lunes, agosto 01, 2011

Entrega necesaria

Me cuesta escoger las palabras. Me cuesta incluso hacer letra legible, ya no digamos agradable. ¿Qué tan perjudicial fue dedicar más de un año al mismo tema, a la variación constante para alguien que ni siquiera tuvo la decencia de intentar una eternidad? Nadie me exigió ponerlo todo en pausa y dedicarle la vida y la inspiración. Por eso fui y soy feliz de haberlo hecho. Pero pasa el tiempo y cada vez más las letras que me tenían orgulloso me resultan ajenas, un poco frías. No puedo sacarme de la cabeza la idea de que eso no es literatura, que desde hace tiempo nada es literatura. Todo es teoría u honesta confesión personal. Ya no queda ni la aspiración de hacer literatura. Releer lo que he escrito últimamente me aburre incluso a mí. Ya no estoy satisfecho, ya no creo en “lo mejor que he escrito en mi vida”, ya no creo que haya escrito algo valioso. Se me despierta una nostalgia por lo que escribí antes y quizá sea mejor, pero hasta pena da leerlo. Es el mismo tema con otra perspectiva y, en alguna forma, estoy harto de lo mismo. Me llama escribir algo distinto aunque sea impensable. No sé escribir distinto. O no me atrevo, como andar en bicicleta.

Ahora mismo, desde el jueves, me regresa la inspiración con el mismo temblor inseguro de siempre. Y es otra vez un nombre de mujer el que está detrás de todo. Un nombre imposible como siempre, que esta vez empieza con K. Imposible como todos mis amores y acaso peor que imposible. Pero hoy, en vez de preparar otra carta u otra parábola de amor, escribo esto en busca de algo distinto, en busca de libertad para escribir la vida o desear siquiera hacer literatura. Ya no deseo reducirme a infinitas cartas/parábolas/metáforas de amor. Hoy quiero partir de ahí hacia otra cosa quizá no mejor, pero distinta y capaz de comprometerme el alma como eso otro que hice casi toda la vida. Buscar un te quiero sin barroquismos y construirme por primera vez una pureza externa desde la cual trabajar sobre mí. Dejar al fin el angelismo que siempre está pintado sobre la simple carne de una mujer que al final del día no entiende una palabra de lo que escribo. Prueba de ello es que ninguna está aquí.

Basta. Que la metáfora infinita me comprenda y me transforme a mí, no a ella. Que los garigoleos y los detalles barrocos del lenguaje cambien algo que sea siempre parte mía; algo que ella, cuando se vaya como todas, no pueda llevarse ni quitarme. Pero nada se me ocurre, sólo un nombre otra vez. K. Sin odas para ella, quiero usar por primera vez lo que me despierta, para escribir una carta velada cuyo destinatario sea yo. Deseo comunicarme con ella, llegar como nunca he sido capaz. Pero no he llegado porque me falta algo de egoísmo o de locura para tenerme como principal interlocutor. Quizá sólo aprenderé a ser querido cuando no entregue sino aquello que no puedan quitarme. Y hasta ahora entrego todo, lo que no recuperaré y lo que es mío. Habría que empezar por prestar lo que no pueden llevarse como prueba antes de entregar lo que me roban al hacerme trizas. No más cartas de amor, no más fábulas. Algún otro tema debo inventar a partir de ella. Claridad es todo lo que hace falta. Un poco de locura para buscarme en sus ojos y usarla como espejo, no como escenario de una vida. Es lo que hay que hacer. No me gusta en absoluto, pero he empezado a hacer lo que hace falta, no lo que deseo.

Lunes, 01 de Agosto de 2011. 21:00 Hrs.

viernes, mayo 20, 2011

Personalidad

Hace muchísimos años que leí "Aurora" del gran Friederich Nietzsche (algunos le agregan el Wilhelm, pero para mí siempre ha sido el buen Federico). Leo de nuevo "Aurora" en parte por decisión y en parte por cuestiones del destino: durante el último semestre me he visto orillado (más bien obligado) a leer otra vez los libros que me hicieron crecer. En cada uno, una pequeña clave de lo que soy ahora. Es un proceso curioso re-conocerse por el espejo perpetuo de los libros, apreciar el cambio... En todo caso, Nietzsche fue algo así como pieza clave y si alguna vez se me pide que describa mi carácter, lo haré citando al gran Federico:

498. No exigir. ¡No le conocéis! Es verdad que se somete con facilidad y libremente a los hombres y a las cosas y que tiene bondades para unos y otras; todo lo que pide es que le dejen tranquilo —pero es a condición de que ni los hombres ni las cosas le exijan sumisión—. Toda exigencia le vuelve orgulloso, áspero y belicoso.

