miércoles, enero 21, 2009

De cómo se escribe un Diario (Parte 1)

Advertencia: Lo que sigue y seguirá en otros posts, es el caso típico de un escrito que se salió de control. Se suponía que sería algo breve, efectivo como un batazo directo en el cerebro. Pero no fue así, a veces las cosas salen al revés, nada termina como uno pensó o quiso y los escritos se alargan, se confunden, se multiplican y se hacen maratónicos. No me disculpo por los errores de mi criatura, me gustan. Terminé de escribirla hace rato. Aquí la primera parte, de tres, cuatro o cinco, depende de si le arranco un brazo, una pierna u otra cosa. 

De Cómo se Escribe un Diario

I. Confusión. Años han pasado desde su última carrera contra el sol, desde esa última derrota. Años, descalabros, tristezas y dos veces casi muerto. En esta madrugada, ha olvidado todo. Amanece. El sol sale lento y majestuoso, al ritmo de la mujer que duerme recostada en sus rodillas. Amanece casi como consecuencia de la música en el estéreo. Música y amanecer acompasados al ritmo de las pulsaciones en su cabeza, del martillo que clava un ataúd para sus sueños. En los días que vendrán, escuchará la misma canción una y otra vez en busca de respuestas que no están ahí. Serán días, semanas, acaso toda la vida. Sin respuestas ni conclusiones, sólo el recuerdo de un amanecer y la fría madrugada, los edificios y la oscuridad dejando sitio al sol. Al futuro.

Cambia la velocidad y cuesta trabajo, con la bella durmiente que lo alcanza desde el otro asiento, respirando tranquila sobre sus rodillas. Es una visión dulce como flor de margarita al amanecer, rocío sobre sus pétalos. Sonríe ante el juego de palabras. Gretchen, se llama Gretchen y la acaricia con un dejo de nostalgia al darse cuenta de que la lleva a casa, de que a ella le debe todo lo que ha pasado esta noche, un dejo de culpa porque no está pensando en ella, sino en otra. Gretchen, como la de Fausto y eso tiene que ser más que coincidencia. En los días que seguirán, pasará páginas y páginas sin tregua, buscando la respuesta, la única posible para explicar la nostalgia del amanecer, de la carrera perdida contra el sol. Páginas en busca de consuelo porque no sabe perdonarse acariciar con nostalgia el cabello de una mujer mientras piensa en otra que es sinónimo, casi consecuencia de la primera. Piensa en la ausente que existe sólo por Gretchen, la que está ahí junto a él. Piensa que ya no importa, porque todo ha terminado y no hay manera de recuperar todo lo que durante la noche construyó y arrancó luego de raíz. Distancia, vida, desesperanza. Vendería mi alma, como Fausto por vivir eternamente en esta noche.

Mientras toma la última curva antes de separarse de su bella durmiente, el sol termina de salir y el cielo adquiere textura de algodón e azúcar. Nostalgia otra vez y la misma voz en el estéreo. Maneja despacio, para evitar problemas con la policía, pero en el fondo, maneja despacio porque no desea que termine la noche aunque el amanecer diga otra cosa. Es la primera noche en que me siento vivo desde... No se atreve a pensar siquiera el otro nombre, en los besos resucitados esta noche por la que ya no está, por la que es consecuencia de Gretchen, por la que siempre será ausencia. El mañana no deja lugar para los reencuentros. Mañana —hoy, en unas horas—, para no ir más lejos, tiene que levantarse temprano y acaso aún antes de que haya tenido tiempo de acostarse y dormir.

Mañana es un concepto idiota, piensa mientras estaciona el auto y susurra un llegamos para despertar a su mujer dormida. La levanta en brazos primero, y luego se la echa al hombro. La quiero, se dice, ¿desde cuándo?, mientras ella ríe entretenida y acaso agradecida, demasiado cansada para caminar, para resistirse a ese gesto que él reserva para quienes de verdad quiere. Aligerar el andar de alguien más como síntoma físico de algo que siente. Pero cuando la pone en el suelo y se despide, nota que no lleva consigo las llaves del auto. Desesperación. Ella desconfía, acaso es la excusa más vieja del mundo para intentar colarse en la cama de una mujer. Pero no es excusa, ojalá lo fuera, maldita sea. La mañana sigue adelante, el sol ha salido y cada minuto que pasa es uno menos de sueño para un día que será largo, febril y confuso. El primero de muchos buscando respuestas, buscando explicaciones que no llegarán. Días y días sin futuro. Aparecen las llaves. Felicidad.

