miércoles, marzo 28, 2007

Frankfurt―México

―Köln Hauptbahnhof―

El viaje termina aquí, con uno de los traslados más peculiares y poéticos que he vivido. Para matar el tiempo hasta la madrugada, cuando partía el avión de Frankfurt y empezaba el regreso a México, hice una buena travesía ferroviaria. Conocí las líneas secundarias de Bélgica antes de llegar a Colonia (Köln). Utilicé un tren sacado de película de los treintas que atravesó muchas ciudades hermosas y mál iluminadas . Ya en Alemania, el tren de doble p iso y primera clase, me hizo pensar en esa convivencia deliciosa de tiempos distintos en el Viejo Continente.

Pasé las úlitmas horas de la noche en el aeropuerto de Frankfurt, vagando como tantos otros fantasmas del no lugar, esperando que dieran las cinco de la mañana para iniciar el abordaje. No puedo evitar sonreír cada vez que pienso en el abordaje de una aeronave. Siento que me falta el parche en el ojo.

―Frankfurt am Main―

Tras unas cuantas horas de vuelo, aterrizamos en Madrid. La escala para cambiar de avión y cruzar el océano duró apenas lo suficiente para hacer una visita al centro y revivir la primera imágen que tuve de Europa hace ya más de un año, la Puerta del Sol. Con el tiempo contado, me apresuré a la librería para descubrir que tampoco en España, nuestra metrópoli editorial, editan ya "Solal" de Albert Cohen. Ahogué mis penas con el segundo tomo de Genji Monogatari en la edición de Siruela. Después, con libro bajo el brazo, el desayuno en la Mallorquina compuesto de café con leche, un bocadillo de jamón y una deliciosa palmera de chocolate.

Ese desayuno tiene un valor especial. La Mallorquina fue una recomendación de Laura y Omar quienes, además de ser feliz pareja y verdaderos amigos, de los que no hay más que un par en la vida, vivieron un buen rato en Puerta del Sol. Además, y como puede apreciarse en la fotografía, fue también la primera imágen de Europa; lo primero que vi al terminar el transporte aéreo y subterráneo una helada madrigada de Febrero de dos mil seis. (Puede verse el anuncio de la Mallorquina en letras verdes sobre un fondo dorado en el centro de la parte inferior de la imágen, junto a la cabeza de un madrileño bastante chistoso).

―Primera Impresión de Europa―

Volví al aeropuerto justo a tiempo para abordar el avión de Aeroméxico y las trece horas de vuelo que terminaron de traerme a casa, me parecieron eternas. Yo soy el pasajero al que siempre se ve caminando por los pasillos cocmo si pensara en algo serio y grave. Soy el pasajero que se sienta en el suelo, cerca del compartimiento de las azafatas, para tener más a mano el agua, el alimento y la posibilidad de estirar las piernas como le de su maldita gana. Lástima que en este vuelo no tardó en popularizarse mi idea y terminaron por mandarnos a todos a la incomodidad de nuestros asientos. Soy quien se come todo lo que ofrece el servicio, incluso lo del vecino si este se descuida. Soy el loco que carga tres libros en el avión porque sabe que trece horas bastan para leer dos y medio. Lo cierto es que las horas eternas son, para mí, sencillas de matar y con un poco de vino puedo hacer fiesta, por lo menos, en tres de ellas.

Y para todos los que se preguntan qué pasó con mi compañía de viaje, he aquí el desenlace. Pasó trece horas sentada a mi lado en el avión, enojada y en silencio. Desde entonces no he vuelto a verla; nuestra amistad es rara, sin embargo, volveremos a tolerarnos alguna vez.

En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, evité todo el tradicional calvario. Me apresuré, casi corriendo, a salir del avión para no hacer cola en la aduana y el destino me bendijo poniendo mis maletas de las primeras en el carrousel. Creo que funcionó mi truco de documentar lo más tarde posible para que quedaran las primeras al salir. Tomé un taxi del aeropuerto y el taxista, una vez que subió mis maletas y me abrió la puerta, me pidió el boletito. ¿Cuál?, le pregunté. Resulta que tenía que comprar un boleto antes pues existe un sistema especial para evitar que la gente robe taxi metiéndose en la fila. Pues sí, resulta que también soy el pasajero que quiebra el orden para tomar taxi. Gracias a todos los atropellos que cometí, llegué a casa, junto a mi familia, una hora después de haber aterrizado.