No sé si me inventé a partir de Nietzsche, lo que me parece maravilloso es el modo en que un aforismo leído de pasada y con la urgencia de quien lee en un libro prestado, llega a ser causa y efecto de lo que uno se hace.

viernes, noviembre 19, 2010

Werther y el Mito de Sísifo

Sí, es verdad que sólo soy un caminante, un vagabundo sobre la tierra. Pero, ¿y vosotros, sois algo más?

—Goethe. Werther.


De lo que nada puede decirse, concluyó Wittgenstein en su Tractatus, mejor es callarse. Quizá sería esa la actitud más sensata tras una lectura de Werther; guardar silencio y en ese silencio, que es el resto según Hamlet, disfrutar la sensación del viaje hacia lo que no puede decirse. Y es que el lenguaje tiene sus límites.

No sé si valga la pena señalar, como evidencia de esos límites, que Goethe parafrasea a Hamlet: “¿Y por qué esas vacilaciones y titubeos? ¿Porque no sabemos lo que habrá allí detrás? ¿Y por qué de allí no se vuelve? Y porque, además, tal es la condición de nuestro espíritu, que presumimos confusión y tinieblas allí donde no sabemos nada concreto?” (Goethe, 412), o decir, con menor certeza, que parafrasea también a Novalis, Schlegel, Swedenborg y quizá a otros que no sé reconocer. Que Goethe predice a Camus, un poco a Mishima, Sartre o Nietzsche y alguna relación tiene con Rousseau, Dostoyevsky y Tolstoi. Encima de todo, Goethe parafrasea o dialoga con su vida misma, pues no falta quien encuentra las raíces de Werther en el libro XII de Poesía y Verdad, en la pasión de Goethe por Lotte Buff y el suicidio de su amigo o conocido Jerusalén; razones por las que más tarde se avergonzaría de esa novelita epistolar, muy a la moda de la época. Del valor estético de la novela son mejor testimonio que cualquier cosa que yo pudiera escribir, sus más de doscientos años de ediciones seguidas y los ecos ya citados. Todo lo cual acaso esté bien dicho, pero no sé si valga la pena decirlo.

Puede decirse que Goethe critica a la sociedad burguesa, al hecho de que no ofrece consuelos ni caminos para el desarrollo del espíritu, ni para propiciar la plenitud del hombre: Werther no dura mucho en el servicio público y hasta salta contra el matrimonio porque “eso está bien para este mundo... y para este mundo será un pecado el que yo te ame y desee arrancarte de sus brazos, estrechándote en los míos” (Goethe, 424). Y es que este mundo de convenciones y arreglos voluntarios es parcial o, mejor dicho, artificial. Mundo burgués de culto a los convenios y olvidado de lo trascendente: “¿qué es para nuestro corazón el mundo sin amor? Lo que una linterna mágica sin luz” (Goethe, 371). Puede decirse, pero quizá la clave no está ahí.

Por fuerza hay que referirse al episodio del loco, que mira hacia la época en que atado con camisa de fuerza y recluido en un sanatorio se sentía acompañado por emperadores y mejor aún, por la misma Lotte para quien, ya expulsado de ese paraíso, se empeña en tejer guirnaldas con flores que no están. El episodio es un claro argumento sobre la difícil relación que existe entre razón y felicidad, pues verdad y dicha han vivido muchas veces en guerra constante. Basta para poner en duda todo juicio sobre la existencia.

¿Y de qué vale pasar juicios éticos o morales sobre Werther? Ya lo responde él mismo por adelantado: “¿Por qué vosotros, los hombres —salté yo—, habéis de decir en seguida: esto es una locura, esto otro es prudente, esto es bueno, aquello malo? ¿Es que antes habéis inquirido a fondo las íntimas circunstancias de un acto?” (Goethe, 376). Respuesta que pone en duda la totalidad de la ética cifrada en el supuesto falso de que conocer basta para emitir un juicio. Ni el epistolario, ni las notas, ni las impresiones de quienes se encuentran cerca nos acerca a las ‘íntimas circunstancias’ de un suicida. Así pues, ¿qué puede decirse de Werther?

