viernes, febrero 20, 2009

De Cómo se escribe un Diario (Parte 3)


III. Sueños. Días van y días vienen. Cada noche al volver a casa del trabajo piensa en ella. Mira la fotografía y se pregunta si la memoria no le estará jugando otro truco sucio. Cada noche, al volver del trabajo escucha la misma canción recuerda las lágrimas de las que fue testigo en aquella noche infinita y sin mañana. Llora, pero no por alguien más, nadie merece tus lágrimas. Nadie. Y ella llora, escondiendo la mirada y el rostro en un abrazo, escondiéndose apenas un instante después de haberlo besado. Con un cigarro en la boca y un whisky en la mano, se siente frente al escritorio, frente a una hoja en blanco y se dice que tiene que escribirlo, que no puede olvidar porque aunque ella tenía razón y no significó nada, no quiere dejar ir la sensación de volver a vivir, de surge et ambula, el sentimiento de ser otra vez un niño idiota con el primer beso en puerta; la certeza de que ella es el principio y el fin de la vida, la única que existe, esa sensación. Que se detenga el instante, así sea en papel. No quiere ni debe olvidar ese sentimiento, por efímero que sea. No puede olvidar porque no hay peor traición y todo lo demás. Cada noche se rinde antes de empezar a escribir. La hoja en blanco le causa angustia y el alcohol no le da consuelo porque al final está solo y mira al cielo sin esperanza de volver a verla. Sin apellidos, sin otra cosa que el nombre que no se atreve a repetir porque teme haberlo olvidado. Para recordarlo tiene que concentrarse en el dije que colgaba del cuello de ella, porque cuando los presentaron ya estaba idiotizado y no pudo ni discernir las palabras de Gretchen cuando le dijo algo que bien pudo ser te presento a mi amiga ¿—#—@—? Hola, mucho gusto, soy Faust.

Era algo como aquél banquete en el infierno. Imágenes inconexas en el fondo, como escenario: calaveras, juguetes quemados, objetos sin sentido. En algún modo la idea del arte moderno y la descontextualización del objeto cotidiano se asemejan a las pesadillas más terribles del medioevo. Temas oscuros, cosas que no comprende aunque puede explicar sin mucho esfuerzo porque para eso, para racionalizarlo y no verlo, tiene una educación y una vida dedicada más o menos a vender su cerebro y los sofismas convenientes que surgen de él. Un mar de gente, un mar de desconocidos con rostros raros, rostros agresivos, indiferentes y acaso hasta alguna bienvenida con buena intención. Piensa en eso, en sus nervios de punta como siempre que se halla en medio de la gente y trata con desconocidos. Piensa en Gretchen a su lado , como ancla o compañía, tranquilizándolo con charla tranquila, tan feliz como él de haber, al fin, capturado el momento. Entonces Helena, su nombre en el dije, apenas como algo lejano, una búsqueda incesante de miradas perdidas porque, en algún modo, él sólo deseaba robarle una sonrisa y conocerla. Descubrir de dónde viene ese acento extraño pero atractivo, casi familiar. Descubrir qué hay detrás de la palabra con la que la definen, “modelo”, que suena a tropiezo, a efímero. La palabra que lo nombra a él tampoco dice mucho, más bien algo de mala fama y motivo de chiste. Y aún así. Eso es una esperanza. ¿Quién salvo Gretchen sabrá imaginar que él sabe lo que significa la frase et nunc manent in tie, por ejemplo. Pero no hay modo ni oportunidad. Helena es un perpetuo desencuentro. Se rinde y se concentra en Gretchen. Quizá así pueda empezar a escribirlo, piensa, en forma de carta.

La primera vez que te vi, entendí con cruel certeza que nunca serás mía, que nunca me verás con anhelo o con simpatía siquiera. Perdóname, la primera vez que te vi, te quise en el sentido más literal de la palabra, te quise para mí, te quise mía sin sentimiento más intenso que el egoísmo. Te quise propia, entera.

Tacha el enunciado, fuma, bebe otro Whisky con sabor a ella, incluso cambió de marca para beber lo mismo que aquella noche. Arruga la hoja y la tira a la basura. Se asoma al viento frío de la noche y mira al cielo. ¿Dónde estás ahora? Olvida el nombre y tiene que conjurar la imagen del cuello largo y pálido, de dos clavículas que marcan la ruta directa al corazón y cómo, en el centro justo, en la pequeña depresión, en ese sitio vulnerable y mortal, colgando de una cadenita plateada, está el nombre que no pudo aprender, que tiene que descifrar en sueños. Afortunadamente escrito en palmer, un trazo continuo, total, donde las letras se generan unas a otras como causa y consecuencia; así es fácil descubrir lo que sigue a partir de la K. Todo se perfecciona según su naturaleza. Sonríe.

Pasa al rededor de un mes en esa guerra idiota e inevitable contra el papel hasta que, al final, pasando las páginas del libro que no leyó, encuentra la primera pista, el primer destello que le explicará cómo empezar. Es hora de empezar. Lo siente como un pequeño vuelco en el estómago, lo siente como una presión indefinible en las manos, lo ve en las hojas blancas de la libreta que ahora lo llaman, no lo repelen. Es hora de empezar sin duda. Y aún así, se toma varios días más para escoger la primera palabra. Disfruta la emoción de tener al fin las ideas claras, la vida cierta. La certeza de que al fin ha encontrado el mañana que se le perdió aquella noche sin sueño y sin posibilidad de retorno. Pasa varios días más pensando en ella, pensando en tí, Helena, ahora K, sólo K, en la primera palabra que está seguro debe ser algo sobre el tiempo. Horas, días, semanas, algo así. La primera palabra y bien vale la pena relegar el placer pues apenas empiece a escribir, estará poniendo punto final a su sueño. And so it is. Just like you said it should be. We’ll both forget the breeze... Damien Rice y las lágrimas de K están entrelazadas en un silencio sin tiempo.

