jueves, abril 30, 2020

Rabos de lagartija

Estos cables no llevan electricidad, son los hilos del teléfono, y no es el viento que los hace silbar, son voces de gente que tiene miedo y se llama desde muy lejos y se busca... ¡Escucha! 
—Juan Marsé. Rabos de lagartija. 

El internet, esa fuente de información inútil y deforme, me muestra que, entre otras curiosas parafernalias de cuarentena, han empezado a vender tapabocas con la leyenda Faith over Fear, y la referencia a un salmo bellísimo: «There shall no evil befall thee, neither shall any plague come nigh thy dwelling». Me gusta la gramática retorcida de la versión King James, pero en buen cristiano dice: «La desgracia no te alcanzará ni la plaga se acercará a tu tienda». La pragmática fe de quienes fabrican y usan estas máscaras reforzadas por la fe me enternece; como si poner ahí la frase fuera el equivalente a presentar una factura vencida y decirle a Dios: recuerda que prometiste ordenar a tus ángeles escoltarme en el camino.

El detalle me recuerda que hace más de un mes estoy pensando en escribir sobre Rabos de lagartija de Juan Marsé. No es, por mucho, una de las mejores novelas de Marsé: de pronto lee uno por enésima vez que el policía se acercó a casa de la pelirroja para llamar a la puerta y se siente forzado, reiterativo. Sin embargo, quiero creer que esa monotonía sirve para demostrar que los detalles de profunda compasión y fe que componen la trama resultan indiferentes en el escenario asqueroso que es el mundo.


En apariencia, la novela sigue a David, el hijo de la pelirroja; sin embargo, el centro de la historia es su amigo Paulino. David y Paulino pasan el rato buscando lagartijas para cortarles el rabo. El entretenimiento suena inocente y divertido, como cualquier juego infantil. Pero en esta novela lo insignificante y lo trascendental intercambian lugares a cada rato. No se sabe, de principio, quién ha inventado el juego, quién le sigue la corriente a quién. Pero los rabos de lagartija son un ingrediente esencial del remedio milagroso que cura todos los males. La base para componer al fin el mítico bálsamo de Fierabrás. Así que el juego tiene una intención curativa, bondadosa.

La bondad, no obstante, la compasión y la fe, siempre terminan por torcerse cuando es lo único que tenemos para aferrarnos. En la novela hay muchos ejemplos de eso. Pero en ese retorcimiento hay una sola víctima: Paulino. Es discutible si el destino de David y otros personajes es buscado o no, pero Paulino es víctima de la fe ciega y las buenas intenciones ajenas. El caso de Paulino es distinto, él tiene almorranas. Y de vez en cuando, sufre golpizas a manos de uno de sus parientes, acaso lo mismo que todos los niños en esa década.

Sin embargo, las golpizas que sufre Paulino son bienintencionadas, compasivas, basadas en la fe. Los mismos adjetivos de las golpizas, hay que aplicárselos a David. No me imagino muchos amigos que, en vez de burlarse de un compañero con almorranas, le ofrezcan un remedio fantasioso o consuelo. Porque resulta que para eso buscan los rabos de lagartija, para curar a Paulino de su dolencia y de los golpes. David también lo ayuda a desahogarse de los impulsos que provocan las golpizas que sufre. Es que el chico es un tanto homosexual. Ahí se tuerce la compasión por primera vez: ¿Ayuda David a su amigo dejándose manosear? ¿La compasión justifica dejarse hacer lo que no le gusta?

Como dije, las golpizas son también compasivas, bienintencionadas y basadas en la fe. Son el genuino esfuerzo que hace un tío ex-legionario para curar a Paulino de lo que considera una desviación. Quiere “corregirlo” al niño, no lastimarlo. El tío aplica la cura de forma religiosa cada semana, cada tercer día. Pero la supuesta cura no se limita a los golpes, de hecho es la causa de las almorranas. Es que no hay saña ni odio tan grande como el que le deparamos al espejo. Por eso David compadece a Paulino, y tiene fe en que hay una salida a todo esto, se la repite a su amigo hasta que éste le cree: hay que matar a ese ex-legionario hijo de puta.

Hay un pequeño rayo de esperanza cuando el policía se percata de que Paulino lleva el rostro hinchado a golpes, que apenas puede abrir un ojo y presenta diversas heridas. El policía también es un tipo bienintencionado, compasivo, justificado por la fe. Así que le ofrece un consejo al niño: agradécele a tu tío que le importas y deja de actuar así o también yo te daré un castigo. Y luego lo manda a casa para que le curen las heridas que lleva en el rostro. El niño responde que nada de eso hace falta, que para eso tiene sus rabos de lagartija.

Es decir, no tiene nada ni a nadie. Ni siquiera se tiene a sí mismo. Pero tiene el bálsamo de la ilusión o de la fe, ese remedio compuesto con fantasía y compasión que tiene también cada uno de los personajes para justificar sus respectivos, despreciables y absurdos actos. Si algo tienen en común, si algo motiva la desgracia que cada uno de los personajes le causa a los demás es esa convicción íntima, esa certeza que sólo la fe puede prestarnos: lo que hago es por tu bien. No puedo equivocarme pues los ángeles del señor me escoltan en el camino.