Acaso mejor abordar la novela por el lado personal, por las formas inesperadas en que al releerla, me doy cuenta de que con los años, más de una vez me he puesto en la piel de Werther —quizá mejor decir, él se puso en la mía— y me he encontrado repitiendo frases o gestos suyos sin notarlo hasta ahora que releo. Así de fuerte es la novela y así entiendo, por lo menos, que haya causado una epidemia de suicidios. Pero con honestidad, a quién le importa si enamorado me sentí Werther sin darme cuenta. Quizá Goethe se burlaría, igual que yo, cuando releo este párrafo.

El lenguaje tiene sus límites y honestamente dudo que yo pueda trasponerlos. Puedo decir que encuentro en Werther una mezcla de filosofía y poesía, que es un ejemplo claro de romanticismo y contradicción, que al final, consciente o inconscientemente uno termina con ganas de vestir el traje azul con chaleco amarillo y sufrir la dolendi voluptas de Petrarca. Pero con todo eso, nada digo. Como nada puedo decir de todos los suicidas a los que he sobrevivido y creí conocer pero que, por ese acto último, dejaron de serme conocidos. Silencio, silencio es siempre mi respuesta.

Un último intento. Quizá es en eso último, en el silencio, donde está la clave y algo pueda decirse que valga la pena, aunque seguro ya se ha dicho. Werther se suicida (selbststerben, selbstmörder) y ese acto hace estallar a toda la novela; deja de tener sentido todo lo que se ha leído. No hay relación de causalidad posible entre el desarrollo y el desenlace; es decir, no hay razón en estricto sentido que explique el suicidio. Cada lector puede darle sentido al acto por el antecedente o rechazar esa armonía. Pero toda explicación deforma. Cada novela es un mundo, una respuesta más o menos congruente al sentido de la vida. Pero ahí hay una petición de principio, suponemos que la vida tiene sentido. Yo veo en Werther una pregunta más que una respuesta. Estoy vivo y leo, se sigue de ahí, por fuerza que supongo que vale la pena vivir y leer. Goethe pregunta: ¿y si no?

Puesto que no cerré el libro y me pegué un tiro sino que vine a escribir, creo que vale la pena vivir y que a algún sitio he de llegar, tarde o temprano. Pero la pregunta sigue ahí, ¿y si no? Es estribillo que me recuerda que las cosas pueden ser de otro modo. Una pregunta que no puede responderse porque toda respuesta implica la creencia en el sentido mismo. Podría responder que la pregunta no tiene sentido, pero eso decimos cuando alguien pone en duda lo que nosotros reconocemos claramente como auténtico, pero no podemos demostrar que tenemos la razón. Porque el lenguaje tiene sus límites. Frente a esa pregunta, callar y seguir viviendo o morir por mano propia. Cada respuesta es única e infinita. Y al final, con esa pregunta, Goethe se las ingenia para incluir cada vida irrepetible e individual entre las líneas de su Werther. No sé si valga la pena decir esto último, escribir tres páginas para llegar a esto. Es la misma pregunta, ¿y si no valiera la pena? La respuesta está en el acto; puesto que ya lo escribí algún sentido tiene; aunque, lo mismo que la vida, por qué vale la pena o por qué tiene sentido, es algo que no puedo decir. Ante esa pregunta guardo silencio, pero aún escribo y estoy vivo. Como Sísifo, sigo empujando mi peñasco.



Bilbiografía: Goethe, Johann Wolfgang. Los sufrimientos del joven Werther en Rafael Cansinos Asséns (Ed.). Obras Completas de Goethe (Tomo II). Aguilar : México, 1991.


lunes, agosto 09, 2010

Mi diario


Añadiendo a los artículos autodescriptivos, he aquí una página de mi diario.


miércoles, agosto 04, 2010

Vieja Correspondencia

A lo largo de los años, escribo, comparto y recibo críticas. La crítica más persistente y constante es muy sencilla y me golpeó con fuerza mientras revisaba cartas viejas. Comparto el pedacito de mi respuesta sólo por el gusto y para cambiarle al mood demasiado serio que trajeron las Variaciones. He aquí la mejor forma de describirme (claro, modestia aparte):

"Está chistoso, por cierto, casi todas las mujeres opinan que las mujeres deberían volverse locas por mí nomás leerme. Pero ninguna de las que lo opinan se vuelve loca. Jajaja Hasta mi mamá, cuando vio el Valle de los Gritos, en vez de felicitarme, me dijo "yo no sé como no tienes vieja....!" O sea, imagínate lo pinche antipático que he de ser, para que con todo y que soy un genio de la estética y el sentimiento, nadie se aviente el torito! Chale, necesito un trago...."

Qué triste ¿no?