Al fin, un mes y un par de semanas más tarde, se sienta frente al escritorio con la pluma recién cargada de hermosa tinta negra y cierra los ojos. Silencio. Una brisa suave entra por la ventana sin ruido.  El cuarto a oscuras, sólo una lámpara sobre el escritorio. Al fin, la frase de Fausto: Wie Träume flihen die warmste Küsse... La memoria empieza entonces su trabajo. La veo al otro lado de la habitación, charlando y riendo con una copa en la mano, junto a sus amigas. Feliz, la mujer inalcanzable me ignora sin tomarse para ello demasiado trabajo. Se levanta algo nervioso y se acerca a la ventana. Está a medio camino entre esa noche, un pie en sus sueños y uno en la realidad, intenta construir un puente. Enciende un camel y se deja llevar por la memoria, no hay razón para cuidarse. Si puedo recordarlo, puedo escribirlo, y permanecerá en mí. 

Pasaron un par de horas antes de que pudiera dirigirle la palabra usando enunciados completos, coherentes. Ella no sabía mi nombre, lo mismo que yo no pude aprenderme el suyo cuando nos presentaron. Espié la cadenita en su cuello buscando su nombre. Ella, mucho más pragmática, se inventó uno para mí. David. Estoy casi seguro de que fue David, porque me trajo recuerdos agradables. Con la ayuda de Gretchen, planeamos un reencuentro que jamás tendrá lugar. Así conocí el origen de su acento aunque no pudiera explicar su semejanza con el portugués. Fue entonces cuando tomé esa fotografía. Se aparta de la ventana y se sirve un whisky derecho, sin hielo, eso le trae nuevos recuerdos. Nos acercamos, K y yo, a la barra en busca de otro trago y ella se burló por la ínfima cantidad de alcohol en mi vaso. Quizá fue entonces cuando empezó la confianza. Con ese trago largo que le dimos al whisky luego de decir salud. Yo aún tenía otro nombre y ella era sólo hermosa y una K. Gretchen me advirtió que K tendía a dejar a todo el mundo borracho con esas bravatas y los constantes brindis; me lo advirtió mientras K bailaba en el salón con otra, con una chica medianamente guapa, con vida y alegría para ponerse a la altura de Ka. Terminaron en el piso, se levantaron tambaleantes y fueron a sentarse lejos, en la otra habitación, donde yo no podía verla. Pero yo iba con la amiga de K y aunque mi nombre no era D, estaba contento de serlo por un rato y se notaba. Gretchen me lo insinuó y yo no supe que decir. Después vino otro rato en calma, mirar las piezas de la exposición, hacer comentarios, suponer, hallarle gusto, lo de siempre, lo que hacía años, desde que conaculta y el periódico y la crítica de arte. No estaba fuera de sitio, estaba pensando en Ka y nada en ese momento me parecía tan hermoso como ella.

Basta cerrar los ojos para verla: los pantalones entallados, las botas, los brazos delgados y la enorme flor roja en el hombro. Las sonrisas ajenas, las miradas que no pude robarle. Antes de ella, antes de Ka, ¿cuándo me sentí tan idiotizado por una mujer con botas y cabello corto? No es mi estilo. Mira las estrellas como si ahí pudiera encontrar el nombre. El tiempo se borra como una acuarela mojada, no recuerda más palabras, más nada. Recuerda que aún no llegaba la media noche cuando mucha gente empezó a retirarse, cuando se encontró en el pasillo con un tipo que intentó crear conversación. Éste quiere a Ka, pensé, y no me equivoqué, un rato después, una y otra vez, la persiguió sin éxito, sin delicadeza. La mayor parte del tiempo me provocaba golpearlo, organizar ahí mismo un zafarrancho y regresar al medioevo, a la adolescencia, al cro-magnon, a la parte más irracional de lo que mi memoria genética guarda. Quería pelear, supongo, porque él estaba haciendo todo lo que yo quería hacer pero evitaba, consciente de que no era el modo ni el lugar, ni nada. Quería arrastrarme y rogar, quería jurarle y llorar. Quería pedirle matrimonio a Kar como todo borracho que se respete hace con todas las mujeres. Y me contuve para no amargarle la noche a nadie. Charlé con G, bien enterada de lo que yo estaba pensando, tolerándolo, acaso esperando en silencio. El sujeto aquél desapareció al fin mientras yo, con ganas de ir con Kar y preguntarle, ¿consentiste?, maldito Byron! Ciego de celos, de amor propio y de fracaso porque Kar seguía lejos y sin el menor interés en mí. Simpatía quizá, pero no interés.

Más tarde me enteré de que el tipo aquél no era más que un ladrón borracho y que quizá, enojado por su fracaso, robó una pieza para compensar por el teléfono falso de Kar. Ahogar el shock con más whisky, fotografías para el recuerdo y, entonces, cuando me convencía de que lo mejor habría sido golpearlo y hacer de héroe inútil, violento e incivilizado... Una pausa para encender otro cigarro, para ir hasta la cocina y dejar el vaso en el fregadero, para inventar todas las excusas posibles antes de tirarse un clavado en el aquelarre.


jueves, febrero 05, 2009

De cómo se escribe un Diario (Parte 2)


II. Contradicción. Faust. Sabe que ese es el libro, pero no entiende lo que lee. Hojea las páginas sin remedio, con una taza de café en la mano y taladro y martillo como música de fondo. Por milagro, el técnico llegó a las nueve de la mañana. En punto. Por esta vez hubiera deseado esperarlo hasta las tres de la tarde. Esperar durmiendo. Pero llegó puntual como inglés. ¿Qué más da cómo me vea?, piensa mientras cambia la página, anoche alguien no creyó que hablo alemán. Ya estoy viejo para estas aventuras de toda la noche. Cuando se vaya el técnico, lo espera una comida, una reunión y otras cosas que no recuerda pero le ponen los pelos de punta. Una hora de sueño, nada más. No debía suceder así, dice en voz baja. Nadie lo escucha, las herramientas se encargaron de silenciarlo. 