Me esperaban con quesadillas y un pambazo del changarro de la esquina. Estaba en casa y la Navidad me había esperado. Ese tres de Enero intercambiamos regalos, brindamos, reímos y cenamos juntos.

Después, Laura, Mariana, Pia, Omar, Manuel, el Sr. Miranda, el Dr. Callejas, Miguel y Circe, me recibieron en distintos días con un abrazo que me hace pensar en la estatua de los Hospitalarios en Brujas.

He releído el diario de viaje a la par que me reunía con todas las personas que me estaban esperando y a quienes sabía que volvería. Vuelvo de esa especie de limbo o libertad extraordinaria que significa el viaje. Regreso también más limpio, más tranquilo. Quizá al fin me he apartado de todo lo que masacró el feliz regreso la vez pasada. Empiezo a entender que todo va de la mano, que es natural y que no es una cuestión de decisiones sino de realidad, como dijo Laura al pensar en el Coliseo. Es parte de nuestra naturaleza, es parte de la vida. Hay que asumirse.

El Hogar no es sólo la esperanza que me acompañó a lo largo del viaje; también es cada uno de estos reencuentros, cada sonrisa y cada charla. El hogar es el fragmento de todos ustedes, amigos, familia, amor, que llevo en mí. Gracias por ser mi fortaleza.

Por último, la frase que explica todo, cortesía de Petronio:

"Yo he vivido siempre y en todas partes de tal modo, que consumí
cada uno de los días que pasaban como si no hubiera de volver".

"Ego sic semper et ubique visi, ut ultimam quamque lucem tanquam
non redituram consumerem".

―El Viajero (sigue sin saber vivir)―

Miércoles, 28 de Marzo de 2007
12:20 Hrs.

miércoles, marzo 14, 2007

Brugge, Belgique

―Brugge, desde la Torre del Campanario―

Brujas fue la última escala de mi viaje por Europa. Llegué por la noche, cuando la ciudad parecía más un pueblo fantasma que un centro turístico. Sus calles, cubiertas de una solitaria penumbra, invitaban a la vagancia, a la reflexión que sólo la soledad otorga. La arquitectura medieval, unida a la ausencia absoluta de automóviles me transportó a una de tantas historias de ciudades, caballeros y aventuras.

Esa noche preciosa, estrellada y pura, fue también escenario de una de las experiencias más absurdas que he tenido en la vida. Como ya es pasado y, con franqueza, me parece estúpido buscar palabras nuevas para algo así, sólo trascribo aquí el fragmento correspondiente de mi diario de viaje, censuro el nombre, no vaya a resultar ofensivo pero...

"Me arrepiento un poco de no haber volteado a mirar la cara de Ixxxxe mientras me seguía por las calles desiertas haciendo reproches que acaso estuvieran bien para un novio o algún sirviente pero que a mí me parecían hilarantes. No hagas berrinche, detente y habla conmigo; cosas así. Habla, le dije, que yo busco un hotel.

Apresuró el paso y me sujetó la maleta. Yo no sé por qué o en qué modo, le parecía una buena idea. Acaso no pensaba, acaso creyó que su fuerza o su condición me obligarían a detenerme y escuchar sus necedades. Le tomé la mano, la obligué a soltar la maleta y le dije “no me provoques, niña”. Nunca entenderé por qué la gente busca la violencia con tanto ahínco, con tan poca conciencia de las consecuencias, es como escupir al cielo. Querer detener a un hombre que camina para que haga lo que quieres. En fin. El acto idiota de autoridad me enfadó, caminé más aprisa y llegué a una plaza donde me senté a fumar un cigarro y a mirar el mapa. Lo hacía, claro, por ocio, sin sentido, no había manera de ubicarme sin ver los nombres de las calles. Pero Ixxxxe que me seguía como perro pateado, me invitaba casi al jolgorio, al jugueteo tonto de poner cara seria y pretender que estaba perdido aunque estábamos rodeados de hoteles. Curioso, me detuve como ella quería y no dijo una palabra. Había hoteles de todo tipo, de lujo y no tanto pero no dijo nada. Supongo que aún intentaba entender el hecho de que un ser humano la plantara.

