería puro, lo quería tuyo y no mío. Hoy sé que en algún modo no sabía lo que decía, pero que cada una de mis palabras era cierta. Tuve tu nombre, el tuyo, y ahora empieza a ser mío sin remedio y solitario tu nombre mío.

Tu nombre, solitario y mío, porque ya no estará unido a tu rostro ni a tu sonrisa. Tu nombre para escribirlo y encerrar en palabras lo que no fue. Tu nombre mío porque ya no permanece unido a tu rostro o a tu realidad sino que empieza a parecerse al recuerdo cada vez más difuso y lejano de tu primera sonrisa, de su fecha de vencimiento. Tu primera sonrisa ya no es ilusión, sino que se reescribe ahora por tu ausencia y tu renuncia como el único y certero signo de la perdición. Al principio basta un poco para ser feliz y luego ya nada es suficiente. Nada. Ni siquiera el recuerdo que se reconfigura y desvanece sin remedio. Se pierde la luz en la oscuridad y las tinieblas son más oscuras. Te quiero, lo escribí y lo leíste por encima de mi hombro. Entonces fue hermoso, ahora es triste y acaso uno de los instantes más dolorosos de la vida. Porque nunca tendré suficiente de ti, porque hoy escogiste dejarme con sólo veintiún días desde mi primer te quiero hasta tu ausencia, dejarme con veinticuatro días de ausencia que me fueron robando la esperanza. Y con apenas dos días, unas cuantas horas antes de decirme que te vas. Ni siquiera habías terminado de llegar cuando ya te ibas de nuevo. Si el infinito no basta, ¿de qué sirven veinte días de amor? Veinte días... Tu nombre solitario y mío porque ahora es esto, tu nombre es mi dolor, tu recuerdo que se desvanece. Tu nombre es mío y ya no enuncia sino tu ausencia, tu presencia pasajera. Solitario y mío tu nombre es ahora sólo una palabra que me recuerda que perdí algo pero no me devuelve ni la sombra de lo que perdí.

Uno no sabe lo que dice y sin embargo dice la verdad: eres el dolor que no termina. Pensé que te pintaba una caricia en el brazo, la primera de todas nuestras caricias. Pensé que le darías un sentido nuevo al sonreír. Una caricia para vivir días imposibles toda la vida. Más imposibles aún porque te vas y tu nombre es mío y ya no tengo esperanza de verte, menos aún de acariciarte. No fue una caricia, ni fue la primera. Fue el primer paso hacia este destino que entonces aún estaba a punto de suceder y hoy es ya irremediable. Tu nombre que me negué a escribir daría forma a mi destino, eso escribí, eso me dije, cuando aún me movía perdido en el laberinto del tiempo. Hoy, a la orilla del fin del mundo sé que tu nombre describe mi destino; porque ya no es tuyo, es mío y todo lo que tengo es entonces mi imaginación, tu abandono y letras pintadas en un papel. Entonces todo estaba a punto de suceder. Hoy ya no queda nada. El mundo terminó. Ya todo es pasado. Cuando todo está a punto de, es porque va a terminar y aunque uno no sabe lo que dice, dice la verdad.

Tú ya no estás a mi izquierda, adivinando las palabras que pinto en una libreta. Yo he salido al fin del laberinto del tiempo y de los sueños. No sabía lo que decía mientras pensaba mirarlo todo desde una perspectiva fuera del tiempo. Cuando termina el tiempo, cuando se está más allá del tiempo, también se está lejos de toda esperanza. Ahora puedo verlo todo con claridad, la línea que separa tu pureza de mis sueños se traza con las líneas continuas con que escribo tu nombre. Líneas torcidas, fronteras que se mueven y pierden en curvas laberínticas de donde no hay salida. De donde no había salida mientras todo podía ser, mientras todo estaba a punto de. Ahora, en cambio, ya no hay entrada ni regreso. Se cerraron la fronteras y todas las puertas, la última luz escapó del mundo. Entonces, escribía pensando en verte, en leerte poco a poco mis palabras para enamorarnos. Pero sabía que son sólo palabras. Ahora escribo con la certeza de que mis palabras ya no llegarán a tus oídos. Mis letras no llegarán a tus ojos y será mi voz un eco en el vacío y la tiniebla. Al final son sólo palabras, pero no sabía lo que decía entonces; ahora lo sé y quisiera no saberlo. Escribiré tu nombre, dije entonces, cuando ya no quede duda de si es esperanza o maldición. Ya no hay esperanza. Ahora sé lo que decía.