Recuerda, se dice, porque no hay peor traición que el olvido. Recuerda. Encontrar el pacto fue fácil. Si algún día le pido al instante que se detenga, mi alma es tuya Satán. Recuerda entonces el principio de la noche, la llamada esperanza en el teléfono. ¿Qué tal Gretchen? ¿Nos vemos esta noche? Y claro. Pero eso es un recuerdo fácil, antes de los whiskys y la locura y el amor. Antes de olvidarse y reencontrarse en un beso similar al big crunch. Recuerda, escribe. Vuelve a la hoja con apenas tres frases y las tacha con odio. Tira el papel a la basura. “Llamé a Gretchen al rededor de las ocho. Tenía que verla. No esperaba que aceptara, pero aceptó. Y más aún, me invitó a la galería. Lo matizó y lo hizo interesante añadiendo whisky a la ecuación. Lo mío fue un sí antes de entender por completo a donde íbamos. Gretchen. Tantos años mirándola de lejos; con un poco de nerviosismo y la sensación medio hipócrita de me gustas pero no puedo aceptarlo. Miradas, citas que no supimos cumplir hasta anoche. Tan simple, tan hermoso y acorde con la soledad que me acosa estos últimos meses. ¿Nos vemos? Sí. Pasar por ella, tan linda y fresca. Era la persona ideal para hacernos compañía en una noche fría y sin amanecer. Llegamos rápido a la galería donde al fin conocí ese otro lado de ella, el que siempre intuí detrás de las apariencias y la circunstancia. Fotografía, montaje, iluminación, arte. En algún modo, todo lo que vi se debe a ella, a sus manos, a su voluntad que nunca doblegó, al valor que demostró siguiendo siempre lo que quiere y ahora está aquí. Otro motivo para admirarte, Gretchen.

Se levanta y vuelve a la cocina. Después dormita un rato en la sala para descansar los ojos que le arden. Escucha el taladro y el martillo. Siente que agrietan un trozo de su alma. A veces, siento grietas en la vida, piensa, bella frase; ¿quién la dijo? Faltan horas enteras para que pueda dormir. Entonces, cuando haya descansado, funcionará mejor su memoria o eso espera. Por ahora, sólo desea que terminen el trabajo y se larguen para que pueda cerrar de nuevo las persianas y dormir. Dormir. Cuando empiezan a formarse imágenes en su cabeza, abre los ojos y piensa, ¿me creerías si te digo que te quiero? Algo dentro de mí se siente como arena que se desmorona cada vez que pienso en la respuesta. ¿Hemos caído tan bajo como para que el cariño inmediato sea increíble. Y lo de inmediato es apenas un decir. La quise por sus  lágrimas y sus besos y por tantas cosas que ya no sé ni pensar. Incluso su respuesta fría y descorazonada, no significa nada, esa respuesta fue otra razón para quererla, acaso una de las más importantes.

Cuando al fin se hayan ido los trabajadores, volverá a encerrarse en la habitación a oscuras. Se esconderá bajo las sábanas como un niño asustado y, también como niño, mirará la instantánea de un ángel cuyo nombre aún no quiere pensar, que por ahora sólo es Helena, la del aquelarre. Una enorme flor roja y la mirada que lo dice todo. Mirada artificial, de modelo, de quien está acostumbrada a ser vista y sugerir sin revelarse. Perderá los ojos en esa fotografía que es el único testimonio a parte de su memoria difusa y los sueños que se inventa para recordar la noche que aún no termina, para acompañarlo en el mañana que no llegará. Sólo la fotografía dice la verdad, su memoria miente, sus sueños son inventados. Por eso, cuando duerma, soñará con ella en otro cuerpo, con acento distinto en la voz y sus sueños le tenderán una trampa.

Despierta confundido, ¿por qué soñó con su viejo, verdadero amor? La pregunta es idiota y la respuesta, más. Soñó porque anoche, como en un sueño, el beso de Helena lo hizo sentir tanto o más vivo que en aquellos tiempos, el año más feliz de su vida. El año en que aprendió a caminar de nuevo, el año en que casi muere y la luz al final del túnel estuvo en las antípodas de Helena. Norte y sur. Destierra la imagen de ese pasado con la más reciente de la fotografía. Repite la canción. Damien Rice se queja de monomanía y él se levanta con dolor e cabeza. ¿Cuánto tiempo dormí?, se pregunta. Un par de horas y se ha hecho tarde. Ya debería estar allá. Se baña y viste a toda prisa, aunque sabe que es inútil. Cualquiera notará que no ha dormido, que el whisky aún le corre por la sangre y que trae el corazón atravesado por una desconocida que le cambió la vida en unas horas. A estas alturas, en el vagón del metro, se siente víctima de alucinaciones, acaso del delirium tremens. El mundo se ve borroso. Dos días sin dormir, apenas unas siestas minutarias, de una hora o dos. ¿Puedo confiar en mi memoria? Mira la fotografía de nuevo.

La luz duele. Y duele más cuando le preguntan ¿Big date? ¿Long night? Por más que muera de ganas por hablar, se resiste. ¿Funciona su memoria? ¿O está a punto de decir idioteces? Toma un whisky para la cruda, un bull, un café. ¡Despierta! Jerkoff.