A cada uno de nosotros, lo mismo que a esos personajes, nos tiene que llegar alguna vez la hora del desengaño, la pérdida de la inocencia. Por lo menos eso espero, porque es entonces cuando dejamos de joder con buenas intenciones. Para seguir con el caso de Paulino, finalmente se atreve y le pega un tiro a su tío. Después de ese momento deja de creer en los rabos de lagartijas. Si la fe lo hacía capaz de soportar su condena, la incredulidad lo hace capaz de cambiar su circunstancia. Va a dar al reformatorio. Se libera de un infierno para caer en otro. No sabemos cuál de ellos es peor. Y sin embargo es entonces, después de la inocencia, cuando más falta le haría el consuelo de la fe. Justo cuando ya no podemos acceder a la convicción, cuando dejamos de escuchar los pasos de los ángeles velando nuestro camino, justo entonces es cuando más falta nos hacen. Después de la inocencia ya no es posible la fe ni el consuelo. Ni la esperanza tiene lugar.

Me pregunto qué es peor, dónde se sufre más. Ahí donde la situación no tiene salida ni escape pero aun tenemos la inocencia suficiente para creer en uno. O ahí donde el escape es posible, pero no vamos hacia allá porque, perdida la inocencia somos ya incapaces de creer que hay salvación. Es algo como buscar la cura para esta peste que nos acecha en la fe. Buscar el modo de vida adecuado para esta cuarentena en la desesperación. O viceversa. Entiendo que haya quien quiera oponer la fe al miedo. Y al mismo tiempo me aterra, porque nada hay más aterrador que aquellos que están aterrados y desde su miedo construyen una certeza. Me gusta pensar que todas sus certezas son también rabos de lagartija pues, como dijo Kierkegaard «la muerte no requiere la explicación, ella no ha solicitado nunca el auxilio de un pensador. Pero el viviente requiere la explicación, ¿y para qué? Para vivir de acuerdo a ella».

lunes, marzo 30, 2020

I'm in it, but it's empty

I don’t want a pillow I want your moving breathing flesh. I want you to hold my hand in the dark. I want to roll on to you and push myself into you. When I turn in the night the bed is continent-broad. There is endless white space where you won’t be. I travel it inch by inch but you are not there. It’s not a game, you’re not going to leap out and surprise me. The bed is empty. I’m in it but the bed is empty. 
—Jeanette Winterson.

Había preparado una reflexión en torno a Rabos de lagartija, la novela de Juan Marsé, dándole vueltas a esa frase que da título al libro y que compite por ser una de las más tristes que se hayan escrito en literatura. Pero hablar de Marsé en estos tiempos podría parecer un deliberado intento por evadirme de la realidad, ignorar al elefante en la habitación. Entonces, para no resultar intempestivo, comparto estas notas con las que estoy intentando construir un cuento. La idea me llegó mientras leía The Passion de Winterson y sostenía una esperanzadora conversación por WhatsApp. 


I'm in it, but it's empty


La ciudad luce vacía. No desierta. Exageran los que ven en esta cuarentena el eco de una novela de Camus o de la Europa medieval. Me parece ridículo el símil con las películas de desastre. La ciudad es más cómoda de este modo. Sin horarios fijos ni compromisos. El pánico que corre por las calles parece un escenario ideal para leer a Philipp Mainländer. Lo cierto es que hay pánico porque nos aferramos a la vida. Sólo se aferra a la vida quien no la conoce.
     Me doy cuenta entonces. Me aferro a ti y eso significa que no te conozco. Esperar, una noche sí y otra no, a que me lleguen tus mensajes, es un ritual tan obsesivo y tan idiota como lavarse las manos tras tocar cualquier superficie o bañarse en alcohol como quien hace abluciones rituales. Me aferro a ti como a alguien que no volverá. Como a un pasado. Pero vas volviendo, lo mismo que tu ausencia. Por ahora todos somos vida estéril. Aferrándonos a lo que es, o pronto será, pasado. Es decir, a nosotros.

 — Sahara. Wikipedia —

No pretendo ser poético; menos todavía caer en el ridículo o el lugar común. Intento ser honesto. Escribir sin recursos, sin creer la leyenda que me estoy inventando y contra la que pretendo que estos ejercicios de escritura hagan contrapeso. No se trata de recordar, ni conservar, porque así se cae en el descuido de embellecer.

Una mirada, un saludo, un gesto con la mano. Se trata de signos que pueden juzgarse desde la superficie, sin complicaciones. Pero a veces es preciso juzgarlos de manera intencional. El signo es, antes que nada, una creación de quien quiere leerlo. No hay signos en ausencia de lectores. Este es el problema. Tu mirada es un problema. No sé si soy yo quien construye la emoción que leo en ella. Hermenéutica del vacío. En medio del malentendido, en las márgenes del sentido, los signos superan al intelecto. Cuando el mensaje es oscuro nos involucra por completo.