Me cansé del juego y me metí al hotel a mis espaldas, pedí una habitación, ella corrigió que para dos, yo le repetí al encargado, para uno. Ella pidió otra. Claro, el hotel no le gustó porque también tenía baño compartido. Se fue a buscar otro no sin antes preguntar a qué hora nos veíamos para reservar el tren. Le expliqué que ahí el desayuno era de ocho a diez y que ahí estaría desayunando. Te veo a las ocho, dijo y se fue... ¡Santa Libertad!"


Este desenlace me pareció hilarante y, además, un bonito modo de ponerle punto final a una historia de parasitosis autoinflingida. Brujas me estaba esperando y no tardé más de diez minutos en lanzar las maletas a la habitación y estar, de nuevo en la calle, bajo la lluvia nocturna, admirando la ciudad vacía, donde no había otros pasos que los míos y sólo mis ojos recorrían la piedra de los impresionantes edificios.

―Brugge, bajo la lluvia―


Llovía. Las gotas pequeñas y constantes transformaban la iluminación nocturna en un fuego fatuo que cubría las catedrales y los árboles. Pasé un buen rato vagando, perdiendo mi imagen en la negrura de los canales que distinguen a la ciudad y, cuando estuve cansado, volví al hotel.

La noche del primer día del año era joven. Trabé amistad con unos Kosovares muy agradables. Terminamos otra vez en la lluvia, camino de un Irish Pub en el que acompañados de una Corona para ellos y una Pilsner para mí, me contaron algunas experiencias de su escape contradictorio del sitio que consideran su hogar, en el que no es posible vivir. Cada uno hizo un peregrinaje distinto por Europa, todos dejamos atrás amores, todos tenemos la esperanza de que alguien nos espera. El hogar puede ser eso, la sonrisa que espera al final del camino. Quizá no sea un sitio, sino el sentimiento de espera, de bienvenida.
―Los Hospitalarios (¿El hogar?)―

La tragedia de los Kosovares también tuvo su lugar en mi diario:

"Estábamos en la calle, bajo la lluvia, hablando de mujeres y países, mientras su amigo hablaba con una muchacha que, según explicó mi interlocutor, tenía 14 años y quería acostarse con aquél, pero el seducido no estaba dispuesto a hacerlo por la edad. Me explicó que así eran las cosas en Brujas, la gente follaba con menores, la lluvia caía todo el tiempo como en Londres y la vida era aburrida".



La mañana nublada y cubierta por una lluvia inconstante llamaba a la nostalgia. Mientras desayunaba vi a una mujer, que la noche anterior estaba ebria y dormida en la barra del Pub, pasar a mi hotel a recoger a su hijo que la veía como si fuera una aparición del más allá.

Las colecciones de pintura en los museos de Brujas, cuyos nombres son impronunciables y de difícil transcripción son impresionantes. Hice un recorrido pictórico desde principios de la Edad Media, hasta los absurdos e inútiles esfuerzos de la “posmodernidad”. Brujas era la ciudad de ensueño, donde me fue imposible sentirme intranquilo, donde se encuentra el símbolo de todo lo que me gusta y respeto.

La ciudad es cosmopolita igual que su gente, no me topé con nadie que no hablara, por lo menos Alemán e Inglés y Francés además del dialecto Flamenco de Brujas. La comida, mezcla de todas las tradiciones y latitudes es deliciosa; el arte de hacer chocolate, transformado y perfeccionado en Bélgica tiene también un lugar especial en Brujas, son muchas las boutiques de Pralinette, cada una con su especialidad y su toque particular.


En Brujas, respiré tranquilo, estaba justo debajo del sitio donde el cielo se abre y la luz llena a la tierra...