Un beso de despedida. No tiene sentido y quizá por eso, es uno de los besos más dulces de su vida. Un beso que parece el fin anunciado, la señal maldita antes de la crucifixión, la última fresa antes de ser devorado por los leones. Vendería mi alma al diablo por...  Acaso después de dormir entienda por qué diablos piensa en Goethe. No es coincidencia. Vendería su alma al diablo por algo así. Al abrir los ojos, al separarse del tacto dulce y triste de esos labios que no volverá a besar, sabe con certeza de muerte que vagará como sombra por noches insomnes sin encontrar jamás esa misma calidez. Lo he perdido todo y ni siquiera sé cómo.

Sólo de camino a casa se atreve a preguntarse cómo y cuándo empezó todo esto: la tristeza que lleva nombre de mujer y que en una noche de fiesta le ha puesto fácil el suicidio como dijo... quién? ¿Empezó diez años atrás? En esa otra noche de fiesta de la que se fue directo a al examen más importante de su vida sin haber dormido. Tal vez. ¿Empezó cuando lo rechazaron en la universidad de la que de cualquier modo lo habrían echado más adelante? No. ¿Empezó cuando se enamoró de una chica que solía llevar chamarra de cuero negro? Ni por error. Esta maldición no empezó antes, nació esta noche, así sea la suma y consumación de toda la vida. De la vida que perdí. Ach, nun habe ich... Lo perdí todo al verla. Cabello corto y rubio. Apenas escuché su voz con ese acento particular, eco de otro acento que alguna vez me hizo perder la razón. Empezó con sus ojos cafés, con un beso indescriptible, con sus lágrimas y el tacto de su cuerpo firme, maravilloso. Te llamaré Elena, porque eres consecuencia de Gretchen, porque te perdí al instante, aún sin saber quién eras, sin imaginar dónde terminaríamos. Lejos. Volarás de mi vida en pos de una existencia plena que yo no puedo ofrecerte.

Acaso empezó antes, la primera vez que vio a Gretchen. Jovencita, tres años menor que él, universitario de primer semestre y poco mundo. Cuando el amanecer y las crudas eran cosa de cada fin de semana y, a veces, de todos los días. Baja la ventanilla y enciende un camel con calma, dispuesto a disfrutarlo. Empezó cuando aún no fumaba. El cigarro sabe entonces a traición, pero cumple y lo ayuda a quitarse el frío y el sueño. Los ojos arden, le tiemblan las manos y tantas otras cosas. Es demasiado tarde, en un abrir y cerrar de ojos, llegaré a los treinta.

Abre la puerta del departamento y, con ella, la de la memoria. Sabe que vale más sentarse a escribirlo ahora, cuando aún está fresco, antes de que olvide todo. Se sienta ante una hoja en blanco, pluma en mano. Pasan los minutos y no encuentra palabras. Horas robadas de la madrugada. Me creerías si te digo que te quiero? escribe. Y abajo, lo que dijo Elena. No, porque lo mismo que esto, no significa nada. No encuentra el modo de escribir su propio silencio y las palabras que no dijo. Desaparecerá al amanecer, como un sueño. Entonces mira por la ventana y se da cuenta de que ya amaneció y aún no desaparece. Aún la quiere. Aún tiene la certeza de que gracias a ella, a Elena, toda su vida ardió de golpe, en un instante. Y ahora sólo quedan cenizas. Se levanta desesperado, corre las persianas en su habitación y se esconde en la penumbra artificial, insuficiente. Afuera, el pregón del gas, el agua, la basura, los ruidos típicos del día que empieza, alguna sirena varada. En una hora, ojalá en dos, alguien llamará a su puerta y no puede ignorarlo. Puta vida, piensa antes de cerrar los ojos e intentar dormir. Claro que nadie duerme tras una noche como esa.


jueves, noviembre 27, 2008

Rantings

En esta ocasión no habrá disquisiciones sesudas ni cuestiones fundamentales de metafísica, sólo un par de quejas por palabras y experiencias que me han hecho perder los estribos esta semana, cada una con su retruécano gracioso, porque eso sí, no hay mejor manera de disfrutar un buen berrinche que sublimándolo en carcajadas.