Es posible que esté imaginando cosas. Nunca he sido muy hábil para interpretar intenciones ajenas. Estas líneas son también un estudio de la realidad. Quiero saber si lo que veo o siento es un malentendido. No quiero ser ridículo. No es propio temblar mientras uno escribe; sin embargo, sucede. Querer es para mí algo ajeno. Querer con mayúscula, de un modo que involucre todos los aspectos de mi voluntad. Soy capaz de juzgar si tengo hambre y querer comida. De construir planes de investigación académica. No me es difícil hacer corresponder los medios con los fines. Lo que no sé es desear algo más allá de la conveniencia. Querer con el cuerpo, que la carne llame como el hambre. Querer con la razón porque deseo un mundo en que el enunciado «tiemblo porque te escribo» sea verdadero, y también todas sus consecuencias. Querer con el espíritu, como el herido quiere consuelo.
     Si alguna vez te entrego estas líneas ha de ser porque lo quiero de ese modo total. Porque la idea de tus ojos leyéndolas, la posibilidad de tus manos que componen una respuesta, lo justifican.

El caballero encontró una botella a la vera de un río. En la botella un papel y en el papel una carta. Ella pedía ayuda. El caballero recorre el reino en busca de la infortunada hasta encontrar una fortaleza peligrosa. Derrota al villano y libera a la cautiva. La arena está manchada de sangre, las paredes también. La mujer agradece la liberación, pero sus ojos muestran miedo. Tanta sangre. Con cortesía, ella lo invita a quedarse en la fortaleza y él acepta la hospitalidad. Días después, un hombre irrumpe en la fortaleza y ataca al caballero quien una vez más, sale victorioso. La sangre es prueba de victoria. Cuando se agacha sobre el cuerpo inerte del rival, nota que en esa mano muerta aferra todavía un papel. El caballero encuentra una nota igual a la que lo trajo aquí. Letra por letra. A ambos lados de la vida y de la muerte está el mismo discurso oscuro. Entonces empieza a pensarse en pasado.

Lo que nos separa es la forma en que leemos el signo. Nos separa un modo de habitar el mundo, de estar determinados por su sentido. El mundo puede ser cualquier cosa para cada uno, porque es un mensaje oscuro. Eso me hace desesperar. También me emociona. Entenderte y al mundo a través de ti es algo como volar con las alas de cera que me heredó el ingenio de papá. No pretendo ser poético.

Quiero saber cómo responder a tus palabras. Quiero leer mi nombre como tú lo escribes. Estas frases significan mucho y significan nada. Son hermenéutica del vacío. Son un mensaje oscuro. Pero creo que puedes entenderme. Quiero que puedas entenderme. Si los signos son enigma, el milagro estriba en que tú y yo los leamos del mismo modo. Si pretendiera ser poético, citaría a Cioran: quiero morir de luz en tu abrazo. Si los signos son oscuros, nuestra coincidencia es luz. Pero no deseo perdernos en poesía.

No sé cuando me acostumbré a pensar estas cosas en pasado. El pasado es real, porque sé que ha sucedido. Es pasado porque ya no puede repetirse. Pensar estas cosas como pasado es más complejo que decir que son irrepetibles. En el pasado está también la deformación de la memoria. Se trata de admitir que, aunque sé que algo sucedió, eso no implica que haya sucedido precisamente como lo recuerdo. Recurrir al pasado para juzgar el presente siempre es engañoso. Pienso en pasado cosas como mis manos con voluntad suficiente para buscar otra piel, un contacto. Cosas como que alguien entrelaza sus dedos con los míos. Pensar en pasado significa que  milagro es lo que ocurre una vez y no se repite; también significa que milagro es lo que ocurre muchas veces. En esos términos vuelvo a pensar en ti. En mi temblor al escribir. Me escribes. Te respondo. Me respondes. Estoy acostumbrado a pensar esas cosas en pasado. Me cuesta creer en su presente.

  — Ruta del transiberiano. Wikipedia —


Siempre me han gustado los lugares desiertos. Esos paisajes en que no puede encontrarse un atisbo de vida. Desde pequeño pensaba en las planicies de Siberia con emoción. La imagen del transiberiano atravesando un invierno crudo y blanco. Yo dentro de ese tren. También me gusta el desierto, su cultura, de la que apenas sé por los relatos de Paul Bowles. Me gustan esos sitios a donde uno va de paso, donde quedarse es morir. Los sitios en donde uno ensaya su relación con la muerte.
     En el mismo sentido, me gustan las mujeres estériles. Hay paz en un cuerpo que no puede repetirse. Un cuerpo que se ahorra la vieja discusión sobre la vida. Una mujer tan estéril como yo no precisa negociar con la circunstancia o con la realidad. La vida no es un don. Me aterra un poco tener que decirte alguna vez por qué pienso así. Hacer referencia a Kertész, Ligotti y Schopenhauer. Hacer un largo periplo para no decirte nunca por qué no quiero prolongar la vida. Como un atropellado que no vuelve a pisar la calle donde casi pierde la vida. La única prueba de amor a la humanidad es no multiplicar, no repetir, no reflejar su miseria.

viernes, febrero 28, 2020

No hay más allá

Cierra los ojos y repite: “¿Adonde te podría llevar? A donde vayas irá contigo la desesperación. Sufrirás y dirás como ahora: 'más lejos todavía', y no hay más lejos sobre la tierra. El más lejos no existe. No existió nunca. Verás tristeza adonde vayas”.
  —Roberto Arlt. Los lanzallamas. 