Ahora qué más da. No sé si lo imaginé todo o en parte, si la falta de sueño y el alcohol —mala combinación— embellece o hacen más fieros mis recuerdos. Pero, ¿recuerdan que ayer en la noche vería a Gretchen? Bueno, pues la vi, y hoy amanecí enamorado. Muestra la fotografía y las miradas que le dirigen quieren decir que esa de ahí, la que sonríe con malicia, la de la flor roja y os ojos penetrantes, bellos, no es Gretchen. Sólo que no me enamoré de Gretchen. Salí con ella, pero me enamoré de otra mujer la misma noche. Lo curioso es el modo. No termina de hablar, las imágenes le llegan a la mente en un estremecimiento: el primer beso, en una especie de juego adolescente. Ellas los besarán a ellos. Y gracias a una coincidencia alegre, milagrosa. Ella, aún Helena, lo besó a él. Un beso infinito, de esos que hacen que el mundo se detenga y todo quede en silencio. Besos que guardan la eternidad completa en un instante. Recuerda su lengua, las mordidas desesperadas, el aliento cálido. Sus manos recorriéndole el cabello y la amarga, desgarradora separación. Estaba mareado, rodeado de luz y esperanza. Sintió su alma herida y rota empezar a sanar. Un beso que pareció decir surge et ambula, perdonándolo todo, reconciliándolo con la vida. Hasta ese instante, creyó que después de los veinticinco, cerca ya de los treinta, no podría volver a sentir algo así. Se creía vencido, insensible, estéril. Grietas y arena en el alma. Se sabía idiota. Un juego tonto. Un beso desesperado, vengativo, tierno. Lágrimas, abrazos. Manoseos. Estoy enamorado. Así lo resume al darse cuenta de que todo es indescriptible. Cuando entiende que nadie puede creerle. Estoy enamorado y no volveré a verla.

No dice más, la charla cambia de sitio, de aires. Alguien que se va a Europa por primera vez. Fausto vuelve a su mente. Voy a tener que leerlo todo en cuanto recupere el sueño. Fausto abraza a Helena de Troya en la fachada de un museo en Viena. Ese arrebato de pasión para el que es necesario bajar a los infiernos y resignarse a la ausencia tras el aquelarre no puede durar. Amor de esa intensidad no puede durar sino apenas el breve instante en que arde y se extingue. Ese amor se consume en un instante como aquél beso. No volveré a verla. Pero quizá. Ojalá. Pronto.

miércoles, enero 21, 2009

De cómo se escribe un Diario (Parte 1)

Advertencia: Lo que sigue y seguirá en otros posts, es el caso típico de un escrito que se salió de control. Se suponía que sería algo breve, efectivo como un batazo directo en el cerebro. Pero no fue así, a veces las cosas salen al revés, nada termina como uno pensó o quiso y los escritos se alargan, se confunden, se multiplican y se hacen maratónicos. No me disculpo por los errores de mi criatura, me gustan. Terminé de escribirla hace rato. Aquí la primera parte, de tres, cuatro o cinco, depende de si le arranco un brazo, una pierna u otra cosa. 

De Cómo se Escribe un Diario

I. Confusión. Años han pasado desde su última carrera contra el sol, desde esa última derrota. Años, descalabros, tristezas y dos veces casi muerto. En esta madrugada, ha olvidado todo. Amanece. El sol sale lento y majestuoso, al ritmo de la mujer que duerme recostada en sus rodillas. Amanece casi como consecuencia de la música en el estéreo. Música y amanecer acompasados al ritmo de las pulsaciones en su cabeza, del martillo que clava un ataúd para sus sueños. En los días que vendrán, escuchará la misma canción una y otra vez en busca de respuestas que no están ahí. Serán días, semanas, acaso toda la vida. Sin respuestas ni conclusiones, sólo el recuerdo de un amanecer y la fría madrugada, los edificios y la oscuridad dejando sitio al sol. Al futuro.

Cambia la velocidad y cuesta trabajo, con la bella durmiente que lo alcanza desde el otro asiento, respirando tranquila sobre sus rodillas. Es una visión dulce como flor de margarita al amanecer, rocío sobre sus pétalos. Sonríe ante el juego de palabras. Gretchen, se llama Gretchen y la acaricia con un dejo de nostalgia al darse cuenta de que la lleva a casa, de que a ella le debe todo lo que ha pasado esta noche, un dejo de culpa porque no está pensando en ella, sino en otra. Gretchen, como la de Fausto y eso tiene que ser más que coincidencia. En los días que seguirán, pasará páginas y páginas sin tregua, buscando la respuesta, la única posible para explicar la nostalgia del amanecer, de la carrera perdida contra el sol. Páginas en busca de consuelo porque no sabe perdonarse acariciar con nostalgia el cabello de una mujer mientras piensa en otra que es sinónimo, casi consecuencia de la primera. Piensa en la ausente que existe sólo por Gretchen, la que está ahí junto a él. Piensa que ya no importa, porque todo ha terminado y no hay manera de recuperar todo lo que durante la noche construyó y arrancó luego de raíz. Distancia, vida, desesperanza. Vendería mi alma, como Fausto por vivir eternamente en esta noche.

Mientras toma la última curva antes de separarse de su bella durmiente, el sol termina de salir y el cielo adquiere textura de algodón e azúcar. Nostalgia otra vez y la misma voz en el estéreo. Maneja despacio, para evitar problemas con la policía, pero en el fondo, maneja despacio porque no desea que termine la noche aunque el amanecer diga otra cosa. Es la primera noche en que me siento vivo desde... No se atreve a pensar siquiera el otro nombre, en los besos resucitados esta noche por la que ya no está, por la que es consecuencia de Gretchen, por la que siempre será ausencia. El mañana no deja lugar para los reencuentros. Mañana —hoy, en unas horas—, para no ir más lejos, tiene que levantarse temprano y acaso aún antes de que haya tenido tiempo de acostarse y dormir.