Ya no puedo pedirte tampoco que no te vayas porque ya te has ido. Y desear, pedirte que no te hubieras ido carece de sentido. Te fuiste y es necesario aprender a vivir en un mundo en el que al final de nuestros veintiún días juntos describiste con tu cuerpo el signo perfecto, innegable que dice: son palabras. No puedo pedirte que no te vayas, que no me dejes solo, herido para toda la vida frente a infinitos atardeceres en que podré recobrar tu nombre y mis palabras, pero no tu voz ni tu cuerpo ni tu cariño. Palabras, Salua, palabras inútiles que no sirvieron para conservar tu sonrisa o tu alegría. Palabras traidoras que me llevaron un trozo, el último del alma y lo pusieron a tus pies para que lo destrozaras. Te vas, te fuiste. Y contigo se va la esperanza de palabras mágicas, de sonrisa y eternidad. Te vas y te lo llevas todo, hasta mis palabras. No te vayas, te lo pedí desde el primer día. Pero a ti no te importó, te fuiste.

Y ahora mismo, desde la ausencia y más allá del tiempo y de los sueños, podría seguir variando, escribir infinitos textos sobre un amor extinto. Transformar ese amor muerto en infinitas variaciones sobre un tema de amor que no termina. Remediar su extinción y su muerte con palabras. Pero ya no tiene sentido. Mis palabras ya no tienen luz para leerse. Son ecos inútiles y sin significado. No estás tú para leerlas. Así que por última vez, Salua, levanto la pluma y escribo tu nombre. Por última vez y para que tú me oigas y regreses algún día, te digo que te quiero, Salua, sin final te amo. Últimas palabras que ojalá se graben en tu corazón aunque el tiempo las destruya y todo tenga un final. Últimas palabras que durarán más que yo y que tú y que los cortos, insuficientes días que me regalaste casi como una eternidad. Escucha bien si es que aún puedes. Te amo, Salua, sin final. No te vayas.

Claro que uno nunca sabe lo que dice, acaso no sean las últimas palabras. Acaso un día volverás.

martes, abril 27, 2010

Variaciones sobre un tema de amor (8)

8. Estás lejos y sólo queda vivir de recuerdos mientras vuelves. Aferrarse a las imágenes y las marcas leves de tu cuerpo sobre el mío, hacer esfuerzo de memoria y llenar el espacio vacío, más vacío aún por tu silencio. Porque todos los días tu voz llena el espacio de palabras, pero tus palabras son vacías y algo ha cambiado sin remedio.

Memoria sólo para hacerle frente a tus anécdotas cada vez más crueles, recuerdos como antídoto contra tus nostalgias. Historias que me cuento, nada más, para suponer que esa voz que me llega desde allá lejos junto al mar, donde me prohibiste seguirte como un anuncio de abandono, suponer que esa voz es tuya, esa voz sin cuerpo es la misma voz de tu cuerpo, Salua, que hace días estaba junto al mío y era distinto. Lleno. Que tu voz lejana aún habla en el lenguaje secreto de tus uñas y tus dientes, y mi sangre.

Hace días llegaste convenientemente tarde, apenas a tiempo para que yo terminara de escribir sobre el diablo, el tiempo y la condena. Ahora es fácil ver profecía en esas letras aunque entonces era orgullo porque te gustaban. En tu ausencia ya no sé, escribo líneas, páginas y letras cada día y cada día me haces creer que lo leíste, a veces me pides que te lea mis letras al teléfono. Pero al final queda silencio, o palabras vacías. Un te amo que ya nada dice, una nostalgia que ya no me compartes y el ritmo de tu corazón tan lejos que ya no responde al ritmo del mío, ni lo modifica, ni responde. Palabras vacías y silencio.