Recién me he puesto a releer a Roberto Arlt. Qué nostalgia. Cuando tenía veinte años, leía a Cortázar de forma casi religiosa. Entre lecturas y discusiones en torno al gran cronopio, apareció el nombre de Roberto Arlt. Ya se sabe que a Cortázar le parecía genial. Compré Los siete locos y Los lanzallamas con el producto de mis primeros salarios. Vistos desde el presente, mis ganancias de entonces parecen precarias, pero bastaban para comprar libros, que era lo importante. Que sigue siendo lo importante.

—Siempre quise esta edición. ¿Alguien me la consigue?— 

En aquél entonces, en el 2001, había en Ciudad Universitaria una imponente sucursal de librerías El Sótano. Estaba junto a la facultad de Arquitectura, en la entrada de lo que es todavía el Museo Universitario de Ciencias y Artes. Mi memoria presenta esa librería como un espacio enorme, de techo muy alto y libreros de pared a pared. Cuando me acuerdo, me da rabia no haber acudido más a menudo a esa librería ya desaparecida. Lo cierto es que entonces rara vez compraba libros nuevos y curioseaba más en las librerías de ocasión y con los amigos libreros que se ponían en la entrada de Filosofía y Letras. No mucho tiempo después, apareció frente a los vendedores de libros usados en filos, un vagón que anunciaba títulos editados por el también finado CONACULTA a precios de risa para el estudiante pobre que quería leer. Ahí conseguí El juguete rabioso, que formaba parte de la colección “Clásicos para Hoy”. Todavía tiene marcado el precio en la primera página: dieciocho pesos.

Cuando pienso en esos tiempos y en esos libros me regresa una imagen más bien feliz y esperanzada del mundo. Había libros y tiempo para leerlos. El amor estaba en puerta y los amigos eran fieles hasta el final. Así que resulta difícil entender por qué o cómo le agarré tanto gusto a Roberto Arlt, que es un escritor más bien dado a lo trágico, cuyos personajes buscan la iluminación por el sufrimiento y aspiran a la trascendencia por la humillación.


—Roberto Arlt—

En aquél entonces, mi estado de ánimo y opiniones generales pueden resumirse con estas palabras de Arlt: «éste era un mundo de gente fatigada, fantasmas apenas despiertos que apestaban a tierra con su grávida somnolencia como en las primeras edades los monstruos perezosos y gigantescos. De allí que toda su alma voladora se sintiera aplastada por la inutilidad aherrojante de los prójimos». No sorprende que una chica asombrosa me apodase alguna vez “El existencialista”. Me gusta ese nombre, que es al mismo tiempo admiración y pena. Como ser hijo de Zeus en las tragedias griegas: es un honor que apareja desgracia.

Por eso me cuesta entender mi nostalgia frente a la época en que conocí y leí por primera vez a Roberto Arlt. El gusto tan reconfortante de releer sus palabras. Lo mismo me pasa cuando pienso en un escritor jovial como Cortázar disfrutando las alucinaciones nihilistas de Arlt. Me causa algo de extrañeza. Luego me acuerdo que Cortázar también tiene sus tintes desesperados que son contraste para momentos de una alegre y brillante fugacidad. Tan fugaces como mis recuerdos alegres de la época en que leí a Roberto Arlt.

A partir de estos contrastes, especulo. Me gusta la palabra: especular. Que significa no sólo inventarse cosas que uno no sabe, sino que también tiene una raíz latina que significa espejo, espejear. Jugar a los espejos, es decir, reflejarse uno mismo en lo dicho.

En Los lanzallamas la aparición fantasmal del gaseado sentencia a Erdosain: «Tenés que llorar mucho todavía. Hasta que se te rompa el corazón y amés a los hombres como a tu propio dolor». Es posible que una mirada clara esté condenada a ver sin tapujos el absurdo existencial pero que, por eso mismo, esté mejor preparada para sentir con los demás. La única manera de entender o acompañar a quienes sufren es también sufrir. Con la misma lógica, cuando uno se enfrenta a la certeza de la vida como un sinsentido, cobra consciencia de que ha vivido hasta ese momento sin mayor incidencia. Incluso se es feliz de vez en cuando. Hay una  alegría fugaz, intrascendente, sin sentido.