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✠ Item. Arte Contemporáneo.  En días pasados, el mundo artístico mexicano se engalanó con la apertura de un nuevo museo con nombre de beso y enclavado en uno de los principales centros culturales del país. Centro que me gusta frecuentar y por el que paso bastante seguido, a veces, sólo para comer unas enchiladas de jamaica que harían las delicias del emperador si aún viviera. En el discurso inaugural, de palabras más o menos bien escogidas pero con un tinte de política arcaica posrevolucionaria, escuché algo que me dejó frío. Que me hizo pasar un berrinche precisamente porque confirma lo que predico contra viento y marea. Pero que lo admitan así, en la inauguración y sin furor, turbamulta o motín, me parece indignante. Cito textual lo escuchado en el discurso: “sin duda, la pieza más importante de nuestro museo, es el edificio”. !!!!! No puedo expresar mi reacción con palabras. Es como escuchar a un escritor diciendo “lo más importante de mi obra es la hermosa letra con que está escrita”. ¿En verdad el arte contemporáneo es tan decadente que vale más el continente que el contenido? Y si el edificio es tan bonito, ¿por qué no lo vuelven biblioteca, santuario o monumento? ¿Para qué tiran el dinero en esas idioteces? Siguió la explicación que confirmó mis berrinches y tristes pensamientos. El discurso siguió con agradecimientos a los ilustres donadores de las piezas que forman la colección permanente: Fundación Televisa, Ingenieros Civiles Asociados, Club de Industriales de México, Grupo Bimbo... No pude escuchar más. Caray! Con razón es el edificio lo más importante, digo, con esos ilustres difusores de la cultura, jueces estéticos inapelables. Ahí está el arte contemporáneo y su homenaje, colección de esbirros del neocapitalismo liberalista bolchevista cocacolero y reaccionario. Hugo Chávez y secuaces tienen algo de razón, pinche enajenación de masas que me hace escribir tal sacrilegio. Eso sí, con bonita letra. Auguro y deseo un museo desierto, como tantos otros. Salvo por la parte destinada a restaurante, que aparenta mucho potencial.


✠ Item. A propósito del afijo latino præRegresaba de una opípara comida manejando por paseos del pedregal y con dirección al Ajusco. Al manejar, esquivaba, sin perder los estribos, pero con enojo y berrinche creciente, de un ejército de bárbaros al volante que parecen discutir su præminentia  sobre el carril, el tiempo y hasta el derecho de vivir. Disfrutaba, mientras tanto, de un café acompañado de fruitcake y discurría, con mi amiga, acerca del sentido de la expresión —sprachzeichen— “preclaro”. El RAE lo define como “esclarecido, ilustre, famoso y digno de admiración y respeto”. Qué bonito el RAE. Pero ello no tiene que ver con su origen latino que se compone del afijo præ y la palabra clarum. O sea, claridad de algún tipo. Por principio el afijo præ implica autoridad o preeminencia temporal o espacial, pero también prioridad o encarecimiento. De ahí que lo preclaro no es lo que está antes de lo claro, como podría pensarse. Præclarum por oficio del prefijo præ es aquello que tiene un grado sumo de claridad, una especie prioridad o encarecimiento de la claridad, una autoridad. Por otra parte, también implica, la preeminencia temporal, un cierto sentido de causalidad. Es decir, es aquello que da origen a la claridad, aquello sin lo cual no existiría. Así pues, el prefijo præ dota de autoridad, de valor atávico y de importancia a cualquier sustantivo que le siga. Llegaba a este punto la disquisición cuando otro maldito bárbaro, con muy poco gusto y una violencia y encabronamiento visibles se dio un cerrón sobre mi auto, mi carril. Acaso el muy imbécil iba tarde a trabajar, acaso le molestó que con el coche deportivo y todo, respete yo los límites de velocidad. A saber. Del alma, me salió gritarle “Hijo de tu præputa madre!”. O sea, que la progenitora del sujeto, no sólo es puta, es el origen de la putería, una cierta autoridad encarecida respecto al oficio más viejo del mundo. Puta en grado sumo, pues. Así lo bajan a uno de los latines a la guerra...