Hace días escribiste tu nombre sobre cada superficie de mi cuerpo, cicatrices en lo superficial y lo profundo, tu nombre excavado en mis costillas, tu nombre reorganizando la estructura de mis venas, recorriendo lento y rápido a la vez, como impulso y sangre, como una serpiente blanca invisible, la columna vertebral. Lenguaje secreto de tus uñas que dejaron surcos en mi piel, palabras en silencio que tus dientes marcaron sobre mis músculos con la tintura de sangre que no escapa de mi cuerpo pero coagula y endurece por dentro. Gritos que no salieron de nuestras bocas y quedaron apenas como manchas azuladas sobre la piel frágil, la carne débil, manchas que se vuelven negras conforme pasan los días, negras como el destino que cada vez es más cierto. Te irás como se irá el dolor de las marcas que nos dejamos en el cuerpo. Se cerrará la memoria sobre tu recuerdo como la piel y el músculo vuelven a pegarse y no quedará huella de que alguna vez nos abrimos la carne desesperados en la posesión. Lenguaje secreto de nuestros cuerpos, escritura primitiva y mágica por la que alguna vez creímos ser capaces de fundirnos. Pero ya no. Y vivir de recuerdos, moretones, quemaduras y arañazos no basta para ensordecer tu voz vacía, cada vez más distante en el teléfono.

Sin cuidado paso la mano por esas heridas, por la quemada de cigarro, por la cortada que no termina de cerrar y por el dolor te recupero. Pero tu escritura es más profunda, grabada en mis huesos, en mi alma. Adivino un bajorrelieve en los huesos que se notan más porque ya no como ni duermo, en las ojeras cada vez más profundas y oscuras, tu nombre en el dolor de espalda, la gastritis y el insomnio. Tu nombre indeleble que sin embargo se borrará alguna vez, sin cicatrices. Se disolverá como cualquier hematoma que desaparece y se reintegra al torrente de mis venas.

Me convierto en alquimista de dolor. Reconfiguro cada herida en un rastro de amor. Miro mi piel en el espejo, recuerdo la tuya en el espejo de memoria, encuentro la forma imposible de traducir tu lenguaje en el mío, calcar nuestras heridas como si fuésemos un sólo ser, roto y distante. Lloras mis lágrimas ausentes y yo grito por las noches el dolor que no sabes expresar. Y en eso, encontramos placer. Cerca o lejos, nos une el deseo de fundirnos, acaso alimentarnos el uno del otro. Un desgaste que al final nos dejará heridos, moribundos. Y a eso, acaso sin razón, le llamamos amor. Amor imposible destinado al fracaso porque en lo más profundo, siempre seremos dos, irreconciliables, distintos, pasajeros.

Entonces volviste distinta, lo dejaste por mí y luego te fuiste. Pronto, y lo sé desde ahora —por eso me aferro a las heridas y las mantengo abiertas mientras pueda— volverás otra vez distinta, me dejarás a mí por él y te irás de nuevo. Las heridas del cuerpo sanarán, toda marca quedará borrada por el tiempo. Y acaso, las otras, más profundas, esas heridas a donde mis dedos no llegan, esas que no puedo mantener abiertas, también cerrarán.

Amor que sangra y arranca la piel, pero no mata. Amor del que no quedarán cicatrices siquiera. Amor que al final, después de nosotros se llamará dolor. Tu carne se cerrará sobre mi recuerdo y empezarás a olvidarme. Por un rato o para siempre. Pero nuestros nombres ya no serán un grito de agonía para la luna llena, no serán el dolor que nos une. Nuestros nombres juntos, Salua y Erick, serán lo que te arranque de ese que ahora te separa de mí. Porque no volverás a mí, pero después de nosotros ya no serás la misma, me llevarás impreso parte de tu sangre, demonio, serpiente blanca de tus venas. Y yo, herido para toda la vida. Sin final. Salua y Erick.

jueves, abril 15, 2010

Variaciones sobre un tema de amor (B)

Te amo. Eso es lo primero y lo último, es lo único que está ahí siempre, todo el tiempo y en todas las tribulaciones o en todos los miedos. Mi amor por ti no cambia ni se apaga. Sigue creciendo, sigue creciendo todos los días, todas las horas, cada instante. Empiezo por ahí, que es lo único que vale la pena decir, porque aún ahora me cuesta un poco de trabajo empezar a escribirte. Pero te prometí escribir diario y no suelo romper mis promesas. Ya sabes, el honor, el nombre. El amor, sobre todo, el amor.