Al final, ante la evidencia de la trivialidad de todas nuestras experiencias y aspiraciones, uno tiene que escoger si desespera y se tira de cabeza al mar o se pone a jugar como niño construyendo castillos de arena. Por este camino entendemos que una visión trágica de la vida no necesariamente lleva al suicidio, ni a una vida gris y amargada. La desesperación es una visión especular de uno mismo sobre el mundo. Es un acto voluntario. Por eso, cuando uno de los personajes de Arlt se pone en el lugar de un hipotético Dios en el juicio final, sentencia: «¿A quién condenaría entonces? A quien habiendo podido convertirse en Dios para un ser humano, se negó a ser Dios. A ése le diría yo: ¿Cómo? ¿Pudiste enloquecer de felicidad a un alma, y te negaste? Al infierno, hijo de puta».
 
Si no hay un más allá hacia el cual escapar, si lo único que veremos es tristeza, ¿por qué no enloquecernos de felicidad? Irónicamente, aquellos que creen en una justificación transmundana de la existencia se sienten menos comprometidos con la felicidad. Total, ya la recibirán —si la merecen— en el más allá. Al cabo es responsabilidad de Dios o del destino o de terceros.

Especulo, es verdad, pero me parece tonto dividir a los pensadores en pesimistas y optimistas. Cada día me convenzo más de que los pensadores de la angustia, la intrascendencia y la nada han hecho más por la felicidad que todas las huestes de la justificación. Marco Aurelio, por ejemplo: «renuncia a las vanas esperanzas y acude en tu propia ayuda, si es que algo de ti mismo te importa».

jueves, enero 30, 2020

Estaciones 2019

Si tuviese que nominar el libro del año, no podría elegir entre estos dos. Los dos libros fueron clave en las semanas que siguieron a mi cirugía del año pasado. Ya lo he dicho antes, los libros, como los amigos, llegan a tiempo.


De manera más objetiva y escandalosa, tendría que recomendar este, como un libro que hay que leer. Sin falta. De manera seria, con mente abierta. Con ganas de preguntarse si algo en este mundo puede defenderse.


Pocas cosas disfruto más que hablar de libros, y cuando se trata de libros memorables, me gusta más. Así que, a la manera de Maimónides y para los perplejos que todavía no saben qué leer a continuación, para los que entran a la librería sin una carta de navegación o a la biblioteca echando en falta un mapa, para los curiosos y amigos, aquí van las recomendaciones basadas en la experiencia lectora de 2019. Veintisiete bellas postales de un viaje entre 119 libros, que comparto con la esperanza de que sean pretexto de muchas y felices lecturas, conversaciones, amistades, encuentros...

1. Andersson, Lena. Apropiación indebida. Una novela sobre el amor. Una historia breve sobre el modo en que el apego se confunde con el amor cuando faltamos a la verdad ante nosotros mismos.

2. Despentes, Virginie. Teoría King Kong. Para quienes hemos tenido bastante de la moral del esclavo, ella demuestra que no es preciso convencer al resto de la humanidad de su maldad para recuperar el control de nuestras vidas.

3. Dumas, Alexandre. El conde de Montecristo. Una de las mejores novelas que se hayan escrito. Es preciso leerlo más de una vez, en diferentes etapas de la vida. Nadie que se haya perdido el Conde de Montecristo puede decir que ha vivido.

4. Giglioli, Danielle. Crítica de la víctima. Una visión clara y refrescante del modo en que los oportunistas usan a las víctimas y hacen cómplice a las buenas conciencias de atroces idioteces. Un ensayo imperdible, necesario.

5. Guardini, Romano. La muerte de Sócrates. Una lectura guiada de los primeros diálogos platónicos. Pero tenemos un guía con sensibilidad estética, fibra moral y experiencia de la vida. Este libro bastaría para sustituir a muchos maestros que recuerdo y de los que he oído. Acaso no odiaríamos tanto los diálogos si nos guiaran de este modo.

6. Houellebecq, Michel. Serotonina. Una novela al más puro estilo del nihilista francés. El sentido de la vida no existe. Ninguna acción es justificable. Ningún dolor pasa de ilusión. Y al final no tenemos hígado para nada.

7. Hugo, Victor. Nuestra Señora de París. Ya sé, siempre meto a Hugo en todo. Pero es que es un genio. Escribí sobre mi último encuentro con esta novela hace poco. Las ilustraciones de Benjamin Lacombe en la edición de Edelvives, aportan mucho al texto, lo juro.

8. Ignatieff, Michel. Las virtudes cotidianas. Orden moral en un mundo dividido. Una reflexión seria sobre las limitadas posibilidades de cambiar el mundo con discursos ideales que se traducen en acciones poco atinadas. Especialmente, el lenguaje de los “derechos humanos”.

9. Kasishke, Laura. Una noche de invierno. Esta novela comprime sobre sus breves páginas todos los géneros posibles: es thriller, es historia de horror, es bildungsroman, es historia de amor y negación. Inolvidable. Con final inesperado, doloroso.

10. Kierkegaard, Søren. O lo uno o lo otro. Un fragmento de vida. La obra cumbre de Kierkegaard según los expertos. Desde dos posturas opuestas busca darle sentido a la vida sin usar muletas ideológicas: la única verdad viene de uno mismo en la desesperación. ¿Hay belleza en una vida buena? ¿Hay bondad en una vida bella?