✠ Item. Competencia desleal. Detesto por encima de cualquier cosa, a los mendigos disfrazados de cruzados sociales. Mi primer impulso frente a cualquier botero paladín de las causas del necesitado o del jodido, es escupirle al bote y patear al botero. Espero que nunca me gane ese partido. Otra vez aparecen televisa, bimbo, cocacola y el club de industriales en la historia. ¿Gusta cooperar para el teletón? Bien podría uno contestar con your mother sucks cocks in hell, pero hay una buena probabilidad de que el interlocutor no comprenda, como si fuera uno el diablo hablando en arameo. El asunto es que una buena cantidad de capitalistas con conciencia intranquila se dedican a pedir dinero como si les hiciera falta con el eslogan “limpia tu conciencia, danos dinero”. Un refinamiento de la limosna católica que ojalá llegue a oídos del emeprador sith benedetto para que los excomulgue a todos. Bueno, aquella soleada mañana de sábado, los præculeros del teletón le estaban robando clientela a un chamaco en silla de ruedas. Estoy casi seguro de que se llevaban la mejor parte de la limosna. No es que yo de limosna o crea en la caridad, en eso me declaro seguidor de Nietzsche, si le doy limosna a alguien, quizá genere un rencor que lo lleve a matarme... Bueno pero ¿por qué se llevan la mejor parte los præculeros? Porque darles dinero, es contribuir a la televisión, al arte moderno, es ponerle una sonrisa a Lucerito cuando abrace a un contrahechito babeante. Es ver el espectáculo y propiciar el freak show televisivo de cada año. El chamaco en silla de ruedas —quizá falso paralítico, para inspirar lástima— no tiene esa característica de espectacularidad. Puede disfrutarse de su deforme contrahechez falsa sin pagar un cinco. El teletón es un circo de monstruos barato. Yo prefiero las películas de Guillermo del Toro. Pero que jodido que, esos cabrones retacados de billete, con la nariz repleta de coca y quienes smoke crack up their asses, le quiten el sustento a un hipócrita menor, a un jodidito sin prestigio que, acaso, sí tenga necesidad, aunque yo no se lo crea. Ojalá les den a todos por el culo. Escuché la mejor solución a esta cuestión en una sobremesa, ¿por qué no hacer botes y pedir cooperación para el proyecto Lebensborn? Seguro que la gente, queriendo limpiar su conciencia, sentirse bien consigo mismo, pagaría. ¿Saben qué es el Lebensborn? Es el teletón alemán de los años cuarenta, la necesidad de alcanzar la 

santidad:



Heilig soll uns sein. Jede Mütter gut

en Blutes. Debemos ser santos. Cada madre de buena sangre.


✠ Colofón. Me gustó tanto esto de quejarme y mentar madres, que pronto, en conjunción con otros colaboradores malhumorados, críticos de la crítica y observadores de la realidad, abriré otro blog. “Pinches” dedicado exclusivamente a pinchear aquello que molesta, que se odia, pero contra lo cual no puede hacerse otra cosa que decir “pinches unos, pinches otros, pinches todos!” Espérenlo! Cada lectura de ese nuevo blog, y de este, es una donación para el proyecto Lebensborn!!!

lunes, octubre 13, 2008

Deshacer el Mundo


Es un mar de sombras allá afuera. Infinito devenir de miradas desconocidas. Por más que se busque, cada paso enfrenta con otra mirada vacía, con otro rostro sin nombre, exactamente igual al resto. Perderse en una multitud, caminar por el centro comercial, son lo mismo que naufragar. Todos los días es el mismo horizonte aunque sea otro, cada noche el mismo desasosiego. Rodeado de lo mismo que hace falta para vivir —agua, compañía— pero sin posibilidad de asirlo porque la tentación es mortal. A veces encuentra uno amigos, camina junto a ellos y se agarra fuerte para salvar la vida, tabla de consuelo y fortaleza. Un mar de sombras, de rostros desconocidos, indiferentes. Y la corriente arrastra cada vez con más fuerza, se elevan las olas y viene entonces la pregunta. ¿vale la pena intentarlo?

Nunca he sido bueno para recordar la cara de los que no conozco, incluso a mis fantasmas de todos los días me cuesta trabajo reconocerlos cuando están fuera de su lugar, de su normalidad. Por eso me llevo sorpresas, agradables, terribles, sorpresas. Camino así, entre sombras, como en el limbo donde Virgilio; un día, todos los días, una marea de sombras me traga;  poco a poco me he ido acostumbrando, construyéndome una pequeña isla lejos, donde no llegan los barcos, y he dejado morir el sueño viejo de que algún día sin saber bien cómo o por qué aparecería un rostro luminoso, como los de los santos en los iconos, abriéndose paso entre las sombras y que entonces no haría falta nada más que un abrazo para que ella, la mujer al fin, limpiara de mi alma toda esa estúpida angustia adolescente. Aunque cada vez esté más lejos, no me cuesta trabajo recordar esas angustias de juventud; problemas bizantinos que tenían el valor del pacto entre Atlas y Hércules. Cuestiones, como el mar de sombras, que detenían la vida, me echaban al mundo en cima y daban ganas de esconderse  o ahogarse. Escapar, en todo caso.