Ese amor loco, ese amor tonto, ese amor llave, puerta, amor que de la eternidad. Ese amor que me hace cambiar de humor y me trae convertido en un manojo de nervios porque amar es hacerse vulnerable y ponerlo todo en manos de quien amas, una apuesta loca, que casi siempre se pierde si no es que siempre se ha perdido.

Pero tú no eres ellas, ni yo. Tú eres tú y de ti me enamore. Es cierto, me dueles, y me dueles más distante y más bien indiferente. Pero así te amo. Es cierto, me lastima tu tiempo con él, tu incapacidad de hablar de él después de todo lo que me has sacado de Milena y de las otras. Me duele confiar en ti, tener ganas de hacerme unos análisis. Y que tú digas que no confías en él. Porque si no confías en él o no confiaste en él, entonces por qué? Y con eso tiene uno suficiente para volverse loco, tener ganas de salir a buscar unos cigarros a media noche. Y decir, en silencio, para convencerse, para sentirse un poquito menos tonto. Ella no me quiere. Y ella, claro, eres tú.

Así es esto. Te amo. Y amo su sombra a tu lado. Aunque hayas borrado la foto que tanto me gustaba mirar. Me gusta que me duelas y que me duelas como nunca, como nadie. Pero en algún momento tengo que meter orden en esta existencia gris y desasosegada que empieza todas las mañanas en mi habitación conmigo pensando en ti y tú pensando en él. Hoy fue uno de esos días. Honestamente, no sé cuantos días como hoy pueda soportar sin herirte. Y yo también, igual que tú, preferiría irme antes de herirte, antes siquiera de pensar que eso es posible. Porque te amo. Pero es claro que no puedes separar, que no habías podido hasta hoy, hasta hace rato por la tarde, cuando hablamos y dijiste que era muy fácil. ¿Qué tan fácil puede ser si no podías?

Te amo, con este amor tonto, con este amor loco que se opone a todo lo que sé y a todas mis expectativas. Y sigo aquí, entre temor y temblor, esperando contra toda esperanza que en verdad no te vayas. Pero de pronto aprendes a escribir sobre ‘para siempre’ con diversas duraciones, ‘para siempre’ del que puedes hablar incluso en pasado. En condicional. Cuando termine. Y ahí de nuevo, tiene uno para volverse loco.

Me dices cosas hermosas, cosas que llevo toda la vida esperando escuchar. Y mi vida es bastante más larga que mis treinta años. Me dices lo que me hace falta para poner rodilla en tierra y pensar que he llegado al hogar, que he vuelto a la Arcadia. Pero siempre encuentras el modo de ponerle al final un ‘quizá’, un ‘tal vez’, un ‘sin embargo’ que como el de antenoche, rompió tu promesa de escribir por lo menos una vez cada dos días.

Cuando uno ama como yo te amo, no puede sino sentir en ese ‘sin embargo’ el fin del mundo. Porque uno está por completo indefenso. Sabe que el amor no merece ni exige; el amor ofrece y se conforma con lo poquito o mucho que le toque por milagro o decisión ajena. Pero los milagros no suceden a menudo. Y tus decisiones siguen teniendo mucho que ver con otros. Así que mi amor tonto, mi amor loco, confía, entre temor y temblor. Pero mi razón es implacable. Y mi razón, serpiente blanca en mi espalda, dice que aún tienes novio porque aún quieres tenerlo. Y que si preguntas, si dices, si ofreces, acaso tiene más que ver con una moralidad que con un cariño. Estás donde quieres estar porque ahí quieres estar. Yo tengo que lidiar con eso a como de lugar, o perderte. Se hace claro que no quieres moverte.

Pero te amo, no me perderás por escoger lo que escoges. Y te creo, porque tengo una necesidad terrible de creerte y de vivir ahí, creyendo, tapándole la boca a esa serpiente. Cerrando los ojos, la razón, la mirada como loco, amor loco que sabe decir ‘no importa, a pesar de todo te ama a su manera’. Y con eso, con que me ames a tu manera, me basta y me sobra. Porque el mundo es mejor con que estés aquí, bueno, allá, con tus sombras, pero de vez en vez, aquí conmigo. Mi situación imposible de la que no puedo salir porque no quiero salir. Aunque algún día, claro, tendré que salir.