11. Kierkegaard, Søren. Temor y temblor. Esta breve reflexión sobre ética y fe es un libro de esos a los que siempre regreso, que se va transformando con cada lectura. Esta vez, se queda conmigo la manera excepcional en que desestima todas las fundamentaciones éticas que derivan de una doctrina y nos pone ante el problema existencial básico. Si nadie pudiese entender lo que hacemos, si no pudiésemos explicarlo, si aún explicándolo fuésemos rechazados, ¿seremos capaces de considerar que fue una buena acción? Si, y sólo si la respuesta es afirmativa, estamos ante una buena acción. Puede leerse en diálogo con Forbidden de Tabitha Suzuma, que aparece más abajo en la lista.

12. King, Stephen. The Library Policeman. Esta novela corta que se encuentra en la colección Four Past Midnight tiene la descripción más descarnada, precisa y dolorosa del modo en que las convenciones sociales, la buena educación y tantas cosas que parecen normales o buenas son la mejor arma que ponemos en manos de los pederastas.

13. Macintyre, Alasdair. Historia de la ética. Una mirada clara, crítica y seria sobre las ideas históricamente relevantes sobre la ética. Suena aburrido, lo sé. Pero es tan bueno que una noche, en el metro, un sujeto reconoció el libro en mis manos, se acercó emocionado, cantó sus loas y se fue sonriendo. El mero recuerdo de este libro lo hizo emocionarse. Y eso que es una historia de la ética.

14. Pinker, Steven. Enlightenment Now. El ensayo extenso hace la guerra a esta moda de confundir el saber con la creencia, suponer que todas las opiniones son igualmente válidas y ceder ante interpretaciones milenaristas o conspiracionistas de la realidad. Un llamado a la sensatez, la razón y el pensamiento claro.

15. Rilke, Rainer M. Das Stunden Buch. Es difícil describir un libro de poesía. Los que lo han intentado, dicen que esta es una colección de poemas de amor a Dios. Pero es un amor romántico, carnal, deseante, desamparado.

16. Rilke, Rainer M. Das Buch der Bilder. Aquí, por decirlo de algún modo, el tema central de la poesía es hacer con palabras lo que Rodin hacía con esculturas. Dominar con una impresión a quien lee y provocarlo con una imagen casi superficial a pensamientos más profundos.

17. Rilke, Rainer. Die Weise von Liebe und Tod des Cornets Christoph Rilke. Poema narrativo corto sobre las esperanzas, aventuras y muerte de un joven soldado y su mejor amigo. Todo el furor romántico de celebrar una vida de soldado está aquí, pero también toda la desilusión de esa misma vida vivida.

18. Roiphe, Katie. Still She Haunts Me. Esta novela explora la vida de Lewis Carroll, y especula sobre la relación con la Alicia de carne y hueso. Un ejercicio interesante de memoria, poesía y ficción.

19. Sacks, Oliver. Awakenings. Una suma de historiales clínicos y reflexiones sobre la medicina, las curas milagrosas, la vida interior, la esperanza. Hay versión cinematográfica con Robert de Niro.

20. Sacks, Oliver. A Leg to Stand On. La memoria del doctor cuando fue paciente. Un toro le desgració la pierna mientras hacía montañismo. Casi se muere de frío, hambre, etc. Y aunque físicamente sana, su cerebro le hace una sucia jugada. La prisa y la incomprensión del sistema médico son dolorosas. El mensaje es claro: tenemos que aprender a creer en el dolor ajeno.

21. Suzuma, Tabitha. Forbidden. Una historia de amor familiar que pone en duda todas las certezas morales en las que creemos por inercia. Además de una historia bien narrada y cuidadosamente construida, se trata de un sutil argumento moral que nos deja con más preguntas que respuestas. Difícil de conseguir, pero vale la pena. Para apreciar y entender las preguntas que plantea Suzuma, una buena ayuda puede ser Temor y temblor de Kierkegaard.

22. Tallent, Gabriel. My Absolute Darling. La violencia empieza en las primeras páginas. Describirla sería traicionar la intención del autor, pero nos advierte: esto no va a terminar bien. Para nadie. Una historia dolorosa, de supervivencia desesperada en todos los frentes. Deja en claro las cicatrices físicas y emocionales de cada instancia y cada persona a las que es preciso sobrevivir. Sobrevivir por quienes amamos. A quienes amamos.

23. Tavares, Gonçalo. Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre. Sobre esta bellísima novela escribí largo hace unos meses. No cabe en unas líneas, su belleza y su profundidad, no pueden resumirse.

24. Verne, Julio. Un drama en los aires. Una novela corta, casi un cuento, sobre el estrecho parentesco entre el compromiso científico y la locura. Verne demuestra que no le tiembla la mano para explorar todas las posibilidades de una noble aspiración.

25. Verne, Julio. Martín Paz. Otra historia breve en que Verne demuestra su valor como narrador al poner de cabeza y tirar a la basura las convenciones usuales de la novela de aventuras.

26. Vicens, Josefina. El libro vacío. Casi siempre se dice que es una novela sobre el acto de escribir. Creo que va mucho más allá. La vida vacía con ambiciones, la ambición vacía mientras uno está vivo. Vicens salva a la “literatura mexicana”.