Miércoles, 14 de Marzo de 2007
11:42 Hrs.

viernes, febrero 23, 2007

Paris, France

No encuentro la manera de hablar sobre París, lo mismo que sería incapaz de hablar de otras ciudades que me han marcado; en algún modo, París ha sido la experiencia más intensa, la ciudad que simboliza los sentimientos, la literatura y la realidad a un tiempo. París era esta vez, el deseo de estar contigo, caminando por sus calles, deseo hermoso pero truncado por las malas jugadas de la coincidencia. Sabes exactamente lo que siento.


―Plaza Saint Michel―

No tengo otra manera de hablar de París que copiando aquí anotaciones que quizá parezcan inconexas y sin sentido; las reflexiones y sentimientos que fui recogiendo por el camino y que ofrezco aquí en su estado puro, sin cambiarlas para hacerme entender:

Quedan sólo unos días en Europa; se siente, al mismo tiempo, como mucho y poco. Contra el costumbrismo sedentario de mi vida, este desarraigo itinerante es un buen remedio pero, al mismo tiempo, algo en mí exige el regreso a la normalidad.


―Parc Monceau―

Desde anoche, cuando salí del metro y volví a sentir el aire de París, me siento especialmente contento. Estoy un poco asombrado también, pensaba que tardaría muchos años en volver a este sitio.


―Versalles―

La enorme extensión del lago me dió más de una hora para rodearlo. El espacio abierto, rodeado de árboles invernales, sin hojas y como muertos, a la espera de la resurrección primaveral es una experiencia irrepetible. La enormidasd del lago permitía que el viento soplara con todas su fuerza, un aire frío, refrescante que levantaba olas en el agua que tal vez, en otras circunstancias, sería el espejo más grande del mundo. El viento se oponía a mis pasos con fuerza increíble, tenía que inclinarme hacia adelante para vencer, para no sentir el equilibrio perdido. Me bastó cerrar los ojos por un rato, caminar así, en línea recta y sin obstáculos, sin vista, para sentir que volaba; extendí los brazos y sentí en los omóplatos el surgimiento de las alas que no tengo, oponiéndose al viento, filtrándolo, como si me atravesara.



―Desde el Sena―

Es el último día del año y estoy en París. No sé si el mito signifique mucho o poco, si el modo en que empieza el nuevo año tiene algo que ver con lo que sucederá. Quizá es más bien una cuestión de decisiones. Al terminar el año, igual que todos los días, pero tal vez de un modo más serio, uno se mira con ojo crítico y escoge el camino. El orgien, tal vez, de los propósitos.



―Pont Neuf―


Escrito así, parece pueril, uno de esos sueños o fantasías que uno se inventa cuendo tiene veinte años y lleva Rayuela bajo el brazo como cómplice, como salvavidas, como abismo; cuando uno cree mirar a la Maga en todas las mujeres y se siente confundido, desesperado y a la orilla de cualquier zozobra. Si he sido algo así y lo sigo siendo en algún espacio de mi alma o mi cuerpo, lo cierto es que París lo simboliza en algún modo.

Pero París también simboliza otra cosa, el opuesto. Significa que puedo hacer que esos deseos que parecían sueños o nimiedades, se transformen en experiencias vividas a piel, en cuerpo y alma. Significa que el Sena no es sólo el sitio donde se tiran de cabeza los locos de amor o de desprecio, el sitio inalcanzable de los soñadores y los exiliados sino que es, también, una pequeña cumbre, otro instante en la lista larga de los placeres alcanzados con esfuerzo, con amor. Al fin y a la postre, significa que he aprendido que la desesperación no dura siempre y uno termina por ser feliz aunque se resista. Que la única medida o límite en la realización de los sueños que me invento, son mi determinación, mi fuerza y el poco o mucho amor que le tengo a cada uno.

Viernes, 23 de Febrero de 2007
14:27 Hrs.




viernes, febrero 16, 2007

Firenze, Italia

―Firenze―


Florencia fue una carrera contra el tiempo que, si bien no pude ganar, tampoco me llevé la peor parte. ¿Por qué carrera contra el tiempo? Por no saber escoger a la compañía del viaje; ni modo, hay errores que se pagan con sangre y lo que es peor, con arte.