Antes me haré otro par de quemadas. Sangraré de nuevo por la pierna y por todas mis heridas. Y me acabaré el hígado y el estómago. Porque para mí, eres más importante que cualquiera de esos órganos inútiles que sólo saben enfermarse. Tú eres mi luz. Y no podría volver a vivir en la sombra.

Si te fijas con cuidado, detrás de cada frase, de cada dolor o tristeza, se asoma un te amo del tamaño del mundo. Infinito como el eterno retorno. Interminable como el tiempo. Profundo como la muerte. Te amo. Eso es lo que quiero decir detrás de todo esto, con cada palabra. A veces uno muestra sus heridas y dice ‘mira’, no para hacer sentir mal a los demás, sino sólo porque son el único testimonio fiel, material, físico de hasta que grado se puede arriesgar el cuerpo o la vida por amor. Acaso, egoístamente, en busca de un poco de consuelo, una mano tierna que les eche alcohol o vino encima y un beso, por dios un beso. Decirte lo que me duele, es en algún modo decirte lo que te amo. Porque uno tiene que amarte mucho para no volverse loco. Para respetar tus deseos de soledad. Para respetar tu tiempo y tu noviazgo. Hay que amarte con amor loco. Y de vez en vez, pegarle a la pared.

Te amo, cielo. Y me gustaría recordar siempre el 24 como una fiesta nueva y privada. Una fiesta que se celebre solo en el jardín en que nos encerremos, de biblioteca y papel infinito, donde podamos construir el mundo. El veinticuatro como día de la creación, del compromiso, del encierro. Pero quiero celebrarlo cuando tú quieras celebrarlo, no cuando lo hagas sólo porque acaso eso me haga sentir un poquito menos miserable. Quiero dedicarte todos mis días e inventarnos un calendario nuevo de fiestas, la del once de agosto por ejemplo, el primer día en que te vi. Cuando no me dejaste verte sólo para que me sintiera mejor, sino porque no podías hacer otra cosa, porque estabas donde querías estar y como querías estar. La de nuestra primera charla. La primera caricia. La fiesta de las variaciones. Y un día, tener un calendario lleno, con trescientos sesenta y seis días de fiestas que lleven tu rostro, tu nombre, tu amor. Algunos días, con más de tres fiestas distribuidas del amanecer a la noche.

Y quiero que vivas conmigo. Y quiero casarme contigo en una ceremonia secreta y sin dios. Y quiero tantas cosas. Tantos planes, tantos sueños. Pero estás lejos. Y a mí la distancia me hace pedazos el alma. Me gusta extrañarte. Pero no me gusta dejarte allá con tus sombras. Que no me hayas dicho lo que sea que ha pasado, que no pueda saber con qué ojos me miras, a través de la piel de quién me estás juzgando. Entonces, aunque mi amor loco, amor feliz, amor creyente, crédulo amor con fe, me dice que los sueños se conquistan con voluntad, valor o sacrificio. Aunque mi amor enamorado me dice que mi honor y mi nombre deben bastar. Ahí está siempre mi serpiente, mi acusadora, mi demonio. Mis sueños construidos sobre aire. Mi castillo de naipes. Y todo se ve tan precario, que parece que no tengo futuro.

Te amo. No voy a dejarte nunca. Aunque tenga que pasar la vida esperándote. Esperándote en la noche a que regreses del circo. Esperándote en vacaciones a que regreses de entre la sombras. Esperándote a que decidas confiar y entregarte. Esperándote siempre, como llevo casi treinta años. Otros treinta no han de ser tan difíciles. De ese modo quizá, ya no sepas sentirte sola, porque siempre me tendrás a mí. Porque te amo. Te amo libre, te amo feliz. Te amo como fuiste antes de mi. Te amo tanto que no me interesa cambiarte. Te amo con tus peros, tus sin embargos y tus quizás. Te amo con tu Él y tu otro abogado y tus heridas y tus cicatrices y tus ojos fuera de foco que me ven como reflejo de otros que no soy. Lo amo todo, porque te amo a ti. Y no voy a soltarte, por más que vengan otros días, miles, millares de días en que sienta que te he perdido y me sienta tonto por quererte. Lo que quiero es amarte sin final, sin pedirte nada, sin exigirte. Conforme con lo que me toque en la lotería del destino. Enamorado del resultado en la lotería del destino porque sea como sea, sea lo que sea que me traiga el mañana o el mes que entra, llevará tu nombre. Y con tu nombre quiero definir mi vida, escribir mi destino.