Mañana es un concepto idiota, piensa mientras estaciona el auto y susurra un llegamos para despertar a su mujer dormida. La levanta en brazos primero, y luego se la echa al hombro. La quiero, se dice, ¿desde cuándo?, mientras ella ríe entretenida y acaso agradecida, demasiado cansada para caminar, para resistirse a ese gesto que él reserva para quienes de verdad quiere. Aligerar el andar de alguien más como síntoma físico de algo que siente. Pero cuando la pone en el suelo y se despide, nota que no lleva consigo las llaves del auto. Desesperación. Ella desconfía, acaso es la excusa más vieja del mundo para intentar colarse en la cama de una mujer. Pero no es excusa, ojalá lo fuera, maldita sea. La mañana sigue adelante, el sol ha salido y cada minuto que pasa es uno menos de sueño para un día que será largo, febril y confuso. El primero de muchos buscando respuestas, buscando explicaciones que no llegarán. Días y días sin futuro. Aparecen las llaves. Felicidad.

Un beso de despedida. No tiene sentido y quizá por eso, es uno de los besos más dulces de su vida. Un beso que parece el fin anunciado, la señal maldita antes de la crucifixión, la última fresa antes de ser devorado por los leones. Vendería mi alma al diablo por...  Acaso después de dormir entienda por qué diablos piensa en Goethe. No es coincidencia. Vendería su alma al diablo por algo así. Al abrir los ojos, al separarse del tacto dulce y triste de esos labios que no volverá a besar, sabe con certeza de muerte que vagará como sombra por noches insomnes sin encontrar jamás esa misma calidez. Lo he perdido todo y ni siquiera sé cómo.

Sólo de camino a casa se atreve a preguntarse cómo y cuándo empezó todo esto: la tristeza que lleva nombre de mujer y que en una noche de fiesta le ha puesto fácil el suicidio como dijo... quién? ¿Empezó diez años atrás? En esa otra noche de fiesta de la que se fue directo a al examen más importante de su vida sin haber dormido. Tal vez. ¿Empezó cuando lo rechazaron en la universidad de la que de cualquier modo lo habrían echado más adelante? No. ¿Empezó cuando se enamoró de una chica que solía llevar chamarra de cuero negro? Ni por error. Esta maldición no empezó antes, nació esta noche, así sea la suma y consumación de toda la vida. De la vida que perdí. Ach, nun habe ich... Lo perdí todo al verla. Cabello corto y rubio. Apenas escuché su voz con ese acento particular, eco de otro acento que alguna vez me hizo perder la razón. Empezó con sus ojos cafés, con un beso indescriptible, con sus lágrimas y el tacto de su cuerpo firme, maravilloso. Te llamaré Elena, porque eres consecuencia de Gretchen, porque te perdí al instante, aún sin saber quién eras, sin imaginar dónde terminaríamos. Lejos. Volarás de mi vida en pos de una existencia plena que yo no puedo ofrecerte.

Acaso empezó antes, la primera vez que vio a Gretchen. Jovencita, tres años menor que él, universitario de primer semestre y poco mundo. Cuando el amanecer y las crudas eran cosa de cada fin de semana y, a veces, de todos los días. Baja la ventanilla y enciende un camel con calma, dispuesto a disfrutarlo. Empezó cuando aún no fumaba. El cigarro sabe entonces a traición, pero cumple y lo ayuda a quitarse el frío y el sueño. Los ojos arden, le tiemblan las manos y tantas otras cosas. Es demasiado tarde, en un abrir y cerrar de ojos, llegaré a los treinta.

Abre la puerta del departamento y, con ella, la de la memoria. Sabe que vale más sentarse a escribirlo ahora, cuando aún está fresco, antes de que olvide todo. Se sienta ante una hoja en blanco, pluma en mano. Pasan los minutos y no encuentra palabras. Horas robadas de la madrugada. Me creerías si te digo que te quiero? escribe. Y abajo, lo que dijo Elena. No, porque lo mismo que esto, no significa nada. No encuentra el modo de escribir su propio silencio y las palabras que no dijo. Desaparecerá al amanecer, como un sueño. Entonces mira por la ventana y se da cuenta de que ya amaneció y aún no desaparece. Aún la quiere. Aún tiene la certeza de que gracias a ella, a Elena, toda su vida ardió de golpe, en un instante. Y ahora sólo quedan cenizas. Se levanta desesperado, corre las persianas en su habitación y se esconde en la penumbra artificial, insuficiente. Afuera, el pregón del gas, el agua, la basura, los ruidos típicos del día que empieza, alguna sirena varada. En una hora, ojalá en dos, alguien llamará a su puerta y no puede ignorarlo. Puta vida, piensa antes de cerrar los ojos e intentar dormir. Claro que nadie duerme tras una noche como esa.


jueves, noviembre 27, 2008

Rantings

En esta ocasión no habrá disquisiciones sesudas ni cuestiones fundamentales de metafísica, sólo un par de quejas por palabras y experiencias que me han hecho perder los estribos esta semana, cada una con su retruécano gracioso, porque eso sí, no hay mejor manera de disfrutar un buen berrinche que sublimándolo en carcajadas.