27. Vicens, Josefina. Los años falsos. En mi opinión, la mejor de sus dos novelas, explora el problema de la identidad; las trampas, nostalgias heridas y limitaciones en ese trabajo inevitable que es llegar a ser uno mismo.



Nota: Sí amigos, las “comillas” las uso para hacer uso irónico de la frase entrecomillada. Es que esas cosas son un contrasentido en su enunciación.

lunes, diciembre 30, 2019

Etapas en el camino de la vida (4)

Si una doctrina, en el instante en que amaga con decir algo terrible acaba babeando en lugar de causar horror—está claro que ante esa doctrina no merece la pena ponerse en pie. 
—Søren Kierkegaard. Temor y temblor.

Para hablar de Kierkegaard empiezo por el final, con sentencias lapidarias que causan horror. La glosa o fundamentación de esas sentencias viene después, pero es inútil, como la propia glosa lo demuestra. Créanme.
1. El lenguaje es una «invención lamentable» porque «dice una cosa y quiere decir otra».
2. La verdad no explica la vida, la hace más dolorosa.
3. Cuanto mayor es nuestra certeza, mayor es nuestra desgracia.
4. En el mejor de los casos, «la vida es un discurso oscuro».
5. Como tal hay que tratarla.



* * *

La razón desemboca siempre en la desesperación. Ella nos muestra que el mundo y nuestras opiniones al respecto carecen de un fundamento o fin que puedan ser demostrados más allá de toda duda. En ese punto se suele confundir lo trascendente y lo nimio, pues no existe ninguna razón para ubicar los conceptos en una u otra categoría. Esto quería decir Nietzsche cuando señaló que ante la muerte de Dios —es decir de aquello que pone fin a la duda— era responsabilidad del hombre llenar el vacío con valores y sentido. Pero se lo tomó todo demasiado en serio. Pensaba que, de otro modo, la humanidad acabaría en el nihilismo que podía manifestarse como desesperación y suicidio o como un lento hundirse en la pasividad contemplativa de la nada. Aunque hablaba de embriaguez y vitalidad, hablaba en serio, como uno se toma en serio una partida de billar cuando tiene dieciocho años.
 
Ante el mismo problema, el absurdo del mundo y nuestras representaciones, Kierkegaard propone la ironía. Por ahí, por lo opuesto a la seriedad, empieza su obra escrita. Celebra al Sócrates irónico que al hablar con los discípulos de la seriedad religiosa o filosófica «les arrebataba todo y los despedía con las manos vacías», Sócrates se carcajeaba irónico. Para él todo ejercicio serio de razón o de fe, no pasan de ser una broma fantástica, porque se cede al poder de lo místico y, «prestándose a su sortilegio, uno inventa más y más visiones y es desbordado por ellas». Para Kierkegaard, como para Sócrates y más tarde para Milán Kundera, nada hay más ridículo que lo serio.

Un ejemplo, dice Kierkegaard, es que el amor puede justificar estéticamente al suicidio, embellecer la finitud y la carencia; pero ese amor tan serio, se basa en el engaño. Así por ejemplo, Romeo y Julieta, quienes mueren de amor en el amor. Así Lavinia muerta al fin a manos de Tito Andrónico. Sublimes. Hasta que se ajusta la mirada y se percibe el guiño de la ironía. Entonces se reconoce la ridiculez en estos actos, porque son frutos del engaño que cada uno obra sobre sí mismo. Se convencen de que no hay vida posible sin ese amor o ese honor, con o sin esa persona. Y sin embargo, su existencia misma es prueba de que se engañan. Haber vivido o seguir viviendo demuestra que sus anhelos son meros caprichos. Es decir, se trata de visiones que les han desbordado porque les dan demasiada importancia, se las toman demasiado en serio.

Esto nos ocurre a todos de forma cotidiana. De ahí que Schopenhauer explicara la vida como representación. Kierkegaard está de acuerdo, pero prefiere tomarse las cosas de manera juguetona, irónica: puesto que no puede tenerse una representación fiel, podemos muy bien escoger la más entretenida. La vida se convierte así en un amorío, en una aventura que hace lugar a sus veleidades y las nuestras como cualquier coqueteo. «Hagas lo que hagas, te arrepentirás», opina el pensador serio, porque alguna vez verás las cosas como son realmente. Kierkegaard agrega que esto sólo tiene lugar si escoges creer que ese “realmente” es la realidad más allá de toda duda. Si ninguna representación está más allá de toda duda, ¿por qué no elegir otra?