Claro, debes saberlo. Nadie te amará como yo te amo. Y entiendo que a veces creas que no existo. Porque esto no es común y no volverá a pasarte en la vida. Nadie te amará así, como yo te amo. Nunca más. Y creo que va siendo hora de que abras los ojos, te hagas fuerte, y escojas. Podemos crecer juntos, disipar la tiniebla y vivir siempre envueltos en la luz de tu sonrisa. También puedes seguir guardando tu luz para proyectarte sombras. Usar tu luz para hablar con sombras en la pared. Y no me iré, pero te irás tú porque no sabré callarme si desperdicias de ese modo la promesa eterna de tu nombre. Seré yo tu serpiente blanca. Y no podremos vernos a los ojos, en la oscuridad, ni mi mano se sentirá igual en tu espalda. Y toda la luz, amor mío, se habrá escapado del mundo. Y nuestra biblioteca estará llena de libros que no serán leídos jamás. Y todo el papel del mundo se quedará en blanco.

Te amo. Y por eso, por primera vez me atrevo a invitarte,a rogarte que escojas. Que escojas bien. Que no me dejes aquí, esperándote toda la vida. No soy nadie para pedírtelo. Pero te amo con amor loco, con amor puerta, amor llave, amor que da la eternidad. Así que por hoy seré valiente, aunque mi serpiente dice que me calle, hoy te pido que escojas. Escoge bien amor, escoge por ti. Brilla. Llena el mundo. Y después de nosotros, el diluvio.

viernes, marzo 26, 2010

Variaciones sobre un tema de amor (A)

A. Te vas, amor, de esta fantasía electrónica que me permite encontrarte aunque estemos lejos. Te vas, amor, de esta pantalla y esta vida que se desarrolla entre bits y bytes, sin cuerpo, donde tu imagen es consuelo insuficiente de una ausencia que no sé superar. Acaso es demasiado, pienso a veces, quererte como te quiero en el tiempo en que te quiero. Acaso sea demasiado, soñarte como te sueño en el tiempo en que te sueño. Acaso es demasiado.

Demasiado, amor, demasiado amor el que te tengo y siento y me destruye el alma cuando al fin se cumple la maldición que yo mismo eché sobre mi espíritu. Te vas, amor de esta fantasía electrónica, y en cuanto te vas empieza a dolerme la cabeza, siento en los hombros un peso enorme, me siento engañado como Hércules, castigado como Atlas, el mundo sobre mis hombros, una ligera fiebre que me trepa desde el estómago y me atenaza el corazón. Fiebre de Sísifo y su peñasco inútil, de Prometeo y su hígado perpetuo. Una fiebre que no sé describirte y que ahora mismo intento sublimar en palabras que no leerás nunca. Palabras, nada más, porque no tengo fuerza ni sitio para llorar ahora mismo, llorar cuando me he quedado sólo con la desesperanza y el miedo más irracionales e idiotas de toda mi vida. Volverás, lo sé. Volverás y coincidirán tus manos con las mías, nos besaremos otra vez sin límite y como si fuera nuestra última noche sobre la tierra. La fiebre corre de los ojos que ya no saben ni pueden llorar porque ya bastante se han gastado toda la vida, a los dedos que brincan, con velocidades increíbles, casi a la velocidad del pensamiento, brincan sobre el teclado blanco que ha servido antes para escribirte las palabras más hermosas y más honestas que jamás haya escrito un escritor mediocre, enamorado de una hermosa que para colmo tiene novio.

Te vas, amor, de este paraíso, de esta despiadada realidad de maravillas para pasar un rato, unas horas, unos minutos, así fuera un segundo, con él. Y yo no sé soportarlo sin escribirte, sin imaginarte aquí, como si de pronto te hubieses desdoblado y lo más importante se quedara conmigo, aquí, en las páginas virtuales en blanco. Me pregunto si pensarás en mí, si su tacto te será distinto después que ayer mis manos buscaron aprender cada línea de tu rostro a ojos cerrados, para hacerte mucho más que una imagen o un cuerpo, para ser capaz de reconocerte con cada fragmento de mi ser si se me va la luz como se me ha ido ahora. Se me va la luz porque te vas, amor, de este paraíso y te pierdes por instantes, minutos, horas, segundos, lo que sea, te pierdes ahí, en el único lugar donde no quiero ni puedo imaginarte porque me falta el valor.