La conocí en aquél entonces, en aquellos años de angustia abstracta; es decir, la vi por primera vez. Hermosa, recortada contra el sol naciente que asomaba por las ventanas de un salón de clases decadente y aburrido a las siete de la mañana. Quizá intercambiamos diez palabras en cinco años, un par de cartas confusas que le escribí a medio camino entre la confesión y la desesperación. Muchas veces, mirándola desde el fondo del aula, en una clase que para mí nunca tuvo interés, intenté dibujarla. Pero no fui capaz de delinear su rostro, sus ojos, su identidad. Aún teniéndola a unos metros, fue inútil, porque no pude verla, y menos aún encerrar su alma en líneas para llevarla conmigo. No hubo vida eterna para mi primera mirada de ilusión. Me pregunté a menudo, y aún me lo pregunto, por qué no podía verla con claridad. Por qué su rostro era sombra. Si acaso ella era sombra. Faceless beauty, escribí debajo del retrato en blanco. Quizá nunca pude verla como quise porque yo era una sombra para ella. Y la marea nos tragó apartándonos antes de que pudiera conocerla. Años sin saber, con algún encuentro esporádico y sin sentido, rumores que llegaban increíbles, preocupantes, tristes. Alguna vez la vi tan rodeada de soledad que empecé a creer los rumores... Apenas una brisa estéril en el mar de sombras.

Años de ausencia y de silencio, en que más de una vez creí estar a salvo del naufragio sólo para perderme más lejos, para agotar mis fuerzas y aceptar que tarde o temprano me transformaría en sombra, en otra indiferencia y que acaso, al mirarme al espejo cada mañana, no vería otra cosa que la sugerencia de alguien que nunca estuvo. Días iguales, noches iguales. Una tras otra. En paz, sin angustias necias de juventud, pero al fin y al cabo sumido en el mismo drama sin clímax, sin salida. Isla desierta. Vivir anónimo y egoísta. Vivir para sí, harto ya de buscar compañía, salvación o tierra. De vez en vez un encuentro con la sin rostro, unas líneas y hasta una de esas fotografías que hacen compañía y que cuando niño, cuando joven henchido de ficción, imaginé buen consuelo para el fin del mundo, algo hermoso que mirar mientras el mundo se deshace. Y en algún modo, ese mundo de ficciones y esperanzas había terminado ya. La fotografía llegó demasiado tarde.

Llegó cuando la había olvidado. No tiene caso negarlo o pretender otra cosa. Tarde o temprano, la memoria cambia, pone en el pedestal a nuevos ídolos que terminarán también en el olvido. Y no queda entonces manera de pensar siquiera que esa nostalgia vieja y sin rostro se apareció alguna vez como fantasma. Claro, cada luz borra y mata las apariciones mientras dura. Pero si se apaga, cuando se apaga, regresan todos los fantasmas y las sombras. Siempre hay uno más, otra ausencia y más nostalgia. La olvidé pues, olvidé el rostro que nunca estuvo y su sombra se perdió en la oscuridad inmediata de mi pierna rota y la muerte sugerida en otro cuerpo.

Un mar de sombras y tarde o temprano la resignación. Pero entonces, la otra tarde, cuando la tristeza nos sacó a todos de lugar, vi el final. Días antes, pensaba en escribir de nuevo una carta para la ausencia, para la que no existe. Todo está en buscar la excepción, tomar a la normalidad y darle vuelta aunque se resista; ponerla patas arriba y así sea por un instante vivir en estado de excepción. Entonces, la que no existe, existirá, pensé. Y al fin un jaque mate; un final  de Umberto Eco, jaque mate con luz, al final de una escalera, como el icono de un santo. Anagnórisis, la pieza que termina al mundo, desde la que puede empezar a deshacerse.

La otra tarde, cuando la tristeza. Me hace pensar en el orden. No hubiera querido otros testigos para aquél momento. Mis amigos, tabla de consuelo y fortaleza. Intercambiábamos palabras y de pronto se hizo el silencio. No afuera, porque el mundo no perdona. El silencio interior que precede a la desgracia o a la victoria, el que avisa algo importante. Cuando el mundo parece detenerse aunque se mueve más rápido que nunca.

Fue un desgarre en el tejido del universo. Una luz que se coló por las cortinas del silencio. El sol de media noche. Veía sombras, un mar de sombras. Entre ellas, un rostro alegre, luminoso. Ella sonreía y sus  manos estiradas, como buscando un asidero, una tregua o un abrazo. Me miré desde fuera como en un sueño. En un centro comercial, el adolescente que fui frente a la tardía realización de todos sus sueños. Inocente, pensé en que alguien detrás de mi recibiría un inminente abrazo; envidioso, pensé en la suerte de quien es capaz de inspirar semejante sonrisa. Y tarde, como siempre, entendí.


la sonrisa era para mí

sus manos se estiraban hacia mí


Mis amigos desaparecieron. Así se conoce a los amigos. Hasta con su ausencia están de tu lado. Desaparecieron dejándome desarmado ante la luz de una sonrisa que nunca vi, la que a pesar de todos mis sueños nunca pude imaginar. Diez o quince minutos bastan lo que una eternidad para cambiar al mundo, para deshacerlo. Palabras que no dicen mucho y en el mundo nada es ya lo mismo. Un abrazo y soy el adolescente inseguro, tembloroso, emocionado, que después de tantos años y sin saber cómo, sin proponérselo, la hizo sonreír como siempre quiso.