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✠ Item. Arte Contemporáneo.  En días pasados, el mundo artístico mexicano se engalanó con la apertura de un nuevo museo con nombre de beso y enclavado en uno de los principales centros culturales del país. Centro que me gusta frecuentar y por el que paso bastante seguido, a veces, sólo para comer unas enchiladas de jamaica que harían las delicias del emperador si aún viviera. En el discurso inaugural, de palabras más o menos bien escogidas pero con un tinte de política arcaica posrevolucionaria, escuché algo que me dejó frío. Que me hizo pasar un berrinche precisamente porque confirma lo que predico contra viento y marea. Pero que lo admitan así, en la inauguración y sin furor, turbamulta o motín, me parece indignante. Cito textual lo escuchado en el discurso: “sin duda, la pieza más importante de nuestro museo, es el edificio”. !!!!! No puedo expresar mi reacción con palabras. Es como escuchar a un escritor diciendo “lo más importante de mi obra es la hermosa letra con que está escrita”. ¿En verdad el arte contemporáneo es tan decadente que vale más el continente que el contenido? Y si el edificio es tan bonito, ¿por qué no lo vuelven biblioteca, santuario o monumento? ¿Para qué tiran el dinero en esas idioteces? Siguió la explicación que confirmó mis berrinches y tristes pensamientos. El discurso siguió con agradecimientos a los ilustres donadores de las piezas que forman la colección permanente: Fundación Televisa, Ingenieros Civiles Asociados, Club de Industriales de México, Grupo Bimbo... No pude escuchar más. Caray! Con razón es el edificio lo más importante, digo, con esos ilustres difusores de la cultura, jueces estéticos inapelables. Ahí está el arte contemporáneo y su homenaje, colección de esbirros del neocapitalismo liberalista bolchevista cocacolero y reaccionario. Hugo Chávez y secuaces tienen algo de razón, pinche enajenación de masas que me hace escribir tal sacrilegio. Eso sí, con bonita letra. Auguro y deseo un museo desierto, como tantos otros. Salvo por la parte destinada a restaurante, que aparenta mucho potencial.


✠ Item. A propósito del afijo latino præRegresaba de una opípara comida manejando por paseos del pedregal y con dirección al Ajusco. Al manejar, esquivaba, sin perder los estribos, pero con enojo y berrinche creciente, de un ejército de bárbaros al volante que parecen discutir su præminentia  sobre el carril, el tiempo y hasta el derecho de vivir. Disfrutaba, mientras tanto, de un café acompañado de fruitcake y discurría, con mi amiga, acerca del sentido de la expresión —sprachzeichen— “preclaro”. El RAE lo define como “esclarecido, ilustre, famoso y digno de admiración y respeto”. Qué bonito el RAE. Pero ello no tiene que ver con su origen latino que se compone del afijo præ y la palabra clarum. O sea, claridad de algún tipo. Por principio el afijo præ implica autoridad o preeminencia temporal o espacial, pero también prioridad o encarecimiento. De ahí que lo preclaro no es lo que está antes de lo claro, como podría pensarse. Præclarum por oficio del prefijo præ es aquello que tiene un grado sumo de claridad, una especie prioridad o encarecimiento de la claridad, una autoridad. Por otra parte, también implica, la preeminencia temporal, un cierto sentido de causalidad. Es decir, es aquello que da origen a la claridad, aquello sin lo cual no existiría. Así pues, el prefijo præ dota de autoridad, de valor atávico y de importancia a cualquier sustantivo que le siga. Llegaba a este punto la disquisición cuando otro maldito bárbaro, con muy poco gusto y una violencia y encabronamiento visibles se dio un cerrón sobre mi auto, mi carril. Acaso el muy imbécil iba tarde a trabajar, acaso le molestó que con el coche deportivo y todo, respete yo los límites de velocidad. A saber. Del alma, me salió gritarle “Hijo de tu præputa madre!”. O sea, que la progenitora del sujeto, no sólo es puta, es el origen de la putería, una cierta autoridad encarecida respecto al oficio más viejo del mundo. Puta en grado sumo, pues. Así lo bajan a uno de los latines a la guerra...


✠ Item. Competencia desleal. Detesto por encima de cualquier cosa, a los mendigos disfrazados de cruzados sociales. Mi primer impulso frente a cualquier botero paladín de las causas del necesitado o del jodido, es escupirle al bote y patear al botero. Espero que nunca me gane ese partido. Otra vez aparecen televisa, bimbo, cocacola y el club de industriales en la historia. ¿Gusta cooperar para el teletón? Bien podría uno contestar con your mother sucks cocks in hell, pero hay una buena probabilidad de que el interlocutor no comprenda, como si fuera uno el diablo hablando en arameo. El asunto es que una buena cantidad de capitalistas con conciencia intranquila se dedican a pedir dinero como si les hiciera falta con el eslogan “limpia tu conciencia, danos dinero”. Un refinamiento de la limosna católica que ojalá llegue a oídos del emeprador sith benedetto para que los excomulgue a todos. Bueno, aquella soleada mañana de sábado, los præculeros del teletón le estaban robando clientela a un chamaco en silla de ruedas. Estoy casi seguro de que se llevaban la mejor parte de la limosna. No es que yo de limosna o crea en la caridad, en eso me declaro seguidor de Nietzsche, si le doy limosna a alguien, quizá genere un rencor que lo lleve a matarme... Bueno pero ¿por qué se llevan la mejor parte los præculeros? Porque darles dinero, es contribuir a la televisión, al arte moderno, es ponerle una sonrisa a Lucerito cuando abrace a un contrahechito babeante. Es ver el espectáculo y propiciar el freak show televisivo de cada año. El chamaco en silla de ruedas —quizá falso paralítico, para inspirar lástima— no tiene esa característica de espectacularidad. Puede disfrutarse de su deforme contrahechez falsa sin pagar un cinco. El teletón es un circo de monstruos barato. Yo prefiero las películas de Guillermo del Toro. Pero que jodido que, esos cabrones retacados de billete, con la nariz repleta de coca y quienes smoke crack up their asses, le quiten el sustento a un hipócrita menor, a un jodidito sin prestigio que, acaso, sí tenga necesidad, aunque yo no se lo crea. Ojalá les den a todos por el culo. Escuché la mejor solución a esta cuestión en una sobremesa, ¿por qué no hacer botes y pedir cooperación para el proyecto Lebensborn? Seguro que la gente, queriendo limpiar su conciencia, sentirse bien consigo mismo, pagaría. ¿Saben qué es el Lebensborn? Es el teletón alemán de los años cuarenta, la necesidad de alcanzar la 

santidad:



Heilig soll uns sein. Jede Mütter gut

en Blutes. Debemos ser santos. Cada madre de buena sangre.