Y es que no es la primera vez que estoy de este lado, consciente de que alguien anda allá afuera, con otro, cuando debería estar conmigo. Pero sí es la primera vez en que me duele tanto, en que me atrapa esta desesperación que sólo puedo quitarme de encima escribiendo, escribiendo que me duele, pero es un dolor dulce que casi me consuela, pues tras muchos años me creí incapaz ya de sentir algo así. Este sentimiento de pertinencia y de necesidad, lejos, lejos como tú ahora, este sentimiento de cariño honesto, de que toda honestidad no basta y que no importa lo que traiga el mundo, será incapaz de separarme de ti mientras tú no digas, basta.

No digas basta, amor, aunque te vayas ahora mismo, aunque te vayas otra vez mañana y pasado, aunque sean cada vez más los instantes que pases con él y no conmigo. No digas basta, amor. Diviértete, lo dije. Como el idiota más grande del mundo te lo dije. Diviértete. Y es que no quiero atarte, no quiero inventarnos lazos a los que no tengo derecho. Quiero que seas libre, absolutamente libre, para poder crearme desde ahí la fantasía de que un día cambiarás tu circunstancia y entonces, el mundo será menos doloroso, menos desesperado. Entonces, entonces. Pero por ahora, soy feliz con que no me digas, basta. Con que te vayas, pero vuelvas. Qué más me da que estés ahora mismo, de camino a otros brazos, ya en otros brazos, qué más me da, amor que te hayas ido, que por primera vez no pueda encontrarte ni en palabras. Qué más me da que te vayas, amor, de esta despiadada realidad virtual en que te encuentro y te tiendas con o sin nostalgias, en esa otra realidad de asientos, y charla donde ni siquiera te atreverás a pensar mi nombre, y si te atreves a pensarlo no lo dirás y si lo dices, lo dirás sin amor. Mi nombre ausente, mi nombre reducido a nada más que palabras. Mientras yo, aquí, en franca y feliz agonía, la agonía más dulce del mundo, espero y escribo, ansioso porque volverás y entonces, cuando vuelvas, serás el milagro más hermoso y sorpresivo, el cariño más inesperado e inmerecido que haya tenido en toda mi vida.

Me duele, amor, que te vayas a sus brazos. Me duele que te pierdas por un rato en la oscuridad donde no puedo ni quiero imaginarte. Me duele imaginar que lo besas en saludo y que ni siquiera el más desesperado de mis ciento por uno servirán para mantener a raya sus labios codiciosos de los tuyos. Me duele tu mano, que estará con la de él. Me duele que te abrace y no quiero pensar más porque me duele más de lo que estoy dispuesto a soportar aunque de cualquier manera lo soporte y lo imagine. Me duele amor, que te vayas a sus brazos. Pero ese dolor es dulce porque significa que te quiero como nunca más querré a nadie. Porque ya bastante milagroso es el haber despertado de la indiferencia una vez para encontrarte. Ya bastante milagroso es haber aprendido a querer después del cáncer y. Te vas, amor, y yo me quedo. Me quedo solo con tu recuerdo para morderlo con desesperanza y miedo aunque estoy seguro de que volverás. Morder tu recuerdo y no fumar, ni buscar alivio en el alcohol ni en otra cosa que pensarte allá con él, y pensarte al mismo tiempo, contra toda sensatez y buen entendimiento, pensarte aquí, después, en la madrugada de este día que se me muere en desesperación. Pensarte aquí, amor, cuando hayas vuelto y seas mi único milagro, mi única fe, el único dolor que aprecio más porque no termina.