Llevo ya tres noches de insomnio y una ligera fiebre que no pude quitarme con aspirina, con nada. No estoy enfermo, sólo estoy perdido, separado, feliz. Después de todo, al fin he visto su rostro y entiendo por qué antes sólo veía sugerencias hechas de sueños. Luz. De algún modo incomprensible planté la semilla de esta sonrisa que hoy me roba el sueño, creció poco a poco como todo lo que es hermoso para aparecer en el momento justo.

Me vuelve loco porque sigo siendo el mismo. El viejo joven yo al que apenas toleraba, al que dejó esperando una tarde entera, el que nunca se atrevió a decir algo y en silencio dio infinitos pasos hacia atrás, convencido de que renunciar es el único modo de seguir adelante. El mismo que a pesar de todo no renunció porque esa sonrisa libre al fin después de tantos años, mis manos temblorosas, mis insomnios, significan que nunca pude resignarme y aún en el olvido, en el silencio, seguí esperando.

Estado de excepción. No sé que tanto haya imaginado, si este es el modo en que realmente pasó. Son muchos años que se enfrentan con un solo instante, muchos sueños ante la realidad intransigente. Pero por hoy, por todas las noches que me dure el insomnio y la fiebre, quiero pensar y convencerme de que me sonrió a mi. Estar seguro de que por un momento breve, pude hacerla feliz y que un sueño viejo y olvidado, un sueño que me cambió la vida, se hizo realidad. Sonreír como antes de todo, como si recién empezara la vida y ella fuera la primer mujer que he visto. Quiero temblar y no encontrar la paz y que el sueño y las fantasías no terminen de perseguirme. Porque ella me sonrió. Porque he visto su cara como siempre quise verla, rodeada de luz, feliz de verme.

Mi corazón late. Mis manos tiemblan. No puedo dormir. Todo por una sonrisa. Quizá debería conformarme con eso, no ser ambicioso y dejar las cosas como están. La esperanza en su sitio. Dar infinitos pasos hacia atrás y renunciar antes de que lo eche todo a perder. Pero quiero hacerla sonreír otra vez. Y otra. Y otra. Y otra. Y otra, si es que puedo. Siempre.

Y si la luz me quema por acercarme demasiado, como insecto, será la muerte más feliz porque caeré ardiendo, abrasado en el intento de vivir en la luz. La misma luz que puede ser un abismo de tinieblas desde cualquier otra perspectiva. Pero si no me atrevo nunca sabré que se esconde detrás de esa sonrisa.

Es un mar de sombras allá afuera. La isla pequeña, lejos de toda ruta, se niega a darme asilo ya. Es hora de hacerse a la mar, saltar al abismo y crecer un par de alas en la espalda. Si fracaso y caigo, si naufrago.... bueno, entonces me resignaré y seguiré adelante. Jaque mate. Hora de empezar otra partida contra el mundo; llevo ventaja, llevo tu sonrisa. Y por ti, María Fernanda, voy a deshacer el mundo hasta que sólo quedes tú y nada más.

miércoles, septiembre 24, 2008

Unidos


En un ánimo filosófico Wittgeinsteiniano, y luego de leer muy por encima un par de cuestiones de la Investigaciones Filosóficas, me despertó esta idea en la mente, un poco ociosa, como toda filosofía. Pero con un insight que a mí me gustó mucho...