✠ Colofón. Me gustó tanto esto de quejarme y mentar madres, que pronto, en conjunción con otros colaboradores malhumorados, críticos de la crítica y observadores de la realidad, abriré otro blog. “Pinches” dedicado exclusivamente a pinchear aquello que molesta, que se odia, pero contra lo cual no puede hacerse otra cosa que decir “pinches unos, pinches otros, pinches todos!” Espérenlo! Cada lectura de ese nuevo blog, y de este, es una donación para el proyecto Lebensborn!!!

lunes, octubre 13, 2008

Deshacer el Mundo


Es un mar de sombras allá afuera. Infinito devenir de miradas desconocidas. Por más que se busque, cada paso enfrenta con otra mirada vacía, con otro rostro sin nombre, exactamente igual al resto. Perderse en una multitud, caminar por el centro comercial, son lo mismo que naufragar. Todos los días es el mismo horizonte aunque sea otro, cada noche el mismo desasosiego. Rodeado de lo mismo que hace falta para vivir —agua, compañía— pero sin posibilidad de asirlo porque la tentación es mortal. A veces encuentra uno amigos, camina junto a ellos y se agarra fuerte para salvar la vida, tabla de consuelo y fortaleza. Un mar de sombras, de rostros desconocidos, indiferentes. Y la corriente arrastra cada vez con más fuerza, se elevan las olas y viene entonces la pregunta. ¿vale la pena intentarlo?

Nunca he sido bueno para recordar la cara de los que no conozco, incluso a mis fantasmas de todos los días me cuesta trabajo reconocerlos cuando están fuera de su lugar, de su normalidad. Por eso me llevo sorpresas, agradables, terribles, sorpresas. Camino así, entre sombras, como en el limbo donde Virgilio; un día, todos los días, una marea de sombras me traga;  poco a poco me he ido acostumbrando, construyéndome una pequeña isla lejos, donde no llegan los barcos, y he dejado morir el sueño viejo de que algún día sin saber bien cómo o por qué aparecería un rostro luminoso, como los de los santos en los iconos, abriéndose paso entre las sombras y que entonces no haría falta nada más que un abrazo para que ella, la mujer al fin, limpiara de mi alma toda esa estúpida angustia adolescente. Aunque cada vez esté más lejos, no me cuesta trabajo recordar esas angustias de juventud; problemas bizantinos que tenían el valor del pacto entre Atlas y Hércules. Cuestiones, como el mar de sombras, que detenían la vida, me echaban al mundo en cima y daban ganas de esconderse  o ahogarse. Escapar, en todo caso.

La conocí en aquél entonces, en aquellos años de angustia abstracta; es decir, la vi por primera vez. Hermosa, recortada contra el sol naciente que asomaba por las ventanas de un salón de clases decadente y aburrido a las siete de la mañana. Quizá intercambiamos diez palabras en cinco años, un par de cartas confusas que le escribí a medio camino entre la confesión y la desesperación. Muchas veces, mirándola desde el fondo del aula, en una clase que para mí nunca tuvo interés, intenté dibujarla. Pero no fui capaz de delinear su rostro, sus ojos, su identidad. Aún teniéndola a unos metros, fue inútil, porque no pude verla, y menos aún encerrar su alma en líneas para llevarla conmigo. No hubo vida eterna para mi primera mirada de ilusión. Me pregunté a menudo, y aún me lo pregunto, por qué no podía verla con claridad. Por qué su rostro era sombra. Si acaso ella era sombra. Faceless beauty, escribí debajo del retrato en blanco. Quizá nunca pude verla como quise porque yo era una sombra para ella. Y la marea nos tragó apartándonos antes de que pudiera conocerla. Años sin saber, con algún encuentro esporádico y sin sentido, rumores que llegaban increíbles, preocupantes, tristes. Alguna vez la vi tan rodeada de soledad que empecé a creer los rumores... Apenas una brisa estéril en el mar de sombras.

Años de ausencia y de silencio, en que más de una vez creí estar a salvo del naufragio sólo para perderme más lejos, para agotar mis fuerzas y aceptar que tarde o temprano me transformaría en sombra, en otra indiferencia y que acaso, al mirarme al espejo cada mañana, no vería otra cosa que la sugerencia de alguien que nunca estuvo. Días iguales, noches iguales. Una tras otra. En paz, sin angustias necias de juventud, pero al fin y al cabo sumido en el mismo drama sin clímax, sin salida. Isla desierta. Vivir anónimo y egoísta. Vivir para sí, harto ya de buscar compañía, salvación o tierra. De vez en vez un encuentro con la sin rostro, unas líneas y hasta una de esas fotografías que hacen compañía y que cuando niño, cuando joven henchido de ficción, imaginé buen consuelo para el fin del mundo, algo hermoso que mirar mientras el mundo se deshace. Y en algún modo, ese mundo de ficciones y esperanzas había terminado ya. La fotografía llegó demasiado tarde.