Sin duda es absurdo reducir el mundo a una sola interpretación. Y también es absurdo abrir la perspectiva a cualquier otra, a la infinitud de interpretaciones posibles. Por eso la vida misma es un acto de fe que nos pone ante nosotros mismos con ironía: «El asunto es bajo qué determinaciones considera uno la existencia y vive». El momento crucial de una vida es, entonces, cuando se escoge qué creer; es decir, cuando se elige uno de entre todos los absurdos sin fundamento que presentan la razón y la fe. Además, se escoge por ninguna razón, puesto que la elección es absurda, injustificable. Cualquier justificación se construye después de la elección. Así, por ejemplo, uno no escoge su equipo de fútbol, su partido político o su religión después de conocer todas las opciones posibles y comparar méritos. Porque ello implicaría, además, una elección entre diversos sistemas de medición de esos méritos. Elegir una jerarquía. Elegir un sentido para las palabras mérito y jerarquía. Se trata de una dialéctica infinitamente mala. Lo cierto es que nadie puede conocer los fundamentos de su fe antes de vivirla. Se construyen conforme uno es desbordado por sus propias visiones míticas. Romeo y Julieta nada sabían la una del otro, se miraban ex parte, en enigma, thorugh a glass darkly.

Opina Kierkegaard que «el hombre sólo se vuelve melancólico por su propia falta». Eso fue lo que le pasó a los amantes de Verona. Se trata de una falta de ironía, de ensoñación, de memoria. Se olvidan de que toda representación es arbitraria y por lo tanto mutable. Sólo con ese olvido puede uno volverse melancólico. En esto, el líder Wittgenstein parece estar de acuerdo cuando asevera: «Si la vida se vuelve difícil de soportar, pensamos en cambiar las circunstancias. Pero el cambio más efectivo e importante, un cambio en nuestra propia actitud, rara vez se nos ocurre; y la decisión de dar ese paso nos es muy difícil». No sorprende, por tanto, que Kierkegaard escogiera la fe cristiana como forma de vida, como determinación bajo la cual vivir su vida: escoge un mundo de amor y providencia, donde todo se encuentra justificado y toda dádiva buena y todo buen don, vienen de Dios. Un mundo ética y estéticamente justificado.

Opina, en consecuencia, que ninguno de nosotros puede juzgar sobre lo bueno o lo malo de las circunstancias. Pero haríamos bien en creer que todo hecho es bueno aunque duela. Así, por ejemplo, sus héroes Job y Abrahám. Pero también el hijo pródigo de la parábola, quien se ve reducido, tras una serie de decisiones estúpidas, a robarle bellotas a los cerdos para comer. Su destino es cruel, el patrón para el que trabaja puede parecer cruel, el mundo es cruel. Sin embargo, esa degradación era lo que el joven necesitaba para poner en duda las visiones que lo desbordaron y lo pusieron en esa circunstancia (ser indigno de amor y perdón, por ejemplo) para buscar la reconciliación con su padre y volver a una vida feliz. Todo lo que hacía falta era leer en la desgracia una invitación a cambiar sus creencias. Es la iluminación del rock bottom. Se trata sin duda, de tener fe, pero no de aferrarse a una fe sino de jugar con las posibilidades de cada fe y toda fe posible. «El ojo con el que se ve la realidad debe modificarse sin cesar».

Job rechazado por sus amigos. William Blake—

Para Kierkegaard el problema del sentido de la vida se reduce al momento de la elección. El problema desaparece cuando aceptamos que cada forma de vivir es algo que elegimos desde el absurdo. Se crea o no en Cristo, Kierkegaard da en el clavo: estamos condenados a creer, pero elegimos nuestra fe y, por lo tanto, no hay razón  para aferrarse a las mentiras convencionales de nuestra sociedad. Es preciso entonces partir de uno mismo. Así empieza la ética como derivado de la fe: los actos que se realizan por razones o motivos circunstanciados son engaño. Abrazar un partido, religión o prejuicio, son todos actos falsos mientras no se les vea desde el absurdo. Este es mi camino —diría su caballero de la fe— por ninguna razón en absoluto. En consecuencia, se trata de elegir, pero no de una buena vez y para siempre, sino en cada momento. Elegirse a uno mismo, partir de uno mismo y volver a uno mismo con las manos vacías.


Abrahám e Isaac. Rembrandt—

Vistos así, los sistemas políticos, éticos, religiosos o, mejor dicho, todas las ideologías, son tentaciones porque pretenden ahorrarnos el trabajo de la elección. Se presentan como respuestas válidas más allá de toda duda, celosas del cambio en quien las vive. Antes de abrazar una ideología, hay que jugar con ella y hacerla en cada instante objeto de ironía. Tomarse las ideas terminadas como algo serio es un camino cierto hacia la desesperación porque todas ellas son absurdas. Las personas dicen, con toda seriedad: la vida es esto. Más tarde se dan cuenta de que “esto” es absurdo. Y concluyen, razonablemente, que la vida es absurda. Entonces se sienten desgraciadas. Pero la desgracia viene de uno mismo, de la propia elección. Se elige la desgracia, y no puede encontrarse consuelo. Qué cosa más ridícula.

Concluyamos con sentencias lapidarias, que causen horror, pues estas son las doctrinas que valen la pena: El lenguaje es una «invención lamentable» porque «dice una cosa y quiere decir otra». Por eso, la verdad no explica la vida, sino que la hace más dolorosa. Así, cuanto mayor es la certeza, mayor es la desgracia. En el mejor de los casos, «la vida es un discurso oscuro». Como tal hay que tratarla.