El dolor es la experiencia más íntima del ser humano nos es imposible explicar o describir su origen, su intensidad, el alcance del sufrimiento. Es, en ese sentido la experiencia más egocéntrica o solipsista porque es incomunicable. Cada dolor es individual e irrepetible, existe una graduación infinita de variabilidad en cada experiencia dolorosa. Cada dolor, es único. El dolor ocurre en presente y siempre en primera persona. Nos percatamos del dolor ajeno por pistas o señas convencionales fácilmente falsificables, fingibles. Mi dolor es el único que importa, el único que puedo sentir y es, al mismo tiempo, mi soledad. Es por eso que el dolor es la forma más profunda en que dos personas pueden unirse. Cuando en raras ocasiones el dolor viene de una causa común, cuando tiene un principio compartido, puede decirse que es el único puente entre la individualidad, la única forma de vencer lo incomunicable. El dolor no se comparte, pero a veces es posible imaginar, vislumbrar el dolor ajeno. No es posible participar de él, pero acaso intuirlo, sentir uno similar en el mismo momento y por la misma causa. Entonces, nos asomamos a la individualidad más profunda del otro, a su soledad invencible, acaso la mano que tendemos entonces no puede alcanzarle, confortarle, pero existe como posibilidad. La única forma de tocarnos sin fundirnos, sin afectar al otro o cambiarlo. Entender el dolor del otro mientras se experimenta el propio. Tender manos, posibilidades. Gritar al vacío de la soledad doliente y abrir la posibilidad de vencerla, es esperanza. Es el tercero excluido, compartir lo que no puede atravesar las barreras del yo. Lo que no tiene identidad ni similar en ninguna otra parte, momento o consciencia. Por eso decir, “también me duele”, en el momento preciso puede ser mucho más grave, mucho más íntimo y poderoso que el más sincero de los te amo. Porque el amor es experiencia compartida, es alargar la mano para tocar al otro y tocarlo; esperar un resultado posible y obtenerlo casi sin duda. El dolor, en cambio, incomunicable, imposible de compartir. Soledad por definición. también me duele es alargar la mano sabiendo que no habrá contacto pero con la fe irracional de que, de vez en vez, y paradójicamente, dos soledades pueden fundirse sin hacerse compañía, sin dejar de ser lo que son. Llenar el vacío con otro vacío. Sumar dos soledades no tiene como resultado compañía, sino más soledad. Pero siendo más, es menos. Por eso el dolor une, aunque no se comparta. Es la esencia más básica, más individual, del ser. Es lo que genera la conciencia. Unidos por el dolor. He ahí un vínculo indestructible que no por eso consuela o une. Unidos por el dolor. He ahí la clave desde donde puedo explicarme. Quizá sea ese el primer hilo de la madeja.


Colofón: Es lo único que tienen todas ellas en común. Cicatrices que besar, lágrimas que secar. Soledad reflejada. Espejo, después de todo. Intentar entender un dolor ajeno hace que uno deje de prestarle atención al propio.


Dieciséis de Febrero de 2008



jueves, septiembre 04, 2008

Sueño y Realidad

Este es uno de esos escritos que me explotan en la cara de repente por acción de la realidad, llevándome casi al ataque de nervios o a la carcajada irracional en medio de un público poco tolerante. Yo no sé si a alguien más le sucedan cosas como éstas o si acaso sea posible que las murallas entre sueño y realidad se puedan hacer tan tenues en un momento dado sin que el universo se colapse. Supongo que por cosas así empezó la fe, la cuestión de hacer las paces con el mundo que persigue antes de empezar a perseguirlo.... Sin más divagaciones metafísicas que no vienen al caso, aquí la primera parte, el sueño que cuidadosamente registré en mi libreta sin imaginar siquiera que llegaría tan lejos y se resolvería en un anticlimax tan burdo:


Te conozco o tengo que conocerte.  Asisto a un congreso o conferencia en un instituto de la UNAM, ambiente de libros, quizá voy con Laura. El tema del día es Octavio Paz, hablan y hablan sobre su poesía y luego exigen que cada asistente lea algo de Paz; cuando llega mi turno, además de mi aversión natural por Octavio Paz, no puedo soportar la pésima traducción de las Sendas de Oku: algo que originalmente tenía que ver con las aves se transforma en barcos o algún equivalente similar. Lo curiosos es que el original está en inglés, pero me parece lo más natural del mundo. Tiro el libro a un lado y grito furioso: “detesto a Octavio Paz!”. Cuando la gente se calma luego de armar un alboroto por mi falta de tacto y buen gusto, escucho sollozos. Al mirar de dónde viene, veo a Laura consolando a “Elenita” herida en el recuerdo de su Octavio Paz. Me acerco a la anciana Poniatowska (a quien por cierto también desprecio en lo más profundo de mi alma y sensibilidad) que no se parece en nada a la verdadera, sino que hasta parece enternecedora. Aventuro un par de frases conciliadoras: “Ya Elenita, no te pongas así, es sólo que a mí no me gusta”. Entre lágrimas, ella empieza a contar un recuerdo, sobre lo feliz que era la vida con Paz al principio. Me veo envuelto en el recuerdo con más resignación que gusto, habrá que escuchar a la vieja para que se calme. Sus palabras transforman el sueño y estoy ahí, viendo una infinitud de niños y niñas rubios que corren en pos de un par de padres bondadosos en un día feliz y soleado por una pradera verde que rodea una mansión que me recuerda las casas sureñas de Estados Unidos, la casa de Forrest Gump, los amish. Entonces Laura dice algo, es evidente que Elena exagera idealizando sus recuerdos; seguro eran más malos y crueles de lo que quieren admitir, quizá hasta abusaban de los pobres niños. Con esas burlas de Laura, cambia el panorama, como película de horror y libro de Dickens. La ropa blanca de los niños y niñas se vuelve andrajosa y cenicienta, los padres bondadosos se vuelven figuras aterradoras, la mansión decadente, el cielo nublado y obscuro. No sé cómo, cambio de escena, estoy dentro de la mansión, camino con una de las niñas, seguro hija de Octavio Paz. Rubia, con un sombrero como los que usaban las niñas en el mundo de Tom Sawyer. Un vestido blanco con encajes, ojos azules y sonrisa franca. Me muestra la mansión que aún es oscura, tenebrosa. Una gran sala con chiminea y fuego que ilumina enormes pinturas. Su nombre empieza con S, Sarah tal vez. Sobre un carro de mina —trolley!— seguimos adelante, felices, entonces le digo: “Yo te conozco” y luego de pensarlo un poco, darme cuenta de que es un recuerdo de Elena con el que platico por azar digo “o tengo que conocerte”, entiendo, con estas palabras que es mi destino, que ella me espera, que mi felicidad depende de que la encuentre. Todo se pierde en esa idea, en ese momento, quizá ella sonríe y asiente, pero no sé si es porque me asegura que nos conoceremos o porque quiere decirme que entiende, o incluso, condescendiente, porque sabe que no puedo conocerla. El sueño termina. Después, a lo largo del día, la reconozco, ella viene de otro sueño, de otro viaje en cochecito de mina. Un sueño que recuerdo vívido y con felicidad, una sola palabra que resume su nombre en todo sentido: Mate, como jaque, como mi derrota”.


Unos meses después, todo se pone patas arriba por culpa de ese sueño. Sucedió la semana pasada, el Viernes, cuando fui a la venta nocturna del Fondo de Cultura Económica en Miguel Ángel de Quevedo, que resultó ser un fiasco de descuentos sin importancia, colas infinitas en las cajas y concurrencia casi aterradora de nerds (¿acaso seré yo, señor?). Recorro la librería, curioseo y hago caso omiso de los escritores que acuden a promocionar sus libros presentados por un sujeto pequeño y falso pero simpático, cuyo mérito es fingir interés en temas de los que no sabe un ápice.

Soy sólo un tipo que compra libros, abriéndose paso entre la gente que se aglomera, esquivando desconocidos sin rostro. Detrás de uno de esos rostros recién esquivados aparece el de una viejita que me resulta familiar. Las dudas se disipan cuando su nombre en los altavoces: Elena Poniatowka. Then it hits me... Laura debe estar aquí, o a punto de llegar, fue ella la que me avisó de la venta nocturna. Elenita está aquí. Ambiente de libros. Un par de personalidades de la UNAM promocionando libros. Todo eso pasa por mi cabeza en un segundo, la sangre abandona mi cuerpo y se va directo a mis pies. Ver a Elena Poniatowska fue peor que ver al propio Lucifer... Me surge una morbosa curiosidad, ¿la haremos llorar? Y en el fondo, en ese sitio del corazón que nomás de vez en cuando me palpita y al que no suelo hacerle caso...   Te conozco, o tengo que conocerte... Y es curioso, porque “te conozco” no sólo implica el hecho consumado, cuando ya se conoce a alguien y el instante se alarga, implica también sino el momento en que se realiza por primera y única vez ese milagro, “te estoy conociendo”... ¿Será posible? Y así, febril, me sumí de nuevo en la librería, buscando la materia para realizar los sueños...


Sobra decir que no encontré a Laura, que no hicimos llorara a Poniatowska, que gracias a las musas Paz sigue muerto y que tampoco conocí a —literalmente—, la rubia de mis sueños. Terminé la noche en mi cama vacía, en mi departamento solitario, en la ciudad desierta. Ahora, recordando, pienso en Quevedo.... porque los sueños, sueños son. Y en Zambrano, porque “el hombre ha de estar muy adentrado en la edad de la razón para aceptar el vacío y el silencio en torno suyo”. Pues bien, he de adentrarme en la edad y la razón aún en contra de mis mejores deseos.


Septiembre 03 de 2008

Feliz Cumpleaños Isa!