Llegó cuando la había olvidado. No tiene caso negarlo o pretender otra cosa. Tarde o temprano, la memoria cambia, pone en el pedestal a nuevos ídolos que terminarán también en el olvido. Y no queda entonces manera de pensar siquiera que esa nostalgia vieja y sin rostro se apareció alguna vez como fantasma. Claro, cada luz borra y mata las apariciones mientras dura. Pero si se apaga, cuando se apaga, regresan todos los fantasmas y las sombras. Siempre hay uno más, otra ausencia y más nostalgia. La olvidé pues, olvidé el rostro que nunca estuvo y su sombra se perdió en la oscuridad inmediata de mi pierna rota y la muerte sugerida en otro cuerpo.

Un mar de sombras y tarde o temprano la resignación. Pero entonces, la otra tarde, cuando la tristeza nos sacó a todos de lugar, vi el final. Días antes, pensaba en escribir de nuevo una carta para la ausencia, para la que no existe. Todo está en buscar la excepción, tomar a la normalidad y darle vuelta aunque se resista; ponerla patas arriba y así sea por un instante vivir en estado de excepción. Entonces, la que no existe, existirá, pensé. Y al fin un jaque mate; un final  de Umberto Eco, jaque mate con luz, al final de una escalera, como el icono de un santo. Anagnórisis, la pieza que termina al mundo, desde la que puede empezar a deshacerse.

La otra tarde, cuando la tristeza. Me hace pensar en el orden. No hubiera querido otros testigos para aquél momento. Mis amigos, tabla de consuelo y fortaleza. Intercambiábamos palabras y de pronto se hizo el silencio. No afuera, porque el mundo no perdona. El silencio interior que precede a la desgracia o a la victoria, el que avisa algo importante. Cuando el mundo parece detenerse aunque se mueve más rápido que nunca.

Fue un desgarre en el tejido del universo. Una luz que se coló por las cortinas del silencio. El sol de media noche. Veía sombras, un mar de sombras. Entre ellas, un rostro alegre, luminoso. Ella sonreía y sus  manos estiradas, como buscando un asidero, una tregua o un abrazo. Me miré desde fuera como en un sueño. En un centro comercial, el adolescente que fui frente a la tardía realización de todos sus sueños. Inocente, pensé en que alguien detrás de mi recibiría un inminente abrazo; envidioso, pensé en la suerte de quien es capaz de inspirar semejante sonrisa. Y tarde, como siempre, entendí.


la sonrisa era para mí

sus manos se estiraban hacia mí


Mis amigos desaparecieron. Así se conoce a los amigos. Hasta con su ausencia están de tu lado. Desaparecieron dejándome desarmado ante la luz de una sonrisa que nunca vi, la que a pesar de todos mis sueños nunca pude imaginar. Diez o quince minutos bastan lo que una eternidad para cambiar al mundo, para deshacerlo. Palabras que no dicen mucho y en el mundo nada es ya lo mismo. Un abrazo y soy el adolescente inseguro, tembloroso, emocionado, que después de tantos años y sin saber cómo, sin proponérselo, la hizo sonreír como siempre quiso.

Llevo ya tres noches de insomnio y una ligera fiebre que no pude quitarme con aspirina, con nada. No estoy enfermo, sólo estoy perdido, separado, feliz. Después de todo, al fin he visto su rostro y entiendo por qué antes sólo veía sugerencias hechas de sueños. Luz. De algún modo incomprensible planté la semilla de esta sonrisa que hoy me roba el sueño, creció poco a poco como todo lo que es hermoso para aparecer en el momento justo.

Me vuelve loco porque sigo siendo el mismo. El viejo joven yo al que apenas toleraba, al que dejó esperando una tarde entera, el que nunca se atrevió a decir algo y en silencio dio infinitos pasos hacia atrás, convencido de que renunciar es el único modo de seguir adelante. El mismo que a pesar de todo no renunció porque esa sonrisa libre al fin después de tantos años, mis manos temblorosas, mis insomnios, significan que nunca pude resignarme y aún en el olvido, en el silencio, seguí esperando.

Estado de excepción. No sé que tanto haya imaginado, si este es el modo en que realmente pasó. Son muchos años que se enfrentan con un solo instante, muchos sueños ante la realidad intransigente. Pero por hoy, por todas las noches que me dure el insomnio y la fiebre, quiero pensar y convencerme de que me sonrió a mi. Estar seguro de que por un momento breve, pude hacerla feliz y que un sueño viejo y olvidado, un sueño que me cambió la vida, se hizo realidad. Sonreír como antes de todo, como si recién empezara la vida y ella fuera la primer mujer que he visto. Quiero temblar y no encontrar la paz y que el sueño y las fantasías no terminen de perseguirme. Porque ella me sonrió. Porque he visto su cara como siempre quise verla, rodeada de luz, feliz de verme.

Mi corazón late. Mis manos tiemblan. No puedo dormir. Todo por una sonrisa. Quizá debería conformarme con eso, no ser ambicioso y dejar las cosas como están. La esperanza en su sitio. Dar infinitos pasos hacia atrás y renunciar antes de que lo eche todo a perder. Pero quiero hacerla sonreír otra vez. Y otra. Y otra. Y otra. Y otra, si es que puedo. Siempre.

Y si la luz me quema por acercarme demasiado, como insecto, será la muerte más feliz porque caeré ardiendo, abrasado en el intento de vivir en la luz. La misma luz que puede ser un abismo de tinieblas desde cualquier otra perspectiva. Pero si no me atrevo nunca sabré que se esconde detrás de esa sonrisa.

Es un mar de sombras allá afuera. La isla pequeña, lejos de toda ruta, se niega a darme asilo ya. Es hora de hacerse a la mar, saltar al abismo y crecer un par de alas en la espalda. Si fracaso y caigo, si naufrago.... bueno, entonces me resignaré y seguiré adelante. Jaque mate. Hora de empezar otra partida contra el mundo; llevo ventaja, llevo tu sonrisa. Y por ti, María Fernanda, voy a deshacer el mundo hasta que sólo quedes tú y nada más.