La ciudad es una mezcla preciosa de noche y día, presa, al mismo tiempo, del mundanal ruido y del silencio contemplativo de quienes más que vivir, saben sentir. Sus calles agitadas por los infinitos transeúntes y los desagradables vendedores callejeros de piratería y artículos robados, se transforman respondiendo a la rotación de la tierra: Lo que por la mañana es agitación y filas para llegar antes que nadie al museo se transforma, unas horas más tarde, en caminatas apacibles, charlas de café y sonrisas. Para el triste bohemio y para el mal acompañado, la noche de Florencia hace la felicidad, estoy seguro de que mis pasos aún hacen eco en sus calles.


―Rapto de las Sabinas en la Loggia dei Lanzi―


Aquella primera noche, cené feliz porque la que quiero, pensó en mí y me lo hizo saber. Imagino que mientras yo cruzaba el Ponte Vecchio, sus palabras se deslizaban en la pantalla y que las miradas siempre coinciden en el cielo.


El día siguiente fue uno de los más emotivos que he pasado en la vida. Al fin, tras soñarlo con fervor y atención mientras repasaba las páginas de mis libros de arte, entré en la Galería de Uffizi. La realidad se acercó al cotidiano cúmulo de sueños que me rodea.


Seguí hacia el Palacio Davanzati, dedicado a la resurrección del estilo de vida en Florencia durante el fin de la Edad Media y el principio del Renacimiento y después entré en la Iglesia del Domo, Santa Maria dei Fiore. Según dicen, es la construcción más grande de la Cristiandad, aquella cuyo interior es tan amplio que podría construirse en él.


―Puerta del Baptisterio, Santa Maria dei Fiore―


Mientras avanzaba la tarde y mis vagabundeos seguían hacia la Galería de la Academia, me surgió la idea morbosa de que, una vez terminado con el David, iría a conocer la piratísima Casa de Dante. Para mi desgracia (o fortuna, según se vea), estaba cerrada y, frustrado, caminando por sus alrededores, llegué a uno de los máximos templos literarios y amorosos.


Ahí estaba, la Iglesia de Dante, donde se originara la Divina Comedia por culpa de una lejana desconocida. Febril, entré a la obscura y pequeña iglesia. No caí de rodillas, pero casi lloro. La tumba de Beatriz puede tener ese efecto, es un símbolo más grande que la memoria fúnebre. Lo demuestran las cartas que le dejan ahí, a manera de ofrenda, muchos más peregrinos de los que se asoman a la cruz. Es mirar a la humanidad que perdura, que duele. Sin esa mujer, el mundo no hubiera sido el mismo.


―La Tumba de Beatriz (¡oremos!)―

Mi camino siguió hacia el Palazzo Vecchio que recorrí por completo olvidándome, gracias a su magnífica belleza, del hambre que me torturaba ya desde unas horas antes. El gran palacio que otrora tuviera por guardián de sus puertas al David escapa a toda descripción, es una superposición típica de construcciones; su interior llega a sentirse como un laberinto y cada habitación, por sus medidas distintas por entero a las de la habitación anterior, es como cambiar de piel.

Tras una comida de auténtica pizza italiana con vista a la Piazza della Signioría, volví al Ponte Vecchio para decirle adiós al encanto de la ciudad y del puente, para contemplar, por última vez, mi reflejo obscuro y distante sobre las aguas del Arno, inmóviles en apariencia pero, lo mismo que el mundo, siempre distintas.

Al otro día me esperaba un larguísimo viaje en tren de regreso a París. De vuelta a esas calles de nostalgia, desesperación y redención.

Viernes, 16 de Febrero de 2007

lunes, febrero 12, 2007

Roma, Italia

―Roma―



Roma fue una experiencia indescriptible. Como verdadera capital imperial, su existencia se sobrepone al tiempo y a la circunstancia; sus edificios y su historia encuentran la manera de introducirse debajo de la piel, de transformar en lo profundo al alma y al pensamiento.