Que no termine amor, que no termine. Sal, deja este paraíso falso de pantallas, bits y bytes para después. Reúnete con él, bésalo, ámalo si maldita sea te hace falta. Disfruta y sé feliz en cada instante en que no estás conmigo para que así cuando vuelvas, pueda yo, con la alquimia desesperada y malediciente de mi cariño, demostrarte que no hay felicidad allá, que todo se opaca cuando vuelves a mis brazos, cuando escuchas mis palabras y empiezas a creerme que te quiero. Vete amor, pero regresa, regresa siempre aunque también te vayas siempre.

He sido celoso antes, lo confieso. Y también he sido infiel. Y he sido el otro. Y he sido el uno. Pero ahora no soy ninguno de todas esas posiciones de un juego tonto donde alguien manda, alguien domina. No mi amor, aquí, en la pantalla, mi mundo está cambiando. Mi corazón duele porque va naciendo otra vez desde el principio. Si fui celoso es porque fui inseguro, porque era tonto, porque no la quise, sino a su imagen. Si fui infiel fue también por no quererla, por no querer a ninguna de las que a un tiempo etcétera. Si fui el otro con evidente desprecio del uno, o fui el uno despreciado evidentemente por el otro, fue porque muy en el fondo, qué más daba ser uno u otro cuando nada es mío ni me importa. Ahora en cambio, ni celos, ni fidelidad, ni miedos. Nada. Yo no soy, amor, sino lo que a ti te haga falta, lo que pueda en cualquier medida, por pequeña inútil inocente que sea, lo que pueda, amor hacerte feliz, hacerte sonreír.

No es que no me importe amor, me duele. Pero ese dolor es dulce y tenebroso, es como jugar ruleta rusa con el corazón en vilo y esperar que por milagro la bala coincida con el deseo que no me atrevo a confesar. Dejarte ir así, con un diviértete esta noche maldita, primera noche maldita de infinitas noches malditas que no terminarán nunca, dejarte ir así, con un diviértete, es la única forma que tengo de hacerte saber que te quiero tanto que vale más morderme el hígado y acabarme tu recuerdo que pensar siquiera en la posibilidad de que te vayas. Te quiero como eres, con todo y él, aunque me duela. Me duele, me mata aceptarlo, pero te prefiero compartida para que no te vayas nunca. A lo mejor no basto, quizá yo solo no pueda cumplirte mi promesa de hacerte feliz mientras dure el cuerpo y la fuerza. Acaso necesito ayuda y por contraste, poco a poco mi cariño te parezca más real que las palabras, la retórica o los sueños.

Te vas amor, me quedo solo. Solo por un rato para morder tu recuerdo, para luchar fuerte y con tu sonrisa en alto, contra la tentación rapaz de emborracharme, de cortarme un poco el brazo, de morderme la lengua y sacarme los ojos como Edipo. Me quedo solo amor, con los impulsos más idiotas, más dolorosos y dulces que me hayan llenado jamás el cuerpo. Porque me dueles sé cuanto te quiero. Y por eso quiero que me duela más, quiero que la náusea termine de apoderarse de mi cuerpo, que mis ojos enrojecidos suelten la primera lágrima cobarde y que la fiebre no me deje en paz toda la noche. Porque así, mientras más me duelo, más seguro estoy de que te quiero. Y acaso también tú.

Te vas amor, te perderé. Estoy cierto. Pero por lo menos esta noche volverás a mí. Y con una sonrisa borrarás mis miedos. Con unas palabras cambiaré lo que viviste esta noche lejos de mí, cerca de él, para que sea un milagro, el verdadero y único temor y temblor de toda mi vida. Mientras más profundo es el abismo, más hermosa la luz. Mientras más me duele el cuerpo, más disfruto la salud. Mientras más cruel me mates, mejor sabré vivir la vida que me das. Acábame, termina conmigo hasta la locura. Que el grito de mi dolor llene el cielo y resuene, reverbere amor, hasta que no quede sitio, espacio, hasta que lo ocupe todo. Desgráciame, amor, hasta la locura, para que así, cuando regreses, cuando cambies tu circunstancia, la cicatriz sea profunda, sea un tatuaje que no me permita olvidar, ni por descuido, que eres un milagro. Que no te merezco y me escogiste. No deje ni un instante de asombrarme porque estás aquí, porque volviste. Porque nada puedo hacer para merecerte, porque no soy mejor que otros. Y sin embargo, no dices basta. Hazme pedazos amor, para que no te quede duda de que te quiero sin final.