Fue en Roma donde encontré la respuesta, o por lo menos, donde me sentí más cerca de la respuesta a la pregunta que hace meses dejé abierta. Respuesta que luego, a mi regreso, mi amiga Laura dejaría en mis oídos con una sencillez aterradora.


―El Coliseo Romano―

El Coliseo es majestuoso y aterrador. En el interior reina un extraño silencio, como un luto por toda la sangre que se derramó ahí. Hay una cruz en la entrada, tributo, supongo, a los mártires cristianos. Tuve que sentarme un rato a pensar y a sentir ese silencio demasiado profundo. Al mismo tiempo, me sentía rodeado de gritos de emoción, del choque de las armas y los gruñidos de las fieras. Es un tributo a la barbarie y a la muerte, pero también representa lo que, cómo género, podemos lograr desafiando al tiempo.

Son los dos sentimientos que hace meses me atormentan. Tener en mi alma, en mi historia y en mi cuerpo, los restos y las semilla de algo tan grandioso y tan abominable como es el hombre. Capaz de las crueldades impronunciables y de la belleza indecible.

Un grano de mostaza, un fragmento de algo que no puedo comprender. Pero mi vida, supongo, agregará algo a ese silencio. Agregará un eco de dolor y desesperación y alguna piedra, algún ornato para el gran edificio de la belleza. Pensar lo otro es más terrible; que no quedará nada de mí, que me voy borrando o desgastando con cada día que pasa hasta que no sea más que el olvido, es decir, ni siquiera un resto.

La misma sensación de barbarie y belleza, de alegría y miedo, me llenó cuando estuve frente a los restos de las chozas de Rómulo y Remo en el Palatino. Roma es el principio de mi historia y también, del fin de mi historia.



―Piazza San Pietro―


Pasé la navidad en el Vaticano, admirando la existencia de un misterio que creí antes y ahora ha dejado de tener sentido. Feliz de asistir a esa celebración donde el hombre pierde sentido y se transforma en un elemento nulo, donde intenta sumarse al todo sin renunciar a su existencia.


Todo ocurre como fuera del tiempo, lejos de la decadencia y de cualquier otro referencial. El puente o la barrera del latín nos une a todos y, como lengua muerta, separa lo que sucede en el rito del mundo, como un hechizo.


Las actividades de los fieles que esperan la misa de gallo son muy diversas. Algunos, nos sentamos o, de plano, acostamos junto a alguna columna de mármol. Se ven algunas banderas que pretenden unir paisanos, algunos coros improvisados de villancicos. El frío es insoportable pero, por un rato, no parece importarle a nadie. El frío golpea después, cuando termina la celebración y cada uno vuelve a lo que sea que le esté esperando.


―Las Cuatro Fuentes―


Por lo demás, Roma es el museo más grande que he visitado en la vida. Nunca me había encontrado con tal despliegue artístico y arqueológico. Sobre todo, Roma y su belleza, posee la capacidad de hacerme sentir, de relacionarse conmigo en formas en que, por ejemplo, el arte chino, no puede hacerlo. Será cuestión de la educación o la cultura pero así es. Roma fue un sueño hecho realidad, el reencuentro con las raíces.

El éxtasis de Santa Teresa, la Capilla Sixtina, las Habitaciones de Rafael, San Pedro, la Galería Borghesse, los Bernini en cada esquina, la Fontana de Trevi. Es imposible describir cada fragmento de la ciudad y explicar el impacto que causó en mí. Creo que sólo quien haya pisado Roma puede darse una idea de lo que significa. Sin embargo, yo viví la ciudad en una circunstancia especial: estaba desierta porque era 25 de Diciembre; salvo la Fontana de Trevi, todo parecía abandonado, era una ciudad fantasma. Sin transporte público, todo lo hice a pie y ojalá pueda repetirlo.

Tú irás conmigo, lo sé, los dioses tienen que apiadarse de mí, de nosotros, alguna vez.

Lunes, 12 de Febrero de 2007